Gloria (primera parte)

Part 11

Chapter 113,951 wordsPublic domain

Esta no creía que aquellos graciosos séres fueran las almas de sus hermanos, acompañadas de las de otros niños, porque no podía creer tal cosa; pero en su mente se asociaba aquel espectáculo con el recuerdo de las dos personitas á quienes Caifás había llevado al cementerio en azules cajas. Ello es que uno y otro día solía mirar con amor á los pájaros del alambre, sintiendo no verlos cuando les alejaba la lluvia. A tan rara ilusión contribuía la circunstancia de haber sobre el cementerio de Ficóbriga una gran arboleda, que era el cuartel general de aquellos vagabundos. Gloria les veía salir de allí en bandadas y volver á la caída de la tarde, haciendo gran ruído, hasta que vencidos del sueño, callaban dentro del espeso ramaje, y el cementerio se quedaba sin música.

Pero aquella mañana Gloria proyectaba su tristeza á todo lo creado. Si pudiera existir luz negra, ella sería el sol de ella. El contrasentido de las palabras no está en las ideas, porque el mundo parecíale alumbrado con el negror de su alma. En vez de sonreir ante las avecillas que en el alambre la esperaban como siempre, creyó ver la figura de sus dos hermanos muertos, que se le acercaron tal como estaban en las cajas azules el día del entierro, amarillos como cera los rostros, tan frescas aún las flores de sus coronas como secas las de sus mejillas, cubiertos de blancas vestiduras rizadas y encintadas. Pero venían con los ojos abiertos, dando la mano el mayor al más pequeño y moviendo los piececillos por el aire. Señalando la tierra le decían: «Sólo aquí se está bien.»

Mirando luégo á la torre de la Iglesia, experimentó viva sensación de miedo y antipatía. La torre era una idea, y el espíritu de la joven chocó, rebotando con dolor, en aquella idea, como el ave ciega que tropieza en un muro. De pronto una voz gritó desde el jardín:

—Niña, ¿no bajas? Te espero hace un rato para ir á la Iglesia.

Era D. Angel, que salía para decir su misa en la Abadía. Gloria le acompañaba siempre con gozo; mas en aquel día sintió frío en el corazón y un extraño ímpetu rebelde. Unióse, sin embargo, con sumisión y cariño al bendito prelado; mas al entrar en el templo, renovóse en su alma el terror, porque aquellas piedras bárbaramente blanqueadas no la dejaban respirar, oprimiéndola con su peso.

Cuando D. Angel salió al altar, Gloria evocó todas las fuerzas de su alma, su piedad y su fe, y no en vano, porque siendo D. Angel un santo, la impiedad no era posible en su presencia. La turbada doncella luchaba con las dolorosas repugnancias que surgían en su espíritu, débiles aún, pero que crecían enroscándose, como las culebras al salir del nido; y cuando vió que los dedos del anciano alzaban la hostia, en su pecho se elevó una á manera de ola que fué creciendo, creciendo, hasta caer como catarata, y entonces Gloria se deshizo en lágrimas y dijo:

—Señor, Señor, yo también sabré padecer y morir.

Don Juan de Lantigua, que observaba bien cuando quería observar, y por aquellos días había dado un poco de la mano á sus tareas literarias, notó que en su hija ocurría algo. Meditó en ello, y como la sospecha es hermana de la cavilación, dióse á hacer juicios más ó menos temerarios, pero sin pensar nada contrario á la honestidad de la joven, porque esto, dicho sea en honor de ambos, no le cabía en la cabeza. Sus sospechas y recelo versaban sobre otro orden de cosas.

—Gloria—decía D. Juan á su hermano una mañana en el cuarto de éste,—no está tranquila. Algo pasa en su espíritu. Le he oído frases y reticencias que indican gran trastorno en sus ideas religiosas. Su imaginación es viva, y su entendimiento, inclinado á remontarse sin guía, es susceptible de caer en grandes errores. Además, temo mucho á su sensibilidad.

Gloria entró.

—Hija mía—dijo su padre.—Otros años has recibido á Dios el día de Santiago. ¿Hace mucho que no cumples el precepto?

—Desde Pascua—repuso ella, palideciendo.

—¡Oh! es mucho, mucho tiempo—dijo Su Ilustrísima con bondad, dejando caer ambas manos sobre los brazos del sillón en que estaba sentado.

—¿Por qué no confiesas hoy ó mañana—manifestó D. Juan afectando indiferencia,—para que puedas comulgar el día de Santiago? Mira: se me ocurre que yo debo hacer lo mismo, y esta tarde confesaré. Juntos recibiremos á Su Divina Majestad.

—Mi confesor, el padre Poquito, no está ahora en Ficóbriga—dijo Gloria.

—¿Eso qué importa, tonta? Antes confesabas con tu tío.

—Sí, cuando era niña.

—¿Y ahora, por qué no?

—Ven acá, mansa ovejuela—dijo D. Angel sonriendo.—¿Tienes vergüenza? Ya se ve... con esos pecadazos tan tremendos...

—Pues me retiro—dijo D. Juan, á tiempo que su hermano extendía amorosamente el brazo derecho para agasajar con paternal cariño á la penitente.

Gloria no pudo decir una palabra. Desfallecía. Cayó de rodillas, y D. Angel le rodeó el cuello con su brazo, diciendo:

—Vamos á ver, hija mía.

Silencio: la confesión de un alma ha empezado. Ante acto tan solemne, el más hermoso que existe en religión alguna, el narrador calla. Nadie tiene derecho á inmiscuir su atención irreverente en este diálogo del alma con Dios. Lector, cierra el libro y espera.

XXX

Pecadora y hereje.

Lo confesó todo, absolutamente todo; rebañó en su conciencia, sacando de ella hasta las últimas heces, y á medida que iba sacando, respiraba con más desahogo, porque verdaderamente su carga era grande.

Durante la confesión, un indiscreto que se acercase habría oído suspiros y sollozos, y alguna palabra suelta del buen pastor de Cristo. Cuando concluyó, D. Angel no estaba sereno. Su bondadoso rostro, que según la expresión de un entusiasta amigo suyo, era un pedazo de Paraíso, tenía cierta movilidad que no puede definirse; desconsuelo semejante al de los que presencian la desaparición instantánea de una cosa muy bella, sin poderlo evitar ni tampoco enojarse. Se quedó D. Angel como Tobías cuando vió desaparecer para siempre el ángel que le acompañara tanto tiempo.

Después de rezar brevemente, ordenando á su sobrina que hiciese lo mismo, le dijo con voz muy triste:

—Hija mía, no te puedo absolver.

Gloria inclinó la cabeza con sumisión.

—Por ahora—añadió el prelado,—procura serenarte... descansa. Salgamos un momento al jardín ó á paseo, y hablaremos despacio.

La pecadora corrió á tomar el sombrero y el bastón de su tío.

—Por cierto—dijo éste,—que no me gusta que tu padre ignore estas cosas. Yo no le puedo decir una palabra, si no me autorizas para ello, del mismo modo que si no te hubiera oído en confesión.

—Quiero que lo sepa—dijo Gloria;—yo me confieso á los dos.

—Muy bien, me parece muy bien... No te sofoques. Vamos á dar una vuelta.

Saliendo ambos de paseo hacia la Pesqueruela, el prelado se expresó así:

—Te dije que no podía absolverte. Ahora sabrás por qué. No es la causa de mi rigor que hayas amado. Eres muchacha y la ley natural, en esta tu edad florida, despierta inclinación hacia otro sér, la cual, si es honesta y va bien dirigida por el discernimiento, puede producir bienes, conduciendo al servicio de Dios. Bien es verdad que hallo en ese afecto tuyo demasiado ardor, y es de tal suerte, que más parece desasosiego de un alma _llagada y enferma, miserablemente ansiosa_, como dice San Agustín.

»También es muy vituperable que hayas guardado secreto. Esas entrevistas ocultas son muy impropias de una doncella pudorosa y bien educada. Lo que se esconde no puede ser bueno. Sin embargo, este pecado, con ser tan grande y tal que jamás lo creyera en tí...

A Su Ilustrísima se le turbó un poco la voz por la emoción; mas dominándose, prosiguió:

—Con ser tan grande tu pecado, no es imperdonable, mayormente sí estás dispuesta, como has dicho, á arrojar de tí esa insensata llama, sofocándola con una aspiración firme hacia el único soberano amor, que es el de Dios.

»Para que veas cuán grande es mi tolerancia, te perdono también el que hicieras objeto de tu pasión á un hombre que vive fuera de nuestra santa fe, porque en verdad debiste cerrar prontamente tu herida, negándole al alma toda comunicación y roce con el alma de un hereje. Y reconociendo yo la seducción aparente de las prendas morales de ese joven, á quien estimé mucho, extraño que tú pudieras hallar verdadero encanto amoroso en quien carece de la principal y más valiosa hermosura, que es la de la fe católica... Pero me has manifestado tu firme propósito de renunciar á la inquietud tenebrosa de ese amor, lo que es verdaderamente un mérito en tu flaca edad, y esto basta para obtener mi indulgencia. Hasta aquí vamos bien, hija mía; pero la desconformidad empieza ahora, y voy á manifestártela claramente.

Gloria atendía con toda su alma.

—Pues bien, hija mía—continuó el venerable señor;—la causa de mi enojo contigo es que, según me has confesado, han nacido en tu espíritu y lo han anublado, de la misma manera que los vapores cenagosos obscurecen la claridad y limpieza del sol, ciertas ideas erróneas contrarias de todo en todo á la doctrina cristiana y á las decisiones de la Iglesia. El mal no está precisamente en que te hayas contaminado de esos errores, pues el enemigo, que vigilante acecha el estado de flaqueza para verter en la oreja del hombre la ponzoña, pudo sorprender tu alma é inficionarte de la pestilencia. A estos percances están sujetos todos los hombres, aun los más fuertes; pero viene de improviso la saludable reacción del alma, se aclara el sentido, entra poderosamente la gracia, y el error huye como los demonios arrojados del cuerpo, entre alaridos. Tú no has gozado de este beneficio de la limpieza de tu entendimiento, sino que conservas tus errores, estás encariñada con ellos, según me has dicho, los tienes enclavados en tu espíritu como el rótulo de ignominia que los judíos pusieron en la cruz, y en vez de arrancártelos y arrojarlos al fuego, los acaricias. ¿No es esto lo que me has querido decir?

—Sí señor—repuso la penitente con respeto, pero también con seguridad.

—Pues bien, estás infestada de una pestilencia muy común en nuestros días, y que es la más peligrosa, porque tomando cierto tinte de generosidad, á muchos cautiva. Es lo que llamamos _latitudinarismo_. Tú dices: «Los hombres pueden encontrar el camino de la eterna salvación y conseguir la gloria eterna en el culto de cualquier religión...» Pues bien, esa proposición está condenada por el Soberano Pontífice en las Encíclicas _Qui Pluribus_ y _Singulari quadam_, y en la alocución _Ubi primum_. Tú dices: «Todo hombre tiene libertad para abrazar y profesar aquella religión que, guiado por la luz de la razón, creyera verdadera...» Pues bien, esta proposición está condenada en las Letras Apostólicas _Multiplices inter_, y en la Alocución _Maxima quidem_... ¿Qué te parece?

Su Ilustrísima se detuvo, mirando cara á cara á la señorita de Lantigua.

—Ya te explicaré con toda calma esos delicados puntos—prosiguió el reverendo.—Hablaremos largo, porque no dormiré tranquilo mientras no te saque hasta las últimas heces de ese veneno. Pero díme ahora, loquilla de mi corazón, ¿cómo pudiste dar calor en tu entendimiento á esas malditas víboras? Sin duda el hombre, á quien has tenido la desdicha de amar, te inculcó esos principios del _latitudinarismo_, desgraciadamente esparcidos por el mundo en razón de la aparente benevolencia y generosidad que encierran.

—No ha sido él—dijo con viveza la pecadora,—quien me ha inculcado esas ideas. Daniel sin dejar de entrever á punto fijo cuáles son sus creencias, se ha mostrado siempre poco inficionado de eso que llama usted...

—Latitudinarismo, hija.

—Latitudinarismo... Pues en ese hombre, las creencias parecen muy firmes y hasta intolerantes, señor. Además, siempre ha tenido la delicadeza de no decirme nada que quebrantara en mi alma la religión de mis padres. Hemos hablado de la religión como lazo social y nada más.

—Entonces, tú... Mira, estoy algo cansado, y bueno será que nos sentemos en esta piedra.

—Yo, yo sola—dijo Gloria sentándose también,—soy la culpable. Hace tiempo, desde que le conocí, díme á cavilar en estas cosas noche y día. No podía apartarlas de mi pensamiento y, según mi entender, discurría acertadamente sobre ellas. Me parecía que mis argumentos no tenían réplica, y me vanagloriaba de ellos, pronunciándolos en mis diálogos obscuros conmigo misma.

—Has dicho, «desde que le conocí,» luégo él en cierto modo es responsable...

—No, no, querido tío, yo, yo sola. Si he de hablar á usted con entera lealtad, mostrándole mi alma hasta lo más hondo, aun antes de conocerle pensaba yo en estas tristes cosas, si bien no daba forma clara á mis pensamientos. El trato de Daniel parece que encendió en mi espíritu mil luces, y á su claridad empecé á ver diferentes temas de religión y de las disputas de los hombres sobre ella, así como de la grandeza y lejanos linderos del reino de Jesucristo, á quien yo veía Señor de todas las gentes, de todos los buenos, de todos los limpios de corazón.

Don Angel frunció el ceño.

—Veo—dijo con cierta severidad,—que tu llaga crece, crece que es un primor. ¡Oh! ¡cuando tu padre sepa esto!... ¡él que sobresale por sus estudios ortodoxos y la claridad con que ha sabido deslindar la verdad del error en las abominables luchas de la época presente!...

—Mi padre y usted me convencerán de seguro—dijo Gloria, inclinando con humildad la frente.

—¡Te convenceremos!... y lo dices como si fuera tarea larga... ¿De modo que te encastillas en tu error, y te cercas de la muralla de una terquedad y reincidencia más abominables que el error mismo?... Gloria, Gloria, hija mía, por Dios, vuelve en tí. Mira que no puedo absolverte si no desechas esos pensamientos, si no los arrojas con espanto de tí, como arrojarías un animal inmundo que te mordiese.

—No hay mayor tormento para mí—declaró la señorita de Lantigua,—que estar separada de usted y de mi padre por cosa tan pequeña, tan vana como es un pensamiento que á cualquier hora puede mudarse. Pero si ahora le dijese á usted: «tío, ya he desechado el mónstruo asqueroso, ya estoy limpia de errores,» hablaría con la boca y no con el corazón, porque esas ideas que he dicho no se van de mi cabeza con sólo decirles _vete_. Están tan arraigadas, que no puedo echarlas fuera. Invoco mi fe en Jesucristo á quien adoro, y mi fe en Jesucristo no me dice nada contra ellas.

—¡Chiquilla, por Dios, por la Virgen María!...

—¿No sería peor que el error mismo, negarlo con los labios, careciendo de fuerza interior contra él?

—Eso sí. ¿Pero estás loca? ¿Has perdido acaso la gracia divina y los preciosos dones del Espíritu Santo?

—No sé, tío de mi corazón, lo que he perdido. Sólo sé que me será muy difícil convencerme de que no son verdaderas las ideas que usted desaprueba. No quiero mentir, no quiero ser hipócrita. Aquí está mi alma abierta hasta lo más recóndito, para que usted mire dentro de ella. No puedo hacer más; no puedo violentar mi conciencia.

—De modo que para tí nada vale la autoridad... ¡Veo que marchas de herejía en herejía!—exclamó D. Angel con verdadero espanto.

—Pues si estoy en error, si estoy tocada de herejía—dijo Gloria,—declaro que deseo no estarlo; que haré todo lo posible para limpiarme de ella, pero entretanto, ¡oh, buen pastor mío!, huyo de la mentira, huyo de confesarme creyente en ciertos puntos que no creo, porque no es capricho lo que me obliga á pensar lo que pienso, sino una fuerza poderosa, una llama tan viva como perdurable que hay en mi entendimiento.

—De modo que te rebelas... ¡Gloria, por amor de Dios, considera bien lo que dices!—exclamó Su Ilustrísima lleno de tribulación.

—Tío, tío mío, si pierdo el amor de usted—dijo Gloria derramando lágrimas,—me parecerá que estoy ya condenada.

—Y lo perderás, lo perderás, lo perderás todo—afirmó D. Angel cada vez más severo.—Esto no puede quedar así. ¿Me autorizas para hablar á tu padre?

—Ya he dicho que sí.

—Pues vamos á casa—dijo el prelado levantándose.

No hablaron más. Por el camino, D. Angel pensó que los ejercicios de piedad, combinados con un saludable sistema de paciencia y de exhortaciones delicadas, cual convenían á la delicadísima alma de Gloria; cierta reclusión y un comercio muy frecuente con las cosas santas, curarían aquella lepra que había tocado el privilegiado espíritu de su sobrina.

Esta, andando hacia la casa, absorta, pensativa, triste, oía zumbar en su oído la funesta voz que há tiempo, en sus desvelos y en sus meditaciones, le decía:

—Rebélate, rebélate. Tu inteligencia es superior. Levántate; alza la frente, limpia tus ojos de ese polvo que los cubre, y mira cara á cara el sol de la verdad.

XXXI

Pausa. El conflicto parece resolverse y tan sólo se aplaza.

Por desgracia ó por ventura suya (que esto no lo hemos de dilucidar ahora), Gloria movía con más vigor á cada hora las funestas alas de su latitudinarismo, que debían conducirla Dios sabe á qué regiones de espanto.

Después de meditarlo mucho, D. Angel resolvió no revelar á su hermano la funesta pasión de Gloria. Aquello era ya cosa pasada y resuelta, y mientras más pronto se olvidase mejor. Pero al mismo tiempo juzgó prudente advertirle de los errores de su hija, porque si se les dejaba, tomarían gran crecimiento, como la mala hierba.

No es preciso decir que D. Juan sintió viva pesadumbre al conocer las descarriadas pendientes por donde iba dando tumbos el despeñado pensamiento de su hija. Recordando entonces las atrevidas ideas de Gloria dos años antes, comprendió que el mal era antiguo y que sólo variaba de forma. Amargósele la vida en aquel día, y todo en él era discurrir paliativos, imaginar tratamientos morales que volviesen á su adorada niña al primitivo sér católico que antes tenía.

No pudo adivinar Lantigua lo que había pasado con Morton; pero allá en el fondo de su alma rebullía una sospecha vaga. Sin creer que su hija amara al extranjero, consideraba que el brillo exterior de éste no habían dejado de influir en los desvaríos heterodoxos de la interesante muchacha. Por esta razón deploraba entonces más que nunca el lastimoso naufragio del _Plantagenet_.

Los dos hermanos emprendieron sin pérdida de tiempo un verdadero asedio de consejos y amonestaciones. Con suavidad el obispo, y el seglar con enojo y rigor trataban de volverla al camino de la salvación; pero estas embestidas no produjeron resultado alguno positivo, ó mejor dicho, diéronlo contrario á las bonísimas intenciones de ambos Lantiguas y al esplendor de la Iglesia.

En aquel mismo día de la confesión, Gloria, de una proposición herética pasó á otra, y en su cabeza iban entrando atropelladamente demonio tras demonio. Del latitudinarismo pasó al racionalismo y á otras execrables pestilencias.

Llegó, sin embargo, un punto en que las relaciones cariñosísimas entre ella y su padre y tío empezaron á quebrantarse, y aquí la sensibilidad de la infelíz muchacha se sobrepuso á todo. Perder el amor de ellos era desgracia irreparable, y resolvió echar en olvido sus errores, ya que no podía estirparlos. Al día siguiente, cuando D. Angel la amonestaba delante de su padre, dijo:

—¡Ay! ¿Quién puede resistir á la autoridad y á la bondad de usted? Me declaro conquistada. Creo todo lo que la Santa Madre Iglesia me manda creer.

Sometióse, sí; pero, allá en el fondo de su espíritu, las proposiciones latitudinarias, aquello que mil veces llamó pestífero la autoridad visible, continuaban vivas en su mente, como raíz que de un año para otro guarda el germen de nueva flor. Gloria hizo lo que hacen las nueve décimas partes de los católicos, es decir, guardarse sus heterodoxias para no lastimar á los viejos. De aquí resultó que era, como la muchedumbre, creyente para los demás y _latitudinaria_ para sí.

Don Juan de Lantigua volvió entonces con nuevo ardor á sus trabajos, y el prelado tornó lentamente á la paz de su espíritu, satisfecho en extremo de haber salvado de espantosa catástrofe la hermosísima alma de su sobrina. El amor que sentía por Gloria no disminuyó con los desvaríos de ella, antes se mezclaba de cierta compasión cariñosa. Aquel varón insigne, que todo quería resolverlo con su bondad angelical, dejábalo todo, no obstante, sin resolución; ejemplo que muy á menudo se repite en el mundo. Quiso convertir un hereje, y su santo empeño no dió fruto. Intentó también desviar el noble espíritu de Gloria de un vulgar error, y su victoria no fué más que aparente. La bondad, la buena voluntad del prelado derramaban su luz; pero la herejía y el error iban sin inmutarse derechos á realizar el fin que una ley inflexible les había marcado.

Cuando los hechos toman una dirección determinada, es inútil querer desviarlos de ella. Así, en esta ocasión, nos hallamos con que á pesar de la aparente serenidad que han tomado las cosas, la tempestad está sólo contenida, mas no aplacada, y la corriente oculta bajo el hielo saldrá fuera y marchará por donde tenía trazado su camino.

Ved de qué singular manera se anudan los sucesos, cómo los pequeños incidentes traen los grandes y de qué suerte se establece la natural consecuencia y la lógica de las cosas. El conflicto de Ficóbriga no estaba más que suspendido; había tomado un respiro para estallar con más fuerza, al modo que el colérico detiene la voz y el brazo antes de descargar el golpe. Aquella pausa enteramente ilusoria era, bien puede decirse así, como el intervalo aparente entre el relámpago y el trueno (á causa de la diversa rapidéz del sonido y la luz), siendo en realidad simultáneos.

Hemos visto ya el relámpago. Pues irremisiblemente sonará el trueno. Dijimos que los acontecimientos traían marcado su curso fatal. ¿Llamaremos á esto fatalidad ó lógica? Ello es difícil de decidir. Corría, pues, la lógica sin que la bondad de los buenos ni la perversidad de los perversos pudieran detenerla.

XXXII

Los cazadores de votos.

Llegó la víspera de Santiago, y no eran las nueve de la mañana cuando oyóse gran vocerío en la casa de Lantigua. Echóse fuera de su despacho D. Juan, creyendo que había estallado un motín en su vivienda; mas se tranquilizó viendo que toda aquella algazara la hacía D. Silvestre Romero.

—¡Ganamos las elecciones! ¡Ganamos las elecciones!

Aquella vigorosa y sensual cara de emperador romano despedía fulgores de triunfo y alegría.

Juntamente con Romero venía su amigo Rafael del Horro, candidato triunfante, á quien también le rebosaba el júbilo por los ojos. No les había abrazado aún D. Juan, cuando empezaron á contarle los graciosísimos lances de la lucha, que salpimentados con mil donosas ocurrencias del cura, hacían morir de risa.

—Si no fuera porque es caro, inmoral y pernicioso—decía del Horro desprendiéndose de su abrigo de viaje,—esto que llaman _juego parlamentario_ debiera conservarse.

A poco llegó el doctor Sedeño, que venía de oir misa, y allí fueron las congratulaciones y los plácemes. En un punto Sedeño les enteró de cuanto había eruptado la prensa periódica durante la larga ausencia de los dos amigos, y ellos hicieron un pasmoso recuento de votos y relación de varias protestas, palos, cohechos, bofetadas, etc...

Don Angel no tardó en presentarse.

—Mucho tiempo ha estado usted ausente de sus ovejas, distraído pastor—dijo bondadosamente al cura.

—También se cuida el ganado, Ilustrísimo Señor, persiguiendo á los lobos ó trabajando por confundir á esos pícaros ladrones de ovejas.

—También, también—dijo el obispo.—Si no riño... Pero á nosotros no nos han hecho cazadores, sino pastores. Pase por una vez... ya sé que es preciso, absolutamente preciso. En tales apreturas nos vemos los pastores que, mal de nuestro grado, hemos de coger la honda.

—Y el palo y el cuchillo y cuanto hay que coger. ¡Ó ellos ó nosotros!—vociferó D. Silvestre.

—Justo es—dijo D. Juan mirando á su hermano,—que tomemos las mismas armas que ellos usan contra nosotros. Si sólo se tratara de nuestras vidas, moriríamos; pero la Iglesia está en nuestras manos y no podemos abandonarla.