Gloria (primera parte)

Part 10

Chapter 104,132 wordsPublic domain

»Yo pregunto: ¿No es él bueno, no practica la ley de Dios? ¿Le querría yo si así no fuera? ¿No tiene un alma privilegiada? ¿Qué le diferencia de mí? Nada, un nombre vano, una palabrota inventada por los malvados para encubrir sus rencores. ¡Ay! Los que se aman son de una misma religión. Los que se aman no pueden tener religión distinta, y si la tienen, su amor les bautiza en un mismo Jordán. Quédense las sectas distintas para los que se aborrecen. Mirándolo bien, veo dos religiones, la de los buenos y la de los malos. ¡Concebir yo que Daniel no está con Jesús, concebir yo que Daniel no es de la religión de los buenos... eso no puede ser!

»Pero si digo esto mañana á la luz del día se reirán de mí. ¡Oh! ¡Dios poderoso, yo lo veo tan claro como la luz, como tu existencia, como la mía, y no puedo decirlo sin pasar por tonta á los ojos de tanto sabio!»

Y cuando esto pensaba, aquella voz secreta de su alma que otras veces le daba consejos de orgullo, decíale ahora: «Levántate, no temas. Tu entendimiento es grande y poderoso. Abandona esa sumisión embrutecedora, abandona la pusilanimidad que te ha oprimido, y haz cara á las preocupaciones, á los errores, á las ideas falsas donde quiera que se hallen. Tú puedes mucho. Eres grande; no te empeñes en ser chica. Tú puedes volar hasta los astros; no te arrastres por la tierra.»

Gloria, oyendo esto, decía:

—Sí, sí. Yo sé más que mi padre, yo sé más que mi tío. Les oigo hablar, hablar mucho con el sabio lenguaje de los libros, y en mis adentros digo: «Con una frase sola echaría abajo toda esa balumba de palabras.» Ellos son buenos, están llenos de rectitud; pero no sienten el amor, que es el que ata y desata. Se fijan en la superficie; pero no ven el fondo. Yo, iluminada, lo veo y lo toco. No puedo equivocarme, porque una luz divina me acompaña, porque amo, porque las sombras que á ellos les obscurecen la vista, caen delante de mí. ¡Ay, si me atreviera!... Yo he sido hipócrita; yo me dejé cortar las alas y cuando me han vuelto á crecer he hecho como si no las tuviera... He afectado someter mi pensamiento al pensamiento ajeno, y reducir mi alma, encerrándola dentro de una esfera mezquina. Pero no: ¡el cielo no es del tamaño del vidrio con que se mira! Es muy grande. Yo saldré fuera de este capullo en que estoy metida, porque ha sonado la hora de que salga, y Dios me dice: «Sal, porque yo te hice para tener luz propia como el sol y no para reflejar la ajena como un charco de agua.»

Gloria vertía lágrimas ardientes, su cerebro relampagueaba, y en sus sienes vibraban las arterias como los bordones de una arpa heridos por vigorosa mano. Todo en ella gritaba:

—¡Rebélate, rebélate!... ¡Ay de tí si no te rebelas!

Y no pudiendo permanecer en molesta quietud, arrojóse del lecho para ir tentando en el vacío y adivinando con su febril mano los objetos, envueltos en profunda obscuridad.

—¿Dónde estás, Señor y Dios mío?—dijo.

Al fin puso la mano sobre el Cristo de marfil que presidía en su cuarto.

—Señor—murmuró.—¿Es posible que consientas eso? ¿Para esto valía la pena de que expiraras en esa afrentosa cruz? ¿Se ha cumplido tu ley?

Después inclinó la cabeza sobre el pecho, exhalando un gemido, y puesta la mano ante los ojos, lloró al sentir la amargura del cáliz. No tenía más que dos caminos: resignarse ó rebelarse.

Las primeras luces de la mañana, entrando por las rendijas que en las maderas de la ventana había, resbalaron sobre el hermoso cuerpo medio vestido de la enamorada doncella. A un tiempo mismo afectáronla el frío y el pudor, y se acostó temblando. Durmióse al fin.

XXVII

Se va.

Una mañana D. Juan de Lantigua dijo á su hermano:

—Veintiséis días hace que el extranjero está en nuestra casa. Ya oiste lo que dijo anoche.

—Sí; aunque nos tiene buena amistad, su delicadeza le ha impulsado á pedirnos la venia para marcharse. Bien se le conoce que no tiene ganas; pero no quiere abusar de nuestra hospitalidad.

—Aunque le dije anoche que se quedara algunos días más, no pienso instarle mucho. Conviene que se marche. ¿Qué te parece?

—Me parece bien.

—¿Y qué tal?—dijo D. Juan con cierta ironía.—¿Estás satisfecho de tu conquista? Estos protestantes, querido hermano, mientras más discretos son, más apegados viven á su herejía. Hay que dejarles.

—No creo lo mismo—objetó Su Ilustrísima.—Debe intentarse atraer al rebaño la oveja extraviada; llamarla, correr tras ella. Si á pesar de eso no quiere venir...

—Ya ves cómo tus esfuerzos no han tenido éxito.

—¿Qué sabes tú? Yo no pierdo la esperanza. He hablado. El me ha oído. Derramé la palabra divina. ¿Puedes tú asegurar que no fructifique algún día?

Don Juan movió la cabeza indicando duda.

—Por de pronto—dijo,—bueno es que se marche. No es nada conveniente que ese hombre esté más tiempo en mi casa. Nos privamos de una excelente compañía; pero es preciso que salga de aquí. No carece de atractivos superficiales. Hay en todo él cierto brillo que fascina y encanta. Tengo una hija bastante impresionable...

—¿Pero qué, temes que Gloria?...

—No, no temo nada... ¿Cómo puedo imaginar que mi hija...? Hay aquí un abismo insuperable, la religión, y ante ese obstáculo creo que, no ya el buen juicio, sino la fantasía misma y la sensibilidad de una muchacha educada en el catolicismo deben detenerse. No puede ser de otro modo... Pero con todo, aunque es grande mi confianza en ella, bueno es alejar hasta la más remota probabilidad.

—Me parece que has hablado cuerdamente—dijo D. Angel.—Por mi parte nunca sospeché que pudiera suceder lo que tú temes. No concibo que, existiendo el obstáculo religioso, pudiera nacer el amor en una mujer de verdadera piedad.

—Querido Angel, no debe olvidarse que el amor es puramente humano.

—Y la religión divina, sí; pero...

Don Angel se confundía.

—Nada que sea humano es imposible—afirmó D. Juan.—Por consiguiente, alejemos las ocasiones.

—Dices bien; nada se pierde en ello.

Después de este breve coloquio, D. Juan se dió la encerrona de costumbre, calentándose la cabeza con lecturas y el contínuo escribir. Por la tarde dijo á su niña:

—Ya sabes que se va el Sr. Morton. Acaba de entregarme una cantidad considerable para los pobres de Ficóbriga. Entre tú, Angel y yo la repartiremos.

Gloria no respondió nada; mas á pesar de sus esfuerzos por aparecer serena, D. Juan creyó ver alguna nube en aquel puro cielo del espíritu de su hija.

—¿Qué tienes?—le preguntó sorprendido y receloso.

—Nada—respondió.—Pensaba que no va á haber pobres para tanto dinero.

—¡Oh! Sí habrá. Ve buscando. También ha dado para las pobres monjas de ***. Ya se ve. El dinero es para este hombre como para nosotros la arena de la playa.

—Pero no es él como el rico avariento.

—Eso no lo sabemos.

—¿Cree usted que no se salvará?

—Pregúntaselo á tu tío—dijo D. Juan riendo, á punto que D. Angel entraba en el despacho.—Oye, Angel, el problema que plantea esta chica. Me pregunta si Morton podrá salvarse. ¿Cuál es su religión? Se me figura que no tiene ninguna.

—¡Salvarse, salvarse!...—indicó el obispo frunciendo el ceño.—Ni siquiera sabemos á punto fijo cuáles son sus creencias. ¡Salvarse! ¿Piensas que esa cuestión puede resolverse con una palabra? Según y conforme se encuentre su alma. ¡Quién sabe las vicisitudes de ésta en el momento de la muerte!... Pero aquí sale el Sr. Morton dispuesto á abandonarnos.

Morton se inclinó respetuosamente para besar el anillo á Su Ilustrísima. Después dió la mano á D. Juan y á Gloria. Estaba ligeramente conmovido, lo cual á los dos hermanos no causó extrañeza, porque también ellos no veían con indiferencia la partida del náufrago. Su caballo le aguardaba en la plazoleta. Dos horas antes había mandado todo su equipaje con Gasparuco.

—¿Vendrá usted por estos barrios alguna vez?...—le dijo Lantigua apretándole de nuevo la mano.

—Sí señor. No pienso partir para Inglaterra hasta el mes que viene.

—¡Tendremos mucho gusto en verle!—dijo D. Angel con voz patética.—¡Cuánto siento no ver en usted más que un amigo!

—Yo veo en usted algo más—repuso Morton con cariño,—veo un buen consejero, un admirable pastor de almas y una hermosa imagen de Dios.

—Mal pastor he sido con usted—manifestó el obispo con sentimiento.—Al ver que tan valiosa res se me escapa, debería romper mi cayado y decir: «Señor, mi inteligencia es limitada, y no sirve para acrecentar tus dominios.»

—El límite de los dominios de El, ¿quién lo sabe?—dijo Morton.

—Es verdad, mucha verdad. Por eso yo espero... yo espero siempre... ¿por qué no decirlo claramente?—repuso D. Angel con enfado de sí mismo.—Yo espero que algún día será usted católico.

—Dios quiera que sea siempre bueno—replicó Daniel bajando los ojos.

Despidióse otra vez, no olvidando al doctor Sedeño, y después partió á caballo.

XXVIII

Vuelve.

Al Oeste de Ficóbriga, hay un pinar solitario y abandonado, vecino á la mar, expuesto á todos los vientos, en tal disposición que siempre, por leves que éstos sean, suenan con murmurante música las ramas. Espesísimo en el centro, se clarea en sus extremos formando anchas calles, y algunos pinos se separan del grupo corriendo hacia el arenal ó hacia la montaña, cual si hubieran reñido con sus compañeros. Corre por medio una cerca de rústica arquitectura, donde piedras y hierbas se confunden, formando al parecer una sola familia. Al pié de los pinos crecen mil encantadoras florecillas azules de rara especie, que no son conocidas en los jardines, y parecen que brillan entre los helechos como pedacitos de cielo que las tempestades arrancan de la gran bóveda del mundo, esparciéndolos por la tierra. La Naturaleza está allí sola, atenta á sí misma, regocijándose en su paz nemorosa, y los caminantes creen oir una vibración de aquella música callada de que habló el poeta, y que en tal sitio les dice: «no me turbéis.»

Una tarde de Julio la alfombra de helechos fué hollada por un caballo, y Daniel Morton que lo montaba echó pié á tierra junto á la cerca. No tenía que esperar, porque á dos pasos de allí, fiel y puntual como las horas, estaba Gloria. Toda la hermosura de la tarde templada y serena se había concentrado en su persona, según la veían los ojos del cariñoso amante, y ella era el cielo azul, la mar profunda y llena de armonías patéticas, el suelo fresco y salpicado de sonrisas, la dulce umbría del bosque con su balsámico ambiente, la luz que á trechos entraba por los claros, semejantes á las ventanas de una catedral.

Gloria miró á todos los lados.

—No hay nadie—murmuró Morton.

—Siempre me parece que alguien nos ve—dijo Gloria.—Anteayer, cuando volvía, encontré á Teresita la Monja, la mujer de don Juan Amarillo.

El insecto que aleteaba sobre las flores, la araña que se descolgaba por una cuerda casi ideal, una vela en el horizonte, un escollo, que con el movimiento del agua se tapaba y se descubría como el que acecha, asomando á intervalos la cabeza... estos eran los únicos testigos.

—No hay nadie—repitió Morton.

—Pero algún día habrá alguien—dijo la señorita de Lantigua con tristeza,—y seremos expulsados de aquí como lo fuímos de mi casa, y no habrá playa ni bosque que nos amparen. En las siete veces que hemos venido aquí hemos tenido suerte; pero ¿sucederá otra vez lo mismo? Todo está lleno de ojos suspicaces que miran, Daniel.

—¿Por qué siendo buenos los dos, vivimos como criminales? No hemos faltado á ninguna ley de Dios, y sin embargo, huímos como el incendiario que ha pegado fuego al techo del rico. ¿Por qué es esto?

—Eso pregunto yo, ¿por qué? Dios mío, ¿es posible que Tú hagas esto?

—El no lo hace—dijo Daniel con melancolía.—Estamos tocando la obra de estas sociedades perfeccionadas, que juzgándose dueñas de la verdad absoluta, conservan las leyes de casta como en tiempo de los filisteos.

—Yo he pensado anoche que lo que los hombres han hecho los hombres pueden deshacerlo—repuso Gloria, regocijándose en contemplar el semblante de Morton, cuya hermosa mirada parecía descender de lo alto de la cruz.—No es tan difícil. Estudiemos un medio... ¡Pero es particular que siempre, por más que nos propongamos lo contrario, hemos de hablar de cosas tristes!

—¿No ves que hablamos de religión? Y la religión es hermosa cuando une; horrible y cruel cuando separa.

Morton acercó su rostro, fijando la vista en los ojos de la señorita de Lantigua.

—¿Qué miras?—preguntó ésta retrocediendo un poco.

—En tus pupilas negras—dijo Daniel riendo,—estoy viendo el mar y el cielo. Es admirable lo bien que se reproduce en esa pequeña convexidad todo el paisaje. Cuando pestañeas se borra y luégo vuelve á aparecer.

—No atiendas á tonterías y piensa en lo que te he dicho...—replicó Gloria.—Mira, tienes una cosa en la barba...

—¿Qué?... ¿aquí?—dijo Morton echando mano á la barba.

—No, más hacia la boca. Es un gusanito muy chico que ha caído de las ramas de un pino.

—¿Aquí?

—No tanto... Más hacia la boca. Aquí.

Diciéndolo, arrancó Gloria con los dedos, de la barba de su amado, el extraño objeto y le tiró lo más lejos que pudo.

Como se caza una mariposa al vuelo, Daniel le cazó la mano y se la besó con afán, diciendo:

—Gloria, ¿de qué quieres que hablemos? Si nada podemos decir que no sea triste como los pensamientos del condenado á muerte...

—Nosotros también somos condenados á muerte—dijo la señorita retirando su mano.—Y lo que es peor, condenados inocentes...

—Como del presidio los presidiarios—dijo el hamburgués;—nosotros sacamos de nuestras cunas una marca en la frente. Nadie en el mundo nos la puede quitar.

—¿Nadie? No tanto—observó Gloria.—Pidamos fuerza á Dios, y El nos abrirá camino.

—Pero se necesita valor, un valor muy grande, vida mía.

—¡Un valor muy grande! Por Dios—exclamó la doncella con pena,—no aumentes las dificultades en vez de allanarlas. Si eres valiente, lo seré yo también.

—¿Por qué me respondes así?... Querido amor mío, cuando llegan los conflictos supremos, los grandes sacrificios están cerca.

—Sí, es preciso hacer un gran sacrificio, Daniel; pero ese sacrificio lo debe hacer uno de los dos. ¿A cuál le tocará, á tí ó á mí?

Morton, cayendo en profunda tristeza, fijó los ojos en el suelo.

—A los dos, querida mía.

—¿Los dos?—repitió Gloria algo confusa.—No te entiendo entonces. La cuestión es muy sencilla. Daniel, no la compliques. Somos dos... nos queremos; pero ¡ay! si nuestras almas adoran á Dios, vivimos cada cual en Iglesia distinta: aquí sobra una religión, hijo.

—Es verdad, sobra una religión, y es preciso eliminarla—afirmó Daniel sombríamente.

—Es preciso pagar ese tributo á la sociedad. ¿Tú qué piensas de esto?

—Que la sociedad es terriblemente feróz, y con mucha dificultad se aplaca.

—Eso quiere decir—manifestó Gloria con enojo,—que no hay solución posible. Yo abro las puertas y tú las cierras.

Morton suspiró, mirando al cielo, señal evidente de que no veía puertas abiertas ni cerradas en ninguna parte.

—¿Por qué suspiras así? ¿qué tienes?—preguntó la joven con el impaciente desasosiego de una alma alborotada.

—Nada... pensaba en mi desgracia, que es más grande, infinitamente más grande que la tuya.

—No... no—dijo Gloria, rompiendo á llorar.—Me voy convenciendo de una cosa, de una cosa muy triste... ¡Ah! Daniel, tú no me quieres á mí como yo á tí.

—¡Gloria, vida mía, Gloria! Por Dios—exclamó el extranjero, besando las manos de su amiga,—no me mates con tus quejas... Si supieras cuánto padezco; yo que he estado á punto de despreciarlo todo, nombre, familia, el amor de mis ancianos padres, de perderlo todo por tí... yo que aun en este momento vacilo y tiemblo, igualmente aterrado por la idea de poseerte y por lo terrible del sacrificio que quieres imponerme. Claramente lo has dicho: es preciso quitar de en medio una de las dos religiones.

—Sí.

—Y como si echáramos suertes, le toca á la mía, ¿no es eso lo que piensas?

—Tú eres hombre. El hombre debe sacrificarse por la mujer.

—En este asunto, la sentencia debe caer sobre el que tenga creencias menos firmes. ¿Cuáles son las tuyas?

—Creo en Dios uno, Señor del cielo y de la tierra—declaró Gloria, la mano puesta en el pecho y elevando al cielo los ojos llenos de lágrimas y de la luz divina;—creo en Jesucristo, que murió en la cruz por redimir al género humano; creo en el perdón de los pecados y en la resurrección de la carne, en la vida perdurable... Te desafío á que seas tan explícito como yo. Nunca me has dicho de un modo claro cuáles son tus creencias.

—Gloria, tu fe es tibia en muchas cosas ordenadas por la Iglesia... Me lo has confesado.

—Es firme y ardiente en lo principal.

—Todo es principal. Pregúntalo á tu tío.

—No tengo necesidad de declararme contraria á ciertas cosas.

—Entonces no eres buena católica. Es preciso creerlo todo absolutamente. Ya ves que...

—¿Qué he de ver?

—Que yo soy más religioso que tú, porque creo todo, absolutamente todo lo que mi religión me enseña.

—Eso quiere decir—afirmó Gloria, ahogada por la pena,—que el sacrificio debo hacerlo yo.

Morton no contestaba.

—Esto quiere decir—manifestó al fin,—que moriremos, Gloria, que moriremos, y que Dios hará con nosotros en el otro mundo lo que es imposible alcanzar en éste, porque este mundo, amiga de mi corazón, no es para nosotros.

Gloria se levantó, y con la inspiración sublime de quien pone el pié en la puerta que conduce al martirio, exclamó:

—¡Adiós!

Morton, asiéndole las puntas de los dedos de ambas manos, tiró de ella. La joven cayó de nuevo en su asiento de piedra.

—No hará el sacrificio uno de los dos, sino los dos á un tiempo—afirmó Daniel.

—Jesucristo, que murió en la cruz—dijo ella.—Jesucristo, á quien adoro, me ha enseñado el modo de hacerlos yo sola, si es preciso: pero si me da fuerzas para aceptar el de la vida, no me las da para aceptar el cáliz de un escandaloso cambio de religión, por casarme á disgusto de mi familia. ¡Oh, Dios mío, dichosas las tierras donde la religión está en las conciencias y no en los labios, donde la religión no es una impía ley de razas! Andamos por aquí como las reses marcadas con hierro en su carne.

Concluyendo su ardiente protesta, la señorita de Lantigua se levantó de nuevo repitiendo:

—Adiós, adiós para siempre.

—Has pronunciado la palabra terrible—dijo Morton con amargura;—la palabra que ha venido á ser nuestra única solución. ¡Adiós! No hay otra fórmula, Gloria. Yo sentía en mi alma esta palabra; pero no podía ni debía decirla. Tu la has dicho.

—Porque tú acabas de arrancarme toda esperanza.

—Porque no hallo solución alguna á nuestro conflicto, porque es imposible, porque no hay remedio, porque no puede ser de otra manera.

—Sea, pues—dijo Gloria, cayendo en triste abatimiento.

—Dios lo quiere así.

—Nos separaremos para siempre.

—Mañana.

—No, hoy mismo, ahora mismo—afirmó la señorita con viveza.

—¡Oh, grandeza del sacrificio! No, no es tanto lo que yo pedía—manifestó Morton con energía.—Noble y hermosa es tu alma, Gloria. Si como dices, nos separamos para siempre, déjame que te vea algún tiempo más. Piensa en mi soledad, que va á ser como la de los mares, siempre revueltos en sí mismos, en su lejana inmensidad sin testigo. Gloria, vida mía, sol de mi vida: óyeme, no me dejes así. Si cuando desaparezcas de mis ojos quedo con recelo de haberte ofendido, padeceré mucho...

Gloria se levantó.

—Todavía no, aguarda—dijo él deteniéndola.—Grande es mi fe en quien hizo los cielos y la tierra, en quien á tí te hizo. Poniéndole por testigo, juro que te adoro, que de mi boca no salió expresión que no fuese verdad, que jamás, mientras respire, ningún otro amor más que el tuyo entrará en mi pecho, ni en mi memoria otro recuerdo que el recuerdo de tí.

La infelíz joven sentía temblar las manos de Morton que le oprimía sus manos, y en su rostro sentía el aliento de él y la reverberación de sus ardientes miradas. La doncella se agitó gimiendo, como la espiga devorada por la llama. Su corazón se deshacía.

—Gloria—añadió él con el acento de quien llama al que no ha de responder;—Gloria, yo arrastraré toda mi vida un remordimiento muy pesado, si no te confieso ahora que soy un malvado, porque no debí amarte y te amé, porque no debí mirarte y te miré. Tus ojos, tu gracia, tu hermosura, tu bondad y tu alma toda me cautivaron... Olvidándome de las leyes terribles que nos separan, me acerqué á tí. Reconozco que mi deber entonces era huir, huir antes que el mal fuese irremediable; pero fuí débil, conocí que me amabas, y tu espíritu encadenó al mío. Se necesita ser Dios para no caer en este lazo. Ya viste mi conducta. En vez de abandonar á tiempo tu casa, quedéme en ella. Después creí que un favor especial del Cielo allanaría los obstáculos; pero ha pasado el tiempo, y los obstáculos subsisten más terribles é imponentes cada día. Ha llegado la hora del envilecimiento ó de la retirada, y tú me das el ejemplo. Tú eres grande; sabes hacer lo que yo, miserable, no supe. ¡Maldito sea yo, que ví la felicidad y no la pude poseer! Te devuelvo á tu casa, á tu religión, y te devuelvo pura, inmaculada... Por Dios, ¿no ves, no ves clara y patente la honradéz de mi alma?

—Sí—respondió Gloria entre angustiosos sollozos.

—¿Conservas alguna sombra de recelo con respecto á mí?

—No.

—¿Me creerías digno de tí, si una fatalidad de nacimiento no lo impidiera?

—Sí.

—Pues ahora—dijo resueltamente el extranjero levantándose,—separémonos.

—Para siempre—añadió Gloria levantándose también.

Pálida y grandiosa en su dolor, semejaba el ángel de la muerte cuando viene á llevarse un alma. Daniel la abrazó. La señorita de Lantigua ocultó la frente en el pecho de su amigo, regándolo con lágrimas breve rato.

—Dame un recuerdo tuyo—dijo Morton.

—La memoria fiel no necesita recuerdos materiales.

—Es verdad: yo no los necesitaré; pero si te vas, no te vayas toda. Dame aunque sea un cabello.

Gloria se llevó la mano á la cabeza y separó de ella una mata de pelo.

Sonriendo en medio de su pena, con esas terribles palpitaciones ó vagidos humorísticos que tiene el dolor, dijo:

—No hay tijeras.

—No importa—dijo Morton.—Lo cortaré yo...

Y con los dientes, en medio minuto, cortó el pelo.

—Es casi de noche.

—Para mí ya todo es noche—murmuró el extranjero.

Se separaron algunos pasos; pero volvieron á juntarse. Eran como la playa y la ola, que siempre parece que huyen la una de la otra, y siempre se están abrazando. Por fin, cuando la noche avanzó más, por los cerros lejanos, tierra adentro, se veía un ginete que marchaba despacio, inclinada la cabeza sobre el pecho. Su figura negra no era favorable á la armonía del risueño paisaje, y parecía que después que él pasaba todo volvía á estar alegre.

Hacia Ficóbriga caminaba Gloria arrastrando la pesadumbre de su dolor, como el imitador de Cristo á quien éste ha dicho: «toma tu cruz y sígueme.» Todo en derredor suyo respiraba paz y el dulce reposo de los campos. Volvían los bueyes de las praderas y del trabajo, lentos, paso á paso, cabeceando con las pesadas testas y sus nobles semblantes llenos de gravedad. Las mujeres de la aldea iban en opuesto sentido, llevando sobre la cabeza largos panes de más de media vara, y los pescadores ponían á secar sobre el altozano de la Abadía las húmedas redes, en cuyas mallas brillaban aún como limaduras de plata las escamas de las sardinas.

Todo esto lo vió Gloria, y todo se vestía de aquel fúnebre luto de su alma.

XXIX

Se fué.

Al día siguiente muy de mañana, las persianas del cuarto de Gloria se abrieron de par en par, y la luz penetró á punto que ella se asomaba. La doncella esparció su vista por el campo y la villa, y deteniéndola en los árboles del cementerio, pensó así:

—Ahora, hermanitos míos, vosotros sois mis únicos amores.

No lejos de la ventana, corría el camino real, y por él los hilos del telégrafo, que plantaba á lo largo sus escuetos postes á distancias iguales que parecían pasos. En los alambres venían á posarse todas las mañanas algunos pájaros, que habían encontrado muy bueno aquel casi invisible punto de descanso en medio de los aires, y desde allí contemplaban la casa y la ventana abierta, donde la señorita de Lantigua aparecía temprano á saludar el día y bendecir á Dios.