Gloria (primera parte)

Part 9

Chapter 94,056 wordsPublic domain

Su Ilustrísima, desde el jardín, llamaba á D. Juan.

—Vamos—dijo éste.—Mi hermano se ha enternecido y quiere que yo tome bajo mi amparo á ese mal hombre. Es un miserable; pero la caridad cristiana, amigo Daniel, nos manda perdonar y compadecer.

XXIV

Una obra de caridad.

Ambos bajaron. En el jardín estaba don Angel, y frente á él un lastimoso terceto de muchachos llorones, los puños en los ojos, los sucios rostros llenos de babas y de tierra, que con las lágrimas se amasaba.

—Vamos á ver, ¿qué es eso?—preguntó don Juan, tirando suavemente de la oreja á la pequeñuela.

La aflicción no les dejaba contestar.

—Que el teniente cura ha despedido á Caifás por orden de D. Silvestre—dijo Su Ilustrísima.—Pero, hijos míos, si vuestro padre es malo, ¿cómo queréis que esté en la Iglesia?

—¡Buena pieza es el tal Mundideo!—exclamó Lantigua.—¿Y qué más le pasa? ¿Que ha perdido toda la ropa por no haber podido pagar á la Cárcaba?

—Sí, se... se... se... ñor—gimió Sildo.

—¿Y que D. Juan Amarillo le ha echado de la casa de Arriba, y le va á llevar á la justicia?

—Sí, se... se... ñor.

—¿Y que os habéis quedado sin casa?

—Sí, se... se... ñor.

—Estos pobres niños están desnudos—dijo D. Angel.—Es preciso darles algo de ropa.

—De eso se encargará mi hija. ¿En dónde está Gloria?

—Ha salido al camino á hablar con Caifás, que no ha querido entrar porque le da vergüenza.

—Y con razón. No pienso hacer nada por él. Estoy cansado de favorecerle. Le daré para comer y ropa para estos niños; pero nada más.

Gloria apareció entonces por la puerta del jardín. Sus ojos encendidos anunciaban la aflicción de su alma.

—Papá—dijo, secando sus lágrimas,—ahí está Caifás. Dice que quiere hablarte, y que te contará lo que le pasa si no te enfadas.

—¡Pobre hombre!—dijo Lantigua mirando á Morton.—Mira, Gloria, prefiero que tú me cuentes lo que le pasa á ese tunante.

—Pues le han echado de la sacristía.

—Bien merecido.

—Y D. Juan Amarillo le ha embargado lo único que le quedaba ya, las herramientas de carpintero.

—Ya se ve. No parece sino que D. Juan Amarillo tiene el dinero para que Caifás lo gaste en beber.

—Y él y sus hijos han andado desde ayer pidiendo limosna por los caminos.

—Basta—dijo D. Juan gravemente.—Aquí entra la caridad. Dales hoy de comer. Puedes decirle que mande á los chicos todos los días.

—Vendrán—dijo Gloria con alegría.

—No, lo que es él no tiene que poner los piés en casa.

—Pero, papá...

—Es un vicioso. Que vengan los chicos.

—Y los vestirás por mi cuenta, Gloria—dijo Su Ilustrísima.—Algo podré darle también á Caifás.

—Pero él quisiera...

—¿Aún pide más?

—Para los desgraciados—indicó D. Angel,—se escribió aquello de _pedid y se os dará_.

—Darle dinero es fomentar sus vicios—afirmó Lantigua.—¿No lo cree usted así, señor Morton?

—Seguramente.

—Vamos, vamos—murmuró D. Juan, sonriendo con bondad.—Me figuro lo que queréis.

—Sí, papá. La casa de la Cortiguera será, aunque no tiene más que medio techo, un palacio para el pobre Caifás.

—¡Un verdadero palacio!—dijo Su Ilustrísima.—¿Sabe usted dónde es, Sr. Morton? Allí detrás de aquella loma, por donde están los cinco viejísimos castaños que llaman en el país los _Cinco Mandamientos_.

Morton miraba, y D. Angel hacía indicaciones con el palo.

—Bueno, pues que se meta en la casa.

—Bien, Juan, bien determinado. Vaya, niños, ahora os podéis marchar. La señorita Gloria os dará para cubrir esas carnes.

Gloria salió corriendo á dar la noticia al pobre Mundideo. Los chicos fueron detrás.

Cuando la señorita volvió, D. Angel se había unido al doctor Sedeño, que le mostraba las cartas recién llegadas, y D. Juan se acercó á los albañiles que habían venido para componer la capilla. En el jardín tan sólo estaba Morton. Gloria, al verse sola junto á él se turbó ligeramente. Dudó si seguir ó detenerse, y cuando el extranjero se dirigió á ella en ademán de hablarle, tembló como tiembla el reflejo de la luz en el agua cuando ésta se mueve.

—Gloria—dijo Morton,—¡qué felices son los pobres de Ficóbriga!

—¿Por qué?—preguntó la señorita.

—Porque usted se ocupa de ellos.

—¡Este pobre Caifás es un infelíz!... Tiene fama de vicioso y de malvado, pero es un alma de Dios. Yo no puedo menos de favorecerle. ¡El me quiere tanto!... Se dejaría matar por mí.

—Eso lo comprendo. ¡Morir por usted!... ¡Ah! Gloria, yo haría lo mismo.

—¿Qué?...—dijo la señorita con turbación.

—¡Morir por usted! Es lo único posible después de haberla amado.

—¡Daniel, por Dios!

—¡Gloria!... ¿De qué manera lo diré para ser creído?

El expresivo rostro del extranjero revelaba una emoción grave y honrada.

—Me voy—dijo Gloria de súbito.

Veía claramente la emoción que brillaba con luz singular en los azules ojos del hamburgués. Medía también la inmensidad de la suya, que le alzaba turbulento oleaje en el fondo del alma, y de ambas tuvo miedo.

—¿Se va usted?—dijo Daniel dando un paso hacia ella.

—Sí.

—No sin oir una cosa.

—¿Una cosa?

—Que la adoro á usted.

Ya se lo había dicho Morton dos veces; pero no con las mismas palabras ni con la vehemencia de entonces.

XXV

Otra.

A los dos días de esta escena y después de almorzar, Gloria estaba en su cuarto muy atareada. Había salido por la mañana á comprar algunas telas y luégo revolvía sus roperos buscando todo aquello con que pudiera vestir la desnudéz de los hijos de Caifás. El señor obispo entró á la sazón, y le dijo mostrándole un envoltorio de papel:

—Mira, sobrinita, esto es todo lo que poseo. Los tiempos revolucionarios nos tienen á los pobres obispos á la cuarta pregunta.

—¡Oh! ¡tío, qué bueno es usted!... ¿á ver?—dijo Gloria sacando las monedas del papelejo que las aprisionaba.—Esto es un caudal: con esto y con lo que yo tengo le desempeñaremos á Caifás los colchones, parte de la ropa, y las herramientas para que trabaje y sea hombre de bien.

—Has pensado admirablemente. Yo siento no tener más. He rebañado, hija mía, he rebañado mi erario sin poder reunir ni un ochavo más. ¿Pero no ves que estamos sin renta? Este invierno las pobres monjas de *** me han limpiado las arcas. ¡Infelices! yo quisiera tener millones para dárselos.

—¡Bendito sea usted mil veces!—exclamó la joven con piadoso entusiasmo.

—Yo no opino como tu padre—dijo Su Ilustrísima,—que debamos privar en absoluto de dinero á ese desgraciado Mundideo. El dinero es necesario para todo, y si como tú dices y yo lo creo, no es un perverso sino más bien un pobre de espíritu, justo es que le ayudemos á salir de su miserable estado. Convéncele de la necesidad de que sea económico, bien arreglado, precavido.

—Su infame mujer tiene la culpa de todo.

—«¡Infame!...» no des tales epítetos á ningún nacido de madre, sin estar bien segura de que lo merece—dijo el reverendísimo en tono de afable amonestación.

—Es verdad, tío; pero ello es que la Caifasa no es buena. Todo el mundo dice que no es buena.

—¿Vas á mandar esos trapos y ese dinero al pobre desterrado de la Cortiguera?

—Se los llevaré yo misma.

—De buena gana te acompañaría. Una sola felicidad hay en el mundo, hija, y es la que proporcionamos á los demás.

—Venga usted.

—¡Oh! no: tengo que hacer. Primero rezar, luégo despachar el correo para la diócesis. Vete á la dulcísima faena de tus caridades, que yo me quedo aquí.

Un rato después, Gloria tomó su sombrilla y salió. Atravesando la plazoleta y una calleja rodeada de higueras y zarzas, pasó á un grande y hermoso prado que frente á la casa se extendía, y al cual cruzaban dos ó tres veredas. Iba con la vista fija en el suelo, despacio, deteniéndose á ratos, como si los pensamientos que seguramente ocupaban su mente se le pusieran delante para no dejarla pasar. Otras veces alzaba la vista al cielo y miraba cruzar las bandadas de pájaros, volviendo los ojos conforme ellos torcían el raudo vuelo, y siguiéndoles hasta que sólo eran puntos temblorosos que se borraban sobre la inmensidad azul.

Pasó por el sitio en que estaban los cinco castaños llamados _Mandamientos_, antiguos ejemplares llenos de cicatrices, ya mil veces podados, pero que devolvían las injurias del hacha con bendiciones, es á saber, con castañas. Luégo atravesó una mies, donde los frescos plantones de maíz sostenían en sus primeros pasos á las tiernas alubias, viendo correr por entre sus piés á las holgazanas y rastreras calabazas. En seguida tuvo que descender por una pendiente, desde la cual no se veía ya la casa de Lantigua, ni ningún edificio de Ficóbriga, á excepción de la torre. Allí había tres vacas, que mientras pasó, se quedaron mirándola sin pestañear. Pasando después por un pequeño hueco abierto entre las zarzas, árgomas y helechos de una cerca, Gloria penetró en los dominios de Caifás. Al acercarse sintió la voz de éste que cantaba. La señorita dijo para sí:

—Muy contento está Mundideo.

Los tres chicos corrieron á su encuentro gritando:

—¡La señorita Gloria, la señorita Gloria!

Caifás salió á la puerta de su casa, que más bien era choza, y al ver que era verdad lo que sus pequeños decían, soltó el martillo de la mano, y de la fiera boca, como espuerta, una carcajada de alegría.

—Señorita Gloria, Divina Pastora, ángel del cielo, bien venida sea usted á mi casa... ¡bien venida!

—Alegre estás.

Mundideo, no creyendo que las risas expresaban bien su gozo, dió un brinco en el aire.

—Esas risotadas y esas cabriolas—dijo Gloria sentándose en una piedra que junto á la casa había,—no sientan bien en la persona de un desgraciado que acaba de sufrir tan terribles golpes.

—Si yo no soy desgraciado, si no he recibido golpes, si llueven sobre mí felicidades.

—Vamos, tú has perdido el juicio—dijo la señorita mostrándole el lío de ropa que traía.—Si me prometes ser hombre de bien, ser arreglado y económico, te auxiliaré con un poco de...

Gloria mostró el papel que contenía el dinero.

—¡Dinero!—exclamó Caifás.—Si no necesito nada, si soy rico...

—¡Rico tú!—exclamó la de Lantigua con enojo.—No te burles de mí.

—¿Burlarme yo de mi ángel divino? Es verdad lo que digo, señorita—manifestó Caifás tomando aire de persona formal.—¿Usted creerá que mi ropa y mis colchones están en casa de la Cárcaba? Patraña: ya están aquí. ¿Usted creerá que mis herramientas están embargadas? Patraña: aquí las tengo todas. ¿Usted creerá que yo debo algún dinero á don Juan Amarillo? Patraña: aquí tengo los recibos que me devolvió.

—¿Le has pagado?—preguntó Gloria.

—Cuatrocientos treinta y dos pesos. A esto ascendía mi deuda, que empezó por mil reales, y con los pícaros intereses ha ido subiendo, subiendo como el humo del incienso que no para hasta el techo y llena toda la Iglesia.

—Tú deliras.

—Creí delirar ayer, cuando...

—¿Te has desempeñado, has arreglado tus asuntos?...—dijo Gloria llena de confusión.—Explícame ese milagro.

—¡Ahí está la palabra, señorita de mi alma!—exclamó José con acento de predicador entusiasmado.—Milagro. Yo creía en los milagros; pero tenía cierta comezoncilla por ver alguno, y decía: ¿por qué ahora no hay milagros? Pues bien, señorita de mi alma, ayer he visto un milagro.

—Vamos, te has encontrado un tesoro—dijo Gloria riendo.

—No es eso. El tesoro ha venido en busca mía. Dios...

—¡Dios! No llames Dios á la lotería. ¿Te ha tocado el premio gordo?

—Nunca jugué.

—Entonces...

—¡Dios!...—repitió Mundideo.

—¡Dios!... Dios no da dinero así á lo _bóbilis bóbilis_.

—Eso mismo creía yo. No me negará usted que Dios da á todos el pan de cada día.

—No lo niego.

—Pues á mí me ha dado de un golpe el pan de un año, el pan de toda mi vida. Yo me puse de rodillas en esa tierra y exclamé: «Señor, tú dijiste: _pedid y se os dará_, pues bien, Señor: ¿cómo es que yo te pido y te vuelvo á pedir y nunca me das nada?» No habían pasado diez minutos desde que lo dije, cuando... ¡milagro, milagro!

—Me estás engañando. Enséñame tus pagarés devueltos por D. Juan Amarillo.

José penetró corriendo en la casa. Sildo y Paquillo se habían alejado. Gloria se quedó sola con Celinina, cuyo nombre era abreviatura y diminutivo de Marcelina.

—¿Quién ha estado ayer aquí?

—Un _babero_—repuso la niña.

Gloria, conocedora ya del idioma especial de Celinina, sabía que un _babero_ quería decir un caballero.

—¿Y cómo era ese _babero_?

—_Ito._

Gloria tradujo _bonito_.

—¿Y cómo venía?

—_Balo._

—A caballo, ¿no es eso? ¿Y de dónde venía?

Celinina elevó su manecita, y con expresión religiosa y acento y pronunciación clarísima, dijo:

—Del Cielo.

Mundideo presentó los pagarés á Gloria.

—En resumidas cuentas, José, tú has tenido un protector; una buena alma que te ha socorrido.

—Hay algo más, señorita; esto es un milagro.

—Ya no hay milagros; ha sido una persona, una persona—repuso Gloria.—Ahora has de decirme qué persona es esa que te ha hecho tan gran caridad.

El sacristán miró fijamente á Gloria, y su semblante expresaba contrariedad y pesadumbre.

—¿Pero estás lelo? Habla.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque me lo han prohibido. Sentiré que usted se enfade; pero... yo no puedo decir lo que usted quiere que le diga.

Gloria meditó breve rato.

—Ya comprendo. Jesucristo ha dicho: «Tu mano izquierda...

—No debe ver lo que hace tu mano derecha.» No son todos como el señor cura, que cuando da dos duros á los pobres, ó les reparte el pescado podrido, ó saca á algún mal nadador de la ría, manda un relato retumbante de ello á todos los papeles de Madrid.

—¿Quién, quién ha sido?—preguntó Gloria con verdadera ansiedad.

Oprimió el lío de ropa contra su pecho, cual si sintiese insaciable y vivísimo anhelo de abrazar á alguien.

—No lo puedo decir—repitió Mundideo bajando los ojos.

—Y si yo dijese quién es y acertase, ¿me dirías que sí?

—Entonces...

—Pues ha sido el Sr. Morton.

—¡Ah, señorita Gloria! ¿Por qué lo ha adivinado usted?... El extranjero, el del vapor... Yo no sé su nombre; pero es el que se parece á nuestro Divino Redentor.

—Ningún hombre se parece á nuestro Divino Redentor—objetó la de Lantigua.—No blasfemes.

—Se le parece en la cara. En las acciones le obedece, ¿no es verdad?... ¡Ay! señorita de mi alma, yo he cometido una falta. Me hizo jurar que no lo revelaría á nadie... pero usted no es nadie, señorita Gloria, quiero decir que usted no está comprendida en eso de... _nadie_, porque usted es la Divina Pastora, un ángel del Cielo.

—Yo no revelaré el secreto—dijo la de Lantigua dominando su emoción, la cual era tan grande, que apenas la dejaba respirar.—Pero díme cómo vino, cuándo, qué habló contigo.

—Hablamos poco. El estaba ya enterado de mi situación. Preguntóme cuánto debía... ¡Ay! yo había cantado muchas veces en el coro: «Alzad, oh príncipes, vuestras cabezas, y alzáos vosotras, puertas eternas y entrará el Rey de gloria...» mas Caifás el feo, Caifás el malo, no había visto que se abrieran las puertas ni que entrara para él ningún Rey de gloria... pero ayer ví eso, ví como se suele decir, abierto de par en par el Cielo, cuando ese hombre me dijo: _toma_, y me dió de un golpe todo lo que necesitaba.

—Es muy rico—dijo Gloria.

—Más rico debe de ser D. Juan Amarillo, y sin embargo... Cuando mi favorecedor, mi enviado de Dios, alargó su mano y me puso el dinero aquí y cerró el puño con sus propios dedos, yo le miraba creyendo soñar. Me volví tonto: ni siquiera supe darle las gracias. Después me eché de rodillas, y llorando le besé los piés. El me levantó; y abrazándome... ¡porque me abrazó, señorita!... abrazándome, díjome que su acción no tenía nada de particular.

—¿Y no te reprendió tus faltas, no te dijo que fueses bueno?

—Me dijo: «Tú no eres perverso, sino desgraciado. Sé siempre hombre de bien,» y nada más. Yo estaba aturdido. Creí que Dios había entrado en mi casa, y cuando el caballero del vapor partía en su caballo, me volví á poner de rodillas.

—¿Y no te dijo nada más? ¿No te habló?...

Gloria se detuvo, como si no acertara con la palabra más adecuada para expresar su idea.

—¿De que?

—¿No te habló de ninguna otra persona?... Porque podía suceder... Recuerda bien: ¿no te dijo nada de...?

—¿De qué?

—¿No te dijo nada de... de mí?

Esforzábase la señorita en afectar completa naturalidad.

—Tengo todas sus palabras tan presentes como si las estuviera oyendo á todas horas, y nada, nada me dijo de usted.

Gloria se levantó.

—Aunque no lo necesitas—dijo,—yo traje esto para tí, y aquí te lo dejo.

—Aunque no lo necesito, lo tomo por ser de esas divinas manos, y con la condición de darlo á otros pobres más pobres que yo... ¡Ah! ¡Qué felíz soy, señorita mía! Si fuera malo me volvería bueno ahora. Trabajo sin cesar, y el Sr. D. Juan no se arrepentirá de haberme dado esta choza, porque se la estoy componiendo.

Gloria no miró las grandes obras de carpintería que traía entre manos Mundideo.

—Adiós—dijo.—Abrázame.

—¡Señorita Gloria, por Dios!—exclamó Mundideo retrocediendo.

—¿No te abrazó el del vapor?

Y antes que Caifás pudiese impedirlo, Gloria le estrechó entre sus brazos.

—Ahora tienes que ser hombre de bien—gritó alejándose á buen paso de la choza.

Andando hacia su casa, no vió las vacas que al pasar la miraban, ni el verde maizal, ni los cinco castaños mutilados y generosos que se cargaban de fruto en su vejéz, como los patriarcas bíblicos cargados de hijos; ni vió la torre de Ficóbriga, ni los pájaros que volvían del horizonte en vagabundo grupo. No vió nada más que un sol poderoso que había salido há tiempo en su alma, y que subiendo por la inmensa bóveda de ésta, había llegado ya al zénit y la inundaba de esplendorosa luz.

XXVI

El ángel rebelde.

Por las noches, después de la cena que _recrea y enamora_, se rezaba el rosario en el comedor, con la puerta del jardín abierta si el tiempo era bueno. Durante este acto piadoso, Morton salía fuera, pero permanecía sentado en el jardín con la cabeza descubierta.

Tras la cena venía un poco de grata tertulia, y luégo cada cual iba á su cuarto. Gloria subía la última. Poco después, todo era silencio, y envuelta en sombras de sosiego, la casa dormía, tranquila y callada como el justo.

Pero en la habitación de la esquina velaba el pensamiento y seguían abiertos, fijos en la obscuridad, los ojos de Gloria. El ruído de una cercana fuente, el canto de los sapos y á veces el amoroso silbo del viento, formaban en torno al cerebro de la joven despierta un ritmo extraño que favorecía la actividad de su imaginación. De su brazo derecho hacía una aureola, dentro de la cual metía la cabeza, escondiendo el rostro como lo esconde el pájaro bajo el ala; y sola allí, sin más testigo que Dios, abría de par en par las puertas de su corazón para que á borbotones saliese la llama que en él ardía; soltaba los diques al pensamiento para que sin detenerse corriese fuera. Así pasaba largas horas de la noche, primero inmóvil, inquieta después á causa del febril insomnio, hasta que la vencía el sueño ya cercano el amanecer, y sobre el lecho tranquilo, flotaba su respiración.

Una de aquellas noches, cuando mató la luz y se escondió entre sus alas, hablaba así:

—Hoy me dijo: «Yo he nacido con mala estrella, Gloria, y preveo desgracias. El corazón me anuncia que no llegaremos al complemento de nuestro destino. ¿Tienes tú confianza?...» Yo le respondí: «Confío en Dios...» Y él dijo tristemente: «Muchas veces se le llama y no responde, y otras muchas permite que los conflictos del corazón sean resueltos por las maldades de los hombres...» ¿Qué quiso decir? ¡Dios mío, yo dudo; soy felíz y estoy llena de zozobras, espero y temo! No ceso de pensar en las florecillas de los prados, tan bonitas y tan felices, pero que, según me parece á mí, han de estar siempre medrosas y temblando, no sea que las pise la planta del buey que ven acercarse... Yo tiemblo, yo veo llegar el pesado pié del buey...

»Hoy, cuando salió á pasear á caballo, ¡tardaba tanto!... yo creí que no volvería más, y una nube negra se asentó sobre mi corazón, oprimiéndolo. Cuando le ví aparecer, cuando sentí las herraduras del animal sobre las piedras del patio viejo, me parece que todo se iluminaba. Yo no sé lo que es esto. ¡Qué cosa tan extraña! Recuerdo que cuando he tenido épocas de estar muy triste, por ejemplo, cuando murieron mis hermanitos, todo se revestía de mi pena. Los árboles y las casas y el cielo, Francisca, mi padre, mi cuarto, mi vestido, el jardín, la escalera, la vajilla del comedor, la jaula del pájaro, las magnolias, el camino, los palos del telégrafo, el reloj de la Abadía, las nubes, los barcos, Germán, Caifás, el cura, mi dedal, la esfera, los prados, las teclas del piano, todo, todo estaba vestido de mi tristeza. Ahora todo está vestido de él.

»Hace diez días me dijo lo que ya presagiaba mi corazón... Hace seis que me exigió una respuesta. Bien claro debía conocer, al dirigirme la palabra, que el alma se me estaba saliendo por los ojos. Muchos días hemos estado diciendo discreteos que en mí eran verdaderas simplezas. Al fin no hemos podido disimular más, y las palabras, lo mismo que entra la luz por una puerta cuando la abren, se me han arrojado fuera de la boca, y le he dicho que le quiero con toda mi vida. No me avergüenzo de ello, y mi conciencia sigue tranquila. Dios está conmigo, lo siento, lo conozco. Veo la mano inmensa que traza en mi interior la cruz, bendiciéndome.

»Gloria, me ha dicho, maldito sea yo, malditos mi padre y mi madre, si no te adoro. Mi corazón te adivinaba hace tiempo. Cuando te ví no me pareció verte sino hallarte.» ¡Ay! Mi corazón le aguardaba también como al hermano que se ha ido para volver.

»Ni una sola palabra ha salido de sus labios que no sea de mi agrado. Ni un solo movimiento he visto en él que no me enamore más. Su persona es perfecta, su corazón lleno de bondades que nunca se agotan, su entendimiento como el sol que todo lo alumbra, su genio suave y dulce que jamás ofende, sus palabras delicadas. Me adora y le adoro... Pues bien, yo pregunto al cielo y á la tierra, á los hombres y á Dios: «¿Por qué este hombre no ha de ser mi marido? ¿Por qué no ha de estar unido á mí, siendo los dos uno solo en la vida usual, como somos uno en la del espíritu, y lo seremos siempre, sin que nada ni nadie lo pueda impedir?... A ver, ¿por qué? respóndanme, ¿por qué?»

Como nadie le respondía, Gloria se daba á sí misma la contestación diciendo, cual si no estuviera sola: «Mi esposo serás.»

Pero otra noche se expresaba en tono distinto, diciendo:

—Aquello que sólo existe para el bien, aquello que viene de Dios, aquello que es la necesidad primera y la luz del alma, la religión, es hoy para mí fuente de amargura. Entre los dos cae el filo de una espada terrible. Nadie puede resolver esto, nadie puede hacer polvo esta muralla que se nos pone en medio, y en la cual se hieren desgarrados nuestros brazos cuando queremos juntarnos para siempre.

»Conozco á mi padre. Es una roca. Malditos sean Martín Lutero, la Reforma, Felipe II, Guillermo de Orange, el Elector de no sé dónde, la paz de Westfalia, la revolución de no sé cuántos, el Syllabus, todo eso de que ha hablado papá esta noche... Hé aquí que ataja nuestros pasos y corta el hilo de vida que nos une, no Dios, autor de los corazones, de la virtud y el amor, sino los hombres que con sus disputas, sus rencores, sus envidias, sus ambiciones, han dividido las creencias, destruyendo la obra de Jesús, que á todos quiso reunirlos. No sé cómo hay alma honrada que lea un libro de historia, laguna de pestilencia llena de fango, sangre, lágrimas. Quisiera que todo se olvidase, que todos esos libros de caballerías fuesen arrojados al fuego, para que lo pasado no gobernara lo presente, y murieran para siempre diferencias de forma y de palabras.