Part 14
Estas palabras las pronunció Gloria con el espanto del que muere cosido á puñaladas, del que ve abrirse bajo sus piés la tierra y salir las llamas del Infierno. Diciéndolas, cayó sin sentido. Morton acudió en su auxilio; arrodillándose tomóla en brazos, procuró reanimarla con amorosas palabras; pero cuando ella abrió los ojos y pudo ver junto á sí el característico rostro semítico que tanto contribuyera al cautiverio de su corazón, le rechazó severamente, diciendo:
—¡Impostor!... ¡Judas!... ¡me has engañado!
—Te oculté mi religión—dijo Morton sombríamente.—Esa es mi culpa.
—¿Por qué has ocultado tu religión?—dijo Gloria incorporándose con viveza.
Sus negros ojos echaban llamas.
—Por egoísmo, por temor á que no me amases—repuso Daniel con timidéz y sumisión.—Yo no mentí; no hice más que callar; pero reconozco que callar fué gran falta.
—¡Infamia, infamia! No; es mentira...—dijo Gloria con desesperación.—Tú no puedes tener fe en esa doctrina.
—¡Quizás más que tú en la tuya!—repuso Morton.
—Mentira, mentira—exclamó la joven de rodillas en el suelo y retorciéndose los brazos.—Si fueses tú israelita, es imposible que yo te hubiese querido. ¡Ah! parece que la lengua se me quema al decir esa palabra... Si el nombre sólo de tu religión es una blasfemia... ¿Es posible, dí, que no creas en Jesucristo, que no le ames?... Si esto es verdad, ¡qué horrible engaño, qué vida tan espantosa, qué muerte de las muertes! ¡Creer yo en tí de este modo, amarte, adorarte, y cuando pensaba vivir unida á tí para siempre, descubrir, Dios mío, descubrirme tú mismo este horrendo secreto!... ¿Por qué no escribiste en la frente tu infame creencia? ¿Por qué cuando me viste correr hacia tí no me dijiste: «apártate, que estoy maldito de Dios y de los hombres?»
—¡A qué delirio te lleva tu fanatismo!—dijo Daniel, contemplándola con expresión compasiva.—Acúsame por haberte ocultado la verdad; pero no injuries á mi desgraciada raza, ni participes de un odio vulgar, indigno de tí.
—Si es verdad lo que me has dicho, ¿por qué no tuviste mala apariencia, como tienes mala religión? ¿Por qué no fueron horribles tus acciones, tus palabras y tu persona como lo es tu creencia? ¡Impostor, cien veces impostor!
—Gloria, Gloria, amiga de mi vida, no hables así. Tus injurias me matan.
—¿Por qué me has engañado, por qué consentiste que te quisiera, sabiendo que debíamos estar eternamente separados?—interrogó ella con el desvarío de quien va á perder la razón.—Díme, ¿por qué consentiste que te amara?
—Porque te amaba yo. Es verdad que procedí mal; pero también conocí mi falta, y viendo venir imponente y amenazador el conflicto religioso, de mí partió la idea de separarnos y te lo propuse. Mi pensamiento no podía ser más honrado.
—Sí; pero después volviste.
—Volví—repuso Morton confuso como el criminal.—Es verdad; no sé quién me trajo. Todo se ordenó de modo que yo volviese. Me trajo una especie de ola infernal, ó quizá hálito divino. El hombre es juguete de las fuerzas de Dios, que gobiernan el mundo.
—¡Dios! No tomes en tu boca ese nombre... Tú no eres tú; no puedo decir fijamente si te amo ó te aborrezco, y si cupiera esto en la mente humana, diría que al mismo tiempo te aborrezco y te amo.
Ocultando el rostro entre las manos, rompió á llorar sin consuelo.
—¡Y todo por un nombre, por una palabra! ¡Oh, qué iniquidad!—murmuró Morton con angustia.—Las palabras gobiernan al mundo, no las ideas. Díme, cuando me amaste, ¿por qué me amaste?
—Te amé, porque me parecía que Dios te había puesto delante de mí; te amé por tu lenguaje, por tus acciones, por tu persona, por una dulce concordancia de tu alma con la mía... ¿qué sé yo por qué?... Pero no... tú me estás engañando ahora... tú no puedes ser lo que dijiste, Daniel, porque tú has practicado la caridad.
—Nuestra ley nos dice: «Bienaventurado el que piensa en el pobre. En el día malo lo librará Jehová.»
—Tú no puedes pertenecer á esa secta abominable—añadió Gloria asiéndose á su incredulidad como á un clavo ardiendo.—Aunque mil veces me lo jures, mil veces me negare á creerlo... Si lo eres, ¡qué horrible disimulo el tuyo!
—He disimulado, sí. Esta es nuestra costumbre cuando viajamos por un país intolerante como el tuyo. Pero á tí debí decirte la verdad, lo conozco, lo confieso, declaro ante tí mi culpa, esperando perdón.
—Esto no puede perdonarse, no, de ningún modo—dijo Gloria con airada resolución.
—Tu Maestro—afirmó Morton,—te ha dicho: «Perdona á tus enemigos, ama á tu prójimo como á tí mismo.» ¿Es posible que tú participes del tradicional encono contra nosotros, y de esa vulgar antipatía con que apacienta su rudeza y sus malas pasiones la plebe cristiana? Gloria, por el que hizo el Cielo y la tierra, no puedo creer que degrades así tu preciosa inteligencia...
—Dentro de Jesús lo admito todo; fuera de El nada. No llames preocupación al horror que me inspiras.
—Horror que desaparece callando un nombre. ¿Por ventura esto no te dice nada? ¡Me amaste sin conocerme! Dí: ¿no parece esto una burla de tu misma fe? O yo estoy loco, ó esto es la voz de la humanidad que á gritos reclama sus derechos.
—¡Ay! ¡Yo no sé lo que es esto!...—exclamó Gloria con arrebato.—¿Por qué siendo lo que eres, todo en tí es amable? Sin duda tu alma es buena, y se conserva pura en ese cieno donde has nacido. Un esfuerzo, amigo de mi alma, un esfuerzo y sacudirás de tí esa podredumbre. Tu espíritu está preparado para la redención: basta un movimiento ligero, una mirada dentro de tí mismo. Daniel, Daniel—añadió abrazándole con pasión,—por el amor que me tienes, por el que yo te tengo y que ahora ó se extinguirá para siempre ó se aumentará, te pido que seas cristiano... Daniel, Daniel, abandona tu falsa creencia y entra conmigo en el seno amoroso de Nuestro Señor Jesucristo.
Morton la estrechó contra su pecho. Después, rechazándola suavemente, dijo con voz tétrica.
—¡Abandonar yo la religión de mis padres!... ¡Jamás, jamás!
Gloria, saltando lejos de él, le miró con espanto, como se mira una visión del infierno, más terrible cuanto más hermosa, más espantable cuanto más se viste de risueña forma.
—¿Qué has dicho?
—Que yo también tengo familia, padres, nombre, fama, y aunque sin patria común, nos la formamos en nuestros honrados hogares y en la santa ley en que nacemos y morimos. Desde mis remotos abuelos, que eran de Córdoba y fueron expulsados de España por una ley inícua, hasta el presente y en todas estas sucesivas generaciones de honrados israelitas que constituyen mi familia, ni uno solo ha abjurado la ley.
—¡Ni uno solo!—dijo Gloria con amargo desconsuelo.—¿Y crees que gozan de Dios?...
—Los que fueron buenos, como lo es mi padre, gozará de El por los siglos de los siglos—afirmó Daniel con el acento de una convicción profunda.—No, no llenaréis con nosotros vuestro horrible infierno cristiano.
—Siempre me he resistido á creer en el infierno—dijo Gloria con el espanto pintado en sus ojos;—mas ahora se me figura que va á existir sólo para mí esa caverna llena de llamas. ¡Oh, qué horrible confusión en mis ideas! Si no hay infierno, para nosotros dos, para tí y para mí solos creará Dios uno, Daniel... Pero no, yo me salvaré y te salvaré. Merezco arder en el eterno fuego si no te salvo... Daniel, Daniel, abre tus ojos, ven á mí.
—Del modo que tú quieres que vaya es imposible—afirmó el extranjero con sombría resolución.
—Entonces... dí, ¿qué palabras hay para vituperarte?... ¿Cuál es mi suerte ahora?... Veo que en tu religión no hay conciencia.
—Puedes leer en la mía como en un libro.
—No hay la admirable virtud del arrepentimiento.
—Si este es el dolor y la vergüenza que causa el pecado, yo puedo decir: «Señor, estoy encorvado, estoy humillado en gran manera... mi dolor está delante de mí contínuamente.»
—No hay abnegación, no hay la confesión de los pecados.
—Sí, porque yo digo: «Mis iniquidades han pasado mi cabeza: como carga pesada se han agravado sobre mí. Por tanto, denunciaré mi maldad, congojaréme con mi pecado.»
—¿Dices que lea en tu conciencia?—repitió Gloria.—No, no puedo leer nada en ella. Todo lo veo obscuro como la noche, como mi infamia, como estas tinieblas en que he caído para siempre. Arrodíllate delante de ese Cristo, y creeré cuanto me digas.
—No delante de ese profeta crucificado, en quien no creo, sino delante de tí, á quien adoro, me humillaré—dijo Morton arrodillándose y besando las manos de Gloria.—¡Que mi padre me maldiga y me arroje de mi casa si no te muestro ahora mi conciencia toda, tal como es, y si te oculto mínima parte de la verdad! Yo te ví, y desde que te ví te amé. Creí desde luégo que mi naufragio era providencial y que Dios te destinaba á ser mía. ¿Quién sabe sus designios? ¿Quién lee en su libro? Mi creencia en El es grande y fuerte; en todo le veo, y cuando falto á su ley, más terrible pero más claro se me aparece... Hice para tí un misterio de mi religión y procedí con egoísmo, porque conociendo el horror que inspiramos á los católicos, no quería destruir con una palabra la felicidad de que inundabas mi alma. Sabía que no me podías amar conociendo mi religión, y callé... Cuando quise hablar, ya no era tiempo, te quería demasiado, estaba cogido en las redes de un insensato amor; parece que mi vida toda dependía de tí en el alma y en el cuerpo, y descubrirme equivalía al suicidio... Entonces pensé en los medios para conseguir una unión perpétua contigo; pero el problema religioso me espantaba, me volvía loco, me aturdía más que los mil truenos del Sinaí y que todas las venganzas de Jehová... Al fin comprendí que no había solución. Nuestro amor era una contradicción horrible entre Dios y la Humanidad, un absurdo espantoso, la idea absoluta de la irreconciliación; y al entenderlo así, retrocedí y saqué fuerzas de mi espíritu para la separación que te aconsejé. Huímos el uno del otro, porque no teníamos más remedio que separarnos, como la noche y el día... Hasta aquí no es tan grande mi maldad.
—Pero después...
—Después... Yo no había pensado quebrantar mi resolución. Con el alma destrozada me disponía á abandonar para siempre este suelo, cuando los incidentes producidos por una obra de caridad, que carece de importancia y mérito, me obligaron á volver. Yo no sé cómo vine á tu casa; pero no creo en la fatalidad, y según mis ideas, nada pasa sin la voluntad expresa del que con sus dedos hizo el mundo y formó los astros y las almas. He sido juguete de misteriosas fuerzas. Dios me envió, sin duda, para probarme y conocer el temple de mi espíritu. Caí; no tuve rectitud; caí, como cayó David; he sido un malvado, ¿qué quieres? pero te amo, te amo, y esto me disculpa ante Dios y debe disculparme ante tí. Mi pasión ha sido más fuerte que yo... Confieso mi crimen... Yo no protesto. Pero quita de en medio la funesta disparidad de nuestras creencias, y verás cuán gran parte quitas á mi iniquidad.
—¡Oh, no mezcles el nombre de Dios á esto... no lo mezcles!
—Yo digo: «¡Tu justicia, como los montes; tus juicios, abismo grande, oh Jehová!...» Obra de Dios es este conflicto supremo. El amor vivísimo que á entrambos nos inflama obra suya es. Maldigamos... pero ¿á quién hemos de maldecir? A Dios no es posible; á nuestro amor tampoco... Maldigamos á las edades de quienes esto es obra perversa.
—Maldice á tu raza que, sacrificando á Jesús, se imposibilitó en conjunto para la redención...—dijo Gloria con brío.—No creo en tu confesión, porque tu alma está á obscuras. Huye de mí. El mismo amor que te tengo, y que no puedo vencer, aumenta mi horror.
—¡Oh, Gloria, Gloria!—exclamó lleno de dolor el hebreo,—no consientas en ser inferior á mí, porque yo aborrezco el catolicismo, y á tí te venero; porque sé distinguir entre tu falsa creencia, que desprecio, y tú misma, á quien pongo sobre todas las cosas de la tierra. Entre los ángeles de la luz has sido escogida. Me glorío en tí, y si fueras mi esposa, ninguna mujer existiría en la tierra, ni más venerada, ni más amada.
—¡Yo tu esposa, tu esposa yo...! ¿qué dices?—gimió Gloria.—¡Yo también soñaba eso, Dios poderoso, y lo soñaba creyéndolo posible! ¡Cómo había de sospechar este horrible conflicto! Dios me ha desamparado, Dios me ha abandonado para siempre.
—Si el tuyo te deja—dijo Morton corriendo hacia ella,—el mío te recoge. «¡Tus juicios, oh, Jehová, abismo grande!»
—Déjame—gritó Gloria huyendo de él.—No me toques.
Pero no pudo impedir que Morton la estrechara entre sus brazos. Trémula y sobrecogida, Gloria se arrodilló, y abrazándole los piés, gritó con voz dolorida:
—¡Daniel, Daniel, mírame de rodillas ante tí; mírame deshonrada, perdida para Dios y para el mundo! Por el amor que te tengo, por el honor que perdí, por el respeto á Dios y el instinto del bien que hay en tu alma, te suplico que me saques de este infierno. Hazte cristiano; lava tu alma, y con tu alma mi deshonra. Has hecho una ruína espantosa; repárala. Quizá sea esto un aviso del cielo. Un gran pecado ha abierto á muchos los ojos... Conviértete, si me amas, sé cristiano, adora esa cruz, y verás cómo sientes sublimado tu espíritu, verás cuán pronto se llena del verdadero Dios.
—Hagamos un pacto—dijo Morton levantándola del suelo.
—¿Cuál?
—Sígueme.
—¿Yo... á dónde?
—A mi casa...
—¡Oh, tú has perdido el juicio!
—Sígueme.
—Pues bien—dijo Gloria con entusiasmo.—Recibe el agua del bautismo; cree en Jesucristo y te sigo, te seguiré abandonándolo todo, cualquiera que sea la voluntad de mi familia; te seguiré aceptando mi deshonra. ¿Puede darse mayor sacrificio? Pero ganar un alma para el reino de Jesucristo, bien lo merece.
—Mi pacto es otro—prosiguió Morton con febril impaciencia.—Cada cual trata de convertir al otro á su religión. Si tú vences seré católico, si yo venzo serás judía.
Gloria volvió el rostro con horror.
—Eso no puede ser—declaró;—la idea de no ser cristiana me espanta más que la de la condenación eterna.
—Y yo no puedo ser cristiano, no puedo.
—Daniel—murmuró Gloria desfalleciendo de dolor,—¿por qué no me matas? Busca un arma.
—Gloria, vida mía, ¿por qué no me matas tú á mí? Yo soy el que debe morir, tú no. El criminal he sido yo, no tú.
—Ha llegado la ocasión de morir. Dios nos abandona.
—No hay solución en la tierra—dijo Daniel sombríamente.
—Ni en el cielo—añadió la joven con desesperación, dejando caer sus brazos sin aliento y cerrando los ojos, porque las fuerzas todas de su espíritu se habían agotado.
Cayó de rodillas, y apoyando la frente en el lecho, oró en silencio. Morton, sentado en un sillón, se oprimía la abrasada frente entre las manos. De improviso los dos se estremecieron y se miraron, porque habían sentido pasos.
XXXVIII
Job.
Dejamos al bueno de D. Silvestre mostrando lleno de orgullo las peras de su huerta, mientras D. Juan Amarillo se apoderaba, cual ave de rapiña, del Sr. de Lantigua, llevándole aparte para hablarle de un grave asunto.
Digamos algo de este hombre, cuyo apellido es de los que más admirablemente se conforman con la persona. Pasaba Amarillo de los sesenta años, y era un hombre despacioso, metódico hasta lo sumo, muy casero, gran rezador de rosarios, blando en su conversación, atravesado en su mirar, de cabeza generalmente inclinada hacia un lado como breva madura, naríz de pico, cabeza calva, ojos negros sombreados de largas pestañas ásperas, barba fuerte, pero afeitada, y todo el rostro amarillísimo y reluciente como pergamino. Su ocupación era prestar con usura. Era el banquero de Ficóbriga y á todos sacaba de apuros, previo un interés que jamás pasó de cuarenta por ciento. Como se ve, no debía de ser de los peores en el arte.
Con el dote que le llevó su esposa Teresita la Monja, y con su buen manejo y economía (pues fué económico en todo hasta en tener hijos), en cuatro lustros se hizo muy rico. Tenía bastante amistad con D. Juan de Lantigua, una de las pocas personas de Ficóbriga á quienes jamás prestó nada, como no fuera atención. Gozaba fama de ser hombre muy religioso, lo mismo que su mujer, gran atisbadora de vidas ajenas, y tan fuerte en la vida y milagros de todo el mundo, que solían llamarla _el confesonario de Ficóbriga_.
Amarillo tomó del brazo á D. Juan, y llevándole por bajo un emparrado en sitio muy solitario, le dijo:
—Hace días, mi querido D. Juan, que deseaba hablar á usted de un asunto, y no quiero dejar pasar más tiempo.
—¿Qué es ello?—preguntó Lantigua algo alarmado por el tono misterioso que el otro D. Juan tomaba.
—Un asunto grave. ¿Qué opinión ha formado usted de mí como hombre veráz?
—Opinión muy favorable.
—¿Me cree usted capáz de mentir?
—No señor, ni por pienso.
—¿De embrollar, de calumniar, de levantar catálogos?
—Nada de eso.
—Pues oiga usted la advertencia de un hombre honrado que le estima, que se interesa por la honra de su casa.
—¡Por la honra de mi casa! D. Juan—exclamó Lantigua con enojo,—¿qué quiere usted decir?
—Sólo los ojos de marido no son ciegos. Sónlo también los de los padres bondadosos y confiados.
—No comprendo...
—Pues acabaré de una vez. Debe usted vigilar mucho, pero mucho á su hija.
—¡A Gloria!—exclamó D. Juan lanzando un grito.
—A la señorita Gloria—afirmó el judío cristiano. Ella es buena, no lo dudo; pero está en la edad de las pasiones... No encuentro yo vituperable que las muchachas tengan novio, es muy natural; pero al menos que le escojan católico.
—Don Juan, ¿qué farsa es esa?—dijo Lantigua poniéndose tan amarillo como su interlocutor.
—¿Me cree usted capáz de decir una cosa por otra, de faltar á la verdad y de mortificar inútilmente á un amigo? Cuando me atrevo á hablar á usted, Sr. de Lantigua, es porque el hecho es cierto, ciertísimo. Gloria ha tenido entrevistas con Daniel Morton.
—¿Dónde... cuándo?—preguntó Lantigua, cambiando del amarillo enfermizo al rojo sanguíneo.
—En los pinos... hace pocos días... Con decir á usted que mi esposa lo advirtió primero, y que después lo ví yo con mis propios ojos... Como se dijo que Morton partía, yo me callé; pero al oir al señor obispo que le había visto entrar en Ficóbriga, me alarmé y dije: «Pues no pasa de esta tarde sin contarle todo al amigo D. Juan.»
—¡Por vida de!...—exclamó Lantigua, cerrando los puños y apretando los dientes,—que si no fuera verdad lo que usted me cuenta... ¿Quién lo ha visto, quién?
—Mi esposa y otras personas de la villa. Morton venía á caballo de la capital de la provincia, y dando un rodeo por los prados de la Pesqueruela para no entrar en Ficóbriga, iba á los pinos, donde le aguardaba...
Después del primer arrebato, vacilante entre la incredulidad y la alarma, Lantigua cayó en estupor profundo. Sintió un dolor agudísimo en el corazón, y no pudo decir palabra. Parecía que le habían arrancado de repente la ilusión de toda su vida, y quedóse como el santo árabe Job, cuando llegando un criado le dijo: «Tus hijos y tus hijas estaban bebiendo en casa del primogénito. Y hé aquí un gran viento que vino del lado desierto, é hirió las cuatro esquinas de la casa, y cayó sobre los mozos y murieron, y solamente escapé yo para traerte las nuevas.»
Pero D. Juan no rasgó su levita, ni trasquiló su cabeza, ni cayó en tierra; antes bien, reponiéndose algo de la sorpresa, si bien no de la pena, decía luégo para sí:—Es mentira, es mentira.
—Pero haremos bien en guarecernos dentro de la casa, porque llueve, amigo Lantigua—indicó Amarillo.
En efecto, llovía. Todos se metieron dentro huyendo del agua, y los criados de D. Silvestre retiraban á toda prisa mesa y vajilla expuestas á la intemperie.
—Esto pasará pronto—dijo el padre de Gloria mirando al cielo.
—Yo creo—manifestó Romero—que tendremos una segunda edición de aquel famoso día, cuando sacamos á los náufragos de á bordo del _Plantagenet_. ¡Qué día, señores! Aquello sí que era llover, aquellas sí eran olas... Yo, lo confieso, tuve miedo...
—Vámonos—dijo de improviso el señor de Lantigua, indicando en su rostro una gran impaciencia.
—¿Lloviendo?... Por Dios, D. Juan, ¿qué prisa hay?
—Yo me quiero marchar. Peor será esperar á que llueva más y á que se haga enteramente de noche.
—Como tú quieras—dijo D. Angel.
Don Silvestre mandó enganchar el coche de Lantigua.
Cuando el coche estuvo preparado en el Soto de Briján, arreció de tal modo la lluvia, que fué opinión general esperar á que pasase la turbonada. Los caminos estaban intransitables, y el cochero de Lantigua, así como el del _breck_, aseguraron que sería milagro llegar á Ficóbriga sin que se rompiese alguna ballesta.
—No importa—manifestó D. Juan.—Vámonos.
Pero en el mismo instante se dijo:
—El puente de Judas se ha quebrantado y no puede pasar ningún coche.
—Hoy es día de desgracia—gruñó D. Juan hiriendo el suelo con el pié.—¡El puente quebrantado! Vean ustedes lo que son nuestros ingenieros... ¡Qué Gobierno! Con el dinero que se gastó en ese puente de palo, se podrían haber hecho dos de sólida piedra.
—No hay más remedio que tener paciencia—dijo Su Ilustrísima con tranquilidad.
—No hay más remedio que marcharnos á pié—añadió D. Juan.—Es calamidad... Ni siquiera tenemos paraguas.
—¿Pero tú estás loco? ¿A dónde vas?—manifestó D. Angel deteniendo á su hermano.
—¡Por Dios! D. Juan... no parece sino que arde la casa.
El camino en realidad estaba intransitable, y espumosos arroyos de fango y agua descendían por las laderas.
Don Silvestre dispuso que un criado suyo, llamado Francisquín, bajase á reconocer todo el camino hasta Ficóbriga. Al poco rato volvió diciendo que estaba medianillo, y que el puente se podía pasar, andando por él con mucho cuidado.
—¡Qué cobardes somos!—exclamó Lantigua dirigiéndose á la puerta.
Por segunda vez le detuvieron; y hé aquí que el cura dijo:
—Más vale que pasen ustedes aquí la noche. Tengo buenas camas. La crecida de la ría es espantosa, y no vale la pena de que nos expongamos á perecer. Si subimos hasta Villamojada para pasar el puente de San Mateo, tardaremos cinco horas lo menos, porque el acarreo de mineral ha puesto la carretera como ustedes saben.
Mucho costó persuadir á D. Juan á que se quedase; pero al fin lo consiguieron, y se mandó á su casa el recado de que ya tenemos noticia.
Y hé aquí que al volver Francisquín, dijo:
—La señorita Gloria esperaba muy alarmada; pero ya está tranquila.
—¿Quién estaba allí?—preguntó D. Juan con viva ansiedad.
—Roque, D. Amancio el de la botica, José el cartero, el maestro Rubio, Germán...
—¿Y nadie más?
—Y el Sr. D. Daniel.
Por el abrasado pensamiento de D. Juan de Lantigua pasaron aquellas palabras del libro de Job: «Fuego de Dios cayó del cielo, que quemó las ovejas y los mozos y los consumió; solamente escapé yo solo para traerte las nuevas.»
—¿Qué es eso, D. Juan, le ha hecho á usted daño la comida?—preguntó D. Silvestre á su amigo.
—¿Estás malo?—le dijo el obispo observándole cariñosamente.
Don Juan se había puesto verde.
—A ver ese pulso—indicó D. Silvestre, que también se la echaba de médico.
—Por fin—dijo uno de los compinches del cura, que había venido de la capital de la provincia,—cierto amigo que encontré en Villamojada y que acaba de llegar de Madrid, me ha informado de la religión de ese señor Morton, á quien D. Juan ha nombrado. Es nada menos que judío.
Una exclamación de sorpresa y espanto sonó en toda la sala.
—¿Es eso verdad?—preguntó Lantigua echando fuego por los ojos.
—¡Tan verdad!... Daniel Morton es hijo de un riquísimo israelita de Hamburgo, rabí de la secta, ó como si dijéramos, el sumo sacerdote ó el papa de los judíos.
—A pesar de eso, no me pesa haberle salvado la vida—dijo con petulancia D. Silvestre,—porque está escrito: _Bendecid á los que os maldicen y haced bien á los que os aborrecen_... ¡Qué día aquel!
—Muy bien—afirmó el prelado estrechando la mano del cura.—Así me gusta.
Después se quedó tan pensativo, que parecía una estátua.
—Mi opinión—dijo D. Juan Amarillo gravemente,—es que no se debe consentir en Ficóbriga la presencia de ese hombre.
—No se debe consentir—añadieron dos ó tres de los presentes.
Entonces Su Ilustrísima habló así: