Part 8
Es verdad que el gran desarrollo del cerebro y de la inteligencia que ha caracterizado al hombre fué debido exclusivamente a la misma ley egoísta de la mayor ventaja, de la competencia. El cerebro no difiere a este respecto de los cuernos, de los dientes o de las garras. En la gran lucha que el animal humano tuvo que llevar a cabo para obtener la supremacía, el cerebro lo habilitó definitivamente para triunfar, y bajo la ley biológica de la selección, cuando la superior sagacidad significó mayor aptitud para sobrevivir, el cerebro humano fué gradualmente desarrollado, célula tras célula, hasta que los hemisferios completamente desenvueltos quedaron agregados a los ganglios primitivos. El intelecto en un principio fué un mero servidor de la voluntad; pero en virtud de su peculiar carácter fué capaz de percibir que el método animal directo no era el más provechoso, aun en la más ruda lucha por la existencia, y así empezó, ya en una época muy remota, y en favor de su propio egoísmo, a contrarrestar aquel método y a adoptar el opuesto, el que se sirve de designios previos, del cálculo y de la cooperación. Las asociaciones de individuos se convierten a su vez en corporaciones más extensas, los _trusts_. Todo este proceso de cooperación compuesta no se detiene hasta que todo el producto de una industria dada es manejado por un solo cuerpo de hombres. Este cuerpo adquiere un poder absoluto sobre el precio del artículo producido. Así, por ejemplo, todo el petróleo que produce un país puede estar en las manos de un solo _trust_, y a fin de obtener para los capitalistas que lo forman las mayores ventajas posibles, el precio será puesto a la mayor altura que los consumidores se resignen a pagar antes de volver a usar velas de esperma o de recurrir al gas o a la electricidad. No se establece ninguna relación entre el precio y el costo de producción y éste puede ser veinte o cien veces más bajo que aquél y los provechos del _trust_ incrementarse proporcionalmente.
Lo mismo pasa con el carbón, el hierro, el azúcar, el algodón, etc.
A pesar de lo mala que esta situación puede parecer, no deja de tener sus lados buenos. Aunque estos inmensos beneficios van a parar exclusivamente a las cajas de unos pocos afortunados que han sabido colocarse en la embocadura de estas grandes corrientes de riquezas, sin embargo, para los consumidores el valor de todas las comodidades así monopolizadas es generalmente menor de lo que era cuando estaba entregado completamente a la influencia de la competencia.
Tal aserto debe sonar de una manera extraña en los oídos de los economistas, que consideran la competencia como el antídoto en contra del monopolio y a la cual le señalan como uno de sus efectos principales la baja de los precios. Pero los hechos contradicen esta manera de ver. He aquí la opinión resumida, al respecto, de un distinguido economista, el profesor Simón N. Patten:
«Empleo el término despilfarro (_waste_) en un sentido amplio para indicar con él todas aquellas causas que mantienen los precios de las cosas más altos de lo que serían si los vendedores no tuvieran que ir a buscar a los compradores. En otros tiempos, los vendedores permanecían tranquilos en sus almacenes o en sus oficinas, esperando la llegada de los compradores. Si en una tienda se vendía paño más barato que en otra, el comprador la buscaba y adquiría lo que deseaba. Pero estos buenos tiempos ya pasaron. Un vendedor debe estar alerta para atraerse parroquianos y clientela o sus competidores lo arruinan. Su tienda debe estar en una buena calle, ha de gastar considerables sumas en propaganda y tiene que despachar agentes en todas direcciones para inducir al público a que compre sus artículos. ¿Y qué efecto produce este sistema sobre los precios? ¿No vienen a ser mucho más altos de lo que habrían sido si el comprador buscara al vendedor en lugar del vendedor al comprador? El número de éstos es siempre mucho menor que el de aquéllos y es considerablemente mucho más fácil que el comprador encuentre al vendedor y no que éste halle a aquél. En los Estados Unidos se gastan al año por esta razón en agentes viajeros 200.000.000 de pesos oro, desembolsos que, como todos los demás ocasionados por la competencia, no van a incrementar absolutamente en nada el bienestar de las poblaciones».
«El público está tan aferrado a la vieja fórmula de que la competencia baja los precios, que no ha apreciado los cambios que se han operado en los métodos de negociar. Piensa que una multitud de competidores en algún ramo de comercio constituye una salvaguardia para que los precios sean bajos. Mas, los rivales comerciantes consideran que la baratura pacífica produce pocos beneficios. Sin duda, el público desea la baratura, pero está dispuesto a pagar un poco más caro a los que le ayudan a buscar. Cuando los comerciantes reconocen estos hechos y organizan sus negocios sobre una base agresiva, las cosas baratas tórnanse recuerdos del pasado y los precios llegan a una misma o mayor altura que si fueran manejados por un _trust_ o un inteligente monopolio.»
Esto es lo que pasa entre los individuos racionales. Si la sociedad misma considerada en conjunto fuera racional, tales hechos parecerían absurdos y si llega alguna vez a ser racional no se tolerará ni por un instante semejante absurdidad. Algunos han comparado, es verdad, a la sociedad con un organismo, pero es un organismo como los de las épocas geológicas arcaicas, sin ganglios nerviosos coordinadores o directores, o más bien como una de aquellas bajas colonias de células, cada una de las cuales, de igual suerte que los individuos de la sociedad, es perfectamente independiente de la masa general, salvo que por el simple hecho de la coherencia se consigue cierto grado de protección, tanto para las células individuales como para toda la masa.
Una nueva y reformada economía política se consagrará sin duda a mostrar ampliamente, no las glorias de la competencia, sino la manera cómo la sociedad debe conducirse a fin de aprovechar los beneficios que la competencia pueda ofrecer, privando al mismo tiempo a ésta de sus efectos derrochadores y agresivos. La razón y la inteligencia, poderosos factores de civilización, no deben ser desalentadas, pero es conveniente que se las despoje de sus uñas y de sus garras. El camino para contrarrestar los malos efectos de la mente que opera entre individuos, consiste en infundir una gran parte de esa misma facultad intelectual en el poder director de la sociedad. Un arma tan poderosa como la razón es peligrosa en manos de un individuo que la maneja en contra de otro individuo. Es todavía más peligrosa en manos de corporaciones que proverbialmente no tienen alma. Y significa el mayor de los daños cuando llega a ser manejada por un sindicato de corporaciones que trata de someter a su capricho la riqueza del mundo. Es salvadora únicamente cuando la emplea la conciencia social, el _ego_ social (personificado de alguna manera) y emanado del cerebro colectivo de la sociedad toda. El arma de la inteligencia ha de ser manejada por la conciencia social, únicamente con el objeto de favorecer el interés común del organismo social. Sólo así se conseguirá la verdadera, completa y espontánea acción personal: _la libertad individual podrá venir únicamente por medio de la mayor regulación social_.
Las opiniones de Mr. Ward sobre la desorganización social y la manera de remediarla conducen indudablemente a una ampliación de las facultades del Estado, asunto sobre que tendremos que volver más adelante.
VII
LA SOCIOLOGÍA APLICADA.--INTERPRETACIONES DE LA HISTORIA.--CONSECUENCIAS DEL ERROR.
Internándonos más en el campo de la desorganización humana, llegamos a percibir nuevos caracteres de la sociología aplicada, que es la ciencia que señala los medios de ponerle término a dicha desorganización. Mientras que la sociología pura trata del desarrollo espontáneo de la sociedad, la sociología aplicada se ocupa de indagar cuáles sean los medios artificiales idóneos para acelerar el proceso espontáneo de la naturaleza.
Toda ciencia aplicada es necesariamente antropocéntrica. La antigua teoría antropocéntrica que enseñaba que el Universo había sido especialmente fabricado en interés del hombre, era no sólo falsa, sino también perniciosa, por cuanto engañando al hombre con el pretenso optimismo de las cosas, lo desarmaba para la acción eficaz y mejoradora. Pero el antropocentrismo verdadero y científico es altamente progresista desde el momento que enseña que si bien el mundo no se halla de por sí perfectamente adaptado a las necesidades del hombre, puede éste en virtud de su propio esfuerzo llegar a adaptarlo.
Durante las edades teológica y metafísica del pensamiento, la filosofía estuvo absorbida en la contemplación del supuesto autor de todas las cosas. La ciencia pura produjo el primer cambio de frente de las preocupaciones intelectuales: la mente pasó del estudio de Dios al de la naturaleza. La ciencia aplicada ha venido a efectuar el segundo cambio de rumbo y la tercera orientación de la filosofía: la atención que la mente consagraba a la naturaleza, la ha dirigido ahora al hombre.
La sociología aplicada supone la superioridad de lo artificial sobre lo natural, en lo cual no difiere de ninguna otra ciencia aplicada, y cree, por lo mismo, en la eficacia del esfuerzo humano, y ataca la doctrina del _laissez faire_. En contra del «miserable _laissez faire_», como dice Spencer en su obra _Justicia_, que no es más que un veneno moral (Fouillée) y un «nirvana social» (Stein), se levanta la divisa del «hacer marchar» sin cuyo reconocimiento y aceptación no hay ciencia de sociología aplicada.
Para que asuma con provecho esta actitud activa que pretende, es menester que llegue a las verdaderas raíces de los males que aspira a curar.
En este punto tocamos la cuestión de cuáles son las causas fundamentales de la vida social, o sea el problema de la _interpretación de la historia_. Como se sabe, existen en esta materia dos distintas doctrinas que dan soluciones que parecen completamente opuestas: la interpretación económica o concepción materialista de la historia y la interpretación ideológica o intelectualista. En realidad, establecer la conciliación entre estas teorías, no es difícil.
Aunque la tesis de que las ideas gobiernan al mundo puede ser retrotraída hasta encontrarla afirmada por Platón y Virgilio, sin embargo, los sostenedores del materialismo histórico y de que el factor fundamental y que todo lo decide en la vida social es el factor económico, prefieren tomar como blanco de sus ataques las proposiciones sostenidas por Augusto Comte en su _Filosofía Positiva_. Es lo que ha hecho, por ejemplo, Herbert Spencer, aun sin ser un paladín del materialismo histórico, al exponer los puntos en que disiente de las doctrinas del fundador del positivismo. «El mundo, dice Spencer, no es gobernado y transformado por las ideas, sino por los sentimientos, a los que las ideas sólo sirven de guías.»
El mecanismo social no descansa sobre opiniones, sino casi enteramente sobre caracteres.
Iguales conceptos han emitido Guillermo de Greef, Labriola y otros.
En verdad, la controversia ha provenido más bien de la falta de comprensión de las ideas que se combaten. Comte no ha sostenido que sean las ideas teóricas las que gobiernen al mundo. Éstas son sustentadas sólo por un pequeño número de personas y no dan el principal impulso a los movimientos sociales. A las ideas que se ha referido Comte, son a las incorporadas en la masa de la sociedad, a las opiniones, como él mismo lo dice. Su famosa ley de las tres edades, se refiere a esa clase de ideas y su _Política Positiva_ podría ser denominada también «Plan para convertir las ideas positivas en ideas corrientes o para hacer que el pensamiento científico sea tan universal como en otro tiempo lo fué el pensamiento religioso».
Es posible afirmar que las ideas corrientes o universales en cualquier tiempo han sido y son simples creencias. La característica de éstas es que son sustentadas sin prueba o evidencia suficiente. ¿Sobre qué descansan entonces? Sobre intereses, sobre sentimientos que constituyen el núcleo de lo que se considera necesario a la conservación de la especie y del individuo. Están formadas por afirmaciones a veces ni evidentes ni probadas, sobre las cuales los hombres en masa no admiten discusión ni réplica.
Este elemento del interés es, pues, el que liga las creencias a los deseos y reconcilia las interpretaciones ideológica y económica de la historia.
Cada creencia envuelve un deseo o más bien una gran cantidad de deseos y ahí se halla la base de su poder para producir efectos. La creencia o la idea considerada como un fenómeno puramente intelectual no es una fuerza. La fuerza descansa en el deseo, el cual no puede ser ocasionado por la creencia. Los deseos son aspiraciones que nacen de la naturaleza del hombre y de las condiciones de la existencia. Son aspiraciones que requieren satisfacciones, y la suma total de las influencias internas y externas que obran sobre un grupo o un individuo conducen a la conclusión, creencia o idea de que cierta proposición es verdadera. Esta proposición, aunque pueda ser expresada en forma indicativa como una verdad independiente, es esencialmente un imperativo y exige la ejecución de ciertas acciones consideradas esenciales para la conservación del individuo o del grupo.
Así las ideas de que hemos hablado y que son las tomadas en cuenta por los partidarios de la interpretación ideológica de la historia, son aquellas ideas, opiniones o creencias que han sido formadas por las condiciones económicas de la existencia, tomando el término económico en su más amplio sentido. Dichas creencias son consideradas fundamentales para la vida de la sociedad y son aceptadas por todos o por el mayor número de los individuos sin considerar la mucha o poca verdad objetiva que encierren.
Ahora, cuando las creencias que se desenvuelven de la manera que se ha visto, resultan ajustadas a la verdad, no hay más que regocijarse de ello; pero cuando no sucede así y las creencias son falsas, como acontece con las ideas antropomórficas y con casi todas las religiones, se llega a la raíz de los males de que padece la raza humana: el error. Sus consecuencias han sido y son inmensas y funestas.
He aquí algunas de ellas[11] consideradas principalmente desde un punto de vista religioso.
[11] _Applied Sociology_, p. 68.
_I. Automutilación._--Constituye una costumbre muy extendida, que se practica principalmente en los funerales, con el objeto de apaciguar al espíritu que ha partido, o en otras circunstancias para satisfacer a algún dios.
_II. Superstición._--Bajo este nombre se comprenden un gran número de costumbres y prácticas que, aunque generalmente no producen la destrucción de la vida humana, restringen la libertad de acción y llenan la mente de temores y miedos infundados. Es la superstición una barrera para el progreso intelectual y material, y especialmente grave cuando pasa del estado de barbarie al de civilización y se infiltra en éste. Como un ejemplo se puede citar el conocido caso de la oposición que hallaron los ferrocarriles en la China porque el ruido y el movimiento iban a molestar a los muertos.
_III. Ascetismo._--Es desconocido para los salvajes y apenas posible en un estado de verdadera barbarie. Ha debido nacer en un grado más alto de desarrollo intelectual. Aunque basado en el temor, contiene algunas esperanzas que hace que sea esencialmente egoísta.
_IV. Zoolatría._--El totemismo animal de los salvajes y de las tribus bárbaras que es una forma del culto de los animales, se convierte en un asunto muy serio cuando en pueblos más civilizados como los de la India, por ejemplo, hace sagrados los reptiles y las bestias feroces, e impide destruirlos. En 1899 murieron en la India 24.621 personas a consecuencia de mordeduras de serpientes, y en 1901 ese número fué de 23.166. Los tigres, leopardos, lobos, hienas, etc., matan de 2.000 a 3.000 personas más cada año. Todos estos animales son sagrados, y se consideran ocupados por almas humanas.
_V. Hechicería._--Es una creencia universal entre todos los pueblos salvajes y bárbaros y hasta fines del siglo XVIII ha sido muy general entre los civilizados. Aun en 1902 se inició en Chicago un proceso en contra de una mujer porque había hechizado a otra, y había hecho que se le cayera el pelo. Miles de personas han sido arrastradas al patíbulo por errores de esta clase.
_VI. Persecución._--Limito la extensión de este término a la persecución religiosa, esto es, a la persecución de los llamados herejes. Un hereje es una persona que tiene una creencia religiosa diferente (a veces en muy pequeños detalles) de la que profesa un mayor número de personas en el país en que vive, las cuales han adquirido poder sobre las vidas y libertades de los ciudadanos. La persecución es propia sólo de los pueblos algo civilizados, porque como se sabe, no existe variedad de creencias entre los salvajes. Diferencias de creencias es señal de civilización, y siempre ha sucedido que los disidentes han sido los más civilizados. La persecución y destrucción de ellos, como las efectuó la Inquisición en su tiempo, significa el asesinato de la _élite_ de la humanidad. Los que pueden escapar, huyen a otros países y el pueblo perseguidor se ve privado de todos sus más vigorosos elementos. El objeto que se ha tenido en vista al practicar la persecución es conseguir que las creencias sean uniformes, es decir, reducir un pueblo civilizado a la condición de pueblo salvaje. Esto ha sido hecho repetidas veces, particularmente en España, y la historia ha recordado las consecuencias que de ahí se han derivado. Un pueblo que no tolera diferencias de opiniones, degenera y entra a ocupar un lugar entre las naciones inferiores.
_VII. Resistencia a la verdad._--Es más seria para la humanidad en general que cualquiera otra de las consecuencias del error, o tal vez que todas ellas combinadas, la oposición que siempre el error presenta al avance de la verdad. En las épocas primitivas fué imposible la existencia de la verdad.
El error era aceptado por todos, sin que a nadie se le ocurriese siquiera ponerlo en duda. Todos los pasos hacia la verdad fueron dados en épocas posteriores, principalmente en épocas que los etnólogos clasifican entre las civilizadas. Cada herejía, por muy pequeña que sea, significa un paso hacia la verdad. «Más tarde la resistencia a la verdad» se ha manifestado principalmente en la forma de oposición a la ciencia.
_VIII. Oscurantismo._--Esta es una forma más sutil de persecución. Consiste, sobre todo, en la prohibición o en la supresión de libros y folletos y en la censura de la prensa. Ya sabemos que esto no tiene valor, ahora, entre los pueblos verdaderamente civilizados, porque, como dijo Helvetius (_De l'Homme_), «sólo en los libros prohibidos se encuentra la verdad: los demás mienten», y es cosa averiguada, que en los índices de libros prohibidos se encuentran la mayoría de las obras que el mundo ha considerado grandes y memorables. Existe un país europeo, sin embargo, en el cual la prohibición se hace efectiva por la acción del Gobierno mismo que cuida de dar a luz un índice de libros vedados, y castiga severamente a los infractores de sus paternales prohibiciones. Es Rusia. Entre los autores condenados en este país del absolutismo, tienen el honor de figurar Spencer, Haeckel, Zola, Ribot, etcétera.
Creemos oportuno mencionar por último, agregándola a lo dicho por Mr. Ward, otra especie de oscurantismo difuso, difícil de percibir, y que por lo mismo ejerce una influencia maleante, tan insensible como eficaz y funesta: es a la que se ha referido el original Rector de la Universidad de Salamanca, señor de Unamuno, cuando ha dicho que en España la Inquisición se halla latente en la sociedad. Nosotros, los hispanoamericanos, debemos ver también si en nuestros rescoldos del coloniaje, que aun no se apagan, no queda algo de aquel inhumano fuego que atemorizaba a nuestros abuelos.
VIII
LA LUCHA CONTRA EL ERROR.--EL GENIO.--LA EDUCACIÓN
Lo que hemos dicho sobre el error y sus consecuencias nos conduce a deducir uno de los fines de la ciencia social aplicada. Destruir, expulsar los errores y difundir ampliamente el conocimiento de la verdad, con el objeto de que no sea ésta, como ahora, sólo la propiedad de una pequeñísima fracción de la humanidad, constituye una de las principales misiones de la ciencia social aplicada.
Es menester insistir en la necesidad de la difusión universal de la verdad. Los hombres que se ven privados de ella, los cuales todavía forman la enorme mayoría de la humanidad, se hallan sumidos en esta desgraciada situación, no por incapacidad de ellos mismos ni por culpa de ellos, sino, en gran parte, a causa de las circunstancias en que han nacido y en que han vivido.
Las afirmaciones anteriores plantean la cuestión de la cantidad de fuerzas intelectuales, genios y talentos, existentes en la sociedad de una manera latente y que se pierden por falta de cultivo, de oportunidades adecuadas a su desarrollo.
El examen de esta posibilidad está relacionado con la dilucidación de otro problema que ha sido en varias épocas y ocasiones debatido por distintos escritores: el de si el genio obra en virtud de sus propias fuerzas sin tomar nada del medio en que actúa o es únicamente un resultado del medio y de las circunstancias. Lo admirable que hay en esta discusión es cómo los que han tomado parte en ella han sabido defender sólo los extremos o los casos más exagerados. Sabido es que hacen suya la primera creencia los que predican el culto de los grandes hombres o héroes como Carlyle; los que como Guyau en su obra _El arte desde el punto de vista sociológico_ sostienen que el genio crea su medio; y los que como Galton en «Genio hereditario» mantienen la tesis de que el genio es exclusivamente un producto de las facultades trasmitidas por herencia de padres a hijos.
Un autor desconocido entre nosotros, Alfredo Odin, profesor de la Universidad de Sofía, ha efectuado sobre este asunto un trabajo rigurosamente científico, aplicando con toda la estrictez que ha podido un método estadístico. En su obra _Génesis de los grandes hombres_[12] ha examinado y analizado las vidas de más de 6.000 hombres de letras francesas de los tiempos modernos. El método que ha seguido no le ha permitido ni extenderse a otros países ni a hombres de otras esferas. El medio lo ha dividido en medio físico, etnológico, religioso, local, económico, social y educativo, y ha estudiado la influencia de cada uno de ellos detenidamente formando mapas y cuadros muy completos. De ellos ha sacado en claro que el medio físico y etnológico no son factores que deban tomarse en cuenta al indagar el génesis de los grandes hombres. El medio religioso no carece de importancia. En cambio el medio económico, social y educativo es de influencia decisiva para impedir o permitir el florecimiento de los grandes hombres. No ha habido un sólo grande hombre que no haya disfrutado de algunas condiciones favorables a su educación o a su preparación para sus trabajos posteriores y que no haya tenido algunos recursos para hacer frente a las dificultades materiales de la vida. Darwin no tuvo que preocuparse jamás de trabajar para mantenerse y Spencer pudo consagrarse sin cuidados económicos a su grande obra, porque recibió de algunos parientes herencias y legados, sin los cuales tal vez no habría escrito los libros que escribió. En vista de todas las observaciones y datos acumulados, Odin ha llegado a afirmar que el «genio no está en los hombres, sino en las cosas».
[12] Citada por Mr. Ward, _Applied Sociology_, p. 147 y siguientes.