Part 7
«El hombre desciende de un animal inferior; ha comenzado, pues, por ser nómade. Mientras fué así, los límites de la asociación humana no han podido ser marcados por el territorio. Han sido determinados por las relaciones individuales, por los lazos del parentesco, real primero y después real y ficticio. Es el período de la horda, del clan y de la tribu.
«Después el hombre se establece en un territorio determinado; se pone a practicar la agricultura y a construir habitaciones. Sucesivamente aparecen la diferenciación del trabajo y el cambio. La producción crece y se diversifica. Entonces son creadas unas después de otras las instituciones de todo género que aseguran el funcionamiento de la actividad económica y política. Al mismo tiempo, en virtud de la vida sedentaria, el lazo social se transforma lentamente (lo que requiere siglos): de individual se convierte en _territorial_. Una aglomeración más densa, la ciudad, alrededor de la cual se agrupan los agricultores, es la primera forma de esta nueva entidad: es la comuna, la _cité_, el municipio o el _township_. Cuando relaciones frecuentes se establecen entre ciudades vecinas, se hace sentir la necesidad de darles una organización de conjunto o, en otros términos, de fijar un cierto número de normas jurídicas. Ciudades o comunas unidas entre sí forman el _Estado_. Gracias a la organización más perfecta de este grupo social, se desarrolla la riqueza, es posible el ocio, y con éste nacen las necesidades de la inteligencia. Tal es la marcha normal de la evolución social. Se ve que en ella la guerra no es necesaria, como no lo es la enfermedad para agrupar en asociación biológica los 60 trillones de células que forman el cuerpo humano».
No es posible dejar de conocer que Novicow ha sido más sólido en el ataque al darwinismo social que en la construcción de su propia doctrina. Su esquema es demasiado simple y fácil. Conviene recordar, antes de poner punto final a esta parte, que los autores que sostienen teorías que pueden quedar comprendidas dentro del darwinismo social más o menos atenuado no son, por supuesto, únicamente los tres nombrados en líneas anteriores. L. Stein en su obra _La Question sociale au point de vue philosophique_ se expresa en los siguientes términos sobre el origen del Estado: «Comprenderemos ahora cómo se ha efectuado el paso de la sociedad al Estado. La caza, trabajo impuesto a los hombres por las condiciones económicas, colocó a los grupos sociales, que en tiempos anteriores habían sido pacíficos, en un estado de guerra perpetua. O bien acechaban el momento de caer oportunamente sobre sus vecinos, o bien se esforzaban en no ser sorprendidos por ellos. Así surgió y se constituyó el tipo guerrero, cuya nitidez y precisión fueron aumentado con el transcurso de las edades. Este tipo exigía imperiosamente la división de la sociedad, en _gentes industriosas_ y en _protectores_. El proceso de las diferenciaciones progresó desde entonces rápidamente. La primera división en estados había roto el comunismo primitivo, roto el curso ordinario de la sociedad gentil; sólo el nacimiento del Estado hizo imposible un _bellum omniaum contra omnes_.
Se ve que, según Stein, si el Estado no es el resultado de la conquista de un grupo social por otro, se deriva, sin embargo, necesariamente de la guerra entre los grupos.
Volviendo para terminar, a nuestro autor, debemos decir que si bien es cierto que sus doctrinas están exactamente citadas por Novicow cuando éste se propone atacar el origen que los darwinistas atribuyen a las formas superiores de la sociedad y del Estado, con todo, esas citas no constituyen la expresión completa de las teorías de Mr. Ward. Cualesquiera que sean las ideas del sociólogo norteamericano sobre el génesis del Estado, no afirma que la violencia sea la única manera de lograr el establecimiento de esa forma social. Al contrario, como tendremos que verlo más adelante, el remedio que indica para nuestros males sociales consiste en el perfeccionamiento del organismo social por medio de una mayor conciencia social, por medio de una educación amplísima; en el establecimiento de una forma de gobierno que se llama _Sociocracia_, o sea el gobierno de la sociedad misma, lo que viene a significar en substancia el establecimiento de un Estado superior, que sirva a todos los intereses sociales y no a tal o cual clase, y cuya creación haya sido hecha posible en virtud únicamente del desarrollo de la inteligencia social.
V
OPTIMISMO O PESIMISMO.--MELIORISMO.
Después de este breve e incompleto resumen de las doctrinas de nuestro autor sobre el origen y primitivo desarrollo de la sociedad y del Estado, cabe ya preguntarse con él, dando un paso fuera de la sociología pura: ¿Qué concepto general debemos formarnos de este mundo? ¿Con qué ánimo debemos actuar en esta sociedad en que vivimos? ¿Seremos optimistas? ¿Seremos pesimistas?
Examinemos ligeramente estas dos tendencias.
Sostener con los optimistas que nuestro mundo es el mejor de los mundos posibles, equivale a repetir una doctrina que desde un punto de vista filosófico y social no resiste a la más superficial impugnación, y constituye a la fecha una ingenuidad que hace sonreir con los recuerdos del _Cándido de Voltaire_.
El pesimismo es la doctrina que ha tenido por sustentadores más conocidos a los filósofos alemanes, Schopenhauer y Hartmann. Según estos escritores, son más los dolores que los placeres de la vida. Esto es en cuanto a la cantidad. Cualitativamente, sólo el dolor es positivo, y el placer y la felicidad son negativos; resultan de que nos libramos de algún deseo que ha sido para nosotros, como todos los deseos, un aguijón desagradable. Mas, por nuestra naturaleza, apenas satisfecho un deseo aparece otro y así sucesivamente se va eslabonando desde el nacimiento hasta la muerte una serie de estados desagradables.
Esta filosofía es también inexacta. Nos conviene concretarnos a atacarla por su base y probar que los placeres constituyen por un lado estados psíquicos, y por otro lado que somos capaces de gozar de algunos de ellos sin haber pasado antes por dolores previos que sean la condición _sine qua non_ de aquéllos.
Los placeres ocupan como estados psíquicos una extensión más o menos larga de tiempo. Es esta una cuestión de psicometría. Como las experiencias de la observación interna son muy expuestas a ilusiones, es mejor buscar la demostración de lo que afirmamos en las sensaciones más simples. Una persona, por ejemplo, no tiene el menor deseo de comer un dulce, no siente el ansia desagradable de un apetito no satisfecho. Sin embargo, se echa a la boca un confite delicado, lo saborea y experimenta una sensación de placer que no ha venido precedida de ningún dolor anterior y que es completamente positiva.
En las emociones complejas la duración del estado placentero es mayor aún que en las emociones simples, y para gozar de ellas no necesitamos tampoco haber pasado antes por el purgatorio de algún dolor. Las emociones del amor no le dejarán en este respecto lugar a dudas a nadie que las haya sentido verdaderamente, a no ser que sea algún joven poeta de escasa inspiración y que por lo mismo canta lo que menos conoce: el dolor. El placer que nos produce la contemplación de un bello cuadro, de una hermosa estatua, la lectura de un buen libro, el conocimiento de una vida heroica, la admiración de los paisajes de la naturaleza, es, por dicha nuestra, perfectamente positivo y no necesitamos conquistarlo por medio de ningún tormento anterior.
La verdad es que el pesimismo constituye el fruto de un estado social imperfecto, malo, hostil, y uno de los problemas que tiene la ciencia por delante es destruir y aniquilar al pesimismo merced a la transformación y mejoramiento del estado social.
La solución de este problema es más difícil que entre nosotros en la vieja Europa, que se halla atada a su pasado por mil tradiciones falsas que en cierto sentido tienen petrificados a buen número de sus espíritus. Es una prueba de esa incapacidad para mirar los problemas humanos frente a frente y esforzarse por resolverlos sin el auxilio de tradiciones reconocidamente erróneas, la novela de A. Fogazzaro llamada _El Santo_. Ver la salvación de la sociedad, como se dice en ese libro interesante, en la renovación del catolicismo efectuada gracias a la infusión de doctrinas nuevas en los arcaicos dogmas, es sólo la inspiración de un misticismo decadente.
La filosofía que se levanta frente a frente de este misticismo, evangelio de la desesperación y del optimismo, evangelio de la inacción, es el meliorismo[9]. El meliorismo es el utilitarismo científico que descansa en la ley de causalidad y en la eficacia de la acción humana bien dirigida. Como su nombre mismo lo da a entender, esta doctrina que aspira exclusivamente al _mejoramiento_ de las condiciones de la vida humana. Está muy lejos de repetir con el optimismo que el nuestro sea el mejor de los mundos posibles; pero tampoco cree con el pesimismo que no tenga remedio. Se coloca a igual distancia de estos dos extremos y lanza a los hombres sus voces de aliento invitándolos a la acción.
[9] _The Psychic Factors of Civilization_, XXXIII.
Este término _meliorismo_ fué usado primeramente por la célebre novelista inglesa J. Eliot con el objeto de expresar su propia manera de ser. Constituye el meliorismo un principio dinámico, un principio de actividad, opuesto al _laissez faire_ clásico. Implica el adelanto del estado social por los medios indirectos que inventa la inteligencia y no se contenta únicamente con aliviar los sufrimientos presentes, como lo hace la buena caridad sentimental y vana, sino que aspira (oh, ilusión) a crear condiciones bajo las cuales no existan sufrimientos.
VI
ECONOMÍA DE LA NATURALEZA Y ECONOMÍA DE LA MENTE
Llegamos aquí a una parte bastante original de las doctrinas de Mr. Ward, la que él llama economía de la naturaleza y economía de la mente.
En los principios del meliorismo va implícita la afirmación de que lo artificial, por lo menos desde un punto de vista antropocéntrico, es superior a lo natural. Una casa es mejor habitación que una caverna. La aseveración recién anotada es la razón de ser de las ciencias aplicadas. Lo hecho por el hombre es no sólo más adecuado a sus propios fines que lo que le ofrece espontáneamente la naturaleza, sino que, además, es llevado a cabo con menor pérdida de fuerzas. Queda probada esta afirmación comparando los procedimientos creadores de la naturaleza o economía de la naturaleza y los procedimientos creadores de la mente o economía de la mente.
La naturaleza es extremadamente práctica, pero no económica, y es muy explicable que no lo sea. Las acciones y producciones de la naturaleza se ejecutan por medio de un gran derroche de sus energías. Su manera de proceder muy distinta de la del hombre, es exclusivamente _genética_, lo que quiere decir que es tan sólo movida por causas eficientes que no tienen la conciencia de ningún fin. En la economía genética, al mismo tiempo que no se economiza ninguna fuerza, para producir los más insignificantes resultados, tampoco nada se hace que no produzca algún resultado por pequeño que sea. Al revés, en la economía propiamente humana o _teleológica_ (porque siempre obra proponiéndose fines) se despliega mucha parsimonia en los gastos y sucede al mismo tiempo que a menudo grandes trabajos se llevan a cabo sin resultados, a causa de algunas interpretaciones erróneas de los fenómenos. La naturaleza no se equivoca nunca, pero derrocha. El hombre economiza sus energías, pero a menudo sus errores lo hacen fracasar. Así el hombre, al revés de la naturaleza, es económico, pero es siempre práctico.
Concretemos más la cuestión.
La extravagancia de los medios que emplea la naturaleza para llevar a cabo sus adaptaciones y creaciones ha sido un motivo corriente de observaciones. El profesor Huxley hizo ver en una conferencia que cada arenque hembra de medianas proporciones ponía 10.000 huevos y que de éstos morían 9.998 mucho antes de llegar a la madurez. Darwin calculó los huevos de una blanca _Doris_ y supuso que serían no menos de 600.000. Al mismo tiempo encontró que los individuos de esa especie no eran numerosos, de manera que los huevos se producían en una cantidad desmesuradamente superior a la que se aprovechaba. Igual cosa se observa en la langosta de Juan Fernández; pone alrededor de 100.000 huevos y se pierde el mayor número de ellos.
Semejantes proporciones entre los muchos nacimientos o embriones y las pocas vidas completas revelan grandes derroches, e iguales derroches se notan en las semillas de los vegetales. Las semillas, los huevos y otros gérmenes parecen destinados a ser plantas y animales, pero ni uno entre miles o entre millones cumple con su destino. Así como de la luz solar que se derrama en todas direcciones sólo una porción insignificante es interceptada por la tierra o por otros planetas para utilizarla en favor de la vida, así también acontece con los organismos empezados. Sólo una pequeña parte de ellos alcanza el presunto fin de su creación. Indudablemente que este orden de sembrar al azar y de que por cada ser que subsista 10.000 perezcan, sería considerado como el peor de los desórdenes, si lo imaginamos aplicado a cualquier asunto humano.
La naturaleza obra con la seguridad de que sus recursos son inagotables. Es posible decir que está empeñada en crear todas las formas concebibles. Cada cual sabe qué maravillosa variedad de especies existen en los reinos animal y vegetal. Pero estas variadas formas, tan numerosas como son, representan sólo los éxitos de la naturaleza y no sus múltiples fracasos. Aun entre las mismas formas vivientes hay una larga escala que va desde los fuertes hasta los débiles y el destino de estos últimos consiste en ser arrojados del mundo por los primeros. Los mismos organismos fuertes sólo conservan temporalmente su vigor. Como los imperios humanos, tienen su apogeo y su caída, y los pasos de la historia natural, de igual suerte que los de la historia humana, están marcados con los restos de las dinastías destronadas y las ruinas de las razas extintas.
En los procederes del hombre racional se encuentra por primera vez algo digno del nombre de economía. Sólo por medio de previsiones y designios de que la naturaleza no es capaz, es posible llevar a cabo algo económicamente. Los canales son más rectos y adecuados a su objeto que los ríos.
Aquí conviene tocar ligeramente un punto de economía política que dice relación con esta materia.
Hace algunos siglos que fueron observadas la uniformidad e invariabilidad de los fenómenos astronómicos y físicos; después se efectuó igual observación con los animales y se encontró que sus acciones, aunque mucho más complicadas, obedecen a leyes fijas que el hombre es capaz de entender y aprovechar. Luego se extendió dicha afirmación a los actos más simples de los hombres y de los niños, y por último, no se requirió más que un corto paso adicional para llegar a la más amplia generalización y sostener que todas las actividades humanas y todos los fenómenos sociales se hallan tan rígidamente sujetos a una ley natural como lo están las actividades de los niños y de los animales y los movimientos de los cuerpos terrestres y celestes. Los primeros economistas se apoderaron de este razonamiento especioso e incompleto e hicieron de él la piedra angular de su ciencia y la base de sus grandes leyes sobre el comercio, la industria, la población y la riqueza.
Ha sido este un error que ha provenido de ignorar la existencia de una facultad racional en el hombre, que, aunque no sustrae las acciones de éste a la influencia de las leyes naturales, con todo, las complica de un modo tan enorme que no es posible encerrarlas dentro de las simples fórmulas que bastan a explicar y a prever los motivos animales. La acción del factor intelectual o racional en el hombre es tan colosal que cualquiera ponderación del error de los primeros economistas no resulta exagerada. Pongamos un ejemplo más.
El sistema de la naturaleza para que las semillas se desarrollen, consiste en confiarlas al viento, al agua, a los pájaros y a otros animales. De las semillas lanzadas así, sólo muy pocas llegan a crecer, y de las que crecen son contadísimas las que alcanzan el estado de madurez. ¡Cuán distinta es la economía, la actividad del ser racional! El hombre prepara el terreno, lo limpia a fin de que no haya competidores vegetales, y luego con cuidados planta las semillas distanciadamente con el objeto de que no se amontonen y se dañen unas a otras; cuando ha aparecido el brote cuida solícitamente de que no sea destruído por algunos enemigos vegetales o animales, proporciónale agua cuando la necesita y aun coloca los abonos y substancias químicas que puedan servir para hacer que la planta crezca más vigorosa. Tal es la economía de la mente.
El hondo significado de esta diferencia de procedimientos ha sido expresado en el principio de que «el medio transforma al animal mientras que el hombre transforma al medio».
El hombre procede en lo posible con economía de tiempo y de energía, procede con _arte_. Las artes tomadas en conjunto constituyen la civilización material que es debida exclusivamente a las facultades intelectuales del hombre.
En el perfeccionamiento mismo de las plantas y animales es posible observar la superioridad de los procedimientos humanos sobre los de la naturaleza. Como se ha dicho, el animal es transformado por el medio en que habita, dentro del cual el factor más importante es el orgánico, las otras especies animales y vegetales con que tiene que entablar la lucha por la existencia.
Es falsa la idea dominante de que, como resultado de esta lucha, sobreviva lo más perfecto posible. El efecto de la contienda consiste en impedir que cualquiera forma alcance su máximum de desarrollo y hacer que todas las formas que logran sobrevivir se mantengan en cierto nivel relativamente bajo de desenvolvimiento. Cuando la competencia es evitada, como acontece en lo tocante a algunas especies por medio de la acción del hombre, grandes progresos son inmediatamente llevados a cabo por la forma así protegida y pronto sobrepuja a las que se encuentran sometidas a la necesidad de la lucha. Tal cosa ha ocurrido con los cereales, con los árboles frutales y con los animales domésticos, con todas las especies que el hombre ha sustraído al imperio de la ley biológica y colocado bajo el de la ley de la mente.
A este respecto cuenta Mr. Ward un caso muy interesante[10]. «Hace algunos años, dice, cuando era yo un _amateur_ de la botánica, en una de mis excursiones de herborizador pasé por un campo solitario y abandonado, distante algunas millas de la capital nacional, y enverdecido por la presencia de una peculiar hierba completamente desconocida para mí. La examiné atentamente, y aunque algo conocedor de la flora indígena de esa región, fuí sorprendido por esta pequeña extranjera. Era muy verde y sus frutos y sus flores se veían bien; pero tenía cierta apariencia desgreñada y poco natural, indicadora de tiempos difíciles y de una dura lucha por la existencia. Recogí una buena cantidad de ella, coloquéla cuidadosamente en mi portafolios y la traje a casa junto con mis otros trofeos. Sin precipitación y con todos los requisitos necesarios procedí a analizarla. Era entonces yo diestro en la disecación de las plantas y en un momento compelí a mi hierbecita a revelar su nombre. Con gran sorpresa mía dijo llamarse _Triticum aestivum_. Como los más de ustedes saben, el _Triticum aestivum_ es aquel noble cereal que suministra la susbtancia de la mayor parte del pan de todo el mundo. ¿Puede ser ésto trigo? me pregunté medio dudoso de mi exactitud. Hice una nueva prueba y otra vez la respuesta fué: _Triticum aestivum_. Interrogúela aún por tercera vez, pero como un espíritu seco y porfiado lanzó rápidamente las mismas palabras: _Triticum aestivum_. No había equivocación. Esta pobre hierbecita debió salir de algunos granos de trigo sembrados o arrojados por algún accidente casual en este paraje desierto y silvestre lleno de vegetación natural. Aquí germinó y creció y trató de elevarse a la majestad y altura que se ve en los campos cultivados de granos. Pero ¡ay! no pudo. A cada paso fué encontrando la resistencia de un medio no arreglado ni preparado por la inteligencia. Le faltó el cuidado del hombre que aleja la competencia, destruye los enemigos y crea condiciones favorables al más alto desarrollo. El hombre procura a la planta cultivada una oportunidad para progresar y la diferencia entre mi extenuada hierbecita y el trigo de un campo bien labrado es diferencia únicamente de cultivo y no de capacidad nativa. En pocas palabras: es la diferencia entre la naturaleza y el arte (_nature and nurture_)».
[10] _Applied Sociology_, p. 126.
La competencia, pues, no sólo envuelve el gran derroche que se ha descrito, sino que aun impide el máximum de desarrollo, desde que lo mejor que se puede alcanzar bajo su influencia es muy inferior a lo obtenido gracias a la acción de lo artificial, es decir, a la supresión de la competencia por medio de la inteligencia y de la razón.
Por más difícil que pueda ser para los filósofos modernos entender esto, tal fué sin embargo, una de las primeras verdades que iluminó al entendimiento humano. Consciente o inconscientemente se sintió desde un principio que la misión de la mente era luchar con la ley de la competencia, resistirla y vencerla. La ley de hierro de la naturaleza, como puede propiamente llamársela (la ley de Ricardo sobre los salarios no es más que una manifestación de ella), se ha puesto por doquiera al través de los pasos del progreso humano, y todos los esfuerzos para marchar adelante, (ya sean físicos, sociales o morales) del hombre racional, han constituído un combate contra este tirano, la ley de la competencia. Todo utensilio, todo invento mecánico, toda cosa artificial que sirve a algún propósito humano, es un triunfo de la mente sobre las fuerzas físicas de la naturaleza que se hallan sin cesar y sin un fin determinado en competencia. El cultivo y desarrollo de las plantas útiles y la domesticación de algunos animales significa el someter a una dirección las fuerzas biológicas y eximir algunas formas vivientes de la acción de una ley natural que debilita sus poderes naturales de desenvolvimiento. Todas las instituciones humanas--religión, gobierno, ley, matrimonio, etc.--y todos los modos de regularizar la vida social, industrial y comercial, son, considerados ampliamente, tan sólo otras tantas maneras de resistir y vencer a la ley de la competencia en sociedad. Finalmente, la ley moral de los hombres ilustrados no constituye nada más que los medios adoptados por la razón, por la inteligencia y por la sensibilidad refinada para aniquilar la naturaleza animal del hombre, para encadenar el egoísmo competidor que todo hombre ha heredado de sus antepasados animales.