Filosofía Americana: Ensayos

Part 9

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Este aserto encierra una parte considerable de la verdad. Podemos imaginarnos los frutos que darían un Goethe, un Zola entre los fueguinos. Pero, por otra parte, miles de hombres han vivido más o menos en las condiciones de Goethe y Zola sin que las corrientes del mundo hayan hecho brotar en sus cerebros una sola chispa, un solo rayo de luz.

Así, debe decirse más bien que los grandes hombres han sido producidos por la cooperación de dos causas, genio y oportunidad, ninguna de las cuales por sí sola habría hecho nada. Pero el genio es un factor constante, muy abundante en todas las categorías de la vida, mientras que la oportunidad es un factor variable y esencialmente artificial. Como tal, es algo que puede ser suministrado prácticamente, a voluntad. Por esto, la formación de grandes hombres, de agentes de civilización, de creadores de cosas nuevas, no es una concepción utópica, sino una empresa posible. Es algo relativamente sencillo y consiste tan sólo en poner al alcance de todos los miembros de la sociedad una oportunidad igual de ejercitar las facultades mentales que posean. Hay muchos sustitutos, procedimientos artificiales, para las varias especies de circunstancias favorables, pero todas quedan reducidas a la formación de un conveniente medio educativo. Así el factor real, que depende de nuestra voluntad, para el desarrollo del genio y del talento y el progreso de la civilización, es el establecimiento en una escala universal y gigantesca de un medio educativo, cuyas influencias han de ser aprovechadas no sólo por los hombres sino igualmente por las mujeres, las que por las normas antifeministas o androcéntricas que predominan, no han podido ser lo que debieran haber sido si en el mundo hubieran imperado e imperaran puntos de vista más equitativos y libres de prejuicios respecto de ellas.

Con el establecimiento de amplias instituciones educativas se centuplicarán las fuerzas intelectuales y morales de la sociedad; la igualación de las oportunidades producirá más o menos la igualación de las inteligencias y hasta que esto suceda no se pueden tener esperanzas de una repartición equitativa de las riquezas materiales de la sociedad.

De muchas maneras se ha planteado hasta ahora algo desordenadamente el problema de la educación y sus soluciones han sido señaladas por varios ideales. Muchos individuos han fundado instituciones para realizar algún ideal predilecto y la Iglesia ha conducido siempre las empresas educativas de acuerdo con sus creencias; pero ante todo el Estado, es decir, la sociedad comprendida en su capacidad colectiva, ha sido el que ha efectuado más importantes progresos en esta materia. Todo lo que ha hecho a este respecto ha sido más provechoso que lo llevado a cabo por los individuos o por los cuerpos eclesiásticos. Aunque no se puede decir que haya visto claramente que la educación debería consistir en la completa apropiación social de los conocimientos que han civilizado al mundo, con todo, ha dado importantes pasos hacia la realización de esta verdad, y ha obrado mejor que nadie en la convicción de que la educación debe ser para todos, de que es una necesidad social y de que sus beneficios son proporcionales a su extensión. En Francia y Alemania, casi toda la educación superior se encuentra ahora socializada y el Estado considera en esos países la instrucción pública como una de sus grandes funciones. Inglaterra y otras naciones van lentamente marchando hacia este ideal y no cabe la menor duda de que el siglo XX verá la completa socialización de la educación en el mundo civilizado. Y esto es lo que debe suceder y lo que conviene que suceda, porque la sociedad es la más interesada en el resultado. Es el recipiente de los principales beneficios, que de la educación se desprenden. Además, la educación es una de esas empresas que no pueden ser dirigidas por la ley de la oferta y de la demanda y según los principios de los negocios. Para la educación no existe el pedido en el sentido económico. Los niños no conocen nada de su valor y los padres muy a menudo no la desean. Puede afirmarse que el interés social es el único que la pide y la sociedad misma debe satisfacer su propio anhelo.

Aquellos que fundan establecimientos de educación y promueven empresas educadoras, se colocan en el lugar de la sociedad y no deben olvidar que la situación que asumen les obliga a obrar y hablar generosamente en nombre de ella y según las conveniencias de ella y no guiados por algún interés económico egoísta.

IX

LA SOCIOCRACIA

La educación entendida de la manera amplia y completa que hemos visto, que ha de ser lo propio de la función del Estado, hará surgir alguna vez una mayor integración social que produzca una verdadera conciencia social con voluntad e inteligencias sociales.

Hacer uso de estos últimos conceptos es establecer una analogía entre el individuo y la sociedad y considerar a ésta, de igual suerte que al primero, como un organismo. Es una comparación, no biológica, sino psicológica.

La voluntad individual no es más que la facultad que un ser pone en ejercicio para satisfacer sus deseos. La impresión que llega a la conciencia produce un movimiento reflejo que es la acción apropiada. En la sociedad las necesidades de los individuos (en cuanto tienen importancia colectiva) luchan por alcanzar el campo de la conciencia social, que es el Estado organizado, y tratan de verificar reacciones análogas que ocasionen la satisfacción deseada. En los gobiernos bien constituídos esta analogía es muy clara y se logra conseguir en ellos cierto grado de correspondencia o simpatía en contestación a los movimientos de los centros sociales, algo semejantes a los reflejos de la voluntad individual. Pero aun en las formas de gobierno más rudas y bajas existe un poco de aquella correspondencia. Todo gobierno, aun el más despótico, es hasta cierto punto representativo del estado social en que funciona, y muy a menudo, más de lo que generalmente se cree, es tal vez el mejor que puede existir dentro de las circunstancias en que actúa. Por ejemplo, se considera generalmente al gobierno ruso fuera de armonía con el pueblo del imperio; pero esto es probablemente un error que proviene de dos causas. Aquellos que viven bajo un gobierno más liberal se inclinan a imaginarse que las otras sociedades han de ser como la suya propia. Se olvidan que la gran razón porque un gobierno es más liberal reside en que la sociedad es mucho más inteligente, y que es la sociedad la que determina el carácter del gobierno. La segunda equivocación resulta de que el pueblo ruso es muy heterogéneo. Existe en ese país una numerosa clase inteligente que no merece el gobierno bajo cuya tiranía padece. Pero esta clase es relativamente pequeña y el gobierno representa más bien a la gran masa del pueblo, para la cual tal vez no sería fácil encontrar un gobierno mejor. El gobierno tiene siempre que adaptarse a la peor de las clases de la nación y una pequeña banda de ciudadanos incultos rebaja su _standard_ en una proporción mucho mayor de lo que debería ser, según la importancia de dichos ciudadanos. Esto hace que la clase inteligente aparezca como peligrosa y turbulenta, e induzca a algunos a mirar la inteligencia como una calamidad antes que como una bendición. El mayor desideratum social es cierto grado de uniformidad en las inteligencias o sea la homogeneidad moral e intelectual.

Que los gobiernos fracasen a menudo en sus medidas para satisfacer las aspiraciones sociales, es explicable de la misma manera que son explicables los fracasos de la voluntad individual. En ambos casos el mal está en la ignorancia de las leyes físicas y en especial de las de la naturaleza humana. En los gobiernos es ignorancia de las leyes sociales. Aquellos que hacen leyes malas, ineficaces o perjudiciales, no tienen conocimiento de la naturaleza de las fuerzas sociales.

No es lógico, pues, sólo por esas faltas de éxito argüir que el Estado no debe extender más sus poderes. Él es el órgano de la conciencia social y debe tratar siempre de obedecer a la voluntad de la sociedad. Debe estar pronto a conseguir o hacer lo que la sociedad pida. Las funciones del gobierno no están necesariamente limitadas a las pocas que ha desempeñado hasta ahora. El único límite es el del bien de la sociedad y mientras exista algún medio para conseguir este fin por la acción del Estado, ese fin debe ser puesto en práctica.

De los gobiernos existentes es posible decir que sólo en grado muy insignificante constituyen la conciencia, la voluntad y la inteligencia de la sociedad. La conciencia social ha sido hasta ahora excesivamente débil, pareciéndose más bien a la conciencia de un _caenobium_ como en las _Flagellata_ y _Ciliata_ antes que a la de cualquier animal superior. La voluntad social es por esto tan sólo una suma de deseos contendientes que se neutralizan en gran escala unos a otros y consigue muy poco movimiento en una dirección dada. El intelecto social es un pobre guía por ahora, no porque no sea suficientemente vigoroso, sino porque los conocimientos que se refieren a la sociedad son tan limitados y los que existen están en las cabezas de aquellos individuos que no tienen voz en los negocios del Estado.

Sólo por medio de esa educación amplia de que se ha hablado antes, y después de largos períodos, llegarán a ser la voluntad y la inteligencia social para la sociedad algo semejante a lo que es ahora la mente para los individuos.

Los gobiernos del pasado y del presente han sido y son esencialmente empíricos. Los términos de monarquía y democracia con que se les designa han pasado a ser inadecuados.

Casi todas las monarquías de Europa, con excepción de dos, son ahora democracias, si es que hay algún gobierno que merezca este nombre, y en América, donde todo son repúblicas en el nombre, en el fondo son autocracias y oligarquías, en las cuales las elecciones se reducen a meras farsas.

Donde la evolución ha sido más completa, los gobiernos han pasado de ser autocracias a ser aristocracias y democracias. En estos cambios la naturaleza humana no se ha alterado: el egoísmo sigue siendo el mismo. Lo que ha variado es la manera de satisfacerlo.

El resultado general ha sido que el mundo, después de estar regido por autocracias y aristocracias y habiendo entregado la dirección de sus destinos a la democracia, ha venido a caer, en virtud de la reacción que se ha verificado en contra de los poderes personales que ha disminuído notablemente la acción de los gobiernos, en las manos de las plutocracias. Estas tratan de supeditar a las democracias que suponen su existencia ajustada a supuestas leyes naturales, lo que las haría dignas también de ser denominadas _fisiocracias_. En realidad, por su afirmación interesada de que es menester limitar las facultades de los gobiernos, lo que hacen es sostener el imperio de un individualismo exagerado que mantiene a las naciones en una situación acrática (_acracia_) por no decir anárquica. _Laissez-faire_ es la divisa de este extremado individualismo que conduce a la anarquía en todo, menos en el reforzar los derechos de propiedad existentes, divisa que se proclama en alta voz y mantiene cegada a la opinión pública sobre la verdadera condición de las cosas.

Los males existentes son grandes y serios, y comparados con ellos los crímenes, ya declarados tales, que pudieran cometerse si no hubiera gobiernos, serían futilezas. Todas las desgracias que resultan del trabajo mal pagado, del exceso de labor, de las fuerzas perdidas, de las malas condiciones de vida, de las muertes prematuras, etc., sobrepasan en importancia y en consecuencia en un solo año a todos los crímenes juntos de una centuria. Este vasto teatro de males se considera por los individualistas fuera de la acción de los gobiernos, al mismo tiempo que se pone en acción un estruendoso esfuerzo para reducir a prisión y castigar al perpetrador del más insignificante de los crímenes catalogados en los códigos.

Los gobiernos primitivos, cuando sólo imperaba la fuerza bruta, eran bastante fuertes para asegurar una justa y equitativa repartición de las riquezas. Hoy día, en que la fuerza mental lo puede todo y la fuerza física vale relativamente poco, están desarmados para intervenir de esa manera. Esto prueba únicamente que debe ser robustecida esa esencial facultad del gobierno de proteger a la sociedad. Es enteramente ilógico el afirmar que la ambición y el egoísmo que buscan su satisfacción por medio del abuso de la fuerza física, deben ser prohibidos mientras que la misma satisfacción que se busca por medio de la fuerza mental o de la ficción legal deba ser permitida. Es absurdo reclamar que la injusticia cometida por los músculos sea impedida y que la cometida por el cerebro goce de toda libertad.

¿Dónde está el remedio para estos males? ¿Cómo podrá libertarse la sociedad de esta última conquista de la autoridad efectuada por el intelecto egoísta? Ha impedido el abuso de la fuerza bruta por medio del establecimiento del gobierno; ha suplantado a las autocracias por las aristocracias y a estas por las democracias, y ahora se encuentra ella misma en las redes de la plutocracia. ¿Escapará la sociedad de este peligro? ¿Necesitará, para conseguirlo, volver a confiarse a un autócrata o debe resignarse a ser aniquilada? Ni lo uno ni lo otro. Existe un poder y sólo uno que es más grande que el imperante en la sociedad. Ese poder es la sociedad misma. Hay una forma de gobierno que es más fuerte que la autocracia, la aristocracia y la democracia y aun que la plutocracia: es la sociocracia.

El individuo ha reinado ya bastante. Ha llegado para la sociedad el día en que le toca tomar en sus manos sus propios asuntos y dar forma a sus destinos. El individuo ha obrado lo mejor que ha podido y de la única manera que le era posible. No debe ser censurado. Aun más, debe ser alabado y aun imitado. La sociedad debe aprender de él la manera de tener éxito. Debe imaginarse ella que es un individuo con todos los intereses que le son propios, y perfectamente consciente de ellos debe proseguir su satisfacción con la misma indomable voluntad que han gastado los individuos.

La sociocracia será diferente de todos los gobiernos que se han imaginado; pero esta diferencia no será radical hasta el punto de requerir una revolución. La democracia es capaz aun sin cambiar de nombre, de convertirse suavemente en una sociocracia. Porque, aunque parezca paradojal, la democracia que es ahora la más débil de todas las formas de gobierno, puede llegar a convertirse en la más fuerte.

La sociocracia significa el gobierno de la sociedad entera y no el de partidos y banderías que mientras se hallan en el poder tienen al frente otros partidos y banderías que son sus enemigos y sólo aspiran a derrocarlos para hacer una vez en el poder poco más o menos lo mismo que sus predecesores censurados y derribados por ellos.

En el régimen sociocrático la legislación dejará de ser principalmente coercitiva y prohibitiva, como ahora, y pasará a ser atractiva, de igual manera que el trabajo, fundado en la necesidad de actividad que tiene el organismo humano, no será una condenación sino una bendición también atractiva.

X

CONCLUSIÓN

Hemos llegado al fin de nuestro análisis que no ha sido tan detallado como lo merecería la filosofía de Ward.

De carácter enteramente científico y positivo, levantada sobre una concepción del universo exclusivamente monista, esta filosofía lleva en sí doctrinas muy alentadoras. Cualesquiera que sean las ideas del que llegue a conocerla, debe inspirar respeto e invitar a la reflexión. No contempla la existencia ni con el ingenuo optimismo de los bienaventurados ni con el estéril pesimismo de los débiles y de los fracasados. Su divisa es el _meliorismo_, el mejoramiento del mundo por medio de la acción humana inteligente y gracias a una educación científica ampliamente difundida que haga que las ideas positivas que hoy inspiran la mente de unos pocos lleguen a ser posesión de la masa humana completa y procuren la existencia de un gobierno que sea la expresión de la conciencia social entera y liberte a las democracias actuales de las redes de la plutocracia.

Con tal fin preconiza sin duda nuestro autor la extensión de las funciones del Estado.

El desarrollo amplio de este punto requeriría muy lato examen. No ha sido ni es posible fijar de una manera definitiva cuál sea el límite de la acción del Estado. Algunas esferas de la actividad social han sido ya casi generalmente sustraídas a su influencia. Por ejemplo, ya nadie--queremos decir ninguna persona culta y estudiosa--piensa que los gobiernos puedan tener religión y al Estado se le concibe como una entidad laica. La historia, por otro lado, nos presenta curiosos y numerosos ejemplos de funciones que se han dejado en un principio exclusivamente a la iniciativa individual, y que cuando ha madurado para ellos la conciencia social y se ha formado en lo tocante a ellas una voluntad social clara, han pasado a ser funciones públicas. El castigo de los crímenes y delitos en contra de las personas, empezó por ser un asunto de carácter enteramente privado; lo mismo ha pasado con la instrucción y en menor grado con el ejército y la marina. Dentro de este tópico es sugestivo lo que ha ocurrido con los cuerpos de bomberos. En la antigua Roma eran muy frecuentes los incendios a causa del material con que estaban fabricadas las casas y la estrechez de las calles. Cuenta G. Ferrero en su obra _Grandeza y decadencia de Roma_, que al conocido hombre de negocios y millonario, contemporáneo de Julio César, M. Licinio Craso, se le ocurrió tener una bomba para apagar los incendios. Sus agentes, bien repartidos en la ciudad, le advertían con presteza cuando sobrevenía algún siniestro. Los bomberos de Craso acudían al sitio amagado; pero junto con ellos iba un empleado del financista que ofrecía a los propietarios de la casa amenazada por las llamas comprar el edificio a un bajo precio. Si aceptaba se apagaba el incendio y Craso había dado un nuevo golpe de fortuna, y si no, los empresarios privados dejaban que se destruyera una parte de la ciudad. En nuestro tiempo todo el mundo considera natural que los cuerpos de bomberos sean instituciones del Estado. Me imagino la sorpresa de algunos individualistas al reflexionar sobre aquel estado de cosas y me imagino más aún las protestas con que los individualistas de entonces habrían recibido cualquiera medida tendente a ponerle término a la explotación hecha por Craso.

A muchos las doctrinas del sabio norteamericano parecerán en su parte aplicada nada más que hermosos ensueños; pero son ensueños que en nuestro tiempo brotan por doquiera, merced al estudio, en toda mente que considera los problemas humanos con amor, calma, ilustración, elevación y profundidad de miras; brotan por la misma razón, sin el menor acuerdo previo, con rasgos notablemente semejantes en los sitios más lejanos y en personas que no tienen conocimiento unas de otras; son la superior florescencia del alma, que no respeta diferencias de climas ni de latitudes; surgen tanto en las faldas de los Alleghany como en las de los Andes y en las riberas del Báltico: Ward y H. Höffding, el sabio filósofo, profesor y rector de la Universidad de Copenhague, no se conocen, por lo menos no se citan en sus obras, y sus doctrinas son en alto grado análogas.

Decir que los ideales son palabrería vana y por este solo hecho condenarlos, es ignorar el proceso de toda creación genuínamente humana, es renunciar al distintivo específicamente racional. Hasta para ser práctico de una manera verdadera e inteligente se necesitan ideales. No ha habido una sola de las realidades, una sola de las cosas llevadas a cabo racionalmente por el hombre, y no inconsciente y automáticamente, que no haya empezado por ser de un modo necesario una idea, una concepción expresada por palabras, un ideal. Concebir ideales es concebir posibilidades que para convertirse en realidades esperan su oportunidad. Lo cual no quiere decir que convenga dar por cierto un ensueño antes de tiempo porque, aunque el ensueño en sí mismo sea bueno para impulsar a la acción, proceder así sería marchar a un fracaso seguro. Concebir la posibilidad de tener una comunicación expedita a través de los Andes en el invierno, es dar el primer paso para convertirla en un hecho; ir a practicar luego la travesía como si ese progreso ya se hubiese conquistado es exponerse a morir helado.

Una filosofía alentadora que nos impulsa a transformar la existencia por medio de la acción debe ser nuestra bienvenida. Debe ser nuestro evangelio una filosofía que nos da confianza en el progreso siempre que no nos durmamos. Son ilusiones de la proximidad el desconfiar amargamente de la época en que se vive. Los hombres juzgan a su tiempo como Gulliver a las mujeres de Brondignac: ven enormemente grandes los lunares y defectos y no pueden apreciar la belleza del conjunto.

La voz de esta filosofía me parece la de un hombre de estudio simbólico que no tiene ambiciones, que las ha sacrificado placentero al culto de la ciencia, con la cual ha contraído un matrimonio sublime, y que no aspira más que a dar calor y vida intensa a los más hermosos frutos del más bello desposorio humano, las verdades; que puede llamarse a sí mismo el condensador de las mil corrientes que han seguido las almas de los hombres y las almas de los pueblos desde los primitivos tiempos y que lleva en sí la luz que del choque de esas corrientes ha brotado para alumbrar el porvenir. Es una voz que nos enseña a contemplar la realidad en su plenitud inmensa; nos señala los millares de siglos que hay detrás de nosotros y los millares de siglos que habrá después de nosotros; nos indica cómo nos es dado admirar por un instante esta realidad grandiosa, que en las obras científicas que la interpretan y pintan adquiere proporciones épicas, nos impulsa a que ante el eterno todo y la eterna nada que nos espera, asumamos los caracteres de fraternales y solidarios cooperadores y perfeccionadores de la creación y no dejemos que nuestra existencia bastardee empequeñecida con temores infundados, atraída únicamente por el cosquilleo de los apetitos y tolerando que el engaño mutuo con gestos simiescos impere entre los hombres.

Es propio de los caracteres débiles el considerar las situaciones difíciles no como difíciles sino como irremediables y apresurarse a arrojar los ideales sino se puede medrar con ellos; y es un espejismo de la historia el imaginarse que ha habido épocas de héroes (me refiero a los héroes de la paz y del civismo) y épocas de sibaritas que han impuesto a los hombres un sello fatal e indeleble. No; siempre han debido los héroes del civismo pasar al lado de las faces indiferentes o escépticas de los sibaritas, y han debido, para cumplir con su misión, recordando lo que dice el Poeta en el prólogo de _Fausto_, de que «lo brillante existe momentáneamente y lo meritorio perdura en la posteridad», embotar en su valor moral los resplandores de falsa grandeza con que la vida ordinaria centellea.

Seamos capaces de librarnos de estos males del ánimo, distendamos nuestras facultades, apliquémoslas con desinterés o elevado criterio a la solución de nuestros problemas, guiados por la aspiración de servir al alma de nuestro pueblo y de nuestra juventud y de infundirles una conciencia más clara de sus derechos y deberes.