Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo

Part 12

Chapter 124,191 wordsPublic domain

—Basta de cuentos propios para niños y mujeres, Juffep.

—¡Lo crees un cuento! Pues bien, el tiempo lo dirá, conde de Haro. Mira que yo rara vez me suelo equivocar en mis pronósticos.

—Ni por esa lograréis embaucarme, querido pícaro. Vuelvo a mi asunto. De los amores que con esa mujer tuve resultó un hijo, un hijo que es mi dicha y mi esperanza... Pues bien, ese niño lo tiene Piedad, y yo lo quiero poseer a toda costa, ¿me entiendes? Un tesoro inmenso pasará de mis arcas a las tuyas, y a más de esto mi perdón y mi eterno agradecimiento. Si no consigues desenfadarme con esto, me responderás clara, categóricamente, a los cargos que anteriormente te he hecho. ¿Aceptas?

—Acepto sin vacilar, señor.

—¡Oh, bien, bien!

—Y después que te entregue a tu hijo, te daré una cosa para ti mucho más importante.

—¡Más importante que la adquisición de un hijo perdido!

—Más todavía.

—¡Oh, veamos, veamos!...

—Perdona, pero obraría con muy poca prudencia si te lo dijera ahora. Conde de Haro, estamos en el alcázar de Burgos y las paredes oyen para contárselo todo después a doña María. El rey va a mover sus armas contra los moros de Granada, tu irás en el ejército con tu mesnada, y yo en calidad de físico de su alteza. Pues bien, en Martos o en Jaén, donde ya no tendremos los enemigos que aquí nos cercan, te doy mi palabra de dártelo, y aun de indicarte el uso que, en mi pobre entender, creo debes hacer de él.

—Me conformo.

Y el conde a poco de esto salió de la habitación del perverso nigromántico, en extremo satisfecho de él.

Así que Aben-Ahlamar se vio libre de don Lope, respiró con más libertad y dio gracias al cielo por haberle librado de su ira.

Llegose después al resorte practicado en la pared y que por una escalera de caracol se llegaba al departamento de Piedad, y así que hubo cerrado la trampilla por la parte de adentro, comenzó a subir los peldaños con paso firme y seguro. A poco oyó ruido en el aposento de la gitana y prestó atento oído. Pero Aben-Ahlamar necesitaba ver, y para el efecto sus ojillos de lince, pequeños y vivos cual dos chispas, se vieron brillar por dos agujeros tan grandes como ellos, perfectamente hechos en el arabesco de la pared.

El judío ahogó un grito de alegría: había visto lo que deseaba.

Piedad, la amante del rey, la infeliz víctima del conde de Haro, creyéndose sola, acariciaba con loco arrebato el hermoso rostro de un niño de dos a tres años, rubio, blanco y de ojos azules, que había echado en un precioso lecho primorosamente adornado. Sus pequeñas y preciosas manos de cera jugaban sin cesar con los espesos y negros rizos de la gitana.

—¡Enrique, hijo mío! —decía esta estampando en las delicadas facciones de la criatura multitud de besos que producían en la estancia un sonido agradable—. ¡Oh, cuán feliz soy! Un hijo..., un hijo que será mi dicha, un hijo que me recompensará con su cariño los amargos ratos que he sufrido y sufro..., pero ¿qué será de él, Dios mío? ¿Qué porvenir le tenéis reservado?... ¿Qué será de esta pobre criatura, nacida en la desgracia y condenada a vivir en la oscuridad? En la oscuridad, sí; porque este ángel, esta parte de mi alma, debe ignorar siempre a quién debe su existencia. ¡Oh!, si llegara a saber algún día..., ¡jamás, jamás, hijo querido, nunca, porque renegarías de tus padres y te maldecirás tú! ¡Oh, Señor, haced porque siempre lo ignore! socorredle, amparadle en su desgracia que harto infortunado es con haber nacido... Pero no, mientras yo viva..., ¡oh!, ¿quién se atrevería a ofender a mi hijo? ¡Nadie, oh, estoy segura, nadie!

De repente una idea repentina vino a llenarla de inquietud.

—¡Y si me lo quita ese malvado, indigno de ser su padre! —exclamó asiéndolo fuertemente con ambas manos—. ¡Oh!, entonces moriría de dolor..., no tiene ese derecho, es mentira..., ¡soy su madre, y nadie podrá arrancármelo de mis brazos, nadie, ni el mismo Dios!... ¡Oh, qué he dicho, Señor! Blasfemo, perdón; vos sois el único, el único solamente, vos me lo disteis, vos me lo podéis quitar. Pero ¿cómo sufriría yo que pasase de mi regazo al vuestro? El alma se me despedazaría de dolor. Perderlo para siempre, ¡oh, qué terribles palabras!

Y Piedad volvió a besarlo y a estrecharlo contra su pecho. Enrique no jugaba ya con los hermosos rizos de Piedad; sus preciosas manos de nácar no se veían resaltar como antes, sobre el negro azabache del cabello de la gitana; sus ojos se habían cerrado. Estaba dormido.

—¡Dormido! —dijo Piedad, y cerrando con cuidado las ventanas, a fin de que la claridad no le molestase en su sueño infantil, desapareció de la estancia cerrando la puerta tras sí.

Entonces Aben-Ahlamar tocó el resorte, y la pared se abrió para dejarle paso. Y aquel hombre, alto, de barba larga y blanca, cadavérico, que en medio de aquella oscuridad parecía el genio del mal, se acercó al lecho del infante y lo contempló largo rato. El niño hizo un movimiento y Aben-Ahlamar, antes que despertara, lo cogió con cuidado y envolviéndolo en su largo ropón morado desapareció con él por el caracol que conducía a su habitación.

La desesperación de Piedad al notar la falta de su hijo no tuvo limites. En vano lo buscó por todas partes, en vano lo llamó multitud de veces, todo en vano, su hijo querido había desaparecido. El cómo, lo ignoraba la infeliz. En su desesperación sospechó del judío, del conde, de todo el mundo. Pero algo más tranquila después, se convenció de que era imposible. ¿Por dónde habían entrado aquellos hombres, si ella no se separó un solo instante de la puerta del cuarto donde su hijo dormía? Piedad pensó después en el cielo, y cayendo desplomada sobre sus rodillas, exclamó con acento dolorido y desgarrador:

—¡No cabe duda, Señor, he sido culpable y he aquí mi castigo! Os he ofendido y necesito llorar; pero llorar lágrimas de sangre para lavar mis culpas... ¡Ese hijo no debí tenerlo, y me lo arrebatáis! Señor, Señor, no cabe duda, llegó la hora de la expiación... ¿Se podrá negar tu existencia? ¡Oh, imposible..., misericordia, misericordia!

Por disposición de don Lope, el niño Enrique fue entregado a Simeona para que esta lo cuidase mientras duraba la campaña que don Fernando con tantas esperanzas iba a comenzar.

Pero en la segunda parte de esta crónica, que con el título de «Alfonso el Onceno, o quince años después» se publicará muy en breve, tendremos lugar de hablar larga y extensamente del hijo de Piedad y del conde de Haro.

CAPÍTULO XXII.

_De cómo el infante don Juan dijo lo que no sentía, y mintió en lo que dijo._

Dice la crónica, y nosotros lo decimos también al final del capítulo XX, que don Fernando y multitud de caballeros se quedaron unos días más en Burgos, después de marcharse el ejército expedicionario casi precipitadamente.

La causa que don Fernando tuviera para no marchar a la cabeza del ejército, y aun de no incorporarse a él en un gran tiempo, ni la sabemos, ni conviene a nuestro propósito averiguarla. Pero sí los motivos que para esta misma detención tuvo el conde de Haro y su digno amigo el infante don Juan. El primero no quería marchar a la guerra sin haber antes arrebatado a su antigua amante el hijo que del ilícito comercio que con ella tuvo resultara. Y el segundo, don Juan, no quería abandonar ni un solo momento a su amigo; no porque desconfiara de él, sino porque los dos habían combinado su plan para la campaña, y en él entraba el caminar juntos, el llegar al ejército a un mismo tiempo, y a un mismo tiempo, también, dar el golpe que preparado tenían. Golpe que desconcertaría al rey y a su ejército, que sembraría la discordia en la pobre Castilla, destinada a sufrir por cobijar en su seno a hombres tan inicuos y perversos como los que nos ocupan en este momento, y que les proporcionaba a ellos no solo un rico y abundante botín, sino el apetecido logro de sus deseos. De manera que tan luego como consiguió don Lope del judío Aben-Ahlamar que quitase a Piedad el niño Enrique, tan luego como se lo entregó a Simeona para que cuidara de él hasta que volviese de la guerra, y tan luego como dejó arreglados todos los negocios que le habían retenido en Burgos, determinó incorporarse al ejército antes de verificarlo el rey, porque así convenía también a sus planes. El infante don Juan fue avisado de antemano por el conde, y cuando ya se disponían a marchar recibió don Juan un recado de la reina madre en el que le suplicaba tuviera a bien verse con ella, pues necesitaba hablarle de cosas importantes.

—¿Qué me aconsejáis, amigo mío? —interrogó el infante a don Lope—. ¿Accedo o no al deseo de doña María? ¿Qué os parece?

—Me parece que debéis ir.

—¿Y si por una casualidad es una emboscada, como la de Alfaro, en que cayó y perdió la vida don Lope de Haro, y en la que yo también estuve a pique de perder la mía? ¡Oh!, doña María es muy astuta y ha aprendido de su marido, Sancho IV, la manera de cazar a sus enemigos, atrayéndolos con palabras tan halagüeñas como pérfidas y engañosas.

—Nada temáis, don Juan.

—¡Oh, oh! Yo no temo..., pero ¿y si me cogen? ¿Creéis que Fernando IV se contentará, como su padre y mi hermano, con tenerme encerrado un poco de tiempo en el castillo de Curiel? ¡Oh, os engañáis! Fernando IV cree que para pacificar a Castilla necesita hacer unos cuantos ejemplares; y no lo dudéis, mi cuello y el hacha del verdugo quisiera verlos juntos por un momento.

—¿Deliráis, amigo mío?

—¡Que si deliro! Nunca he hablado con más formalidad y cordura.

—¡Fernando IV derramar sangre! ¿Y no sabéis que se asusta al verla?

—Sin embargo, don Lope: el rey, mi sobrino, está en extremo irritado conmigo, y estoy seguro que espera solo una ocasión oportuna para librarse de mí.

—Pues bien, id a ver a doña María; yo os acompañaré y aun estaré escondido en palacio: si veo que tardáis me presento a la reina y os reclamo; y si tuviesen la cobardía de prenderos, aquí queda vuestro amigo el conde de Haro, que no solo sabrá libraros, sino que aun os vengará después terriblemente. ¿Que decís?

—Digo que haré lo que me aconsejáis.

Y aquellos dos hombres tan iguales en sentimientos y en maldad se dirigieron al alcázar real, armados de punta en blanco, como si asistieran a un duelo o fueran a entrar en acción.

El conde se separó de don Juan en el patio del alcázar, y este penetró en la morada de la madre de Fernando IV.

Doña María esperaba con impaciencia al hermano de su difunto esposo. Así es que le dijo al verlo entrar:

—¡Ah, sois vos!, necesito hablaros, don Juan: sentaos ahí —repuso, señalándole un sillón que había cerca de ella.

—Señora, estoy enteramente a vuestra disposición..., pero antes de todo, ¿como estáis de salud?

—¡Oh, perfectamente!, aunque no tengo motivos para ello.

—¿No tenéis motivos, señora, para estar buena? ¡Oh!, si no temiera pareceros indiscreto, me atrevería a suplicaros me explicaseis esas palabras.

—¡Siempre tan galante! Escuchadme, querido pariente: ¿cómo estaríais vos si vuestro hijo, a quien adoráis tanto como yo al rey, se viera amenazado, y...?

—¡Amenazado! ¡El rey de Castilla amenazado, señora! Y ¿por quién?

—¡Oh!, por sus mismos súbditos, por sus mismos cortesanos, y aun pudiera decir que por sus mismos parientes.

El infante se mordió los labios.

—Sí, don Juan —continuó la viuda de Sancho IV—, los cortesanos de mi hijo se rebelan contra él, tal vez porque el rey es demasiado bueno y complaciente con ellos; pero no le debe pesar, porque el que obra bien...

—Permitidme, señora, os advierta que vuestros recelos son esta vez infundados. El país está completamente tranquilo, los grandes no solo respetan y acatan a vuestro hijo, nuestro señor y rey legítimo, sino que le quieren y estiman por las buenas y bellas cualidades de que está adornado; y los infantes de la Cerda han desistido completamente de sus pretensiones: conque ya ve tu grandeza que no hay motivo para esos temores. Y la prueba de ello está en que el rey mueve ahora sus invencibles armas contra los moros de Granada. Si el rey, señora, tuviera el menor indicio de que se iba a alterar el orden público, no emprendería la campaña pronta a comenzarse, campaña que le proporcionará no solo glorias y laureles, sino un florón más para su corona.

—Cuán gratas me son vuestras palabras, querido pariente; pero no me pueden tranquilizar porque me consta que se conspira sordamente contra mi hijo. ¡Oh, don Juan!, ¿qué me importa que el pueblo y la mayor parte de la grandeza lo respeten y aun quieran, como habéis dicho, si hay un hombre, que en unión de otros de su clase ha jurado la muerte del rey más bueno y bondadoso que ha tenido Castilla? Pero yo quería saber, Dios mío, ¿qué le ha hecho mi hijo a ese hombre para que este lo odie tanto? ¡Oh, no lo sé..., no lo sé!

—En ningún pecho hidalgo, señora, puede caber semejante infamia —dijo el infante hipócritamente.

—¡Oh, pues lo hay, infante don Juan, lo hay por mi desgracia!

—¿Y no encontráis ningún medio de frustrar esos proyectos tan descabellados?

—Sí, dos tengo —repuso la reina lívida de temor.

—Veamos.

—El primero consiste en hacer un ejemplar con esos revoltosos y malos caballeros...

—¡Caballeros, habéis dicho! —dijo el infante interrumpiendo a doña María.

—Sí, caballeros, y caballeros de los más principales de estos reinos. Si mi hijo, don Juan, tuviera la resolución de su padre, si castigara al delincuente sin distinción de clases, como manda la ley, ¡oh!, de seguro sería querido, temido y respetado a un tiempo. Pero es tan demasiado bueno que temo que esta excesiva bondad le sea perjudicial.

—¿Y el otro medio, señora?

—El otro es menos fácil, pero ni se derrama sangre, que es lo que hay que evitar a toda costa, ni se hace pública la maldad de esos hombres. Solo se reduce a vigilarlos de cerca, y hacerles fracasar todas sus combinaciones. Y si persisten en su loca idea, entonces no habrá remedio para ellos.

—Me parece mucho más prudente lo segundo que lo primero.

—Bien, pues en ese caso cuento con vuestra cooperación, don Juan. Vos conocéis a los revoltosos, vos sois tío carnal de la víctima que quieren sacrificar, y vos por último sois infante de Castilla y debéis ser el primero en dar pruebas de sumisión y respeto al monarca. Para esto os he llamado y esto era lo que tenía que deciros. ¿Qué me contestáis? ¿Puedo contar con vuestra influencia y prestigio? ¿Os comprometéis a ayudarme en todo cuanto esté de vuestra parte para sofocar esa naciente rebelión, que si llega a estallar pondrá a vuestra patria y a vuestro rey en un gran peligro? Hablad claro y con franqueza; decidme terminantemente si Fernando IV tendrá en vos un aliado o un enemigo.

Don Juan vaciló en responder; pero reflexionando que no le costaba ningún trabajo ofrecer lo que no cumpliría, contestó inclinándose respetuosamente:

—Aliado, señora, aliado siempre de todo lo justo y bueno...

—Bien, gracias, don Juan.

—¿Queréis decirme, si os place y no tenéis inconveniente, el nombre del caballero que ha jurado la muerte de vuestro hijo?

—El hombre que conspira contra el rey y que ha jurado su muerte pertenece a una de las casas más esclarecidas de Castilla y León; sangre real corre por sus venas y tiene la necia presunción de decir que en vez de descender él de reyes, los reyes descienden de su antigua y preclara casa.

—Basta, señora, basta. Ya sé quien es, entonces, y me alegro como hay Dios porque el conde de Lara tiene conmigo cierta cuenta pendiente... que desearía ventilar pronto. Si no lo he hecho antes, ha sido porque sabiendo que yo deseaba verme con él le pareció conveniente marcharse a Portugal, y allí lo hacía yo todavía. Pero, ¡oh!, celebro que haya venido. ¡Pobre conde de Lara!...

—Engañado estáis, don Juan; no es el conde de Lara el que me hace a mí temer por la vida de mi querido y desgraciado hijo, el conde de Lara hace ya mucho tiempo que está tranquilo.

—Ignoro entonces, señora...

—¡Qué!, ¿no hay otra familia en la corte del rey de Castilla que tenga la misma ridícula pretensión que los condes de Lara?

—No conozco a otra, señora.

—Oh, pues la hay, don Juan. Los condes de Haro...

—¡Don Lope!

—Sí.

—¡Oh, imposible, señora, imposible de todo punto! Os han engañado, doña María; porque el conde de Haro quiere y respeta al rey, el conde es demasiado caballero para...

—Vos sí que estáis engañado respecto a don Lope, porque él solo y nadie más que él, por su carácter revoltoso y perverso, sería capaz de concebir planes tan diabólicos e infernales. Sí, don Juan, no os quede la menor duda; pero lo que a mí me llama la atención y no puedo averiguar, por más que hago, cuáles sean los motivos que contra mi hijo tenga para aborrecerle y perseguirle a muerte, como lo hace. ¡Infame! ¿Y es ese hombre caballero? ¿Y es noble quien, después de jurar fe y obediencia a su rey, atenta contra la vida de este, que es uno de los más grandes delitos que se cometen? ¿No se os llena el pecho de indignación al ver semejante proceder en un caballero? ¡Oh, Dios mío!, ¿por qué consentís que haya malvados?, ¿por qué no les castigáis haciéndoles sufrir en la tierra los mismos dolores que ellos hacen padecer a sus víctimas? Y luego el conde de Haro mendigará una sonrisa tan solo del rey; y será el que primero le adule..., ¡hipócrita! Ya veis, querido pariente, que no hay momentos que perder. No dejéis de observar siempre a don Lope; en la guerra sed el amparo del rey, su protector; vos sois su pariente, es el hijo de vuestro hermano, don Juan, y no solo cumplís con las leyes naturales, las leyes sagradas de la sangre, no solo libráis a una madre del horroroso suplicio en que vive, sino que salváis también a vuestra patria del luto, del llanto y de la desolación. ¿Qué sería de este pobre país si el rey llegara a faltar? ¡Oh, reflexionadlo bien!... Vos sois el único que nos podéis librar de tantos males; el conde es amigo vuestro, y...

—¡Cesad, por Dios, doña María! El mucho cariño que tenéis hacia el rey, vuestro hijo, os hace abultar las cosas: vivid tranquila y descuidada. Don Fernando no tendrá nada que temer.

—¿Me lo aseguráis?

—Os lo aseguro.

—¡Ah, bendito seáis! ¿Conque seréis el guarda de vuestro sobrino? ¿Conque lo apartaréis de todo peligro que venga por parte de los enemigos que tiene en su misma corte? ¡Ah, don Juan! ¿Y con qué os pagaré yo, pobre mujer, que no he hecho en toda mi vida más que llorar y sufrir? ¿Con qué os pagaré, repito, tamaño bien, tan inmenso servicio? ¡Oh, mi vida os diera si fuera necesario! Pero pedid, pedid cuanto queráis, ¿qué apetecéis? Hablad, hablad, que nada os negaré; porque, ¿qué os negara una madre a quien devolvéis su hijo querido?

—No deseo más, señora, que me permita tu alteza acercar mis labios a una de tus blancas y bellas manos.

La contestación de doña María fue alagar su diestra al infante. Este se apresuró a besársela, pero de una manera galante y afectuosa.

—Ahora, señora, pido a tu alteza permiso para retirarme: porque mi traje os indicará que voy de marcha.

—¿Os vais a incorporar al ejército?

—Precisamente.

—Oh, pues entonces lo tenéis; y el cielo, don Juan, os dé en la campaña tanta gloria como yo para mi hijo deseo. Sed afortunado, y no me echéis en olvido... Escuchad —repuso la reina ocurriéndosele una idea—: si os parece bien y oportuno, decid al conde de Haro que yo estoy perfectamente instruida de sus proyectos, que si da un paso más en la carrera descabellada y funesta que ha emprendido, una palabra, una sola palabra mía le hará subir al cadalso. ¡Dios quiera que no tengamos que recurrir a semejante medio! En fin, don Juan, vos con vuestra conocida prudencia...

—Descuida, reina, descuida.

E inclinándose don Juan con respeto, salió de la estancia de su cuñada, doña María Alfonsa de Molina.

Al llegar al patio del alcázar, se le acercó el conde de Haro, y le preguntó con la mayor curiosidad:

—¿Qué os ha sucedido? ¿Para qué os quería esa mujer?

—Don Lope, esa mujer, como vos decís, sabe más que todos los hombres y mujeres juntos de Castilla. Esa mujer conoce perfectamente vuestro secreto, y esa mujer...

—¡Oh!, tanto mejor —repuso el conde interrumpiendo a su amigo—, tanto mejor, porque de ese modo verán que soy un enemigo legal que conspiro a cara descubierta.

—La reina me ha dicho que si no consigue con mi mediación haceros variar de propósito, se verá en la dura e imprescindible necesidad de levantar un cadalso para el hijo del último señor de Vizcaya. ¡Y lo hará, don Lope, estad seguro de ello!

—Va, reíos de cuentos... Vos, ¿qué le contestasteis cuando os pidió vuestra cooperación para hacer fracasar todos mis planes? Porque supongo que doña María os llamaría para esto, y que si sabe que estáis comprometido conmigo para ayudarme, no se daría por entendida de ello.

—Justamente.

—Pero, bien, ¿qué le contestasteis?

—¡Qué le había de contestar, voto a sanes!

—¡Ah, comprendo! Le diríais terminantemente que no; ¿no es eso?

—Al contrario; le di mi palabra de caballero de vigilaros, de darle cuenta de todo cuanto hagáis y de librar al rey de vuestra venganza. ¿Qué os parece?

—Infante don Juan, ¡sois un cobarde!

—¡Vive Cristo, conde de Haro, que o no me conocéis como debierais, o dudáis de mí! ¿Qué queríais que hubiera hecho? Ofrecí a doña María cuanto deseaba; pero ¿acaso se cumple todo lo que se ofrece?

—¡Ah, os reconozco ahora! Perdonad —dijo don Lope alargando su diestra al infante—: creí que un exceso de bondad os había inducido a perdonar al hijo de doña María, a ese rey débil y de carácter irascible a un tiempo, que tanto os ha ultrajado, que tanto os ha perseguido sin tener en cuenta que sois infante de Castilla, y como él de sangre real.

—¿Qué queríais que hubiera hecho —continuó don Juan—, si me lo pedía una mujer, una reina suplicante? Mi intención al principio fue contestarle agriamente, y hacerle ver que si perseguíamos al rey, era para vengar justas afrentas; pero me contuve y dije lo que no tenía intenciones de haber dicho. Y ya veis si hemos ganado, porque vendiéndome por amigo suyo, sabré todo lo que piense hacer acerca de vos. Don Lope, yo no me olvido de los ultrajes que se me hacen, ni de las palabras que doy, yendo estas palabras acompañadas con las de «¡_venganza y amistad_!».

—Tenéis razón, «¡_venganza y amistad_!», este fue nuestro juramento. Y lo cumpliremos, ¿no es cierto?

—¡Oh sí!, indudablemente.

Al acabar el infante las anteriores palabras, se asomó doña María a una de las ventanas que daban al patio, y vio a los dos amigos cogidos afectuosamente de las manos.

—¡La reina! —exclamó el conde de Haro sorprendido.

—¡La reina! —repitió don Juan confuso y separándose de don Lope.

CAPÍTULO XXIII.

_De cómo el conde de Haro llenó el hueco que había en su sentencia de muerte._

Corrió la nueva bien pronto, tanto en la corte como en el ejército, de que doña Beatriz y el de Carvajal se habían casado antes de salir el segundo de Burgos. Esta noticia, que el conde escuchó con bastante sangre fría, causole tal impresión que más de una vez se le vio triste y taciturno. Don Lope no podía olvidar ni un solo momento a la mujer que con tanto delirio amaba, y la única que hubiera logrado, correspondiendo a su ardiente cariño, modificar los instintos feroces del hijo del último señor de Vizcaya. Pero ya todo se había perdido, todo absolutamente. Solo restaba al conde la venganza, y muy pronto trató de satisfacerla plenamente el rival terrible de don Juan Alonso Carvajal.

El ejército llegó sin contratiempo alguno a la villa de Martos, uno de los pueblos más importantes y ricos de la provincia de Jaén, y acampado en las afueras del pueblo esperó a don Fernando, que de Castilla venía a marchas dobles para reunirse a él y seguir la marcha hasta tierra de Granada.

Hacía dos días que se hallaban las tropas en la villa, aguardando al rey. Varias eran las versiones que corrían y varias también las opiniones que sustentaban los caballeros sobre si sería o no don Fernando en aquella campaña el capitán de las tropas.