Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo

Part 13

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Multitud de caballeros y oficiales reunidos en la plaza de Martos oían con el mayor silencio al infante don Pedro, hermano del rey y durante su ausencia jefe del ejército, que les decía:

—Las instrucciones, señores, que recibí de mi augusto hermano y señor, antes de salir de Burgos, estaban reducidas a que si él tardaba más del preciso tiempo en venir a reunirse con el ejército, continuásemos la marcha hasta Alcaudete, y sitiásemos esta plaza; de manera que mi determinación está tomada. Mañana, a los primeros albores del día nos pondremos en camino con dirección a dicho pueblo que, Dios mediante, pertenecerá pronto a la corona de Castilla. No podemos perder ni un solo instante, porque si los moros llegan a apercibirse de que vamos sobre ellos, se aprestarán a recibirnos, fortificando más de lo que están sus fortalezas y castillos.

La orden dada por el infante de que a la mañana siguiente saldría el ejército con dirección al pueblo de Alcaudete, corrió al momento por todo él como una chispa eléctrica. Los generales y oficiales, ansiosos de gloria y de nuevos laureles, se regocijaron mucho, sucediendo lo mismo a los soldados; pero la alegría de estos dimanaba de la esperanza de penetrar en algún pueblo morisco, por el saqueo y el pillaje que esta clase de acontecimientos lleva consigo.

A poco de haber pronunciado el infante don Pedro las palabras arriba escritas, apareció en la plaza el judío Aben-Ahlamar y se acercó al círculo que los caballeros habían formado cerca de su segundo general; Juffep acababa de llegar de la corte, y por esta razón podría decir en qué consistió la demora del rey. Así es que el judío se vio cercado de una porción de caballeros, que con vivo interés le decían:

—¿Está su alteza enfermo?

—¿No viene esta vez a mandarnos?

—¿Está ya en camino?

—Decid lo que sepáis.

Pero el judío, sin contestar a ninguna de las infinitas preguntas que se le hacían, se abrió paso por entre aquella masa compacta de hombres y se dirigió al punto donde se encontraba el hermano de don Fernando.

El infante don Pedro le dijo, saliéndole al encuentro:

—¿Vienes de la corte, Aben-Ahlamar?

—Sí, señor; en este momento acabo de llegar a Martos.

—¿Qué nuevas traes? ¿Qué te ha dicho el rey para mí?

—Que le espere tu grandeza aquí, donde se encargará del mando del ejército. El rey llegará a la villa de hoy a mañana, a más tardar.

Esta noticia se divulgó con la misma velocidad que la primera.

El conde de Haro, que se hallaba también en aquella reunión, se acercó al judío y le dijo, separándolo de allí:

—Dime, ¿qué noticias traes de Burgos?

—Que el rey llegará muy pronto a esta villa.

—Poco me importa eso. Yo deseo saber...

—¿De Piedad?... ¡Oh, grandes cosas..., muy grandes, magnánimo señor!

—No me has comprendido —repuso el conde golpeando la tierra con su pie derecho.

—Explícate, gran señor, habla más claro.

—Beatriz..., ¿qué sabes de Beatriz? ¿Es cierto que se ha casado? ¿Es cierto cuanto se dice de ella?

—Todo, todo es cierto.

—¿Conque ya tengo que perder toda esperanza?

—No toda, señor...

—¿No toda? Pues qué, brujo de los demonios, ¿crees tú que Beatriz me amará después de casada con el hombre a quien tanto ha querido y quiere?

—No, ciertamente, gran conde; pero si él muere, puedes tener alguna esperanza.

—Si él muere. Aben-Ahlamar, si él muere...

—Cosa muy fácil, y no nada extraña. ¿No va a la guerra?

—Sí, va; pero ¿y si no muere?

—Si no muere a manos de un moro, puede morir a manos de un cristiano. De todos modos, el resultado será que venga a morir en la guerra.

—¡Oh, sí, sí, que muera!, ya que no es mía doña Beatriz, que no sea de él tampoco. De esta suerte me vengaré de los dos. La venganza es el único recurso que me queda, ¿no es verdad? Que muera, y Beatriz será mi esposa después, quiera o no quiera. ¡Oh, la ocasión no puede ser mejor! En la guerra, como tú dices, puede uno ser asesino sin pasar por tal. ¡Oh, qué bueno fuera que muriesen a un mismo tiempo mi rival y el sobrino del matador de mi tío!

—¿Me permitís, señor, que te haga una pregunta?

—Habla.

—¿Sabe leer tu grandeza?

—Entiendo, entiendo también algo de letras; pero ¿a qué viene esa pregunta?

—Toma y lee —dijo el judío, sacando al mismo tiempo del bolsillo de su ropón un pergamino cuidadosamente doblado.

El conde de Haro lo hizo así.

—Y bien... —dijo, luego de haber leído el escrito de cabo a rabo.

—El claro que hay en esa sentencia lo iba a cubrir la gitana, vuestra antigua amante, con un nombre que conocéis bastante bien.

—Explícate.

—Piedad deseaba vengarse de vos, por lo que sabéis. Para el efecto, pidió al rey que firmase esa sentencia. Don Fernando, además de hacerlo, como veis, le empeñó su palabra real de que el asesino del señor de Benavides sufriría irremisiblemente la última pena, aun cuando perteneciese a la clase más elevada. La gitana se vengaba de vos completamente con solo escribir vuestro nombre en ese hueco. Esto bastaba para que subiese al cadalso el poderoso y preclaro conde de Haro; pero afortunadamente yo me he podido hacer con ese documento, y estáis libre. Y con esto, señor, te doy lo que te ofrecí antes de salir de Burgos. ¿Recuerdas?

—¡Oh, Aben-Ahlamar! —exclamó el conde, alargando su diestra al judío con el mayor afecto—. Tu fidelidad y tus buenas prendas te hacen digno de una recompensa que yo ciertamente no te puedo dar, porque ni mis títulos, ni mis riquezas, ni todo cuanto poseo es suficiente para pagarte el gran servicio que acabo de recibir de ti. Sin embargo, todo el dinero que tengo en mis arcas es tuyo. Cuenta con él; te lo dice el conde de Haro.

—Señor...

—Dijiste que el rey juró a Piedad castigar con la última pena al matador de su gentil-home el de Benavides.

—Con efecto, su alteza dio a la gitana su real palabra de que el que llevase el nombre escrito en esa sentencia sería decapitado por asesino.

—¡Oh, esto es magnífico! Te aumento a lo ofrecido cien escudos más por la adquisición de tan precioso documento...

—¿No os dije, señor conde, que lo que tenía que daros era de tanta importancia como la adquisición de un hijo perdido?

—¡De tanta!... —repuso don Lope como dudando—: ¡de tanta importancia, Aben-Ahlamar! ¿Tú sabes lo que es un hijo?... ¡Ah, no hay cosa más divina!... Pero tienes razón —dijo, después de haber reflexionado un momento—; tienes razón, porque bien mirado, ¿no me va en ello la vida? Aben-Ahlamar, el conde de Haro sabrá pagar generosamente tanta fidelidad, tanta abnegación.

—Basta, por Dios, señor, tus palabras me confunden... y, francamente, no me creo digno de tantas alabanzas; porque yo no he hecho más que cumplir con mi deber. Tu esclavo supo que estabas amenazado, y...

—¿Cuándo llegará el rey a Martos? —dijo don Lope interrumpiendo al judío.

—Tal vez hoy.

—A la media hora de estar aquí su alteza sabrá los nombres de los asesinos de su privado el de Benavides.

—¿Los nombres?

—Sí, Aben-Ahlamar, fueron dos; pero de esto, silencio eterno.

—Comprendo, señor, comprendo. Esa idea se me había ocurrido a mí ya.

El conde se separó de su cómplice con el corazón henchido de alegría. Iba a vengarse, iba a sacrificar tal vez dentro de un momento a dos víctimas inocentes...

Don Fernando entró en Martos al día siguiente que su médico. El rey fue muy bien recibido y obsequiado del pueblo y de sus tropas. Todos se presentaron a cumplimentarlo, como era natural. A tiempo de saludar don Lope al rey, le pidió que le oyese a solas, pues tenía que comunicarle un secreto importantísimo. Don Fernando accedió gustoso. Así es que despidió a todos, saludándolos con la afabilidad que le caracterizaba, y quedó solo con el hijo del último señor de Vizcaya.

—Señor —dijo este—, ¿conocéis a una joven que se llama Piedad?

El rey se ruborizó hasta el extremo de ponerse encendido como la grana.

—Sí, la conozco —contestó con harto trabajo—. ¿No es la sobrina de Aben-Ahlamar?

—Con efecto.

—Y qué, ¿tenéis que decirme algo de parte de ella? —preguntó don Fernando con marcado interés, a pesar de que procuraba ocultarlo.

—Sí, señor; me encarga entregue a tu alteza de su parte este pergamino sellado con tus armas —repuso el conde sacando de su escarcela su sentencia de muerte, y poniéndola en manos del rey.

Este deslió con avidez el pergamino. Reconoció en él al instante la sentencia de muerte que había sellado en Burgos. Su vista se fijó en un renglón que se había añadido, el cual era de distinta letra. El hueco destinado para escribir el nombre del matador del señor de Benavides, estaba lleno. El rey palideció de pronto y dijo al conde, dejando caer el escrito:

—¿Se habrá equivocado Piedad, don Lope?

—Si a tu alteza le queda alguna duda, yo lo afirmo y ratifico.

—No os ofendáis, conde de Haro; pero esos jóvenes...

—¿Hay o no justicia, señor? ¿Vas a dejar impune la muerte de uno de los más principales caballeros de tu reino? Rey de Castilla, la sangre todavía humeante de don Juan Alonso Benavides está pidiendo venganza. ¿Qué digo venganza? Está pidiendo justicia y reparación.

—Estoy seguro, conde de Haro, que esos jóvenes son inocentes —repuso el rey como dudando.

—Cuando Piedad, señor, se ha aventurado a estampar ahí esos nombres, prueba bien clara es de que son los verdaderos asesinos de vuestro privado.

—Sin embargo, don Lope...

—Piedad me encargó también que os recordara la palabra que le disteis al firmar esa sentencia. Rey de Castilla, ¿qué respondéis? ¿Seréis capaz de no castigar a los matadores de Benavides? ¿Y la justicia, señor, y la justicia...?

Dejándose llevar el rey de su carácter irascible, y no pudiéndose contener en la saña (como dice Mariana), exclamó con los ojos encendidos y trémulo de cólera:

—Llevad, conde de Haro, llevad ese pergamino al justicia del pueblo, y decidle en mi nombre que cumpla inmediatamente lo que en él se manda.

El conde de Haro salió de la estancia real loco de alegría y diciendo para sus adentros: «Beatriz, esta vez serás mía».

Media hora después de lo que acabamos de referir reducían a prisión, en nombre del rey y de la ley, a los dos hermanos Carvajales.

CAPÍTULO XXIV.

_En el que se ve que el conde de Haro, ayudado sin duda por el demonio, se salió con la suya._

El día 7 de agosto del año de 1312 amaneció triste y nebuloso. No parecía sino que la naturaleza tomaba parte en la tragedia que se iba a representar en la villa de Martos. El sol no podía alumbrar con sus esplendentes rayos la escena que tanto afea el reinado de Fernando IV. Este monarca, cuya dulce condición y benigno carácter fueron causa de las mayores alteraciones de Castilla y del poco respeto que los grandes de aquella época le tenían, tornábase a las veces inexorable, y su excesiva cólera le arrastraba a cometer desaciertos. Los cortesanos que conocían (como dicen el erudito Mariana y otros escritores célebres) que el joven e inexperto don Fernando no sabía refrenarse en la saña, se aprovechaban de las ocasiones para librarse de los que pudiesen estorbarlos, o para vengarse de aquellos de quienes habían recibido agravios. Lo cierto es, amados lectores, que el conde de Haro, deseoso de tomar venganza de los hermanos Carvajales por las razones ya referidas, puso en la sentencia para él dispuesta el nombre de estos dos inocentes caballeros.

El justicia de la villa de Martos, según orden que recibió del rey, sin permitir que los acusados se defendiesen, sin oír sus descargos y protestas, los mandó arrojar por la peña que allí existe, célebre por su elevación y por lo escabroso de su declive.

En vano fue que los grandes y el ejército intercediesen por las inocentes víctimas; en vano que estas protestasen en nombre de Dios y de su Madre que era falso el delito de que les acusaban; nada bastó ni satisfizo a don Fernando. Había jurado vengar la muerte de su privado, y ofrecido a Piedad que el que llevase el nombre escrito en el pergamino que ella le presentó sufriría la última pena, sin distinción de clase ni categoría, y estaba firmemente resuelto a cumplir su promesa.

La cima de la famosa peña de Martos hallábase ocupada por multitud de soldados y gentes del pueblo en la mañana del 7 de agosto de 1312. El espectáculo que iban a presenciar no podía ser más notable y nuevo. Dos hermanos, infanzones del ejército real, debían ser despeñados, en castigo del asesinato que habían cometido en la persona del señor de Benavides, privado de Fernando IV de Castilla.

[Ilustración: Los hermanos Carvajales caminando al suplicio]

El sol, como hemos dicho, se negó a iluminar aquella escena de sangre y de lágrimas, y permaneció oculto bajo un tupido velo de densas y apiñadas nubes.

Todo estaba ya dispuesto. Los acusados llegaron a la cumbre de la peña, atados codo con codo y seguidos por multitud de soldados, de hombres, niños y mujeres que lloraban a lágrima viva. Los hermanos Carvajales eran precisamente naturales del pueblo donde fueron ejecutados por asesinos.

Los sentenciados se mostraban serenos y tranquilos, y su andar era firme. Sin embargo, una palidez mortal cubría el rostro de entrambos. Al llegar a la superficie de la peña vacilaron las piernas de don Juan, y exclamó sin poder contener una lágrima que bien pronto fue a esconderse en su espeso bigote:

—¡Beatriz..., Beatriz...!

Los sacerdotes que acompañaban a los sentenciados comenzaron a prodigarles los auxilios espirituales.

La hora del sacrificio se acercaba. Los verdugos movían grandes palas y barrotes de madera con que habían de empujar a los sentenciados. Don Juan no cesaba de pronunciar el nombre de su bella esposa; don Pedro oraba por sí y por su hermano. Uno y otro, atados de pies y manos, fueron puestos al borde del precipicio. Las mujeres lloraban y pedían a Dios y a Santa Marta, patrona de la villa, que hiciesen un milagro. Los soldados apartaban sus ojos de aquella escena de horror.

Los verdugos, a una señal que les hizo el justicia, acercaron a los caballeros las palas y barrotes.

—¡Beatriz..., Beatriz...! —exclamaba don Juan—. Dadle, Dios mío, valor. Acompañadla, ya que a mí me habéis abandonado...

—«Rey don Fernando —decía don Pedro—, puesto que tus oídos se han hecho sordos a nuestros clamores, te emplazamos para que en el término de treinta días comparezcas ante el Tribunal divino a dar cuenta de este acto».

Los verdugos empujaron con todas sus fuerzas a los caballeros.

—Señor —exclamaron estos a un tiempo—, tened misericordia de nosotros.

Y rodaron con tanta velocidad que dejaron la mayor parte de sus vestidos y de sus carnes en las breñas y picos de las piedras.

La muchedumbre horrorizada lanzó un grito de espanto.

Don Juan no cesó un momento de decir, mientras tuvo vida:

—¡Beatriz, esposa mía! Adiós para siempre... Amparadla, Dios mío, amparadla. ¡Es tan joven y tan desgraciada! ¡Adiós, adiós!...

Poco tiempo después los cuerpos de los dos hermanos Carvajales quedaron convertidos en pequeños fragmentos.

Así que supo el conde de Haro el emplazamiento hecho al rey por el hermano de su rival, se dirigió a la habitación del Aben-Ahlamar y le dijo, vaciando sobre una mesa un saco lleno hasta arriba de monedas de oro y plata:

—Todo este dinero es tuyo, Aben-Ahlamar, si das un veneno al rey, para que muera precisamente a los treinta días después que los hermanos Carvajales. ¿Aceptas?

—¡Oh, cuánto oro..., cuánto oro...!

—¿Aceptas? —volvió a decir don Lope.

—¡Cuánto oro!

—Pues todo es tuyo, todo.

—¿Mío?...

—Si envenenas al rey de modo que muera justamente el 6 de septiembre, todo es tuyo: ¿lo oyes?

—¡Oh..., sí, sí! Acepto, acepto gustoso tu proposición en cambio de todo ese oro.

El conde no podía elegir mejor ocasión para deshacerse del rey. Don Fernando estaba emplazado por dos víctimas inocentes, y la Justicia divina debía de cumplirse.

Así lo haría él ver y creer al vulgo. La corona de Castilla estaba próxima a pasar a la casa de Haro. Esta idea tenía loco de alegría a don Lope.

En el momento de estar recogiendo Aben-Ahlamar todo el dinero que el conde desparramó sobre la mesa apareció Simeona, que había seguido como siempre al judío, y dijo abriendo tanto ojo como este:

—¡Oh, cuánto dinero, cuánto dinero!... ¿Es todo tuyo, querido?

—Todo, todo este oro es mío —repuso el nigromántico, sin dejar de recogerlo con ambas manos.

—¿Y yo tengo algo ahí?

—Nada, nada. Todo este oro es mío, solamente mío.

—Sin embargo, yo quiero también dinero; dame la mitad de ese que ahí tienes.

—¡Extraña petición! ¡La mitad de este oro!... Primero la vida. Este oro lo he ganado yo...

—Dame la mitad, nada más que la mitad —dijo Simeona cogiendo un puñado de monedas.

—¡Oh, vuélveme mi dinero, mi dinero...! —exclamó el judío, golpeando con todas sus fuerzas a la abuela de Piedad.

—¿Conque no quieres repartir ese dinero conmigo que tanto te he ayudado en todo?

—¡Oh, no! Todo es mío, mío exclusivamente.

—Te va a pesar —repuso Simeona saliendo de la estancia.

—¡Pesarme, pesarme, cuando tanto oro tengo! —dijo Aben-Ahlamar, sin dejar su avaro estribillo.

Acto continuo la abuela de la gitana fue a buscar al infante don Juan.

Después de la muerte de los hermanos Carvajales emprendió el ejército real la marcha a Alcaudete. Don Fernando tuvo que quedarse en Jaén, porque el mal estado de su salud no le permitía que fuese a la cabeza de las tropas. El rey había sido envenenado por Aben-Ahlamar antes de salir de Martos. Esta vez no había remedio para el hijo de doña María Alfonsa.

La dolencia y malestar del rey iban en aumento, hasta que el 6 de septiembre, día treinteno del emplazamiento de los Carvajales, le encontraron muerto en su lecho.

La Justicia divina, como dijo la mayor parte de la gente, se había cumplido.

Muerto el rey, proclamaron sucesor suyo en la corona de Castilla y León a su hijo don Alfonso XI, niño de solos diez meses.

Don Lope, abandonado y despreciado de los suyos, en vista de su inicuo proceder, huyó despavorido y lleno de remordimientos. Todo lugar, por apartado y escondido que fuese, le pareció poco solitario para ocultar sus lágrimas y su vergüenza. Dice la crónica que no se le volvió a ver más en la corte.

CAPÍTULO XXV.

_En el que se ve el gran negocio que hizo el judío Aben-Ahlamar._

Huyó despavorido el rebaño con la muerte del pastor. El ejército se deshizo, sin haber hecho más en beneficio de la religión y de Castilla que tomar a los moros la villa de Alcaudete. Soldados y caballeros volviéronse a su tierra, y la corte toda, reunida y vestida de riguroso luto, regresó a Burgos, en donde seguían la reina madre y la viuda del infortunado Fernando.

Así que Aben-Ahlamar entró en su antigua morada del alcázar de Burgos, fue su primera diligencia ir a visitar su tesoro, escondido en la pared, como sabe el lector. Cuando estaba el judío dulcemente entretenido en contar y recontar sus escudos, para cerciorarse de que no le faltaba ninguno, se apareció en la estancia el infante don Juan.

—Dios te guarde, Juffep —dijo el caballero al judío con la mayor afabilidad.

—A ti también, señor —repuso este—. ¿En qué tienes que ocuparme?

—Escúchame. Tú no debes ignorar que en mis mocedades tuve amores con una villana de Sevilla. Esta infeliz mujer, creyéndome su igual, y en la confianza de que sería mi esposa, accedió a mis ruegos, y la hice para siempre desgraciada. Antes de que la pobre diese a luz el fruto de mi engaño, la abandoné, y con ella al hijo que guardaba en sus entrañas. Más de una vez, Aben-Ahlamar, he deseado encontrar a ese ser infortunado que me debe la vida, y no he podido hallarlo a pesar de las diligencias practicadas en el espacio de veinticuatro años que hace de esto. Había perdido toda esperanza cuando el otro día se me presentó una mujer anciana, llamada Simeona, y me dijo que tú solo sabías el paradero de mi hija, porque la conociste desde muy pequeña. ¡Oh, dime, dime dónde está, qué es de ella, y labraré tu felicidad! ¡Te daré oro, mucho oro!

El nigromántico palideció y tembló a un tiempo. ¿Cómo decía al infante que la hija que con tanto afán buscaba era precisamente la misma con quien los dos habían especulado? Así es que repuso encogiéndose de hombros:

—Señor, no conozco a tu hija, ni conocía la historia que acabas de contarme.

—Mientes, brujo maldito, mientes miserablemente.

—Te juro por lo más sagrado...

—¡Mi hija, yo quiero mi hija! ¿Qué has hecho de ella? ¿Qué sabes de ella? —exclamó el infante sacando un agudo puñal.

—Te juro...

—¿Dónde está? ¡Habla, habla, o vas a morir al punto! —repuso don Juan acercando su daga al pecho del avaro judío.

Este retrocedió espantado, y con voz balbuciente dijo:

—Detente, detente, y escúchame.

—Habla, habla...

—Tu hija..., tu hija... no la conozco.

—¡Ah, te diviertes en atormentarme! ¡No la conoces! ¿Y estos papeles que por largo tiempo has conservado? —dijo don Juan presentando al judío el legajo que este había entregado a Simeona, y que la vieja, sedienta de venganza, depositó últimamente en manos del infante.

—¡Oh, perdóname, Señor, que todo, todo te lo diré!

—Bien está; habla.

—A tu hija la conoces tanto como yo.

—¿Quién es?

—La querida del difunto rey de Castilla.

—¡¡Piedad!!...

—La misma.

—¡Oh! —exclamó el infante dándose golpes en la cabeza—. Conque es mi hija la que a mí me sirvió en Castrojeriz para... ¡Oh, qué horror, qué horror! ¡Mientes, Aben-Ahlamar, mientes! ¡Mi hija no puede ser la mujer a quien yo he deshonrado, la mujer que por mi causa y la tuya fue la querida del rey! ¡Y tú, viejo maldito, tú lo sabías y no me dijiste nada!... ¿Conque tú, sediento de oro y de riquezas, dejaste por el vil interés que un padre sacrificase a su hija de la manera que yo lo hice con la mía? ¡Oh, paga, paga tu maldad, aborto del infierno, paga todos tus crímenes de una vez!

Y el infante, furioso como una hiena, se precipitó sobre el judío, y le clavó en el pecho hasta el mango su afilado puñal.

Aben-Ahlamar cayó al suelo, anegado en sangre, y dando fuertes y prolongados alaridos.

—¡Perdón, perdón! —exclamaba con lastimero acento.

—¡Págalo todo de una vez! —volvió a decir don Juan, golpeándole el rostro con los pies.

—¡Ah, perdón, perdón!... ¡Mi tesoro..., mi tesoro..., dejádmelo ver..., no me lo quitéis..., es mío..., únicamente mío..., yo lo he ganado todo, todo!... ¡Ah!..., perdón, perdón, don Fernando... ¡Quitadme de delante esa fantasma que miro ahí envuelta en un manto de púrpura! ¡Apartadla de mi vista y os entrego todo mi tesoro!... ¡Oh!..., no, mi tesoro es mucho..., la mitad..., la mitad...

El judío hizo un esfuerzo y se puso de pie. Pero a poco cayó de nuevo, diciendo con voz casi apagada:

—¡Oh, me muero..., me muero! ¡Favor..., favor...!

¡Quitadme la visión que otra vez se me aparece! ¡Quitádmela pronto, que viene por mí..., ya me coge..., ya..., oh, perdón, rey don Fernando..., perdón..., perdón...!

Y Aben-Ahlamar exhaló su último suspiro en medio de los dolores más crueles y de las más horribles convulsiones, sin dejar de nombrar al difunto monarca.

CONCLUSIÓN.

Piedad, sola en su habitación, lloraba con amargura y desconsuelo en el momento que el judío físico de Fernando IV pagaba de una vez todas sus infamias y maldades, exhalando el último suspiro en medio de las mayores angustias y sufriendo terriblemente así en lo moral como en lo físico. Piedad dijimos que lloraba con desconsuelo, y dijimos bien; porque el ejército que entrara poco antes en Burgos de regreso de la campaña que apenas se comenzó, fue el que trajo la noticia de la temprana muerte del rey y de los hermanos Carvajales. La infeliz lloraba y se maldecía porque no dudaba que todo era obra del infame conde de Haro, y ella se creía culpable al menos en la muerte de los Carvajales, porque supo casualmente no solo que Aben-Ahlamar le había quitado la sentencia en blanco, firmada por don Fernando, sino hasta el uso que don Lope había hecho de ella en su nombre.