Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo

Part 11

Chapter 114,141 wordsPublic domain

Doña Beatriz pidió permiso a la reina para retirarse. Se había puesto peor y deseaba la soledad, porque la de Robledo, desde que se hallaba enferma, no quería hablar con nadie. Los médicos habían prohibido que viese a su amante, temerosos de que una impresión fuerte hiciese perder en un momento todo lo ganado durante un mes de constantes desvelos y cuidados. Así es que doña Beatriz no veía a don Juan hacía mucho tiempo, ni don Juan a esta. Semejante situación era en extremo terrible para unos amantes como aquellos. El joven Carvajal se conformó al principio con aquella prohibición, porque redundaba en bien de su amada. Pero considerando que se prolongaba demasiado, llegó a desesperarse y aun a sospechar si sería todo fingido. El enamorado caballero creyó en sus dudas que Beatriz ya no le amaba, o que la reina madre se oponía al enlace concertado; enlace que doña María trataba de efectuar tan luego como su protegida se restableciese en algún tanto de las dolencias que le aquejaban. Lo cierto es que para unos amantes tan tiernos y apasionados era insoportable vivir cerca el uno del otro y no poder verse. A doña Beatriz la reducía esto a la desesperación, y a don Juan le arrastraba a sospechar, como dijimos antes, cosas que realmente no existían.

El caballero de Carvajal pasaba todo el día rondando el alcázar real con la esperanza de ver a su amante asomada a alguna ventana o rendija de este. Pero previendo esto doña María, colocó a su dama en un departamento que solo tenía vista al jardín, donde las hemos encontrado paseándose. La reina madre creyó que las flores alegrarían a su hija adoptiva y serían parte a distraerla de su habitual melancolía; mas a pesar de todo Doña Beatriz no arribaba, como dijimos al principio de este capítulo, y su estado era tan crítico que si hubiese hablado o visto a su amante, forzosamente hubiera empeorado; y no viéndole, andaba triste y se iba marchitando lentamente aquella delicada existencia.

El rey así que se vio bueno trató de mover sus armas contra la morisma del reino de Granada. Para el efecto se dispuso un crecido ejército, y este emprendió la marcha inmediatamente hacia dicho punto. Los hermanos Carvajales iban en el ejército expedicionario como infanzones del rey de Castilla.

El momento de marchar se acercaba y don Juan no quería salir de Burgos sin ver a su amante, sin estrechar acaso por la última vez su mano. El caballero se resolvió a pedir a Beatriz una cita. La de Robledo accedió gustosa, y quedó concertado que fuese en el jardín del alcázar.

La noche señalada por los dos amantes era sumamente apacible: era una de esas noches de primavera en que parece que naturaleza se complace en ostentar todas sus galas, y en poner de manifiesto la suprema sabiduría de su autor. La luna enviaba su luz de plata; el ambiente era suave y embalsamado; y las plantas despedían deliciosos y aromáticos perfumes.

El jardín del alcázar real tenía también algo de poético y de grande. Formaban sus calles corpulentos y espesos árboles que, entretejiendo sus ramas en forma de bóveda, impedían que la luna penetrase por ellas; las flores de tallo flexible se mecían suavemente impelidas por la leve brisa que soplaba de la parte de poniente. El agua de las fuentes y cascadas corría haciendo un agradable murmurio. Por último, algún que otro ruiseñor que lloraba la pérdida de su consorte completaba aquel cuadro encantador y poético.

Una mujer joven y hermosa, pero pálida y abatida, deslizábase silenciosamente por una de las bellas calles de cipreses y lilas. Su paso era tardío, mas en cambio su impaciencia era grande. Llegó al pie del muro que circundaba el jardín y, recostándose en él a falta de asiento, aguardó a que apareciese una persona en lo alto de la pared. Esta no se hizo esperar mucho, pues al poco tiempo oyose ruido de espuelas por la parte exterior del muro, y bien pronto los rayos de la luna hicieron brillar el acero de una armadura más elegante que lujosa.

—¡Don Juan! —dijo la joven, separándose de la pared.

El armado dejose caer de lo alto del muro. Nada había oído.

—¡Don Juan! —volvió a decir la joven con marcado temor, y con voz desfallecida.

—¡Sí, yo soy, ángel mío; yo, que no puedo vivir sin verte!

—Ni yo... Pero, ¡oh, socorredme, socorredme!...

Don Juan se apresuró a sostener a su amante. Era ya tarde. La de Robledo dio consigo en tierra. Estaba desmayada.

Merced al agua que don Juan echó en el rostro a Beatriz, y merced también a la brisa que corría, volvió pronto en sí la dama de doña María Alfonsa.

—¡Beatriz, Beatriz! —exclamó Carvajal loco de alegría. ¡Ah, vuelves, vuelves!... ¡Gracias, Dios mío, gracias por tanto bien como me hacéis!

—¡Oh, yo no debí de acceder a vuestra cita! —dijo la de Robledo reclinando su cabeza en el pecho de su amante—. ¿Lo veis? ¡Me he matado..., me he matado, don Juan!...

—¡Calla, calla, por Dios, ídolo mío! —repuso este tomando con cariño una mano a su querida.

—Bien, os daré gusto. ¡Pero tened entendido que yo no seré vuestra!

—¡No serás mía! Y ¿por qué?, ¿quién lo impide? ¡Habla, habla pronto! ¿Acaso no me amas ya?...

Beatriz se sonrió con amargura.

—¡No amarte —repuso—, cuando tu amor es el que me sostiene! ¡Tu amor solo, dueño mío! Pero escúchame: yo estoy muy enferma..., yo debo morir muy en breve...

—¡Oh, no digas tal cosa porque me despedazas el corazón, Beatriz! ¿Qué sería de mí, si murieses? ¡Oh, qué horror! No profieras otra vez palabras tan tristes y crueles. Piensa, piensa en la vida, ángel mío; piensa en la felicidad que nos guarda en este mundo. ¡Oh, qué dichosos seremos cuando nos veamos unidos para siempre! ¿No deseas tú también que llegue ese momento?

—¡Dichoso tú, que todo lo ves risueño y placentero!

—Y tú, ¿cómo ves el porvenir?

—¡Oh!, yo... creo que será esta la última vez que nos hablemos.

—¡La última! ¿Deliras? ¡Oh, Dios mío, volvedle, volvedle su razón!

—¿No os marcháis a la guerra que don Fernando va a hacer a los moros de Granada? —repuso Beatriz, fija en su idea.

—Sí; es mi deber.

—¿Y creéis que yo viviré hasta que volváis? ¡Oh, mal entendido, mal entendido! ¡Yo no puedo vivir tanto..., imposible, imposible..., y separada de vos, mucho menos!

—¡Qué idea tan cruel te tiene preocupada!... ¡Deséchala, deséchala por Cristo, si es que me amas!

—¡Si te amo!, ¿qué escucho, Dios eterno? ¿Te imaginas, acaso, que el temor que yo tengo de perder la vida sea por mí? ¡Oh, no, no lo creas! ¡Si tiemblo, es por ti, por ti solamente!

—¡Ah, vive, vive para amarme, ángel mío!

Y don Juan acercó sus labios a los de Beatriz.

—¡Dejadme, dejadme, que padezco atrozmente!..., vuestras caricias me hacen mal... Yo os amo, sí; os amo mucho, mucho..., pero dejadme, ¡ah, dejadme! —exclamó la de Robledo llevándose ambas manos a la boca.

—¡Sangre! —dijo Carvajal admirado.

Doña Beatriz cayó desmayada otra vez en los brazos de su amante. De su boca salía un torrente de sangre. Su pecho hervía interiormente.

Don Juan condujo a Beatriz a la habitación que ocupaba cerca del jardín, y depositó su preciosa carga en un cómodo lecho que en la estancia había.

—Sobrado imprudente habéis estado, don Juan —exclamó doña María Alfonsa, corriendo al socorro de su hija adoptiva—. Vos, vos solo habéis acelerado su muerte.

[Ilustración: Doña Beatriz desmayada]

—¡Ah!..., señora...

—No os disculpéis, porque todo lo he oído y visto. Hacedme el favor de dejarme sola con ella.

—¡Arrancadme antes el corazón, señora! —exclamó el joven implorando a la reina.

—Bien, quedaos; pero os prevengo que si vuelve en sí, vuestra presencia podrá hacerle mucho mal. Haced ahora lo que os plazca.

Don Juan dirigió una triste mirada al lecho de su amante, y salió de la estancia dominado por un profundo y amargo pesar.

CAPÍTULO XX.

_En el que se ve que Aben-Ahlamar, el judío, se vio en camino de ganar otros cien escudos de oro._

Asaz mohíno y cabizbajo quedó el conde de Haro cuando tuvo noticia de que el rey había sanado completamente. Bramó al principio de coraje y juró vengarse de Aben-Ahlamar, que con tanto descaro le había engañado. Pero se tranquilizó a la idea de que si aquella vez no había logrado sus intentos, otra ocasión se presentaría para realizarlos.

Supo don Lope que un caballero, de los muchos que estaban en palacio el día en que él propuso al judío el envenenamiento del rey, había escuchado toda la conversación que tuvo con el nigromántico, y que por consiguiente poseía el secreto que tanto importaba guardar. Dicho caballero, llamado don Juan Alonso Benavides, noble de gran valía y muy estimado del rey, fue asesinado aquel mismo día en el palacio real por mandado de don Lope. Con él murió el secreto que tuvo la imprudencia de sorprender.

Este suceso irritó de tal manera al hijo de doña María Alfonsa que juró castigar al asesino cualquiera que fuese su clase, aun cuando perteneciera a la más encumbrada nobleza.

El de Haro hizo poco caso del juramento del rey, pero temía a la gitana que, deseosa de vengarse, no dejaría de acusarle como matador del señor de Benavides. Porque desde que Piedad juró al conde odio eterno y venganza, cuantas acciones feas y asesinatos se cometían en la corte, otros tantos achacaba a su antiguo amante, que en su concepto era el único hombre capaz de llevar a cabo tales maldades. El éxito, según pensó el conde, y con razón, debía ser esta vez más seguro por parte de Piedad, pues que también era muy distinta la posición de esta. Cuando le acusó de raptor de doña Beatriz, era una mujer cualquiera, una desconocida que se presentaba al rey demandando justicia; mas ahora se trataba de la favorita de un rey débil, de un rey que a nadie negaba nada y mucho menos a su amada. Esta sabía positivamente, por el avaro Juffep, que su examante había sido el asesino del señor de la casa de Benavides.

El rey y su amante hallábanse sentados uno enfrente del otro, en la vivienda que la gitana tenía en el departamento perteneciente al judío.

Oigamos lo que Piedad decía a don Fernando:

—¿Queréis darme una nueva prueba de cariño, señor?

—¡Una nueva prueba! Pues qué, ¿no estáis todavía convencida de lo mucho que os amo?

—Sí, sí, lo estoy; no me cabe duda de que me amáis tanto como yo deseaba; pero esta prueba..., francamente, esta no es más que de galantería.

—Vamos, hablad, ¿qué queréis de mí?

—A vuestra noticia llegaría el asesinato que tuvo lugar en el palacio de Palencia...

—¡Oh, sí, sí! Y esa muerte, cometida en el mejor hombre de mi corte, he jurado vengarla. ¿Sabéis, acaso, el nombre del matador?

—En este momento, no; pero fácil me será averiguarlo.

—¡Fácil! ¡Oh!, pues en ese caso procurad saberlo pronto, y en ello me haréis un gran servicio.

—Descuidad, rey de Castilla; pero ¿me dais vuestra palabra real de que sea quien fuere el asesino habrá de sufrir la última pena?

—Te la doy, aunque pertenezca a mi misma familia.

—¿Lo juráis?

—Por Dios y su madre.

—¡Venganza y odio eterno, don Lope! —murmuró la gitana por lo bajo.

Y alzando la voz, dijo a don Fernando:

—Bien, bien, señor; entonces firmad este pergamino. Yo os ofrezco que el nombre del asesino, que ahora está en blanco, lo veréis escrito dentro de pocos días.

El pergamino que Piedad entregó al rey y que este se apresuró a coger, decía:

«El matador de don Juan Alonso Benavides, llamado ... ... ... ... ..., sufrirá la última pena».

El monarca estampó al pie el sello real.

Aquello solo bastaba entonces para que un hombre subiese al cadalso.

Aben-Ahlamar, que se hallaba escondido escuchando toda la conversación, no daba en aquel momento ni un quilate por la vida del conde de Haro.

A poco de lo que acabamos de referir, salió el rey de la morada de su amante. Esta, como lo tenía de costumbre, fue a despedirlo hasta la puerta.

La sentencia de muerte de don Lope había quedado en la poltrona que ocupó el rey. Aben-Ahlamar se apresuró a salir de su escondite para coger el pergamino; escondite practicado en la pared, y que tenía comunicación con su cuarto.

—¡Oh, oh!, esto —exclamó con sonrisa infernal— desenfadará al conde y me valdrá, por lo menos, otros cien escudos. ¡Gran negocio..., gran negocio, a fe mía!

Piedad volvió a su aposento y exclamó llena de alegría al entrar:

—Conde de Haro, esta mujer a quien has ofendido tanto, esta mujer, que está sellada por tu mano y ultrajada por tu lengua, tiene a su disposición tu vida. ¡Oh, cómo gozaré cuando el verdugo muestre a la muchedumbre tu pálida y ensangrentada cabeza!... ¡Oh, oh, qué placer! ¡Qué dulce es la venganza!... Pero ¿qué digo, Dios mío? ¡Yo deliro, yo he estado ciega cuando he consentido que el rey firme la sentencia de muerte de don Lope..., del padre de mi hijo! ¡Ah, perdón, perdón!... Yo te perdono, conde de Haro..., vive, vive...

Y Piedad buscó el pergamino con intención de hacerlo pedazos. Pero fue en vano, porque, como sabe el lector, había ya desaparecido...

El momento de marchar el ejército expedicionario se acercaba, y los hermanos Carvajales debían marchar con el rey, como asimismo todos los caballeros y grandes que con sus mesnadas y tropas podían aumentar el ejército real.

Don Juan no cesaba de rondar el alcázar donde moraba su amante. Era terrible para el caballero marcharse sin ver a su amada, sin despedirse de ella, sin darle un adiós que acaso sería el postrero. Desde su entrevista con ella en el jardín no había vuelto a verla, ni aun a tener noticias del estado de su salud, para él tan importante. Así es que se decidió a penetrar en el alcázar, y si le era posible en la misma habitación de su prometida. Llegó sin contratiempo alguno hasta la puerta de la morada de Beatriz. Don Juan se paró en el dintel un tanto indeciso, y dio un golpe con suavidad en la puerta.

—¿Quién sois? —dijo una joven apareciendo en el umbral.

—La reina... —repuso Carvajal con timidez y valiéndose de este pretexto.

—No sé si la podréis ver, caballero; pero de todos modos, entrad.

Don Juan no se hizo rogar. Penetró con resolución en la estancia, y a poco que hubo andado se encontró con doña María y su confesor, que sentados cerca del lecho de su amante mantenían con ella una agradable conversación. Los ojos de Beatriz se animaron extraordinariamente, y sus mejillas se tiñeron de pronto de un ligero carmín.

—¡Caballero! —dijo doña María sorprendida.

—¡Ah, perdonadme, gran reina, perdonadme! ¡La amo tanto!... Y luego, ¿no hubiera sido demasiada crueldad el que me hubiese marchado a la guerra sin despedirme de ella, sin dar un triste adiós a la que debía ser mi esposa?

—Lo será, lo será, Dios mediante.

—Y si en la guerra...

—¡Ah, callad, callad, don Juan! —exclamó Beatriz palideciendo de horror.

La reina y su confesor se miraron a un mismo tiempo.

—¡Ah, señora —repuso don Juan, comprendiendo la significación de aquella mirada—, con cuánto valor y gusto pelearía contra los enemigos de Dios, si fuese a la guerra siendo esposo de Beatriz! Con solo el nombre me contento, señora, consentid y labráis mi eterna felicidad. Une tus votos a los míos, querida Beatriz, para que tengamos el placer de llamarnos esposos el poco tiempo que me resta de estar en Burgos. ¡Padre mío, unidnos, unidnos para siempre!

Poco tiempo después, el sol, que penetraba en la estancia por las ventanas que correspondían al jardín, iluminaba la escena más interesante y patética, doña Beatriz incorporada en el lecho y su amante arrodillado cerca de él, asidos fuertemente de la mano, escuchaban con religioso respeto las oraciones que el anciano abad de San Andrés leía en un gran libro con relieves de plata. La reina doña María Alfonsa y la joven que abriera al de Carvajal la puerta, arrodilladas también y con una vela en la mano, presenciaban el enlace de doña Beatriz de Robledo con don Juan Alonso Carvajal. Todos lloraban conmovidos.

—Hijos míos, sed felices, y que la bendición del cielo caiga sobre vosotros —exclamó el confesor de la reina después de terminada la ceremonia.

—¡¡Esposa mía!!

—¡¡Esposo mío!!

Exclamaron a un tiempo los amantes abrazándose tiernamente.

La hora de marchar el ejército conquistador se acercaba. Así lo comprendió don Juan al escuchar el ruido de los pífanos y atambores y el piafar de los impacientes corceles.

—¡Adiós, adorada esposa mía; adiós hasta la vuelta! —dijo don Juan a Beatriz, estampando en los finos labios de esta un beso que resonó en toda la estancia.

—¡Velad, velad por él, Dios mío! —exclamó la de Robledo alzando sus preciosos ojos al cielo, y cayendo después desfallecida sobre la almohada.

Media hora después salía de Burgos el ejército real, con dirección a la provincia de Jaén.

Don Fernando y multitud de caballeros, entre ellos el conde de Haro y el infante Don Juan, se detuvieron unos días más en Castilla.

CAPÍTULO XXI.

_De cómo el conde de Haro no hizo lo que tenía intenciones de hacer._

Tan luego como el avaro Juffep bajó a su habitación, después de escuchar la conversación que Piedad con el rey tuvo, y de hacerse con la sentencia en blanco destinada para don Lope, se acercó a una de las ventanas del aposento y, desliando el pergamino con el mayor cuidado, lo leyó rápidamente. Sus facciones se contrajeron a impulso de una sonrisa de alegría y satisfacción que asomó a sus labios: sus pequeños ojos brillaron de la misma manera espantosa que los del tigre cuando se va a arrojar sobre su presa para devorarla; y todo él, por último, sintió un estremecimiento involuntario de placer, que probaba bien a las claras en lo mucho que tenía Aben-Ahlamar el precioso documento que había quitado a la amante de don Fernando.

Y con efecto, el perverso judío pensaba conseguir dos cosas para él en extremo importantes, con la adquisición que acababa de hacer de la manera inicua y repugnante que ya conoce el lector. La primera y más principal, tendía a ganar oro, mucho oro, tanto como podía valer en aquella época la vida de un personaje de tanta importancia como el conde de Haro, y en caso de no ganar nada, conseguiría, con entregar la sentencia en blanco a don Lope, desenfadarle, librarle de una muerte afrentosa y humillante que deshonraría para siempre a su ilustre casa, y de que sus enemigos y contrarios se vanagloriasen en su derrota. Estas pruebas de adhesión y cariño no serían desatendidas del de Haro. No dejaría de apreciar don Lope toda la abnegación y afecto que el judío le demostraba, afecto demasiadamente probado con solo entregarle la sentencia en blanco, firmada por el rey, sentencia que más de cuatro cortesanos, de los de más valía y prestigio, hubieran deseado obtener a cualquier precio.

Pero Aben-Ahlamar tenía el suficiente talento para conocer que aquel documento, dado al conde en tiempo y lugar oportuno, sería magníficamente recompensado, y de ningún resultado favorable para él si no se aguardaba una ocasión oportuna. Así es que se decidió a guardarlo en el arcón que contenía su tesoro, porque para el judío representaba aquel documento un capital nominal en extremo considerable.

Apenas lo hubo guardado, apenas tiró del resorte para que desapareciera su querido arcón, cuando dieron con estrépito dos golpes en la puerta que daba a la galería. Aben-Ahlamar palideció de temor. Había reconocido en el que llamaba al conde de Haro, y el conde de Haro vendría a pedirle cuenta sobre el repentino alivio y curación del rey. En el concepto del conde, Aben-Ahlamar le había infamemente engañado: lo que se debió a la voluntad del cielo y a la sabiduría de mosén Diego de Valera, lo atribuía don Lope a engaño y perfidia por parte del nigromántico. Y aunque no se inquietó mucho, porque ya tendría otra ocasión de lograr sus intentos y deseos, no quiso dejar de amenazar o castigar al judío para que con tan eficaz correctivo fuese otra vez más fiel y exacto en sus promesas.

Aben-Ahlamar conocía el objeto de la visita del conde y sus no muy buenas intenciones, y por eso palideció, por eso tardó en abrir, porque el infame judío era tan cobarde como malvado. Pero don Lope, impaciente y cansado de esperar, dio otros dos golpes que hicieron vacilar a la maciza puerta.

Y entonces el judío se dirigió a ella.

—¿Dormíais, don Bellaco? —dijo el conde penetrando en la morada del nigromántico, con aire altivo y socarrón a la vez.

—Señor... —repuso este inclinándose con humildad.

—Decidme, señor tunante; ¿no os parece ya tiempo de que me deis cuenta acerca de...?

—¿Acerca de qué, señor?

—¡Oh, oh!... El rey vive, señor mío —contestó el conde montando en cólera—, el rey vive y se os dio cien escudos de oro para que muriese. ¿Qué tenéis que decir a esto?

—No niego ni puedo negar, gran señor, repuso Juffep alzando la voz, que recibí de tu misma mano cien escudos para lo que dices, pero...

—¡Miserable!

—¡Oh!, descuida, conde de Haro; aquí no hay miedo de que nos oigan.

—Pues bien, ya os he dicho que el rey vive: ¿qué me contestáis?

—Señor, yo hice cuanto estuvo de mi parte.

—¡Mientes, miserable!

—Te aseguro...

—Escuchadme, Aben-Ahlamar: si no me dais una contestación clara, categórica, me veré en la dura necesidad de retorceros el pescuezo como a un villano.

—Tu grandeza puede hacer de este tu esclavo lo que más te plazca y parezca; pero ¿te convencerás si te enseño el frasco que contenía el veneno, que en la actualidad está casi vacío?

—No.

—Pues entonces te diré que no contamos con un inconveniente.

—¿Cuál era?

—Inconveniente que ha dado por resultado lo que sabes.

—Acaba, acaba pronto.

—Señor, no contamos con la sabiduría de mosén Diego de Valera.

—No creo tenga que ver nada mosén Diego con lo que nos ocupa.

—Mosén Diego, magnánimo señor, halló un magnífico antídoto para el mal que aquejaba al rey, que como sabes provenía del veneno que yo le administraba en toda bebida y alimento.

—No sería bastante eficaz —contestó don Lope con horrible sangre fría.

—¿No? Una gota por pequeña que sea, el olor solamente causa un daño atroz.

Y aquellos dos hombres a cual más perverso y sanguinario, guardaron silencio por un momento. El conde reflexionaba, y el judío seguía con la vista todos los menores movimientos de don Lope.

—¿Queréis darme una prueba de que todavía puedo contar con vos? —dijo el conde dando a su voz un tono menos acre que el que había usado hasta entonces.

—Si te digo, señor, que puedes contar conmigo eternamente, como ya te he dicho varias veces, no me creerás, pero mis hechos responderán a tu grandeza. Habla, si te place.

—Pues bien: ¿sabréis, supongo, mis antiguos amores con la que hoy es amante del rey?

—¿Con Piedad, señor?

—Justamente.

—Los conozco efectivamente, señor; y Piedad se queja de ti amargamente.

—Pues ¿cómo sabes...?

—Muy fácilmente. En las distintas veces que la he espiado por el secreto que tengo en su habitación, secreto que tu grandeza conoce, la he visto loca, frenética, con el cabello esparcido en desorden por su espalda, los ojos desencajados, y maldiciéndote unas veces y otras llamándote con loco arrebato: la infeliz te ama con delirio, a pesar de los ultrajes que de ti ha recibido. En mi concepto, señor, Piedad es digna de otro trato por parte de tu grandeza.

—Piedad, Aben Ahlamar, es una mujer sin corazón, sin sentimientos, una prostituta hedionda que merece el castigo que le he dado.

—Señor, Piedad es más desgraciada que otra cosa.

—¿De cuándo acá os habéis vuelto tan humano y compasivo, señor bribón? Por Cristo, que si volvéis otra vez a entrometeros en mis asuntos sin que yo os lo mande, lo vais a pasar mal, Aben-Ahlamar, muy mal.

—Señor —repuso el judío temblando de nuevo, y separándose un poco del conde—, me abstendré de hacerlo, a fin de no desagradarte. Pero escucha, y perdóname por esta vez. ¿Ves esa mujer a quien has maltratado y desprecias, la ves triste, abatida, y llena de amor hacia ti, aunque lo niega y procura disimularlo? Pues de esa mujer, conde de Haro, recibirás algún día palabras dulces y consoladoras que, cual otras tantas gotas de benéfico bálsamo, caerán sobre tu ulcerado corazón. La buscarás lleno de esperanza, porque solo sus divinas palabras serán capaces de cerrar por un momento las llagas que...