Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo

Part 10

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—Mal tenida es esa compasión, señora; porque redunda en perjuicio vuestro, del rey, y hasta de Castilla. Sí, sí, contemporizad, contemporizad con esos revoltosos y veréis el pago que os dan. Haced caso de mí, doña María; delatad a todo aquel que falte a sus deberes, decid a vuestro hijo que su tío y el de Haro conspiran contra él porque quieren ceñir a sus sienes la corona que don Fernando ha heredado de sus mayores, ¡y caiga sobre el malvado y el criminal la mano de la justicia! Hacedlo, hacedlo así y os veréis libre pronto de tantos infames y malos caballeros como cercan el trono del monarca castellano. Además, señora, que es contra todas las leyes de la conciencia, de la naturaleza y de la sociedad, dejar sin castigo al delincuente.

—¿De qué sirve, padre mío, que se castigue al conde y a todos los revoltosos que tanto nos inquietan, si después quedan sus familias y sus deudos para vengarlos? ¿Cuánto más vale que frustremos todos sus proyectos, que sofoquemos como hasta aquí todas sus asonadas y motines? No lo dudéis, señor, llegará día, viendo que sus mejores proyectos fracasan, que todo lo olvidarán y se dejarán de todo. Ahora bien, si desgraciadamente persisten, si continúan siendo hijos espúreos de la patria, ¡oh, entonces se hará un ejemplar! Pero lo que es ahora, temo, temo extraordinariamente las consecuencias de cualquier determinación fuerte que se tomase.

—Bien, bien, señora, es tu voluntad y lo es mía también, aunque conozca lo contrario.

—Lo que os pido, padre mío, por todo lo más sagrado del mundo, es que no perdáis de vista ni un solo instante al conde de Haro, ahora que se halla bueno de su herida. Todo cuanto sepáis de su proyecto de venganza venid a decírmelo para que obremos de consuno. Yo no perderé de vista tampoco al infante y a los demás enemigos del rey. ¡En mal hora naciste, pobre hijo mío! —exclamó la reina arrasándosele los ojos en lágrimas—. ¿Por qué es tan desgraciado, Dios mío?, ¿por qué es tan poco querido de esos orgullosos grandes, cuando su alma es tan hermosa, su sonrisa tan dulce y su carácter tan amable? ¿Está decretado, señor, que mientras dure su peregrinación en este valle de desgracia y lágrimas, ha de estar siempre amenazado?

—Tranquilizaos, reina, tranquilizaos, y tened confianza en Dios.

—¡Ah, padre mío, si se efectuase el pronóstico de los astrólogos, sí doña Constanza diese a luz un varón, oh, entonces sí que descansaría, entonces sí que se ahogaría para siempre ese funesto deseo de reinar que abrigan la mayor parte de los revoltosos! ¡Dadme este gusto, Dios mío!

—Creo que lo tendréis, doña María, porque Dios no consentirá que triunfe el malvado; y porque ya es tiempo de que la justicia divina levante el entredicho que sobre este desgraciado país lanzó en tiempo de vuestro suegro, don Alfonso X.

—¡Siempre lo mismo! —exclamó doña María con amargura.

—Mientras dure, señora, la maldición que pesa sobre los reyes de Castilla, será este país desgraciado —repuso el anciano con tono grave.

Y dando a besar el abad su diestra a la reina, salió de la estancia.

CAPÍTULO XVII.

_En el que verá el lector lo que hizo el conde de Haro, así que se vio bueno._

Los gritos y exclamaciones de Piedad lamentando la muerte del conde de Haro, hirieron que Aben-Ahlamar, única persona que podía acudir en socorro de la gitana, bajase al subterráneo donde tuvo lugar el duelo entre don Lope y el de Carvajal. Cuál sería la sorpresa del judío al encontrar al famoso conde de Haro en aquella situación y solo en el subterráneo con Piedad, que no cesó de decir:

—¡Gran Dios de Abraham, qué es lo que veo!

—¡Maldición, maldición, don Juan! —volvió a decir la gitana al ver al judío.

Pasose el nigromántico una mano por los ojos como dudando de la realidad de lo que veía, y repitió al cabo de un rato, haciéndose cruces con ambas manos:

—¡Gran Dios de Abraham, qué es lo que veo!

—¡Sálvalo, Aben-Ahlamar, sálvalo! —dijo la gitana medio frenética y procurando atajar con sus manos la sangre que de la herida salía a borbotones.

Juffep pulsó a don Lope y meneó la cabeza en señal de que ya era tarde. Pero como Dios es dueño absoluto de los hombres y dispone a su arbitrio de la vida de estos, dio un solemne mentís a la ciencia y sabiduría de Aben-Ahlamar. El conde de Haro curó completamente y volvió, luego de restablecido, a su vida de infamia.

Digamos ahora algo de lo que Piedad hizo con don Lope, durante la enfermedad de este.

Aquella infeliz mujer, que cada día le amaba con más delirio, fue para el conde más que una madre cariñosa. Ni un momento se apartó del lecho del que había sido su amante, y con su mucho cuidado y esmero le tornó a la vida. Pero este hombre, que aun en la agonía hablaba de sangre, se acordó, cuando bueno, de que la mujer que con su tierna solicitud le había asistido estaba señalada en el libro de sus venganzas. Piedad lo había acusado y ultrajado a presencia del rey y de toda la corte; Piedad había librado a doña Beatriz de su venganza; Piedad le había quitado, durante la enfermedad, su hijo, el único ser a quien el conde de Haro amaba verdaderamente. Por consiguiente Piedad debía morir; al menos así lo creía don Lope.

—Pero no —decía con feroz alegría—; sería para ella demasiada felicidad morir pronto..., ¡padecerá, padecerá un poco antes!

Y un día que estaba sediento de sangre, se dirigió a la habitación del judío, donde vivía Piedad con su hijo.

El conde penetró en la morada del sabio a la sazón en que este había salido. Solo estaba la gitana, que le dijo con buen modo al verlo:

—¿Buscabais a Juffep, señor?

—¡No, que te busco a ti! —repuso don Lope cogiéndole con fuerza un brazo, y echando fuego por sus ojos de hiena.

—¡Ah, soltadme, soltadme, que me hacéis daño!... Yo no os he hecho mal...

—¡Dame, dame mi hijo, villana, el hijo que me has quitado! —dijo furioso el de Haro sin hacer caso de las exclamaciones de su antigua amante.

—¡Vuestro hijo! Vuestro hijo lo es mío también.

—¡Dámelo, dámelo pronto!

—¡Volvedme mi honra, perjuro, volvédmela y entonces os daré vuestro hijo! —repuso Piedad tan altiva y hermosa como la célebre Judit.

—¡Tiembla, miserable, tiembla, que ahora vas a pagarme la deuda que conmigo tienes! ¡Venganza, venganza! —exclamó el conde, sacando su daga y haciéndola brillar en el aire.

—¡Misericordia, don Lope, misericordia para la madre de vuestro hijo, misericordia para la mujer que todavía os ama con el mayor delirio! ¡Oh, misericordia, misericordia!

—¡Me amas aún, necia! —repuso don Lope con sarcasmo—. ¿Y para qué quiero yo tu amor?

—Sin embargo, señor, en otro tiempo...

—¡Mientes, villana, mientes!

—¡Infame!

El conde alzó de nuevo el brazo para herir a su amante. Esta exclamó, cayendo de rodillas:

—¡Ah, perdón..., perdón, noble conde de Haro!

—Dame mi hijo y te perdono.

—Matadme entonces, matadme; pero lo que es mi hijo no vuelve más a vuestro poder.

El de Haro no contestó ni palabra. Dirigió su vista al horno donde Aben-Ahlamar hacía sus experimentos químicos, y vio que estaba ardiendo. Sus ojos brillaron de alegría. Había concebido una idea terrible.

—¿Me das mi hijo, Piedad? —le dijo con más dulzura.

—No, repuso esta con entereza.

El conde se acercó al hornillo y metió en el fuego las tenazas con que el judío movía el combustible. La gitana no comprendió el siniestro designio de don Lope.

—Dame mi hijo —insistió este.

—Tomad antes mi vida.

El hijo del último señor de Vizcaya cogió las tenazas, que ya estaban hechas un ascua por la punta, y se acercó a Piedad. Esta palideció de temor, y exclamó en actitud suplicante:

—¡Perdón..., perdón!...

—Vuélveme mi hijo.

—¡Ah, dejádmelo, señor; es el único consuelo que tengo en mi desgracia! ¡Sed compasivo con la que en algún tiempo amasteis! ¡Conceded este favor a la que estuvo próxima a ser vuestra esposa!

—¡Ja, ja, ja, mi esposa tú, tú, miserable aventurera!

—¡Malvado!

—Por la última vez, ¿me das mi hijo?

—No, aunque sepa que muero aquí mismo.

Don Lope acercó al rostro de su antigua amante la punta de las tenazas.

Aquel hierro candente señaló para siempre la tersa mejilla de Piedad. Esta exhaló un agudo y doloroso grito que hubiera infundido compasión a otro que no fuese el conde. Acto continuo, prorrumpió en estas palabras:

—¡Venganza y odio eterno, infame don Lope! ¡Temblad, temblad ahora vos!

El conde salió de la morada del judío, riéndose desdeñosamente.

La gitana lo aborreció desde aquel momento.

CAPÍTULO XVIII.

_De cómo el lector, sin moverse de donde se halle, viene con nosotros a la antigua ciudad de Palencia._

Es fuerza, queridísimo lector, que nos traslademos a Palencia, a donde marchó el rey después de los sucesos que dejamos ya descritos. Nada nos dice la historia del objeto de su alteza al dirigirse a dicho punto; pero sí nos cuenta que a poco de llegar a él, estuvo don Fernando a las puertas de la muerte.

El conde de Haro y el infante don Juan siguieron al rey, porque, separado de su madre, les era más fácil sacar el partido que quisiesen, y aun llevar a cabo su proyectada venganza. Pero la previsora doña María no se había olvidado de que acompañase a su hijo el anciano abad de San Andrés, con el encargo de no perder de vista ni un solo momento a los revoltosos y conspiradores, que esperaban a que el rey se separase de su madre un solo día para poner en ejecución sus proyectos.

Don Fernando, desde su llegada a Palencia, no dejaba de padecer físicamente; y aun llegó a tal punto la gravedad de su mal que temieron muchos por su vida. Multitud de caballeros y altos personajes, entre ellos el conde de Haro y el infante don Juan, hallábanse reunidos una mañana en un salón del palacio de Palencia, esperando con avidez a que saliese de la cámara real un médico o un fraile, únicas personas que cuidaban al rey, para que les diesen noticias del estado de este. De vez en cuando se oían en la estancia donde estaba la grandeza los quejidos del paciente y las oraciones que los sacerdotes dirigían al Altísimo, pidiendo la vida del hijo de doña María Alfonsa. Esta madre tierna y cariñosa ignoraba completamente la triste situación en que su hijo se encontraba. Por eso permanecía en Burgos al cuidado de su dama, doña Beatriz de Robledo, que bien necesitaba de todo aquel particular esmero.

La puerta que daba entrada a la habitación del rey abriose lo suficiente para dejar paso a un hombre que conocemos, el cual dijo a los caballeros, aparentando contento y satisfacción.

—Nobles caballeros, bendecid a Dios: ¡el rey se ha salvado!

Don Juan y el conde de Haro se miraron asombrados.

—Hablad, hablad —dijeron todos con interés.

—La enfermedad que aquejaba a su alteza —repuso Aben-Ahlamar— ha hecho crisis. Su alteza duerme tranquilamente. ¡Bendigamos a Dios!

Don Lope y su digno amigo, se separaron del círculo que habían formado los cortesanos para oír mejor al judío.

—¿Qué opináis de esto? —dijo don Juan al conde.

—¡Cuerpo de tal!, ¿qué he de opinar sino que todo se lo ha llevado la trampa? Vos os habéis quedado, con esta mejoría, sin la corona de León y yo sin vengar a mis mayores.

—Ya os dije —repuso el infante— que era demasiado suave... ¡Oh!, si hubiese bebido el agua que os di antes de salir de Burgos emigrado, ya estaría yo ungido y coronado rey y vos suficientemente vengado.

—El caso es —dijo don Lope pensativo— que si se desperdicia esta ocasión... Nada, nada, ya está decidido.

Y el de Haro hizo seña al judío para que se acercara a ellos. Aben-Ahlamar obedeció al instante.

—Dime, ¿eres capaz...?

El conde calló porque temía que alguien le escuchase.

—¿Es cierto que está mejor mi sobrino? —preguntó el infante.

—Sí, cierto.

Entonces don Lope sacó de su escarcela un pomo de cristal, lleno de agua clara, y dijo al judío con el mayor sigilo:

—Cien escudos de oro si das a beber este agua a don Fernando.

Aben-Ahlamar abrió los ojos extraordinariamente. Creía ya tener el dinero en sus manos.

—¿Qué respondes?

—Que acepto.

—¿Nos dará ese chasco?

—¡Diablo! —exclamó el judío llevándose el pomo a la nariz—. El olor solamente...

—¡Oh, bien, bien! ¿Te toca velar esta noche al rey?

—Sí.

—Ya sabes, cien escudos te ganas.

—¡Oh, oh! —exclamó Juffep, como soñando—; ¡cien escudos!, ¡cien escudos de oro!

La mejoría de don Fernando fue momentánea. A los dos días de anunciarla Aben-Ahlamar a la grandeza, fue el rey desahuciado de nuevo por los médicos de cámara.

El anciano abad de San Andrés vertió mas de una lágrima de sentimiento. Oigamos lo que decía a mosén Diego Valera, médico cristiano:

—¡Ay, amigo, y qué desgracia tan grande! ¿Qué será de su madre cuando sepa que el hijo por quien tanto ha padecido, el hijo que con tanto esmero guardara desde que nació, ha muerto, y muerto lejos de ella? ¿Qué será de este pobre país? ¡Infeliz Castilla que otra vez vas a ser víctima de esa guerra de sucesión que va a conmoverte hasta en tus cimientos, de esa guerra que todo lo tala, todo lo destroza y aniquila! ¿Y lo habéis de permitir, Dios mío? ¿Habéis de permitir que triunfen esos hombres tan inicuos y malvados? ¡Danos, señor, una nueva prueba de tu justicia y caiga sobre ellos tu mano omnipotente! Pero decidme, mosén Diego, ¿no hay ninguna esperanza? Su edad, su robustez no basta...

—Nada basta, padre mío, nada absolutamente —repuso el personaje interpelado.

—¡Señor, tened piedad de nosotros! —exclamó el sacerdote alzando las manos al cielo—. ¿Conque debemos perder toda esperanza, mosén?

—Toda, señor, ya os lo he dicho. La enfermedad que aqueja al rey es incurable. ¿Queréis saberla?

—¡Oh!, sí, sí, al momento.

—Pues bien: el rey está envenenado.

—¡Santísima Virgen del Romeral!, ¿qué es lo que escucho? —exclamó el anciano sacerdote cruzando las manos—. ¡Envenenado, envenenado!, ¿y por quién?

El sabio médico se encogió de hombros.

—¡Ah, salvadlo, mosén Diego, salvadlo! ¡Inventad un contraveneno bastante eficaz..., nada omitáis, nada absolutamente! ¡Oh, infames, infames asesinos!

—Ya os he dicho que todo es inútil. El veneno es de los más activos que he conocido, y ya hace tiempo que se lo han dado. Además, la naturaleza del paciente no resistiría la bebida que yo pudiese darle. Un contraveneno en el estado en que se halla el rey no haría más que acelerar su muerte.

—Sin embargo, mosén Diego, hacedlo, y hacedlo pronto. ¿No decís que no tiene remedio?, pues hagamos un último y desesperado esfuerzo.

—Bien, bien, señor. Dentro de un momento tendréis aquí el contraveneno. Yo me marcho inmediatamente a Burgos, porque la reina me necesita. Ya sabréis que está próxima a parir. Dadle de una vez toda la cantidad que yo os traiga. Pero tened entendido que si a la media hora de haber tomado mi medicina no se presenta un sudor copiosísimo y un sueño profundo, a poco, todo se habrá perdido: el rey morirá indefectiblemente a las tres o cuatro horas.

—¡Oh, temblad, temblad, infante don Juan y conde de Haro! —exclamó el confesor de doña María, así que hubo salido el de Valera—. ¡Temblad si el rey muere!

Desde que Aben-Ahlamar hizo tomar a don Fernando el veneno que recibiera de don Lope, padecía el rey de una manera cruel. Su poca edad y la robustez habían trabado con la muerte una lucha terrible, encarnizada. Pero era tal la fuerza del brebaje que no pudiendo arrancarle la vida al instante, lo redujo al estado más triste y deplorable.

La reducida habitación de don Fernando hallábase herméticamente cerrada. La única luz que había en ella, así de noche como de día, era la que despedía una lámpara manuable colocada sobre una mesa de piedra, en un ángulo de la estancia. La respiración del rey era agitadísima, y sus quejidos, sordos y lúgubres. Su rostro, antes tan hermoso, se había desfigurado horriblemente; sus ojos estaban desencajados; sus facciones, contraídas; y sus labios, cárdenos y secos.

A la cabecera del lecho encontrábase constantemente un personaje de rostro grave y lleno al mismo tiempo de mansedumbre, de mirada dulce y de sonrisa apacible. Cualquiera al verlo en aquellas tinieblas, y cerca de un lecho de agonía, diría que era un santo patriarca enviado por el cielo para ahuyentar con su presencia al espíritu infernal cuando el rey de Castilla entregase a Dios su alma.

Don Fernando hizo un esfuerzo supremo para decir con voz casi apagada:

—¡Es posible, Dios mío, que un hombre pueda sufrir tanto! ¡Oh, compadeceos de mí, señor!

El personaje de la luenga cabellera pulsó al monarca, y murmuró con feroz alegría:

—¡Oh, esto marcha, ya apenas tiene pulso!

—¡Agua, agua, que me abraso! —gritó con voz suplicante el hijo de doña María.

Aben-Ahlamar sacó el frasco que le diera el conde de Haro y lo acercó a los labios del enfermo. Pero antes de que el rey sorbiese el poco líquido que aquel contenía, entró precipitadamente el anciano abad, diciendo:

—Teneos, teneos; que aquí traigo una medicina preparada por mosén Diego, y que calmará en algún tanto los dolores que sufre su alteza.

—Bien —repuso el judío—, pero no le apagará como esta, la sed que le devora.

—¡Oh, también quita la sed, también! Separad, separad pronto ese frasco de los labios del rey.

El judío obedeció, riéndose malignamente.

Entonces el anciano sacerdote se acercó al monarca y le hizo beber toda el agua que llevaba en un gran pomo de cristal. Después se hincó de rodillas cerca del lecho y se puso a hacer oración. Aben-Ahlamar examinaba con la mayor atención todos los movimientos de don Fernando. Este, a la media hora escasa de haber tomado el brebaje presentado por el canciller de su madre, comenzó a sudar copiosísimamente. El abad exclamó lleno de alegría:

—Mirad, Aben-Ahlamar, mirad cómo suda el rey...

—Esa es precisamente nuestra desgracia, señor.

—¡Nuestra desgracia!

—Sin duda, porque ese sudor que tanto júbilo causa a vuestra reverencia es el sudor de la muerte. Y si no, observad ese semblante..., contemplad esa vista ya quebrada... y decidme si podremos concebir ni la más remota esperanza.

El rey dejó de pronto de quejarse y de sudar. Había quedado sin respiración y sin pulso. Diríase que ya no existía.

El abad continuaba orando.

—Cesad, padre mío —dijo el judío disimulando mal su gozo—; cesad, que vuestras exhortaciones son ya inútiles. El rey acaba de expirar en este momento. ¡Descansa en paz, rey de Castilla! ¡Séate la tierra ligera!

—¡¡Cielos!! —exclamó el sacerdote cayendo nuevamente de rodillas.

Aben-Ahlamar se apresuró a dar tan infausta noticia a la grandeza.

—Caballeros —dijo el judío al salir de la estancia mortuoria—: rogad todos a Dios por vuestro rey y señor don Fernando IV.

A la mayor parte de los caballeros se le arrasaron los ojos en lágrimas.

El conde de Haro puso en manos de Aben-Ahlamar cien escudos de oro, y se creyó rey de Castilla.

CAPÍTULO XIX.

_En el que se ve bien a las claras que Dios, cuando le place, hace milagros._

Doña Beatriz no arribaba, sin embargo de encontrarse en el mismo lugar donde, antes de lo ocurrido con el famoso conde de Haro, era tan feliz. A pesar de estar al lado de la reina doña María, a quien quería como una madre; a pesar de hallarse cerca del hombre que amaba con delirio, era su palidez cada día mayor, su tristeza cada vez más creciente y su mirada menos alegre. ¿Qué pasaba en el corazón de aquella pobre niña? Ella misma no sabía darse cuenta. A doña Beatriz le sucedía lo que a la flor que muerde su tallo un insecto venenoso. Había padecido tanto, precisamente en la edad de las impresiones, había vertido tantas lágrimas y sufrido tantos dolores, que no era extraño que aquella débil flor se agostase insensiblemente.

Era una hermosa mañana de primavera. La reina doña María Alfonsa y su dama Beatriz de Robledo paseaban asidas del brazo por un jardín lleno de preciosas flores y corpulentos árboles, pertenecientes al alcázar real.

El semblante de la reina madre estaba radiante de alegría. Sus ojos brillaban extraordinariamente; sus labios se entreabrían de vez en cuando para dejar salir una sonrisa de gracia. El rey estaba completamente bueno. Su hijo querido regresaba a Burgos, después de haber estado a las puertas de la muerte. Pero Dios había escuchado las plegarias del santo abad de San Andrés, y don Fernando tornó a la vida. ¿No era este suficiente motivo de alegría para una madre tan tierna y cariñosa como la de Molina?

Una palidez, que se asemejaba mucho a la de la muerte, cubría por el contrario el rostro de Beatriz. Sus ojos estaban mustios; su nariz, afilada; y sus dientes, transparentes. Apoyábase en la reina porque sus piernas se negaban a veces a sostenerla, y su cabeza se desvanecía con frecuencia.

—¡Oh, Dios mío, qué cansada estoy! —dijo la joven a doña María con voz espirituosa.

—Pues sentémonos aquí, querida mía; sentémonos y descansa —repuso la reina acercándose con la joven a un banco de piedra que no muy distante de ellas había.

—¡Oh, gracias, gracias! —exclamó Beatriz cayendo como desplomada en el asiento—. Ahora, hablemos si os place, señora.

—Bueno, ocupémonos de la felicidad que te aguarda después de que estés buena.

—¡Oh, esa felicidad no la llegaré a alcanzar nunca!... —repuso la joven sonriéndose con amargura.

—¡Deliras, hija mía! ¿Conque no llegarás a unirte con tu amante, que cada día está más loco de amor por ti? ¿Quién lo impedirá, Beatriz? ¿Temes, acaso todavía, al conde de Haro? ¡Oh, desecha, desecha, por Dios, esas imaginaciones, querida mía, y procura animarte!

—¡Ah, señora, yo estoy muy enferma!... Yo debo de vivir muy poco..., muy poco..., sí. ¡Me siento tan mala, doña María!

—Desecha ese temor, hija mía: mosén Diego, que tan sabio es, te curará como ha curado al rey. Y cuidado, que mi hijo ha estado punto menos que cadáver.

—¿Y está ya bueno?

—¡Oh, completamente! Como que yo lo espero de un momento a otro en Burgos.

—Contadme, si gustáis, pormenores de su enfermedad.

—De buen grado, hija mía. Me escribió mi confesor que el rey, después de un sudor copiosísimo que tuvo a poco de desahuciarlo los médicos, quedó sin respiración, sin pulso, y sin que nada en él indicase vida. Aben-Ahlamar lo dio por muerto. Con efecto, así lo creyeron todos; tanto que hasta lo vistieron con el traje que había de llevar a la tierra. Pero cuando estaban en esta operación, abrió los ojos y exclamó con doloroso acento: «¡_Madre mía_!». ¡Hijo de mis entrañas! ¡Cómo era posible que si yo hubiese sabido su estado no hubiera volado a morir con él de dolor! Pero, a Dios gracias, ha salido de esta. La mejoría iba creciendo por momentos. A los cinco días de lo que os acabo de contar, estaba su alteza fuera de peligro.

—¡Milagro, milagro patente! ¿No es verdad, señora?

—¡Oh, sí, es indudable! Milagro que pagaremos a la Majestad divina con una solemne función en la catedral, costeada por mí, y en la que se hallará mi hijo y toda la grandeza. Además, he escrito al arzobispo de Toledo para que dé orden se cante un _Tedeum_ en todas las iglesias de estos reinos. ¡Oh, todo es poco, muy poco para el inmenso bien que del cielo hemos recibido!