Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo

Part 9

Chapter 94,211 wordsPublic domain

—El objeto es impedir que don Lope vea a la de Robledo. Por supuesto que esto tiene su término, como todas las cosas; no es más que por unos días. Yo quedo en avisarte cuando ha de cesar esta privación. Para el efecto dirás al conde que está enferma, postrada en cama, débil, y que su presencia en el estado en que se encuentra la paciente sería fatal, de funestas consecuencias; en fin, tú lo arreglas de modo...

—Antes me dejo matar que hacer lo que dices.

—Pues en ese caso te voy a proporcionar el honor de que mueras a manos del verdugo de su alteza. Hoy mismo sabrá este que tú, en unión del conde, sois los autores del rapto de la dama de su madre, y de otras cosillas que te acreditan de ser un solemne bellaco.

Al mismo tiempo de proferir la gitana las anteriores palabras, pasó de sus manos a las del judío un puñado de monedas que este guardó con indecible placer en los bolsones de su hopalanda morada, diciendo:

—¡Cáspita! Conque si no accedo, sabrá el rey...

—Hoy mismo.

—¡Oh!, pues francamente, querida mía, no tengo ganas de mecerme, colgado por el pescuezo, en los árboles de la alameda. Conque así...

—¿Impedirás, hasta que yo te avise, que moleste el conde a la amante de Carvajal?

—Sí, no dudes que me aprovecharé de tus consejos.

—¡Ay de ti como yo sepa...!

—Te juro, por el Dios de mis padres, que lo haré, aunque se oponga el demonio, mi más íntimo amigo.

—Bien, bien —dijo la gitana subiendo al mismo tiempo las escaleras que conducían a su morada—; yo no te perderé de vista ni un solo instante.

CAPÍTULO XIII.

_En donde verá el lector que en el siglo XIV no sabían leer los caballeros._

El público del siglo XIV era tan novelero y amigo de novedades como el del XIX, y como el de todas épocas y edades. La noticia del indulto concedido al infante don Juan y la devolución de todos sus títulos y honores era asaz importante para que no se apoderase de ella y la comentase a su manera y antojo. Quién opinaba que la determinación tomada por don Fernando era hija del mucho temor que este tenía a su tío, por el prestigio de que, a pesar de su maldad, gozaba entre sus conciudadanos; quién decía que al rey le había movido a lástima la vida errante y azarosa que el proscrito llevaba; y los más cuerdos juzgaban que todo era debido a los consejos de la muy prudente señora, doña María Alfonsa de Molina. Lo cierto, carísimos lectores míos, es que el infante don Juan recibió con la mayor alegría la noticia de su perdón y la orden de trasladarse a Grijota con su amigo y compañero de ostracismo, el cronista y exmayordomo mayor de palacio don Juan Manuel. El deseo del hermano de Sancho IV era reunirse cuanto antes con el conde de Haro para llevar a cabo la proyectada venganza de ambos. Así es que cumplió esta vez con puntualidad la orden que le dio el rey de que lo esperase a él y a su corte en Grijota para firmar los contratos. Allí vería también al amante de la gitana.

La reina Doña María no cabía en sí de contenta en vista de la buena y no esperada solución que se había dado a la cuestión del infante, su cuñado; y de su amigo el también virtuoso don Juan Manuel. Creía la madre de Fernando IV que ya Castilla gozaría de paz, y que su adorado hijo no tendría nada que temer de los grandes, cosa muy posible si no conociesen estos el carácter del rey y no se aprovechasen de las ocasiones que rara vez desperdiciaban ya unos, ya otros, para escarnecerlo y negar su autoridad y mandato, siempre que el interés particular de cada uno lo exigía así. Sin embargo, las mayores turbulencias se concluyeron, y si no obtuvo Castilla una paz octaviana, cesaron por lo menos las pretensiones de los infantes de la Cerda.

Quería Doña María que no se efectuase el combate provocado por el de Carvajal para vengar a su futura, porque conocía bastante a fondo el carácter de don Lope, y sabía que si se llevaba a cabo el duelo y si salía vencido y, por consiguiente, culpable del delito que se le acusaba, dejaría preparada alguna venganza tan terrible como todas las que él disponía, alguna venganza que hiciese hasta vacilar el trono de don Fernando. «¡Adiós entonces para siempre», decía la reina, «la paz tan codiciada! ¡Adiós entonces mis halagüeños deseos de ver a Castilla tranquila y a su rey seguro, querido y bendecido de sus pueblos! ¿Qué hacer en el caso de que don Juan Alonso Carvajal pida al rey que fije el día del combate? Es preciso que este no se efectúe y que el amante de Beatriz desista de su empeño. ¡Ah, si yo pudiese convencerlo...!».

Y doña María dio orden de que lo llamasen de su parte.

No faltaba más, para que se lograsen los justos fines de la reina madre, sino que don Juan le ofreciese no batirse con su odioso antagonista. Decimos esto porque el rey, su hijo, le había dado de antemano la halagüeña noticia de que si podía contentar al contrario del conde, no se llevaría a cabo el duelo tan ansiado por el de Carvajal como temido del conde de Haro.

Recordará el lector que doña Beatriz aconsejó a Piedad que, para evitar las funestas consecuencias del combate dispuesto entre los dos amantes, dijese al rey que todo lo que había dicho contra el conde había sido inventado por ella para vengarse de los agravios que de él había recibido. En efecto, así lo hizo la gitana. Y el rey se apresuró a poner en noticia de su madre que el combate no se celebraría, si ella podía contentar al amante de la de Robledo.

No le costó mucho trabajo a doña María el convencer a don Juan Alonso Carvajal de la necesidad de que desistiese del duelo con el conde, porque cuando se da con un noble corazón y se ponen en juego sentimientos generosos, cuesta bien poco conseguir lo que se desea. Todo lo sacrificaba el de Carvajal por complacer a la segunda madre de su dama. Pues ¿qué hacer si una mujer, una reina, le pide con lágrimas en los ojos que la felicidad de su hijo, el bienestar de su rey y señor depende de que él acceda a lo que le pide?

No obstante de asegurarle doña María que ella se encargaría de buscar a Beatriz, aunque se hallase en el centro de la tierra, salió don Juan más muerto que vivo de la estancia de la de Molina. «¡Qué es lo que he hecho!», decía. «¿Ofrecer no castigar al autor de las desgracias de mi amada? ¿No vengarme del autor de todos los malos ratos que sufre? ¡Oh, qué he hecho, Dios mío!».

El amante de Beatriz vagaba por las galerías bajas del alcázar con la cabeza inclinada sobre el pecho y los brazos cruzados, sin saber adónde estaba ni qué dirección tomar. Su situación en aquel momento no podía ser más aflictiva.

Una persona cubierta de pies a cabeza que le había seguido desde que salió de la habitación de la reina viuda se acercó a él y le dijo interrumpiéndole el paso:

—¿Os llamáis don Juan Alonso Carvajal?

—No os conozco —repuso este con mal modo y continuando su marcha.

Pero la desconocida dio un brinco y se puso de nuevo delante de él.

—Poco cortés sois con las damas, caballero —le dijo la desconocida.

—¿Dama, habéis dicho? ¡Ah, perdonad, iba distraído!, ¿qué me queréis?

—Una persona que se interesa por vuestra felicidad, y a quien no conocéis, me ha entregado para vos este billete.

—¡Una persona que se interesa por mí, y a quien no conozco, decís!

—Sin duda.

—¡Por Santa Polonia —exclamó don Juan riéndose mal su grado—, que no he visto en los días de mi vida cosa más divertida ni extraordinaria que esta!... Pero dadme el billete, señora.

—Tomad, a condición de que no habéis de faltar.

—Adición es esa...

—Dios os guarde, caballero —repuso la desconocida, echando a andar al mismo tiempo.

—Oh, señora, venid, venid que os doy mi palabra de ir aunque sea al infierno.

—En ese caso, tomad.

—Pero no podríais decirme, hermosa desconocida —insistió don Juan sin coger el pergamino...

—No puedo, caballero. Ya os lo he dicho... Y por Dios, que estáis importuno en demasía.

—Perdonad, señora, perdonad —repuso el mancebo inclinándose.

La encubierta despidiose del de Carvajal con una leve inclinación de cabeza después de darle el escrito.

Este, así que se hubo marchado la desconocida, deslió con avidez el pergamino, y lo devoró con la vista. Pero dándose una palmada en la frente exclamó con desesperación:

—¡Voto va! ¡Si no entiendo estos malditos garabatos que solo una persona que tenga pacto con el demonio puede haber escrito!

Y don Juan miraba y estrujaba el escrito entre sus manos sin saber qué hacer ni qué partido tomar. Acercose al fin, como inspirado, a una puerta que había frente de él, y dio fuertemente con el nudillo de sus dedos en ella al mismo tiempo que dijo:

—Este, ya los entenderá.

Allí vivía el judío Aben-Ahlamar.

CAPÍTULO XIV.

_Que no tiene epígrafe porque es continuación del XIII._

—Bien venido seáis, señor —dijo Aben-Ahlamar conduciendo al caballero a su poltrona—. ¿En qué tenéis que ocuparme?

—Tomad ese escrito, y decidme su contenido en lenguaje que entienda todo cristiano.

El nigromántico se sonrió y dijo al caballero, cogiendo el pergamino y leyéndolo con la mayor facilidad:

—Atended: «Don Juan, si queréis complacer a una persona que bien os quiere, no faltéis esta tarde a la arboleda que hay al pie del alcázar real». Ya estáis servido, señor —repuso el judío devolviendo el pergamino a Carvajal.

—¡En verdad —repuso este sorprendido— que es raro todo cuanto hoy me pasa!

—¿Y pensáis faltar?

—¡Oh, no, he dado mi palabra! Pero ¿qué me decís de esto?, ¿qué opináis?

El judío se encogió de hombros.

—¡Ay, Aben-Ahlamar, qué cruel sois conmigo! —dijo el joven caballero con sentimiento.

—¡Cruel, dices, señor! ¿Y por qué?

—Porque vos, que tan sabio sois y todo cuanto queréis saber lo veis escrito en el cielo, no me decís nada...

—Para, para ahí, señor; que si no te digo ahora el resultado de esa cita, es porque he llegado a dudar de mi ciencia, en vista de que la primera vez que me buscaste para que te dijese el paradero de tu dama, te engañé, porque yo también fui engañado.

—En ese caso, perdonad, y decidme si será ya hora de acudir al paraje de la cita.

—Sí, don Juan, dirigíos hacia allí, porque el sol se ocultará muy pronto

—Adiós entonces, Aben-Ahlamar.

—Él te acompañe, señor.

El noble infanzón del rey de Castilla dirigió sus pasos a la arboleda designada por la desconocida. Llegó al lugar de la cita a tiempo en que el sol desaparecía a través de un celaje de nubes rojas y blancas que, reflejando en los vidrios del alcázar real, iluminaba de tal manera la pradera que parecía que toda ella estaba llena de luz artificial. Sentose al pie de un corpulento y añoso árbol cuyas ramas, cuajadas de verdes y picadas hojas, le ocultaban de la vista de cualquier curioso colocado en alguna de las eminencias que dominaban aquel sitio, y cantó, aunque sin laúd, con dulce y sonora voz, varias trovas en las que el nombre de la de Robledo figuró más de una vez.

En todo lo que llevamos escrito de esta verídica historia no hemos hablado nada, querido lector, de la figura del amante de doña Beatriz. Pero ya que se presenta la ocasión de examinarlo con detenimiento, a campo raso, no queremos incurrir en esta falta que ahora más que nunca fuera imperdonable. Su rostro, según nos dicen las crónicas, era ovalado y blanco; adornábale una barba y bigotes negros más lustrosos que el mismo azabache; coronaba a su sedoso bigote una nariz de preciosa forma y unos ojos que bien pudieran pasar por orientales, por reunir las circunstancias de ser grandes y negros, y hallarse ribeteados de una larga pestaña; su cabello, también negro, estaba dividido por una raya que lo hacía caer en dos partes iguales sobre el cuello de su floreado ropón de rica tela de Persia, con vueltas de pieles de finísimo armiño. Tal era la figura de don Juan Alonso Carvajal.

La encubierta que le entregó el billete se apareció de repente por entre los árboles y esperó oculta, detrás de uno de ellos, a que don Juan acabase una trova que a la sazón cantaba y en la que pintaba con la mayor poesía su amor a Beatriz.

—¡Dichosa ella que tiene un hombre que tanto la ama! —exclamó por lo bajo la desconocida.

Y después de enjugarse dos lágrimas rebeldes que se desprendieren de sus ojos, salió del escondite y dijo al de Carvajal:

—Puntual sois, caballero.

—¿Sois vos la que me ha citado? —repuso este levantándose y saludando a la dama.

—Sí, yo soy.

—¿Y qué queréis de mí, señora?

—Yo de vos, nada; vuestra amante, mucho.

—¡Cielos!, ¿dónde está?... ¡decídmelo pronto, señora!

—¿Dónde está?... Seguidme y lo sabréis.

La desconocida dio algunos pasos, y separando una porción de malezas y yerbas que se hallaban amontonadas, desapareció por un agujero practicado en la tierra.

Don Juan la siguió al instante.

CAPÍTULO XV.

_En el que hay una escena que a unos gustará y a otros no._

Cumplió al pie de la letra la gitana Piedad la palabra dada a doña Beatriz de que el conde de Haro no volvería a incomodarla. Con efecto, el judío dijo al conde, un día que este se presentó en su morada, que la amante de Carvajal se hallaba en un estado tal de decaimiento y languidez que cualquier impresión desagradable que tuviese podía ser de funestas consecuencias. Convenciose don Lope y respetó por entonces la situación de su víctima, más por interés suyo que de ella. Esta vez quedó Piedad muy contenta de Aben-Ahlamar.

Dijimos, casi al final del capítulo XII de esta verdadera historia, que al ofrecer la gitana a su amiga Beatriz que, en cuanto tuviese ocasión, la libraría de su penoso cautiverio, Simeona, que había oído toda la conversación, sacó la cabeza de su escondite, sonriéndose malignamente. Pues bien; así que Piedad se separó del judío, presentose la abuela de esta y le dijo, restregándose las manos de alegría:

—¡Grandes noticias, amigo mío, grandes como ellas solas!

—Habla y las sabré.

—¡Oh, oh, hablar...! ¿Te parece a ti que no hay más que hablar así?... ¿Te parece bien que yo te diga todo lo que pasa sin más ganancias que unas tristes gracias?...

—Muy gordas serán esas noticias —interrumpió el judío— cuando andas con tantos preámbulos.

—Algo dieras por saberlas.

—Vamos, ¿acabarás hoy?

—¿Cuánto me das y te lo digo todo?

—¡Qué te he de dar, bruja maldita! —repuso Aben-Ahlamar encogiéndose de hombros.

—¡Oh!, pues entonces yo me marcho con mi secreto... Pero te advierto, querido mío, que pierdes más que ganas.

—Habla, habla pronto si quieres.

—¿Cuánto me das? —dijo Simeona implacable.

—Di qué quieres —repuso el judío lleno de curiosidad.

—Poco, me contento con muy poco...

—Acaba.

—Pues en ese caso, dame los papeles que revelan el nacimiento de Piedad.

—¡Primero todo mi tesoro!

—¿Sí?, pues teme la ira del conde de Haro.

—Mira, Simeona —dijo el judío asustado con las palabras de la vieja—, te doy por ese secreto tantas monedas de plata como te quepan en tus dos manos juntas.

—No quiero dinero: quiero lo que ya te he pedido.

—Te doblo la cantidad. ¿Aceptas?

—No —repuso Simeona inexorable.

—Pues bien, guárdate tu secreto, que poco me debe importar a mí.

—¡Poco, pobre Aben-Ahlamar, yo sí que doy poco por tu vida!

El judío palideció de miedo.

—¿Me los das? —insistió Simeona.

—¿Y qué harás con ellos, si no sabes leer?

—Tenerlos en mi poder: ¿no son de mi querida nieta?... —repuso la vieja con malicia.

Juffep se acerco a un armario de madera negra que estaba cubierto con una cortina, y sacó de entre otros un voluminoso legajo de pergamino, lleno de gruesos caracteres.

—Toma y habla ya —dijo poniéndolo en manos de Simeona.

Esta le contó después todo lo que había oído a su nieta en el subterráneo, no olvidándose de la palabra que Piedad dio a doña Beatriz de sacarla cuanto antes le fuese posible de su prisión.

—De manera —añadió la vieja— que si conoce el camino subterráneo que hay desde la prisión de la de Robledo hasta la arboleda que se extiende al pie del alcázar, estamos perdidos sin remedio.

—Sí, lo conoce; pero no temas. De todas suertes, el aviso es muy importante.

Cuando el de Carvajal salió de la estancia del judío, después de haberle hecho leer el billete de que ya tienen noticia nuestros lectores, exclamó Juffep, dándose una palmada en la frente: «¡Cáspita!, hoy es el día que ha elegido Piedad para libertar a doña Beatriz. ¡Oh, oh, no hay tiempo que perder!».

Con efecto, Piedad era la misma que había citado al de Carvajal; Piedad era la misma que, fiel a su promesa y deseando arrancar a Beatriz de manos del conde, había penetrado por el agujero practicado en la tierra.

El ofrecimiento de la gitana sirvió para que Beatriz mejorase visiblemente. Desde que concibió la dulce idea de verse libre de su encierro, sus ojos tenían más brillo, sus mejillas llegaron a teñirse de un ligero carmín y sus labios se desunían de vez en cuando para dejar escapar una sonrisa de placer. ¡Oh, lo que es vivir con una esperanza lisonjera!

Sentada estaba la de Robledo, pensando en la felicidad que le aguardaba, cuando vio en la estancia dos personas que se habían aparecido como por encanto.

—¡Beatriz! —exclamó el de Carvajal al ver a su amante.

—¡Don Juan! —repuso esta precipitándose en los brazos de su futuro.

—¿Y nada, nada hay para mí, doña Beatriz? —dijo Piedad descubriéndose el rostro.

—¡Ah!, perdonadme, mi buena amiga —contestó la amante de don Juan separándose de este y llenando de besos y caricias a la gitana.

Fueron tantas y tan expresivas las tiernas protestas de los dos amantes que Piedad lloró conmovida.

—¡Oh, no es un sueño!... ¿Eres tú verdaderamente? —dijo la de Robledo tocando a su amante, como dudando de lo que veía.

—¡Sí, yo soy, ángel mío! Yo, que vengo a estrecharte veinte veces contra mi pecho... Yo, tu don Juan, idolatrada Beatriz; tu amante que solo vive por ti y para ti.

—¡Ah, qué felicidad tan grande es amar y ser amada! —exclamó la dama de doña María Alfonsa, llorando y riendo de alegría.

—Y dime, hermosa mía, ¿qué te has hecho aquí sin tu amante? ¿Quién te ha traído?

Piedad miró a doña Beatriz, y le dijo en voz baja y suplicante:

—¡Callad, callad por Dios, amiga querida!

—¿Qué me he hecho sin vos, decís?... ¡Ah, llorar noche y día, llorar continuamente!... Pero ya que os veo, ya que estáis aquí para no separaros jamás de mi lado, todo se ha concluido, no nos acordemos de lo pasado, no evoquemos recuerdos tristes y desoladores. Olvidemos, don Juan amado, olvidemos y perdonemos a un tiempo, ¿no es verdad?

—¡Cuán buena eres, ángel mío! —exclamó el noble infanzón del rey, llevándose la diestra de Beatriz a sus labios.

Esta palideció de pronto. Su amante le dijo asustado:

—¿Qué tenéis, amada mía, qué tenéis?

Fuera de la estancia se oía ruido de pasos y espuelas.

—¡Huyamos! —dijo Piedad, más pálida y temblorosa que Beatriz.

—Es ya tarde —repuso una voz bien conocida de la gitana.

Y penetró en la morada de la de Robledo un hombre desencajado de cólera.

Beatriz cayó desmayada al verlo. Piedad se apresuró a cubrirse el rostro. Don Juan, desenvainando su espada, exclamó furioso:

—¡Venganza, infame conde de Haro, venganza!

—¡Oh! —repuso este, loco de contento—. ¡Me alegro de encontraros, don Juan!

—Y yo a vos..., pero defendeos, defendeos, ¡voto al diablo!

—Perdonad —dijo el conde con la mayor calma—, pero como vuestro hermano don Pedro me ha desafiado a muerte, y le he dado palabra de no batirme con nadie hasta que se efectúe el reto que con él tengo pendiente...

—¡Mi hermano, habéis dicho!

—Sí; vuestro hermano me dijo, a poco de habernos desafiado delante del rey, que si salía con vida en vuestro desafío, me retaba a muerte; y como este no se ha efectuado, vuestro hermano don Pedro tiene el derecho de primacía.

—¡Defendeos, conde de Haro, defendeos o de lo contrario os asesino! —dijo don Juan, ciego de cólera y sin hacer caso de las palabras de don Lope.

—Ya os he dicho que no puedo faltar a la palabra que a vuestro hermano tengo dada.

—¡Cobarde! —exclamó el de Carvajal indignado.

—¡Cobarde!, juro a Dios, señor hidalgüelo, que no me lo habéis de decir dos veces —repuso el conde, sacando de pronto su acero.

—¡Ah, teneos, teneos por Dios! —exclamó la gitana poniéndose entre los dos enemigos.

Nada bastó. Las dos espadas se cruzaron con violencia.

[Ilustración: Desafío entre el conde de Haro y don Juan Alonso Carvajal]

Reñido fue, en verdad, el combate: en ambas partes había serenidad y valor; los dos combatientes conocían bien el arma que manejaban. Pero fuese que la suerte favoreciese al de Carvajal, fuese que el conde se descuidara, la espada de don Juan se introdujo con la mayor sutileza en el pecho del señor de Santa Olalla.

El cuerpo de don Lope rodó un buen trecho por el pavimento, anegado en su propia sangre.

La gitana se precipitó sobre él, exclamando con doloroso acento:

—¡Don Lope, amor mío!... ¡Ah, no responde!... ¡Maldición, maldición, don Juan!

Este cogió en brazos a doña Beatriz, que aún permanecía desmayada, y se internó con ella en el subterráneo por donde había entrado.

CAPÍTULO XVI.

_En el que verá el lector la conversación que tuvieron dos antiguos personajes de nuestra historia._

Es una verdad inconcusa y asaz vulgar que el corazón humano jamás está contento con lo que posee. Esto sucedía a la reina madre, que después de haber conseguido que no se efectuara el combate entre el conde de Haro y don Juan Alonso Carvajal; después de conseguir también que el infante don Juan volviese a la gracia de su hijo, y de ver hasta cierto punto tranquilo el reino, y decimos hasta cierto punto porque las turbulencias y guerras que hubo en Castilla, durante el reinado de Fernando IV solo con la muerte de este tuvieron fin; a pesar, decimos, de todo lo que había conseguido de su hijo la viuda de Sancho _el bravo_, no se hallaba todavía contenta. Pretendía ahora la reina que don Fernando concediese a la grandeza todo aquello que le pidiese, y con eso estaría a cubierto de enemigos tan poderosos como eran los grandes de aquella época. La política de doña María era en extremo conciliadora y en otra época hubiera producido felices resultados para la corona; porque como conocía bien a fondo el carácter y las ideas de los señores feudales de aquellos tiempos, estaba convencida que el mejor medio de atraerlos a su partido era halagándolos con honores y títulos, y ampliar sus fueros y prerrogativas. Pero, por desgracia, había llegado la corte de Fernando IV a tal estado de corrupción que ya no servía la política de concesiones ni la de tolerancia. Disculpable era, pues, si doña María, aun después de alcanzar de su hijo todo aquello que creía conveniente para la completa pacificación de Castilla, no se hallaba todavía satisfecha, porque su leal corazón le presagiaba de continuo males sin cuento y sucesos a cual más funestos. Así es que no descansaba ni un solo instante: en todas partes se encontraba, y siempre, siempre vigilando a su hijo, siempre sofocando sediciones y perdonando a los revoltosos, porque doña María se horrorizaba a la idea de derramar sangre. Ella tenía espías cerca del conde de Haro, del infante, y de aquellos que por su carácter revoltoso y por su conocida ambición pudieran hacer desgraciado el reinado del hijo de sus entrañas.

Pero trasladémonos a la habitación de doña María y oigamos la conferencia de esta con su venerable confesor.

—No lo dudéis, señora —decía el anciano abad de San Andrés—; vuestra política no puede ser de ningún modo provechosa a nuestros fines. Y si no mirad al infante don Juan; ahí tenéis una prueba bien clara de lo que os digo. Se le perdona la vida, se le devuelven sus títulos y bienes; y el rey, por último, lo recibe en su corte de la misma manera que pudiera hacerlo con el más fiel y querido vasallo de sus reinos. ¿Cuál ha sido, señora, el agradecimiento de tantos y tan repetidos favores? Coaligarse con el conde de Haro para...

—¡Oh, callad, por Dios, no lo digáis! ¡Qué horror, qué horror!...

—Bien; pero decidme, reina, por ese que acabáis de nombrar, qué clase de política es la vuestra.

—Padre mío, evitar que se derrame sangre.