Facundo

Part 20

Chapter 204,001 wordsPublic domain

¿Dónde, pues, ha estudiado este hombre el plan de innovaciones que introduce en _su gobierno_, en desprecio del sentido común, de la tradición, de la conciencia y de la práctica inmemorial de los pueblos civilizados? Dios me perdone si me equivoco, pero esta idea me domina hace tiempo: en la _Estancia de ganados_ en que ha pasado toda su vida, y en la Inquisición, en cuya tradición ha sido educado. Las fiestas de las parroquias son una imitación de la _hierra_ del ganado, a que acuden todos los vecinos; la _cinta colorada_ que clava a cada hombre, mujer o niño, es la _marca_ con que el propietario reconoce su ganado; el degüello a cuchillo, erigido en medio de ejecución pública, viene de la costumbre de _degollar_ las reses que tiene todo hombre en la campaña; la prisión sucesiva de centenares de ciudadanos sin motivo conocido y por años enteros, es el rodeo con que se dociliza el ganado, encerrándolo diariamente en el corral; los azotes por las calles, la mazorca, las matanzas ordenadas, son otros tantos medios de _domar_ a la _ciudad_, dejarla al fin como el ganado más manso y ordenado que se conoce.

Esta prolijidad y arreglo ha distinguido en su vida privada a don Juan Manuel Rosas, cuyas estancias eran citadas como el modelo de la disciplina de los peones y la mansedumbre del ganado. Si esta explicación parece monstruosa y absurda, denme otra; muéstrenme la razón por qué coinciden de un modo tan espantoso su manejo de una estancia, sus prácticas y administración, con el gobierno, práctica y administración de Rosas; hasta su respeto de entonces por la propiedad es efecto de que el gaucho gobernador _¡es propietario!_ Facundo respetaba menos la propiedad que la vida. Rosas ha perseguido a los ladrones de ganado con igual obstinación que a los unitarios. Implacable se ha mostrado su Gobierno contra los cuereadores de la campaña, y centenares han sido degollados. Esto es laudable, sin duda; yo sólo explico el origen de la antipatía.

Pero hay otra parte de la sociedad que es preciso moralizar, enseñar a obedecer, a entusiasmarse cuando _deba_ entusiasmarse, a aplaudir cuando _deba_ aplaudir, a callar cuando _deba_ callar. Con la posesión de la _Suma del Poder público_, la Sala de Representantes queda inútil, puesto que la ley emana directamente de la _persona_ del jefe de la República. Sin embargo, conserva la forma, y durante quince años son reelectos unos 30 individuos que están al corriente de los negocios. Pero la tradición tiene asignado otro papel a la Sala; allí Alcorta, Guido y otros han hecho oír en tiempo de Balcarce y Viamonte acentos de libertad y reproches al instigador de los desórdenes; necesita, pues, quebrantar esta tradición y dar una lección severa para el porvenir.

El doctor don Vicente Maza, presidente de la Sala y de la Cámara de Justicia, consejero de Rosas, y el que más ha contribuído a elevarlo, ve un día que su retrato ha sido quitado de la sala del Tribunal por un destacamento de la mazorca; en la noche rompen los vidrios de las ventanas de su casa donde ha ido a asilarse; al día siguiente escribe a Rosas, en otro tiempo su protegido, su ahijado político, mostrándole la extrañeza de aquellos procedimientos y su inocencia de todo crimen. A la noche del tercer día se dirige a la Sala, y estaba dictando al escribiente su renuncia, cuando el cuchillo que corta su garganta interrumpe el dictado. Los representantes empiezan a llegar, la alfombra está cubierta de sangre, el cadáver del presidente yace tendido aún; el señor Irigoyen propone que al día siguiente se reúnan el mayor número posible de rodados para acompañar debidamente al cementerio a la ilustre víctima. Don Baldomero García dice: «Me parece bien; pero... no muchos coches...; ¿para qué?» Entra el general Guido y le comunican la idea, a que contesta, clavándoles unos ojos tamaños y mirándolos de hito en hito: «¿Coches? ¿Acompañamiento? Que traigan el carro de la Policía y se lo lleven ahora mismo.--Eso decía yo--continúa García--. ¡Para qué coches!...» La _Gaceta_ del día siguiente anunció que los impíos unitarios habían asesinado a Maza. Un gobernador del interior decía, aterrado, al saber esta catástrofe: «¡Es imposible que sea Rosas el que lo ha hecho matar!» A lo que su secretario añadió: «Y si él lo ha hecho, razón ha de haber tenido»; en lo que convinieron todos los circunstantes.

Efectivamente, razón tenía. Su hijo, el coronel Maza, tenía tramada una conspiración en que entraba todo el ejército, y después Rosas decía que había muerto al anciano padre por no darle el pesar de ver morir a su querido hijo.

Pero aun me falta entrar en el vasto campo de la política general de Rosas con respecto a la República entera. Tiene ya su _gobierno_; Facundo ha muerto dejando ocho provincias huérfanas, unitarizadas bajo su influencia. La República marcha visiblemente a la unidad del Gobierno, a que su superficie llana, su puerto único, la condena. Se ha dicho que es federal, llámesela Confederación Argentina, pero todo va encaminándose a la unidad más absoluta; desde 1835 viene fundiéndose desde el interior en formas, prácticas e influencias. No bien se recibe Rosas del Gobierno en 1835, cuando declara, por una proclamación, que los _impíos unitarios_ han asesinado alevosamente al ilustre general Quiroga, y que él se propone castigar atentado tan espantoso, que ha privado a la Federación de su columna más poderosa. ¡Qué!...--decían abriendo un palmo de boca los pobres unitarios al leer la proclama--; ¡qué!... Los Reinafé, ¿son unitarios? ¿No son hechura de López? ¿No entraron en Córdoba persiguiendo el ejército de Paz? ¿No están en activa y amigable correspondencia con Rosas? ¿No salió de Buenos Aires Quiroga con solicitud de Rosas? ¿No iba un chasque delante de él, que anunciaba a los Reinafé su próxima llegada? ¿No tenían los Reinafé preparada de antemano la partida que debía asesinarlo?... Nada; los impíos unitarios han sido los asesinos, ¡y desgraciado el que dude de ello!... Rosas manda a Córdoba a pedir los preciosos restos de Quiroga, la galera en que fué muerto, y se le hacen en Buenos Aires las exequias más suntuosas que hasta entonces se han visto; se manda cargar luto a la _ciudad_ entera. Al mismo tiempo dirige una circular a todos los gobiernos, en la que les pide que lo nombren _a él_ juez árbitro para seguir la causa y juzgar a los impíos unitarios que han asesinado a Quiroga; les indica la forma en que han de autorizarlo, y por cartas particulares les encarece la importancia de la medida; los halaga, seduce y ruega. La autorización es unánime, y los Reinafé son depuestos y presos todos los que han tenido parte, noticia o atingencia con el crimen, y conducidos a Buenos Aires.

Un Reinafé se escapa y es alcanzado en el territorio de Bolivia; otro pasa al Paraná y más tarde cae en manos de Rosas, después de haber escapado en Montevideo, de ser robado por un capitán de buque. Rosas y el doctor Maza siguen la causa de noche, a puertas cerradas. El doctor Gamboa, que se toma alguna libertad en la defensa de un reo subalterno, es declarado impío unitario por un decreto de Rosas. En fin: son ajusticiados todos los criminales que se han aprehendido, y un voluminoso extracto de la causa ve la luz pública. Dos años después había muerto López de Santa Fe de enfermedad natural, si bien el médico mandado por Rosas para asistirlo recibió más tarde una casa de la Municipalidad, por recompensa de sus servicios al Gobierno.

Cullen, el secretario de López en la época de la muerte de Quiroga, y que a la de López queda de gobernador de Santa Fe, por disposición testamentaria del finado, es depuesto por Rosas y sacado al fin de Santiago del Estero, donde se ha asilado, y a cuyo gobernador manda Rosas una talega de onzas o la declaración de la guerra, si el amigo no entrega a su amigo. El gobernador prefiere las onzas; Cullen es entregado a Rosas, y al pisar la frontera de Buenos Aires encuentra una partida y un oficial que le hace desmontarse del caballo y lo fusila. La _Gaceta_ de Buenos Aires publicaba después una carta de Cullen a Rosas, en que había indicios claros de la complicación del gobierno de Santa Fe en el asesinato de Quiroga, y como el finado López, decía la _Gaceta_, tenía plena confianza en su secretario, ignoraba el atroz crimen que éste estaba preparando.

Nadie podía replicar entonces que si López lo ignoraba, Rosas no, porque a él era dirigida la carta. Ultimamente, el doctor don Vicente Maza, el secretario de Rosas y procesador de los reos, murió también degollado en la sala de sesiones; de manera que Quiroga, sus asesinos, los jueces de los asesinos y los instigadores del crimen, todos tuvieron en dos años la mordaza que la tumba pone a las revelaciones indiscretas. Id ahora a preguntar quién mandó matar a Quiroga. ¿López? No se sabe. Un mayor Muslera, de auxiliares, decía una vez en presencia de muchas personas, en Montevideo: «Hasta ahora he podido descubrir por qué me ha tenido preso e incomunicado el general Rosas durante dos años y cinco meses. La noche anterior a mi prisión estuve en su casa.

»Su hermana y yo estábamos sentados en un sofá, mientras que él se paseaba a lo largo de la sala, con muestras visibles de descontento.--¿A que no adivina--me dijo la señora--por qué está así Juan Manuel? Es porque me está viendo este ramito _verde_ que tengo en las manos; ahora verá--añadió tirándolo al suelo. Efectivamente, don Juan Manuel se detuvo a poco andar, se acercó a nosotros, y me dijo en tono familiar:--¿Y qué se dice en San Luis de la muerte de Quiroga?--Dicen, señor, que S. E. es quien lo ha hecho matar.--¿Sí? Así se corre... Continuó paseándose, me despedí después, y al día siguiente fuí preso, y he permanecido hasta el día que llegó la noticia de la victoria de Yungay, en que, con doscientos más, fuí puesto en libertad.» El mayor Muslera murió también combatiendo contra Rosas, lo que no ha estorbado que se continúe hasta el día de hoy diciendo lo mismo que había oído aquél.

Pero el vulgo no ha visto en la muerte de Quiroga y el enjuiciamiento de sus asesinos más que un crimen horrible. La Historia verá otra cosa en lo primero: la fusión de la República en una unidad compacta y en el enjuiciamiento de los Reinafé, gobernadores de una provincia, el _hecho_ que constituye a Rosas jefe del Gobierno unitario absoluto, que desde aquel día y por aquel acto se constituye en la República Argentina. Rosas, investido del poder de juzgar a otro gobernador, establece en las conciencias de los demás la idea de la autoridad suprema de que está investido.

Juzga a los Reinafé por un crimen averiguado; pero en seguida manda fusilar sin juicio previo a Rodríguez, gobernador de Córdoba, que sucedió a los Reinafé, por no haber obedecido a todas sus instrucciones; fusila en seguida a Cullen, gobernador de Santa Fe, por razones que él sólo conoce, y últimamente, expide un decreto por el cual declara que ningún Gobierno de las demás provincias será reconocido válido mientras no obtenga su _exequátur_. Si aún se duda que ha asumido el mando supremo, y que los demás gobernadores son simples bajaes, a quienes puede mandar el cordón morado cada vez que no cumplan con sus órdenes, expedirá otro en el que deroga todas las leyes existentes de la República desde el año 1810 en adelante, aunque hayan sido dictadas por los Congresos generales o cualquiera otra autoridad competente; declarando además írrito y de ningún valor todo lo que, a consecuencia y en cumplimiento de esas leyes, se hubiese obrado hasta entonces. Yo pregunto: ¿qué legislador, qué Moisés o Licurgo, llevó más adelante el intento de refundir una sociedad bajo un plan nuevo? La revolución de 1810 queda por este decreto derogada; ley ni arreglo ninguno queda vigente; el campo para las innovaciones limpio como la palma de la mano, y la República entera sometida sin dar una batalla siquiera y sin consultar a los caudillos.

La _suma del Poder público_ de que se había investido para Buenos Aires solo, la extiende a toda la República, porque no sólo no se dice que es el sistema unitario el que se ha establecido, del que la persona de Rosas es el centro, sino que con mayor tesón que nunca se grita: _¡Viva la federación; mueran los unitarios!_ El epíteto unitario deja de ser el distintivo de un partido, y pasa a expresar todo lo que es execrado: los asesinos de Quiroga son _unitarios_; Rodríguez es _unitario_; Cullen, _unitario_; Santa Cruz, que trata de establecer la confederación perú-boliviana, _unitario_. Es admirable la paciencia que ha mostrado Rosas en fijar el sentido de ciertas palabras y el tesón de repetirlas.

En diez años se habrá visto escrito en la República Argentina treinta millones de veces: _¡Viva la Confederación! ¡Viva el ilustre Restaurador! ¡Mueran los salvajes unitarios!_, y nunca el cristianismo ni el mahometismo multiplicaron tanto sus símbolos respectivos, la cruz y la creciente, para estereotipar la creencia moral en exterioridades materiales y tangibles. Todavía era preciso afinar aquel dicterio de _unitario_; fué primero lisa y llanamente _unitarios_, más tarde los _impíos_ unitarios, favoreciendo con eso las preocupaciones del partido ultracatólico que secundó su elevación. Cuando se emancipó de ese pobre partido, y el cuchillo alcanzó también a la garganta de curas y canónigos, fué preciso abandonar la denominación de impíos; la casualidad suministró una coyuntura.

Los diarios de Montevideo empezaron a llamar _salvaje_ a Rosas; un día la _Gaceta_ de Buenos Aires apareció con esta agregación al tema ordinario: muera los _salvajes_ unitarios; repitiólo la mazorca, repitiéronlo todas las comunicaciones oficiales, repitiéronlo los gobernadores del interior, y quedó consumada la adopción. «Repita usted la palabra _salvaje_--escribía Rosas a López--hasta la saciedad, hasta aburrir, hasta cansar. Yo sé lo que digo, amigo.» Más tarde se le agregó _inmundos_, más tarde _asquerosos_, más tarde, en fin, don Baldomero García decía en una comunicación al Gobierno de Chile, que sirvió de cabeza de proceso a Bedoya, que era aquel emblema y aquel letrero «una señal de conciliación y de paz», porque todo el sistema se reduce a burlarse del sentido común.

La unidad de la República se realiza a fuerza de negarla; y desde que todos dicen federación, claro está que hay unidad. Rosas se llama encargado de las Relaciones Exteriores de la República, y sólo cuando la fusión está consumada y ha pasado a tradición, a los diez años después, don Baldomero García en Chile cambia aquel título por el de Director Supremo de los asuntos de la República.

He aquí, pues, la República unitarizada, sometida toda ella al arbitrio de Rosas; la antigua cuestión de los partidos de ciudad desnaturalizada; cambiado el sentido de las palabras, e introducido el régimen de la estancia de ganados en la administración de la República más guerrera, más entusiasta por la libertad y que más sacrificios hizo para conseguirla.

La muerte de López le entregaba a Santa Fe, la de los Reinafé a Córdoba, la de Facundo a las ocho provincias de la falda de los Andes. Para tomar posesión de todas ellas, bastáronle algunos obsequios personales, algunas cartas amistosas y algunas erogaciones del erario. Los auxiliares acantonados en San Luis recibieron un magnífico vestuario, y sus sueldos empezaron a pagarse de las cajas de Buenos Aires.

El padre Aldao, a más de una suma de dinero, empezó a recibir su sueldo de general de mano de Rosas, y el general Heredia, de Tucumán, que; con motivo de la muerte de Quiroga, escribía a un amigo suyo: «¡Ay, amigo! ¡No sabe lo que ha perdido la República con la muerte de Quiroga! ¡Qué porvenir, qué pensamiento tan grande de hombre! Quería constituir la República y llamar a todos los emigrados para que contribuyesen con sus luces y saber a esta grande obra»; el general Heredia recibió un armamento y dinero para preparar la guerra contra el _impío unitario_ Santa Cruz, y se olvidó bien pronto del cuadro grandioso que Facundo había desenvuelto a su vista en las conferencias que con él tuvo antes de su muerte.

Una medida administrativa que influía sobre toda la nación vino a servir de ensayo y manifestación de esta fusión unitaria y dependencia absoluta de Rosas. Rivadavia había establecido correos que de ocho en ocho días llevaban y traían la correspondencia de las provincias a Buenos Aires, y uno mensual a Chile y otro a Bolivia, que daban el nombre a las dos líneas generales de comunicación establecidas en la República. Los Gobiernos civilizados del mundo ponen hoy toda solicitud en aumentar a costa de gastos inmensos los correos no sólo de ciudad a ciudad, día por día y hora por hora, sino en el seno mismo de las grandes ciudades, estableciendo estafetas de barrio, y entre todos los puntos de la tierra por medio de las líneas de vapores que atraviesan el Atlántico o costean el Mediterráneo, porque la riqueza de los pueblos, la seguridad de las especulaciones de comercio, todo depende de la facilidad de adquirir noticias.

En Chile vemos todos los días, o los reclamos de los pueblos para que se aumenten los correos, o bien la solicitud del Gobierno para multiplicarlos por mar o por tierra. En medio de este movimiento general del mundo para acelerar las comunicaciones de los pueblos, don Juan Manuel Rosas, para mejor gobernar sus provincias, suprime los correos, que no existen en toda la República hace catorce años. En su lugar establece chasques de gobierno, que despacha él cuando hay una orden o una noticia que comunicar a sus subalternos.

Esta medida horrible y ruinosa ha producido, sin embargo, para su sistema, las consecuencias más útiles. La expectación, la duda, la incertidumbre, se mantienen en el interior; los gobernadores mismos se pasan tres o cuatro meses sin recibir un despacho, sin saber sino de oídas lo que en Buenos Aires ocurre. Cuando un conflicto ha pasado, cuando una ventaja se ha obtenido, entonces parten los chasques al interior conduciendo cargas de _Gacetas_, partes y boletines, con una carta al amigo, al compañero y gobernador, anunciándole que los _salvajes unitarios_ han sido derrotados, que la Divina Providencia vela por la conservación de la República.

Ha sucedido en 1843, que en Buenos Aires las harinas tenían un precio exorbitante y las provincias del interior lo ignoraban; algunos que tuvieron noticias privadas de sus corresponsales, mandaron cargamentos que les dejaron pingües utilidades. Entonces las provincias de San Juan y Mendoza, en masa, se movieron a especular sobre las harinas. Millares de cargas atraviesan la Pampa, llegan a Buenos Aires, y encuentran... que hacía dos meses que habían bajado de precio, hasta no costear ni los fletes. Más tarde se corre en San Juan que las harinas han tomado valor en Buenos Aires; los cosecheros suben el precio; suben las propuestas; se compra el trigo por cantidades exorbitantes; se acumula en varias manos, hasta que al fin una árrea que llega descubre que no ha habido alteración ninguna en la plaza, que ella deja su carga de harina porque no hay ni compradores. ¡Imagináos, si podéis, pueblos colocados a inmensas distancias, ser gobernados de este modo!

Todavía en estos últimos años las consecuencias de sus tropelías le han servido para consumar su obra unitaria. El Gobierno de Chile, despreciado en sus reclamaciones sobre males inferidos a sus súbditos, creyó oportuno cortar las relaciones comerciales con las provincias de Cuyo. Rosas aplaudió la medida y se calló la boca. Chile le proporcionaba lo que él no se había atrevido a intentar, que era cerrar todas las vías de comercio que no dependiesen de Buenos Aires. Mendoza y San Juan, La Rioja y Tucumán, que proveían de ganados, harina, jabón y otros ramos valiosos a las provincias del norte de Chile, han abandonado este tráfico. Un enviado ha venido a Chile, que esperó seis meses en Mendoza, hasta que se cerrase la cordillera, y que hasta aquí hace tres que no ha hablado una palabra de abrir el comercio.

Organizada la República bajo un plan de combinaciones tan fecundas en resultados, contrájose Rosas a la organización de su poder en Buenos Aires, echándole bases duraderas. La campaña lo había empujado sobre la ciudad; pero abandonando él la estancia por el Fuerte, necesitando moralizar esa misma campaña como propietario y borrar el camino por donde otros comandantes de campaña podían seguir sus huellas, se consagró a levantar un ejército, que se engrosaba de día en día, y que debía servir a contener la República en la obediencia y a llevar el estandarte de la santa causa a todos los pueblos vecinos.

No era sólo el ejército la fuerza que había sustituído a la adhesión de la campaña y a la opinión pública de la _ciudad_. Dos pueblos distintos de razas diversas vinieron en su apoyo. Existe en Buenos Aires una multitud de negros, de los millares quitados por los corsarios durante la guerra del Brasil. Forman asociaciones según los pueblos africanos a que pertenecen, tienen reuniones públicas, caja municipal, y un fuerte espíritu de cuerpo que los sostiene en medio de los blancos.

Los africanos son conocidos por todos los viajeros como una raza guerrera, llena de imaginación y de fuego, y aunque feroces cuando están excitados, dóciles, fieles y adictos al amo o a los que los ocupa. Los europeos que penetran en el interior del Africa toman negros a su servicio, que los defiende de los otros negros, y se exponen por ellos a los mayores peligros.

Rosas se formó una opinión pública, un pueblo adicto en la población negra de Buenos Aires, y confió a su hija doña Manuelita esta parte de su gobierno. La influencia de las negras para con ella, su favor para con el Gobierno, han sido siempre sin límites. Un joven sanjuanino estaba en Buenos Aires cuando Lavalle se acercaba en 1840; había pena de la vida para el que saliese del recinto de la ciudad. Una negra vieja que en otro tiempo había pertenecido a su familia y había sido vendida en Buenos Aires, lo reconoce; sabe que está detenido: «Amito--le dice--, ¿cómo no me había avisado? En el momento voy a conseguirle pasaporte.--¿Tú?--Yo, amito; la señorita Manuelita no me lo negará.» Un cuarto de hora después la negra volvía con el pasaporte firmado por Rosas, con orden a las partidas de dejarlo salir libremente.

Los negros ganados así para el Gobierno ponían en manos de Rosas un celoso espionaje en el seno de cada familia, por los sirvientes y esclavos, proporcionándole, además, excelentes e incorruptibles soldados de otro idioma y de una raza salvaje. Cuando Lavalle se acercó a Buenos Aires, el Fuerte y Santos Lugares estaban llenos, a falta de soldados, de negras entusiastas vestidas de hombre para engrosar las fuerzas. La adhesión de los negros dió al poder de Rosas una base indestructible. Felizmente, las continuas guerras han exterminado ya la parte masculina de esta población, que encontraba su patria y su manera de gobernar en el amo a quien servía. Para intimar la campaña, atrajo a los fuertes del Sur algunas tribus salvajes, cuyos caciques estaban a sus órdenes.

Asegurados estos puntos principales, el tiempo irá consolidando la obra de organización unitaria que el crimen había iniciado, y sostenían la decepción y la astucia. La República así reconstruída, sofocado el federalismo de las provincias, y por persuasión, conveniencia o temor, obedeciendo todos sus gobiernos a la impulsión que se les da desde Buenos Aires, Rosas necesita salir de los límites de su Estado para ostentar afuera, para exhibir a la luz pública la obra de su ingenio. ¿De qué le ha servido absorberse las provincias si al fin había de permanecer, como el doctor Francia, sin brillo en el exterior, sin contacto ni influencia sobre los pueblos vecinos? La fuerte unidad dada a la República sólo es la base firme que necesita para lanzarse y producirse en un teatro más elevado, porque Rosas tiene conciencia de su valer y espera una nombradía imperecedera.