Facundo

Part 21

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Invitado por el Gobierno de Chile, toma parte en la guerra que este Estado hace a Santa Cruz. ¿Qué motivos le hacen abrazar con tanto ardor una guerra lejana y sin antecedentes para él? Una idea fija que lo domina desde mucho antes de ejercer el Gobierno supremo de la República, a saber: la reconstrucción del antiguo virreinato de Buenos Aires.

No es que por entonces conciba apoderarse de Bolivia, sino que, habiendo cuestiones pendientes sobre límites, reclama la provincia de Tarija; lo demás lo darán el tiempo y las circunstancias. A la otra orilla del Plata también hay una desmembración del virreinato: la República Oriental. Allí Rosas halla medios de establecer su influencia con el gobierno de Oribe, y si no obtiene que no lo ataque la Prensa, consigue al menos que el pacífico Rivadavia, los Agüero, Varelas y otros unitarios de nota sean expulsados del territorio oriental.

Desde entonces la influencia de Rosas se encarna más y más en aquella República, hasta que al fin el ex presidente Oribe se constituye en general de Rosas, y los emigrados argentinos se confunden con los nacionales en la resistencia que oponen a esta conquista disfrazada con nombres especiosos. Más tarde, y cuando el doctor Francia muere, Rosas se niega a reconocer la independencia del Paraguay, siempre preocupado de su idea favorita: la reconstrucción del antiguo virreinato.

Pero todas estas manifestaciones de la Confederación Argentina no bastan a mostrarlo en toda su luz; necesítase un campo más vasto, antagonistas más poderosos, cuestiones de más brillo, una potencia europea, en fin, con quien habérselas y mostrarle lo que es un Gobierno americano original, y la fortuna no se esquiva esta vez para ofrecérsela.

La Francia mantenía en Buenos Aires, en calidad de agente consular, un joven de corazón y capaz de simpatías ardientes por la civilización y la libertad. M. Roger está relacionado con la juventud literata de Buenos Aires, y mira, con la indignación de un corazón joven y francés, los actos de inmoralidad, la subversión de todo principio de justicia y la esclavitud de un pueblo que estima altamente. Yo no quiero entrar en la apreciación de los motivos ostensibles que motivaron el bloqueo de Francia, sino en las causas que venían preparando una coalición entre Rosas y los agentes de los Poderes europeos. Los franceses, sobre todo, se habían distinguido ya desde 1828 por su decisión entusiasta por la causa que sostenían los antiguos unitarios. M. Guizot ha dicho en pleno Parlamento que sus conciudadanos son muy entrometidos; yo no pondré en duda autoridad tan competente; lo único que aseguraré es que, entre nosotros, los franceses residentes se mostraron siempre franceses, europeos y hombres de corazón; si después en Montevideo se han mostrado lo que en 1828, eso probará que en todos tiempos son entrometidos, o bien, que hay algo en las cuestiones políticas del Plata que les toca muy de cerca.

Sin embargo, yo no comprendo cómo concibe M. Guizot que en un país cristiano, en que los franceses residentes tienen sus hijos y su fortuna, y esperan hacer de él su patria definitiva, han de mirar con indiferencia el que se levante y afiance un sistema de gobierno que destruye todas las garantías de las sociedades civilizadas, y abjura todas las tradiciones, doctrinas y principios que ligan aquel país a la gran familia europea.

Si la escena fuese en Turquía o en Persia, comprendo muy bien que serían entrometidos por demás los extranjeros que se mezclasen en las querellas de los habitantes; entre nosotros, y cuando las cuestiones son de la clase de las que allí se ventilan, hallo muy difícil creer que el mismo M. Guizot conservase cachaza suficiente para no desear siquiera el triunfo de aquella causa que más de acuerdo está con su educación, hábitos e ideas europeas. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que los europeos, de cualquier nación que sean, han abrazado con calor un partido, y para que esto suceda, causas sociales muy profundas deben militar para vencer el egoísmo natural al hombre extranjero; más indiferentes se han mostrado siempre los americanos mismos.

La _Gaceta_ de Rosas se queja hasta hoy de la hostilidad puramente personal de Purvis y otros agentes europeos que favorecen a los enemigos de Rosas aun contra las órdenes expresas de sus Gobiernos. Estas antipatías personales de europeos civilizados, más que la muerte de Bacle, prepararon el bloqueo. El joven Roger quiso poner el peso de la Francia en la balanza en que no alcanzaba a pesar bastante el partido europeo civilizado que destruía Rosas, y M. Martigny, tan apasionado como él, lo secundó en aquella obra más digna de esa Francia ideal que nos ha hecho amar la literatura francesa, que de la verdadera Francia, que anda arrastrándose hoy día tras de todas las cuestiones de hechos mezquinos y sin elevación de miras.

Una desavenencia con la Francia era para Rosas el bello ideal de su Gobierno, y no sería dado saber quién agriaba más la discusión, si M. Roger con sus reclamos, su deseo de hacer caer aquel tirano bárbaro, o Rosas, animado de su ojeriza contra los extranjeros y sus instituciones, trajes, costumbres e ideas de gobierno. «Este bloqueo--decía Rosas frotándose las manos de contento y entusiasmo--va a llevar mi nombre por todo el mundo, y la América me mirará como el defensor de su independencia.» Sus anticipaciones han ido más allá de lo que él podía prometerse, y sin duda que Mehemet-Alí ni Abdel-Kader gozan hoy en la tierra de una nombradía más sonada que la suya.

En cuanto a Defensor de la Independencia Americana, título que él se ha arrogado, los hombres ilustrados de América empiezan hoy a disputárselo, y acaso los hechos vengan tristemente a mostrar que sólo Rosas podía echar a la Europa sobre la América y forzarla a intervenir en las cuestiones que de este lado del Atlántico se agitan. La triple intervención que se anuncia es la primera que ha tenido lugar en los nuevos Estados americanos.

El bloqueo francés fué la vía pública por la cual llegó a manifestarse sin embozo el sentimiento llamado propiamente _americanismo_. Todo lo que de bárbaros tenemos; todo lo que nos separa de la Europa culta, se mostró desde entonces en la República Argentina organizado en sistema y dispuesto a formar de nosotros una entidad aparte de los pueblos de procedencia europea. A la par de la destrucción de todas las instituciones que nos esforzamos por todas partes en copiar a la Europa, iba la persecución al frac, a la moda, a las patillas, a los peales del calzón, a la forma del cuello del chaleco y al peinado que traía el figurín; y a estas exterioridades europeas se sustituía el pantalón ancho y suelto, el chaleco colorado, la chaqueta corta, el poncho, como trajes nacionales, eminentemente americanos, y este mismo don Baldomero García que hoy nos trae a Chile el _Mueran los salvajes, asquerosos, inmundos unitarios_, como «signo de conciliación y de paz», fué botado a empujones del Fuerte un día en que, como magistrado, acudía a un besamanos, por tener el salvajismo asqueroso e inmundo de presentarse con frac.

Desde entonces la _Gaceta_ cultiva, ensancha, agita y desenvuelve en el ánimo de sus lectores el odio a los europeos, el desprecio de los europeos que quieren conquistarnos. A los franceses los llama _titiriteros tiñosos_; a Luis Felipe, _guarda chanchos_ unitario, y a la política europea, _bárbara_, _asquerosa_, _brutal_, _sanguinaria_, _cruel_, _inhumana_. El bloqueo principia y Rosas escoge medios de resistirlo, dignos de una guerra entre él y Francia. Quita a los catedráticos de las Universidades sus rentas; a las escuelas primarias de hombres y de mujeres, las dotaciones cuantiosas que Rivadavia les había asignado; cierra todos los establecimientos filantrópicos; los locos son arrojados a las calles, y los vecinos se encargan de encerrar en sus casas a aquellos peligrosos desgraciados.

¿No hay una exquisita penetración en estas medidas? ¿No se hace la verdadera guerra a la Francia, que en luces está a la cabeza de la Europa, atacándola en la educación pública? El Mensaje de Rosas anuncia todos los años que el celo de los ciudadanos mantiene los establecimientos públicos. ¡Bárbaro! ¡Es la _ciudad_, que trata de salvarse de no ser convertida en pampa si abandona la educación que la liga al mundo civilizado! Efectivamente: el doctor Alcorta y otros jóvenes dan lecciones gratis en la Universidad durante muchos años, a fin de que no se cierren los cursos; los maestros de escuela continúan enseñando y piden a los padres de familia una limosna para vivir, porque quieren continuar dando lecciones.

La Sociedad de Beneficencia recorre secretamente las casas en busca de suscripciones; improvisa recursos para mantener a las heroicas maestras, que, con tal que no se mueran de hambre, han jurado no cerrar sus escuelas, y el 25 de Mayo presentan sus millares de alumnas todos los años, vestidas de blanco, a mostrar su aprovechamiento en los exámenes públicos... ¡Ah, corazones de piedra! ¿Nos preguntaréis todavía por qué combatimos?

Diera con lo que precede por terminadas las consecuencias que de la vida de Facundo Quiroga se han derivado en los hechos históricos y en la política de la República Argentina, si por conclusión de estos apuntes aún no me quedara que apreciar las consecuencias morales que ha traído la lucha de las campañas pastoras con las ciudades y los resultados, ya favorables, ya adversos, que ha dado para el porvenir de la República.

CAPÍTULO II

PRESENTE Y PORVENIR

Aprés avoir été conquérant, aprés s'étre déployé tout entier, il s'épuise, il a fait son temps, il est conquis lui mème: ce jour-là il quitte la scêne du monde, parce qu'alors il est devenu inutile à l'humanité.

COUSIN.

El bloqueo de la Francia duraba dos años había, y el Gobierno _americano_, animado del espíritu _americano_, hacía frente a la Francia, al principio europeo, a las pretensiones europeas. El bloqueo francés, empero, había sido fecundo en resultados sociales para la República Argentina, y servía a manifestar en toda su desnudez la situación de los espíritus y los nuevos elementos de lucha que debían encender la guerra encarnizada que sólo puede terminar con la caída de aquel Gobierno monstruoso. El Gobierno personal de Rosas continuaba sus estragos en Buenos Aires, su fusión _unitaria_ en el interior, al paso que en el exterior se presentaba haciendo frente gloriosamente a las pretensiones de una potencia europea y reivindicando el poder americano contra toda tentativa de invasión. Rosas ha probado--se decía por toda la América, y aun se dice hoy--que la Europa es demasiado débil para conquistar un Estado americano que quiere sostener sus derechos.

Sin negar esta verdad incuestionable, yo creo que lo que Rosas puso de manifiesto es la supina ignorancia en que viven en Europa sobre los intereses europeos en América, y los verdaderos medios de hacerlos prosperar sin menoscabo de la independencia americana. A Rosas, además, debe la República Argentina en estos últimos años haber llenado de su nombre, de sus luchas y de la discusión de sus intereses el mundo civilizado y puéstola en contacto más inmediato con la Europa, forzando a sus sabios y a sus políticos a contraerse a estudiar este mundo trasatlántico, que tan importante papel está llamado a figurar en el mundo futuro.

Yo no digo que hoy estén mucho más avanzados en conocimientos, sino que ya están en vías de experimento y que al fin la verdad ha de ser conocida. Mirado el bloqueo francés bajo su aspecto material, es un hecho obscuro que a ningún resultado histórico conduce; Rosas cede de sus pretensiones, la Francia deja pudrirse sus buques en las aguas del Plata; he aquí toda la historia del bloqueo.

La aplicación del nuevo sistema de Rosas había traído un resultado singular, a saber: que la población de Buenos Aires se había fugado y reunídose en Montevideo. Quedaban, es verdad, en la orilla izquierda del Plata las mujeres, los hombres materiales, _aquellos que pacen su pan bajo la férula de cualquier tirano_; los hombres, en fin, para quienes el interés de la libertad, la civilización y la dignidad de la patria es posterior al de comer o dormir; pero toda aquella escasa porción de nuestras sociedades y de todas las sociedades humanas, para la cual entra por algo en los negocios de la vida el vivir bajo un gobierno racional y preparar sus destinos futuros, se hallaba reunida en Montevideo, adonde, por otra parte, con el bloqueo y la falta de seguridad individual, se había trasladado el comercio de Buenos Aires y las principales casas extranjeras.

Hallábanse, pues, en Montevideo los antiguos unitarios con todo el personal de la administración de Rivadavia, sus mantenedores, 18 generales de la República, sus escritores, los excongresales, etc.; estaban ahí, además, los federales de la _ciudad_, emigrados de 1833 adelante; es decir, todas las notabilidades hostiles a la Constitución de 1826 expulsadas por Rosas con el apodo de _lomos negros_. Venían después los fautores de Rosas, que no habían podido ver sin horror la obra de sus manos, o que, sintiendo aproximarse a ellos el cuchillo exterminador, habían, como Tallien y los termidorianos, intentado salvar sus vidas y la patria, destruyendo lo mismo que ellos habían creado.

Ultimamente había llegado a reunirse en Montevideo un cuarto elemento que no era ni unitario, ni federal, ni exrosista, y que ninguna afinidad tenía con aquéllos, compuesto de la nueva generación que había llegado a la virilidad en medio de la destrucción del orden antiguo y la plantación del nuevo. Como Rosas ha tenido tan buen cuidado y tanto tesón de hacer creer al mundo que sus enemigos son hoy los unitarios del año 26, creo oportuno entrar en algunos detalles sobre esta última faz de las ideas que han agitado la República.

La numerosa juventud que el Colegio de Ciencias Morales, fundado por Rivadavia, había reunido de todas las provincias, la que la Universidad, el Seminario y los muchos establecimientos de educación que pululaban en aquella ciudad que tuvo un día el candor de llamarse la _Atenas_ americana habían preparado para la vida pública, se encontraba sin foro, sin Prensa, sin tribuna, sin esa vida pública, sin teatro, en fin, en que ensayar las fuerzas de una inteligencia juvenil y llena de actividad. Por otra parte, el contacto inmediato que con la Europa habían establecido la revolución de la Independencia, el comercio y la administración de Rivadavia tan eminentemente europea, había echado a la juventud argentina en el estudio del movimiento político y literario de la Europa y de la Francia sobre todo.

El romanticismo, el eclecticismo, el socialismo, todos aquellos diversos sistemas de ideas tenían acalorados adeptos, y el estudio de las teorías sociales se hacía a la sombra del despotismo más hostil a todo desenvolvimiento de ideas. El doctor Alsina, dando lección en la Universidad sobre legislación, después de explicar lo que era el despotismo, añadía esta frase final: «En suma, señores: ¿quieren ustedes tener una idea cabal de lo que es el despotismo? Ahí tienen ustedes el Gobierno de don Juan Manuel Rosas con facultades extraordinarias.» Una lluvia de aplausos siniestros y amenazadores ahogaba la voz del osado catedrático.

Al fin esa juventud que se esconde con sus libros europeos a estudiar en secreto, con su Sismondi, su Lherminier, su Tocqueville, sus revistas _Británicas_, de _Ambos Mundos_, _Enciclopédica_, su Jouffroi, su Cousin, su Guizot, etc., etc., se interroga, se agita, se comunica, y al fin se asocia indeliberadamente, sin saber fijamente para qué, llevada de una impulsión que cree puramente literaria, como si las letras corrieran peligro de perderse en aquel mundo bárbaro, o como si la buena doctrina perseguida en la superficie necesitase ir a esconderse en el asilo subterráneo de las catacumbas para salir de allí compacta y robustecida a luchar con el poder.

El Salón Literario de Buenos Aires fué la primera manifestación de este espíritu nuevo. Algunas publicaciones periódicas, algunos opúsculos en que las doctrinas europeas aparecían mal digeridas aún fueron sus primeros ensayos. Hasta entonces nada de políticas, nada de partidos; aún había muchos jóvenes que, preocupados con las doctrinas históricas francesas, creyeron que Rosas, su Gobierno, su sistema original, su reacción contra la Europa era una manifestación nacional americana, una civilización, en fin, con sus caracteres y formas peculiares. No entraré a apreciar ni la importancia real de estos estudios ni las fases incompletas, presuntuosas y aun ridículas que presentaba aquel movimiento literario; eran ensayos de fuerzas inexpertas y juveniles que no merecerían recuerdo si no fuesen precursores de un movimiento más fecundo en resultados. Del seno del Salón Literario se desprendió un grupo de cabezas inteligentes que, asociándose secretamente, proponíase formar un carbonarismo que debía echar en toda la República las bases de una reacción civilizada contra el Gobierno bárbaro que había triunfado.

Tengo, por fortuna, el acta original de esta asociación a la vista, y puedo con satisfacción contar los nombres que la suscribieron. Los que los llevan están hoy diseminados por Europa y América, excepto algunos que han pagado a la patria su tributo con una muerte gloriosa en los campos de batalla.

Casi todos los que sobreviven son hoy literatos distinguidos, y si un día los poderes intelectuales han de tener parte en la dirección de los negocios de la República Argentina, muchos y muy completos instrumentos hallará en esta escogida pléyade largamente preparada por el talento, el estudio, los viajes, la desgracia y el espectáculo de los errores y desaciertos que han presenciado o cometido ellos mismos.

«En nombre de Dios--dice el acta--, de la patria, de los héroes y mártires de la Independencia Americana; en nombre de la sangre y de las lágrimas inútilmente derramadas en nuestra guerra civil, todos y cada uno de los miembros de la asociación de la joven generación argentina:

»Creyendo que todos los hombres son iguales;

»Que todos son libres, que todos son hermanos, iguales en derechos y deberes;

»Libres en el ejercicio de sus facultades para el bien de todos;

»Hermanos para marchar a la conquista de aquel bien y al lleno de los destinos humanos;

»Creyendo en el progreso de la humanidad; teniendo fe en el porvenir;

»Convencidos de que la unión constituye la fuerza;

»Que no puede existir fraternidad ni unión sin el vínculo de los principios;

»Y deseando consagrar sus esfuerzos a la libertad y felicidad de su patria y a la regeneración completa de la sociedad argentina,

»1.º Juran concurrir con su inteligencia, sus bienes y sus brazos a la realización de los principios formulados en las _palabras simbólicas_ que forman las bases del pacto de la alianza;

»2.º Juran no desistir de la empresa sean cuales fueren los peligros que amaguen a cada uno de los miembros sociales;

»3.º Juran sostenerlos a todo trance y usar de todos los medios que tengan en sus manos para difundirlos y propagarlos, y

»4.º Juran fraternidad recíproca, unión estrecha y perpetuo silencio sobre lo que pueda comprometer la existencia de la Asociación.»

Las _palabras simbólicas_, no obstante la obscuridad emblemática del título, eran sólo el credo político que reconoce y confiesa el mundo cristiano, con la sola agregación de la prescindencia de los asociados de las ideas e intereses que antes habían dividido a unitarios y federales, con quienes podían ahora armonizar, puesto que la común desgracia los había unido en el destierro.

Mientras estos nuevos apóstoles de la República y de la civilización europea se preparaban a poner a prueba sus juramentos, la persecución de Rosas llegaba ya hasta ellos, jóvenes sin antecedentes políticos, después de haber pasado por sus partidarios mismos, por los federales _lomos negros_ y por los antiguos unitarios. Fueles preciso, pues, salvar con sus vidas las doctrinas que tan sensatamente habían formulado, y Montevideo vió venir, unos en pos de otros, centenares de jóvenes que abandonaban su familia, sus estudios y sus negocios para ir a buscar a la ribera oriental del Plata un punto de apoyo para desplomar, si podían, aquel poder sombrío que se hacía un parapeto de cadáveres y tenía de avanzada una horda de asesinos legalmente constituída.

He necesitado entrar en estos pormenores para caracterizar un gran movimiento que se operaba por entonces en Montevideo y que ha escandalizado a la América dando a Rosas una poderosa arma moral para robustecer su Gobierno y su principio _americano_. Hablo de la alianza de los enemigos de Rosas con los franceses que bloqueaban a Buenos Aires, que Rosas ha echado en cara eternamente como un baldón a los unitarios. Pero en honor de la verdad histórica y de la justicia, debo declarar, ya que la ocasión se presenta, que los verdaderos unitarios, los hombres que figuraron hasta 1829, no son responsables de aquella alianza; los que cometieron aquel delito de leso americanismo; los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes; en una palabra: ¡fuimos _nosotros_! Sé muy bien que en los estados americanos halla eco Rosas, aun entre hombres liberales y eminentemente civilizados, sobre este delicado punto, y que para muchos es todavía un error afrentoso el haberse asociado los argentinos a los _extranjeros_ para derrocar a un tirano. Pero cada uno debe reposar en sus convicciones, y no descender a justificarse de lo que cree firmemente y sostiene de palabra y obra. Así, pues, diré en despecho de quienquiera que sea, que la gloria de haber comprendido que había alianza íntima entre los enemigos de Rosas y los poderes civilizados de Europa, nos perteneció toda entera a nosotros.

Los unitarios más eminentes, como los americanos, como Rosas y sus satélites, estaban demasiado preocupados de esa idea de la nacionalidad, que es patrimonio del hombre desde la tribu salvaje y que le hace mirar con horror al extranjero.

En los pueblos castellanos este sentimiento ha ido hasta convertirse en una pasión brutal capaz de los mayores y más culpables excesos, capaz del suicidio. La juventud de Buenos Aires llevaba consigo esta idea fecunda de la fraternidad de intereses con la Francia y la Inglaterra; llevaba el amor a los pueblos europeos asociado al amor a la civilización, a las instituciones y a las letras que la Europa nos había legado, y que Rosas destruía en nombre de América, sustituyendo otro vestido al vestido europeo, otras leyes a las leyes europeas, otro gobierno al gobierno europeo.

Esta juventud, impregnada de las ideas civilizadoras de la literatura europea, iba a buscar en los europeos enemigos de Rosas sus antecesores, sus padres, sus modelos; el apoyo contra la América tal como la presentaba Rosas: bárbara como el Asia, despótica y sanguinaria como la Turquía, persiguiendo y despreciando la inteligencia como el mahometismo.

Si los resultados no han correspondido a sus expectaciones, suya no fué la culpa, ni los que les afean aquella alianza pueden tampoco vanagloriarse de haber acertado mejor; pues si los franceses pactaron al fin con el tirano, no por eso intentaron nada contra la independencia argentina, y si por un momento ocuparon la isla de Martín García, llamaron luego un jefe argentino que se hiciese cargo de ella. Los argentinos, antes de asociarse a los franceses habían exigido declaraciones públicas de parte de los bloqueadores de respetar el territorio argentino, y las habían obtenido solemnes.

En tanto, la idea que tanto combatieron los unitarios al principio, y que llamaban una traición a la patria, se generalizó y los dominó y sometió a ellos mismos, y cunde hoy por toda la América y se arraiga en los ánimos.