Part 19
Facundo muere asesinado el 18 de febrero; la noticia de su muerte llega a Buenos Aires el 24, y a principios de marzo ya estaban arregladas todas las bases del Gobierno necesario e inevitable del comandante general de campaña, que desde 1833 ha tenido en tortura a la ciudad, fatigándola, angustiándola, desesperándola, hasta que la ha arrancado al fin entre sollozos y gemidos la _suma del Poder público_, porque Rosas no se ha contentado esta vez con exigir la dictadura, las facultades extraordinarias, etc. No; lo que pide es lo que la frase expresa: tradiciones, costumbres, formas, garantías, leyes, culto, ideas, conciencia, vida, haciendas, preocupaciones; sumad todo lo que tiene poder sobre la sociedad, y lo que resulte será la suma del poder público pedida. El 5 de abril la Junta de Representantes, en cumplimiento de lo estipulado, elige gobernador de Buenos Aires por cinco años al general don Juan Manuel Rosas, Héroe del Desierto, Ilustre Restaurador de las Leyes, Depositario de la Suma del Poder Público.
Pero no le satisface la elección hecha por la Junta de Representantes; lo que medita es tan grande, tan nuevo, tan nunca visto, que es preciso tomarse antes todas las seguridades imaginables, no sea que más tarde se diga que el pueblo de Buenos Aires no le ha delegado la _suma del Poder público_. Rosas, gobernador propone, a las Mesas electorales esta cuestión: ¿Convienen en que don Juan Manuel Rosas sea gobernador por cinco años, con la suma del Poder público? Y debo decirlo en obsequio de la verdad histórica, nunca hubo Gobierno más popular, más deseado ni más bien sostenido por la opinión.
Los unitarios, que en nada habían tomado parte, lo recibían al menos con indiferencia; los federales, _lomos negros_, con desdén, pero sin oposición; los ciudadanos pacíficos lo esperaban como una bendición y un término a las crueles oscilaciones de dos largos años; la campaña, en fin, como símbolo de su poder y la humillación de los _cajetillas_ de la _ciudad_. Bajo tan felices disposiciones, principiáronse las elecciones o ratificaciones de todas las parroquias, y la votación fué unánime, excepto tres votos que se opusieron a la delegación de la suma del Poder público. ¿Concíbese cómo ha podido suceder que en una provincia de cuatrocientos mil habitantes, según lo asegura la _Gaceta_, sólo hubiese tres votos contrarios al Gobierno? ¿Sería acaso que los disidentes no votaron? ¡Nada de eso! No se tiene aún noticia de ciudadano alguno que no fuese a votar; los enfermos se levantaron de la cama a ir a dar su asentimiento, temerosos de que sus nombres fuesen inscritos en algún negro registro, porque así se había insinuado.
El terror estaba ya en la atmósfera, y aunque el trueno no había estallado aún, todos veían la nube negra y torva que venía cubriendo el cielo dos años hacía. La votación aquella es única en los anales de los pueblos civilizados, y los nombres de los tres locos, más bien que animosos opositores, se han conservado en la tradición del pueblo de Buenos Aires.
Hay un momento fatal en la historia de todos los pueblos y es aquél en que, cansados los partidos de luchar, piden antes de todo el reposo de que por largos años han carecido, aun a expensas de la libertad o de los fines que ambicionaban; éste es el momento en que se alzan los tiranos que fundan dinastías e imperios. Roma, cansada de las luchas de Mario y de Sila, de patricios y plebeyos, se entregó con delicia a la dulce tiranía de Augusto, el primero que encabeza la lista execrable de los emperadores romanos.
La Francia, después del Terror, después de la impotencia y desmoralización del Directorio, se entregó a Napoleón que, por un camino sembrado de laureles, la sometió a los aliados que la devolvieron a los Borbones.
Rosas tuvo la habilidad de acelerar aquel cansancio, de crearlo a fuerza de hacer imposible el reposo. Dueño una vez del poder absoluto, ¿quién se lo pedirá más tarde, quién se atreverá a disputarle sus títulos a la dominación? Los romanos daban la dictadura en casos raros y por término corto fijo; y aun así, el uso de la dictadura temporal autorizó la perpetua, que destruyó la República y trajo todo el desenfreno del Imperio. Cuando el término del gobierno de Rosas expira, anuncia su determinación decidida de retirarse a la vida privada; la muerte de su cara esposa, la de su padre, han ulcerado su corazón; necesita ir lejos del tumulto de los negocios públicos a llorar a sus anchas pérdidas tan amargas. El lector debe recordar al oír este lenguaje en la boca de Rosas, que no veía a su padre desde la juventud, y a cuya esposa había dado días tan amargos, algo parecido a las hipócritas protestas de Tiberio ante el Senado romano. La Sala de Buenos Aires le ruega, le suplica que continúe haciendo sacrificios por la patria; Rosas se deja persuadir, continúa tan sólo por seis meses más; pasan los seis meses y se abandona la farsa de la elección. Y, en efecto: ¿qué necesidad tiene de ser electo un jefe que ha arraigado el poder en su persona? ¿Quién le pide cuenta temblando del terror que les ha inspirado a todos?
Cuando la aristocracia veneciana hubo sofocado la conspiración de Tiépolo en 1300, nombró de su seno diez individuos que, investidos de facultades discrecionales, debían perseguir y castigar a los conjurados, pero limitando la duración de su autoridad a sólo diez días. Oigamos al conde De Daru, en su célebre _Historia de Venecia_, referir el suceso: «Tan inminente se creyó el peligro--dice--, que se creó una autoridad dictatorial después de la victoria. Un consejo de diez miembros fué nombrado para velar por la conservación del Estado. Se le armó de todos los medios; librósele de todas las formas, de todas las responsabilidades; quedáronle sometidas todas las cabezas.
»Verdad es que su duración no debía pasar de diez días; fué necesario, sin embargo, prorrogarla por diez más, después por veinte, en seguida por dos meses; pero al fin fué prolongada seis veces seguidas por este último término. A la vuelta de un año de existencia se hizo continuar por cinco. Entonces se encontró demasiado fuerte para prorrogarse a sí mismo durante diez años más, hasta que fué aquel terrible tribunal declarado perpetuo. Lo que había hecho por prolongar su duración lo hizo por extender sus atribuciones. Instituído solamente para conocer en los crímenes de Estado, ese tribunal se había apoderado de la administración. So pretexto de velar por la seguridad de la República, se entrometió en la paz y en la guerra, dispuso de las rentas y concluyó por arrogarse el poder soberano»[37].
En la República Argentina no es un Consejo el que se ha apoderado así de la autoridad suprema: es un hombre, y un hombre bien indigno. Encargado temporalmente de las Relaciones Exteriores, depone, fusila, asesina a los gobernadores de las provincias que le hicieron el encargo. Revestido de la suma del Poder público en 1835 por sólo cinco años, en 1845 está aún revestido de aquel poder. Y nadie sería hoy tan candoroso para esperar que lo deje, ni que el pueblo se atreva a pedírselo. Su gobierno es de por vida, y si la Providencia hubiese de consentir que muriese pacíficamente como el doctor Francia, largos años de dolores y miserias aguardan a aquellos desgraciados pueblos, víctimas hoy del cansancio de un momento.
El 13 de abril de 1835 se recibió Rosas del gobierno, y su talante desembarazado y su aplomo en la ceremonia no dejó de sorprender a los ilusos que habían creído tener un rato de diversión al ver el desmayo y _gaucherie_ del gaucho. Presentóse de casaca de general, desabotonada, que dejaba ver un chaleco amarillo de cotonía. Perdónenme los que no comprenden el espíritu de esta singular _toilette_ el que recuerde aquella circunstancia.
En fin: ya tiene el gobierno en sus manos. Facundo ha muerto un mes antes; la ciudad se ha entregado a su discreción; el pueblo ha confirmado del modo más auténtico esta entrega de toda garantía y de toda institución. Es el Estado una tabla rasa en que él va a escribir una cosa nueva, original; él es un poeta, un Platón que va a realizar su república ideal según él ha concebido; es éste un trabajo que ha meditado veinte años, y que al fin puede dar a luz, sin que vengan a estorbar su realización tradiciones envejecidas, preocupaciones de la época, plagios hechos a la Europa, garantías individuales, instituciones vigentes. Es un genio, en fin, que ha estado lamentando los errores de su siglo y preparándose para destruirlos de un golpe. Todo va a ser nuevo, obra de su ingenio; vamos a ver este portento.
De la Sala de Representantes adonde ha ido a recibir el bastón, se retira en un coche _colorado_, mandado pintar exprofeso para el acto, al que están atados cordones de seda _colorada_ y a los que se uncen aquellos hombres que desde 1833 han tenido la ciudad en continua alarma por sus atentados y su impunidad; llámase la _Sociedad Popular_ y lleva el _puñal_ a la cintura, chaleco _colorado_ y una cinta _colorada_ en la que se lee: _Mueran los unitarios_. En la puerta de su casa le hacen guardia de honor estos mismos hombres; después acuden los ciudadanos, después los generales, porque es necesario hacer aquella manifestación de adhesión sin límites a la persona del Restaurador.
Al día siguiente aparece una proclama y una lista de proscripción, en la que entra uno de sus concuñados, el doctor Alsina. La proclama aquella, que es uno de los pocos escritos de Rosas, es un documento precioso que siento no tener a mano. Era un programa de su gobierno, sin disfraz, sin rodeos: _el que no está conmigo es mi enemigo_; tal era el axioma de política consagrado en ella. Se anuncia que va a correr sangre, y tan sólo promete no atentar contra las propiedades. ¡Ay de los que provoquen su cólera!
Cuatro días después la parroquia de San Francisco anuncia su intención de celebrar una misa y _Tedéum_ en acción de gracias al Todopoderoso, etc., etc., invitando al vecindario a solemnizar con su presencia el acto. Las calles circunvecinas están empavesadas, alfombradas, tapizadas, decoradas. Es aquello un bazar oriental en que se ostentan tejidos de damasco, púrpura, oro y pedrerías en decoraciones caprichosas. El pueblo llena las calles, los jóvenes acuden a la novedad, las señoras hacen de la parroquia su paseo de la tarde. El _Tedéum_ se posterga de un día a otro, y la agitación de la ciudad, el ir y venir, la excitación, la interrupción de todo trabajo dura cuatro, cinco días consecutivos. La _Gaceta_ repite los más mínimos detalles de la espléndida función.
Ocho días después otra parroquia anuncia su _Tedéum_; los vecinos se proponen rivalizar en entusiasmo y obscurecer la pasada fiesta. ¡Qué lujo de decoraciones; qué ostentación de riquezas y adornos! El retrato del Restaurador está en la calle en un dosel, en que los terciopelos _colorados_ se mezclan con los galones y las cordonaduras de oro. Igual movimiento por más días aún; se vive en la calle, en la parroquia privilegiada. Pocos días después, otra parroquia, otra fiesta en otro barrio. ¿Pero hasta cuándo fiestas? ¡Qué! ¿No se cansa este pueblo de espectáculos? ¿Qué entusiasmo es aquél, que no se resfría en un mes? ¿Por qué no hacen todas las parroquias su función a un tiempo? No; es el entusiasmo sistemático, ordenado, administrado poco a poco.
Un año después todavía no han concluído las parroquias de dar su fiesta; el vértigo _oficial_ pasa de la ciudad a la campaña, y es cosa de nunca acabar. La _Gaceta_ de la época está ahí ocupada año y medio en describir fiestas federales. El _retrato_ se mezcla en todas ellas, tirado en un carro hecho para él, por los generales, las señoras, los federales _netos_. «Et le peuple, enchanté d'un tel spectacle, enthousiasmé du _Tedéum_, chanté moult bien a Notre-Dame, le peuple oublia qu'il payait fort cher tout, et se retirait fort joyeux»[38].
De las fiestas sale al fin de año y medio el color _colorado_ como insignia de adhesión _a la causa_; el retrato de Rosas, colocado en los altares primero, pasa después a ser parte del equipo de cada hombre, que debe llevarlo en el pecho, en señal de _amor intenso a la persona_ del Restaurador. Por último, de entre estas fiestas se desprende al fin la terrible Mazorca, cuerpo de Policía entusiasta, federal, que tiene por encargo y oficio echar lavativas de ají y aguarrás a los descontentos primero, y después, no bastando este tratamiento flogístico, degollar a aquéllos que se les indique.
La América entera se ha burlado de aquellas famosas fiestas de Buenos Aires y mirádolas como el colmo de la degradación de un pueblo; pero yo no veo en ellas sino un designio político, el más fecundo en resultados. ¿Cómo encarnar en una República que no conoció reyes jamás la idea de la _personalidad de gobierno_? La cinta colorada es una materialización del terror que os acompaña a todas partes, en la calle, en el seno de la familia; es preciso pensar en ella al vestirse, al desnudarse, y las ideas se nos grava siempre por asociación. La vista de un árbol en el campo nos recuerda lo que íbamos conversando diez años antes al pasar por cerca de él, ¡figuráos las ideas que trae consigo asociadas la cinta colorada y las impresiones indelebles que ha debido dejar unidas a la imagen de Rosas!
Así, en una comunicación de un alto funcionario de Rosas he leído en estos días «que es un signo que su Gobierno ha mandado llevar a sus empleados en señal de conciliación y de paz». Las palabras _Mueran los salvajes_, _asquerosos_, _inmundos unitarios_, son por cierto muy conciliadoras, tanto, que sólo en el destierro o en el sepulcro habrá quienes se atrevan a negar su eficacia. La mazorca ha sido un instrumento poderoso de conciliación y de paz, y si no, id a ver los resultados y buscad en la tierra ciudad más conciliada y pacífica que la de Buenos Aires. A la muerte de su esposa, que una chanza brutal de su parte ha precipitado, manda que se le tributen honores de capitán general, y ordena un luto de dos años a la ciudad y campaña de la provincia, que consiste en un ancho crespón atado al sombrero con una cinta colorada. ¡Imagináos una ciudad culta, hombres y niños vestidos a la europea, _uniformados_ dos años enteros con un ribete colorado en el sombrero! ¿Os parece ridículo? ¡No! Nada hay ridículo cuando todos, sin excepción, participan de la extravagancia, y sobre todo cuando el azote o las lavativas de ají están ahí para poneros serios como estatuas si os viene la tentación de reiros.
Los serenos cantan a cada cuarto de hora: _¡Viva el ilustre Restaurador! ¡Viva doña Encarnación Ezcurra! ¡Mueran los impíos unitarios!_ El sargento primero, al pasar lista a su compañía, repite las mismas palabras; el niño al levantarse de la cama saluda al día con la frase sacramental. No hace un mes que una madre argentina, alojada en una fonda de Chile, decía a uno de sus hijos que despertaba repitiendo en voz alta: «¡Vivan los federales! ¡Mueran los salvajes, asquerosos unitarios!»: «Cállate, hijo, no digas eso aquí, que no se usa; ya no digas más, ¡no sea que te oigan!»
Su temor era fundado: ¡le oyeron! ¿Qué político ha producido la Europa que haya tenido el alcance para comprender el medio de crear la idea de la _personalidad_ del jefe del Gobierno, ni la tenacidad prolija de incubarla quince años, ni que haya tocado medios más variados ni más conducentes al objeto? Podemos en esto, sin embargo, consolarnos de que la Europa haya suministrado un modelo al genio americano. La mazorca, con los mismos caracteres, compuesta de los mismos hombres, ha existido en la Edad Media en Francia, en tiempo de las guerras entre los partidos de los Armagnac y del duque de Borgoña. En la _Historia de París_, escrita por La Fosse, encuentro estos singulares detalles: «Estos instigadores del asesinato, a fin de reconocer por todas partes los borgoñones, habían ya ordenado que llevasen en el vestido la cruz de San Andrés, principal atributo del escudo de Borgoña, y para estrechar más los lazos del partido, imaginaron en seguida formar una Hermandad bajo la invocación del mismo San Andrés. Cada cofrade debía llevar por signo distintivo, a más de la cruz, una corona de rosas... ¡Horrible confusión! ¡El símbolo de inocencia y de ternura sobre la cabeza de los degolladores!... ¡Rosas y sangre!... La sociedad odiosa de los _cabochiens_, es decir, la horda de carniceros y desolladores, fué soltada por la ciudad, como una tropa de tigres hambrientos, y estos verdugos sin número se bañaron en sangre humana»[39].
Poned en lugar de la cruz de San Andrés la cinta colorada; en lugar de las rosas coloradas, el chaleco colorado; en lugar de _cabochiens_, mazorqueros; en lugar de 1418, fecha de aquella Sociedad, 1835, fecha de esta otra; en lugar de París, Buenos Aires; en lugar del duque de Borgoña, Rosas, y tendréis el plagio hecho en nuestros días. La mazorca, como los _cabochiens_, se compuso en su origen de los carniceros y desolladores de Buenos Aires. ¡Qué instructiva es la Historia! ¡Cómo se repite a cada rato!...
Otra creación de aquella época fué el _censo de las opiniones_. Esta es una institución verdaderamente original. Rosas mandó levantar en la ciudad y la campaña, por medio de los jueces de paz, un registro en el que se anotó el nombre de cada vecino, clasificándolo de unitario, indiferente, federal, o federal neto. En los colegios se encargó a los rectores, y en todas partes se hizo con la más severa escrupulosidad, comprobándolo después y admitiendo los reclamos que la inexactitud podía originar. Estos registros, reunidos después en la oficina de gobierno, han servido para suministrar gargantas a la cuchilla infatigable de la mazorca durante siete años.
Sin duda que pasma la osadía del pensamiento de formar la estadística de las opiniones de un pueblo entero, caracterizarlas según su importancia, y con el registro a la vista seguir durante diez años la tarea de desembarazarse de todas las cifras adversas, destruyendo en la _persona_ el germen de la hostilidad. Nada igual me presenta la Historia, sino las clasificaciones de la Inquisición, que distinguía las opiniones heréticas en malsonantes, ofensivas, de oídos piadosos, casi herejía, herejía, herejía perniciosa, etc., etc.; pero al fin la Inquisición no hizo el catastro de la España para exterminarla en las generaciones, en el individuo, antes de ser denunciado al Santo Tribunal.
Como mi ánimo es sólo mostrar el nuevo orden de instituciones que suplanta a las que estamos copiando de la Europa, necesito acumular las principales, sin atender a las fechas. La ejecución que llamamos _fusilar_ queda desde luego sustituída por la de _degollar_. Verdad es que se fusila una mañana 44 indios en una plaza de la ciudad, para dejar yertos a todos con esta matanza que, aunque de salvajes, era al fin de hombres; pero poco a poco se abandona, y el _cuchillo_ se hace el instrumento de la Justicia.
¿De dónde ha tomado tan peregrinas ideas de gobierno este hombre horriblemente extravagante? Yo voy a consignar algunos datos. Rosas desciende de una familia perseguida por _goda_ durante la revolución de la Independencia. Su educación doméstica se resiente de la dureza y terquedad de las antiguas costumbres señoriales. Yo he dicho que su madre, de un carácter duro, tétrico, se ha hecho servir de rodillas hasta estos últimos años; el silencio lo ha rodeado durante su infancia, y el espectáculo de la autoridad y de la servidumbre han debido dejarle impresiones duraderas.
Algo de extravagante ha habido en el carácter de la madre, y esto se ha reproducido en don Juan Manuel y dos de sus hermanas. Apenas llegado a la pubertad, se hace insoportable a su familia, y su padre lo destierra en una estancia. Rosas, con cortos intervalos, ha residido en la campaña de Buenos Aires cerca de treinta años; y ya el año 24 era una autoridad que las Sociedades industriales ganaderas consultaban en materia de arreglos de estancias. Es el primer jinete de la República Argentina, y cuando digo de la República Argentina, sospecho que de toda la tierra, porque ni un equitador ni un árabe tiene que habérselas con el potro salvaje de la Pampa.
Es un prodigio de actividad; sufre accesos nerviosos en que la vida predomina tanto, que necesita saltar sobre un caballo, echarse a correr por la Pampa, lanzar gritos desacompasados, rodar, hasta que, al fin, extenuado el caballo, sudando él a mares, vuelve a las habitaciones fresco ya y dispuesto para el trabajo. Napoleón y lord Byron padecían de estos arrebatos, de estos furores causados por el exceso de la vida.
Rosas se distingue desde temprano en la campaña por las vastas empresas de leguas de siembras de trigo que acomete y lleva a cabo con suceso, y sobre todo por la administración severa, por la disciplina de hierro que introduce en sus estancias. Esta es su obra maestra, su tipo de gobierno, que ensayará más tarde para la _ciudad_ misma. Es preciso conocer el gaucho argentino y sus propensiones innatas, sus hábitos inveterados. Si andando en la Pampa le vais proponiendo darle una estancia con ganados que lo hagan rico propietario; si corre en busca de la médica de los alrededores para que salve a su madre, a su esposa querida que deja agonizando, y se atraviesa un avestruz a su paso, echará a correr detrás de él, olvidando la fortuna que le ofrecéis, la esposa o la madre moribunda; y no es él sólo el que está dominado de este instinto: el caballo mismo relincha, sacude la cabeza y tasca el freno de impaciencia por volar tras del avestruz. Si a la distancia de diez leguas de su habitación el gaucho echa de menos su cuchillo, se vuelve a tomarlo, aunque esté a una cuadra del lugar adonde iba; porque el cuchillo es para él lo que la respiración a la vida misma.
Pues bien: Rosas ha conseguido que en sus estancias, que se unen con diversos nombres desde los cerrillos hasta el arroyo Cachagualefú, anduviesen los avestruces en rebaños, y dejasen, al fin, de huir a la aproximación del gaucho; tan seguros y tranquilos pacen en las posesiones de Rosas, y esto mientras que han sido ya extinguidos en todas las adyacentes campañas. En cuanto al cuchillo, ninguno de sus peones lo cargó jamás, no obstante que la mayor parte de ellos eran asesinos perseguidos por la Justicia. Una vez él, por olvido, se ha puesto el puñal a la cintura, y el mayordomo se lo hace notar; Rosas se baja los calzones y manda que se le den 200 azotes, que es la pena impuesta en su estancia al que lleva cuchillo.
Habrá gentes que duden de este hecho confesado y publicado por él mismo; pero es auténtico, como lo son las extravagancias y rarezas sangrientas que el mundo civilizado se ha negado obstinadamente a creer durante diez años. La autoridad ante todo; el respeto a lo mandado, aunque sea ridículo o absurdo; diez años estará en Buenos Aires y en toda la República haciendo azotar y degollar, hasta que la cinta colorada sea una parte de la existencia del individuo, como el corazón mismo. Repetirá en presencia del mundo entero, sin contemporizar jamás, en cada comunicación oficial: _¡Mueran los asquerosos, salvajes, inmundos unitarios!_, hasta que el mundo entero se eduque y se habitúe a oír este grito sanguinario, sin escándalo, sin réplica, y ya hemos visto a un magistrado de Chile tributar su homenaje y aquiescencia a este hecho, que, al fin, a nadie interesa.