Fábulas y cuentos en verso Selección
Part 3
En la rama de un árbol, bien ufano y contento, con un queso en el pico estaba el señor Cuervo. Del olor atraído un Zorro muy maestro le dijo estas palabras, a poco más o menos: --Tenga usted buenos días, señor Cuervo, mi dueño; vaya que estáis donoso, mono, lindo en extremo; yo no gasto lisonjas y digo lo que siento; que si a tu bella traza corresponde el gorjeo, juro a la diosa Ceres, siendo testigo el cielo, que tú serás el Fénix de sus vastos imperios. Al oír un discurso tan dulce y halagüeño, de vanidad llevado quiso cantar el Cuervo. Abrió su negro pico, dejó caer el queso, y el muy astuto Zorro, después de haberle preso le dijo: --Señor bobo, pues sin otro alimento quedáis con alabanzas tan hinchado y repleto, digerid las lisonjas mientras digiero el queso. Quien oye aduladores nunca espere otro premio.
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EL PERRO Y EL COCODRILO
Bebiendo un Perro en el Nilo al mismo tiempo corría. --Bebe quieto --le decía un taimado Cocodrilo--. Díjole el Perro prudente: --Dañoso es beber y andar; pero ¿es sano el aguardar a que me claves el diente? ¡Oh qué docto Perro viejo! Yo venero su sentir en esto de no seguir del enemigo el consejo.
LAS DOS RANAS
Tenían dos ranas sus pastos vecinos: una en un estanque, otra en un camino. Cierto día a ésta aquélla le dijo: --¿Es creíble, amiga, de tu mucho juicio, que vivas contenta entre los peligros, donde te amenazan al paso preciso los pies y las ruedas, riesgos infinitos? Deja tal vivienda, muda de destino, sigue mi dictamen y vente conmigo. En tono de mofa, haciendo mil mimos, respondió a su amiga: --¡Excelente aviso! ¡A mí novedades! Vaya ¡qué delirio! Eso sí que fuera darme el diablo ruido. ¡Yo dejar la casa que fué domicilio de padres, abuelos, y todos los míos, sin que haya memoria de haber sucedido la menor desgracia desde luengos siglos! --Allá te compongas, mas ten entendido, que tal vez sucede lo que no se ha visto. Llegó una carreta a este tiempo mismo, y a la triste Rana tortilla la hizo. Por hombres de seso muchos hay tenidos, que a nuevas razones cierran los oídos. Recibir consejos es un desvarío: la rancia costumbre suele ser su libro.
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LA ZORRA Y EL BUSTO
Dijo la Zorra al Busto después de olerlo: --Tu cabeza es hermosa, pero sin seso. Como éste hay muchos, que aunque parecen hombres, sólo son bustos.
EL RAPOSO, LA MUJER Y EL GALLO
Con las orejas gachas y la cola entre piernas se llevaba un Raposo un Gallo de la aldea. Muchas gracias al alba que pudo ver la fiesta al salir de su casa Juana la madruguera. Como una loca grita: --¡Vecinos, que le lleva! ¡Que es el mío, vecinos! Oye el Gallo las quejas, y le dice al Raposo: --Dile que no nos mienta, que soy tuyo y muy tuyo. Volviendo la cabeza le responde el Raposo: --Oye, gran embustera, no es tuyo, sino mío: él mismo lo confiesa. Mientras esto decía, el Gallo libre vuela, y en la copa de un árbol canta que se las pela. El Raposo burlado, huyó, ¡quién lo creyera! Yo, pues, a más de cuatro muy zorros en sus tretas, por hablar a destiempo les vi perder la presa.
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EL LEÓN VENCIDO POR EL HOMBRE
Cierto artífice pintó una lucha en que, valiente, un hombre tan solamente a un horrible León venció. Otro León, que el cuadro vió, sin preguntar por su autor, en tono despreciador dijo: --Bien se deja ver que es pintar como querer y no fué León el pintor.
[Ilustración: La lechera.]
LA LECHERA
Llevaba en la cabeza una lechera el cántaro al mercado con aquella presteza, aquel aire sencillo, aquel agrado, que va diciendo a todo el que lo advierte: --¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte! Porque no apetecía más compañía que su pensamiento, que alegre le ofrecía inocentes ideas de contento. Marchaba sola la feliz lechera, y decía entre sí de esta manera: --Esta leche vendida, en limpio me dará tanto dinero; y con esta partida un canasto de huevos comprar quiero, para sacar cien pollos que al estío me rodeen cantando el pío, pío. Del importe logrado de tanto pollo mercaré un cochino; con bellota, salvado, berza, castaña, engordará sin tino; tanto, que puede ser que yo consiga el ver cómo le arrastra la barriga. Llevarélo al mercado; sacaré de él sin duda buen dinero; compraré de contado una robusta vaca y un ternero que salte y corra toda la campaña hasta el monte cercano a la cabaña. Con este pensamiento enajenada, brinca de manera, que a su salto violento el cántaro cayó. ¡Pobre lechera! ¡Qué compasión! ¡Adiós, leche, dinero, huevos, pollos, lechón, vaca y ternero! ¡Oh loca fantasía! ¡Qué palacios fabricas en el viento! Modera tu alegría, no sea que saltando de contento, al contemplar dichosa tu mudanza, quiebre su cantarillo la esperanza. No seas ambiciosa de mejor o más próspera fortuna, que vivirás ansiosa, sin que pueda saciarte cosa alguna. No anheles, impaciente, el bien futuro; mira que ni el presente está seguro.
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LOS GATOS ESCRUPULOSOS
¡Qué dolor! Por un descuido Mizifuf y Zapirón se comieron un capón en un asador metido. Después de haberse lamido trataron en conferencia si obrarían con prudencia en comerse el asador. --¿Le comieron? --No, señor: Era caso de conciencia.
EL VIEJO Y LA MUERTE[7]
Entre montes por áspero camino, tropezando con una y otra peña, iba un Viejo cargado con su leña, maldiciendo su mísero destino. Al fin cayó, y viéndose de suerte que apenas levantarse ya podía, llamaba con colérica porfía una, dos y tres veces a la Muerte. Armada de guadaña en esqueleto la Parca se le ofrece en aquel punto; pero el Viejo, temiendo ser difunto, lleno más de temor que de respeto, trémulo la decía, y balbuciente: --Yo... señora... os llamé desesperado; pero... --Acaba: ¿qué quieres, desdichado? --Que me carguéis la leña solamente. Tenga paciencia quien se cree infelice, que aun en la situación más lamentable es la vida del hombre siempre amable: el viejo de la leña nos lo dice.
LA MONA
Subió una Mona a un nogal, y cogiendo una nuez verde en la cáscara la muerde, con que le supo muy mal. Arrojóla el animal, y se quedó sin comer. Así suele suceder a quien su empresa abandona porque halla, como la Mona, al principio que vencer.
[Ilustración]
LOS DOS AMIGOS Y EL OSO
A dos amigos se aparece un Oso: el uno, muy medroso, en las ramas de un árbol se asegura: el otro, abandonado a la ventura, se finge muerto repentinamente. El Oso se le acerca lentamente; mas como este animal, según se cuenta, de cadáveres nunca se alimenta, sin ofenderle le registra y toca, huélele las narices y la boca, no le siente el aliento ni el menor movimiento, y así se fué diciendo sin recelo: --Este tan muerto está como mi abuelo. Entonces el cobarde, de su grande amistad haciendo alarde, del árbol se desprende muy ligero, corre, llega y abraza al compañero; pondera la fortuna de haberle hallado sin lesión alguna, y al fin le dice: --Sepas que he notado que el Oso te decía algún recado. ¿Qué pudo ser? --Diréte lo que ha sido: estas dos palabritas al oído: “Aparta tu amistad de la persona que si te ve en el riesgo te abandona.”
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LA ZORRA Y LAS UVAS
Es voz común que a más del mediodía, en ayunas la Zorra iba cazando: halla una parra; quédase mirando de la alta vid el fruto que pendía. Causábale mil ansias y congojas no alcanzar a las uvas con la garra, al mostrar a sus dientes la alta parra negros racimos entre verdes hojas. Miró, saltó y anduvo en probaduras; pero vió el imposible ya de fijo; entonces fué cuando la Zorra dijo: --No las quiero comer: No están maduras. No por eso te muestres impaciente, si se te frustra, Fabio, algún intento; aplica bien el cuento, y di: _No están maduras_, frescamente.
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EL CONGRESO DE LOS RATONES[8]
Desde el gran Zapirón, el blanco y rubio, que después de las aguas del diluvio fué padre universal de todo gato, ha sido Miauragato quien más sangrientamente persiguió a la infeliz ratona gente. Lo cierto es que obligada de su persecución, la desdichada, en Ratópolis tuvo su congreso. Propuso el elocuente Roequeso echarle un cascabel, y de esa suerte al ruido escaparían de la muerte. El proyecto aprobaron uno a uno. ¿Quién lo ha de ejecutar? Eso, ninguno. --Yo soy corto de vista. --Yo, muy viejo. --Yo, gotoso--, decían. El consejo se acabó como muchos en el mundo. Proponen un proyecto sin segundo: le aprueban. Hacen otro. ¡Qué portento! ¿Pero la ejecución? Ahí está el cuento.
[Ilustración: El Congreso de los ratones.]
EL CHARLATÁN
--Si cualquiera de ustedes se da por las paredes o arroja de un tejado y queda a buen librar descostillado, yo me reiré muy bien, importa un pito, como tenga mi bálsamo exquisito. Con esta relación un chacharero gana mucha opinión y más dinero, pues el vulgo, pendiente de sus labios, más quiere a un Charlatán que a veinte sabios. Por esta conveniencia los hay el día de hoy en toda ciencia que ocupan, igualmente acreditados, cátedras, academias y tablados. Prueba de esta verdad será un famoso doctor en elocuencia, tan copioso en charlatanería, que ofreció enseñaría a hablar discreto con fecundo pico, en diez años de término, a un borrico. Sábelo el rey, le llama, y al momento le manda dé lecciones a un jumento; pero bien entendido que sería, cumpliendo lo ofrecido, ricamente premiado, mas cuando no, que moriría ahorcado. El doctor asegura nuevamente sacar un orador asno elocuente. Dícele callandito un cortesano: --Escuche, buen hermano; su frescura me espanta; a cáñamo me huele su garganta. --No temáis, señor mío --respondió el Charlatán--, pues yo me río; en diez años de plazo que tenemos, el rey, el asno o yo ¿no moriremos? Nadie encuentra embarazo en dar un largo plazo a importantes negocios; mas no advierte que ajusta mal su cuenta sin la muerte.
LA CIGARRA Y LA HORMIGA[9]
Cantando la Cigarra pasó el verano entero, sin hacer provisiones allá para el invierno. Los fríos la obligaron a guardar el silencio y a acogerse al abrigo de su estrecho aposento. Vióse desproveída del preciso sustento, sin mosca, sin gusano, sin trigo, sin centeno. Habitaba la Hormiga allí tabique en medio, y con mil expresiones de atención y respeto, la dijo: --Doña Hormiga, pues que en vuestros graneros sobran las provisiones para vuestro alimento, prestad alguna cosa con que viva este invierno esta triste Cigarra, que alegre en otro tiempo nunca conoció el daño, nunca supo temerlo. No dudéis en prestarme, que fielmente prometo pagaros con ganancias, por el nombre que tengo. La codiciosa Hormiga respondió con denuedo, ocultando a la espalda las llaves del granero: --¡Yo prestar lo que gano con un trabajo inmenso! Dime, pues, holgazana: ¿Qué has hecho en el buen tiempo? --Yo --dijo la Cigarra--, a todo pasajero cantaba alegremente sin cesar ni un momento. --¡Hola! ¿Conque cantabas cuando yo andaba al remo? Pues ahora que yo como, baila, pese a tu cuerpo.
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TOMÁS DE IRIARTE
_Santa Cruz de Orotava, Canarias, 1750; † 1791._
LOS DOS CONEJOS
Por entre unas matas, seguido de perros (no diré corría) volaba un Conejo. De su madriguera salió un compañero, y le dijo: --Tente; amigo, ¿qué es esto? --¿Qué ha de ser? --responde--, sin aliento llego... dos pícaros galgos me vienen siguiendo. --Sí --replica el otro--; por allí los veo; pero no son galgos. --Pues ¿qué son? --Podencos. --¿Qué? ¿Podencos dices? Sí; como mi abuelo. Galgos y muy galgos; bien vistos los tengo. --Son podencos: vaya, que no entiendes de eso. --Son galgos, te digo. --Digo que podencos. En esta disputa llegando los perros, pillan descuidados a mis dos conejos. Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo.
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EL GOZQUE Y EL MACHO DE NORIA
Bien habrá visto el lector en hostería o convento un artificioso invento para andar el asador. Rueda de madera es con escalones, y un perro metido en aquel encierro le da vueltas con los pies. Parece que cierto Can que la máquina movía, empezó a decir un día: --Bien trabajo, y ¿qué me dan? ¡Cómo sudo! ¡Ay, infeliz! Y al cabo por gran exceso, me arrojarán algún hueso que sobre de esa perdiz. Con mucha incomodidad aquí la vida se pasa; me iré, no sólo de casa, mas también de la ciudad. Apenas le dieron suelta, huyendo con disimulo, llegó al campo, en donde un Mulo a una noria daba vuelta. Y no le hubo visto bien cuando dijo: --¿Quién va allá? Parece que por acá asamos carne también. --No aso carne, que agua saco, --el Macho le respondió--. --Eso también lo haré yo --saltó el Can--, aunque estoy flaco. Como esa rueda es mayor, algo más trabajaré. ¿Tanto pesa...? Pues ¿y qué? ¿No ando la de mi asador? Me habrán de dar, sobre todo, más ración, tendré más gloria... Entonces el de la noria le interrumpió de este modo: --Que se vuelva le aconsejo a voltear su asador, que esta empresa es superior a las fuerzas de un Gozquejo. ¡Miren el Mulo bellaco, y qué bien le replicó! Lo mismo he leído yo en un tal Horacio Flaco, que a un autor da por gran yerro cargar con lo que después no podrá llevar: esto es, que no ande la noria el Perro.
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LA ARDILLA Y EL CABALLO
Mirando estaba una Ardilla a un generoso Alazán, que dócil a espuela y rienda se adiestraba en galopar. Viéndole hacer movimientos tan veloces y a compás, de aquesta suerte le dijo con muy poca cortedad: --Señor mío: de ese brío, ligereza y destreza no me espanto; que otro tanto suelo hacer, y acaso más. Yo soy viva, soy activa, me meneo, me paseo, yo trabajo, subo y bajo; no me estoy quieta jamás. El paso detiene entonces el buen potro, y muy formal, en los términos siguientes respuesta a la Ardilla da: --Tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas, quiero, amiga, que me diga: ¿son de alguna utilidad? Yo me afano, mas no en vano. Sé mi oficio, y en servicio de mi dueño tengo empeño de lucir mi habilidad. Conque algunos escritores ardillas también serán, si en obras frívolas gastan todo el calor natural.
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LA COMPRA DEL ASNO
Ayer por mi calle pasaba un borrico, el más adornado que en mi vida he visto. Albarda y cabestro eran nuevecitos, con flecos de seda rojos y amarillos. Borlas y penacho llevaba el pollino, lazos, cascabeles y otros atavíos; y hechos a tijera, con arte prolijo, en pescuezo y anca dibujos muy lindos. Parece que el dueño, que es, según me han dicho, un chalán, gitano de los más ladinos, vendió aquella alhaja a un hombre sencillo; y añaden que al pobre le costó un sentido. Volviendo a su casa, mostró a sus vecinos la famosa compra, y uno de ellos dijo: --Veamos, compadre, si este animalito tiene tan buen cuerpo como buen vestido. Empezó a quitarle todos los aliños; y bajo la albarda, al primer registro, le hallaron el lomo asaz malferido, con seis mataduras y tres lobanillos, amén de dos grietas y un tumor antiguo que bajo la cincha estaba escondido. --¡Burro --dijo el hombre--, más que el burro mismo soy yo, que me pago de adornos postizos! A fe que este lance no echaré en olvido; pues viene de molde a un amigo mío, el cual a buen precio ha comprado un libro bien encuadernado que no vale un pito.
EL NATURALISTA Y LAS LAGARTIJAS
Vió en una huerta dos Lagartijas cierto curioso naturalista. Cógelas ambas y a toda prisa quiere hacer de ellas anatomía. Ya me ha pillado la más rolliza; miembro por miembro ya me la trincha; el microscopio luego le aplica. Patas y cola, pellejo y tripas, ojos y cuello, lomo y barriga, todo lo aparta y lo examina. Toma la pluma, de nuevo mira, escribe un poco, recapacita. Sus mamotretos después registra, vuelve a la propia carnicería. Varios curiosos de su pandilla entran a verle. Dales noticia de lo que observa: unos se admiran, otros preguntan, otros cavilan. Finalizada la anatomía, cansóse el sabio de Lagartija; soltó la otra, que estaba viva. Ella se vuelve a sus rendijas, en donde, hablando con sus vecinas, todo el suceso les participa. --No hay que dudarlo, no --les decía--; con estos ojos lo vi yo misma. Se ha estado el hombre todito un día mirando el cuerpo de nuestra amiga. ¿Y hay quien nos trate de sabandijas? ¿Cómo se sufre tal injusticia, cuando tenemos cosas tan dignas de contemplarse y andar escritas? No hay que abatirse, noble cuadrilla; valemos mucho, por más que digan. ¿Y querrán luego que no se engrían ciertos autores de obras inicuas? Les honra mucho quien los critica. No seriamente, muy por encima deben notarse sus tonterías; que hacer gran caso de Lagartijas, es dar motivo de que repitan: --Valemos mucho, por más que digan.
EL TOPO Y OTROS ANIMALES
Ciertos animalitos, todos de cuatro pies, a la gallina ciega jugaban una vez. Un Perrillo, una Zorra y un Ratón, que son tres; una Ardilla, una Liebre y un Mono, que son seis. Este a todos vendaba los ojos, como que es el que mejor se sabe de las manos valer. Oyó un Topo la bulla, y dijo: --Pues, pardiez, que voy allá, y en rueda me he de meter también. Pidió que le admitiesen; y el Mono, muy cortés, se lo otorgó (sin duda para hacer burla de él). El Topo a cada paso daba veinte traspiés, porque tiene los ojos cubiertos de una piel; y a la primera vuelta, como era de creer, facilísimamente pillan a su merced. De ser gallina ciega le tocaba la vez; y ¿quién mejor podía hacer este papel? Pero él, con disimulo, por el bien parecer, dijo al Mono: --¿Qué hacemos? Vaya, ¿me venda usted? Si el que es ciego y lo sabe, aparenta que ve, quien sabe que es idiota, ¿confesará que lo es?
[Ilustración: El topo y otros animales.]
EL OSO, LA MONA Y EL CERDO
Un Oso con que la vida ganaba un piamontés, la no muy bien aprendida danza ensayaba en dos pies. Queriendo hacer de persona, dijo a una Mona: --¿Qué tal? Era perita la Mona, Y respondióle: --Muy mal. --Yo creo --replicó el Oso--, que me haces poco favor. Pues qué, ¿mi aire no es garboso? ¿No hago el paso con primor? Estaba el Cerdo presente, y dijo: --¡Bravo! ¡Bien va! ¡Bailarín más excelente no se ha visto ni verá! Echó el Oso, al oír esto, sus cuentas allá entre sí, y con ademán modesto hubo de exclamar así: --Cuando me desaprobaba la Mona, llegué a dudar; mas ya que el Cerdo me alaba, muy mal debo de bailar. Guarde para su regalo esta sentencia un autor: “Si el sabio no aprueba, ¡malo!; si el necio aplaude, ¡peor!”
LOS DOS LOROS Y LA COTORRA
De Santo Domingo trajo dos Loros una señora. La isla es mitad francesa y otra mitad española; así, cada animalito hablaba distinto idioma. Pusiéronles al balcón, y aquello era Babilonia. De francés y castellano hicieron tal pepitoria, que al cabo ya no sabían hablar ni una lengua ni otra. El francés del español tomó voces, aunque pocas; el español al francés casi se las toma todas. Manda el ama separarlos, y el francés luego reforma las palabras que aprendió de lengua que no es de moda. El español, al contrario, no olvida la jerigonza, y aun discurre que con ella ilustra su lengua propia. Llegó a pedir en francés los garbanzos de la olla; y desde el balcón de enfrente una erudita Cotorra la carcajada soltó, haciendo del Loro mofa. Él respondió solamente, como por tacha afrentosa: --_Vos no sois que una purista_. Y ella dijo: --¡A mucha honra!-- ¡Vaya, que los Loros son lo mismo que las personas!
LA CAMPANA Y EL ESQUILÓN
En cierta catedral una Campana había que sólo se tocaba algún solemne día. Con el más recio són, con pausado compás, cuatro golpes o tres solía dar no más. Por esto y ser mayor de la ordinaria marca celebrada fué siempre en toda la comarca. Tenía la ciudad en su jurisdicción una aldea infeliz, de corta población, siendo su parroquial una pobre iglesita con chico campanario a modo de una ermita, y un rajado Esquilón, pendiente en medio de él, era allí quien hacía el principal papel. A fin de que imitase aqueste campanario al de la catedral, dispuso el vecindario que despacio y muy poco el dichoso Esquilón se hubiese de tocar sólo en tal cual función, y pudo tanto aquello en la gente aldeana, que el Esquilón pasó por una gran campana. Muy verosímil es, pues que la gravedad suple en muchos así por la capacidad; dígnanse rara vez de despegar sus labios, y piensan que con esto imitan a los sabios.
EL PEDERNAL Y EL ESLABÓN
Al Eslabón de cruel trató el Pedernal un día, porque a menudo le hería para sacar chispas de él. Riñendo éste con aquél, al separarse los dos, --Quedaos --dijo-- con Dios. ¿Valéis vos algo sin mí? Y el otro responde: --Sí, lo que sin mí valéis vos. Este ejemplo material todo escritor considere que largo estudio no uniere al talento natural. Ni da lumbre el pedernal sin auxilio de eslabón, ni hay buena disposición que luzca faltando el arte; si obra cada cual aparte ambos inútiles son.
EL BURRO FLAUTISTA