Fábulas y cuentos en verso Selección

Part 2

Chapter 23,696 wordsPublic domain

El lobo y el cordero llegaron a un arroyo, el lobo atormentado más de hambre que de sed, y entre lobo y cordero sobrevino este diálogo, que a mí me suena como sobrevenido ayer: --Súbdito miserable, morirás, pues el agua que yo, tu rey, bebía, te atreviste a enturbiar. --¿Cómo, señor, haceros tal injuria he podido estando más abajo que vuestra majestad? --Si no lo has hecho ahora, lo hiciste hace seis meses. --Señor, si todavía de edad no tengo dos. --Pues si tú no lo has hecho, tu padre es quien lo haría, y es justo que ahora mismo sufras la expiación. Así diciendo, el lobo, sin conciencia ni entrañas hizo al cordero víctima de su voracidad; que siempre los tiranos, a falta de razones para oprimir al justo, razones falsas dan.

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CONCEPCIÓN ARENAL

_El Ferrol, 1820; † 1893._

EL SOBRIO Y EL GLOTÓN

Había en un lugarón dos hombres de mucha edad, uno de gran sobriedad y el otro gran comilón. La mejor salud del mundo gozaba siempre el primero, estando de enero a enero débil y enteco el segundo. --¿Por qué --el tragón dijo un día--, comiendo yo mucho más tú mucho más gordo estás? No lo comprendo, a fe mía. --Es --le replicó el frugal-- y muy presente lo ten, porque yo digiero bien, porque tú digieres mal. Haga de esto aplicación el pedante presumido si porque mucho ha leído cree tener instrucción, y siempre que a juzgar fuere la regla para sí tome: No nutre lo que se come, sino lo que se digiere.

EL LOBO MURMURADOR

Entre las breñas de un cerro, un día de gran nevada, un lobo a su camarada hablábale así de un perro: --Es un maldito vecino, tan camorrista y cruel, que para estar libre de él, ya se necesita tino. Ladrador para la gente, entrometido, goloso, suspicaz y cauteloso, en fin, un perro indecente. Pasaba en esta ocasión cerca de allí una raposa, paróse un tanto curiosa, y al oír la acusación dijo para su coleto: --Anda que te crea un bobo: perro a quien acusa un lobo, debe ser perro completo. En caso próspero o adverso no echarás nunca en olvido que es elogio el más cumplido la censura del perverso.

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JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH

_Madrid, 1806; † 1880._

LAS ESPIGAS

La espiga rica en fruto se inclina a tierra; la que no tiene grano se empina tiesa. Es en su porte modesto el hombre sabio y altivo el zote.

LOS TRES QUEJOSOS

--¡Qué mal --gritó la mona-- que estoy sin rabo! --¡Qué mal estoy sin astas! --repuso el asno--. Y dijo el topo: --Más debo yo quejarme, que estoy sin ojos. No reniegues, Camilo, de tu fortuna; que otros podrán dolerse más de la suya. Si se repara, nadie en el mundo tiene dicha colmada.

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EL DROMEDARIO Y EL CAMELLO

El camello le dijo al dromedario: --Comparado contigo, ¡cuánto más valgo! No cabe duda: yo tengo dos jorobas; tú tienes una.

EL COMPRADOR Y EL HORTERA

Cuentecillo forjado por deleite parecerá sin duda la contienda que se trabó en Madrid en una tienda de vinagre y aceite. Despachaba en la calle de Torija líquidos un muchacho madrileño; y otro, según la traza, lugareño, fué por aceite allí con su vasija. --Tú, cara de lechuza --dijo sin aprensión el forastero--, despáchame ligero, lléname bien la alcuza. --Cuando sepas hablar en castellano --le replicó el hortera-- sabrás que lo que tienes en la mano se llama la _aceitera_. --En toda tierra que garbanzos cría --contestó el provincial enardecido-- _alcuza_ siempre ha sido, y alcuza la nombramos en el día. --En tierra --dijo el otro-- de garbanzos, corre por aceitera solamente, y quien le ponga nombre diferente ha nacido entre malvas y mastranzos. El patán en sus trece se mantuvo; le rechazaba el horterilla listo: se incomodaron, y hubo, por consiguiente, la de Dios es Cristo. A las voces y apodos cachetina siguió, larga y furiosa: todo por una cosa que se puede llamar de entrambos modos. Pueril extravagancia es, pero comunísima en el hombre, no poner en disputa la sustancia y reñir por el nombre.

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EL JUMENTO MURMURADOR

--Señor, es fuerza que la sangre corra --dijo al león solícita la zorra--; sin cesar el estúpido jumento de ti murmura con furor violento. --¡Bah! --respondió la generosa fiera--, déjale que rebuzne cuanto quiera. Pecho se necesita bien mezquino para sentir injurias de pollino.

EL AVARO Y EL JORNALERO[4]

Todo su caudal guardaba cierto avariento cuitado en onzas de oro, metidas en un puchero de barro. Por tenerlo más seguro, fué con su puchero al campo: al pie de un árbol cavó, y lo enterró con recato. Amaneció al otro día hambriento y desesperado un jornalero, sin pan ni esperanza de ganarlo. Sacudió las faltriqueras, y hallando en una cuartos, sale, se compra una soga, y en seguida, como un rayo, se va al campo a que le quite los pesares el esparto. Trataba de ahorcarse, en fin, y escogió para ello el árbol que era del tesoro en onzas, inmóvil depositario. Al afianzar de una rama bien la soga el pobre diablo, se le hundió en el hoyo un pie y halló el puchero enterrado. Cogióle, besóle y fuese, y corriendo, a corto rato, sus preciosas amarillas vino a visitar el amo. La tierra encontró movida y el hoyo desocupado; pero de puchero y onzas no vió ni sombra ni rastro. Reparó en la soga entonces, y haciendo a la punta un lazo, se ahorcó para no vivir sin su tesoro adorado. Así el puchero y la soga mal o bien se aprovecharon: él en un hambriento, y ella en el cuello de un avaro.

LAS INDIRECTAS DEL PADRE COBOS

Célebres entre agudos y entre bobos las indirectas son del padre Cobos; mas como habrá sin duda quien aprecie que le declare alguno lo que fueron las tales indirectas en su especie, trasládole el informe que me dieron. Parece, pues, que había en cierta población de Andalucía un convento ejemplar, con un prelado, siervo de Dios perfecto y acabado, que de ciencia y paciencia era un portento; por lo cual, uno a uno, dió en irle a visitar a su convento, sin qué ni para qué, tanto importuno, que siempre andaba el pobre atropellado para cumplir las reglas de su estado. Era portero de la casa un lego, catalán o gallego, Cobos apellidado, Bartolomé de nombre, alto, robusto, de resuelto genial y un poco adusto. Llamóle el superior, y dijo: --Mire si puede hacer, por indirecto modo, que esa gente comprenda que de tanta visita me incomodo. --Yo haré que se retire la tal familia presto --respondió el motilón--. --Sí, ponga enmienda, pero indirectamente, por supuesto. --Fíe, padre, en el tino de Bartolo; para indirectas, ¡oh!, me pinto solo. Viene al siguiente día, madrugando solícito, un molesto. Llama. Tilín, tilín... --Ave María. Bartolo, sin abrir la portería, dice al madrugador: --Hermano, trate de ir a otro manantial que no se agote: desde hoy ningún _pegote_ pruebe de mi prior el chocolate. Oyendo el hombre la indirecta rara, se fué, brotando bermellón su cara. Llega un necio en seguida, y Cobos dice: --Excuse la venida: mientras el cargo ejerza de portero, no entra aquí ni _gandul_ ni _majadero_. Despedido el segundo visitante, cata el número tres. --Coja el portante --prorrumpe el fiero Cobos-- usiría: no está bien entre monjes un _espía_. Con una añadidura semejante, y en tono proferida nada blando, Bartolo a cada cual fué despachando; y desde entonces al prior bendito no perturbó en su celda ni un mosquito. Contento el padre, y a la par confuso, al lego preguntó: --¿De qué manera con aquella familia se compuso para que así de verme desistiera? --Fué cosa muy sencilla, mi querido prior --Cobos repuso--; cada quisque llevó su indirectilla, y huyó de mí la incómoda cuadrilla. --Cuénteme las discretas expresiones, cuya virtud a la razón los trajo. --Les dije la verdad: “Sois un atajo de tunos, de chismosos y de hambrones.” --¿A eso llama indirectas, en efecto? --Yo nunca en ellas fuí más circunspecto. --Pues, hermano, mentiras o verdades, sus indirectas son atrocidades. Dijo bien el prior; mas como hay entes en grado escandaloso impertinentes, échaseles también de buena gana tal cual indirectilla cobosiana.

LA ALACENA

Caminando un relator del Consejo de Ultramar, hizo noche en un lugar en casa de un labrador. Acompañaba al viajero un tal Ayerbe de Ruiz, mozo de experta nariz, pero insigne majadero. Cenaron en paz de Dios, trataron de madrugar y hubiéronse de acostar en una alcoba los dos. Veíanse en los costados de la estancia, frente a frente, iguales perfectamente, cuatro postigos cerrados. El un par era un balcón, el otro correspondía a una alacena en que había seis quesos de Villalón. Cogió el sueño tarde y mal el relator, y durmiendo soñó sentir el estruendo de un turbión descomunal. Cerca de la madrugada le dijo al Fulano Ayerbe: --Levántese usted y observe si huele a tierra mojada. Saltó Ayerbe de su lecho, y a tientas de mano y pie, por ir al balcón, se fué a la alacena derecho. Abrió, zampó la cabeza, y aunque miró y remiró, tan negro el boquete halló como el resto de la pieza. Pero un olor en seguida percibió en aquel recinto, que le pareció distinto del de tierra humedecida. Y entonces dijo el camueso con mucha formalidad: --No hay en el aire humedad; está oscuro y huele a queso. Así ciega y tontamente críticas hacen famosas los que no miran las cosas desde el punto conveniente. Tacha de oscuro y condena tal concepto Santillana, y es que huye de la ventana y se asoma a la alacena.

EL CABALLO DE BRONCE

Niños, que de siete a once, tarde y noche, alegremente, jugáis en torno a la fuente del gran caballo de bronce que hay en la plaza de Oriente. Suspended vuestras carreras, pues hace calor, y oíd una historia muy de veras, y de las más lastimeras que se cuentan por Madrid. Ese caballo... Yo empleo esta expresión, algo tonta, porque en mi conciencia creo que decir _caballo_ es feo, no atendiendo a quien le monta. Felipe cuarto es el tal; pero el uso general, que tiene fuerza de ley, hace que, olvidando al rey, se nombre al irracional. La razón yo no la sé; a muchos la pregunté y nadie fundarlo supo; en fin, _caballo_ diré, mas ha de entenderse _grupo_. Ese caballo, años ha estaba, como quizá sabréis sin que yo lo indique, dentro del Retiro, allá frente a la casa del _Dique_[5]. Allí da el jardín frescura con sus aguas y verdor, y el canoro ruiseñor tiene morada segura de enemigo cazador. Allí al caballo volaban con fácil y presto arranque mil pájaros que llegaban a beber en el estanque, cuyas ondas le cercaban. Allí, con reserva poca, le corría todo entero la turba intrépida y loca, y hallábale un agujero que tuvo el jaco en la boca. Y tal la disposición fué del tal, que por afuera sufría la introducción de un pajarillo cualquiera del tamaño de un gorrión. Por adentro era al revés: bien que el intruso pasara cabeza y cuello; después, no hallando en qué afianzara ni las alas ni los pies, ellos no eran de provecho, y eran ellas el estorbo; y empujando con despecho le hería garganta y pecho el borde cortante y corvo. Y víctima el animal de su imprudencia fatal, que fuga no permitía, bregaba mientras podía por la cárcel de metal. Donde, triste, prisionero, pidiendo en vano merced, sobre muchos que primero tuvieron su paradero, perece de hambre y de sed. Mil avecillas, buscando sombra densa en el estío, mil en el invierno, cuando ya lloviendo, ya nevando, traspasábalas el frío, embocáronse en la panza del caballo, que en venganza debió decir para sí: --Renunciad a la esperanza, pájaros que entráis en mí. Con el tiempo se mudó del jardín en que habitó, a la plaza donde está, y entonces se desarmó el cuerpo que encima va. Y los cóncavos secretos del cuadrúpedo cruel aparecieron repletos de plumas y de esqueletos de aves, tragadas por él. Mano de piedad movida cerró, como era razón, el menudo pozo Airón, que se sorbió tanta vida de pajarillo simplón. Dañosa curiosidad los condujo a muerte cruda. ¡Ay! ¡Cuántos en nuestra edad por la brecha de la duda se abisman en la impiedad! Abismo donde pedir favor al mortal discurso no basta para salir; él nos deja sin recurso desesperar y morir.

LA REBANADITA DE PAN[6]

Ya sentado a su mesita Basilio para cenar, en su cuarto, sin llamar, entrósele una visita. Era una bella señora la que invadió el domicilio, diciendo: --Yo soy, Basilio, una sabia encantadora. Sé que no eres haragán, y es escasa tu fortuna: por tu bien, me has de dar una rebanadita de pan. Una onza tan sólo quiero, y otra pediré mañana: préstelas de buena gana el honrado jornalero. --Nada me sobra, en verdad; una hija tengo y un hijo y mujer --el hombre dijo--, mas no le hace: bien, tomad. Y con buen talante y fe la rebanada partió Basilio; la recibió la encantadora y se fué. La esperaba con ahinco Basilio al siguiente día: volvió la señora mía trescientos sesenta y cinco. Y era en la pobre morada grande el júbilo y contento de todos, en el momento de ofrecer la rebanada. Cumplido el año, tornó la mágica pedigüeña con la cara más risueña que en el año se le vió; y de un elegante escriño roscas empezó a sacar y en los brazos a ensartar a padres, a niña y niño; y díjoles: --Os presento junto el pan que recibí de vosotros; eso sí, viene con algún aumento. No es magnífico el socorro, pero él os hace merced; esta lección aprended de la maga del ahorro. Según deis, os volverá beneficio, grande o chico: la receta de ser rico en vuestras manos está. ¿Queréis feliz situación para los días de anciano? Sed hormigas en verano, como enseña Salomón.

A SU TIEMPO CADA COSA

Una zorra iba huyendo por una loma de un mastín que llevaba casi a la cola. Por encima volando la ve una alondra, que en el aire piaba muy sin zozobra. --Oye --dice a la que huye-- mi voz sonora. --¡Para música vamos! --dijo la zorra--. Divertir quiere a todos cierta persona, y por no ser a tiempo los incomoda.

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MIGUEL AGUSTÍN PRÍNCIPE

_Caspe (Aragón), 1811; † 1863._

EL PAPEL Y EL TRAPO

A un pobre Trapo que en el suelo estaba el Papel desdeñaba, diciéndole: --¡Anda, sucio! No te acerques, que yo estoy limpio, rozagante y terso, y no quiero por todo el Universo tu contacto sufrir, ni que me empuerques. --¡Miren el necio --contestó el Guiñapo-- y cuál mi acceso en evitar se empeña! Mas ya que así me ultraja y me desdeña, dígame usted, seo Guapo: ¿Cómo tan pronto en su altivez olvida que fué un Harapo quien le dió la vida, y que antes que Papel ha sido Trapo? Quien de la plebe descender entienda no la desdeñe, aunque sobre ella ascienda, no sea que por mucho que se eleve, pueda alguno decir: --¿Veis el desprecio con que nos mira el tal? Pues ese necio, antes de ser lo que es, ha sido plebe.

EL TIEMPO PERDIDO

De un jardín en el pozo solía divertirse cierto mozo horas pasando enteras y mortales en subir y bajar sus dos pozales; su objeto era llenarlos de dicho pozo en el profundo abismo, y subirlos arriba y derramarlos, no en el jardín sino en el pozo mismo. Viólo un anciano, y con su voz machucha le dijo: --¿Sabes, joven, que no entiendo ese tu afán tremendo en fatigar la soga y la garrucha? Si al verte sacar agua en tal manera te viese al menos arrojarla fuera, vería yo algún fin en tu trabajo; pero ¿a qué es esperar ansia tan viva en subir y subir el agua arriba para luego otra vez volverla abajo? --Yo me divierto --el mozo le contesta-- con este rudo afán que a usted molesta; mas ya que usted se pone a reprendello, ¿sabrá decirme lo que pierdo en ello? El viejo le replica: --¡Joven loco, pierdes el tiempo! ¿Te parece poco?

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FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA

_Granada, 1789; † 1862._

EL TOPO Y EL GUSANO DE LUZ

Por una estrecha hendidura sacó la cabeza un topo, con poca carne en los huesos y mucha piel en los ojos. No sabe si es noche o día; pero siente en el contorno a un gusanillo de luz, y le dice de este modo: --Ufano puedes estar, tamaño como un gorgojo, llevando en parte vedada la linterna por adorno: ya la muestras, ya la ocultas, tan altivo y orgulloso como fanal que en la torre enseña el puerto al piloto. --No tal --contestó el gusano--, que mi pequeñez conozco; mas a ninguno hago daño, y algún bien procuro a otros. Doy luz, oculto en la hierba, sobre las plantas me poso, y los insectos acuden a guarecerse en su tronco. Ni destruyo las raíces, ni las semillas me como, ni por temor a los hombres bajo la tierra me escondo. Esto dijo el gusanillo; y lo dijo con tal tono, que el dañino animalejo quedó aún más ciego de enojo: fué a replicar, y no pudo; sintió encendérsele el rostro, y, murmurando entre dientes, metióse dentro de un hoyo. Así en el mundo sucede: que los más torpes y tontos, al que brilla poco o mucho le zahieren envidiosos.

EL ZAGAL Y EL NIDO

--¿Dónde vas, zagal cruel; dónde vas con ese nido, riendo tú, mientras pían esos tristes pajarillos? Su madre los dejó solos en este momento mismo para buscarles sustento y dárselo con su pico... Mírala cuán azorada echa menos a sus hijos, salta de un árbol a otro, va, torna, vuela sin tino: al cielo favor demanda con acento dolorido, mientras ellos en tu mano baten el ala al oírlo... Tú también tuviste madre, y la perdiste aún muy niño, y te encontraste en la tierra sin amparo y sin abrigo... Las lágrimas se le saltan al cuitado pastorcillo, y, vergonzoso y confuso, deja en el árbol el nido.

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ANDRÉS BELLO

_Caracas (Venezuela), 1781; † 1865._

LA ARDILLA, EL DOGO Y EL ZORRO

Madama Ardilla con un Dogo fiero, compadre antiguo suyo y compañero, salió al campo una tarde a solazarse. Entretenidos iban en gustosa conversación, y hubieron de alejarse tanto, que, encapotada y tempestuosa, los sorprendió la noche a gran distancia de su común estancia. Otra posada no se les presenta que en una alta encina añosa y corpulenta; el hueco tronco ofrece albergue y cama a nuestro Dogo: la ligera Ardilla se sube de tres brincos a una rama y lo mejor que puede se acuclilla. Danse las buenas noches, y dormidos quedaron luego. A lo que yo barrunto, eran las doce en punto, hora propicia al robo y al pillaje, cuando aportaba por aquel paraje uno de los ladrones forajidos de más renombre: un Zorro veterano, terror de todo el campo comarcano en leguas veinte y treinta a la redonda, en torno al árbol ronda, alza el hocico hambriento de palpitante carne; atisba, husmea, y ve a la Ardilla en su elevado asiento: ya su imaginación la saborea y la boca se lame, y la cola menea; mas ¿cómo podrá ser que a tanta altura, si no le nacen alas, se encarame? Iba casi a decir “no está madura”, cuando le ocurre una famosa idea. --Bella señora mía, vuesa merced perdone --le decía-- si interrumpo su plácido reposo. Después de tanto afán, cuando el consuelo de hallarla me concede al fin el cielo no puedo contener el delicioso júbilo que de mi alma se apodera. ¿No me conoce usted? Su buena madre hermana fué de mi difunto padre. Tengo el honor de ser su primo hermano. ¡Ay! en su hora postrera el venerable anciano me encomendó que luego en busca fuera de su sobrina y la mitad le diera de la hacenduela escasa que al salir de esta vida nos ha dejado. A mi paterna casa sea usted, pues, mil veces bien venida, y déjeme servirla en el viaje de escudero y de paje. ¿Qué es lo que duda usted? ¿Qué la detiene que de una vez no viene a colmar mi ventura, en lazo estrecho juntando el suyo a mi amoroso pecho? Ella, que por lo visto era ladina, a par que vivaracha y pizpireta, y al instante adivina la artificiosa treta, así responde al elocuente Zorro: --Fineza tanta, mi querido primo, y el liberal socorro del piadoso difunto, que en paz descanse, como debo, estimo. Bajar quisiera al punto; pero, ya veis... ¡Mi sexo!... A la entrevista es menester que asista, si lo tenéis a bien, un deudo caro, que de mis años tiernos fué el amparo; es persona discreta, a quien podéis tratar sin etiqueta, y que holgará de conoceros. Vive en ese cuarto bajo; llamadle. Don Marrajo, dándose el parabién de su fortuna, que le depara, según él concibe, dos presas en vez de una, con la mayor frescura y desahogo fué, en efecto, y llamó. Pero la suerte se vuelve azar. Despierta airado el Dogo, se abalanza, le atrapa y le da muerte. Esta sencilla historia nos advierte a un tiempo, hija querida, tres importantes cosas: de un seductor las artes alevosas, de la maldad el triste paradero, y lo que vale en lances de la vida la acertada elección de un compañero.

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FÉLIX MARÍA DE SAMANIEGO

_La Guardia (Álava), 1745; † 1806._

EL CAMELLO Y LA PULGA

Al que ostenta valimiento cuando su poder es tal que ni influye en bien ni en mal, le quiero contar un cuento. En una larga jornada un camello muy cargado exclamó ya fatigado: --¡Oh qué carga tan pesada! Doña Pulga, que montada iba sobre él, al instante se apea y dice arrogante: --Del peso te libro yo. El Camello respondió: --Gracias, señor Elefante.

LA ALFORJA

En una alforja al hombro llevo los vicios; los ajenos, delante; detrás, los míos. Esto hacen todos: así ven los ajenos, mas no los propios.

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EL CUERVO Y EL ZORRO