Estudios americanos (primera serie)
Part 9
«Está de moda,--escribe M. McMaster, en un artículo publicado en _The Forum_,--limitar el poder de los gobernadores, de las legislaturas, de los tribunales; mandarles que hagan ésto, prescribirles que hagan aquéllo, hasta el punto de que la moderna constitución de un Estado parece más un código de leyes que un instrumento de gobierno legislativo. Por todas partes se manifiesta cierto disgusto por los servidores y representantes del pueblo. Una larga y triste experiencia ha convencido al público que los legisladores aumentarían sin cesar la deuda del Estado, a menos que se les prohiba positivamente pasar de cierto límite; que soportarían ferrocarriles paralelos, consolidación de corporaciones, medios de transporte descriminatorios, ventas por los concejos comunales de valiosas franquicias a compañías de tramways y de teléfonos, a menos que la constitución del Estado declare expresamente que tales cosas no son permitidas. Tan lejos ha sido llevado este sistema de prohibiciones, que muchas legislaturas carecen de la autorización necesaria para sancionar ninguna legislación privada o especial, ni para cancelar obligaciones contraídas con el Estado por individuos o corporaciones, ni pueden pasar leyes en que esté interesado miembro alguno, ni prestar el crédito del Estado, ni tomar en cuenta leyes disponiendo de fondos públicos en las últimas horas del período». La tendencia actual, en efecto, como lo he establecido al referirme a la carta orgánica de Brooklin, comentada por Mr. Seth Low, tiende a la concentración del poder en manos de un funcionario responsable, ya que no es posible establecer en todas partes el sistema de Washington en que el gobierno municipal está puesto en manos de una comisión bajo la superintendencia del congreso.
He aquí cómo uno de los historiadores más notables de la capital federal, describe la organización de este gobierno[10]:
«El gobierno municipal de Washington es, en muchos conceptos, una anomalía entre los gobiernos municipales y tanto en su mecanismo como en sus resultados merece llamar la atención de los aficionados al estudio de la ciencia política. Según el sistema que en él se observa, tres comisionados nombrados por el congreso constituyen la base y fuente de su poder. Washington se constituyó de una manera oficial en 1802 con un gobierno municipal de acuerdo con el sistema antiguo inglés, compuesta de un alcalde o mayor y un concejo común, que permaneció en función hasta 1871, época en que fué sustituído por un gobierno de forma territorial con un gobernador y un delegado en el congreso. Después de algunos años de prueba, el resultado fué poco satisfactorio, y por acuerdo del congreso, aprobado en 11 de junio de 1878, se creó el actual gobierno de la ciudad y del distrito. Este es tan nuevo y sus resultados han sido tan satisfactorios, que merece describirse detalladamente.
«La sección primera de la ley de organización determina que todo el territorio cedido al congreso de los Estados Unidos por el Estado de Maryland como sitio permanente del gobierno, deberá continuar siendo reconocido con el nombre de Distrito de Columbia, y continuar también siendo una corporación municipal, cuyos comisionados debían ser tres, dos nombrados por el senado, y el tercero un oficial del cuerpo de ingenieros del ejército de los Estados Unidos, cuyo grado sería superior al grado de capitán y que designaría el presidente. Estos tres comisionados que constituyen virtualmente el gobierno de la ciudad y del distrito, ejercen funciones tanto ejecutivas como legislativas. Su deber, según lo dispone la ley de creación, consiste en imponer contribuciones, encargarse de archivos y dineros que al distrito pertenezcan, hacer investigaciones anuales dando cuenta de ella, sobre las instituciones de caridad; hacer reglamentos relativos a la policía, edificios y provisión de carbón; dar cuenta del número de celadores e inspectores; determinar o cambiar estaciones de carruajes públicos, abolir o consolidar oficinas; nombrar y remover empleados; determinar las épocas para pago de los impuestos, etc., y comprobación y saldo de cuentas; firmar todos los contratos; aprobar bonos de los contratistas; señalar los deberes a que están sujetas las juntas de policía, de sanidad y de escuelas; cuidar de las instalaciones de los servicios de agua, de gas y cloacas, antes de comenzar las mejoras de una calle; determinar tarifas equitativas para el consumo de gas; proyectar las leyes adicionales que se consideren necesarias y dar cuenta anual al congreso de sus procedimientos.
«Uno de ellos, por virtud de su propio cargo es director o encargado del Hospital de Columbia y de la Escuela Reformatoria. El producto de todos los impuestos que por ellos se recaudan pasa a la tesorería de los Estados Unidos, y sus cuentas, después de ser aprobadas por su propio «auditor» pasan al auditor de la tesorería de los Estados Unidos. Fuego, policía, escuelas, limpieza de calles, reglas sanitarias y departamentos municipales dependen todos de esa jefatura responsable. Como consecuencia, el habitante de Washington goza de calles mejor trazadas y más limpias, de mayor inmunidad con respecto a crímenes, de mejores escuelas (hasta donde alcanza el poder de los comisionados), de mejores parques y jardines públicos, que ningún otro ciudadano de ninguna otra ciudad de igual tamaño del país. Sus contribuciones son relativamente bajas--uno y medio por ciento--; se ve libre de las imposiciones de las compañías de gas; compra provisiones al por mayor en cinco grandes, limpios y bien aereados mercados; puede trasladarse de un lado a otro de la ciudad por sólo cinco centavos, teniendo la seguridad de que las contribuciones que paga se dedican al beneficio del público. No tiene el fastidio ni la obligación de las elecciones anuales. Aquella agradable región, cuya excelencia se juzgaba sólo posible en Utopía, en que la política y los políticos jamás incomodan al ciudadano, se encuentra en la capital. La municipalidad está dividida en ocho distritos escolares, seis de blancos y dos para gente de color. Existen en ella tres departamentos: un departamento de policía, con ocho comisarios; un departamento de bomberos, con nueve compañías y un departamento de sanidad, todo bajo la dependencia de los comisionados.
«El poder judicial del distrito es una organización distinta e independiente. Su título oficial es: «Suprema Corte del distrito de Columbia». Tiene seis jueces, un justicia mayor (_Chief Justice_) o presidente de la Corte Suprema de Justicia y cinco jueces. La Corte Suprema del distrito guarda términos especiales para cada uno de los distintos procedimientos de prueba, cancillería, distrito y asuntos criminales; también se reúne en término general para entender en los casos de apelación a fallos de las cortes inferiores, y en esas sesiones todos los jueces se encuentran presentes, excepto el juez que ha oído el caso apelado.»
La carta orgánica del «Greater New York» abarca demasiados detalles para tratar de hacer de ella un extracto reducido. Antes de terminar este ligero esbozo, creo, sin embargo, que no estará de más dar una simple idea de la organización municipal de otras ciudades modernas americanas, como por ejemplo, Saint Louis cuya forma de gobierno ha sido descripta en los términos siguientes, en la obra fundamental de Bryce:
«Saint Louis está dividido en 28 distritos y 224 precintos electorales (_voting precincts_). Las elecciones se rigen por leyes estrictas que previenen por lo general el fraude y transcurren tranquilamente cerrándose todos los despachos de bebidas hasta media noche.
«El Alcalde (_Mayor_) lo elige el pueblo por cuatro años; tiene cinco mil pesos de sueldo y no forma parte de la Asamblea de la ciudad (_City Assembly_) con la cual se comunica por medio de mensajes. Está investido del poder de devolver a la asamblea cualquier acuerdo tomado por ésta, para que lo considere de nuevo, cabiéndole a la asamblea, entonces, el derecho de pasarlo de nuevo con dos tercios de mayoría. El Alcalde recomienda medidas a la asamblea, le somete informes de los jefes de los departamentos y tiene a su cargo gran variedad de deberes ejecutivos menores. Nombra gran parte de los empleados de importancia, pero esto lo hace de acuerdo con el Concejo, Cámara alta de la Asamblea (_Upper house of the Assembly_). Con el fin de ponerle a cubierto de la presión e influencia que sobre él pudieran ejercer aquellos a quienes debe su elección, los nombramientos aludidos no los hace hasta el tercer año de su propio término y son válidos por cuatro años.
«La Asamblea se compone de dos cámaras. El Concejo consta de trece miembros elegidos por cuatro años por escrutinio de lista y un tercio de ellos cesa en su mandato cada dos años. La cámara de delegados (_House of delegates_) la componen 28 miembros, uno por cada distrito. Carta miembro de la asamblea recibe trescientos dólares anuales además del importe de los gastos razonables en que haya incurrido mientras ha estado al servicio de la ciudad. La asamblea tiene poderes legislativos generales y la superintendencia o inspección de todos los departamentos, pero sin embargo, su autoridad para establecer impuestos o contraer empréstitos es limitada.
«Los departamentos administrativos los constituyen: trece empleados superiores elegidos por el pueblo, que son, contador o tesorero, auditor, registrador, colector, oficial de justicia (_marshall_), inspector de pesas y medidas, presidente de la junta de tasadores, _coroner_, alguacil mayor (_sheriff_), archivero de títulos (_recorder of deeds_), administrador público y presidente de la junta de mejoras públicas.
«El Alcalde (_Mayor_) nombra con la aprobación del concejo veinte empleados que son los que forman las distintas agrupaciones o juntas, la mayoría de ellos por cuatro años, a saber: Junta de mejoras públicas, compuesta del comisionado de calles, comisionado del agua, comisionado del puerto, comisionado de parques, comisionado de cloacas, el asesor y colector de rentas sobre el agua, comisionado de edificios públicos, comisionado de abastecimientos, comisionado de higiene, inspector de calderas, letrado consultor de la ciudad, comisionado de jurados, registrador de votos, procurador de la ciudad, dos jueces de paz, carcelero, superintendente de la casa de corrección (_workhouse_), jefe del departamento de incendios, inspector del gas, asesores y varios contratistas para la ciudad, y empleados de menor categoría.
«Los cuatro comisionados de policía que, junto con el _Mayor_ tienen a su cargo la seguridad pública de Saint Louis, son nombrados por el Gobernador de Missouri con el objeto de conservar este departamento, apartado y ajeno a la «política local». En 1886 el cuerpo de policía lo componían 593 hombres, además de 200 vigilantes particulares pagados por las personalidades que los empleaban, pero vestidos con el uniforme y juramentados ante la junta de policía.
«La junta de instrucción pública (_School Board_) constaba de 28 miembros, uno por cada distrito, elegidos por tres años y cesando anualmente en sus cargos una tercera parte de ellos. No depende del Alcalde ni de la Asamblea, escoge su personal y nombra todos los maestros, tiene a su cargo el importante fondo de las escuelas y determina la contribución escolar que, sin embargo, es cobrada por el recaudador de la ciudad.
«Los puntos fuertes de esta organización se estima que son: el largo tiempo de servicio de los empleados municipales, el honrado y atento cuidado que se dedica al registro electoral y la legalidad que en las elecciones se observa; las trabas puestas a la administración financiera y límites señalados a las deudas y el hecho de que aquellos puestos de importancia para los cuales el Alcalde nombra el ocupante, sólo se proveen por él al tercer año de ocupar la alcaldía, de suerte que como recompensa de trabajo político durante el calor de la campaña, ellos están tan lejanos, que no perjudican seriamente al mérito de una elección.»
Mucho más podría decirse sobre este tema tan fecundo, pero temo abusar de la paciencia de mis lectores. Sólo me resta añadir que los publicistas americanos que han estudiado más profundamente el problema de la vida municipal y que señalan sin ambajes los vicios que perturban el régimen comunal en su país, indican como modelos dignos de imitarse los del gobierno municipal de Berlín y Glasgow en Alemania e Inglaterra.
NOTAS AL PIE:
[1] John Fiske, “Civil Government in the United States considered with some reference to its origin.”
[2] A este respecto se cita el caso de Wáshington, cuyos fundadores creyeron que se desarrollaría al sudeste a donde mira el pórtico del Capitolio, y que ha crecido precisamente en la dirección contraria.
[3] En el conocido libro de James Bryce, “The American Commonwealth”, figura completa la lista que he extractado, con los sueldos recibidos por los principales funcionarios mencionados en ella.
[4] El gobierno municipal de los Estados Unidos, bajo el punto de vista americano por el Hon. Seth Low, capítulo LII del “American Commonwealth”.
[5] Cuando se escribió el estudio citado, Brooklyn era una ciudad independiente. Hoy forma parte del “Greater New York” que, con la incorporación de esta ciudad y los suburbios de “Queen” y “Bronx”, es hoy la segunda ciudad del mundo. He aquí algunos datos estadísticos cuyas cifras no necesitan comentarios, relativos al “Gran Nueva York”: Área, 320 millas cuadradas. Población: 3.388.000 habitantes. (La población de los Estados Unidos en la época de la independencia, era de 2.750.000 habitantes). Nueva York tiene 6.587 acres (una hectárea equivale a dos acres 471 milésimos) de parques y espacios libres, contra 5.976 en Londres, 4.739 en París y 1.637 en Berlín. New York tiene 1.200 millas de calles, de las cuales 1.002 pavimentadas; Londres 1.818 millas pavimentadas; París 604; Berlín 500. New York tiene 1.156 millas de cloacas, Londres 2.500, París 599, Berlín 465. New York tiene 65 y media millas de ferrocarriles elevados y 466 millas de ferrocarriles de superficie; Berlín tiene 225 de los últimos y París 24. New York tiene títulos de deuda por valor de 200.000.000 pesos. Londres por otros 200 millones, Berlín por 70 millones y París por 521 millones. El gasto anual de New York, que se calculó sería de unos 75 millones de dollars anuales cuando se consolidó la ciudad, en 1898, ha llegado a “138 millones de dollars”, cifra monstruosa cuando se piensa que el presupuesto de Londres es de 65 millones, el de París de 72 millones y el de Berlín de 21 y medio millones. La provisión diaria de agua en New York es de 330 millones de galones; la de Londres de 203 millones; la de París de 136 millones; la de Berlín de 30 millones.
[6] “Our Cities”. Capítulo V de “The United States of America”, edited by N. S. Shaler, 2 tomos, 1897.--En la composición de este libro han colaborado los más autorizados especialistas americanos.
[7] Ford’s, “American Citizen Manual”, 89-89.
[8] Mr. Lecky se refiere al Hon. Andrew D. White, actual embajador de los Estados Unidos en Berlín, y a su obra “El mensaje del siglo décimonono al vigésimo”, publicada en 1883.
[9] William Hartpole Lecky, “Democracy and Liberty”, 1, 95, 115.
[10] Charles Burr Todd. “The Story of Washington, the National Capital”, 1889.
IX
EL CONGRESO
Los grandes problemas relacionados con la expansión exterior de la potencia americana que agitan en estos momentos a la opinión pública de los Estados Unidos, y que serán debatidos con empeñoso interés en la próxima reunión del cuerpo legislativo, van a concentrar durante algunos meses la atención universal sobre los procedimientos, las tendencias y los _leaders_ del congreso de la gran república. Ningún momento más oportuno que éste para detenerse en el estudio de aquella rama del gobierno federal, recorriendo las etapas más notables de su historia, a la luz de publicaciones recientes. El distinguido escritor Mr. Joseph West Moore, acaba de realizar esta importante labor, y su libro _The American Congress_ ha aparecido casi al mismo tiempo que el del ex presidente Harrison _This Country of Ours_, uno de cuyos más interesantes capítulos está consagrado al mismo tema. Tal vez no será del todo indiferente seguir en estas circunstancias los sucesos relatados en aquellas obras y las impresiones que sugiere su lectura.
Los comentadores de la ley fundamental americana, al estudiar las fuentes raciales de la constitución, encuentran el origen del cuerpo legislativo de los Estados Unidos, en aquellas viejas asambleas teutónicas descriptas por Tácito en su _Germania_, en que existía un elemento conservador representado por la reunión de los jefes de tribu, y un elemento popular representado por el conjunto de las huestes armadas de los _freemen_. No es necesario detenerse en esa larga genealogía que muestra en los _markmoot_, _shiremoot_, _folkmoot_ y _witenagemmoot_ sajones, en el gran consejo normando, en el Parlamento, y, finalmente, en la legislatura colonial, los antecesores históricos del congreso americano, para reconocer el abolengo ilustre del vasto cuerpo popular que influye hoy de una manera tan marcada en los destinos de esta poderosa nación.
Sin salir del territorio de los Estados Unidos ni de los límites comparativamente reducidos de su historia, el señor Moore, en _The American Congress_, nos enseña que las primeras manifestaciones de este cuerpo aparecen algunos años después de la llegada de los separatistas o independientes, mal llamados puritanos, que en 1620 desembarcaron en la roca de Plymouth. Desde 1643, en efecto, las colonias de la bahía de Massachussetts, de Plymouth, de Connecticut y New-Haven, nombraron representantes que, reunidos en Boston, firmaron los artículos de la confederación de las colonias unidas de Nueva Inglaterra, en que se halla el gérmen de la unión federal posterior; y en 1690 se hizo la primera convocación de un congreso general de dichas colonias, para adoptar medidas de salvación común contra las depredaciones de las tribus indias llamadas de las Seis Naciones, ayudadas por los pobladores franceses del Canadá. Desde aquella época en adelante, el congreso se reunió cada vez que las colonias necesitaron efectuar arreglos para la protección de su frontera interior.
La más notable de estas asambleas es la que se constituyó en Albany, en la colonia de Nueva York, en 1754. Concurrieron 25 delegados y entre ellos se encontraba Benjamín Franklin, que presentó la propuesta de unión, conocida con el nombre de «plan de Albany», según la cual las colonias debían formar un solo cuerpo, con un gobierno general nombrado por la corona y un gran consejo de delegados elegidos por las legislaturas coloniales, proyecto que más tarde fué rechazado por éstas, así como por el parlamento británico.
La imposición del impuesto del timbre en las colonias británicas y en las plantaciones de América, indujo a James Otis a presentar a la legislatura de Massachussetts, el 6 de junio de 1765, un proyecto de convocación de un congreso de representantes de todas las colonias, que debía reunirse en la ciudad de Nueva York, con el objeto de concertar su actitud enfrente de aquel acto del parlamento. De las trece colonias, ocho respondieron al llamamiento, y el 7 de octubre del mismo año aquella asamblea inauguró sus sesiones en la casa municipal de Nueva York. Ese congreso denominado «de la ley del timbre»--dice Mr. Moore--fué el primero convocado en América por el pueblo, pues los otros se reunieron por autoridad real. Se componía de hombres hábiles, patriotas e instruídos. Ellos eran enteramente leales a la corona, pero creyentes firmes y abogados de los derechos coloniales, estaban resueltos a hacer una enérgica protesta contra lo que consideraban una audaz violación de aquellos derechos.
La primera chispa del espíritu de emancipación había sido encendida, y sus efectos iban a propagarse desde entonces con la rapidez del incendio. Los acontecimientos se precipitaban, ahondando cada vez más las diferencias y antagonismos que existían entre las colonias y la metrópoli. El «partido del te», en 1773 estaba llamado a romper violentamente el frágil vínculo que ligaba a la madre patria y sus hijos. El muelle de Griffin, en la bahía de Boston, fué el escenario del primer acto de la tragedia. El partido británico, para castigar a la colonia rebelde y vengar la afrenta recibida, cerró al comercio el puerto en cuyas aguas había flotado el té de las cajas despedazadas por la furia popular, trasladando a Salem la sede de gobierno.
Las colonias hermanas sintieron inmediatamente la ofensa: Virginia, Nueva York y Rhode Island propusieron la reunión de un congreso continental y su idea fué aceptada por las demás, que encargaron a Massachussetts designar la fecha de la instalación de la asamblea. El 17 de junio de 1774, Samuel Adams introdujo secretamente una resolución en la legislatura de Massachussetts, reunida todavía en Salem, y ella fué votada antes que los empleados del rey pudieran disolver aquel cuerpo. Esa resolución convocaba al congreso continental que debía reunirse en Filadelfia el 10. de septiembre de 1774.
En aquella fecha, la mayor parte de los delegados al congreso había llegado a Filadelfia, y se había alojado en la taberna de la City, una posada famosa «por su trato de los hombres y los animales». La ciudad elegida, fundada en 1682 por William Penn, ocupaba un puesto de gran importancia en el territorio poblado americano y mantenía un extenso comercio con Inglaterra. Su población llegaba a 20 mil habitantes, cuáqueros en su mayoría.
Cuando se piensa en la soberbia metrópoli actual, la descripción que de ella nos hace Mr. Moore, despierta un interés mayor: «La ciudad tenía algunas casas buenas de ladrillo y piedra y numerosas de madera. Había en ella 12 iglesias, cerca de 300 tiendas y almacenes, unas pocas fábricas, un teatro donde la representación empezaba a las 6 de la tarde y un diario, el _Pennsylvania Packet_, fundado por John Dunlap en 1771. En su recinto vivían muchas familias de fortuna, y las que no eran cuáqueros, daban bailes y comidas elaboradas y socialmente eran muy alegres. Los cuáqueros se vestían con gran sencillez, pero algunos daban fiestas generosas. La sociedad de Filadelfia era tal vez más conservadora que la de Boston o la del Sur, pero tenía mucho patriotismo y sostenía empeñosamente la causa de las colonias.»
Para la reunión del congreso se ofreció la State-House, en que se congregaba la asamblea de Pennsylvania, pero para no interrumpir las sesiones de ésta, se declinó la oferta y se aceptó el salón de la Honorable Sociedad de los Carpinteros, una construcción anticuada, edificada en 1770, que se conserva aún en Filadelfia como una reliquia del tiempo colonial. «El 5 de septiembre de 1774, a las 10 de la mañana, los delegados,--refiere Mr. Moore,--formaron en línea enfrente de la City Tavern y en procesión solemne marcharon hasta el Carpenters Hall, inaugurando las sesiones del congreso continental».