Estudios americanos (primera serie)
Part 10
La historia de la famosa asamblea ha sido escrita tan frecuentemente, que no parece oportuno repetirla en esta ocasión.--Ella ha sido sintetizada por Mr. Moore de una manera clara y comprensiva, pero lo que hace principalmente el interés de su narración no es la crónica de los procedimientos de aquel augusto cuerpo, aquella «constelación de dignidades» como se llamó en su tiempo, sino los retratos de sus principales miembros. En aquella galería figuran el presidente Peyton Randolph, de Virginia, de 53 años de edad, presencia fina y cortesana, hombre prominente en asuntos coloniales, antiguo procurador general del rey, y a quien se aplicó antes que a Washington el epíteto de «Padre de su Patria», en un artículo del _Gentlemen’s Magazine_, publicado en julio de 1775; luego, el secretario Charles Thompson, un pobre muchacho irlandés, que, con once años de edad, llegó a América en 1730, adquirió en ella una alta educación, tradujo el Testamento griego, mereció ser llamado por los indios de Delaware, a causa de su integridad de carácter y rectitud de principios, «Wehwola ent», o «el hombre que dice la verdad», y de quien se cuenta, que «mientras fué secretario del congreso, era costumbre de los miembros llamarlo para verificar puntos debatidos, diciendo, «que venga la verdad o Thompson», pues su palabra se consideraba equivalente al juramento de cualquier otro. Y así desfilan sucesivamente Patrick Henry, el gran orador colonial; John Adams y su primo Samuel Adams, prominentes como oradores, pensadores y patriotas; Roger Sherman «the learned shoemaker» de origen humilde, pero llegado a las funciones de juez en la corte superior de Connecticut; John Dickinson, el autor de las celebradas Cartas de un chacarero (_Letters from a Farmer_); Richard Henry Lee, una de las lumbreras del debate; Benjamín Harrison, tatarabuelo del ex presidente Harrison, otro virginiano de nota, rico, elegante y distinguido; y _last but not least_, George Washington, que acababa de cumplir 42 años, y era el más notable soldado de América, famoso por sus galantes servicios en las guerras contra los franceses y los indios. «Poseía--dice Mr. Moore--en no pequeño grado, las cualidades del estadista afortunado. No era ni muy instruído ni elocuente, pero como Patrick Henry dijo de él: Si os referís a la sólida información y al juicio sano, el coronel Washington es indudablemente el hombre más grande de este recinto». Como mandaba las tropas de Virginia, apareció en su uniforme militar. Tenia seis pies y dos pulgadas de alto y un cuerpo amplio, muscular, que en su vistoso traje le daba una apariencia conspícua. El y Harrison eran los miembros más altos del congreso. La historia no consigna sino de una manera imperfecta, la parte que tomaron cada uno de estos ilustres próceres en las deliberaciones, pues el congreso continental sesionó a puertas cerradas, todos sus procedimientos fueron secretos, no se publicaron actas oficiales de sus debates y todo lo que conocemos sobre ellas, es lo que se dice en forma fragmentaria en las cartas y diarios de dos o tres de los principales delegados.
El segundo congreso continental se reunió el 10 de mayo de 1775, en la State-House, cuyo nombre, después de la declaración de la independencia, fué cambiado por el de Independence Hall, que conserva hasta el día. El 19 del mes anterior había tenido lugar la batalla de Lexington, que empezó la larga serie de combates de la revolución norteamericana. En aquellos momentos solemnes la asamblea asumió en sí todas las funciones de un gobierno que se denominó «Gobierno revolucionario» y que continuó hasta 1781, en que se adoptaron los artículos de la confederación. John Hancock, miembro de la delegación de Massachussetts, hijo de un clérigo prominente e ilustrado, fué elegido presidente en reemplazo de Peyton Randolph y en contraposición con Benjamín Harrison, elegido por la delegación de Virginia y que declinó este cargo, votando por su rival. Desde entonces John Hancock fué considerado el jefe ejecutivo de las colonias y respetado como tal. «Se cuenta--dice Mr. Moore--que Mr. Harrison, que era un hombre de gran fuerza y tamaño, viendo que el presidente Hancock vacilaba modestamente en ocupar el sillón, lo levantó en sus brazos musculosos y lo condujo al sitio de honor como si fuera un niño, con gran diversión del congreso. Depositando en salvo su preciosa carga, Mr. Harrison, dijo: Señores: mostremos a la madre Bretaña, cuán poco nos preocupamos de ella, haciendo nuestro presidente a un hombre de Massachussetts, que ella ha excluído de perdón por proclama pública». Desde el primer momento aquella asamblea estuvo principalmente ocupada de medidas de guerra. En las primeras sesiones se leyeron los partes de la batalla de Lexington, de la captura del fuerte Ticonderoga y de Crown Point. John Adams propuso que se adoptara el ejército reunido en las cercanías de Boston, y Thomas Jefferson indicó la conveniencia de nombrar comandante en jefe de dicho ejército al coronel Jorge Washington. La respuesta del noble soldado, es una de las más sencillas y elocuentes que registran los anales humanos.
Hasta entonces, Georgia no había enviado delegados. Al fin de septiembre de 1775, se reparó aquella omisión, y como entonces todas las colonias estaban representadas en el congreso, éste se llamó de las «Trece Colonias Unidas». Mr. Moore se ocupa detenidamente de las principales medidas adoptadas por la histórica asamblea, entre ellas la organización de la escuadra y del ejército revolucionario. La lógica de los acontecimientos conduce a la separación de la madre patria, y el cuadro de las vacilaciones, del choque de las ideas adversas de los representantes de las colonias, da tema al autor de _The American Congress_ para trazar algunas páginas palpitantes. La crónica de las memorables sesiones del 2, del 3 y del 4 de julio de 1776, en que se adoptó y proclamó la declaración de la independencia redactada por Jefferson, es especialmente interesante. La declaración se publicó en el _Evening Post_ de Filadelfia el 8 de julio y el mismo día a las 12 fué leída desde una alta plataforma en el patio de la State-House por John Nixon, después de cuya ceremonia la campana de la torre del edificio dejó oír sus notas vibrantes, obediente al lema grabado en el bronce sonoro: «Proclama la libertad a través de nuestra tierra y a todos los que habitan en ella». En diciembre de 1776, el congreso invistió a Washington de poderes extraordinarios en adición de los que le fueron conferidos como comandante en jefe de las tropas revolucionarias. En junio 14 de 1777, resolvió que «la bandera de los trece Estados Unidos deberá componerse de trece fajas alternativamente rojas y blancas; y la unión deberá estar indicada por trece estrellas blancas, en campo azul, representando una nueva constelación». Después, el congreso se trasladó sucesivamente a Baltimore, Lancaster y York, regresando nuevamente a Filadelfia, para evitar ser capturado por las tropas británicas. La obra patriótica de la asamblea fué coronada con la proclamación ante el mundo de los artículos de la confederación, que tuvo lugar en Filadelfia el 10. de marzo de 1781, y desde entonces ella cambió su antiguo nombre por el de «Congreso de la Confederación».
La lucha revolucionaria termina virtualmente en el mismo año, con la rendición de Cornwallis, en Yorktown. El tratado de paz entre las colonias emancipadas y la madre patria se firmó en septiembre de 1783. «El general Washington,--dice Mr. Moore, se despidió de sus oficiales en Nueva York, el 4 de diciembre de 1783 e inmediatamente partió para Annapolis, donde el congreso celebraba sus sesiones en la antigua casa del estado de Maryland, para dar cuenta de su misión de comandante en jefe. Llegó a aquel punto el sábado 20, habiendo, durante el camino, recibido ovaciones del pueblo que lo aclamaba como salvador de la patria. El lunes siguiente se le ofreció un banquete dado en su honor por el congreso; y el martes 23 de diciembre se le acordó una audiencia en la cámara legislativa, que rebosaba con los delegados y espectadores, entre los cuales se encontraba su esposa Marta Washington, acompañada de sus dos nietos Nelly y Parke Custis. Afuera el pueblo llenaba el aire con aclamaciones entusiastas al héroe de la nación.»
Después de permanecer durante un año en Annapolis, el congreso se trasladó a Trenton y luego a Nueva York, donde permaneció durante cuatro años, hasta ser disuelto por el cambio de gobierno consiguiente a la jura de la constitución en 1789.
El primer congreso reunido bajo el imperio de la nueva constitución celebró sus sesiones en la misma ciudad, en Wall Street, hoy centro del mundo financiero, y en el edificio que todavía se conserva y que hoy está ocupado por la subtesorería de los Estados Unidos. «El edificio,--nos informa Mr. Moore,--fué edificado con ladrillo y piedra en 1700, costó 20.000 pesos y era considerado «una construcción muy imponente». En él tenían sus oficinas el presidente de la municipalidad, el concejo comunal, las cortes; y además servía de local a la biblioteca pública y hasta a la cárcel del condado. El congreso del timbre de 1765 se congregó en él, y allí tuvieron lugar muchas de las sesiones del congreso continental. Cuando se determinó transformar el viejo edificio en un «salón federal» para el nuevo congreso, los comerciantes de Nueva York suscribieron pesos 32.500 con ese propósito y la obra fué puesta en manos del mayor Pierre Charles L’Enfant, un ingeniero y arquitecto parisiense que llegó a América en 1777 y sirvió con honor en el contingente francés mandado por el conde d’Estaing. Después de la guerra, L’Enfant se estableció en Nueva York, donde hizo los planos de la iglesia de San Pablo y otros edificios, y finalmente, ganó la inmortalidad trazando el de la hermosa ciudad de Washington.»
Nada más curioso y característico que la narración que hace Mr. Moore del viaje de la comisión del congreso encargada de comunicar a Washington su elección de presidente de los Estados Unidos y el regreso de ella en compañía del héroe aclamado por las poblaciones del tránsito. Al leer esas páginas se respira un perfume de pureza y de sencillez republicana que conforta el espíritu y lo reanima. La altura moral de aquel hombre admirable y su dignidad tranquila, resaltan en cada una de las acciones de su vida; pero nada es más propio de su carácter ni lo retrata mejor que las cortas líneas que escribió en su diario, al despedirse de su mansión campestre para acudir al puesto de honor que se le confiaba:--«A eso de las diez de la mañana, dí mi adiós a Mount Vernon, a la vida privada y a la felicidad doméstica; y con una mente oprimida con sensaciones más penosas que las que puedo expresar por medio de palabras, salí para Nueva York con la mejor disposición para servir a mi patria en obediencia a su llamado, pero con menos seguridad de responder a sus esperanzas.»
La figura del estadista que trazó las líneas anteriores aparece hoy a los ojos de la posteridad como una de esas organizaciones elevadas que honran a nuestra especie y dignifican la humilde arcilla humana. Las pasiones políticas de su tiempo, sin embargo, se ensañaron más tarde en ella con ferocidad que en el día parece incomprensible. El pretexto de la denigración, o, por mejor decir, uno de los pretextos, pues ya había sido víctima de los tiros venenosos de Freneau en la _National Gazette_, en que también colaboró Jefferson, no obstante pertenecer al gabinete de Washington,--fué el tratado negociado por Jay con la Gran Bretaña. «El padre de su patria--escribe Mr. Moore--fué asaltado con una tormenta de vituperio, que en cuanto a malignidad, a indecencia y a carácter ofensivo, no ha tenido igual en la historia política americana. Los periódicos llenaban sus columnas con escandalosos artículos sobre la conducta de Washington en los asuntos públicos, y en las calles, en las reuniones públicas, donde quiera que se juntaban los indignados opositores al tratado, se propalaban viles calumnias sobre su carácter y su vida privada... Se le acusaba de violar la constitución y hasta se le amenazó con el juicio político... Thomas Paine tuvo la audacia de escribir a su respecto «que era traidor a la amistad privada e hipócrita en público», y que «el mundo encontrará difícil decidir si usted es un apóstata o un impostor; si usted ha abandonado los buenos principios o si jamás ha tenido ninguno». Tan malévolas y crueles fueron las acusaciones, que Washington exclamó amargado: «Preferiría estar en la tumba a estar en la presidencia». En una carta a Jefferson, añadió: «Soy acusado de enemigo de América, de someterme a la influencia de un país extranjero, y para probarlo, cada acto de mi administración es torturado... en términos tan exagerados e indecentes, que podrían apenas aplicarse a un Nerón, a un notorio desfalcador, o a un ratero vulgar (_a common pickpocket_)».
Continuar paso a paso, como lo hace Mr. Moore, esta crónica legislativa, equivaldría a trazar la historia de la Unión americana misma. Detengámonos solamente en algunos detalles interesantes recordados en su libro y que se relacionan con el congreso.--Tales son los que se refieren al Capitolio.--El 18 de septiembre de 1793, se colocó en Washington la piedra fundamental del soberbio edificio, después de una amarga controversia entre el arquitecto francés Hallate y el inglés Thornton, que presentaron planos para su construcción, y el primero de los cuales pretendía que el segundo le había sustraído la idea de dichos planos. Al fin los comisionados del gobierno fallaron la causa en favor de Thornton, a quien se concedió el primer premio, mientras a Hallate se le dió el segundo premio de 250 pesos y fué nombrado uno de los arquitectos del Capitolio con sueldo anual de 2.000 pesos. La ciudad de Washington, en aquel año, no era sino un vasto desierto pantanoso, donde se alzaban unas cuantas casas dispersas en la inmensa soledad poblada de arboledas. Hasta 1800 no fué posible habilitar el edificio del congreso, y el 17 de noviembre de aquel año las sesiones del de la sexta legislatura se celebraron en el ala norte del Capitolio, que aún no estaba completa. Los que visitan hoy el admirable monumento y sus alrededores, no pueden menos de admirar la anticipación, genial que tuvieron de la grandeza futura de su patria, sus promotores y constructores. Bajo la presidencia de Jefferson, que acostumbraba pasear a caballo por las calles de Washington, visitando a sus amigos e inspeccionando los trabajos urbanos, la obra recibió un nuevo impulso con el nombramiento de Benjamín Henry Latrobe, que completó sus dos alas ligándolas entre sí por un puente de madera.
En 1812 estalló la guerra con la Gran Bretaña, «la segunda guerra de la independencia», como ha sido popularmente llamada. Después de varios encuentros en que la fortuna de las armas traicionó en tierra a los americanos, en agosto de 1814, una escuadra británica, mandada por el almirante Cockburn, bajó de la bahía de Chesapeake al río Patuxent y desembarcó un cuerpo de ejército, a las órdenes del general Ross, que se dirigió a la capital por territorio de Maryland. La resistencia opuesta por el general Winder, que mandaba las tropas americanas, fué inefectiva. «El ejército invasor,--dice Mr. Moore,--entró en Washington en la tarde del 24 de agosto y acampó en los jardines del Capitolio. Los soldados hicieron algunas descargas a las ventanas del «abrigo de la democracia yankee», como el almirante Cockburn llamó al edificio, y luego penetraron al ala usada por la cámara de representantes. Cockburn fué escoltado hasta la silla del presidente por el general Ross y con un fino despliegue de dignidad legislativa, llamó a la asamblea al orden en medio de aclamaciones y risas. Preguntó si el edificio debía ser quemado. «Todos los que estén por la afirmativa, digan sí»--vociferó. Hubo una respuesta unánime y se dió entonces la orden de aplicar la antorcha. Los soldados despojaron a la biblioteca de sus libros y sus cuadros y los amontonaron en el centro del recinto de la cámara. El fuego se propagó rápidamente por el Capitolio, que en menos de una hora quedó convertido en ruinas. La casa del presidente y otros edificios públicos fueron incendiados. Después de destruir una buena parte de la ciudad, los ingleses se retiraron silenciosamente la noche siguiente, se embarcaron y se dieron a la vela».
Con el incendio del Capitolio, el congreso se vió obligado a celebrar un período de sesiones en el Union Pacific Hotel, edificio erigido en 1793, y llamado comúnmente el Gran Hotel por la amplitud de sus proporciones. En ese tiempo se habló mucho de trasladar la sede del gobierno a Nueva York o Filadelfia, pues las condiciones de Washington como lugar de residencia eran muy deficientes y el partido que sostenía la traslación fué llamado de los «capital movers». Sin embargo, los partidarios de Washington prevalecieron y en 1815 se autorizó, por ley, al secretario del tesoro para hacer un empréstito de medio millón de dólares con el objeto de aplicar esa suma a la reconstrucción de los edificios del gobierno. Una casa grande adyacente a la parte oriental del Capitolio fué alquilada por el congreso, mientras se edificaba el nuevo Capitolio, bajo los planos de Latrobe, a quien pertenecen todos los honores de la nueva forma grandiosa que revistió más tarde el soberbio palacio.
El congreso decimocuarto se distinguió principalmente por su sanción de la tarifa promulgada en 1816. Ella fué la primera que intentó proteger eficazmente lo que Madison llamó «_the infant industries_» de los Estados Unidos. Hasta aquel tiempo--escribe Mr. Moore--las tarifas de aduana habían tendido principalmente al propósito de asegurar renta, quedando en segundo término el sistema de protección, poco favorecido por los grandes partidos políticos. En 1790, Alejandro Hamilton, en un informe sobre manufacturas, abogó en favor de la política proteccionista de las industrias domésticas, pero nada se hizo en este sentido hasta 1812. Las manufacturas del país habían adquirido cierta importancia, particularmente durante el período del embargo de 1808 a 1811 y las ventajas de desarrollarlas por medio de la protección fiscal se discutieron con empeño. Al empezar 1812 los derechos de importación fueron doblados, como una medida de circunstancias.
Mientras la guerra progresó, la importación europea disminuía y aumentaba la producción doméstica monopolizando el mercado americano... Las condiciones cambiaron con la terminación de la lucha, y el influjo del comercio exterior obligó a los manufactureros a clamar por protección. Los armadores de Nueva Inglaterra, cuyos navíos transportaban una buena porción de importaciones, se opusieron al pedido. Temían perder el comercio exterior de transporte y denunciaban la protección «como una simple prolongación de ese plan de restricción comercial y de intervención oficial que ha envuelto al país en tantas calamidades». El antagonismo de tendencias económicas a que se refiere Mr. Moore subsiste hasta hoy y acaba de manifestarse nuevamente con motivo de las negociaciones con Canadá. De todos modos, la tarifa de 1816 estableció derechos específicos moderados y derechos _ad valorem_ que fluctuaban entre 7 ¹⁄₂ y 30, y fueron los votos del Sur y del Oeste los que la hicieron triunfar en las cámaras legislativas.
El congreso décimosexto se hizo memorable por la resolución del problema político conocido en la historia parlamentaria de los Estados Unidos por «Missouri Compromise», la transacción de Missouri. «Los estados libres y los estados esclavócratas--dice el distinguido profesor Goldwin Smith sintetizando este episodio--habían sido hasta entonces admitidos por parejas en la Unión, un estado esclavócrata y uno libre, de manera que se conservaba el balance político entre los dos intereses, no en la cámara de diputados en que la representación era por número de habitantes, sino en el senado, en que cada estado grande o pequeño, tenía dos miembros. El pedido de Missouri, que forma parte de la compra de la Louisiana y en el cual prevalecía la esclavitud, para ser admitido como estado, amenazó desequilibrar la balanza y despertó el latente pero mortal antagonismo reinante entre la libertad y la esclavitud. La conciencia nacional, aunque entorpecida por la política, nunca había estado enteramente dormida. Entre los cuáqueros de Pennsylvania, ella permanecía despierta. Los enemigos de la esclavitud pidieron su exclusión de Missouri como una condición previa de su entrada en la Unión. Su lucha con los partidarios de la esclavitud fué larga y enconada. Ella produjo una colisión entre la cámara nacional y el senado federal. Cuando la cuestión estaba aparentemente arreglada, la disidencia rompió en una nueva forma. Pero al fin prevaleció el temor por la estabilidad de la Unión, que en aquel tiempo había llegado a ser objeto de veneración general, y se llegó a una transacción por la cual todo el territorio al norte del paralelo 36 grados 40 minutos, con excepción del incluído en Missouri, quedaba asegurado en favor de la libertad y todo el territorio al sur de esta línea era abandonado a la esclavitud. La balanza política al mismo tiempo fué equilibrada por la admisión simultánea de Maine, y la tregua obtenida de este modo duró por 20 años, probando por su duración la importancia suprema que daba a su Unión el pueblo americano.»
En el primer cuarto de siglo, el congreso americano contó con _leaders_ que no han sido reemplazados hasta hoy. Las figuras de Henry Clay, de Daniel Webster, de John C. Calhoun y de Thomas Hart Benton,--se destacan de las páginas de Mr. Moore con un relieve extraordinario. Nada más tentador que detenerse en la pintura de estos caracteres eminentes, recordando algunos de los rasgos de su personalidad, como lo ha hecho el autor de _The American Congress_ y como acaba de hacerlo Mr. Oliver Dyer en su interesante estudio sobre el «Gran triunvirato» publicado bajo el título de _Giants of the Past and fiery issues_. Es necesario limitarse para no alargar demasiado este boceto, a dejar constancia de algunas costumbres peculiares que menciona Mr. Moore y que prevalecían en la cámara. Así, «los diputados se sentaban siempre en la cámara con sus sombreros puestos, costumbre que venía desde el congreso continental. Se consideraba una muestra de gran honor por parte de la cámara el «descubrirse» por algo o por alguien. El _speaker_ cuando se levantaba para llamar la atención de la asamblea, se quitaba el sombrero. Hacia 1830 se establecieron cuartos de perchas y gradualmente fué extinguiéndose el hábito de conservar el sombrero durante la sesión. En ambas casas del congreso había grandes urnas de plata llenas del más escogido y fragante rapé «Maccaboy» y «Old Scotch», colocadas de manera que los miembros pudieran usarlo libremente. El uso del rapé era entonces muy común y no era raro ver a un orador desbordando de elocuencia en el recinto de la casa o del senado, interrumpirse repentinamente, caminar hasta la urna del rapé, llenarse la nariz, estornudar dos o tres veces, hacer flamear un pañuelo a cuadros y después regresar a su puesto y reasumir su arenga... Los representantes durante un número considerable de años fueron muy aficionados a una bebida conocida por «switchel» y era una parte del deber diario de cierto empleado fabricar una generosa provisión de dicho refresco. El «switchel» se componía de melaza, gengibre y agua pura de la celebrada fuente del Capitolio, todo «perfumado» con el más fino ron de Jamaica. Se consumía muchos galones diarios de la bebida y cuando el debate era apasionado, la provisión era renovada varias veces. En cada casa había cortadores de plumas especiales, que enmendaban las plumas de ganso usadas por los miembros, así como selladores oficiales que se ocupaban solamente en sellar con lacre rojo todas las cartas y paquetes. Era costumbre hacerlo todo de una manera muy formal y los métodos simples estaban proscriptos del recinto.»