Estudios americanos (primera serie)

Part 17

Chapter 173,800 wordsPublic domain

Asumiendo la deuda de los estados, consolidando las obligaciones diversas que pesaban sobre la nación y, finalmente, estableciendo un sistema de contribuciones internas, Hamilton realizó el plan que se había trazado, restauró de una manera brillante el crédito perdido, saneó la moneda depreciada, e inauguró por esos medios una era de prosperidad comercial. Sus memorables informes sobre materias fiscales son hoy clásicos en la literatura económica de los Estados Unidos y objeto permanente de análisis y de estudio por parte de la juventud americana. Ellos figuran con razón, después de la declaración de la independencia y de la constitución, en ese _vade-mecum_ del ciudadano, publicado bajo el título de _Select Documents of United States History_. En su segundo informe sobre el crédito público, Hamilton proyectó el establecimiento del _excise_ o la contribución interna. «Mostró,--dice Cabot Lodge,--que podían hacerse algunas adiciones a los impuestos, pero ellas eran insuficientes y fué necesario obtener rentas en otra parte. La teoría general de Hamilton era recurrir lo menos que fuera posible al impuesto directo y levantar toda la renta compatible con una percepción segura, gravando los artículos de lujo. Habiendo llevado los derechos de importación hasta un límite que consideró prudente, se fijó naturalmente en la fabricación doméstica de alcoholes como el recurso mejor y más apropiado. Nadie pone en duda hoy que, de acuerdo con los mejores principios de economía política, Hamilton había acertado en su elección y que escogió el artículo más conveniente para la contribución. Siendo esencial la renta, aquella era la menos onerosa para colectar, y el artículo era uno de aquellos que por su naturaleza debería siempre ser gravado primero que todos y hasta el límite que pudiera soportarlo. A la luz de los principios económicos, el impuesto sobre alcoholes, sugerido por Hamilton, no requiere ni explicación ni defensa. La real dificultad era política y no económica». Es inútil detenerse más sobre este asunto. Digamos, sin embargo, antes de terminar, que Hamilton logró vencer todas las resistencias y que su organización, o por mejor decir, fundación del sistema rentístico americano, se completó con la creación de un banco nacional y una casa de moneda.

Penetrando en el terreno de la política el señor Cabot Lodge estudia con sagacidad y noble ecuanimidad de criterio las discusiones que surgieron en el seno del gabinete de Washington y en que tomaron una parte tan prominente Hamilton como _leader_ de los federalistas por un lado y Jefferson como _leader_ de los demócratas por otro. Aquellas organizaciones tan diferentes estaban destinadas fatalmente a chocar. Hamilton nunca fué popular ni simpatizaba con la multitud. Su misma superioridad intelectual lo impulsaba al aislamiento. Bajo el ataque solapado y tortuoso de su adversario, encontró frases hirientes y ofensivas que detuvieron su avance. Por un tiempo, mediante la intervención amistosa de Washington, pareció renacer entre ambos la armonía. Más tarde, la derrota final de su partido y el triunfo de su rival lo hicieron volver a la vida privada y a la práctica de la jurisprudencia. El choque entre el estadista eminente y Aaron Burr, «político bajo, de superficialidad brillante y dotado del talento del conspirador para fraguar intrigas de toda clase», según lo define Cabot Lodge, ilumina el fin de Hamilton con el resplandor rojizo de la tragedia. «Cada uno de los adversarios se preparó para el encuentro a su manera: Burr practicando la pistola en su jardín, Hamilton poniendo en orden los asuntos de sus clientes. A medida que el día fatal se acercaba, Hamilton desplegaba una alegre tranquilidad, digna de un hombre valiente, de carácter firme, y escribió cartas de adiós a su esposa, llenas del más intenso sentimiento y la elocuencia más conmovedora. Burr tomó las precauciones necesarias para la destrucción de cartas comprometedoras de mujeres que había seducido. Se encontraron al fin, en una hermosa mañana de julio, cerca de los bancos del Hudson. Hamilton cayó al primer tiro, mortalmente herido, descargando en el aire su propia pistola. Conducido a su hogar, sobrevivió algunas horas en medio de sufrimientos terribles y murió rodeado de su familia desesperada. Burr se alejó impune, para comprometerse en una traición abortiva, y convertirse en un errante y un proscrito sobre la faz de la tierra.»

Las mismas condiciones que hacen de la biografía de Hamilton una lectura agradable e instructiva, predominan en la de Daniel Webster. Las figuras intelectuales del carácter de la de este eminente estadista y orador, ejercen una atracción irresistible sobre el escritor y el político, que en su propia esfera sigue las huellas de aquellos grandes representantes del genio americano. Entre las cualidades tan distinguidas de Daniel Webster, ninguna tan digna de estudio sincero y respetuoso como su talento envidiable de orador. Es en la arena del parlamento, en medio del choque vibrante del debate político, en los duelos memorables de la palabra, que la figura del tribuno alcanza proporciones gigantescas. El señor Cabot Lodge analiza con especial simpatía esta faz de su héroe. Se ve a través de sus páginas que el crítico está preparado como pocos para comprender y apreciar las excelencias de la figura que modela. Aquel cuadro famoso de la réplica a Hayne, revive en las páginas de Cabot Lodge con todo el colorido y la solemnidad de la histórica escena.

«En medio del silencio de la espera,--dice el crítico,--en aquel silencio muerto que es tan peculiarmente opresivo por ser sólo posible cuando muchos seres humanos se encuentran reunidos juntos, Mr. Webster se levantó. Había permanecido sentado, impaciente e inmóvil, durante todos los días precedentes, mientras la tormenta de la argumentación y de la invectiva batía sobre su frente. Al fin había llegado su hora; y al levantarse y permanecer en pie erguido en todo su tamaño, su grandeza personal y su calma majestuosa impresionaron a todos los que lo miraron. Con perfecto reposo, sin emoción aparente por la atmósfera del sentimiento intenso que lo rodeaba, dijo en un tono bajo e igual: «Señor presidente: Cuando el marino ha sido batido por las olas durante muchos días, en medio de la cerrazón y de un mar desconocido, se aprovecha naturalmente de la primera pausa en la borrasca, de la primera aparición de un rayo de sol, para tomar la latitud y asegurarse hasta dónde los elementos lo han apartado de su derrotero. Imitemos esa prudencia; y antes de flotar más lejos en las ondas de este debate, recordemos el punto de la partida para poder conjeturar por lo menos en dónde nos encontramos. Solicito la lectura de la resolución pendiente ante el senado.»--Aquella frase de entrada era un trozo de arte consumado. La imagen simple y apropiada, la voz apagada, el continente tranquilo, calmaban la excitación tirante de la audiencia que hubiera podido concluir por desconcertar al orador si se hubiera prolongado. Todos sintieron un alivio; y cuando cesó la lectura monótona de la resolución, Mr. Webster era dueño de la situación y tenía bajo su control al auditorio. Sus oyentes lo siguieron conteniendo el aliento a medida que prosiguió. Las fuertes sentencias viriles, el sarcasmo, la elocuencia, el raciocinio, los ardientes llamamientos al amor del estado y del país, fluyeron sin interrupción. A medida que sus sentimientos se caldeaban, la llama brillaba en sus ojos; sus atezadas mejillas estaban ligeramente encendidas; su fuerte brazo derecho parecía barrer delante de sí la falange entera de sus opositores, y las profundas y melodiosas cadencias de su voz, resonaban como notas armoniosas de un órgano al llenar la cámara con su música. Las últimas palabras expiraron en el silencio; los que habían escuchado se miraron maravillados los unos a los otros, conscientes de que acababan de escuchar una de esas grandes oraciones que son como piedras miliarias en la historia de la elocuencia; y los hombres del norte y de Nueva Inglaterra se separaron llenos del orgullo de la victoria, pues su campeón había triunfado y abrigaban la seguridad de que el mundo entero comprendía que sus palabras no tenían respuesta.»

Penetrando en el análisis frío de las condiciones que hicieron de Webster el primer orador americano de su época y uno de los más grandes de la humanidad, exhibe el señor Cabot Lodge su sagacidad crítica y el estudio especial consagrado a esta faz de su asunto. Sus reflexiones en esta parte de la biografía de Webster son excelentes. Ellas encierran en una forma concisa, una definición de la oratoria moderna y en este sentido merecen transcribirse porque dan una idea clara del método y estilo de su autor. «Un análisis de la réplica a Hayne,--dice el señor Cabot Lodge,--nos facilita todas las condiciones necesarias para tener idea correcta de la elocuencia de Mr. Webster, de sus rasgos característicos y de su valor. La escuela ática de la oratoria subordinó la forma al pensamiento, para evitar el derroche de la ornamentación, y triunfó sobre la práctica más florida de los llamados «asiáticos». Roma dió la palma al aticismo y la oratoria moderna ha ido aún más lejos de la misma dirección, hasta que su cualidad predominante ha sido la de hacer llamamientos sostenidos al entendimiento. Las condiciones esenciales de la oratoria moderna son la vigilancia lógica y la larga cadena del raciocinio, desdeñada por los antiguos. Muchos hombres distinguidos han obtenido éxito por esas condiciones como oradores fuertes y convincentes. Pero la gran elocuencia de los tiempos modernos se distingue por explosiones de sentimiento, de imágenes o de invectivas unidas a la argumentación perfecta. Esta combinación es rara y cuando encontramos un hombre que la posee, podemos estar seguros que en grado mayor o menor él es uno de los grandes maestros de la elocuencia, tal como nosotros la entendemos. Los nombres de los que en medio del debate, o en las luchas del jurado o en la práctica diaria, se han mostrado fuertes y eficaces, estremeciendo y haciendo vibrar a grandes masas de hombres, fácilmente ocurren a nuestra memoria. A esta clase pertenecen Chatham y Burke, Fox, Sheridan y Erskine, Mirabeau y Vergniaud, Patrick Henry y Daniel Webster. Mr. Webster, naturalmente, era esencialmente moderno en su oratoria. Confiaba principalmente en el llamamiento sostenido al entendimiento y fué un ejemplo conspicuo del carácter profético que el cristianismo, y con especialidad el protestantismo, ha dado a la elocuencia moderna. Al mismo tiempo, Mr. Webster era en ciertos respectos más clásico y se acercaba más a los modelos de la antigüedad que cualquiera de los que hemos mencionado como pertenecientes a la misma clase elevada. Estaba acostumbrado a derramar la copiosa corriente de observaciones sencillas e inteligibles, y cedía con agrado a esa inclinación a herir el sentimiento, la memoria y el interés que lord Brougham considera característica de la oratoria antigua. Se ha dicho que mientras Demóstenes era un escultor, Burke era un pintor, Mr. Webster participaba distintamente del primero más que del último. Raras veces amplificaba o modificaba una imagen, una descripción y en esto seguía al griego más que al inglés. El doctor Francis Lieber, escribe: «Para probar la oratoria de Webster, que ha tenido siempre grandes atracciones para mí, leo una parte de mis discursos favoritos de Demóstenes, y luego, siempre en voz alta, trozos de Webster; luego vuelvo al ateniense, y Webster resiste la prueba.» Fuera del gran cumplimiento que esto encierra, aquella comparación es muy interesante, pues muestra la semejanza que existe entre Mr. Webster y el orador griego, e indica que entre él y el ateniense son más los puntos de contacto que las diferencias inevitables nacidas de la raza y de la época. Sin embargo, no hay indicaciones de que Webster estudiara jamás los antiguos modelos o tratara de imitarlos.»

Los ensayos literarios y políticos de Mr. Cabot Lodge, ocupan varios volúmenes de una lectura tan interesante como variada. Uno de ellos, publicado en 1885, se titula _Studies in History_. Los _Historical and Political Essays_, pertenecen al mismo género de trabajos; y finalmente _Certain accepted Heroes and other essays_ completan la serie de artículos consagrados a diversos temas, cada uno de los cuales atrae por algún motivo la atención del lector y muestra la fecundidad de ingenio del publicista americano. No hay tal vez lectura más atrayente que la de este género, especialmente inglés, que ha hecho la reputación de Macaulay en Inglaterra y que en Francia fué cultivado con tanto éxito por Sainte Beuve. El escritor de quien nos ocupamos carece del brillo imaginativo, de la rapidez y de la profusión del primero y está lejos de la pureza de líneas y delicadeza de matices que caracteriza la prosa labrada y pulida del segundo. Sus rasgos distintivos son la independencia de juicio y la firmeza de las convicciones. Huye de las medias tintas y de las vaguedades y todas sus opiniones son expresadas en una forma enérgica y cortante. En realidad, parece que el señor Cabot Lodge en algunos asuntos duda demasiado poco. El peligro de los entusiastas y de los hombres de partido es caer en el fanatismo o en el dogmatismo, igualmente peligrosos para la salud mental. Por otra parte, para los hombres que unen el pensamiento a la acción y que figuran en las filas de un partido político, herederos forzosos de una larga tradición histórica y defensores obligados de ella, es muy difícil emanciparse de las influencias que actúan sobre su espíritu y dejar de teñir sus juicios con las preocupaciones de la actualidad. Las obras de estos escritores militantes, en cambio, tienen un encanto especial para el que busca en ellas las palpitaciones de la vida y trata de desentrañar de su lectura la filosofía de una época y las peculiaridades de un escritor. El señor Cabot Lodge ha llegado a la madurez en momentos en que una gran parte de los hombres políticos americanos sentían una recrudescencia de nativismo o nacionalismo y en que la antigua madre patria era convertida en macho cabrío propiciatorio destinado a cargar en sus anchas espaldas todos los pecados y recriminaciones de su raza.

No es extraño que en estas circunstancias, en todos los escritos del distinguido publicista, se note una reacción vigorosa contra lo que él llama «Colonialismo», refiriéndose a la influencia moral y política ejercida por la Inglaterra sobre el genio de América. El señor Cabot Lodge quiere borrar esa influencia, no solamente en la política interna y externa, sino en la administración fiscal, en el desarrollo económico del país, en el terreno científico y en el terreno literario. La dependencia intelectual de América en relación con Inglaterra señalada por el profesor Lounsbury en su _Vida de Cooper_, le parece una desgracia y una humillación. Sus ideales son puramente americanos; sus aspiraciones, hacer de la tierra de su nacimiento la más grande y poderosa de las naciones del globo; infundirle un carácter propio; dotarla de un arte propio; no deber nada al extranjero ni imitar nada del extranjero y especialmente nada de Inglaterra. Hasta la sensibilidad ante el juicio extraño le parece deprimente y se subleva contra ella. «La sensibilidad por la opinión extranjera--dice en los _Studies in History_,--que ha sido uno de los rasgos marcados de nuestra condición mental antes de la guerra de secesión, ha desaparecido. Se ha desvanecido en el humo de la batalla, como el espíritu colonial desapareció de nuestra política en la guerra de 1812. Ingleses y franceses han entrado y salido, han escrito sus impresiones a nuestro respecto y hecho pequeños salpicones en la corriente de los tópicos diarios, siendo olvidados después. Precisamente ahora es la moda de todo inglés que visita este país, particularmente si es hombre de importancia, al volver a su tierra decir al mundo lo que piensa de nosotros. Alguno de esos escritores lo hacen sin tomarse siquiera el trabajo de venir aquí primero. Algunas veces leemos por curiosidad lo que dicen. Aceptamos lo verídico, desagradable o no, filosóficamente, y sonreímos de lo que es falso. El sentimiento general es de absoluta indiferencia. No encontramos la salvación y la felicidad en la opinión extranjera favorable, ni nos entristece la adversa. El espíritu colonial en esta dirección está también prácticamente extinguido.»

Con un criterio conformado de esa manera, no es de extrañar que los temas tratados en los ensayos del señor Cabot Lodge se refieran, casi siempre, a hombres, instituciones y episodios históricos americanos. Esto mismo hace la lectura de sus escritos sumamente agradable para un extranjero que quiera ver cuáles son los principios e ideas dominantes en los hombres de la generación actual americana que más directamente influyen en el destino de la nación. Por sus vinculaciones partidistas y por su figuración especial, aparte de su propio mérito intelectual, el señor Cabot Lodge está en mejores condiciones que nadie para facilitar este estudio al observador imparcial. En realidad, él sigue tan fielmente los consejos a que nos referimos al principio de estas páginas, él es un hombre que está en armonía tan perfecta con su época, que sus escritos derivan como pocos en la corriente de la actualidad y reflejan como ninguno los cambios producidos en las opiniones del pueblo americano.

Nada más característico a este respecto que lo que pasa en referencia con la política exterior. El señor Cabot Lodge consagra a este tema uno de los estudios más vigorosos de _Certain accepted Heroes and other essays_. Escrito ese ensayo en momentos en que las relaciones con Inglaterra pasaban por un momento difícil, él está imbuido en un espíritu poco cordial hacia aquella nación. El señor Cabot Lodge señala la avidez con que impulsadas por condiciones económicas en cuyos detalles es inútil entrar, las naciones del viejo mundo se han lanzado a apoderarse y dividirse el Africa y las islas de Oceanía. Mientras estas adquisiciones no cruzaban los planes o intereses americanos, el señor Cabot Lodge no veía razón para oponerse a ellas. Cuando aquel apetito territorial se aproximó a las fronteras de este país y a la esfera de influencia que legítimamente le corresponde, la cuestión varió de aspecto. La política de expansión europea obligó a los Estados Unidos a garantizar el futuro, salvando por lo menos una parte de los territorios sobre los cuales no se había extendido aún la mano codiciosa de las grandes potencias. Así explica el distinguido publicista la ocupación de una parte de Samoa y la anexión del Hauaii. Como aquellas páginas fueron escritas antes de la última guerra, naturalmente ellas no se refieren al dominio colonial recientemente adquirido, obedeciendo tal vez a los mismos principios de propia defensa.

Al ocuparse especialmente del incidente de Venezuela, el señor Cabot Lodge señala los peligros que entrañaba para el futuro de este país permitir que una nación europea se apoderara por la fuerza de cualquier parte del territorio sudamericano, destruyendo por su base la doctrina de Monroe, y en este sentido aplaude sin vacilaciones el famoso mensaje de Mr. Cleveland. «Inglaterra se sorprendió de él,--dice,--en parte con razón y en parte sin ella. Se sorprendió con razón, porque el embajador americano y los corresponsales americanos de diarios de Londres, en aquel tiempo, la habían engañado respecto a los sentimientos e intenciones de nuestro pueblo. Se sorprendió sin razón, porque había interpretado torcidamente nuestras corteses observaciones hechas durante veinte años sobre el asunto. Los ingleses son inclinados a confundir la civilidad con la servilidad. Estas palabras tienen un sentido análogo, pero existe gran diferencia entre ellas, y fué justamente en eso en lo que consistió el error de Inglaterra. Se expresaron quejas en aquel país y en éste, de que el mensaje de Mr. Cleveland, y especialmente la última cláusula, era áspero y poco diplomático. Era duro, en verdad, pero donde la suavidad fracasó, la aspereza tuvo éxito. Donde las observaciones corteses probaron ineficaces, unas pocas palabras claras arreglaron la materia. Thackeray dice en alguna parte: «Si el pie de un hombre está en su camino y no quiere sacarlo, déle usted un pisotón. Seguramente usted no le será simpático, pero sacará su pie del camino.» Es muy desagradable hacer esas cosas, pero algunas veces es absolutamente necesario. Mr. Cleveland fué duro; el congreso y el pueblo lo sostuvieron y hemos arreglado la cuestión de Venezuela. La doctrina Monroe ha sido vindicada y Sud América no será tratada como África.»

La última obra del señor Cabot Lodge, _The Story of the Revolution_, fué escrita en ese estado de espíritu y la nota patriótica predomina en el curso de aquella narración lírica y entusiasta. Más que el relato de la revolución, podría llamarse aquel libro el poema de la guerra revolucionaria que empieza en Lexington y termina en Yorktown. El estilo fácil, pintoresco y brillante del señor Cabot Lodge se presta como pocos para una obra de aquel género, que en ciertos momentos recuerda las páginas coloridas de Motley y en otros los apóstrofes deslumbrantes de Burke. Las batallas de la independencia están pintadas en grandes pinceladas, a la manera de los cuadros de Vernet, y producen en el espíritu del lector una impresión intensa que despierta la atención y la mantiene durante el curso de la leyenda emancipadora. Al lado de esas grandes telas, abundan las pinturas de género tales como la descripción de los delegados que en «Carpenter’s Hall» formaron el congreso de Filadelfia. Un soplo guerrero circula por los capítulos de ese libro candente que se diría escrito para inflamar a los soldados que en los momentos de su aparición se disponían a recoger laureles para su bandera en Cuba y en las Filipinas.

Las enseñanzas filosóficas que se desprenden de la guerra de la revolución americana han sido sumariadas por el señor Cabot Lodge en el último capítulo. La ayuda prestada por Inglaterra a los Estados Unidos con motivo de la última campaña, pone pedales en ella al tono ditirámbico de la narración. La antigua enemiga pasa a ser su aliada, aliada complaciente y fácilmente contentable, pues en esta inesperada explosión de fraternidad todas las complacencias hasta hoy pertenecen a la madre patria y ninguna a la hija pródiga, que encuentra muy cómodo y satisfactorio recibir sus caricias maternales. «Menos de hace un año,--dice el señor Cabot Lodge,--debiera haberme detenido aquí, con palabras de sentimiento por no haber aprendido Inglaterra la lección de la revolución americana, en la parte que a los Estados Unidos concierne, y con la expresión de la más sincera esperanza de que el aprendizaje de su significado no habría de demorarse mucho más. Ahora ya no es posible detenerse aquí. Los acontecimientos han demostrado que la lección de la revolución ha sido por fin comprendida, y que todo lo que se ha dicho sobre la facilidad con la cual los Estados Unidos pueden obtener la amistad de Inglaterra, está más que justificado. No podía ser de otro modo, toda vez que se empleaban razonables métodos; la amistad entre las dos naciones es natural, no sólo por la lengua común, esperanzas, creencias o ideales, sino por los lazos mucho más fuertes de intereses positivos, mientras que la enemistad, lejos de ser natural, sólo hubiera podido crearse con esfuerzo.