Estudios americanos (primera serie)

Part 16

Chapter 163,950 wordsPublic domain

La vida política y financiera de este país ha sufrido su periódica interrupción anual con las fiestas de Navidad. El espectáculo presentado por las ciudades americanas en esta época del año es indescriptible en su pintoresca uniformidad. Por todas partes la multitud alegre ocupa las calles y las avenidas y se precipita en masas compactas a los grandes almacenes que agotan el repertorio de su inventiva para anunciar el despliegue de las novedades de Christmas. En las anchas aceras una selva artificial de pinos de Navidad con el verde empañado de sus ramas puntiagudas, hace una competencia ruinosa al tronco desnudo y seco de los árboles de los parques y de las calles, que muestran la herrumbre del invierno y cuyas últimas hojas siguieron hace tiempo el rumbo de los vientos otoñales. Los teatros rebosan de un público _sui géneris_ de pequeños empleados y familias patriarcales, para quienes la asistencia al parterre es un acontecimiento que no se repetirá hasta el próximo Christmas y que se saborea, por consiguiente con una especie de religiosa solemnidad. Los mensajeros cortan el aire como flechas, corriendo en sus bicicletas de casa en casa para dejar los regalos de los amigos y los parientes. Los carteros pasan encorvados por el peso de los sacos de tarjetas y cartas congratulatorias. Todo el mundo tiene un aire de satisfacción y de alegría que encanta. Hasta en la mesa más pobre figura ese día el pavo tradicional y los hijos del millonario como los del obrero, se acuestan sonrientes, soñando con ángeles rosados y con la grave figura de barba blanca de Santa Claus, que llenará de juguetes las medias colgadas alrededor de la chimenea, mientras cae la nieve en el exterior y las ráfagas heladas del viento nocturno, cantan la fúnebre melopea de los que parten.

_¡Christmas! ¡Christmas! ¡Merry Christmas!_ Se diría que estas palabras tienen una virtud secreta para adormecer las penas y las inquietudes del futuro y que el pobre viajero fatigado de su peregrinación terrestre, recobrara las fuerzas a su influjo, con la esperanza de nuevos días de ventura. El círculo de la familia se estrecha más este día, como si los viejos buscaran un apoyo en el calor de los niños y los niños quisieran reanimar con su alegría la llama vacilante que dormita bajo la ceniza de los años. Se comprime en el fondo del pecho un suspiro por los que han partido, pero se trata de olvidarlos por algunos momentos y de derramar el exceso de la ternura sobre los que aún responden a la presión de nuestros brazos. El espíritu fatigado de la labor diaria, se retempla en esa semana de reposo, como en un baño fortificante y sale de ella más dispuesto que nunca a la lucha y al sacrificio. _¡Christmas!--¡Merry Christmas!_--el árbol de Navidad fulgura alumbrado con mil luciérnagas de colores. Como telarañas de oro en sus ramas se entretejen hilos deslumbrantes y en medio de ellos brotan esas pomas bruñidas de reflejos metálicos, esas frutas maravillosas y frágiles que parecen trasplantadas de los jardines de Aladino. El toque estridente de las trompetas, empuñadas por manos infantiles, y el repiqueteo cristalino de las campanillas que cuelgan de las ramas temblorosas, se une a las aclamaciones de los que saludan a Santa Claus, dispensador de bienes, con su barba cana, sus cabellos escarchados y su bonete de fieltro que desafía los rigores del invierno.

_¡Christmas!--¡Merry Christmas!_--Los que viven en otros climas y buscan en estos días en el campo un alivio a las brisas sofocantes de las grandes capitales, no pueden comprender fácilmente la poesía de estas noches nevadas, la suprema belleza de esta Navidad _poudrée à blanc_ como una marquesa del antiguo régimen. Pero también, y felices ellos, no están tan expuestos como nosotros a que se nos oprima el corazón ante el espectáculo de los dramas que sombrean estos días de alegría íntima y la felicidad doméstica. Las cuatro líneas banales de un diario cuyas páginas ilustradas cantan en todos los tonos la gloria de la Navidad y el esplendor de las fiestas sociales de este tiempo, revelan uno de esos dramas, y al leerlas, he sentido como nunca la injusticia y las durezas de la suerte para los desheredados de la fortuna, para los que ganan el pan con el sudor de su frente.

La historia es banal y puede relatarse en cuatro líneas. Un obrero honrado, un padre de familia ejemplar en cuyo hogar miserable brillaba la cabecita rubia de una única hija, esperaba la llegada de Christmas para sustituírse a Santa Claus y hacer la felicidad de aquel pobre ángel, depositando en sus mediecitas remendadas los regalos prometidos en largas veladas de conversación animada. La carta tradicional a la generosa deidad había sido escrita con esa letrita arrevesada de los cinco años, y en ella había ido la larga y complida lista de los pedidos. Y aquel hombre ingenuo, avezado al trabajo manual diario, doblegado por doce horas continuas de taller de enero a enero, acariciaba la idea de los regalos para su hija con una pasión más intensa aún que la de ésta. Con una confianza ciega en su destino, él, tan habituado al sufrimiento, tan sumiso ante las durezas de su suerte, exaltaba la imaginación infantil con cuentos maravillosos en que fulguraban los juguetes de Christmas y la visita de Santa Claus, mientras la mujer preparaba la cena diaria con esa pasividad resignada y fatalista de los seres para quienes la vida no tiene una sonrisa. El desgraciado artesano no contaba con la sorda guerra industrial y la competencia de las empresas rivales. Dos semanas antes de Christmas su fábrica cerraba la puerta, su patrón rendía las armas aplastado por los recursos de algún poderoso sindicato. Aquel hombre arrojado así de golpe a la miseria, vaga de casa en casa sin encontrar trabajo. Su miserable salario le ha impedido hacer ahorros y pronto el hogar carece de lumbre y el pan empieza a escasear, y los padres famélicos disminuyen su ración diaria para saciar las necesidades de su pequeña hija. El derrumbe de todos sus sueños, la espantosa realidad de su miseria, tortura el corazón del desgraciado. La visión del Christmas helado, del Christmas sin fuego y sin luz, golpea las paredes de su cerebro con el martilleo tenaz de la monomanía. Las preguntas inocentes de su hija son paladeadas por aquel mártir como gotas de veneno. Al fin, busca un refugio en la taberna y cuando también se le arroja de allí, busca el supremo refugio en el suicidio y las mediecitas remendadas cuelgan en vano en el cuarto solitario donde solloza la madre, calentando entre sus brazos el cuerpo endeble de la criatura. ¡Ay!--esas medias vacías, ese llamamiento a Santa Claus que no será respondido, ese cuadro de miseria, ese Christmas de sombra y de muerte, ha nublado para mí las luces del árbol maravilloso y ha puesto notas lúgubres en el alegre repiqueteo de las campanas de Navidad!...

Cuando aún no se había apagado el eco de las fiestas, una pérdida que afecta a todo nuestro continente, congregaba a la sociedad de Washington en la legación de Méjico. La muerte de don Matías Romero ha sido universalmente sentida, pues el extinto gozaba de generales simpatías y por su larga residencia en los Estados Unidos estaba íntimamente vinculado a los hombres políticos más distinguidos de la nación. Hace pocos días el gobierno de Méjico, deseando probar de una manera elocuente el aprecio que le merecía su representante en Washington, elevó la legación al rango de embajada, para investir al señor Romero con los privilegios e inmunidades de la más alta jerarquía diplomática. Desgraciadamente, la muerte llegó más pronto que el galardón y el distinguido estadista mejicano rindió su vida antes de recibir su nueva investidura oficial.

El señor Romero, según los datos de una corta biografía que él tuvo tiempo de corregir pocos días antes de su última enfermedad para darla a la prensa con motivo del nuevo nombramiento recaído en su persona, nació en la ciudad de Oaxaca el 24 de febrero de 1837, principió su educación en el lugar de su nacimiento y la terminó en la capital de la república, donde se recibió de abogado. En 1855 entró por primera vez en la secretaría de relaciones exteriores, pero siguió dedicado a sus estudios jurídicos. Cuando en 1857 el presidente Comonfort dio el golpe de estado y el señor Juárez se vio precisado a salir de la capital, el señor Romero le acompañó hasta que llegó al puerto de Vera Cruz. Allí prestó sus servicios como oficial de la misma secretaría de relaciones exteriores. En diciembre de 1859 vino a Washington como primer secretario de la legación mejicana y permaneció en esta capital con ese carácter hasta agosto de 1860, cuando por ausencia del ministro, quedó de encargado de negocios. Regresó a Méjico en 1863 para tomar parte en la guerra contra los franceses y nombrado coronel por el presidente Juárez, el general Porfirio Díaz le designó como su jefe de estado mayor. Poco después el presidente Juárez le nombró enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Washington, cargo que desempeñó hasta enero de 1868 y en el cual prestó importantes servicios a su país. De regreso a Méjico fué nombrado ministro de hacienda, pero se vió obligado, debido a su quebrantada salud, a separarse de ese empleo en 1872. Vivió por tres años en Soconusco, dedicado a trabajos agrícolas, y después volvió a desempeñar la cartera de hacienda en 1877 y 1878 y fué también administrador general de correos en 1880. En marzo de 1882 regresó a Washington con el carácter de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario, y desde entonces hasta su muerte ha seguido desempeñando ese cargo, con sólo la interrupción de unos diez meses en 1892, cuando por tercera vez estuvo al frente de la secretaría de hacienda.

Durante su permanencia en los Estados Unidos, el señor Romero dió pruebas continuas de acierto y de habilidad diplomática. No era un hombre de brillante apariencia ni de dotes sociales extraordinarias. Su persona reflejaba la modestia de su carácter. Invariablemente grave, era uno de esos espíritus que toman a lo serio las cosas de la vida y para quienes la existencia es una milicia según la palabra bíblica. Conocía a los Estados Unidos como pocos americanos conocen a su propia patria, y tenía una simpatía respetuosa y elevada por las condiciones de este pueblo. Alguna vez, estos sentimientos le fueron reprochados en su país, donde se suponía que su patriotismo había sufrido un eclipse por su larga convivencia con el pueblo americano. Nada más injusto y erróneo que esta opinión. He conocido al señor Romero íntimamente y todos los que como yo han tenido esa fortuna, saben que él era ante todo un hombre de su país y de su raza y que todos los actos de su vida pública y privada se ajustaban a principios morales elevados y a un culto inteligente y celoso por la tierra de su nacimiento.

Hace pocos meses el señor Romero dió a luz una obra titulada _Mexico and the United States_. En el primer tomo de ese libro, único publicado por el autor, se registran trabajos de diferente índole y extensión. El primero de dichos estudios contiene un esbozo estadístico y geográfico de Méjico en nuestros días, recopilación de datos sumamente interesantes agrupados en un orden lógico y que dan una idea clara de los progresos realizados por la patria del señor Romero, al amparo de la paz mantenida en ella por el presidente Díaz. Los ensayos que siguen a este extenso trabajo son de carácter histórico y político y versan sobre el Génesis de la Independencia Mejicana, la Filosofía de las Revoluciones mejicanas, la Conferencia Pan-Americana y diversos estudios económicos relacionados con el patrón monetario de plata y los salarios en Méjico. Tuve ocasión de ayudar al señor Romero proporcionándole datos históricos relacionados con la independencia argentina y facilitándole la consulta de las obras del general Mitre en la época en que por primera vez dió a luz en la _North American Review_ los artículos que reunió luego bajo el título de «Génesis de la Independencia Mejicana» aunque en ellos se refiere a la guerra de la emancipación sudamericana en general y aunque su principal objeto al escribirlos fué probar que nuestras repúblicas no recibieron ayuda ni socorro de ninguna especie de los Estados Unidos en la época de su separación de la Corona de España, y que la libertad de Cuba se hubiera efectuado al principio del siglo a no ser por el veto opuesto por los Estados Unidos a los planes de Bolívar. Las aseveraciones del señor Romero fueron rebatidas por el senador Money, y esta polémica dió origen al extenso y bien pensado estudio a que vengo refiriéndome.

El señor Romero fué uno de los miembros más prominentes del Congreso Panamericano que se reunió en Washington en 1889, y su artículo consagrado a la histórica conferencia es uno de los más interesantes de la colección. En él se estudia especialmente la actitud de los delegados de la República Argentina, cuyas vistas generales sobre los fines y los objetivos reales del congreso diferían radicalmente de las del ministro de Méjico. El señor Romero, en términos correctos y serios, deja entender que la susceptibilidad de los señores Quintana y Sáenz Peña más de una vez fué un obstáculo al éxito de los trabajos de aquella reunión diplomática. Sin embargo, él paga un alto tributo a la corrección de procedimientos, a la inteligencia y dotes personales distinguidas de los delegados argentinos.

«Teniendo el señor Quintana--dice--la conciencia de su mérito y de su valer, y obrando siempre en virtud de convicciones firmes, no se prestaba fácilmente a ceder ni aún en aquellos puntos que pudieran considerarse secundarios, y en los cuales muchas veces es necesario transigir para obtener el acuerdo espontáneo y cordial de una asamblea en la que necesariamente están representadas varias opiniones. El tacto que en casos como éste consiste en ceder en lo secundario para asegurar lo principal,--aunque frecuentemente hay divergencias de opiniones entre lo que es principal y lo que es secundario--es acaso condición de espíritus menos privilegiados.

«Mr. Henderson, presidente de la delegación de los Estados Unidos, participaba en parte de esas condiciones y por ese motivo las discusiones que asumieron un carácter más vivo, que algunas veces llegó a ser personal, fueron las sostenidas entre este caballero y el doctor Quintana. Los delegados argentinos, inspirados por el gran progreso de su país y sin intereses, relaciones políticas, ni negocios con los Estados Unidos, no solamente tenían una independencia muy loable en todos los casos, sino que a veces y debido tal vez a sus condiciones personales, mostraron una exquisita susceptibilidad. Lo que pudo haber habido de desagradable en los discursos de la conferencia, terminó, sin embargo, de una manera satisfactoria con la explicación que al cerrarla dió Mr. Henderson en estos términos: «Si en la libertad de la discusión se ha escapado una palabra acre y malsonante, unámonos ahora para considerarla borrada de nuestras actas y decidamos olvidarla para siempre.»

«A poco de reunida la conferencia, empezaron algunos periódicos de este país a atacar con dureza, tan extraordinaria como injustificable, a los delegados argentinos, llegando hasta el grado de acusarlos de ser agentes de Inglaterra, para lograr que fracasaran los objetos de la asamblea. Ataques tan inconvenientes como infundados provocaron, como era natural, una fuerte reacción, que vino a hacer resaltar el mérito de aquellos caballeros y a refutar de una manera tan completa las inculpaciones que se les hacían, que sus acusadores tuvieron que abandonar el campo por completo. El desagrado que esos ataques les causara, fué abundantemente compensado por la satisfacción que debieron sentir al verse defendidos tan decidida como victoriosamente.»

El distinguido diplomático que trazó los párrafos anteriores será irremplazable para su país en el puesto que desempeñaba. El se inició en la vida americana en una época ya distante, en que los agentes extranjeros tenían más oportunidades que hoy de tratar a los estadistas de la gran república, y el vasto número de sus amigos personales le facilitaba el fácil cumplimiento de la misión política confiada a su celo y competencia. Hoy los horizontes de este país se han extendido demasiado y sus hombres dirigentes como los de Europa, tienen la mirada fija en el Extremo Oriente donde encuentran o creen encontrar un campo más favorable a la expansión del comercio que el que a su juicio podría hallarse vinculando íntimamente a las naciones de nuestro hemisferio.

Con el año que termina, puede decirse que se cierra todo un ciclo de historia americana y que se abre para la gran república el camino de la conquista gloriosa pero aventurada, el período de la espada subyugadora de pueblos. El señor Romero veía con aprensión la alborada de la nueva época. El, que asistió al desenvolvimiento poderoso de esta nación y acompañó sus triunfos pacíficos, comerciales e industriales, ha abandonado la escena terrestre en un momento de transición, y su nombre será recordado como el de uno de los más fieles adeptos y creyentes en los viejos ideales de la democracia que a muchos parecen hoy envejecidos y marchitos.

XV

HENRY CABOT LODGE

En una alocución dirigida a los estudiantes de Harvard por el actual senador Henry Cabot Lodge a propósito de los usos y responsabilidades de la independencia de los hombres de fortuna, el distinguido orador aconseja a los que se encuentran en condiciones de no tener que luchar para ganar el pan «emplear su actividad en aquellos terrenos en que se necesitan hombres que puedan trabajar, sin provecho pecuniario, en beneficio público». No son pocos los medios que se ofrecen a los que quieran pagar en esta forma la deuda que cada ciudadano contrae para con su patria. Uno de ellos es la literatura, tomada en su aspecto serio y profesional, otro es dedicarse al estudio de grandes cuestiones sociales como la educación popular, la administración de la beneficencia pública, etc. Finalmente, la política les ofrece un campo ventajoso para ensayar sus aptitudes y combatir por la felicidad y la gloria de su pueblo. Pero cualquiera que sea la senda elegida, según Cabot Lodge, lo esencial para un hombre útil, para un espíritu bien intencionado es «simpatizar con su país, pues es más fácil de lo que parece divorciarse de los movimientos de la época en que uno vive». Otro escollo que es necesario evitar «es hacerse meramente negativo y crítico...». «El que se contenta con la crítica y la negación, no sólo está expuesto a llegar a ser estrecho y arrogante, sino ineficaz. Para mantener el equilibrio y ser útil es necesario ver lo bueno al mismo tiempo que lo malo de los hombres y de las cosas. Es comparativamente fácil detenerse y atacar a los que están luchando en la corriente de la vida política, pero es mejor entrar en ella y tratar de hacer algo y contribuir a la realización de algún plan definido». Solamente lanzándose al terreno de la acción desinteresada y fecunda, consagrando los ocios del bienestar al servicio público, el hombre de fortuna se convierte en el más útil y el más ocupado de los ciudadanos.

Se diría que al pronunciar las palabras citadas, el senador Cabot Lodge estaba trazando el programa de su propia vida. El pertenece, en efecto, a esa clase feliz de los que poseen suficientes medios para emanciparse de la terrible preocupación de la vida material. Nacido en 1850, se encuentra hoy en pleno vigor físico y mental. Desde los primeros años de su vida, sus tendencias lo impulsaron a la literatura, donde ha obtenido éxitos duraderos. Más tarde, entró en la vida política y representó en el congreso a su estado natal. Hoy es uno de los más jóvenes miembros del senado y uno de los publicistas más brillantes de los Estados Unidos.

Editor un tiempo de la _North American Review_, y de la _International Review_, sus estudios abarcan un vasto campo intelectual. Graduado de Harvard y de la escuela de derecho, su tesis sobre la «Ley de tierras de los anglosajones» le valió el título de doctor en filosofía. En 1885 dirigió la publicación de las obras de Alejandro Hamilton, cuya biografía había escrito poco tiempo antes, así como la del eminente orador y estadista Daniel Webster. Poeta correcto y tierno, orador vibrante y nervioso, crítico y ensayista penetrante, historiador ameno, a pesar de su relativa juventud, el señor Cabot Lodge, como Roosevelt, de quien es grande amigo, ha demostrado prácticamente cuánto puede esperarse de los hombres independientes que consagran su tiempo al trabajo intelectual y al servicio de su patria, con aspiraciones nobles y estímulos elevados.

Una rápida revista de sus obras va a mostrarnos las diversas facetas de este espíritu brillante y distinguido. Entre las de carácter biográfico, es necesario señalar desde luego las consagradas a la vida de Washington, de Hamilton y de Webster, publicadas en la serie de los _American Statesmen_. En todas ellas resalta un método crítico excelente, un estudio profundo de los orígenes históricos del pueblo americano, un vivo sentimiento de patriotismo y una familiaridad perfecta con los más serios problemas resueltos en la crisis de la vida de esta nación. La figura noble y luminosa del guerrero y del estadista que arrojó los cimientos de la gran república, se destaca en las páginas del libro de Cabot Lodge con esa majestad dignificada y tranquila que realza el carácter del héroe y que está impresa, como un sello indeleble, en las menores acciones de su vida. Su carrera benéfica es seguida paso a paso por el escritor, desde el comienzo de su educación, hasta que el llamado en su juventud _the rising hope of Virginia_ terminó su vida cargado de años y de gloria. Pagado este tributo respetuoso al padre de la patria, el señor Cabot Lodge ha mostrado en su estudio sobre Hamilton las dotes eminentes de uno de sus grandes colaboradores. Hamilton, en efecto, según el juicio unánime de los más distinguidos publicistas de este país, figura por su talento y dotes extraordinarias a la cabeza de los estadistas de la que llama Goldwin Smith, la vieja escuela política americana. Como nuestro general Belgrano, que siendo un hombre de carácter esencialmente civil se vió arrastrado al servicio de las armas, cediendo a las exigencias de los tiempos, el famoso jefe de los federalistas también prestó en el ejército servicios apreciables, pero su gloria imperecedera está basada en sus trabajos constitucionales, en su genio creativo, en su administración celosa y acertada del tesoro público.

En una época de confusión y de caos financiero, Hamilton supo arrojar los cimientos del sistema rentístico que con pequeñas modificaciones se prolonga en este país hasta nuestros días. La disrupción de la confederación primitiva, había obedecido a causas económicas. La enfermedad que había consumido aquel organismo podría caracterizarse de anemia fiscal. Era, pues, entonces, como ahora y siempre, el régimen financiero del estado, el más importante problema planteado ante el genio de los hombres de gobierno. Hamilton lo afrontó con maestría y lo resolvió con éxito. Su programa era vasto y lleno de responsabilidades. Según sus propias palabras citadas por Cabot Lodge, «justificar y mantener la confianza de los más ilustrados amigos del buen gobierno; promover la creciente respetabilidad del nombre americano; responder a los llamados de la justicia; restaurar la propiedad territorial a su justo valor; dotar de nuevos recursos a la agricultura y al comercio; _cimentar más estrechamente la unión de los estados_; fortalecer su seguridad contra el ataque externo; _establecer el orden público sobre la base de una política recta y liberal_; he aquí los grandes fines que debemos alcanzar, proveyendo en el período presente de una manera adecuada y propia, al sostén del crédito público.»