Estudios americanos (primera serie)
Part 15
A pesar de esta limitación forzada, creo interesante reproducir el siguiente párrafo que pinta una clase social que, no obstante nuestra reducida población, ya tiene más de un representante entre nosotros. «Existen,--dice Roosevelt--culpables más numerosos que los que cometen abiertamente el acto injurioso. No se puede increpar bastante a los ricos que todo lo sacrifican a la acumulación de su riqueza. No hay en el mundo un carácter más innoble que el del mero acaparador de fortuna (_money getting_) americano, insensible a todo deber, indiferente a todo principio, preocupado solamente de acumular una fortuna y confinando esa fortuna a los usos más bajos--ya sea que la emplee en especular en títulos o permita a sus hijos llevar una vida de loca y derrochadora ociosidad y libertinaje, o ya sea que compre algún aventurero de alta posición social, extranjero o nativo para su hija. Ese tipo de hombre se hace tanto más peligroso si ocasionalmente ejecuta actos como el de la fundación de un colegio o dotación de una iglesia, que obliga a una parte del buen público a olvidar su iniquidad. Esos hombres son igualmente malvados con el obrero a quien oprimen y con el estado cuya existencia ponen en peligro. No hay muchos de ellos, pero son numerosos los que se acercan más o menos al tipo, y mientras más próximos a él se encuentran, más funestos son para la nación. El hombre que se contenta con dejar que la política vaya de mal en peor, chanceándose con la corrupción de los politiqueros, el hombre que se contenta con la mala administración de la justicia sin hacer un esfuerzo resuelto e inmediato para reformarla, falta a su deber y prepara el camino para males infinitos en el futuro. La dura, la brutal indiferencia hacia el derecho y la miopía igualmente brutal respecto a los resultados inevitables de la corrupción y de la injusticia, son deplorables en extremo, y sin embargo son rasgos característicos de un gran número de americanos que se consideran a sí mismos perfectamente respetables y que son considerados así por una gran parte de sus poco descontentadizos conciudadanos... Otra clase que se confunde con ésta, aunque se distingue de ella por ser menos peligrosa, es la de los hombres cuyo ideal es puramente material, que lucharían por el buen gobierno si estuvieran seguros de ser pagados, que todo lo someten a la vara de medir, que son incapaces de apreciar ninguna cualidad que no sea un objeto mercantil; no entienden que un poeta puede hacer más por su país que el propietario de una fábrica de clavos, y no conciben que ningún grado de prosperidad comercial puede suplir la falla de las virtudes heroicas o resolver por sí misma los terribles problemas sociales que todo el mundo civilizado debe afrontar... El hombre de esta clase representa individualmente un elemento casi imponderable en la obra y el pensamiento de la comunidad; pero en medio de la masa permanece como un real peligro, porque encarna un sentimiento visible en los últimos tiempos entre mucha gente respetable. Las personas que se jactan de tener un ideal puramente comercial, ignoran aparentemente que ese ideal es el más sórdido y mezquino que puede haber en el mundo y que ninguna comunidad de bandoleros de la Edad Media puede haber llevado una vida más ingrata que la que sería la de hombres para quienes el comercio y las manufacturas fueran todo y para quienes las palabras como el honor y la gloria nacional, el valor y la intrepidez, la lealtad y la abnegación, hubieran perdido su sentido. El ideal puramente material, puramente comercial, el ideal de aquellos «cuya patria es la gaveta», es en su esencia degradante e inferior. Hoy es más cierto que nunca que ni el hombre ni la nación viven solamente de pan. El ahorro y la industria son virtudes indispensables; pero ellas no bastan. Debemos basar nuestras aspiraciones a un mejoramiento cívico y nacional en condiciones más nobles que las de la simple habilidad para los negocios».
Si el coronel Roosevelt es elegido gobernador del estado de Nueva York, en su alta posición política tendrá oportunidad de luchar por esos «ideales americanos» cuya defensa y comentario forma la materia de su último libro. ¿Realizará la obra de purificación y del desarrollo del _bossismo_, que pervierte la vida municipal de la gran comunidad que deberá dirigir, se librará de la contaminación de los Platt y los Crocker, que hoy dominan omnipotentes en aquel estado? El problema es de difícil solución para un hombre de partido, por aquella razón dada a Hamilton en una forma incisiva hace muchos años por el espíritu volteriano del _gouverneur_ Morris, una de las figuras más interesantes de la intelectualidad americana: «Es peligroso ser imparcial en política. Usted que es templado en la bebida, habrá notado tal vez la torpe situación del hombre que continúa sobrio después que sus compañeros se han embriagado.» «_You who are temperate in drinking have perhaps noticed the awkward situation of a man who continues sober after the company are drunk._»
XIII
DAVID AMES WELLS
David Ames Wells, muerto hace pocos días en Norwich (Connecticut), era un hombre de reputación universal, y su desaparición enluta al mundo científico americano. Como casi todos los estadistas eminentes de la gran república, sus comienzos fueron arduos y modestos. Después de haber intentado diferente ocupaciones, entró en el periodismo, y mientras permanecía en él tuvo la suerte de inventar la primera máquina de doblar mecánicamente los periódicos y los pliegos de los libros, que le proporcionó medios con que continuar sus estudios científicos en una escala superior. Observador infatigable y dotado de una inteligencia brillante, más que en los libros recogió su enseñanza en la vida y en la práctica diaria de los negocios, y más tarde controló con las lecciones teóricas de los maestros las ideas y principios originales que había descubierto por sí solo en su incesante labor.
Sus primeros escritos lograron despertar la atención del público; pero sólo después de la guerra civil su nombre adquirió una notoriedad envidiable. La gran república salía de la lucha fatigada y desconfiando de sí misma, bajo el peso abrumador de una deuda colosal. Se dudaba por los más patriotas que ella pudiera levantarse ni ser fiel a sus compromisos. Fué entonces que David Wells encaró el problema con su fino análisis y su amplitud admirable de información, publicando un libro que tuvo enorme resonancia, bajo el título de «Nuestra carga y nuestra fuerza» (_Our Burden and our Strength_). Lo que nadie había visto, aparecía de bulto a los ojos del economista eminente; la potencia y vitalidad enorme de esta nación; la inagotable fuente de sus recursos naturales, la promesa segura de su destino. Esta obra le abrió las puertas de la vida pública. El presidente Lincoln lo llamó a colaborar en el gobierno como presidente de la comisión de impuestos, en cuyas funciones mostró sus dotes admirables de estadista y la solidez de sus principios económicos.
Cuando el término de los trabajos de la comisión de impuestos hubo concluido, el presidente Lincoln nombró al señor Wells comisario especial de impuestos por el período de cuatro años. «La gran obra de reconstruir, abrogar y modificar leyes relativas a los impuestos internos,--dice uno de sus biógrafos,--fué desde entonces confiada a su criterio, y la realizó en una forma que le dio títulos a la gratitud permanente de su país. Puede decirse que él originó todas las grandes reformas que en el sistema de impuestos se adoptaron por el Congreso hasta 1870 y que llevó a cabo muchas de ellas en medio de una fuerte oposición, por el poder convincente de su raciocinio. Entre estas reformas se cuentan el nuevo plan de todo el sistema de leyes de impuesto interno, diminución y abolición final del impuesto al algodón, a las manufacturas y petróleo crudo, la creación de distritos de inspección y la aplicación de estampillas para la recaudación de impuestos al tabaco, a los licores fermentados y a los espíritus destilados. La corrupción había llegado entonces en Washington a su mayor altura y los mismos absurdos e iniquidades del impuesto contaban con fuerzas poderosas interesadas en su mantenimiento. En el libro de Mr. Wells, titulado _Economía práctica_, publicado en 1885, se conserva la más instructiva colección de ensayos sugeridos por la experiencia de aquel período. Allí se ve cómo los destiladores de _Whiskey_ más de una vez prevalecieron en el Congreso haciendo elevar el impuesto sobre su propio producto, exceptuando el que ya estaba en depósito, y obteniendo de esta manera ganancias de más de cien millones de dólares.»
El mismo publicista a quien pertenece este juicio, recuerda el éxito alcanzado por Mr. Wells, demostrando la locura de imponer dos pesos a cada galón de licores destilados, o sea un 7.000 por ciento del costo original de dicho producto. Cediendo a sus instancias y a sus seguridades que la renta de ese renglón sería mucho más considerable si se rebajara el impuesto, éste fué disminuído hasta medio dólar por galón; y bajo la influencia de esa reducción, la renta de aquella fuente se triplicó en corto tiempo, subiendo de 18.655.000 pesos en 1868 a 55.606.000 pesos en 1870.
En 1867, el ministro de hacienda fué autorizado por el Congreso para presentar un proyecto de tarifa de aduana que redujera los altos derechos establecidos durante la guerra civil. El señor Wells fué encargado de ese trabajo y antes de desempeñarlo quiso estudiar de _visu_ las condiciones económicas, fiscales e industriales de los países europeos y realizó un viaje al viejo continente. Hasta entonces el distinguido economista había sido un partidario convencido de los aranceles de aduana proteccionistas. Los estudios que efectuó durante su investigación europea, lo convirtieron en un libre cambista. Vió que al adoptar la política de estimular la industria interna otras naciones habían evitado caer en el extremo de gravar las materias primas necesarias para esa industria, y que los países que, como Austria o Rusia, claman por derechos proteccionistas, eran aquellos en que precisamente se pagaban salarios más bajos, y en consecuencia se convenció de que el pago de salarios altos en conexión con el uso de la más adelantada maquinaria era un síntoma, no de debilidad, sino de fuerza industrial.
Las obras de Mr. Wells son numerosas, y le valieron distinciones tan grandes como la de ser nombrado miembro de la Sociedad de Estadística de Inglaterra y de la Academia de Ciencias Políticas de Francia. Su último libro publicado _Recent economic changes_, es uno de los volúmenes más interesantes y nutridos de experiencia publicado aquí y en Europa en materia económica. El señor Wells examina en él el problema de la «depresión del comercio»; muestra los cambios producidos en las condiciones industriales del mundo por los adelantos de la producción y del transporte, e indica que esos cambios exigen la aplicación de métodos que estén en relación con el progreso moderno. Es aquél el libro de un sabio y de un pensador. En cualquiera de sus páginas el lector tropieza con una observación exacta, con un dato precioso, con un análisis que penetra al fondo de los hechos y extrae de ellos una lección o un ejemplo provechoso.
No puede darse una idea mejor del método y estilo del señor Wells que transcribiendo algunas páginas de su interesante obra. Refiriéndose a la «depresión del comercio», por ejemplo, él describe lo siguiente:
«En todas esas investigaciones y discusiones, el objetivo principal ha sido el reconocimiento o determinación de causas; deseo tanto más natural y legítimo, cuanto que es claro que sólo por medio de aquel reconocimiento y determinación puede disiparse la atmósfera de misterio que hasta cierto punto envuelve los fenómenos examinados, así como abrir el camino para una discusión inteligente de sus remedios. Y en este punto las conclusiones expresadas han sido amplia y curiosamente diferentes. Casi todos los investigadores concuerdan en que la universal y continua «depresión de los negocios» es atribuíble, no a una sino a varias causas, que han tenido sobre ella una influencia más o menos grande; y entre esas causas las siguientes son generalmente miradas como particularmente potenciales: «el exceso de producción», «la escasez y apreciación del oro», o «la depreciación de la plata, por su desmonetización»; «las restricciones del libre curso del comercio» por medio de tarifas proteccionistas por una parte y de excesiva y extraordinaria competencia originada por un exceso de importaciones extranjeras consiguiente a la ausencia de comercio libre o a la protección; fuertes pérdidas nacionales, ocasionadas por guerras destructoras como la franco-alemana; continuación de gastos militares exagerados; pérdida de cosechas; improductividad de empréstitos extranjeros e inversiones de fondos; excesiva especulación y reacción después de grandes inflaciones; huelgas e interrupción de la producción a consecuencia de los «trade-unions» y otras organizaciones del trabajo; concentración del capital en pocas manos y consecuente influencia contraria a la equitativa difusión de la riqueza; «gastos excesivos en bebidas alcohólicas e imprevisión general de las clases obreras». Un comité holandés, en 1868, encontró una causa importante en «el bajo precio del vinagre alemán». En Alemania, en 1886-88, la continuación de la depresión del comercio ha sido atribuida en una gran medida, «a la inflamable condición de los asuntos internacionales», y al «miraje de la guerra»; aunque la gran baja en el precio del azúcar de remolacha y la «inmigración de los judíos polacos», también han sido citados como factores influyentes de la situación.»
Todas estas causas son examinadas y analizadas por el señor Wells en el curso de las páginas subsiguientes de su libro, con una firmeza de criterio y amplitud de erudición que admiran. Como repertorio de hechos y recopilación de datos metódicamente organizados y armónicamente engarzados en su exposición,--su estudio nada deja que desear. La parte de ese estudio que se refiere a la pretendida desmonetización de la plata y a la apreciación paralela, de la moneda de oro, así como sus consecuencias, es completa y agota la materia. Sería imposible en el corto espacio de un artículo, seguir paso a paso el desarrollo de las ideas y opiniones de Mr. Wells. Pero no lo es extractar algunas de las conclusiones a que lo conduce la lógica de su trabajo y que son altamente interesantes para países de moneda momentáneamente depreciada como la República Argentina.
«El tema de la influencia perturbadora de la declinación del valor de la plata en el comercio entre naciones que usan oro o plata,--dice,--es muy complicado y difícil de analizar, y las opiniones de personas prácticamente interesadas en tal comercio no se armonizan; pero es difícil ver cómo puede uno investigar esta materia, a la luz de la experiencia proporcionada por los años transcurridos desde 1873, sin arribar a la conclusión de que la gravedad de las perturbaciones ha sido grandemente exagerada y que el expediente de tratar de proveer remedios por medio de la legislación--si la legislación fuera práctica--es muy dudoso.
«Al formarse un juicio respecto de este problema, conviene tener siempre presente en el espíritu el hecho de que el comercio internacional es comercio de producción y no de moneda; y que los metales preciosos entran en él solamente para el arreglo de saldos. En realidad, todos esos cambios son--excepto de una fracción mínima--el resultado de un elaborado y organizado sistema de trueque, y el principio del trueque prevalece en ellos y determina en una gran extensión los métodos empleados. El comercio entre Inglaterra e India es un cambio de servicio por servicio. Su carácter no se alteraría si la India adoptase el patrón de oro mañana, o si, como Rusia, adoptara un papel inconvertible, o como China comprara y vendiera por peso en vez de hacerlo por cuenta. ¿Dará la India más trigo por una cantidad dada de paño, porque use plata en vez de oro en su comercio interno? ¿Dará Inglaterra menos paño por una cantidad dada de trigo porque ella lleve sus cuentas en libras, chelines y peniques en vez de rupias? A menos que todos los postulados de la economía política sean falsos--a menos que estemos enteramente equivocados al suponer que los hombres en su capacidad individual, y por consiguiente, en su capacidad conjunta como naciones, buscan la mayor satisfacción con el menor trabajo--debemos reconocer que la India, Inglaterra y América producen y venden sus artículos unas a otras, por lo más que pueden obtener en otros productos, sin tomar en cuenta la clase de moneda que usan sus vecinos o que es empleada por ellas mismas. Un medio circulante de plata no da ninguna fuerza adicional al _ryot_ hindú, ni aumenta la fertilidad de su terreno, ni añade el número de pulgadas de su lluvia; ni una circulación en oro disminuye la capacidad y recursos do su rival el chacarero americano. Tampoco la diferencia de sus respectivos sistemas monetarios, afecta el juicio del comprador de trigo de Liverpool. ¿Hay un simple factor en los elementos de la producción y del transporte por sólo el cual los términos de la competencia sean equilibrados, modificados por el medio circulante local o por las fluctuaciones del mismo? Seguramente no ha habido fluctuaciones más repentinas y violentas que las de la moneda americana durante la guerra civil. No dejaron ellas de producir efectos; pero estos efectos no fueron susceptibles de cambiar los términos de la competencia en el comercio internacional.»
Otros capítulos notables del libro del señor Wells son los que se refieren a las restricciones opuestas al comercio por la política fiscal proteccionista, triunfante en la mayor parte de los países europeos y en los Estados Unidos. Todos los hombres públicos argentinos deberían leer esas páginas con atención y encontrarían en ellas útiles enseñanzas. La revista que hace el señor Wells de las condiciones comerciales de los países proteccionistas--muestra claramente el fracaso irremediable y los males de un estímulo artificial a las industrias. Pero fuera de la lección económica que se desprende de esta parte de su estudio, él encierra una lección moral digna de recordarse, mostrando cómo esa política errónea tiende a dividir más profundamente la familia humana y a enconar los odios y las prevenciones de pueblo a pueblo, manteniendo una tensión que prepara la atmósfera para el estallido de guerras destructoras.
«Concurriendo con el aumento de las restricciones recientes de las relaciones comerciales, dice el señor Wells, y como una consecuencia indudable o una faz lógica de esa política, ha revivido la idea que desde la rebelión feliz de las colonias angloamericanas y el abandono de la anticuada política colonial europea, llegó a ser considerada como igualmente contraria a la civilización y al precepto cristiano de la fraternidad nacional y de la independencia del género humano,--a saber, que es ventajoso para el pueblo de diversas nacionalidades prohibir la inmigración y residencia de hombres de otros pueblos que tratan de participar de sus industrias y desarrollar sus recursos naturales. En la iniciativa de esta regresión del pasado, Rusia abrió el paso con la adopción de medidas tendientes primero a la expulsión de sus súbditos israelitas, luego de todos los extranjeros residentes ocupados en la industria fabril o en la minería; hasta que, finalmente, prohibió que los extranjeros llegaran a ser o continuaran siendo propietarios territoriales dentro de su imperio. Alemania la siguió, expulsando gran número de polacos de sus provincias del noroeste bajo el pretexto de que eran católicos y eslavos, pero en realidad, porque los más civilizados y más cristianos labradores alemanes temían su competencia industrial. Los Estados Unidos, de igual manera, han prohibido la inmigración y residencia dentro de su territorio de los chinos, ostensiblemente porque son infieles, inmorales e incapaces de asimilación política, pero en realidad porque tienen trabajo que vender en competencia con otros vendedores análogos... Australia también está expulsando a los chinos de sus colonias. Francia, por un decreto de 1888, ordena que todos los extranjeros que se establezcan permanentemente en ella deben registrarse y obtener permiso para hacerlo; siendo el principal y declarado objeto del mismo impedir la inmigración de los belgas y los italianos, que son los únicos extranjeros que participan en cierto grado del comercio doméstico y de la industria del país; y está sobreentendido que este registro es solamente un paso preliminar para la imposición de fuertes impuestos diferenciales sobre todos los inmigrantes extranjeros que reciben salarios en Francia. No se alega que ellos desobedezcan las leyes o resistan a sus funcionarios; sino, por el contrario, se concede que pagan sus impuestos con tanta regularidad como los franceses y no bajan perceptiblemente el nivel de la civilización general, como los chinos en los Estados Unidos o los judíos en la parte sudeste de Europa... En verdad, se diría, que los pueblos de las diferentes nacionalidades están empezando a odiarse los unos a los otros como en la Edad Media, aunque por razones enteramente diferentes; pues el antiguo sentimiento de antagonismo nacía de la ignorancia mutua, mientras el actual tiene origen en un conocimiento mayor debido a las grandes facilidades de intercomunicación personal. La fraternidad nacional en el futuro parece que se afirmara por la supresión de las relaciones. Una consecuencia segura de esta condición--fuera de las perturbaciones económicas y las pérdidas consiguientes que ocasiona--es que la amistad entre las naciones, que tanto había crecido durante el último medio siglo y que se esperó con fundamento pondría un término a la guerra y a sus enormes gastos preparatorios, ha experimentado una declinación marcada en un período reciente.»
La gran república cuenta entre sus hijos muchos publicistas distinguidos que hacen una especialidad de los estudios económicos. Ninguno de ellos, sin embargo, posee la autoridad legítima que en una larga vida de trabajo fructífero logró conquistar David Ames Wells. Los que se interesan en el porvenir y el perfeccionamiento moral de sus instituciones, deploran con razón la muerte de un estadista que podía aún prestarles valiosos servicios, y su falta es más dolorosa en estos momentos en que tantos problemas deben ser resueltos y en que él pudo haber guiado a sus compatriotas con el brillo de su talento y la sabia austeridad de su experiencia.
XIV
UN CHRISTMAS SOMBRIO