España y América

Part 9

Chapter 93,879 wordsPublic domain

Fué el descubrimiento del Nuevo Reino de Granada una de las empresas más admirables de aquella época, tan fecunda en hechos asombrosos. Buscando el nacimiento del Río Grande de la Magdalena, por las aguas y por las orillas subieron nuestros expedicionarios _ciento seis leguas_ hasta llegar á Tora. En el transcurso de _trece meses_, de los 800 hombres quedaron vivos poco más de 150. El hambre les llevó, en ocasiones, á comer raíces de árboles, y aun las mismas adargas que llevaban para su defensa. Al salir de Tora, aquel puñado de héroes, rendidos, enfermos, caminaban apoyándose muchos en palos y ramas. El Capitán, no pudiéndose tener á pie ni á caballo, era llevado á hombros por su gente. Escena verdaderamente grandiosa, que deben tener presente los que sólo ven en los conquistadores la codicia del oro, olvidando sus padecimientos incomparables. Así atravesaron las montañas del Opón, y entraron en las altas tierras de Bogotá.

En estas condiciones acometieron la conquista de un territorio que podía tener sesenta leguas de N. á S., y sobre poco más ó menos otras tantas de E. á O. Obra de la prudencia y el ingenio, aunados al valor y á la firmeza, la conquista y pacificación de la tierra no fueron acompañadas de ferocidades y matanzas, como otras empresas semejantes. Y no es de olvidar que en algunas partes tenían que habérselas con indios como los Panches, «_gente bestial y de mucha salvajía_.» El hallazgo de las esmeraldas no suscitó tampoco sangrientas luchas entre los españoles. Las nuevas poblaciones nacieron sin violencia ni despojos, singularmente Bogotá, que aún conserva, como pocas ciudades de América, el sello impreso por su fundador en los primeros orígenes.

Cuando Sebastián de Belalcázar, viniendo de Quito, llegó á Nueva Granada, encontró á Quesada y á los suyos «_en mucha neçesidad, por que ya les avía faltado casi todas las armas y herraje y vestidos y cosas de España_.» Estas palabras de Belalcázar se contienen en carta escrita el 20 de Marzo de 1540, que saldrá íntegra á luz, muy en breve, en el tomo CIV de la _Colección de documentos inéditos para la Historia de España_. Precioso testimonio que prueba el penosísimo estado en que aquellos héroes se encontraban después del vencimiento.

Por fortuna, los sucesos principales de tan gran empresa quedaron registrados en documentos del más autorizado origen y procedencia. El primero de todos es la relación escrita por el conquistador, cuyo original se ha perdido, pero que manejó y copió en gran parte el cronista Fernández de Oviedo. «Muchas veces--escribe--tuve plática en Madrid con el licenciado Ximenez, y en Valladolid, en la corte del príncipe Don Felipe, nuestro señor, y nos comunicamos; y á la verdad es hombre honrado y de gentil entendimiento y bien hábil. Y como yo sabía quél avía conquistado el nuevo reyno de Granada y descubierto la mina de las esmeraldas, y avía visto la relaçion que los offiçiales avían enviado a Su Magestad Cessárea... quise informarme dél de algunas cosas _viva voce_, y él no solamente de palabra, pero por escripto, me mostró un gran cuaderno de sus subçesos, y lo tuve muchos días en mi poder, y hallé en él muchas cosas de las que tengo aquí dichas en los capítulos preçedentes, y de otras que aquí se pondrán.»

Después de Quesada, el historiador más antiguo y más importante es el autor de las _Elegías de varones ilustres de Indias_, Juan de Castellanos. Bien como continuación de las _Elegías_ y formando cuerpo con ellas, que es lo que tengo por más seguro, bien como obra aparte y especial, como otros creen, ello es que Castellanos escribió en verso la historia del Nuevo Reino de Granada, desleída más tarde en prosa, sin decirlo, por Luis Fernández Piedrahita, fuente, á su vez, de los trabajos históricos posteriores. Castellanos pasó la mayor parte de su vida en el reino conquistado por Quesada, conoció á éste y á muchos de sus compañeros, y estaba, por consiguiente, en condiciones de relatar los sucesos con verdadero conocimiento de causa. Su versificación, desmayada y ramplona, vecina de la prosa, hace pesada la lectura de esta historia, por otra parte más fiel y exacta que los poemas históricos de descubrimientos y conquistas, incluso _La Araucana_ de Ercilla, su modelo.

No puede decirse otro tanto de la comedia _La Conquista de Bogotá_, de D. Fernando Orbea. Precisamente esta comedia es todo lo contrario del poema del buen Clérigo de Alanis. Si éste descuella por su valor histórico, aquélla sobresale por su desconocimiento de la historia. De este modo, es el poema de Castellanos crónica rimada, y la comedia de Orbea pura novela, en su argumento, en sus situaciones, en una palabra, en todo. Solamente hay de real en ella los nombres de Quesada, Belalcázar y Lugo, y los de Tundama y Nemequene, aplicados á dos personajes bogotanos. Hasta en punto á versificación no cabe imaginar mayor contraste que el que ofrecen el poema y la comedia, prosaico en superlativo grado el primero, culterana á más no poder la segunda.

Hállase entre los manuscritos de nuestra Biblioteca Nacional procedentes de la de los Duques de Osuna, adquirida por el Estado. Su título es el siguiente:

«COMEDIA NUEVA

_La Conquista de Santa Fee de Bogotá su autor Don Fernando Orbea. Copiada fielmente segun su insigne Original._»

Ni de la comedia ni de su autor tenemos otras noticias. Conjeturo que Orbea era americano ó español residente en América. Me fundo para ello en las canciones que canta en indio y en español, en el acto III, la india Florela. En lo que no cabe duda es en que fué compuesta para Lima, como lo prueban sus últimos versos:

Ilustre Lima, aquí tiene Fin el concepto expresado: Vuestra discreción tolere Los yerros, que han sido tantos.

No dejan de ser, en efecto, muchos los yerros de nuestro autor, desde el principio al fin de su comedia, sobre todo en lo que respecta á la verdad histórica, que sale, con leves diferencias, tan bien librada como en las demás comedias de descubrimientos y conquistas, inclusas las de Lope y Calderón.

Tundama, general de Osmín, rey de Bogotá, acaba de derrotar, en descomunal batalla, los ejércitos del rey de Popayán, trayendo entre los trofeos de su victoria á la infanta Amirena, por quien siente un amor tan súbito y vehemente como el que ha logrado inspirar á la intrépida amazona. Llegado á la corte, recíbenlo, con grande fiesta, el Monarca bogotano y su esposa Palmira. Entonces les sorprende la venida del Mariscal Quesada con Belalcázar y Lugo, que llegan á Bogotá por un río tan fantástico como el rey Osmín, la reina Palmira, la infanta Amirena, el general Tundama, la victoria de éste, las fiestas, en suma, todo. Bien es verdad que en lo que toca á los españoles, se permite nuestro autor libertades semejantes, convirtiendo á Belalcázar y Lugo en compañeros y capitanes de Quesada. Pero donde raya más alto su inventiva es en la marcha de la acción, que se reduce á una serie de batallas y de escenas mágicas y milagrosas, en las que ostentan todo su poder la Religión Cristiana y los dioses bogotanos en simbólicos combates. Y como si todo esto no fuese bastante para agotar la rica vena de nuestro autor, Quesada se enamora de Palmira, y ésta de Quesada, terminando la comedia con la boda en perspectiva del Capitán español y la Reina bogotana, á quien su futuro acaba de nombrar Duquesa de Cali y Tunga.

¡Dulce fin! Venus y Marte Han vencido y han triunfado,

exclama Palmira, satisfecha del venturoso desenlace, y asunto terminado,

No es cosa de privar á los lectores del conocimiento de algunos otros incidentes de nuestra comedia. Amirena muere peleando como la más heroica amazona. Tundama, su amante, que aspiraba á ceñir á sus sienes la corona de Bogotá, perece en la demanda. El rey Osmín, es, en toda la obra, trasunto fiel del infortunado Boabdil. Y para serlo en todo, hasta es reprendido en iguales términos que aquél cuando rompe á llorar viendo perdido su reino.

Llore, pues, como mujer Quien valiente no ha sabido Ser en la campaña rayo De aleves advenedizos.

Por el contrario, Castellanos nos representa al Rey de Bogotá digno, en su persona y en sus hechos, del poder que ejercía:

Éste, segun oyeron españoles, Representaba bien en su persona, Alta disposición y gallardía Y gravedad de rostro bien compuesto, La dignidad y mando que tenía Sobre los otros reyes desta tierra.

Oviedo nos asegura «que era muy cruel é muy temido y no amado; y el día que se supo cierto que era muerto, fué general el alegría en toda su tierra, porque los caciques y señores quitaron de sí una tiranía muy grande.»

Orbea creyó preferible, sin duda, en vez de consultar los testimonios históricos, entregarse de lleno al libre vuelo de su fantasía, comenzando por bautizar al pobre Rey con el nombre turco-moro de Osmín, tan bogotano como el de Palmira, que da á su esposa.

De la propiedad histórica en todo lo demás, puede juzgarse sólo con parar mientes en los románticos amores que sirven de base al argumento de la comedia, recordando que en el territorio descubierto por Quesada existía la poligamia; que el Rey de Bogotá tenía centenares de mujeres, y cada uno de su reino cuantas podía mantener, y que, como refiere Castellanos, cuando un indio gustaba de alguna india

Contrata con los padres ó parientes Que la tienen debajo de su mano, Cerca del precio que dará por ella; Y si la cantidad no les contenta, El comprador añade por dos veces La mitad más de lo que dió primero; Y si de la tercera vez no compra, Busca mujer que sea más barata; Mas si les satisface lo que manda, Dánsela, sin usarse de más ritos De recibirla, dándoles la paga, Quedándose con ella quien la vende,

Corre parejas con el romanticismo de los indios la erudición clásica que nuestro autor les prodiga á manos llenas, y aun más, si cabe, el manejo de la Historia de España que les atribuye, hasta el punto de que Amirena, al arengar á los soldados bogotanos, comienza por decirles:

Ea, valientes soldados, Examinad la campaña; No quede tronco ni selva Que no registre la saña, En pavesas renovando Los estragos de Numancia.

Á pesar de tantas impropiedades, por otra parte, como el estilo gongorino, corrientes en nuestro viejo teatro, hay de vez en cuando en la comedia de Orbea algunos rasgos de cierto mérito, como, por ejemplo, aquel en que Quesada, después de amonestar al rey Osmín á que se convierta, le amenaza si no lo hace, diciéndole:

Te quitaré la corona; Pisarála Carlos Quinto; Pondré en tus bárbaros templos Lo estandartes de Cristo. Pondré la planta en tu cuello, Después que te haya vencido: Y al subir á mi caballo Me servirás por estribo.

En ocasiones semejantes, Orbea suele abandonar el culteranismo y hablar el lenguaje propio de los afectos del alma. No así en las descripciones y relatos, en los cuales vierte el caudal de sus tinieblas, como, pongo por caso, en la relación que hace Tundama de su victoria sobre los popayanos, que es larga y tenebrosa como noche de invierno.

Para concluir, _La Conquista de Bogotá_ es una de tantas comedias de descubrimientos y conquistas, en las cuales ni éstas ni aquéllos se nos muestran con la verdad y poesía que tuvieron. Toda la realidad y la vida con que aparecen en los monumentos históricos, desaparecen al ser convertidas en alegorías artificiales, batallas de teatro ó enredos de damas y galanes, ni más ni menos que en las comedias de capa y espada.

Digámoslo de una vez: los hechos del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo no caben en el teatro. Caben, sí, en la Historia, que puede presentarlos en su propia grandeza y con su natural hermosura.

[Ilustración]

EL ALFÉREZ DOÑA CATALINA DE ERAUSO

El Capitán Miguel de Erauso, vecino de San Sebastián, á fines del siglo XVI y principios del XVII hubo en su mujer María Pérez de Galarraga tres hijos, militares los tres, otras tantas hijas, todas monjas profesas, y, además, el sér extraño vulgarmente conocido con el nombre de _La Monja Alférez_, militar como sus hermanos, monja como sus hermanas, en el claustro _Soror Catalina de Erauso_, y en los ejércitos de Chile y el Perú _Alonso Díaz Ramírez de Guzmán_.

La existencia de este fenómeno antropológico consta del modo más auténtico en documentos y testimonios fehacientes de su época. Hablan de tan singular mujer: el Dr. Isasti, en su _Compendio histórico de la Provincia de Guipúzcoa_; el maestro Gil González Dávila, en su _Historia de la vida del ínclito monarca, amado y santo Don Felipe III_; Pedro de la Valle, _el Peregrino_, en _Carta á Mario Schipano_, fechada en Roma el 11 de Julio de 1626, y otros textos de menor importancia, escritos, como los anteriores, en vida de la célebre Monja.

Á los mismos días pertenece también la comedia de Montalbán _La Monja Alférez_, compuesta el año en que ésta se hallaba en Roma, que fué el de 1626.

.......tenga fin aquí Este caso verdadero. Donde llega la comedia Han llegado los sucesos. _Que hoy está el Alférez Monja En Roma_, y si casos nuevos Dieren materia á la pluma, Segunda parte os prometo.

Aun más importantes son, sin duda, los documentos originales que existen en el Archivo de Indias, en Sevilla, sobre todo el _Expediente de méritos y servicios_ del famoso Alférez, encabezado con un pedimento suyo, verdadera autobiografía, comprobada por las certificaciones de autoridades militares tan importantes como D. Luis de Céspedes Xeria, Gobernador y Capitán general del Paraguay, D. Juan Cortés de Monroy, Gobernador y Capitán general de Veraguas, y D. Juan Recio de León, Maestre de Campo y Teniente de Gobernador y Capitán general y Justicia mayor de las provincias de Tipoán y Chunchos. No hay personaje de aquel tiempo cuyos hechos capitales estén comprobados más plenamente que los del Alférez Doña Catalina de Erauso.

Á estas fuentes, de autenticidad indiscutible, podemos recurrir, por fortuna, para conocer la verdad, ya en vida de Catalina, considerablemente adulterada en narraciones novelescas tenidas por históricas aun en los mismos días que alcanzamos.

La principal de estas narraciones, considerada como verdadera autobiografía, y en la cual se funda cuanto dentro y fuera de España se ha escrito modernamente tocante á nuestra heroína, es la publicada en París, en 1829, por el ilustre hombre de Estado y de letras D. Joaquín María Ferrer, con el título: _Historia de la Monja Alférez, Doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma_.

Ya el docto crítico pudo observar en el texto de esta obra, comparándola algunas veces con preciosos documentos hasta entonces desconocidos y por él sacados á luz, numerosas equivocaciones en punto á fechas y nombres; pero, lejos de entrar en sospechas respecto á la autenticidad del manuscrito, atribuyó los errores observados _á la impericia del copista_; cuando estos errores, y otros de más bulto no reparados hasta ahora; la índole misma de la supuesta _Historia_, que tiene desde la cruz á la fecha todo el corte y sabor de novela picaresca, más burda quizás que ninguna otra; la carencia de toda prueba, ni memoria siquiera de que la Monja Alférez hubiera escrito su vida en ninguna forma, y, sobre todo, la radical diferencia de la figura verdaderamente histórica, la que los documentos nos ofrecen con la que aparece en algunos capítulos de la novela, bastan sobradamente para evidenciar por completo que la pretendida autobiografía es poco más ó menos tan histórica como la comedia de Montalbán ó la zarzuela de Coello.

Como en otros casos, la persona histórica es mucho más interesante, más poética que la personalidad de la leyenda. La imaginación del novelista ó del poeta, lejos de embellecer, ha afeado la figura de la heroína que intentaba enaltecer con sus invenciones, al convertirla en personaje, ya de comedia de capa y espada, ya de novela picaresca. El Alférez Monja de su pretendida autobiografía no es siquiera un pícaro de la familia de los Lazarillos y Guzmanes; es un espadachín ó perdonavidas adocenado, más bien un guapo ó jaque vulgar, sin talento, sin grandeza, hasta sin gracia, cuyas aventuras, toscamente referidas, están siempre lejos de despertar interés, y mucho menos simpatía. Pasajes hay en ese libro, tan repugnantes los unos, tan chabacanos los otros, que sólo con sólidas pruebas podían ser atribuidos á la verdadera Monja Alférez, _hija de padres nobles, hidalgos y personas principales_, como ella misma nos dice, y de quien sus antiguos jefes aseguraban á una voz _haberle conocido siempre con mucha virtud y limpieza_.

¿Pues qué diremos de la licencia para vestir siempre hábito de varón, que en ese libro se supone haber otorgado á nuestra heroína la Santidad de Urbano VIII? ¿Ni qué del título de _ciudadano romano_ concedido por el Senado de Roma? Es cierto que en cambio encontramos en él hechos ciertos y probados. Todo lo cual nos lleva, naturalmente, á creer que el autor de la novela tuvo en cuenta algún relato de la vida del Alférez Monja, en que las invenciones y las verdades andaban ya mezcladas y confundidas.

La confusión comienza precisamente en lo relativo á la fecha del nacimiento de Catalina. El retrato de Pacheco, hecho en 1630, dice que tenía ésta entonces cincuenta y dos años, por cuya cuenta se la supone nacida en 1578. La novela comienza así: «Nací yo Doña Catalina de Erauso en la villa de San Sebastián de Guipúzcoa, en el año 1585.» Ahora bien: en los libros parroquiales de San Vicente consta que recibió el bautismo el 10 de Febrero de 1592.

Su infancia nos es desconocida por completo. Todo cuanto se ha dicho sobre la violencia de su condición, que obligó á sus padres á recluirla desde muy niña en un convento, en el cual, al decir de un escritor francés, «_on eût dit d’un faucon élevé par mégarde dans un nid de tourterelles_», pertenece al dominio de la fábula. Entró en el convento de monjas Dominicas de San Sebastián el Antiguo, como entraron también en él tres hermanas suyas, como entraban entonces tantas doncellas principales, esto es, por vocación religiosa ó conveniencia de las familias. Las condiciones personales de sus hermanas les permitieron profesar; las suyas le llevaron á abandonar el convento antes que abrazar una profesión contraria á sus inclinaciones y deseos.

La noticia más antigua que de su vida ha llegado á nosotros se refiere al año de 1605, décimotercero de su edad y primero de su estancia en el convento, en el cual estuvo en calidad de novicia hasta Marzo de 1607. Desde esta fecha dejan de mencionarla los libros conventuales. Á este mismo año pertenecen en cambio las primeras noticias de su vida militar. «Certifico y hago fe á S. M. que conozco á Catalina de Erauso de _más de diez y ocho años á esta parte_ que ha que entró por soldado en hábito de hombre», escribía, en 1625 D. Luis de Céspedes Xeria, antes citado. Catalina decía en 1626, en su pedimento, que «en tiempo de _diez y nueve años á esta parte_, los quince los ha empleado en las guerras del reino de Chile é Indios del Pirú.» Ahora bien: añadiendo á estos quince años los cuatro siguientes hasta 1626, en los cuales, descubierto su sexo, dejó de servir en la milicia, resultan los diez y nueve á que hace referencia, y el de 1607, principio de su vida militar. Á mayor abundamiento, el Capitán de infantería española D. Francisco Pérez de Navarrete asegura en su certificación “que cuando llegué al reino de Chile, que fué _el año de seiscientos y ocho_, le hallé (al Alférez Monja) sirviendo en el Estado de Arauco.”

Maravilla en verdad que una joven de diez y seis años, casi una niña, tuviese en tan tierna edad resolución y fortaleza bastante para abandonar su país, su familia, el convento en que vivía, atravesar el Atlántico y, lo que es más sorprendente todavía, que la novicia de San Sebastián el Antiguo se nos muestre de repente convertida en soldado, combatiendo entre aquellos héroes

Que á la cerviz de Arauco no domada Pusieron duro yugo por la espada.

Sus condiciones militares fueron tantas y tales, que el Capitán Guillén de Casanova, castellano del castillo de Arauco, “la entresacó de la compañía, por valiente y buen soldado, para salir á campear al enemigo.” Por sus hechos mereció igualmente “tener bandera de S. M., sirviendo, como sirvió, de Alférez de la compañía de infantería del Capitán Gonzalo Rodríguez.” Y en todo el tiempo que sirvió en Chile y el Perú “se señaló con mucho esfuerzo y valor, recibiendo heridas, particularmente en la batalla de Purén.”

No conocemos caso semejante en nuestra historia. Nuestras heroínas antiguas y modernas fuéronlo, por decirlo así, _de ocasión_, en momentos determinados, en alguna empresa memorable. Pero abrazar la carrera de las armas, ser militares de profesión, rivalizar con los mejores soldados en valor, disciplina, fortaleza, heroísmo, y por espacio de tantos años como la Monja Alférez, ninguna.

Solamente la doncella de Orleans es comparable con la doncella donostiarra. Naturalezas, no diré idénticas, pero sí parecidas, parecidos fueron también los impulsos que las arrojaron al combate. Cuenta la leyenda de Catalina que ésta abandonó el convento por una reyerta que tuvo con otra monja. ¡Pequeña causa para explicar tan grandes efectos! Es Catalina quien nos refiere los verdaderos móviles de su pasada á las Indias: “la particular inclinación que tuvo de ejercitar las armas en defensa de la fe católica y el servicio del Rey”, es decir, de la patria.

La fe y la patria, he aquí los grandes sentimientos que despertaron las energías varoniles de aquella mujer extraordinaria, los que la infundieron el entusiasmo, el vigor, la constancia con que se arrojó á defenderlos al otro lado de los mares, en las tierras americanas. La sublime visionaria de la Lorena y la esforzada doncella vascongada son hermanas, mayor, si se quiere, la primera, y menor la segunda, pero hermanas, seguramente. La leyenda, que ha contribuído tanto á sublimar la figura de Juana de Arco, ha empequeñecido, por el contrario, la de la heroína del Arauco. La glorificación del martirio corona la grandeza de la doncella de Orleans: en este punto, como en otros, Juana de Arco no tiene igual, ni en la historia de Francia ni en la de ningún otro pueblo.

Lo que más es de admirar en el Alférez-Monja es que pudiera conservar, como rigurosamente conservó, el secreto de su sexo, de tal modo, que en los quince años que sirvió en Chile no fuera conocida sino por hombre, hecho el más comprobado de todos en su expediente. Y no es que debamos atribuirlo exclusivamente al poder de su voluntad, como algunos pretenden, sino también á la singularidad de sus condiciones físicas, manifiestamente varoniles, como lo prueban su retrato y la descripción de su persona, que nos han dejado algunos de los que la conocieron y trataron.

Su resolución y entereza en la ocultación de su sexo rayaron, á no dudarlo, en lo increíble. Basta saber «que con estar en compañía del Alférez Miguel de Erauso, su hermano legítimo, en el reino de Chile, nunca se descubrió á él, aunque ella le conocía por tal hermano, y esto hizo por no ser descubierta, negando la afición de la sangre.»

De su aspecto varonil cabe formar cabal idea por la relación de Pedro de la Valle, que la conoció y trató en Roma en 1626, cuando la antigua novicia fué en aquel año á echarse á los pies del Papa, confesando su vida é implorando el perdón de sus faltas. «Es--escribía--de estatura grande y abultada para mujer, bien que por ella no parezca no ser hombre. No tiene pechos: que desde muy muchacha me dijo haber hecho no sé qué remedio para secarlos y quedar llanos, como le quedaron: el cual fué un emplasto que le dió un italiano, que cuando se lo puso le causó gran dolor; pero después, sin hacerle otro mal, surtió el efecto.»