Part 10
«De rostro no es fea, pero no hermosa, y se le reconoce estar algún tanto maltratada, pero no de mucha edad. Los cabellos son negros y cortos como de hombre, con un poco de melena como hoy se usa. En efecto, parece más eunuco que mujer. Viste de hombre á la española: trae la espada bien ceñida, y así la vida: la cabeza un poco agobiada, más de soldado valiente que de cortesano y de vida amorosa. Sólo en las manos se le puede conocer que es mujer, porque las tiene abultadas y carnosas, y robustas y fuertes, bien que las mueve algo como mujer.»
¿Cómo y cuándo se descubrió que fuese tal mujer? Lo positivamente cierto que se sabe en este punto, es que se descubrió ella misma, en 1622 ó 23, al Obispo de Guamanga, por unas heridas de muerte que tuvo. Los pormenores de este hecho han quedado desconocidos. La leyenda se ha apoderado de él más que de ningún otro. Baste decir que la supuesta _Historia_, la comedia de Montalbán y la zarzuela de Coello, nos dan otras tantas versiones, todas ellas igualmente fantásticas. La más poética, sin duda, es la de Coello, quien, con su admirable instinto dramático, atribuye al amor el secreto de la mudanza operada en Catalina.
¿Qué es lo que cambia mi sér? Ya lo empiezo á vislumbrar: La desgracia me hizo amar..... Y el amor me hace mujer.
«Venida á España, en hábito de varón, solicitó y obtuvo, en premio de «sus servicios y largas peregrinaciones y hechos valerosos», un entretenimiento de setenta pesos, de á veintidós quilates, al mes, en la ciudad de Cartagena de Indias, y una ayuda de costa para el viaje.» Diríase que ya no sabía vivir lejos de la tierra americana, teatro de sus hazañas, tumba de sus cenizas.
Omito algunos otros pormenores de su vida, por considerarlos de secundaria importancia para el conocimiento de esta heroína excepcional, única en su siglo y en los anales de España, cuya verdadera historia concluyó el día en que se vió forzada á cerrar el ciclo de sus aventuras con la revelación de su sexo.
APÉNDICES
I
(DE LA «MONJA-ALFÉREZ», DE MONTALBÁN.
Jornada II, escena VII.)
En San Sebastián, que es villa, En la provincia soberbia Guipuzcoana, la más rica, A quien el mar lisonjea, Pues que llega á sus murallas A contribuir las perlas, Si bien de las olas se hacen, Y olas después quedan hechas, Nací, Don Diego; mas ¿cómo Te podrá decir mi lengua Que nací mujer? perdone Mi valor tan grande ofensa. Nací mujer, en efecto, De antigua y noble ascendencia; Es mi nombre Catalina De Erauso, que mi nobleza Me dió este noble apellido, Bien conocido en mi tierra. En la edad, pues, si se escucha. Que es cuando la lengua apenas Dicciones distintas forma, Juzgaba naturaleza Violenta en mí, pues desnuda De la mujeril flaqueza Me ocupaba, haciendo afrenta A Palas, cuando vió á Venus Pasar los muros de Grecia: La labor que es ejercicio De la más noble doncella, La trocaba por la espada: Las cajas y las trompetas, Me daban mayores gustos Que las músicas compuestas. Pero mis padres, mirando En mí condición tan fiera, En un convento, que es freno De semejantes soberbias, Me metieron. ¡Ay, Don Diego! ¡Quién explicarte pudiera La rabia, el furor, la ira, Que en mi corazón se engendra En ocasión semejante! Mas remito estas certezas A las violentas acciones Que has visto en mí en esta tierra. Once años, y once siglos Pasó allí mi resistencia, Casi á imitación del fuego Cuando le oprime la tierra: Mas viendo que se llegaba La ocasión en que era fuerza Hacer justa profesión, Ayudada de tinieblas Y femeniles descuídos, Dejé la clausura honesta, Quiero decir el convento, Y penetrando asperezas. Montes descubriendo y valles, Troqué el vestido: que alientan Las desdichas con venturas, Cuando los males comienzan. Llegué á la corte, y Don Juan De Idiáquez, que entonces era Presidente, conociendo Mi guipuzcoana nobleza, Teniéndome por varón, Por paje me admite, á fuerza De peticiones que hice Para obligar su grandeza. Supo todo esto mi padre, Vino á Madrid: mas resuelta Y animosa, á Madrid trueco Por Pamplona, ciudad bella. Á Don Carlos de Arellano Serví en ella; mas la ofensa De un caballero atrevido, A quien dí muerte sangrienta, Me ausento de allá, y partí A la ciudad á quien besa El Betis los altos muros, Sevilla al fin, real palestra De los que siguen á Marte; Al fin seguí á Marte en ella. En la armada me embarqué Indiana, llegué á la tierra Que á España la fertiliza De oro que cría en sus venas, Hubo con el Araucano Soberbio sangrienta guerra; Hálleme en ella, mostré El valor que en mí se encierra: Yo sola en la escaramuza Que vi trabada primera, Maté..... mas esta alabanza Díganla voces ajenas, Que yo no te diré más De que en la ocasión primera Me dió Don Diego Sarabia De sargento la jineta, Y después, no pasó mucho, Me honrara con la bandera Que honró á Gonzalo Rodríguez, Muerto á las manos soberbias De bárbaros araucanos: Puesto que su muerte cuesta Muchas vidas á los indios, Y á mí heridas inmensas, Que si en mi pecho las miras Te daran clara evidencia.
* * * * *
II.
(DE «LA MONJA ALFÉREZ», DE CARLOS COELLO).
(Romance primitivo del acto I, escena VI.)
Al pie de un erguido monte Que el mar Cantábrico azota, San Sebastián, linda perla Aprisionada en su concha, Levanta la sien, saliendo Como Venus de las ondas. Allí nació ha veinte años, De su patria ultraje y honra, Una mujer, un prodigio, Que admira, asusta y asombra. Era desde los albores De su niñez venturosa, Tan fuerte y ágil de cuerpo, De espíritu tan indómita, Que el crédulo vulgo duda Lo que la fama pregona. Esperando corregirla, Hízola su padre monja..... Bramó la fiera, acosada Por el dolor y la cólera; Pidió al ingenio la ira Su intervención protectora, Y al fin se huyó del convento De la noche entre las sombras. Al despuntar la mañana, Catalina reflexiona Que lleva por donde marcha Su delación en su ropa; Que el que huye, aunque huellas deje, Ni las mira, ni las borra. En un castañar penetra, Y con un vaquero topa, Que, después de requebrarla, Quiere pasar á las obras. Riñe con él Catalina Y por el monte lo arroja; Mira después que está herido, Y su traje se acomoda, Con el que, en hábito hombruno, Hace su entrada en Vitoria. Luchando con la desgracia, En vez de achicarse, toma Mayor altivez, más brío Aquel corazón de roca: Y la fugitiva es paje, Y mercader, y blasona De espadachín, y da tanto Que hacer á jueces y á rondas, Que su casa es casi siempre La cárcel ó la parroquia: Ó vive presa en la una, Ó refugiada en la otra.
* * * * *
Y este romance que digo No es romance, que es historia De Catalina de Erauso, Por todo el mundo famosa.
[Ilustración]
LA «HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO»
DE DON ANTONIO DE SOLÍS
Más que por las historias generales de Indias y las primitivas de la Conquista de Méjico, inclusas las propias _Cartas de Relación_ de Hernán Cortés, el glorioso vencedor de Otumba es famoso en el mundo por el brillante panegírico de D. Antonio de Solís. Traducido al francés, inglés y alemán; texto para el aprendizaje de la lengua española en Francia, las prensas de Madrid y Barcelona, de Amberes, París y Londres no han cesado de difundir la lectura del único libro español de historia americana que no ha tenido rival hasta el presente ni en el primor del entretejer los sucesos ni en la magia del estilo.
Al cabo de más de dos siglos de su publicación, bien pueden hoy repetirse los elogios que la _Historia de la conquista de México_ mereció, en justicia, á los dos mayores eruditos de aquel tiempo, D. Nicolás Antonio y D. Gaspar de Mendoza Ibáñez de Segovia, Marqués de Mondéjar. Éste, sin pecar de exagerado, juzgaba nuestra obra «sin competencia, ni ofensa de cuantas hasta ahora se han trabajado en nuestra lengua, _por la que más la engrandece y demuestra la hermosura, la copia y el ornato de que es capaz_.» Y el insigne D. Nicolás Antonio escribía lo siguiente: «_El estilo es el propio de la Historia, puro, elegante, claro._ El genio que lo gobierna, ingenioso, discreto, robusto. Adórnalo con sentencias no afectadas ni sobrepuestas, sino sacadas ó nacidas de los mismos sucesos, y con reflexiones sobre ellos muy propias de su gran talento.»
Maravilla verdaderamente que la segunda mitad del siglo XVII, en que el culteranismo, el conceptismo, el prosaísmo y tantos _ismos_ semejantes viciaban la poesía y la elocuencia españolas, nos haya podido legar monumento tan castizo y tan bello como la prosa de Solís, máxime en la historiografía de Indias, que en tiempos anteriores, fuera de las excelentes _Décadas_ de Herrera, apenas si había ensayado con acierto las formas clásicas de la narración histórica.
No hay que decir que en el terreno científico, en que tanto hemos progresado, la _Historia_ de Solís, como, en mayor ó menor grado, otras de su tiempo, resulta hoy necesariamente anticuada. Pero aun sin esta circunstancia, la _Historia de la Conquista de México_ no es comparable en modo alguno, en punto á erudición de primera mano ni á crítica de los hechos, con las obras del Canciller Ayala, Zurita, Morales, Sandoval ó Flórez.
No fué, pues, Solís un erudito ni un crítico de primer orden, como éstos; pero fué, seguramente, un admirable escritor de historia, rival de los mejores que hemos tenido hasta el presente, y su obra y la de Mariana las únicas historias clásicas que han llegado á nuestro siglo siempre leídas y admiradas. Decía Hartzenbusch que el autor dramático perfecto será aquel
Que llegue á juntar al fin El genio, de Calderón, Y el arte, de Moratín.
Con aplicación á la historia, podríamos decir igualmente que el historiador _ideal_ sería aquel que hermanase felizmente las dotes de Zurita y de Solís.
No sabemos á punto fijo cuándo éste dió comienzo á su obra. Que la emprendió no mucho después de su nombramiento de Cronista mayor de Indias, verificado en 1666, lo prueba el hecho de tenerla ya adelantada en 1675, esto es, ocho años antes de terminarla en 1683. En carta de Solís al Arcediano de Zaragoza D. Diego José Dormer, que existe inédita en la Biblioteca Nacional, fechada en Madrid á 20 de Julio de 1675, le decía lo siguiente: «_Será Ud. de los primeros que vean la Historia de Nueva España, que traigo en las manos_;» testimonio irrefragable de que pensaba acabarla bien pronto.
Tenía entonces Solís 65 años. Á los 17 había compuesto su comedia _Amor y obligación_. Algunas otras, como _La Gitanilla_ y _El amor al uso_, imitadas por Tomás Corneille, le conquistaron señalado lugar entre nuestros dramáticos. Colaboró en _El Pastor Fido_ con Calderón y Coello. En estas comedias, como en sus obras líricas, sagradas y profanas, revélanse ya á las claras las dotes literarias del futuro prosista.
Como Calderón, Solís abrazó el estado eclesiástico después de los cincuenta años. Era ya Sacerdote cuando dió principio á su _Historia de México_, y así se explica que en las páginas de este libro cedan tan á menudo la palabra el historiador al clérigo y al anciano, si bien sobre todos hable siempre el literato, con una sencillez y elegancia superiores á los años.
Se ha dicho y repetido hasta la saciedad, sin entera justicia, que por no cansarse nunca Solís de corregir y limar su obra, peca ésta de artificiosa con frecuencia. Pero es de advertir, ante todo, que si es cierto que desde que nuestro autor comenzó su obra hasta que la puso término transcurrieron bastantes años, no se ha de creer por eso que los empleara en su composición enteramente. Por el contrario, es indudable que dejó pasar, no pocas veces, el tiempo sin poner mano en su escrito. En carta á su protector y amigo D. Alonso Carnero, el 19 de Octubre de 1680, confiesa Solís sus _negligencias historiales_, añadiendo que «los señores del Consejo de Indias se habían querido desquitar de aquellas negligencias pidiéndole repetidos informes sobre algunas noticias.» Un año después, en 1681, en vísperas de cumplir los 70, proseguía su obra sin descanso, á pesar--escribía--de que «la vejez no se descuida en acortar con sus achaques las distancias de la mocedad.» En el verano de 1683 estaba ya terminada, como lo acredita la licencia de impresión, fechada el 16 de Agosto de aquel año.
Que Solís fué incansable en la corrección de su _Historia_, nada lo prueba tanto como el manuscrito original de aquélla, existente, por dicha, en nuestra Biblioteca Nacional, que he tenido el placer de examinar detenidamente. Es un volumen de 581 folios, registrado con la signatura J. 93. Carece de los preliminares que preceden á la primera edición, esto es, aprobaciones, censuras, licencias, etc., así como de los dos Índices de capítulos y de las Cosas notables.
Puedo asegurar resueltamente que es el manuscrito mismo que sirvió para la misma edición. Pruébanlo decisivamente las hojas rubricadas por Gabriel de Arestí, secretario del Rey y Escribano de Cámara, y la firma de éste al final del libro. Ahora bien: en la licencia de impresión se dice terminantemente que se imprima aquél «por el original que en el nuestro Consejo se vió, _que va rubricado, y firmado al fin de Gabriel de Arestí y Larrazábal_, nuestro Secretario y Escribano de Cámara.» ¿Puede caber duda alguna en este punto?
Está el libro escrito de distinta mano que la de Solís, pero son de su puño y letra las numerosas enmiendas que contiene, unas para corregir los errores de la copia, y otras, las más, para mejorar el texto con oportunas alteraciones, testimonio concluyente de que Solís, aun después de acabar su obra y de estar ésta sacada en limpio para la impresión, todavía continuaba corrigiéndola. Sólo en el primer capítulo he registrado numerosas enmiendas. Comienzan éstas en el título mismo del capítulo. Había escrito Solís primeramente: «Motivos _en cuya virtud parece es necesario dividir_ en diferentes partes la Historia de las Indias, para que puedan comprehenderse.» Tachó después las palabras que he subrayado y las sustituyó con estas otras: «_que obligan á tener por necesario que se divida_»....., dejando las demás.
Se conoce que las enmiendas fueron hechas antes de presentar el libro al Consejo, porque aparecen en la primera edición, que fué bastante esmerada. No así las posteriores, en términos de contener las últimas tantos y tales errores, mejor dicho, erratas, que reclama con urgencia nueva y depurada edición, según el precioso manuscrito original que acabo de dar á conocer á los estudiosos.
En esta tierra de improvisadores, pocos son los que, como Solís, Moratín, Reinoso, Ayala ó Hartzenbusch, han castigado sus versos y sus prosas con tanta prolijidad y perseverante esmero. Del Consejo de Voltaire de escribir con todo el fuego de la inspiración y corregir con todo el hielo de la crítica, sólo se suele seguir la primera parte. En cambio nuestros vecinos de allende el Pirineo practican tanto ó más la segunda que la primera. Acaso por esto en la nación vecina es más conocido y apreciado que en las demás el libro de Solís.
Con todos los defectos, imaginados ó reales, que se señalan en este libro, ello es que nuestros modernos escritores de historia tienen que aprender mucho del historiador de la conquista de Méjico, ya como elemento educador, ya como ejemplo que seguir, salvas las diferencias de tiempos, á fin de dotar á nuestra literatura de lo que hoy más carece, esto es, de verdadero estilo histórico, tan distante de la pompa y aparato del estilo poético como del pormenorismo y la rudeza de la erudición deslavazada. Claridad, precisión, elegancia: esas fueron las cualidades esenciales de Solís, y serán siempre las del estilo histórico.
[Ilustración]
LOS RESTOS DE PIZARRO
El conquistador del Perú fué asesinado en la mañana del 26 de Junio de 1541. La crueldad y la saña de los matadores quisieron después arrastrar el cadáver hasta la plaza, cortarle la cabeza y ponerla en la picota. Impidiéronlo la compasión y energía del Obispo electo de Quito D. Garci Díaz, pero no pudieron éstas evitar que el cuerpo del fundador de Lima fuese, como fué, bárbaramente profanado con «_muchas cosas de inuminia_ (ignominia) _é vituperio_», por valerme de las mismas palabras del Cabildo del Cuzco en carta al Emperador Carlos V.
Por la noche, D. Juan de Barragán y su esposa, el Secretario López y algunos indios, envolvieron piadosamente el cadáver en un paño blanco (tal vez el manto santiaguista), y lo enterraron en un hoyo, en la Catedral. «E aún les faltó la tierra para acabar de cobrir su sepultura», escribía el cronista Fernández de Oviedo.
Al cabo de tres siglos y medio, todavía á principios del año anterior, la especulación de los sacristanes de la Catedral satisfacía la curiosidad de los viajeros que preguntaban por los restos de Pizarro, conduciéndoles á la cripta bajo el altar mayor, señalándoles como la sepultura del conquistador un nicho longitudinal con puertas de madera y rejillas de hierro, incrustado en el espesor del muro del lado izquierdo.
En aquel nicho, y en un cajón de madera ordinaria, pintado de negro, yacía un cadáver, rígido, completamente desecado y momificado, de color bruno claro, semejante al de las momias peruanas, enteramente desnudo, conservando sólo una ligadura, de trapo ordinario, en la parte inferior de la articulación de la rodilla izquierda.
Notábase asimismo en él, á primera vista, la falta completa de las manos y casi todos los dedos de los pies, la de la piel y partes blandas de algunas regiones, como la genital y perineal, y las de la cara superior é interna de ambos muslos. La masa cerebral había quedado reducida á polvo de color castaño. En el cráneo existía incrustado un ojo, del que se llegaba á distinguir el círculo de la pupila. Por último, se advertían substancias calcáreas en algunas partes del cuerpo.
¿Era éste en realidad el de Pizarro? ¿Cuándo y cómo había sido trasladado á la cripta de la Catedral, junto á los sepulcros de los Arzobispos de Lima? No existe documento alguno que refiera y compruebe esta traslación. Ni la caja ni el nicho tenían tampoco inscripción alguna, ni siquiera el nombre del muerto.
Por toda prueba de autenticidad é identidad de los restos se invocaba, como en otros muchos casos semejantes, la tradición únicamente.
Desde el mes de Junio del año pasado se pueden ofrecer pruebas de mayor peso que la simple tradición, á saber: el examen antropológico y antropométrico del cadáver, practicado por los Catedráticos de la Facultad de Medicina de Lima Dr. D. José Anselmo de los Ríos y D. Manuel Antonio Muñiz, y el informe evacuado por los Sres. D. Eugenio Larraburo y Unánue, D. José Antonio Lavalle y D. Ricardo Palma, correspondientes, en Lima, de nuestra Real Academia de la Historia.
Las deducciones del examen técnico, que tengo á la vista, fueron, á la letra, las siguientes:
«1.ª Que el cadáver examinado ha sido inhumado en un terreno artificialmente rico de cal.
«2.ª Que la talla medida directamente en el cadáver es de un metro 673 milímetros.
«Aplicando las diversas tablas de talla existentes (Orfila), se encuentra que á un número de 31 centímetros corresponde una talla de un metro 67; á un radio de 24 centímetros, una talla de un metro 67, etc.; de modo que la talla de un metro 675 milímetros de este cadáver se halla comprobada por las tablas de reconstitución.
«Esta talla, según la clasificación de Topinard, está comprendida en el grupo de tallas «_sobre la media_.»
«3.ª Que la edad á que murió ha sido de más de setenta años.
«4.ª Que el cadáver examinado pertenece al sexo masculino, tanto porque están unánimemente conformes todos los caracteres dependientes del cráneo, pelvis, fémur, etc., correspondientes á este sexo, cuanto por su mismo aspecto exterior y la ausencia de mamas.
«5.ª Que parece haber sido de individuo perteneciente á una raza superior (la blanca).
«6.ª Que á pesar de su completa momificación, presenta señales precisas de destrucción, debidas probablemente á la putrefacción de algunas regiones del cuerpo (lado derecho del cuello, parte superior é izquierda del tórax, antebrazo izquierdo, etc.), siendo muy posible que correspondan á heridas (una mortal) recibidas en vida; y
«7.ª Que el examen de este cadáver demuestra la existencia de algunas anormalidades individuales, prognatismo facial inferior, profundidad de la bóveda palatina, existencia de la fosita occipital mediana de Lombroso, diámetro extraordinario del empeine de los pies, etc.»
Veamos ahora las pruebas que se desprenden de las deducciones facultativas, sobre todo de la 6.ª, que es la más importante por las concordias históricas que se pueden establecer. Pizarro murió á consecuencia de una terrible cuchillada en la garganta, por cierto dirigida de costado y traidoramente. Recibió también otras heridas en el brazo y en el pecho, y un fuerte golpe en la cabeza, que le dio el soldado Barragán con una jarra de plata, cuando aún respiraba en el suelo el vencedor de los Incas. Ahora bien: el cadáver examinado por los médicos presenta vestigios que pueden fundadamente ser atribuídos á heridas y contusiones como las recibidas por Pizarro.
En efecto; la momificación general del cadáver se interrumpe en todas las partes correspondientes á las heridas, debido, probablemente á la putrefacción que inmediatamente sobrevino en dichas partes á consecuencia de las heridas. Así, por ejemplo, en la garganta han desaparecido sólo los tendones por efecto de dicha putrefacción, mostrándose el paso del cuchillo por entre dos vértebras de la espina dorsal, mientras que la piel cubre casi íntegramente el rostro, uniendo la cabeza con el tronco.
De la misma manera, la completa desaparición de las regiones genital y perineal, quedando sólo informes restos de músculos desecados, sólo se explica, en sentir de los médicos, por algo de extraordinario ocurrido desde el primer momento de la muerte, tanto por la falta de momificación de estas regiones, cuanto por no existir señales de sección ó arrancamientos posteriores á la momificación; observaciones que concuerdan perfectamente con las históricas, pues ese algo extraordinario ocurrido desde el primer momento de la muerte, en aquellas regiones, puede explicarse cumplidamente por las _muchas cosas de inuminia é vituperio_ con que fué profanado el cuerpo de Pizarro apenas fallecido.
Por estas y otras concordancias, como la del prognatismo de la barba, con los retratos conocidos de Pizarro, fué declarada la autenticidad é identidad de los restos examinados, proclamándose en el dictamen académico que «Lima podía, pues, sentirse orgullosa de estar en posesión de tan rico tesoro, y de poder tributarle los honores á que el Marqués Don Francisco tenía derecho; pues si grandes defectos tuvo el descubridor del Perú, no se le puede negar su perseverancia ejemplar, su valor heroico y su verdadero cariño de padre á esta ciudad, que levantó desde sus cimientos.»