España y América

Part 11

Chapter 113,810 wordsPublic domain

El Municipio de Lima, en 30 de Abril de 1891, considerando de dignidad nacional dar honrosa sepultura á dichos restos, acordó trasladarlos á una capilla de la Catedral, solicitando para ello la licencia correspondiente del Ilmo. Señor Arzobispo y del Cabildo metropolitano. Uno y otro, aplaudiendo la feliz idea del Ayuntamiento, designaron desde luego la capilla de los Reyes, fundando esta elección en la especial circunstancia de estar á ella vinculados grandes recuerdos de la Iglesia peruana. Allí se recibieron por autorización apostólica las informaciones de vida y milagros de la Santa Patrona de Lima, de San Francisco Solano y de los beatos Fr. Juan Macías y Fr. Martín de Porres.

Después del reconocimiento facultativo arriba indicado, fueron colocados los restos en un ataúd forrado de paño negro, con placas plateadas, siendo la parte superior de cristal, para que así pudiese ser visto el cadáver.

Con gran solemnidad, en presencia del Presidente de la República, Cabildo Catedral, Ayuntamiento, Jefes y oficiales del Ejército, Corporaciones científicas y literarias, y con asistencia de D. Emilio de Ojeda, Ministro plenipotenciario de España, fué depositado el ataúd en una urna de mármol y cristales, en cuya base había sido esculpida la inscripción siguiente: «_Capitán general D. Francisco Pizarro, fundador de Lima en 18 de Enero de 1535. Muerto en 26 de Junio de 1541. Fueron depositados sus restos en esta urna el 26 de Junio de 1891, por acuerdo del Honorable Concejo provincial de Lima, y por iniciativa del Sr. Alcalde D. Juan Revoredo._»

En este acto pronunciaron elocuentes discursos el Alcalde, el Deán de la Catedral, el Ministro de España y el Presidente de la Comisión organizadora de la ceremonia, Dr. D. Manuel Aurelio Fuentes. «Por la primera vez,--decía el Sr. Ojeda,--desde hace tres siglos y medio, agrúpanse peruanos y españoles en derredor de los manes del ilustre fundador de Lima, confundidos en un mismo profundo sentimiento de gratitud y admiración.» «Ha querido el Concejo,--decía el Sr. Fuentes,--en primer lugar, sentar que se debe á todo trance mantener en un pueblo el constante recuerdo de su origen y de su historia... _Ni hijo sin padre; ni pueblo sin fundador._» Y más adelante añadía: «La nación generosa y noble que en otra época mirara á nuestro país como parte componente de sus vastos dominios, no ha desprendido nunca de nosotros su mirada, como no la desprende el padre del hijo que al amparo de la ley se emancipa. Verá por eso gustosa que no renegamos de nuestro origen, y que, no sólo lo proclamamos, sino que aun decimos que es honroso para nosotros tributar hoy justo homenaje al que, sin rehuir sacrificios ni privaciones, puso la primera piedra de la ciudad de Lima y sentó la base, en los países de América, de la verdadera fe y de la civilización del Viejo Mundo.

«Tardío acto de justicia, pero prueba evidente de que la actual Municipalidad de Lima ha tenido en cuenta su deber. Sea el reconocimiento de este vínculo de sangre y de este vínculo histórico un nuevo motivo para que la nación española vea la justicia con que sus antiguos hijos proceden para con la que antaño fué la madre patria.»

España entera, con profunda gratitud y cariño, ha visto, en efecto,--añadiremos nosotros--la noble y generosa conducta de sus hijos peruanos. Pizarro debía ser y ha sido el vínculo común de la fraternidad y la concordia. Como el Cid, ha ganado batallas después de muerto, pero batallas incruentas, las batallas de la paz y del amor, de más fecundos y durables efectos que las batallas de la conquista.

APÉNDICES

_Proposición de la Alcaldía para trasladar los restos de Pizarro._

«Considerando: Que es de dignidad nacional dar honrosa sepultura á los restos del conquistador del Perú, que hoy se encuentran en la bóveda de la Iglesia Catedral,

«Propone: Que se autorice á la Alcaldía para que solicite del Ilmo. y Rmo. Sr. Arzobispo y del Cabildo metropolitano la licencia correspondiente para colocar los restos del Capitán general D. Francisco Pizarro en una de las capillas de la Iglesia Catedral, quedando autorizada igualmente la Alcaldía para hacer construir una urna donde reposen estos restos, hasta que la nación pueda construir un monumento para tal objeto.

«Lima, Abril 30 de 1891.--_Juan Revoredo._»

II

_Discurso del Alcalde de Lima al entregar la urna que debía guardar los despojos mortales de Pizarro._

«EXCELENTÍSIMO SEÑOR:

«SEÑOR ILUSTRÍSIMO:

«SEÑORES:

«Conmemoramos en este momento el aniversario del fallecimiento del ilustre Capitán general D. Francisco Pizarro, acaecido hace hoy trescientos cincuenta años.

«Nos encontramos en presencia de sus restos, de cuya autenticidad no podemos dudar desde que la Historia así nos lo demuestra y desde que las generaciones que se han venido sucediendo nos los han ido haciendo conocer de padres á hijos hasta llegar á nosotros.

«Don Francisco Pizarro fué el conquistador del Perú, el fundador de esta capital, el que en sus propios hombros cargó el primer madero que sirvió para la fabricación del templo en que nos encontramos, y, lo que es más, fué el que nos legó la Religión que profesamos, dándonos hasta su última hora pruebas del respeto y de la veneración que tenía por ella; pues recordaréis que besando la Cruz del Calvario, que con su propia sangre y puño había formado para elevar sus preces al Todopoderoso, exhaló su último aliento. Estamos obligados á creer, señores, que el alma del que así murió tiene que estar gozando de las delicias del Paraíso.

«Toca á nosotros honrar sus inapreciables restos, que continuarán bajo la custodia del Muy Ilustre Cabildo metropolitano.»

III

_Contestación de Monseñor Dr. D. Manuel Tovar, Obispo de Marcópolis y Deán de la Catedral, á nombre del Cabildo eclesiástico._

«SEÑOR ALCALDE:

«El Venerable Capítulo metropolitano recibe, agradecido, del H. Concejo provincial esta urna cineraria, en la cual se guardarán desde este momento los restos mortales del Capitán general D. Francisco Pizarro.

«Durante tres siglos los hemos conservado, con religioso respeto, junto á las venerandas cenizas de nuestros Sacerdotes y de nuestros Obispos. De este sagrado lugar los levanta hoy la gratitud de Lima para colocarlos en esta histórica capilla. Aquí reposarán en paz, señores, cerca del Ara Santa del Sacrificio y á la sombra de la Cruz de la Redención. Bien merecía este honor el noble é ilustre guerrero que perdonó á sus adversarios, y el héroe cristiano que selló con su generosa sangre la fe de su corazón.

«Como peruano y como Sacerdote, agradezco á la H. Municipalidad la iniciativa que ha tomado para honrar á este hombre extraordinario, y espero que no sea este el último homenaje tributado á su memoria.

«¡Ojalá que en no lejano día los hijos de esta tierra y los extraños que visiten nuestras playas podamos saludar con admiración y respeto, en la Plaza Mayor de la metrópoli peruana, la gloriosa estatua del conquistador del Perú y fundador de Lima!»

[Ilustración]

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

Así como la Bética en la España romana, fué Méjico en la América española la provincia más fecunda en sobresalientes escritores.

Solamente en la poesía, los nombres de Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza y de Doña Juana Inés de Asbaje Ramírez de Cantillana, en el claustro Sor Juana Inés de la Cruz, no tienen iguales en las demás colonias españolas, en los días en que respectivamente florecieron el padre insigne de _La Verdad sospechosa_ y la célebre Monja mejicana.

Es de advertir que, aunque nacidos en tierra americana Alarcón y Sor Juana Inés de la Cruz, por la sangre, como por la cultura y el ingenio, son igualmente españoles, en tal grado, que nadie que ignorara el país de su nacimiento podría conocerlo, ni sospecharlo siquiera, por la lectura de sus obras.

Nació Doña Juana Inés el 12 de Noviembre de 1651, en San Miguel de Nepanthla, alquería distante doce leguas de la Metrópoli. La circunstancia de haber recibido el bautismo en Ameca-Ameca, á cuatro leguas de Nepanthla, ha dado motivo á que algunos biógrafos la supongan allí nacida.

Su padre, D. Pedro Manuel de Asbaje, era natural de Vergara, en el país vascongado, y su madre, Doña Isabel, aunque nacida en Ayacapixtla, era hija de padre y madre peninsulares. El origen de Doña Juana Inés no podía ser más genuinamente español por una y otra ascendencia.

Los panegiristas de nuestra escritora cuentan maravillas de su precocidad extraordinaria. Dicen que aprendió ya á leer á los tres años; que á los ocho compuso su primera obra, una loa sacramental, y que á los quince sabía cuanto podían saber entonces, no sólo las señoras, pero los varones más instruídos. Añaden que solicitó con insistencia de sus padres que la enviasen á Méjico á estudiar en la Universidad, disfrazada en traje masculino.

Sea de ello lo que fuere, es lo cierto que sus parientes, presumiendo «el riesgo que podría correr de desgraciada por discreta y de perseguida por hermosa», la colocaron en el palacio del Virrey, Marqués de Mancera, cuando contaba apenas diez y siete años. Dama de honor de la Virreina, amadísima de ésta y del Virrey, pudo entregarse de lleno al estudio, si bien sin dirección fija y ordenada, abarcando toda clase de materias, principalmente las de carácter profano.

Por lo visto, no se sentía entonces inclinada al claustro. Amores contrariados, ó los consejos é instancias del P. Núñez, jesuíta, confesor de los Virreyes, la llevaron á profesar en el monasterio mejicano de monjas jerónimas, donde pasó el resto de su vida hasta su muerte, ocurrida, á los cuarenta y cuatro años y cinco meses de edad, el 17 de Abril de 1695.

Leyendo los tres abultados volúmenes de sus obras, lo primero que salta á la vista es la diversidad de los géneros cultivados por la Monja mejicana, así en verso como en prosa. Villancicos, sonetos, endechas, sátiras, liras y silvas, loas, autos y comedias, poemas cortos, cartas y comentarios, publican la fecundidad y variedad de su ingenio, así por lo que toca á la inspiración poética, como por lo que respecta á la erudición y la crítica en materias religiosas y profanas. _Fénix de México, Décima Musa, Milagro del Parnaso_ fué apellidada en el pomposo lenguaje de su época. Solamente el primer tomo de sus obras alcanzó cuatro ediciones en cuatro años, de 1689 á 1692, en las prensas de Madrid, Barcelona y Zaragoza.

Después de la diversidad de géneros y materias, lo que más nos sorprende en nuestra escritora es que sus mejores escritos, con ser obra de una Monja, y de Orden ascética, como la de San Jerónimo, sean profanos, demasiado profanos y picantes á veces, hasta el punto que varias composiciones insertas en la edición de Zaragoza de 1692 no fueron reproducidas en las posteriores.

Pero hay que tener en cuenta que las Comunidades religiosas en América disfrutaron siempre excepcionales anchuras, superiores ó diversas de las que gozaban en la Península, en términos de causar verdadera extrañeza y asombro á los viajeros españoles, no sólo religiosos, sino seglares, como Ulloa y D. Jorge Juan.

Sin embargo, no faltaron en el mismo Méjico quienes, escandalizados por algún que otro desenfado de nuestra Monja, trabajaron con insistencia, no sólo para que no escribiese, sino para que ni estudiase siquiera. «Una vez (refiere la misma Sor Juana Inés) lo consiguieron con una Prelada muy santa y muy cándida, que creyó que el estudio era cosa de Inquisición, y me mandó que no estudiase: yo la obedecí unos tres meses que duró el poder ella mandar, en cuanto á no tomar libro; en cuanto á no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer; porque, aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal.»

Como nuestra Monja fué poco amiga de vanidades humanas, aun la gloria legítima entró rara vez como fin ó como parte en la composición de sus escritos. «En lo poco que se ha impreso mío (escribía al Obispo de la Puebla de los Ángeles en 1691), no sólo mi nombre, pero ni el consentimiento para la impresión ha sido dictamen propio, sino la libertad ajena..... de suerte que solamente unos _Ejercicios devotos_ para los nueve días antes del de la Purísima..... y unos _Ofrecimientos para el santo Rosario_..... que se ha de rezar el día de los Dolores de Nuestra Señora, se imprimieron con gusto mío, por la pública devoción, pero sin mi nombre.» Fué preciso que el Virrey, Conde de Paredes, y su esposa, Doña María Luisa Gonzaga Manrique de Lara, le ordenasen la entrega de sus obras, á fin de darlas á la estampa, para que se resolviese á reunir las que formaron luego el primer volumen de sus obras. Salieron éstas á luz, en Madrid, 1689, con el gongorino título, que tanto se prestaba á epigramáticas interpretaciones: _Inundación Castálida de la única poetisa, Musa décima Soror Juana Inés de la Cruz_; cambiado después por el más sencillo: _Poemas de la única poetisa_, etc.

En estos días en que tanto se habla y escribe en defensa de las mujeres, bueno será recordar que Sor Juana Inés de la Cruz consagró no escasa parte de sus escritos, en prosa y verso, en pro de esta causa; de manera que bien podemos colocarla á la cabeza del movimiento en razón y en justicia. En su estado y en su época era hasta cierto punto heroica la defensa. Refiriéndose á sus hermosas redondillas _Contra las injusticias de los hombres al hablar de las mujeres_, que excuso dar al pie de este trabajo, se ha dicho que nuestra monja fué por extremo dura con los hombres; pero es no menos cierto que en otras composiciones juzga á las mujeres con bastante severidad, aun en materias de amor, como se ve bien claro, entre otras poesías, en el soneto que comienza:

Al que ingrato me deja, busco amante; Al que amante me sigue, dejo ingrata; Constante adoro á quien mi amor maltrata; Maltrato á quien mi amor busca constante.

Entendimiento varonil, ocasiones tuvo en su vida en que midió sus fuerzas con los hombres más conspicuos de su tiempo. Cuéntase que el Marqués de Mancera reunió un día en su palacio á los ingenios y maestros más distinguidos, con el solo fin de someter á examen las aptitudes y conocimientos de su protegida, y que ésta, que podía tener entonces 17 años, respondió satisfactoriamente á cuantas preguntas le hicieron todos, proclamándose su triunfo con indecible asombro de los examinadores. Baste leer la impugnación que escribió, sin deseo de que se publicase, en carta á uno de sus favorecedores, relativa al _Sermón de las finezas de Cristo_, predicado y publicado por el célebre jesuíta Antonio de Vieira. Cayó en manos del Obispo de la Puebla de los Ángeles, electo Arzobispo y Virrey de Méjico, D. Manuel Fernández de Santa Cruz, copia de dicha impugnación, y la encontró tan erudita y atinada, que la hizo imprimir, con otra carta suya aprobatoria, bajo el nombre de Sor Philotea de la Cruz. Con este motivo se promovió interesante y apasionada controversia entre los amigos y adversarios del famoso predicador. La respuesta de Sor Juana Inés, en carta al Obispo, es sin duda el mejor de sus escritos en prosa, sobre todo por la defensa que hace de la conveniencia de que las mujeres estudien y de la capacidad que tienen para ello.

De la lectura de este trabajo, como de las obras todas de nuestra escritora, se adquiere clara noción de su inmensa cultura. Acaso ninguna otra Religiosa ha dedicado al estudio más largas horas, ni esfuerzo intelectual más sostenido. A 4.000 ascendía el número de los libros de su biblioteca particular, cuando, dos años antes de su muerte, consagró por entero su vida á la oración y la penitencia.

En cuanto á sus aptitudes principales, á juzgar por los escritos que conocemos, tengo por seguro que á la poesía lírica pertenecen sus mejores composiciones, aunque rara vez éstas rayen á la altura de las de nuestros mayores líricos, ni en lo religioso ni en lo profano. Sus loas y sus comedias siguen en un todo la pauta general conocida. La silva _El Sueño_ es imitación desdichada de las desdichadísimas _Soledades_, de Góngora. El _Neptuno alegórico_, declaración, en prosa y verso, de las alegorías del Arco triunfal erigido en la Catedral de Méjico en la entrada del Virrey Conde de Paredes, pertenece á la clase de las que Hartzenbusch titulaba _Obras de encargo_, generalmente malas, como tales. La erudición de nuestra monja tiene en esta obra los caracteres todos de las pedantescas y culteranas composiciones de la época. Fué en su tiempo la más celebrada de todas: hoy debe ser contada entre las más infelices y menos dignas de aplauso. Y lo mismo cabe decir en justicia de las loas, ya las religiosas, como las tituladas _La Purísima Concepción y San Hermenegildo_, ya las profanas, compuestas para los cumpleaños de Reyes, Virreyes y frailes de campanillas.

Si Sor Juana Inés de la Cruz no nos ha dejado una obra magistral, encarnación íntegra y acabada de su inteligencia, esparcida en tantos y tan diversos escritos; si éstos por la mayor parte tuvieron el nacimiento y la muerte tan cerca, tan unidas como la Rosa de Rioja, el nombre de la monja mejicana y la memoria de su labor artística y científica tendrán siempre merecido puesto en la historia literaria de Méjico y de España, como gloria común de mejicanos y españoles.

[Ilustración]

EL CENTENARIO EN CHILE

La Universidad de Santiago de Chile ha dado á luz un número extraordinario de sus _Anales_, para conmemorar el cuarto Centenario del descubrimiento de América.

Contiene este libro poesías, discursos y monografías históricas. Dos son únicamente las obras poéticas, á saber: un _episodio histórico-dramático_, en un acto y en verso, intitulado _Amor_ y _Fe_, que se refiere al descubrimiento, original de nuestro compatriota el conocido autor dramático Emilio Alvarez, profesor, en la actualidad, del Conservatorio de Música y Declamación en Santiago; y una _Oda_, en alabanza de _Colón_, premiada en el certamen universitario, obra del inspirado poeta chileno Pedro N. Préndez.

Los discursos contenidos en este volumen son los que se pronunciaron el 12 de Octubre último en la fiesta celebrada en la Universidad, con asistencia de las corporaciones del Estado, por el Ministro de Justicia é Instrucción pública D. Máximo del Campo, el Rector de la Universidad D. J. Joaquín Aguirre, el entonces Decano de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Bellas Artes D. Diego de Barros Arana, y el Ministro de España en Chile D. José Brunetti y Gayoso, Conde de Brunetti.

Chile, á diferencia de las demás naciones, celebró el Centenario acordando reunir y enviar á España _cuatrocientos diez y ocho volúmenes de trabajos nacionales_ para la proyectada formación de una biblioteca americana en nuestra Nacional, y celebrando una festividad universitaria; porque allí la Universidad no es sólo un cuerpo docente, sino el centro mayor y supremo de la vida intelectual del país, y asimismo porque entendía que el descubrimiento de América debía ser considerado, ante todo, como triunfo de la ciencia.

Los discursos pronunciados en la Universidad responden dignamente á la naturaleza del acto, y aun más, si cabe, las disertaciones históricas que juntamente con aquéllos han visto la luz pública en el libro que examinamos.

_Once_ son las disertaciones históricas, de las cuales _nueve_ versan exclusivamente sobre cuestiones relativas al descubrimiento de América. Tratan las otras dos, una acerca de _La estatua de Colón en Valparaíso_, y más propiamente de todos los monumentos erigidos á Colón en el Nuevo Mundo, pues de todos ellos se da noticia en este interesante artículo, obra de D. Domingo Amunátegui Solar; y la otra de _La primera competencia de la autoridad eclesiástica con la civil en América_, obra póstuma de mi respetable y querido amigo D. Miguel Luis Amunátegui, gloria de la Universidad y de los estudios históricos en Chile.

Si de estos estudios no tuviéramos otras muestras que las disertaciones coleccionadas en el libro universitario, bastarían ellas para probar cumplidamente que en la República chilena, y con especialidad en el Cuerpo docente, tienen hoy valiosos cultivadores, comenzando por el hoy Rector de la Universidad D. Diego de Barros Arana, autor de la mayor parte de aquellas monografías, universalmente reputado como uno de los historiadores americanos más eminentes de nuestros días.

Su _Historia general de la Independencia de Chile_, publicada en 1854 á 1858, es bastante más completa que las obras anteriores de Amunátegui, Melchor Martínez y José Ballesteros. Perito igualmente en la historia antigua que en la moderna, su _Historia general de Chile_, impresa en Santiago en 1884, es un monumento inapreciable de erudición y de talento, especialmente en lo que respecta á las razas indígenas. Dudamos mucho que ningún otro Estado de la América del Sud pueda ofrecer en paragón obras semejantes. En los Estados Unidos, en Inglaterra y Alemania, como en nuestra misma Península, Barros Arana merece el más alto aprecio por parte de los verdaderos americanistas. Quéjanse algunos de que el historiador chileno suele ser severo en demasía con los conquistadores, pero sin negar por eso sus grandes merecimientos.

Las cinco monografías que contiene el libro universitario son suficientes para formar idea de la inteligencia, del saber y de las prendas literarias de Barros Arana. De estos trabajos, los más originales y eruditos son los que llevan por títulos: _La primera biografía y el primer biógrafo de Cristóbal Colón_, y _El libro más disparatado que existe sobre la historia del descubrimiento de América_. En la primera traduce y comenta la biografía de Colón, que se contiene en el _Psalterium hebraeum, graecum-arabicum-caldaeum_, con interpretaciones y glosas de Pantaleón Giustiniani (1516), al reproducir el versículo 5.º del salmo XVIII, que dice: _In omnem terram exhibit sonus eorum: et in fines terrae verba eorum_. (La voz de los cielos se ha propagado en toda la tierra, y sus palabras hasta los confines de la tierra), Giustiniani pone un comentario, que es quizá el más extenso de su libro. Ese comentario es una biografía sumaria de Colón, en cuyos descubrimientos el comentador ve el cumplimiento de una profecía consignada en esas palabras del salmo. Barros Arana la traduce y comenta con gran erudición y maduro juicio.

_El Libro más disparatado que existe sobre la historia del descubrimiento_, no es otro que el publicado en 1621 con el título _Nova typis transata. Novi orbis Indiae Occidentalis_, atribuido al padre Boil, y tiene por objeto demostrar que los Padres benedictinos fueron los primeros predicadores del Cristianismo en el Nuevo Mundo. El erudito estudio de este libro, sobre todo en lo relativo al P. Boil ó Buyl, habría sido más completo si Barros Arana hubiera conocido todo cuanto se ha escrito y publicado en España, especialmente por el Padre Fita, tocante al célebre primer Vicario apostólico de las Indias. De todos modos resulta un trabajo, en las cuestiones principales, digno de la competencia de su autor.

Malparado queda el Conde Roselly de Lorgues de la crítica de Barros Arana, no sólo en esta monografía, sino en la que examina _El proyecto de canonizar á Cristóbal Colón_, contra el cual se pronuncia no menos resueltamente que Fernández Duro en su _Colón y la Historia póstuma_.

Eruditísimas son las disertaciones: _Noticia bibliográfica de los poemas á que ha dado origen el descubrimiento del Nuevo Mundo_, la cual abunda en datos y observaciones muy curiosas, y la que lleva por título _Los Historiadores oficiales del descubrimiento y conquista de América_, estudio concienzudo y ordenado, el mejor que conocemos, de los cronistas de Indias, desde Oviedo hasta Muñoz.