Part 12
Con las monografías de Barros Arana alternan dignamente las demás que contiene el volumen publicado por la Universidad chilena, á saber: _El Carácter de Colón_, por D. Eugenio M. Hostos, Rector del Liceo Miguel Luis Amunátegui; _Las primeras tierras que vió Colón al descubrir el Nuevo Mundo_, de D. Francisco Vidal Gormaz, y las dos restantes, debidas al profesor de Historia y Geografía en el Instituto Pedagógico, D. Juan Steffen, la primera relativa á _La Polémica sobre la autenticidad de la biografía más antigua de Colón_, y la segunda, que tiene por tema _Colón y Toscanelli_.
Coincidiendo, sin saberlo, con las doctrinas sustentadas al mismo tiempo en Italia por Cesare de Lollis, el Dr. Steffen sostiene que Colón fué _el primero que ejecutó en la práctica_ la idea de Toscanelli de una travesía del Océano occidental. Y por lo que toca á _La Polémica_ sobre las _Historias del Sr. D. Fernando Colombo_, el Dr. Steffen, de conformidad con algunos eruditos españoles, y en oposición con las teorías de Harrisse, cree en la autenticidad de un primitivo y legítimo MS. de D. Fernando Colón, alterado después, con nuevos elementos, en la edición de Venecia.
Las investigaciones de Vidal Gormaz sobre las primeras tierras que vió Colón dan por resultado las mismas conclusiones á que habían llegado ya algunos eruditos peninsulares, desde Muñoz hasta D. Patricio Montojo, esto es, que la isla Guanahaní es la de San Salvador, hoy Watling, primera tierra descubierta por el marino genovés á la sombra del pabellón de Castilla.
Por último, el erudito y apreciable estudio de Hostos relativo al _Carácter de Colón_, se presta á controversias en las cuales no podemos entrar, por no alargar demasiado esta ligera noticia. Baste lo dicho para que se comprenda la importancia del libro publicado por la Universidad de Santiago de Chile, á no dudarlo de los más doctos que con ocasión del Centenario han visto la luz pública dentro y fuera de América.
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EL CENTENARIO EN COLOMBIA
En pocas Repúblicas americanas como en Colombia había llegado á tomar tan exageradas proporciones el desafecto para con la madre España; en pocas también han sido luego tan repetidos y completos los nobles actos de reparación y de cariño.
La participación activa, eficaz, extraordinaria de Colombia en la celebración del Centenario prueba cumplidamente que los injustos odios se vienen trocando en amorosa solicitud y filial afecto, principalmente por obra del Gobierno que preside el Dr. Núñez, amigo cariñoso y resuelto de la vieja Metrópoli.
España, Colón, Isabel la Católica y el descubridor y conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada han sido objeto, en pocos meses, de solemnes homenajes de admiración y señaladas muestras de gratitud y entusiasmo.
Por lo que á España respecta, baste recordar la brillante concurrencia de Colombia á la Exposición Hispano-Americana, la novedad y riqueza de sus antigüedades, y muy en especial la espléndida colección regalada á España, á no dudarlo el presente más valioso que ésta ha recibido hasta el día de ninguna de sus hijas allende el Atlántico.
Las fiestas de Bogotá, organizadas por las comisiones reunidas del Cuerpo Legislativo, del Poder Ejecutivo y del Concejo Municipal, no han consistido solamente en iluminaciones, salvas, dianas y otros actos religiosos, militares y civiles, de rúbrica en tales casos, sino también en hechos de mayor alcance y trascendencia, como la publicación del libro _Apoteosis de Colón_, colección de piezas de autores colombianos hecha por D. Ignacio Borda, algunas de las cuales, como el _Ensayo biográfico de Gonzalo Jiménez de Quesada_, por el Dr. Pedro M. Ibáñez, han venido á enriquecer, con nuevos datos y juicios, la historia colombiana. En igual caso se encuentran otras nuevas publicaciones, como el libro _Aborígenes de Colombia_, del distinguido autor del artículo _Colombia en la Exposición_.
La patria de Miguel Antonio Caro y de Rufino Cuervo, centro de la erudición y del gusto en la América Meridional, ha estado á la altura de sus tradiciones, no sólo en el terreno científico, sino en el ameno campo de las musas, como lo acreditan las poesías de Rafael Pombo, Alirio Díaz Guerra, José Joaquín Casas, Roberto Mc-Dowall y las Sras. Dávila de Ponce, Antomarchi de Rojas y la Srta. Elmira Antomarchi. No pecaba, ciertamente, de exagerado el peruano doctor Aramburu cuando, en la fiesta literaria celebrada en Lima el 12 de Octubre último, apellidaba á Colombia: «_cerebro de nuestro Continente_.»
Colón y la Reina Católica han sido glorificados igualmente en las fiestas colombianas. En la procesión cívica del 12 de Octubre, los tres últimos carros tenían por asunto á la gran Reina, ya acogiendo á Colón, ya ofreciéndole sus joyas, bien dictando en su codicilo la célebre cláusula, nunca lo bastante bendecida, en que recomienda el tratamiento humanitario de los indios.
Pero el acto más bello de todos ha sido la colocación de las piedras angulares de un monumento á Colón y de un hospital bautizado con el título de _Isabel la Católica_, primer edificio americano que ostenta el nombre de la magnánima soberana de Castilla.
Quesada falleció de más de ochenta años, el 16 de Febrero de 1579. Murió pobre. Debía más de 60.000 pesos. Fué sepultado en el convento de Santo Domingo, en Mariquita, situado frente á la casa en que expiró. En 1597 fueron trasladados sus restos á Bogotá. Al acercarse la celebración del Centenario, las cenizas de Quesada carecían de sepulcro digno de su gloria.
El Municipio de Bogotá no quiso dejar de pagar más tiempo tan sagrada deuda. El 15 de Julio del corriente año fueron colocadas solemnemente en un mausoleo de mármol blanco sobre base arenisca, erigido en la plazuela formada por las portadas de los cementerios públicos, en la acera del Norte.
Las inscripciones del mausoleo son éstas: al Sur, frente principal: JIMÉNEZ DE QUESADA; al Occidente: AL FUNDADOR DE SANTA FE DE BOGOTÁ; al Oriente: EL CONSEJO MUNICIPAL DE BOGOTÁ. y al Norte: EXPECTO RESURRECTIONEM MORTUORUM. Era esta la única inscripción y epitafio que el mismo Quesada ordenó se colocase en su sepulcro: _Espero la resurrección de los muertos_. ¡Digna expresión de su cristiana humildad!
Ya sólo resta que el Municipio bogotano, mejor dicho, la ciudad entera, la República toda, erijan una estatua al fundador del Nuevo Reino de Granada. ¿No la tiene Bolívar, segundo padre de Colombia? ¿Pues por qué negar al primero honor no menos merecido?
Ocasiones adecuadas fueron el 16 de Febrero de 1879, tercer centenario de la muerte de Quesada, y el 12 del último Octubre. Al poner las primeras piedras del hospital _Isabel la Católica_ y del monumento á Colón, bien pudo colocarse también la del de Quesada, honrando así juntamente los tres nombres que simbolizan el natalicio de la hoy libre nación colombiana á la vida de la civilización.
No ha sido así, quizá por apatía, simplemente, ó acaso más bien porque las nuevas y reparadoras tendencias no han podido desvanecer aún del todo arraigadas equivocaciones. Leyendo la prensa bogotana, he podido advertir acá y allá, al tratar de España, algún juicio erróneo, alguna frase improcedente, restos de inveteradas preocupaciones. Harto camino se ha andado en poco tiempo en el terreno de la fraternidad y la justicia, para abrigar ya, resueltamente, la consoladora esperanza de que todo se andará seguramente. Sirvan de aliento y estímulo á nuestros hermanos de Colombia las seguridades de nuestra estimación y afecto.
Después de todo, lo que ocurre en Colombia sucede también en España, esto es, que aquí, como allá, no faltan quienes, bebiendo en las envenenadas fuentes de trasnochadas declamaciones, no conocen ni han podido conocer nunca, á la luz de la verdad, la naturaleza y magnitud de la empresa civilizadora de España en el Nuevo Mundo, porque el fanatismo político anubla sus ojos y perturba sus corazones. En los americanos concurren, además, las memorias de las luchas de la independencia, luchas que americanos y españoles, al fin y al cabo, hemos de mirar únicamente como contiendas civiles que pasaron y que no han de repetirse jamás.
Y si entre nosotros es menos vivo el recuerdo de esas contiendas, si nos hallamos más fácilmente dispuestos á renovar los sagrados vínculos de familia, como todo americano que viene á España puede observar desde luego, con grata sorpresa, nada más natural que así sea, porque en materias de afecto siempre ha sido mayor el de los padres que el de los hijos.
Afortunadamente, el digno Ministro de España en Bogotá, D. Bernardo Cólogan, supo interpretar noblemente los sentimientos de nuestra patria. Su carta, publicada en _El Correo Nacional_, y su discurso pronunciado el 12 de Octubre, en la ceremonia verificada en la plaza de Bolívar, fueron acogidos con inequívocas muestras de aprecio. «Tan dueños sois--les decía--de vuestros destinos como de vuestros juicios; pero sabed también que si España escucha solícita vuestras palpitaciones, es porque una voz de la sangre, respondiendo al dulce eco de su amplia y sonora lengua, la orienta hacia estas esplendorosas regiones, y nada puede aventajar en ella á las fruiciones de vuestra cariñosa correspondencia.»
No habría sido completa la celebración del Centenario si no hubiese tenido en ella parte la memoria de Jiménez de Quesada. Si el descubrimiento general del Nuevo Mundo es obra de Colón, el descubrimiento de cada región americana tiene su Colón particular, acreedor igualmente á la gratitud de la tierra por su heroísmo descubierta y conquistada, y en mayor grado si cabe, descubridores y conquistadores como el fundador de Bogotá, admirable conjunto de cualidades rara vez unidas: letrado, historiador, poeta, capitán, poblador, gobernante. Un docto historiador colombiano de nuestro siglo reconoce, con justicia, que, á excepción de alguna falta, «el carácter noble de Quesada resplandece en la conquista y sobrepasa entre todos los caudillos de su época.»
Cuando los americanos se persuadan por entero de que su legítima emancipación es universalmente acatada, y de que sobre las transitorias luchas de un día están los permanentes intereses de la civilización y de la historia, entonces volverán, con más cariño que nunca, sus ojos á la vieja casa española, noble solar común de todos los que tienen la dicha de pensar y sentir y hablar en la lengua de los Reyes Católicos, de Hernán Cortés y Jiménez de Quesada, de Pizarro y de Valdivia.
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LOS AMERICANOS EN EL ATENEO
La invitación del Ateneo á los americanos para que tomasen parte en sus conferencias históricas, simultánea de la invitación á los peninsulares, no se redujo á los Ministros de la América española, sino que se extendió también, desde su principio, á algunos escritores residentes en el Nuevo Mundo, conocidos por sus trabajos históricos.
De estos escritores, unos, respondieron rehusando, con razones más ó menos valederas, la participación ofrecida, y otros, á quienes, como á los anteriores, les fueron dirigidas las invitaciones por los conductos más seguros, á pesar del largo tiempo transcurrido no han acusado siquiera recibo de dichas invitaciones. Omito los nombres de unos y otros. Baste saber simplemente lo ocurrido. Y sépase también que el Ateneo, al invitarlos, no les pedía que vinieran expresamente á dar sus conferencias, sino que les advirtió que podían escribirlas y enviarlas y que serían leídas por las personas que ellos mismos designasen.
Creía el Ateneo que la ilustración histórica del descubrimiento, conquista y civilización del Nuevo Mundo era tan necesaria para los americanos como para los españoles, y que en América como en España el estudio científico de aquellos grandes hechos distaba mucho de alcanzar hoy día el florecimiento debido. Por lo que á España respecta, recuérdese lo que dije, con entera sinceridad y franqueza, en el primero de los trabajos que comprende este libro. Y por lo que á América concierne, creo que bien puede afirmarse de ella, en general, lo que, en particular, de Méjico, escribía no ha mucho el biógrafo insigne de _Don Fray Juan de Zumárraga_: «De los hombres que han figurado en nuestro suelo, pocos habrá que hayan sido juzgados sin pasión, porque el antagonismo de razas, la falta de instrucción, las discordias civiles, y sobre todo las religiosas, han agriado los ánimos y ofuscado las inteligencias;» añadiendo que «entre las víctimas de la ignorancia y del espíritu de partido» se distinguía nada menos que la venerable figura del primer Obispo y Arzobispo de Méjico.
Por fortuna, así como América cuenta con historiadores tan ilustres como García Icazbalceta y Barros Arana, no superados, sin duda, por nuestros mayores americanistas peninsulares, cuenta también, entre los dignos individuos de su representación diplomática en la antigua Metrópoli, distinguidos cultivadores de los estudios históricos, los cuales, comprendiendo la significación y alcance de la empresa acometida por el Ateneo, se apresuraron á aceptar la participación ofrecida, con generoso interés y verdadera eficacia.
Invitó el Ateneo, ante todo, á los Ministros de Méjico y Costa Rica Sres. General Riva Palacio y Peralta, Correspondientes de la Real Academia de la Historia, uno y otro conocidos ya ventajosamente por su probada pericia en materias históricas. Á propuesta de éstos, invitó después á los Ministros de Chile y Colombia, Sres. Vergara Albano y Betancourt, quienes aceptaron su encargo. Ausentes hoy ambos, no han podido cumplir su oferta.
La venida á Madrid de los señores Solar y Zorrilla de San Martín proporcionó al Ateneo nuevos cooperadores. Vicepresidente, el primero, de la República del Perú y Ministro de su país entre nosotros, debía llevar la voz de tan importante nación americana en la obra de las conferencias; Ministro del Uruguay el segundo, venía precedido de gran renombre literario. Los dos respondieron al llamamiento del Ateneo en términos verdaderamente fraternales y honrosos para nuestra patria. Los dos también han desempeñado luego sus respectivos encargos, como igualmente su compañero el Ministro mejicano. No así el de Costa Rica, cuya conferencia fué, con su aprobación, anunciada, suspendida por su encargo después, aplazada para más adelante, y á juzgar por el tiempo transcurrido y la falta de todo aviso, definitivamente abandonada.
Los temas escogidos por los conferenciantes americanos fueron los siguientes:
Sr. Ministro del Perú: _El Perú de los Incas_.
Sr. Ministro del Uruguay: _Descubrimiento y conquista del Río de la Plata_.
Sr. Ministro de Méjico: _Establecimiento y propagación del Cristianismo en Nueva España_.
Como se ve, los tres temas se refieren igualmente á la historia particular de cada uno de los países representados por los conferenciantes si bien con arreglo á las antiguas divisiones político-geográficas, como exigía la naturaleza histórica de las conferencias.
El 18 de Enero de 1892 dió la suya el Ministro de Méjico, primer americano que ha subido á la cátedra del Ateneo. El nombre y la persona del General Riva Palacio eran ya bien conocidos por los años que lleva de residir en España el distinguidísimo mejicano. Sus dotes poéticas y sus facultades oratorias han podido ser apreciadas más de una vez, así como su interés vivísimo en estrechar los vínculos de Méjico y España, acreditado especialmente en la participación activa y preferente que viene tomando en todo lo relativo á la celebración del Centenario. Las personas peritas en los estudios históricos tenían noticia de sus trabajos referentes á los _Orígenes de la raza mejicana_, leídos en la Real Academia de la Historia, que habían promovido interesante controversia por sus conclusiones favorables al autoctonismo de las primitivas razas mejicanas, y conocían también su erudita _Historia de la dominación española en Méjico_. El insigne General Arteche, en su magnífica conferencia sobre _La conquista de Méjico_, leída en el Ateneo en la semana anterior, había mencionado repetidamente con elogio esta última obra. Meses antes el Sr. Vilanoba se refirió con frecuencia á la anterior sobre los _Orígenes de la raza Mejicana_.
La conferencia del General Riva Palacio, así por su abundante y selecta erudición como por la elocuencia de la forma, rivaliza dignamente con las mejores que el Ateneo había escuchado anteriormente. El sentido critico del ilustre conferenciante, informado en la doctrina de la sociología positivista, puede prestarse á animadas polémicas; pero cualquiera que sea el punto de vista desde el cual se le considere, hay que reconocer forzosamente que estuvo representado á gran altura.
En sentir del Sr. Riva Palacio, existe «extraña semejanza entre el gran cambio religioso de los pueblos de América, y sobre todo de la Nueva España, con el progreso rápido y sangriento del islamismo, no sólo en los días en que Mahoma sujetaba la Arabia, sino durante el tiempo de sus sucesores, cuando Omar gobernaba á los creyentes; afirmando asimismo que no arrancó á los pueblos venidos del culto de los ídolos la predicación del apóstol, sino la espada del conquistador y el hacha y la tea del soldado, que derribaban al Dios de los altares, y ponían fuego á los adoratarios.»
En otro lugar escribe que «los conquistadores españoles sabían también á qué atenerse respecto á la fe religiosa de los vencidos; pero con una política verdaderamente hábil, contentáronse casi siempre con la aparente conversión de los indios, dejando á los misioneros el cuidado de explorar á aquellas conciencias, de cultivar en ellas las semillas del Cristianismo y de entregar á las llamas los templos de los ídolos, y hasta los recuerdos de los tiempos de la idolatría.»
Esta segunda afirmación es más conforme con la verdad histórica, reconocida y consignada ya en publicaciones anteriores por escritor tan competente como García Icazbalceta, quien, á este propósito, escribía lo siguiente: «La Cristiandad se había fundado en México por orden no común. Lo más ordinario en la predicación del Evangelio es que sus ministros se abran paso lentamente, en lucha continua contra el poder de gobiernos despóticos y contra el apego de los infieles á sus heredadas creencias. En la Nueva España fué muy diverso el caso. La predicación evangélica contaba con todo el apoyo del poder civil; las armas le habían allanado el camino, y no podía temer persecución general, si bien no le faltaron contradicciones, nacidas del carácter de algunos gobernantes y de la agitación de los tiempos. Los conversos no arriesgaban, pues, nada en el cambio de religión; antes podían contar por eso mismo con más favor de los señores de la tierra.» Así «el pueblo infiel, lejos de oponer resistencia al establecimiento de la ley cristiana, abrazaba con gusto sus dogmas, y se complacía grandemente en sus prácticas.»
Es verdaderamente notable por la exactitud lo que el General Riva Palacio decía de los frailes que llegaron á las Indias, los cuales «cifraban todo su empeño y encaminaban todos sus trabajos á sólo dos objetos: conversión de los idólatras á la fe cristiana, y protección de la vida y libertad de los vencidos. Fuera de esto--añade--nada les preocupaba ni llamaba su atención. Ningún anhelo de riquezas, ningún empeño por los honores, ningún cuidado por los títulos ni por el fausto; pobres hasta la miseria, abnegados hasta el sacrificio, ni temían concitarse el rencor y el odio de los encomenderos, ni vacilaban en desafiar el enojo de los terribles conquistadores, ni temblaban al levantar sus quejas, no siempre humildes, en favor de sus protegidos hasta el trono del poderoso Emperador Carlos V.» ¡Qué diferencia--añadiremos nosotros--qué diferencia tan radical entre estos medios empleados por el Cristianismo en el Nuevo Mundo y los usados por los musulmanes para la propagación del Islamismo!
Acabó su discurso el distinguido conferenciante con estas palabras, que el numeroso y culto auditorio recibió con grandes aplausos: «El historiador debe decir que el descubrimiento del Nuevo Mundo era una necesidad de la ciencia; su ocupación un derecho de la humanidad, y la conversión de sus habitantes al Cristianismo una exigencia ineludible de la civilización y del progreso.»
Ocho días después, el 25 de Febrero, dió su conferencia sobre el _Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata_ el Sr. Ministro del Uruguay. Imaginación brillantísima, corazón entusiasta, poeta de grandes alientos, arrebató á sus oyentes, desde los primeros períodos, con el encanto y la magia de su elocuencia. Las hazañas de Juan Díaz de Solís, de Ayola, de Irala, de Garay y Ortiz de Zárate, tuvieron cantor inspiradísimo en el Sr. Zorrilla de San Martín; la colonización del territorio argentino, tan distinta de la de otras comarcas, expositor inteligente y discretísimo.
Aparte de estos merecimientos, el Sr. Ministro del Uruguay ofrecía á sus oyentes un atractivo mayor en aquellos momentos: el españolismo noble y generoso que rebosaba en sus frases, el entusiasmo con que en nombre del mundo de Colón y de Isabel publicaba muy alto la gratitud americana para con la madre patria. Era aquello _un acto_ tan deseado como oportuno; la correspondencia debida á nuestro cariño, la consagración solemne de la fraternidad hispano-americana.
Y lo que daba más autoridad á sus palabras era el conocimiento que todos tenían de que no las dictaba el artificio retórico, ni las ceremoniosas formas de la cortesía; porque el nuevo Ministro del Uruguay, antes de representar á su país en el nuestro, allá, en su patria, repetidamente en sus discursos, en sus artículos, en sus versos, había hablado igual lenguaje, hijo siempre de sus convicciones y de sus arraigados afectos.
América, antes del descubrimiento--decía--«_era un mundo casi vacío_; todo era grande en ella _menos el hombre_; el hombre que allí existía no era ni podía ser un principio; era un término, un último vestigio. Era joven y hermosa la naturaleza: el hombre, decrépito.»
«Colón y sus carabelas no las buscaban; buscaban sólo el Oriente por el Occidente; no fueron, pues, las carabelas las que salieran al encuentro de América, fué ésta la que salió al paso á los heroicos navegantes.....»
Refiriendo las hazañas de los españoles en la conquista del Río de la Plata, decia: «Somos nosotros, más que vosotros, los que heredamos los frutos del árbol regado con su sangre, y los que en primer término estamos en el deber de admirar la memoria de los que la vertieron y de vindicarla siempre con reconocimiento filial.»
En consonancia con estos sentimientos,--añadía al final de su discurso--«Por eso, señores, como el Perú hace la apoteosis de Pizarro; como Buenos Aires da el nombre de Garay á una de sus calles; como Chile levanta la estatua de Valdivia, Montevideo da el nombre de Solís á su principal coliseo y levanta en una de sus plazas, votada por el Parlamento, la estatua de su fundador Don Bruno Mauricio de Zabala.
«Es el altar de la raza, señores, que complementa y preside en el orden cronologico-histórico los otros altares de la patria independiente; es la protesta de bronce que dice al mundo, y á vosotros especialmente, que si por ley providencial se pueden y es indispensable romper vínculos políticos, no pueden romperse ni se romperán jamás los de la sangre, los de la fe, los de la lengua y los de las tradiciones y glorias, que nos son comunes y constituyen nuestro orgullo conjuntamente con las demás glorias nacionales.