Part 7
Su libro _Autógrafos de Colón y Papeles de América_, colección de documentos peregrinos, inéditos los más, interesantes todos, es una de las publicaciones más importantes del Centenario, y asimismo de las más útiles que han visto la luz pública en este siglo, dentro y fuera de España, relativas á la historia del Nuevo Mundo.
Educada con insuperable esmero por ayas verdaderas; versada en idiomas, sobre todo en el francés, italiano, alemán é inglés, que posee como la propia lengua castellana; aficionada desde niña á las bellezas de la Literatura y á las verdades de la Historia; imaginación pronta y viva; espíritu serio y reflexivo; memoria verdaderamente asombrosa; carácter entero y constante, varonil en ocasiones y comparable sólo con la sencilla severidad de sus virtudes, ó con la llaneza elegante de su trato, la inteligente y hermosa hija de los Duques de Fernán-Núñez, aun sin sus méritos especiales en el cultivo de los estudios históricos, es, á todas luces, una de las figuras más sobresalientes de la nobleza española.
Hasta ella, las Duquesas de Alba, como las principales señoras de nuestra aristocracia, habían estado bien lejos, no ya de acometer, pero ni de imaginar siquiera empresas como la llevada á feliz término por la joven Duquesa, si necesarias y meritorias, modestas, prolijas, sin lucimiento, fatigosas para un erudito de vocación, cuanto más para una señora, máxime en los floridos días de su existencia y en posición tan encumbrada, ajena, por sus usos y aficiones, á esta clase de trabajos.
Las Memorias de la Casa de Alba en sus relaciones con la cultura patria se refieren únicamente á la protección que algunos Duques y Duquesas dispensaron á escritores insignes ó artistas eminentes. Las Duquesas Doña Isabel Pimentel, Doña María Enríquez y Doña María Teresa de Silva figuran en nuestra historia literaria y artística como favorecedoras de grandes ingenios: la primera, de Juan de la Encina; de Santa Teresa y fray Luis de Granada la segunda, y de Goya la última.
La misma que tantas almas Esclavizó á su belleza Y cuyos ojos, si miran, No hay corazón que no venzan,
que cantaba Quintana.
Caso único en la Casa de Alba, como en la nobleza española, la autora del libro _Autógrafos de Colón y Papeles de América_ ha fundado y organizado por sí misma el archivo histórico de su casa, y por sí misma también examinado, escogido y hasta copiado por su mano los documentos más preciosos, entregándolos en gran parte á la publicidad después en el volumen referido y en el que publicó poco más de un año antes, no menos interesante y curioso.
Cuando, por su matrimonio con D. Carlos Stuart Fitz-James y Portocarrero, Duque de Berwick y de Alba, dejó el palacio de Cervellón para habitar el palacio de Liria, los archivos de la Casa, mermados por incendios, sustracciones y toda clase de deterioros, requerían apremiante arreglo, aunque no fuese más que para salvar de segura pérdida las preciosidades que habían quedado. Sin catálogos ni índices en toda regla, confundidos los documentos históricos con los papeles administrativos, y, lo que es más, muchos de aquéllos en legajos marcados con los peligrosos títulos de _Inútiles_, _Buenos para el Carnero_, _Sólo sirven para antiguallas_, y otros tales, ignorábanse el valor y alcance de los principales documentos, y hasta su misma existencia.
Con ser ya de suyo importantísimo el Archivo de la Casa de Alba, éralo aún más acrecentado con los de tantas otras casas de Castilla, Navarra, Escocia, entradas en ella, como las del Almirante de Castilla, Berwick, Gelves, Lemos, Olivares, Lerín, Monterrey y Módica. Baste saber que los Duques de Berwick y de Alba, á más de estos títulos, ostentan hoy _veintinueve más_, cifra superada únicamente por la Casa de Medinaceli. Y esto sin contar el Condado de Siruela, patrimonial de la Duquesa y que añade siempre á los de Berwick y de Alba; Condado antiguo, que data de 1470, un año después en que fué elevado á Ducado el Condado de Alba.
Sin menoscabar lo más mínimo cuidados y quehaceres propios de su estado, en consonancia con los demás arreglos de su casa, la joven Duquesa acometió el de los libros, papeles, cuadros, tapices y objetos artísticos que, en abundancia, atesora el palacio de Liria.
Sólo con los cuadros se puede formar una galería de selectas joyas. Baste saber que entre ellos se cuentan los siguientes de eminencias españolas y extranjeras: VELÁZQUEZ: _Retrato de la Infantita Margarita María_; MURILLO: _Retrato de su hijo D. Gabriel_; GOYA: _Retratos de Doña María Teresa de Silva_, _Duquesa de Alba_, y de _Doña Tomasa Palafox y Portocarrero_, _Duquesa de Medina Sidonia_; BEATO ANGÉLICO: _Madonna de la Granada_; PERUGGINO: _La Natividad_; RAFAEL (?): _Retrato de un desconocido_; TIZIANO: _Retrato del Gran Duque de Alba Don Fernando III_, y _La Cena_; GIORGIONE: _Psychis_; RUBENS: _La Vuelta del mercado_; VAN DICK: _Retrato del Gran Condé_; REMBRANDT: _Paisaje_; BREUGEL DE VELOURS: _La Vanidad mundana_, y otros de maestros eminentes.
No está la Biblioteca en igual proporción y riqueza de libros, si bien se cuentan entre ellos algunos códices, como el de una versión castellana de la Biblia, único que se conoce. Todos han sido ordenados y catalogados por la Duquesa, y de su puño y letra están, una por una, las papeletas del Indice.
En cambio, los documentos históricos no tienen precio, así por su calidad como por su número. Maravillan verdaderamente la variedad y la abundancia de los que ha logrado reunir la Duquesa en sus largas y penosas investigaciones, comparables únicamente con el gusto y primor con que los más importantes se hallan hoy colocados, por mano de la ilustre dama, en hermosas vitrinas, en uno de los más espaciosos y elegantes salones de la Casa. Joyas arqueológicas, entre ellas una cabeza de Minerva, única en su tipo que se conoce: lanzas, armaduras, tapices y cuadros, delicadamente repartidos y ordenados, embellecen y realzan aquel salón de vitrinas, gabinete de estudio, al par, de una de las señoras más cultas de nuestra época.
Del valor histórico de los documentos podrá juzgarse desde luego con saber que algunos, como la _Escritura de cambio de un prado en San Julián_, y el _Fuero de Caldelas_, se remontan, respectivamente, á los años 1026 y 1172 de nuestra era; que otros datan, sucesivamente, de los días de Don Pedro I, Don Juan II de Castilla, Don Enrique IV y los Reyes Católicos; y, por último, que al lado de autógrafos de personajes como Colón, Carlos V, Felipe II, el Príncipe Don Carlos, Don Juan de Austria, el Marqués de Santa Cruz, Zurita, Arias Montano y fray Luis de Granada, hay otros de extranjeros tan ilustres como Pedro Paleólogo, Emperador de Constantinopla, el Papa Pío IV, Enrique VII, Isabel de Inglaterra, María Estuardo, el Rey Don Sebastián, Catalina de Médicis, Guicciardini, Tiziano y J. J. Rousseau.
Solamente del Gran Duque de Alba pasan de 1.200 las cartas suyas entre autógrafos y originales, con otros muchos papeles anotados por su mano, y el testamento, á cuyo pie se lee su rúbrica. Y por lo que toca á América, me bastará decir que sólo los publicados en el volumen que conocemos ascienden á _cincuenta y seis_, entre ellos «de mano de Colón, además de las firmas de los libramientos, cuatro papeles que no pasan del año 1501. En las espaldas de todos, y encerrándolos en un cuadro, puso números de orden, que indican con cuánto método disponía sus documentos.»
Á pesar de los abultados volúmenes que la Duquesa ha publicado en poco más de un año, sólo en las vitrinas aun quedan muchos otros documentos autógrafos ó con firma autógrafa de históricos personajes y de diferentes tiempos, alternando con objetos curiosos de diversa clase y excelencia.
De estos últimos, bueno será mencionar aquí los siguientes: «Sello en lacre con retrato de Felipe II, probablemente por Pompeo Leoni; Hierro de Lanza de Carlos V; Bastón de mando de D. Fernando de Castro, Conde de Lemos (1592), que tiene los nombres de los regimientos con letras de oro; Plano iluminado, con multitud de figuras, de la batalla de Montconcourt (1569); Sellos de plomo, algunos á flor de cuño, de Alfonso X y demás Soberanos, y otros sellos de placa y de cera; Privilegios rodados, con ruedas de oro y colores, lujosísimas; Pergaminos con orlas de miniaturas finísimas de códices de los siglos XV y XVI, y Esmaltes y Miniaturas, en medallones, con retratos de inestimable valor.
En cuanto á los documentos no publicados hasta ahora, que existen en las vitrinas, he aquí una lista completa para conocimiento de los doctos: Nuño Freire de Andrade (1428); Condestable de Castilla D. Pedro (1398); Infante de Aragón Don Enrique (1441); Conde de Lemos y de Trastamara (1444); Fray Agustín Castro (Conde de Lemos), 1632; D. García Alvarez de Toledo (el de los Gelves), 1510; Alfonso Martínez, Arcipreste de Talavera (1448); Doña Germana de Foix (1516); Fernando IV; Don Pedro _el Cruel_; Enrique II, III y IV y la mujer de éste Doña Juana; Príncipe de Viana; Don Juan II de Castilla; Don Juan II de Aragón; Reyes Católicos (Cartas autógrafas); Felipe I y Doña Juana la Loca; Carlos V; Don Sebastián de Portugal; Pío IV; Juan Federico, Duque de Sajonia (1548); Príncipe de Orange, Guillermo de Nassau (1560); Filiberto de Saboya (1565); Juan Andrea Doria (1558); Conde de Lerín, Condestable de Navarra (1469); Suero de Quiñones; Marqués de Santillana; Conde de Lemos, D. Fernando de Castro (La lealtad de España), 1367; Cisneros; Cristóbal de Castillejo; Lupercio Leonardo de Argensola; Infante Don Alfonso, hermano de Isabel la Católica; Don Juan II y Doña Blanca de Navarra (1430); Don Fadrique, segundo Duque de Alba; D. Pedro Alvarez Osorio, Conde de Trastamara (1445); Carlos III _el Noble_, de Navarra (1412); Almirante D. Fadrique Enríquez (1429); Sancho Dávila; Dux de Venecia Nicolás de Ponte (1578); _il Fratino_, famoso ingeniero al servicio del Gran Duque de Alba; Padre Nithard; Don Antonio de Oquendo (1632); D. Rodrigo Calderón; Mazarino; Mariscal de Villars; Alfonso VIII (1172); Alfonso IX de León (1210); Fueros del Concejo de San Leonardo (1220); Bula de absolución al Duque de Alba D. Fadrique (1480), y plano del Brasil, del siglo XVI.
Tales son, en suma, los tesoros descubiertos en las investigaciones llevadas á cabo hasta ahora por la entendida Duquesa. Réstale aún por explorar no escasa parte de los archivos de la Casa. Es posible que en ésta se logren nuevos y no menos felices hallazgos. Tal vez en los papeles de los Portocarreros, Señores de Moguer, se encuentren datos preciosos para la historia del descubrimiento de América. Por desgracia, entre tantos documentos conservados no ha sido dable encontrar uno solo referente á insignes protegidos de la Casa, tales como Juan de la Encina, Lope, Calderón, Santa Teresa y el egregio autor de _Don Quijote_.
No hay que decir que la iniciativa, la dirección y la obra capital en la búsqueda, examen y clasificación de los documentas corresponde á la Duquesa en absoluto. Si ha tenido auxiliares en lo tocante á cuestiones lingüísticas y paleográficas, y consultores en lo que respecta á la elección de papeles, es la misma Duquesa quien ingenuamente lo declara á la cabeza de su primer libro para conocimiento de todos. Sin tales confesiones, toda persona conocedora de esta clase de trabajos lo inferiría claramente, sin amenguar por ello lo más mínimo la magnitud de la empresa acometida y ejecutada por su esclarecida autora.
Tarea tan vasta y tan compleja es de aquellas que no pueden ser llevadas á feliz término por persona alguna, cualesquiera que sean sus condiciones de actividad y competencia. No tema, pues, la inteligente y laboriosa Duquesa que la crítica digna de este nombre deje de reconocer y admirar nunca sus especiales aptitudes y señalados merecimientos. Y si la ignorancia ó la envidia los desconocen, descanse en la magnanimidad de sus pensamientos, recordando, al par, que
De altos espíritus es Aspirar á empresas altas, Y ver con dolor las faltas De los que muerden sus pies.
Para concluir: la Duquesa de Alba es la primera señora española cultivadora de los estudios históricos en sus fuentes primarias, en los documentos. Esta sola singularidad le daría, por propio derecho, lugar aparte en la historia de nuestras letras. Hemos tenido y tenemos pensadoras, poetisas, novelistas, escritoras de historia; lo que no teníamos era investigadoras de primera mano en el campo de las ciencias históricas. La Duquesa de Alba es la primera, y hasta ahora la única. ¡Ojalá que su ejemplo encuentre imitadoras é imitadores en la alta clase á que pertenece! Que al menos hagan organizar sus archivos y los abran luego á los estudiosos, si carecen de vocación para ordenarlos y examinarlos por sí mismos, y publicar sus joyas como hace la Duquesa.
Fuera de España, en las naciones latinas sólo conozco un caso parecido al que la dama española nos ofrece: la italiana Condesa Lovatelli, hija del Duque de Sermoneta. Y digo parecido, en cuanto que una y otra Condesas se dedican á los estudios históricos, si bien en orden distinto de estos estudios: la Condesa de Siruela, al de los documentos; la Condesa de Lovatelli, al de las inscripciones, mosaicos antiguos y objetos arqueológicos. La distinguida autora de _Antichi monumenti illustrati_ es hoy la primera y única señora que ha tenido el honor de ingresar, como Académica de número, en la Accademia dei Lincei, Instituto de Italia, en la Sección correspondiente á nuestra Real Academia de la Historia. ¿Ingresará en ésta la Duquesa de Alba? Que lo tiene merecido, y en grado eminente, nadie puede ponerlo en duda. Cuente desde ahora con mi voto la señora Duquesa de Alba.
[Ilustración]
EL MAESTRO LEBRIJA Y EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
Pocos días después que salieron de Palos las naves descubridoras, el 18 de Agosto de 1492, veía la luz pública, en Salamanca, un libro que, á juzgar por su título, no parecía guardar relación alguna con la empresa de Colón y los españoles: la _Gramática de la lengua castellana_ del maestro Antonio de Lebrija.
Al cabo de cuatro siglos, la obra del viejo humanista yace en tal olvido, que ni siquiera ha logrado recuerdo alguno de los doctos en el IV Centenario de su publicación, con saberse á ciencia cierta el año, el mes, hasta el día en que fué terminada, viniendo como vienen declarados al final del mismo libro en los términos siguientes: «_Acabóse este tratado de grammatica que nuevamente hizo el maestro Antonio de lebrixa sobre la lengua castellana. En el año del salvador de mil e CCCCXCII á_ XVIII _de Agosto. Empresso en la mui noble ciudad de Salamanca._»
Mucho ha contribuído, sin duda, á semejante olvido la extremada rareza de los ejemplares que quedan, así de esta edición como de la contrahecha que se publicó más tarde, á mediados del siglo xviii, en sentir del autor de la _Tipografía Española_. Á excepción de nuestra Biblioteca Nacional, que ha llegado á reunir tres, rarísima es la Biblioteca española que posee algún ejemplar, bien de la primera, bien de la segunda de dichas ediciones. No existe ninguno en Salamanca, donde salió á luz y en cuya Universidad fué catedrático el sapientísimo filólogo.
En cuanto al extranjero, sube de punto la rareza de los ejemplares. En Alemania, el fundador de la novísima filología neolatina, el gran Federico Diez, no pudo proporcionarse ninguno. Puedo decir que, en mi visita á la Biblioteca de la Universidad de Bonn, no encontré ejemplar alguno, ni entre los libros de la Biblioteca particular de Diez, adquirida por aquel centro, ni entre los fondos especiales de la Biblioteca universitaria. Vióse obligado Diez á hablar siempre de referencia de nuestro libro, cuyo conocimiento directo hubiérale sido utilísimo.
Tocante á Italia, me bastará decir que he visto un solo ejemplar, por cierto de la primera edición y en excelente estado, en la Biblioteca Ambrosiana, de Milán. Y por lo que á Francia respecta, debo asegurar que no logré ver ninguno, no ya en las diferentes Bibliotecas provinciales que visité, sino en todas las de París, que recorrí detenidamente, una por una, en compañía del ilustre profesor del Colegio de Francia Mr. d’Arbois de Jubainville, precisamente con objeto de consultar nuestro libro para el trabajo de que hablaré más adelante.
Muy diversa suerte ha tenido la _Gramática latina_ del gran humanista, que aun hoy mismo sirve de texto en algunos centros de enseñanza en España y América. Es cierto que otras obras de nuestro autor figuran ya únicamente en las Bibliotecas, consultadas de vez en cuando por algún que otro erudito; pero no es menos cierto que se tiene mayor noticia de ellas que de la _Gramática castellana_, la cual ni ha vuelto á ser impresa, ni ha sido objeto nunca de estudios especiales, y, lo que es más, ni siquiera ha sido examinada, tanto en las bibliografías generales como en los estudios biográficos referentes al insigne polígrafo. Nicolás Antonio, y Salvá, por toda noticia, registran su título solamente; Gallardo no la cita; Méndez y Clemencín incurren en errores al mencionarla, y Muñoz, en su _Elogio_ del sabio maestro, encaminado, como nos dice, «á dar á conocer el mérito de Antonio de Lebrija, rectificar el concepto que de él se ha tenido comunmente, y en sus estudios, escritos y enseñanza proponer la norma que deberán seguir los literatos, si quieren serlo de verdadero nombre, para bien suyo y de sus semejantes», olvida sus merecimientos como padre y fundador del estudio de la lengua castellana, y con él de la moderna Gramática neolatina, dentro y fuera de España.
Fué Lebrija, en efecto, el padre y fundador del estudio de la lengua española. «_Esta, hasta nuestra edad,_ escribía, _anduvo suelta é fuera de regla; é á esta causa a recebido en pocos siglos muchas mudanças._» Al acometer tal empresa no obró Lebrija, como suponen algunos, por encargo de la Reina Católica, ni tampoco, como otros han dicho, á petición de las damas de la gran Reina, «que quisieron también cultivar sus entendimientos.» Los autores de tales especies han probado cumplidamente que no habían leído siquiera el Prólogo de nuestro libro, pues en él nos declara su autor una por una las causas que le movieron á escribirlo, y la primera de todas (habla Lebrija) «_porque mi pensamiento é gana siempre fué engrandecer las cosas de nuestra nación_.» Sólo el más puro y generoso patriotismo podía inspirar, en efecto, empresa de esta índole. Por eso son aún más sensibles la ingratitud y el olvido que ha tenido en recompensa.
Dedicó nuestro autor su libro á la Reina Católica, su constante favorecedora. Por su mandado había compuesto antes unas _Introducciones latinas_, «contraponiendo línea por línea el romance al latín.» Buscaba ahora el patrocinio de su augusto nombre contra las envidias, injusticias y malquerencias de sus émulos; que hartos tuvo, como no podía menos de tener maestro de tan extraordinarias cualidades y merecimientos.
Doloroso es decirlo: la gran Reina no dió pruebas, en este caso, de su penetración acostumbrada. Cuando Lebrija le presentó en Salamanca su libro, Doña Isabel, lejos de comprender desde luego su necesidad y alcance, _me preguntó_ (cuenta Lebrija) _que para qué podía aprovechar_.» Entonces (prosigue el maestro) «el mui reverendo padre Obispo de Ávila me arrebató la respuesta, é respondiendo por mí, dixo: Que despues que vuestra alteza metiesse debaxo de su iugo muchos pueblos bárbaros e naciones de peregrinas lenguas, é, con el vencimiento, aquellos ternían (_tendrían_) necessidad de recebir las leies que el vencedor pone al vencido é con ellas nuestra lengua, entonces, por esta mi Arte, podrían venir en el conocimiento della, como agora nosotros deprendemos (_aprendemos_) el arte de la gramática latina para deprender el latin.» ¿Cabe imaginar respuesta más elocuente y decisiva?
Ó mucho me engaño, ó en esa misma respuesta hay algo, tal vez, que toca al descubrimiento del Nuevo Mundo, que importa precisar en lo posible. Desde luego las palabras _pueblos bárbaros e naciones de peregrinas lenguas_ no parecen muy adecuadas tratándose de pueblos europeos, á los que en modo alguno convenía el dictado de _bárbaros_, ni tampoco enteramente el de _peregrinas_ á sus lenguas: diríase que se referían á otros pueblos y naciones. ¿Las del Nuevo Mundo? Pero éste estaba aún por descubrir cuando ocurrió la escena que acabamos de contar. Pasó ésta en Salamanca, como nuestro gramático nos dice, aunque sin mencionar la fecha. Las estadas de la Reina Católica en la ciudad salmantina anteriores á la publicación de nuestro libro, que hasta hoy se conocen, corresponden á los años 1486 y 1487, en los cuales parecía generalmente incierto el pensamiento del futuro descubridor.
Por otra parte, Lebrija no parece referirse á esos años, sino á fecha reciente, á 1492, cuando, terminado su libro, trataba de su publicación. Ahora bien: en 1492 la Reina Isabel permaneció en Granada hasta fines de Mayo. Desde entonces hasta el 10 de Agosto, en que se sabe que estaba en Barcelona, nada nos dice de su residencia en otras partes el curioso _Memorial ó registro breve_, de Galíndez de Carvajal, _de los lugares donde el Rey y Reina Católicos estuvieron de 1468 en adelante_. ¿Estuvo la Reina alguna vez en Salamanca en ese tiempo, esto es, por los meses de Junio y Julio? Es de advertir que, aunque Galíndez de Carvajal no lo consigna en su _Registro_, es indudable que en Junio estuvieron los Reyes en Guadalupe. ¿Estarían de igual modo en Salamanca? Aclarada esta cuestión, quedarían resueltas las demás.
En caso afirmativo, bien pueden ser interpretadas como alusivas á los futuros descubrimientos y conquistas de nuevas tierras y pueblos y naciones bárbaras las frases que examinamos, como cosa posible y esperada en días en que la Corona de Castilla había ya aceptado la empresa del gran navegante. De otro modo, no cabe ver en ellas sino referencias generales á la dilatación del imperio de España en otros pueblos y naciones, calificadas de bárbaras en el sentido de extrañas ó extranjeras.
Es de tener también en cuenta, si no como hecho probado, como verosímil al menos, que el maestro Lebrija, por sus conocimientos, no sólo en las letras clásicas, sino en otras muchas y distintas ramas del saber, así como por el alto aprecio en que era tenido, justamente, por los Reyes, el Cardenal Mendoza y otros personajes de la corte, parecía naturalmente llamado, como pocos, á ser oído y consultado en lo tocante á los fundamentos científicos de los proyectos de Colón, bien particularmente, bien en el seno de la Junta encargada de examinarlos. Y en este caso, ¿cabría contar al sabio maestro, al innovador por excelencia de aquellos tiempos en los estudios y en las ciencias, entre los que en nombre de la tradición y la rutina fueron adversarios decididos de las novedades colombinas? En manera alguna.
De todos modos, con ó sin referencias ni relaciones inmediatas con el descubrimiento del Nuevo Mundo, el libro de Lebrija venía á satisfacer una necesidad de primer orden y en los instantes más oportunos y adecuados. El imperio español tocaba ya entonces al período de su mayor grandeza, y con él la lengua española: era llegado el momento de fundar el estudio de esta lengua.
Después de cuatrocientos años, mucho de lo que dejó escrito el viejo filólogo, ó está en pie todavía, ó es de útil recuerdo y consulta. Si su tecnicismo gramatical, sus teorías en algunas cuestiones, las ortográficas especialmente, ó sus doctrinas sobre puntos históricos, bien del lenguaje en general, bien del idioma castellano, han envejecido, en cambio en materias fonéticas y sintáxicas hay no poco aprovechable, cuando no vigente, en nuestros propios días. Ya el mismo Lebrija estaba seguro de que podrían superarle los gramáticos posteriores, como superados fueron los padres de la gramática griega y latina; pero, como fundadamente escribía, «_á lo menos fué aquella su gloria é será nuestra: que fuemos_ (fuimos) _los primeros inventores de obra tan necesaria_.»