España y América

Part 6

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le dice Don Fernando, anticipando á Colón el ducado que no llevaron hasta bastantes años después sus descendientes. Duplícale también las armas que el verdadero Rey Católico le concediera, otorgándole.

Dos castillos, dos leones,

* * * * *

Y aquí, Senado, se acaba La historia del Nuevo Mando.

Si no tuviera Lope otros títulos que presentar á la admiración de las edades que el de autor de esta comedia, medrada sería la gloria del _Fénix de los Ingenios_. Bien es verdad que no han sido mucho más afortunados los demás dramaturgos españoles y extranjeros. Si en alguna de las obras de éstos podemos hallar más poesía, en cambio la verdad histórica suele salir peor librada que en las escenas que acabamos de examinar. De todos modos, fuerza es decirlo, la gigantesca figura de Colón y su asombrosa empresa no han tenido hasta el día intérpretes de primer orden en el teatro. Dudamos que los tenga en lo futuro, y no tanto por carencia de facultades en los poetas, cuanto por la índole y grandeza del asunto. Lo mismo sucede con la epopeya y por iguales causas.

[Ilustración]

LA PATRIA DE COLÓN

La debatida cuestión del pueblo en que vino al mundo Cristóbal Colón está juzgada en España desde su principio por fe cumplida en la declaración de quien mejor podía resolver las dudas. «_Siendo yo nacido en Génova_--dijo--_vine á servir aquí en Castilla_.... De Genova--repitió--noble ciudad y poderosa por la mar.... _de ella salí y en ella nací_.» Con estas palabras, americanista tan entendido como el Sr. Fernández Duro respondía cumplidamente, hace dos años, á los defensores de supuestas patrias colombinas.

¿Qué ha ocurrido de entonces acá, para que el ilustrado autor de estas palabras abandone, de pronto y en absoluto, la causa de Génova, declarándose resueltamente partidario de una de aquellas pretendidas patrias, la ciudad de Saona? ¿Acaso el hallazgo de la fe de bautismo del gran navegante, ú otro documento análogo, capaz de dar al traste con la autoridad de _quien mejor podía resolver las dudas_? ¿Ó es que ha resultado apócrifa y supuesta la escritura que contiene las declaraciones atribuídas á Colón? Solamente en uno ó en otro caso, esto es, demostrando que Colón no dijo que había nacido en la ciudad de Génova, ó probando que mintió al decirlo, es como cabe abandonar fundadamente la causa de Génova, para abrazar la de Saona ó de cualquier otra de las innumerables poblaciones que pretenden haber dado nacimiento al descubridor del Nuevo Mundo.

Veamos ahora si se encuentran en uno ó en otro caso las probanzas recientemente aducidas en pro de Saona. Contiénense en un elegante y erudito opúsculo de D. Francisco R. de Uhagón, intitulado _La Patria de Colón según los documentos de las Órdenes militares_. Bien concluyentes ha debido juzgar el Sr. Uhagón las pruebas deducidas de estos documentos, para acabar como acaba su folleto con estas palabras: «No debe discutirse más en este asunto; la materia está agotada, el problema histórico resuelto.... Digamos con la autoridad de cosa ya juzgada: _Colón nació en Saona_.»

En consonancia con tales juicios, escribía después el Sr. Fernández Duro: «Habrán, pues, de estimarse el hallazgo del Sr. Uhagón y su obra divulgadora entre los más felices resultados de investigación del Centenario, por darlo definitivo, resolviendo documentalmente uno de los problemas históricos más enredados.»

Declaro sinceramente que al leer unas y otras palabras, las del autor del hallazgo y las de su docto padrino, antes de acometer de lleno la lectura del precioso opúsculo me sentí poseído de alegría y tristeza á un tiempo: la alegría que toda nueva verdad inspira; la tristeza del desengaño sufrido, tanto mayor en este caso, cuanto que el engañador resultaba ser nada menos que Colón en persona. ¡Colón falsario! Era ya la única acusación que le faltaba, para haber sido objeto de todas. Sólo que las anteriores se dirigían al genio, al sabio, al marino, al descubridor y al gobernante, y esta nueva al hombre, acusado de embustero.

Pero leí después el folleto; lo estudié detenidamente, y ¡cuál no sería mi asombro al observar que me sentía más colombino que nunca, y más que nunca creyente en la veracidad del glorioso navegante! No: Colón no había mentido al decir que nació en la ciudad de Génova. Contra su testimonio no resultaba en el folleto en cuestión ningún otro superior y decisivo, como vamos á ver.

Se trata de las pruebas de nobleza que hizo D. Diego, nieto de Colón, para el hábito de Santiago. En esta _Información_, con fecha 8 de Marzo de 1535, declararon como testigos Pedro Arana, el Licenciado Rodrigo Barreda y Diego Méndez. Preguntados que fueron acerca de la patria de D. Cristóbal, respondieron: Arana, que «_oyó dezir que hera ginoves, pero que no sabe dondés natural_;» Barreda, que «_oyó decir que era de la senioria de Genova, de la cibdad de Saona_;» y Méndez, que «_hera natural de Saona ques una villa cerca de Genova._» Á estas respuestas se reducen, en suma, las famosas pruebas. Ó en otros términos: tres testigos, de referencia los tres, comienzan por no estar de acuerdo en materia que por sus declaraciones se da por resuelta: uno declara ignorar el lugar de nacimiento de Colón; otro, que _oyó decir_ que fué Saona; y el restante testigo, aunque dijo que era de Saona, sin mencionar que lo había oído decir, bien claro se sobrentiende que hablaba de oídas, en el mero hecho de no referirse en su respuesta á otra clase de fuentes ni de pruebas.

Nótese también que Diego Méndez, que fué también grande amigo de Colón y uno de sus más leales servidores, no dice haber oído de labios de Colón que era de Saona. Si lo hubiera escuchado de boca del descubridor, lo habría dicho, sin duda, como argumento y razón de su aserto. Referíase, pues, como el Licenciado Barreda, á las voces que corrían entonces sobre la patria de Colón, sobre todo entre sus compatriotas, los cuales, como refiere Fernández de Oviedo, unos decían que fué Saona, otros que Nervi, y otros que Cugureo; _lo que por más cierto se tiene_, añadía Oviedo. En cambio, Gallo, Geraldini, Senarega y Toglietto, contemporáneos todos de Colón, se inclinaron á Génova, como Galíndez de Carvajal, antes que nuestros testigos, y Cieza de León, después, se pronunciaron en favor de Saona. Como se ve, Génova, Saona y Cugureo tenían entonces partidarios decididos y especiales. ¿Qué extraño, pues, que Méndez y Barreda siguiesen el bando de los de Saona, como otros los de Génova y Cugureo? Sus declaraciones, ni añaden ni quitan nada á lo conocido. Eco de lo que habían oído decir, ni inventan ni prueban nada. Dos votos más, á lo sumo, en pro de Saona, si esta cuestión se resolviera simplemente por votos y no por razones y probanzas.

Con mejor acuerdo, los primitivos historiadores de Indias, Pedro Mártir de Angleria, Bernáldez y Fernández de Oviedo, como más tarde Las Casas, careciendo de pruebas auténticas, no se resolvieron por ninguna de las citadas patrias. Y esta sería, aun hoy mismo, la resolución más prudente, en presencia de tan diversos y contradictorios pareceres, si quien mejor podía sacarnos de duda no lo hubiese hecho ya va para cuatro siglos, el 22 de Febrero de 1498. En la escritura de _Institución del Mayorazgo_, á más de esta frase: _siendo yo nacido en Génova_, encontramos la cláusula siguiente, que importa transcribir á la letra:

«Item: mando al dicho D. Diego, mi hijo, ó á la persona que heredare el dicho Mayorazgo, que tenga y sostenga siempre _en la Ciudad de Génova_ una persona de nuestro linage que tenga allí casa e muger, e le ordene renta con que pueda vivir honestamente como persona tan llegada á nuestro linage, y haga pie y raiz _en la dicha Ciudad_ como natural della, porque podrá haber _de la dicha Ciudad_ ayuda é favor en las cosas del menester suyo, PUES QUE DELLA SALÍ Y EN ELLA NACÍ.» ¿Se quiere declaración más precisa y terminante?

Sólo la prueba de falsedad de la escritura que la contiene podría invalidarla. Y ni esta prueba ha existido nunca, pero ni fundado recelo de que pudiera ser falso dicho documento. Confundiéndolo lastimosamente con el testamento otorgado por Colón en Valladolid, y éste á su vez con el apócrifo y supuesto _Codicilo militar_ del marino genovés, ha podido escribir algún autor italiano que era apócrifa la declaración de Colón como contenida en el _strombazzato testamento_. En honor de la verdad, ni el Sr. Uhagón ni el Sr. Fernández Duro han incurrido en tan graves errores. Y era así de esperar, teniendo en cuenta que ya el insigne Navarrete, al publicar la Institución del Mayorazgo, escribía que, aunque no había disfrutado el original ni copia legalizada en toda forma, «no tenemos motivo fundado--son sus palabras--para desconfiar de la legitimidad de este documento, que ha sido varias veces y desde antiguo presentado en juicio ante los tribunales y nunca convencido de apócrifo ó supuesto.»

Pero concedamos por un momento que tal declaración no existiera ó que fuese apócrifa, que no es poco conceder: ¿quedaría por eso resuelta la cuestión en favor de Saona y en contra de Génova, Nervi, Cugureo y tantas otras pretendidas patrias de Colón? Y no se diga que Saona tiene de su parte la declaración de Diego Méndez y toda una _información de nobleza_; porque ni tales informaciones son de aquellos documentos que mayor fe merecen, ni en el dicho de Méndez concurren tampoco circunstancias singulares de autoridad sobre los de los partidarios de otras patrias colombinas.

Quien, como yo, ha manejado las pruebas de nobleza de muchos hombres ilustres, precisamente para el mismo hábito de Santiago; quien ha visto, entre otras, las de Pizarro, cuya bastardía no parece en ellas por ninguna parte; las de D. Nicolás Antonio, cuyos abuelos, mercaderes, figuran como caballeros hijosdalgo de la más limpia y encumbrada nobleza, y, sobre todo, las de Velázquez, en las cuales nada menos que _setenta y cuatro testigos_ declaran á una que el egregio autor de _Las Meninas_ pintaba únicamente «por hacer gusto y obedecer á Su Majestad para adorno de su Real Palacio», no puede conceder á esas probanzas, sólo por titularse tales, la autoridad decisiva é inapelable en lo histórico, como en lo jurídico, que el señor Uhagón, Ministro del Tribunal de las Órdenes Militares, les concede. Ya Morobeli de Puebla, en escrito de su puño y letra, elevado al Consejo de las Órdenes, tronaba contra las hidalguías que llama _de trapos_, hablando lisa y llanamente de _testigos comprados_ y «_de otras mañas que se suelen usar en estas pruebas_.» En cuanto á las de D. Diego Colón, que examinamos, ¿qué pruebas de nobleza son esas, en que bastan las declaraciones de tres testigos para resolverlo todo?

En cuanto á la autoridad de Diego Méndez, yo no pondré frente á ella la «_pesquisa hecha contra el Alguacil mayor de la Isla Española Diego Méndez_», que ha creído curioso sacar á luz, en su importante libro _Autógrafos de Colón y papeles de América_, la ilustre Duquesa de Alba, «por cuanto aquél, en su testamento, otorgado en Valladolid, asegura que no obtuvo, á pesar de las promesas de Colón y de su sucesor, el alguacilazgo de dicha Isla.»

No quiero entrar tampoco en el examen de este documento, ni siquiera en el de la acusación de falsario que se deduce de las palabras transcritas. Consideraré á Diego Méndez, como sus padrinos pretenden, esto es, como «honrado caballero y buen cristiano, incapaz de decir bajo juramento una cosa por otra; declaró ser Don Cristóbal natural de Saona; pues por cierto lo tuvo.» Perfectamente, añadiremos nosotros: lo tuvo por cierto del mismo modo y con iguales fundamentos que otros honrados caballeros y buenos cristianos como él tuvieron por cierto igualmente que Colón nació en Cugureo, en Nervi, en Génova, ó en otras partes de la antigua Señoría. Pero en estas cuestiones no se trata de si es ó no buen cristiano ni honrado caballero; se trata de verdades históricas, y de las pruebas y fundamentos en que descansan.

Por otra parte, después de decirnos Colón cuál fué su patria, ¿cabe sostener sin pruebas en contrario el simple dicho de Méndez ni de nadie? Aun en el terreno mismo en que se quiere colocar la cuestión, si la autoridad de Méndez proviene únicamente de ser honrado caballero y buen cristiano, ¿es que Colón no fué igualmente caballero honrado? Y sobre todo, ¿cómo se acredita que sabía Méndez mejor que Colón dónde este había nacido?

Así, pues, los _documentos de las Órdenes Militares_, lejos de venir á resolver una cuestión siglos ha fallada por sentencia firme, han venido á enredarla de nuevo, ofuscando aparentemente y por el momento las nociones sólidas y positivas que, afortunadamente, poseíamos. ¡Ojalá que todas las cuestiones colombinas fueran tan claras como la de la patria del gran navegante!

[Ilustración]

ESPAÑOLISMO DE COLÓN

A la terminación de las fiestas onubenses de Agosto, salieron para Cádiz, á bordo de _El Piélago_, los Almirantes de las escuadras italiana, portuguesa y española. íbamos con ellos los individuos de la Comisión encargada de examinar los archivos gaditanos, para escoger los documentos que debieran figurar en la Exposición Hispano-Americana. La Compañía Transatlántica nos obsequió espléndidamente, como acostumbra. Llegó, en el banquete, la hora de los brindis: húbolos entusiastas, señaladamente los de los italianos y portugueses. La bondad del Almirante español, mi respetable amigo D. Zoilo Sánchez Ocaña, me concedió la honra de responder á estos brindis, á nombre de los españoles: «Brindo, dije, por las tres patrias de Colón: la de su nacimiento, Italia; la de su iniciación, Portugal; la de su gloria, España.»

De éstas, las verdaderamente patrias, las que Colón amó como tales, reservando para ellas los tesoros de sus afectos y memorias, fueron, á no dudarlo, Italia y España, ó, en términos exactos y precisos, Génova y Castilla: el cariño por la una fué siempre compatible, como era natural y debido, con el amor de la otra, así en su corazón como en los hechos de su vida.

Pero la patria castellana, después del descubrimiento, había de ser para él la principal, y lo fué seguramente. En 1498, en la _Institución del mayorazgo_, lo consignaba así, del modo más explícito y terminante. He aquí sus mismas palabras: «Item: mando al dicho D. Diego (su primogénito), ó á quien poseyere el dicho mayorazgo, que procure y trabaje siempre por la honra y bien y acrecentamiento de la ciudad de Génova, y ponga todas sus fuerzas e bienes en defender y aumentar el bien e honra de la república della, _no yendo contra el servicio de la Iglesia de Dios y alto Estado del Rey ó de la Reina, nuestros Señores, e de sus Sucesores_.» Nada, pues, más justo que mantener vivo el afecto de su tierra natal, pero colocando sobre este afecto la Religión y España. No fué, pues, Colón, ni renegado del país donde nació, ni ingrato y desleal con su nueva patria. La compatibilidad de ambos afectos, así como el orden y subordinación que entre uno y otro establece honran sobremanera á la justicia y nobleza de su alma.

¿Existieron igualmente ese orden y esa subordinación en los hechos del primer Almirante de las Indias? Ó en otra forma: ¿fué siempre Colón fiel á sus Reyes, á su patria adoptiva? No vacilo en responder afirmativamente, sin reservas ni limitaciones de ningún género, sino del modo más estricto y categórico. Si en dos ocasiones distintas fué tachado de desleal y traidor por la malicia y malquerencia de algunos, la primera cuando arribó á Lisboa al regreso de su primer viaje, diciéndose que había ido allí para dar las Indias al Rey de Portugal; la segunda cuando fué despojado por Bobadilla del gobierno de la Española, suponiéndose, entre otros cargos, que había tratado de alzarse con la soberanía de las islas, bien pronto se vió, en el primer caso, que no había ido á Lisboa con tal propósito, ni siquiera por obra de su voluntad, sino de la tormenta que allí le arrojó sin velas. Y por lo que toca al segundo, no cabe en manera alguna poner en tela de juicio la lealtad del Virrey de la Española á sus Reyes y á su patria castellana; el mismo P. Las Casas, que tan duramente censura otros actos del Almirante, es el primero en reconocer y proclamar resueltamente su intachable fidelidad. «Verdaderamente--escribía--á lo que del yo entendí, y de mi mismo padre, que con él fué cuando tornó con gente á poblar esta isla Española el año de 93, de otras personas que le acompañaron y otras que le sirvieron, _entrañable fidelidad y devoción tuvo y guardó siempre á los Reyes_.»

No sólo por gratitud, hasta por conveniencia había de obrar así el descubridor de las Indias. «¿Quién creerá--decía á los Reyes en la famosa carta de Jamaica, relación del cuarto viaje--que un pobre extranjero se hobiese de alzar en tal lugar contra V. A., sin causa, ni sin brazo de otro Príncipe, y estando solo entre sus vasallos y naturales, y teniendo todos mis hijos en su Real corte?» «Bien que yo sepa poco--escribía al ama del Príncipe Don Juan--no sé quién me tenga por tan torpe, que yo no conozca que, aunque las Indias fuesen mías, que yo no me pudiera sostener sin ayuda de Príncipe. Si esto es así, ¿adónde pudiera yo tener mejor arrimo y seguridad de no ser echado dellas del todo que en el Rey é Reina nuestros señores, que de nada me han puesto en tanta honra, y son los más altos Príncipes, por la mar y por la tierra, del mundo?» El corazón y la inteligencia, la gratitud y el buen sentido hablan de consuno y en tan alto grado en estas palabras, cerrando victoriosamente el paso á maliciosas cuanto mezquinas suposiciones: la lealtad de Colón es indiscutible. Entre sus muchas y relevantes virtudes figurará siempre, al lado de otra fidelidad no menos viva y profunda, la de sus sentimientos religiosos.

Aparte de estas consideraciones, el españolismo de Colón no estriba sólo en su lealtad acendrada, sino también en sus incomparables servicios á nuestra patria. «Yo vine--escribía--con amor tan entrañable á servir á estos Príncipes, y he servido _de servicio de que jamás se oyó ni vido_.» Y, en efecto, ¿qué servicio de la naturaleza del suyo? Pudo añadir, igualmente, que fué el mayor servicio que España ha recibido, no ya de extranjero, pero de los nacidos en tierra española.

Dícenos la leyenda que Colón comenzó á ser español desde el punto y hora en que fué objeto de sus amores la cordobesa Beatriz Enríquez. Nada más inexacto. Embarazada estaba doña Beatriz cuando su amante, que no su esposo, andaba en tratos todavía con el Rey de Portugal, sin pensar, pues, en reservar á España su empresa por el hecho de ser su amada española. Colón, consagrado al servicio de una idea, no podía considerar como nueva patria sino á la nación que le ayudase á ponerla por obra, y desde el instante mismo en que comenzase esta ayuda. El primer Almirante de las Indias principió en realidad á ser español el día en que unió para siempre su suerte á la de España en las famosas Capitulaciones de Santa Fe. Desde entonces Colón y España son términos inseparables, porque sólo unidos dan nombre al acontecimiento capital á un tiempo de la vida de Colón y de la vida de España.

El nombre mismo de _Colón_ es vocablo español exclusivamente. El _Colombo_ italiano, pasando por las formas _Colomo_ y _Colom_, llegó á ser definitivamente el _Colón_ castellano. Diríase que las alteraciones y cambios de la palabra italiana representan al vivo las transformaciones mismas operadas en el navegante genovés hasta su plena naturalización en la tierra castellana. Aun sin tener en cuenta otras muchas consideraciones, baste recordar aquí el hecho de que el gran descubridor llegó de tal manera á abandonar, por la nuestra, la lengua de sus padres, que en castellano escribía á sus mismos compatriotas genoveses.

_Española_ apellidó Colón á la que juzgó más hermosa y principal de las islas descubiertas en el primer viaje. Sin tomarse el trabajo de leer en el _Diario_ del Almirante las razones que tuvo para darle tal nombre, y la genuina significación de éste, en abierta contradicción con la verdad de la Historia, por pura fantasía se ha llegado á decir que dicho nombre podrá ser debido al acaso, á la casualidad, á un capricho ó á un sentimiento de intuición, adivinación ó inspiración; pero es lo cierto que con él quedó impreso, en el descubrimiento de América, el sello de consagración de la unidad de España, desde el momento mismo en que Colón no dió á aquella isla el nombre de castellana, sino el de española. Ahora bien: este nombre no fué debido al acaso ni á ninguna de las supuestas causas que se indican por los autores de la flamante especie. Es Colón quien nos dice en su _Diario_ que aquella isla tenía «_unas vegas las más hermosas del mundo y cuasi semejables á las tierra de Castilla_.....; _por lo cual_, añade, _puse nombre á la dicha isla, Isla Española_.» Como se ve, para Colón Castilla y España, español y castellano, eran términos idénticos. Éranlo también en su época y aun hoy día, en muchos conceptos. Así, por ejemplo, _lengua castellana_ y _lengua española_ son voces equivalentes y de igual significación. Del mismo modo, en la época de Colón se decía indistintamente _Rey de España_ y _Rey de Castilla_, ó _Rey de Castilla y León_. _Cardenal de España_ era apellidado D. Pedro González de Mendoza, y España aquí ni tenía ni podía tener entonces otro sentido que sinónimo de León y Castilla, como _Castilla_ á secas denotaba juntamente ambos reinos. En documentos mismos de los Reyes Católicos, al hablar de Santiago, se le llama unas veces _Patrón de España_ y otras de _Castilla y León_, como frases idénticas.

Ni Colón podía haber dado otro alcance al nombre de Española que el que él mismo nos refiere, no sólo en las palabras transcritas, sino en otros muchos pasajes de su _Diario_. Por Castilla partió á descubrir; por Castilla tomó posesión de las tierras descubiertas. El título de Almirante le fué conferido «según e como los llevan é acostumbran llevar el nuestro Almirante mayor de los nuestros Reinos de Castilla», dicen los Reyes en el título original, su fecha 30 de Abril de 1492. Las armas que le dieron los mismos Reyes en 20 de Mayo de 1493 fueron un Castillo y un León. Y según su hijo D. Fernando, de orden del Rey Católico se le puso al morir, por epitafio, la consabida letra:

Á Castilla y á León Nuevo mundo dió Colón,

tan exacta y verdadera que la no menos conocida:

Por Castilla y por León Nuevo mundo halló Colón.

Las dos publican igualmente el indestructible consorcio de los nombres de Colón y su nueva patria en la empresa más grandiosa de la historia moderna. Pretender separar estos nombres, cuya unión consagraron para siempre el heroísmo de la común aventura y la gloria del común vencimiento, es tan pueril como nocivo. Los que tal hacen acreditan simplemente que desconocen ú olvidan las más elementales nociones de la justicia y de la Historia.

[Ilustración]

LA DUQUESA DE ALBA

Entre los personajes conspicuos de la corte de los Reyes Católicos que mayor y más eficaz patrocinio dispensaron á Colón, singularmente en la aceptación de sus proyectos por parte de la Reina, figura una señora, no menos ilustre por su inteligencia y sus virtudes que por su nacimiento, amiga predilecta de Doña Isabel, con la cual se crió algún tiempo y á quien prestó más de una vez señalados servicios: Doña Beatriz de Bobadilla, Marquesa de Moya.

Hoy, que se trata de honrar la memoria del glorioso navegante con la celebración del IV Centenario de su incomparable hazaña, entre las personas que de un modo provechoso y principal contribuyen á la buena obra, hay que contar, en puesto preeminente, otra señora ilustre, de la más alta nobleza de España, en quien resplandecen á un tiempo, y en feliz armonía, virtudes, entendimiento, cultura, juventud y belleza: Doña María del Rosario Falcó y Osorio, Duquesa de Alba.