Part 8
Al cabo de tantos atropellos, mi espanto se trocó en furor. Recordé que yo también tenía puños, y no flojos; y á ciegas, como estaba por la vergüenza y el despecho, comencé á esgrimir los brazos en todas direcciones, y á machacar cráneos, halláranse ó no coronados por apéndices tan ignominiosos como el que á tales malandanzas me arrastraba en aquel día infausto. Pero mi heroica resolución sólo contribuyó á que me persiguieran más y más los odios populares; los cuales, al fin, me estropearon un ojo y me rasgaron el faldón de la tuina. En tal situación logré llegar á la Ribera, que estaba, á Dios gracias, despejada de calaveras y pilletes, que todos eran unos.
Allí me atreví á contemplar entre mis manos el sombrero. ¡Cómo me le habían puesto! La copa se había derrumbado á la derecha; y como si todo él hubiese participado de la irritación en que se hallaba mi espíritu, tenía el pelo erizado, como los gatos en pelea, y hasta se me antojó que su color plomizo se había trocado en verde bilioso, como debía de ser entonces el de mi cara. Enderecé la copa como mejor pude, no por cariño, bien lo sabe Dios, y me dispuse á volverme á casa por calles solitarias.
Á poner iba en práctica mi plan, después de prender con un alfiler el jirón de la tuina, cuando distinguí un grupo de camaradas de colegio que venían hacia mí. Volé á su encuentro, ansioso de rodearme, para un evento, de corazones nobles y caras amigas. Pero me engañé miserablemente. Ellos no corrieron hacia mí con la franca cordialidad que acostumbraban cuando yo llevaba gorra. Lejos de ello, se detuvieron sorprendidos; después se miraron unos á otros, en seguida se sonrieron, luego me rodearon apostrofando irónicamente á mi sombrero, y hasta pretendió alguno de ellos _tomarle el pelo_. Este desengaño me aplanó. Prometí solemnemente romper el bautismo al que tocase la copa maldecida; y por consejo de los mismos, que parecieron condolerse de mi situación cuando se la referí detalladamente, me dirigí á mi casa. Pero al pasar bajo el Puente de Vargas, y cuando apenas había salido del término de su sombra, una descarga de tronchazos llovió sobre mi cabeza. Al volver los ojos hacia arriba, no sin ciertas precauciones, sorprendí á mis amigos en el acto de saludarme con otra descarga. Huyeron al verse cogidos _infraganti_; y yo, jurando romperles las narices en cuanto me pusiera la gorra, metí el sombrero bajo la tuina y apresuré la marcha, prefiriendo asarme la mollera al sol, á sufrir un martirio como el pasado.
De este modo llegué á casa, donde faltó muy poco para que me solfeasen las espaldas por término de mis desventuras, pues nadie quiso creer el relato que de ellas hice; y todos se empeñaban en que las abolladuras del sombrero, y el jirón de la tuina, y la hinchazón del ojo, eran consecuencias de alguna travesura _indigna de un mocetón como yo_. ¡Pícara justicia humana!
Este nuevo _golpe_ me dio fuerzas con que antes no contaba. Entré en mi cuarto; y con el placer que puede sentir un africano al desbandullar á un sabio inglés, rasgué con el cortaplumas en cuatro pedazos la execrable copa.
--Esto--pensé,--me costará una felpa; pero me pone á cubierto de nuevas afrentas. _Sublata causa_, _tollitur efectus_,--añadí, hasta con entusiasmo, recordando algo del poco latín que sabía.
Y á pique estuve de llevar la felpa cuando se supo en casa lo que yo había hecho con el peludo regalo; pero no volví en adelante á sufrir amarguras como las de aquel infausto día; y puedo asegurar á ustedes que tenía bien cumplidos los veinte, cuando me atreví á presentarme en las calles de Santander con sombrero de copa alta.
III
Repito que no saco á plaza las aventuras de _mi primer sombrero_, por lo que ellas puedan interesar á otra persona que no sea la que iba debajo de él cuando ocurrieron. Cítolas por lo dicho más atrás; y añado ahora, que lo que me pasó á mí en el mencionado día solemne, estaba pasando en Santander á todas horas á cuantos infelices tenían la imprevisión de echarse á la calle con sombrero de copa, y sin algún otro signo característico de _persona mayor_, y además _decente_.
Como hoy se proveen los chicos de novelas ó de cajas de fósforos, entonces se proveían de tronchos de berza y de pelotillas de plátano; y había sitios en esta ciudad, como el Puente de Vargas, los portales del Peso Público, los del Principal, la embocadura de la cuesta de Garmendia y la esquina de la Plaza Vieja y calle de San Francisco, que constantemente estaban ocupados por exterminadores implacables del sombrero alto. Los pobres aldeanos de los Cuatro lugares que no gastaban, como hoy, finos y elegantes hongos, sino enhiestos tambores de paño rapado, caían incautos en estas emboscadas, que muchas veces dieron lugar á furiosas represalias.
Para estos pobres hombres, para los _señores de aldea_ y los polluelos de la ciudad, no se conocía en ésta la compasión si llevaban sombrero de copa. En tales circunstancias, no había amigo para amigo, ni hermano para hermano. Se perseguía á sus sombreros como á los perros de rabia, sin descanso, sin cuartel.
Esto es lo que se hizo conmigo el día del _Corpus_; esto lo que yo había hecho tantas veces con el prójimo; esto lo que yo alegaba ante mi familia para no ponerme el sombrero; esto lo que mi familia no quería creer... y todo esto pasaba en la ciudad de Santander, llamada ya _el Liverpool de España_, por su riqueza mercantil y pretendida ilustración, en el año del Señor de 1848, y en algunos de más acá.
Y no se ría de ello la generación que siguió á la mía, y que no sólo se encasquetó el sombrero impunemente al cumplir los catorce años, sino que le llevó al teatro, y á butaca, después de haberle lucido en la Alameda, y fumigado con el aroma de un habano de á dos reales, lujos que á nosotros nos estaban prohibidos hasta en sueños; no se ría, digo, y acepte de buena fe lo que le refiero; que más gorda se ha de armar cuando ella cuente dentro de quince años, que en el de gracia de 1868, aún estaban en gran boga en Santander las _cencerradas_ y _los gigantones_.
1868.
[Ilustración]
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LA GUANTERÍA[2] (Á SU DUEÑO Y MI BUEN AMIGO DON JUAN ALONSO)
I
Á fuer de retratista concienzudo, aunque ramplón y adocenado, no debo privar á la fisonomía de Santander de un detalle tan característico, tan popular, como la _Guantería_. Mis lectores de aquende le han echado de menos en mis _Escenas Montañesas_, y no me perdonarían si, en ocasión tan propicia como ésta, no reparara aquella falla. Tómenlo en cuenta los lectores de allende (si tan dichoso soy que cuento alguno de esta clase), al tacharme este cuadro por demasiado _local_.
Y tú, mi excelente amigo, el hombre más honrado de cuantos he conocido en este mundo de bellacos y farsantes; tú, cuya biografía, si lícito me fuera publicarla, la declarara el Gobierno como libro de texto en todas las escuelas de la nación; tú, á quien es dado únicamente, por un privilegio inconcebible entre la quisquillosa raza humana, simpatizar con todos los caracteres, y lo que es más inaudito, hacer que todos simpaticen contigo; tú, ante quien deponen sus charoles y atributos ostentosos las altas jerarquías oficiales para hacerse accesibles á tu confianza, eximiéndote de antesalas, tratamientos y reverencias; tú, que no tienes un enemigo entre los millares de hijos de Adán que te estrechan la mano y te piden un fósforo... y algo más, que no siempre te devuelven; tú, en fin, «guantero» por antonomasia, perdona á mi tosca pluma el atrevimiento de intrusarse en tu propiedad, sin previo permiso, para sacar á la vergüenza pública más de un secreto, si tal puede llamarse á lo que está á la vista de todo el que quiera tomarse, como yo, el trabajo de estudiarlo un poco.
Pero no te alarmes, Juan amigo: acaso lo que tú más estimas en el establecimiento, sea lo que menos falta me hace en esta ocasión. En efecto: yo respetaré tus cajas de guantes, tus montones de pieles, tus frascos de perfumería, tus cajones de tabacos, tus paquetes de velas, tus resmas de bulas... toda la enciclopedia industrial que se encierra en el estrecho recinto de la tienda: no colocaré mi huella profana más allá del charolado mostrador. Todo ello te pertenece; todo lo has ganado á fuerza de constancia, de trabajo y de honradez. De guantes, de pieles, de perfumería, de tabacos, de velas, de bulas... de mostrador afuera está lo que yo necesito ahora; y lo que es eso, amigo mío, todo lo voy á echar á la calle, mal que te pese, porque todo me pertenece, como el rubor de una novia á la crítica de sus amigas; todo es del público dominio, como la forma de mi gabán, por más que él me haya costado el dinero.
Conque, supuesto que no he de retroceder ya en mi propósito, dejemos toda digresión impertinente, y manos á la obra.
II
Bajo tres aspectos pudiera, en rigor, estudiarse la Guantería: el _monumental_, el mercantil y el de _círculo charlamentario_.
Bajo el aspecto primero, no ofrece gran interés que digamos: conténtese quien lo ignore, que no será, de fijo, de Santander, ni habrá permanecido en esta capital más de veinticuatro horas, con saber que está en la calle de la Blanca; que tiene el número 9 junto á un modesto tablero en que se lee _Guantería y Perfumería_, en sustitución de otro más lujoso que ostentó hasta no ha mucho con las armas reales, debajo de las cuales se leían estas breves, pero resonantes palabras: JUAN ALONSO, GUANTERO DE SS. MM. Y AA.; que al lado de esta sencilla muestra se cierne una mano, ya roja, ya verde, ya amarilla, pregonando con su expresivo bamboleo la principal mercancía del establecimiento; que de las charoladas puertas, plegadas sobre las jambas, penden multitud de cuadros anunciando _La Honradez_, _La Rosario_, _La Sociedad higiénica_, _Aceite de bellotas_, _Expendición de bulas_... y _tutti cuanti_; que el local de la tienda es reducidísimo, y que no hay arquitecto que sea capaz de fijar el orden á que pertenece... ni de meter en igual espacio la cantidad de objetos que encierran aquellos barnizados estantes.
Bajo el segundo aspecto.--He prometido no ocuparme en esta materia; y cumpliendo mi palabra, después de recomendar al público la excelencia de los géneros, paso á considerar el establecimiento.
Bajo el tercer aspecto.--Ésta es su gran fachada, la única que nos importa examinar.
Nada más común en una población de España, la patria clásica de los garbanzos y de los _corrillos_; nada más común, repito, siquiera cuente veinte vecinos, que un _mentidero_, ó sea un establecimiento público que sirva de punto de reunión á todos los desocupados. En las aldeas y villas de corto vecindario suelen serlo la taberna, la estafeta ó la botica. En las capitales hay un mentidero por cada barrio, si no por cada calle ó por cada grupo de personas que convengan entre sí en algo, siquiera en la forma del chaleco, ó en la edad... ó en no convenir en nada.
La Guantería de Santander está muy por encima de todos los mentideros del mundo; y así como en su calidad de establecimiento abruma á cuantos, de su mismo género, se atreven á iniciarse á su lado, en su calidad de círculo chismográfico resume todas las tertulias masculinas de la capital. Todos los hombres, todas las edades, todas las categorías tienen su representación en ese centro; para todos hay cabida en la elástica estrechez de su recinto, y, lo que es más extraño, las opiniones más opuestas se miran en él sin arañarse, aunque no sin regañar.
Como punto en que se reúnen todos los caracteres de la población, la Guantería es un palenque magnífico en que cada uno prueba á su gusto la fuerza de su lógica, el veneno de su sátira ó la sal de su gracejo. El que allí logra hacerse oir en pleno concurso y captarse las simpatías de los demás, ya puso una pica en Flandes: no habrá puerta que se le cierre, y está abocado á grandes triunfos en bailes y tertulias.
El primer paso que da un estudiante al terminar su carrera, antes que en la práctica de su profesión, es en el recinto de la Guantería. Allí va á estudiar _el país_, á crearse amistades, á darse á conocer. Pero que se lance á la sociedad de este pueblo desde la cátedra de una Universidad, sin entrar por la tienda núm. 9 de la calle de la Blanca: estará desorientado en los salones, violento, fuera de quicio, como un oficial _de cuchara_ en un cuerpo facultativo.
En un baile se ve un joven solitario ó, lo que aún es peor, en tibia conversación con un tipo extravagante: es que no asiste á la Guantería como tertuliano de ella. Os llama la atención otro prójimo amanerado, que en el paseo no saluda á nadie con desembarazo: pues no dudéis en asegurar que no tiene entrada en la Guantería. El que pasea en los Mercados del Muelle; el que os mira con cierta curiosidad, como si estudiase el nudo de vuestra corbata ó la caída del levi-sac; el que bosteza en la Plaza Vieja á las doce del día; los que transitan por la calle de la Blanca, muy de prisa y por la acera de los hermanos Vázquez...; en una palabra, todos los que llevan consigo cierto aire exótico y de desconfianza por las calles, plazas y paseos de esta capital, carecen del _exequatur_ del círculo de la Guantería. Esos hombres podrán ser buenos comerciantes al menudeo, ejemplares hermanos de la _Orden Tercera_, inspirados vocales de juntas de parroquia, maridos incansables, y, á lo sumo, en tiempo de efervescencia popular, reformistas vulgares, peones de candidatura; pero no otra cosa: la entrada á la buena sociedad está por la Guantería; el desembarazo, el aplomo y hasta la elocuencia, no se adquieren en otra parte... salvas, se entiende, las excepciones de cajón, pues excusado creo decir que también allí _los_ hay, y de muy buen tamaño.
En suma: la Guantería es la cátedra de todos los gustos, el púlpito de todos los doctores, la escuela de todos los sistemas... la tribuna de muchos pedantes; la escena, en fin, donde se exhiben, en toda libertad y sin mutuo riesgo, las rosas y las canas, la bilis y la linfa, el fuego y la nieve, el gorro y los blasones, el frac y los manteos; pues, como ya he dicho más arriba, en ese círculo charlamentario todas las edades, todas las condiciones, todos los temperamentos, todas las jerarquías tienen su representación legítima.
III
Sentadas estas ideas generales sobre tan famoso mentidero, tratemos de estudiarle en detalle.
Al efecto, le consideraremos en los días _laborables_, como dice la jerga técnica forense, y en los días festivos.
En el primer caso.--Se abre á las siete de la mañana, y media hora después llegan los metódicos de _mayor edad_, de ancho tórax y protuberante panza, caña de roten, corbata de dos vueltas y almohadilla, y zapato de orejas; maridos del antiguo régimen, que se acuestan á las nueve de la noche y madrugan tanto como el sol, dan toda la vuelta al Alta ó llegan á Corbán sin desayunarse. Estos señores rara vez se sientan en la Guantería: á lo sumo se apoyan contra el mostrador ó la puerta. Su conversación es ordinariamente atmosférica, municipal, agrícola, mercantil ó de política palpitante. Suelen extralimitarse á lo profano, pero con mucho pulso: matrimonios notables, y no por lo que hace á la novia, sino á la dote. Su permanencia es sólo por el tiempo que les dura caliente el sudorcillo que les produjo el paseo.
Á las ocho y media.--Pinches de graduación, tenedores de libros, lo menos, dependientes con dos PP., de los que dicen «nuestra casa», «nuestro buque», por el buque y la casa de sus amos.--Estos _suplementos_ mercantiles ya gastan más franqueza que sus predecesores los tertulianos de las siete y media: no solamente se sientan en la banqueta y sobre el mostrador, sino que, á las veces, abren el cajón del dinero y cambian una peseta suya por dos medias del guantero, ó le inspeccionan el libro de ventas, ó le averiguan las ganancias de todo el mes.--Sus discursos son breves, pero variados, gracias á Dios: muchachas ricas, probabilidades del premio gordo, tíos en América, bailes y romerías en perspectiva.--El más mimado de su principal no estará á las nueve y cuarto fuera del escritorio, por lo cual el desfile de todos ellos es casi al mismo tiempo: al sonar en el reló del ayuntamiento la primera campanada de las nueve. Son muy dados á la broma, y se pelan por la metáfora. De aquí que ninguno de ellos salga de la Guantería sin que le preceda algún rasgo de ingenio, verbigracia: «vamos á la oficina», «te convido á una ración de facturas», «me _reflauto_ á tus órdenes», «me aguarda el _banquete_ de la paciencia», y otras muchas frases tan chispeantes de novedad como de _travesura_.
Poco después que el último de estos concurrentes se ha largado, empiezan á llegar los desocupados, de temperamento enérgico; los impacientes, que se aburren en la cama y no pueden soportar un paseo filosófico. Éstos entran dando resoplidos y tirando el sombrero encima del mostrador; pasan una revista á los frascos de perfumería, y se tumban, por último, sobre lo primero que hallan á propósito, dirigiendo al guantero precisamente esta lacónica pregunta:--¿Qué hay?--Ávidos de impresiones fuertes con que matar el fastidio que los abruma, son la oposición de la Guantería, siquiera se predique en ella el Evangelio, y arman un escándalo, aunque sea sobre el otro mundo, con el primer prójimo que asoma por la puerta. Si por la tienda circula alguna lista de suscripción para un baile ó para una limosna, ¡infeliz baile, desdichado menesteroso! Por supuesto, que todas sus declamaciones no les impiden ser, al cabo, tan contribuyentes como los que más de la lista; pero el asunto es armar la gorda, y para conseguirlo no hay nada como hacer á todo la oposición. ¡Conque te la hacen á ti, Juan, cuando sostienes que tu establecimiento estaría más desahogado si ellos le desalojaran!
En medio de sus violentos discursos, es cuando suele entrar la fregona, oriunda de Ceceñas ó de Guriezo, descubiertos los brazos hasta el codo, pidiendo una _botelluca de pachulín_ para su señora; ó ya la pretérita beldad, monumento ruinoso de indescifrable fecha, que avanza hasta el mostrador con remilgos de colegiala ruborosa, pidiendo unos guantes _obscuritos_, que tarda media hora en elegir, mientras larga un párrafo sobre la vida y milagros de los que tomó dos años antes, y conservándolos aún puestos, se queja del tinte y de su mala calidad, porque están de color de ala de mosca y dejan libre entrada á la luz por la punta de sus dediles; el comisionado de Soncillo ó de Cañeda, que quiere bulas, y regatea el precio, y duda que sean del año corriente porque no entiende los números romanos, y no se gobierna en casos análogos por otra luz que la del principio montañés «piensa mal y acertarás»; la recadista torpe que, equivocando las aceras de la calle, pide dos cuartos de ungüento amarillo, después de haber pedido en la botica de Corpas guantes de hilo de Escocia; todos los compradores, en fin, más originales y abigarrados y que parecen citarse á una misma hora para desmentir, con la acogida que se les hace allí, la versión infundada y absurda que circula por el pueblo, de que los ociosos de la Guantería son «muy burlones».
Á medida que estos tipos entran y salen, nuevos tertulianos se presentan en escena sin que la abandonen los que la invadieron á las nueve. Vagos reglamentados que se visten con esmero y se afeitan y se mudan la camisa diariamente; indianos restaurados á la europea; forasteros pegajosos; estudiantes en vacaciones; militares que _están bien por sus casas_, etc., etc., y ¡entonces sí que se halla el establecimiento en uno de sus momentos más solemnes! Rumores de actualidad, política, administración, modas, gastronomía, temperatura, negocios, calidad y dinero, gustos, el boquerón del Muelle... de todo se habla y sobre todo se discute, y, lo que es peor, nadie se entiende.
Así las cosas, dan las doce y media, y entran algunos de los que salieron á las nueve. Con este refuerzo, más el de tal cual perezoso que vuelve de los jardines de la Alameda, ávido de conversación, la controversia, ó mejor dicho, las controversias van subiendo de temperatura; crece la gritería, aumenta la confusión, y el alboroto de la tertulia acaba por parecerse al de una jauría de sabuesos en la pista de un cervatillo.
Mientras tú, en tan breves como duras é inútiles palabras, llamas al orden á la tertulia, discurren por delante de la puerta ciertas parroquianas, esperando á «que se larguen los ociosos». De éstas puede asegurarse, juzgando piadosamente, que contrabandean; es decir, que quieren polvos de arroz ó _vinagrillo_... ó son excesivamente _modestas_, tienen mala dentadura, peor mano ó cualquiera de esos defectos ostensibles que obligan á vivir á las mujeres presumidas un término más atrás que sus semejantes, por no patentizarse con todos sus detalles naturales.
Óyese al fin la una; y lo que no han podido conseguir ruegos ni amenazas, lo alcanza, si bien poco á poco, el recuerdo de la sopa humeando sobre la mesa de cada tertuliano: despejar la tienda. Media hora después se cierra ésta, que, al cabo, logró diez minutos de calma y de soledad, que aprovechan algunas pudibundas parroquianas necesitadas.
Por la tarde, desde las dos y media, hora en que vuelve á abrirse, hasta las tres, apenas la visita nadie más que los mismos _pinches_ de las ocho y media, de paso para sus escritorios; y ya no entra en carácter hasta el anochecer, hora en la cual se reviste de una gravedad inalterable. La tertulia del crepúsculo la forman el apacible y prudente _señor mayor_, de vuelta del muelle de Maliaño ó de los Cuatro-Caminos; el viejo canónigo después que, aburrido de pasear en los claustros de la catedral, tomó su pocillo de aromático chocolate; el atribulado cesante, el militar retirado, el joven juicioso, ó «buen muchacho», que tiene la manía de la higiene pública ó de la policía urbana; el veterano catedrático de humanidades; el orondo rentista... y no pocas veces el gobernador civil, ó el militar, ó el alcalde... ó los tres juntos. El fondo de la conversación entonces es grave y filosófico, y rara vez se localiza una cuestión si el joven juicioso no hace una excursión por los presupuestos del municipio ó el empedrado de la capital ó tal otro ramo del ornato público, convencido de que con éstas y otras análogas materias es con lo que se prueban y se patentizan una razón bien sentada, una inteligencia exquisita y una formalidad venerable.
Esta pacífica reunión dura hasta poco después de anochecido. Una hora más tarde en el invierno, y dos en el verano, se cierra la tienda, excepto las noches de baile _de lustre_, en el cual caso la Guantería permanece abierta hasta que ha provisto sus elegantes superficialidades el último invitado ó contribuyente á la fiesta.--Desde que salen los señores de la tertulia grave hasta que se cierra la tienda, rara vez se presenta en ella cuadro que llame la atención: el tendero de al lado, el boticario de enfrente, el peluquero de más arriba... gente toda apreciabilísima, pero que, cansada de bregar con sus parroquianos, sólo desea el reposo y la quietud.--Esta ocasión es la que suele aprovechar el guantero para hacer en sus libros el balance del día, porque el guantero es hombre que lleva así sus cuentas, á fuer de honrado y precavido.
IV