Part 7
--Desengáñese usted, el teatro va en decadencia; ya no se escriben comedias como _La trenza de sus cabellos_ y _La conquista de Granada_. ¿Pues y los actores? Ahí han estado ustedes aplaudiendo á ese primer galán como si supiera lo que hace... ¡Donde estaba aquel Lozano!... ¡Ése sí que _cortaba el verso_! Parece que le estoy viendo salir, vestido de moro y á caballo, por debajo del palco del ayuntamiento. Valía más una mirada de aquel hombre, que toda esta comiquería junta.
Oyendo música, aunque no menos descontentadizos, son más lacónicos siquiera.
--¿Qué le parece á usted?--se pregunta á uno de ellos.
Y responde necesariamente:
--Hombre, yo no soy del arte; pero por más que ustedes digan, esta música está tomada, _al pie de la letra_, de «_El Hernani_».
Si le buscamos á la esquina de la plaza, se le hallará deteniendo á un transeúnte para decirle con mucho misterio:
--¿Ve usted aquella chica que está hablando con un cabo de la guarnición? Pues es la cocinera de don Ruperto Puntales: dos horas lleva ahí; he tenido la curiosidad de contarlas en mi reló. Buena andará aquella cocina, ¿eh?
Ó si no:
--Don Aniceto, una palabra: esa doncella que cruza ahora la esquina y va cargada de cartones, me parece que sirve en casa de doña Telesfora.
--Bien, ¿y qué?
--Nada, que es la sexta vez que, en hora y media que llevo en esta esquina, ha salido de ese bazar cargada de género. Sospecho que el pobre marido de su ama no hace hoy el gasto con dos mil reales. Después vendrán los apuros... y algo peor. Bien empleado les está.
En un paseo público hacen el mismo papel: comparar las galas que ven, con los caudales de quienes las lucen, y demostrar siempre, y donde quiera, que llevan el alza y baja de cuanto respira y se agita en la población.
Creo que el lector no necesita más noticias para orientarse por completo en el terreno á que he querido traerle, ni para hallar pertinente y hasta de alguna transcendencia moral la exposición de estos apuntes...
Se me olvidaba decir que los buenos muchachos son, por regla general, solteros. Si les da por casarse, son en el hogar doméstico unos tiranuelos, chismosos y cascarrabias; y esto es lo único en que varían al variar de estado.
Otro dato.--Casados ó solteros, son en política _conservadores_, de _justo medio_ y _ancha base_.
III
Si tratáramos ahora de llamar las cosas por su verdadero nombre, deduciríamos de todo lo expuesto, dentro de la más inflexible lógica, que el «buen muchacho» no es otra cosa que un quidam soberbio, entremetido, fisgón é ignorante. Escandalízase de los hombres que, sin remilgos ni estudiadas protestas de humildad, se muestran en lo que valen, y él, con la previa advertencia de que no vale nada, se atreve á meterse en todas partes para imponer su razón á los demás. Á nadie concede competencia para nada, al paso que él, confesándose el último de los hombres, se porta como si la tuviera para todo; no halla en la pluma ni en los labios de su vecino una cuestión que le parezca bastante digna de ocupar la atención pública, y al día siguiente pretende él absorberla entera sacando á plaza pequeñeces y vulgaridades de portería. Ofende á su moralidad un pecado oculto, y él, para enmendarlo, le descubre, le comenta y le propaga; no juega, no jura, no malgasta; pero, con la mejor intención, _se conduele_ á gritos de Juan y de Pedro, que juran, no ahorran y, _según sus noticias_, juegan. En suma, sus labios jamás se abren para elogiar; siempre para maldecir.
Por lo demás, el ser «buen muchacho» es un gran negocio, máxime cuando el teatro representa una población lo suficientemente pequeña para que todos nos codeemos y nos conozcamos.
El vecino de enfrente, persona que tiene el don de discurrir con alguna claridad más que la multitud, es víctima de una adversidad cualquiera, acarreada por una serie de sucesos inevitables.--Me alegro--dice el rumrum:--ese hombre lo tenía _bien merecido_; es una mala cabeza, un fatuo, un _pretencioso_.
Sucédele eso mismo á un «buen muchacho», y dice la Fama:--¡Pícara suerte, que nunca quiere proteger á los buenos!
Acúsasele por alguien de una acción poco edificante, y dice la misma señora:--¡Calumnia!... Fulano no puede ser reo de semejante delito; yo abono su conducta, porque... es un _excelente muchacho_.
Al primero se le enreda, al pasar, un botón en los flecos del chal de una modista, y doña Opinión, _la mala_, le marca con el dedo como á un desenfrenado corruptor de la pública moralidad.
Enrédasele al otro la honra entera entre los hechizos de la mujer de su vecino; asoma el escándalo la oreja, y exclama doña Opinión, _la buena_:--«¡Atrás! que es un buen muchacho incapaz de cometer tan feo delito». Si el escándalo pugna, y forcejea y vence al cabo, la mujer es la serpiente que le ha _seducido_: todo menos lastimar en lo más mínimo la _cándida_ sensibilidad de su amante.
Hay vacante un puesto que exige á quien ha de ocuparle mucho tacto y mayor experiencia, y, sin saber cómo, empieza á sonar el nombre de un buen muchacho; crece el ruido, fórmase la atmósfera, provéese la plaza en un hombre nulo ó sin merecimientos, y apenas la justicia severa se dispone á condenar la elección, grita el rumor atronador de la Fama:--Me alegro, porque el elegido es... «un buen muchacho».
Trátase de una heredera rica que se halla _en estado de merecer_, y al punto dice aquella señora:--«¡Qué buena _pareja_ haría _esa chica_ con... Fulano, que es _un gran muchacho_!». Y los ecos van repitiendo la ocurrencia, y se la llevan á la aludida, y se echa ésta á cavilar, y comienzan las embajadas oficiosas de los aficionados á la diplomacia casamentera, y aceptan la mediación las partes beligerantes, y...--«es cosa hecha»--exclama un día con aire de triunfo _la gente_.--Y añade:--«y me alegro, no solamente por el novio, que es un buen muchacho, sino por lo que van á reconcomerse _los otros_».
...«Los otros», lector, son los desheredados de la fama de «buenos muchachos», que tal vez no conocen á la novia, y que, de seguro, no han cruzado una palabra con ninguno de los que forman la opinión que tan cordialmente antipática se les presenta.
Cuando un padre sencillo reprende á su hijo por una falta propia de la edad, vuelve los ojos con envidia á un «buen muchacho»; si éstos no van al teatro más que dos veces por semana, no se puede ser hombre de bien yendo tres; cuanto en costumbres es un pecado, deja de serlo desde el momento en que le comete un «buen muchacho»; las mamás los miran con un memorial en cada ojo; las autoridades los saludan como á las mejores garantías del orden... hasta los agentes de policía los acatan y reverencian, porque ven en ellos otros tantos futuros concejales...
Júzguese ahora del riesgo que yo corro al estrellarme contra tanta popularidad... y eso que todavía no he dicho que un «buen muchacho» es necesariamente tonto de remache.
Y dirá aquí el lector cándido:--¿Cómo puede un tonto adquirir tal fama de discreto?
Y pregunto yo á mi vez á ese lector:--¿Han sido nunca otra cosa los ídolos del vulgo de levita?
Por de pronto, apuesto una credencial de «buen muchacho» á que si yo tomo de la mano á un hombre, de los muchos que conozco, que se pasan la vida luchando brazo á brazo con la adversa fortuna, sin reparar siquiera que á su lado cruzan otros más felices con menores esfuerzos; á uno de esos hombres verdaderamente discretos, verdaderamente generosos, verdaderamente honrados; apuesto, repito, la credencial consabida á que si le tomo de la mano y le saco al público mercado, no encuentro quien le fíe dos pesetas sobre su legítimo título de _buen muchacho_, título que se le ha usurpado para ennoblecer á tanto y tanto zascandil como se pavonea con él por esas calles de Dios.
Por tanto, lector amigo, y para concluir, voy á pedirte un favor: mientras no se adopte en el mundo _civilizado_ la costumbre de dar á las cosas y á las personas el nombre que legítimamente les pertenece, si por chiripa llegara yo á _caerte en gracia_ (lo que no es de esperar) y desearas darme por ello un calificativo honroso, llámame... cualquier perrería; pero ¡por Dios te lo ruego! no me llames nunca _buen muchacho_.
1867.
[Ilustración]
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EL PRIMER SOMBRERO
I
Un conocido mío que estuvo en Santander quince años ha y volvió á esta ciudad el último verano, me decía, después de recorrer sus barrios y admirar los atrevidos muelles de Maliaño, desde el monumental de Calderón:
--Decididamente es Santander una de las poblaciones que más han adelantado en menos tiempo.
Y después de hablar así del paisaje, echóse á estudiar el paisanaje, es decir, la masa popular, en la cual reside siempre, y en todas partes, el sello típico del país, el verdadero color de localidad; pero tanto y tanto resabio censurable encontró en él; tanta y tanta inconveniencia admitida y respetada por el uso; tanto y tanto defecto condenable ante el más rudimentario código de policía y buen gobierno, que, olvidado de que semejantes contrastes son moneda corriente aun en las capitales más importantes de España, exclamó con desaliento:
--¡Qué lástima que las costumbres populares de Santander no hayan sufrido una reforma tan radical como la ciudad misma!
Y el observador, al hablar así, estaba muy lejos de lo cierto; porque precisamente es más notable el cambio operado aquí en las costumbres públicas, que el que aquél admiraba tanto en la parte material de la ciudad.
Considérese, por de pronto, que los vicios de que adolecen actualmente las costumbres de este pueblo, no sólo han disminuido en número, con respecto á _ayer_, sino en _intensidad_, como diría un gacetillero hablando de las invasiones de una epidemia que se acaba; y téngase luego muy en cuenta que en todas las escenas en que hoy toma parte el llamado pueblo bajo, y en otras muchas más, figuraba antes en primer término la juventud perteneciente á las clases sociales más encopetadas.
Y no acoto con muertos, como vulgarmente se dice, pues aún no peinan canas muchos de los personajes que llevaban la mejor parte en empresas que más de dos veces degeneraron en trágicas.
Yo, que soy más joven que ellos, conocí las famosas _pedreas_ de baja-mar, en las cuales se tiraban _á muerte_ dos bandas capitaneadas por mancebos de elevada alcurnia. También presencié algunas de las sangrientas batallas que se daban frecuentemente entre los jóvenes de este pueblo y los _mozos_ de Cueto y Monte. Las inolvidables _troncadas_ que se pegaban en bahía dos lanchas tripuladas por gente de distintos bandos, y en cuyos duelos el infeliz que caía al agua no hallaba compasión ni auxilio más que entre los suyos, ocurrieron ayer, como quien dice.
No hay en Santander quien no recuerde á los insignes personajes _Tío Pipuela_, _Caparrota_, _don Lorenzo_ y otros _ejusdem fúrfuris_. Todos estos tipos pasaron aquí por locos. Yo no diré que no lo fueran; pero sí aseguro que sus excentricidades tuvieron por causa, más que una predisposición natural, la implacable persecución que los infelices sufrían de todo el pueblo, de día, de noche, en la calle y hasta en el sucio y desabrigado rincón de sus albergues.
Los socios de la _Unión soltera_ y de la _Sociedad sin nombre_, eran el terror de los tipos y la pesadilla de los legos y sacristanes; hacían, por sus travesuras, intransitables las calles en que estaban establecidas sus sociedades, y tenían por teatro de sus predilectas fechorías los bailes y paseos públicos, dejándolas sentir muy á menudo en ocasiones como el rosario de la Orden Tercera, en San Francisco, y las tinieblas de Semana Santa.
Encontrábase en la calle un grupo de elegantes, que iban de paseo departiendo sobre los más graves asuntos que cabían en sus rizadas cabezas, con el pobre _Jerónimo_, con su cara abotargada, su mirar yerto y sus brazos caídos al desgaire.
--¡Infla, Jerónimo!--le decían aquéllos, deteniéndose de pronto y rodeando al tipo.
Y éste hinchaba los carrillos, sobre los cuales iban los _pisaverdes_ descargando _papuchadas_, continuando después la interrumpida marcha, sin que á Jerónimo, ni á los transeúntes, ni aun á ellos mismos, les chocase el lance lo más mínimo; antes al contrario, creyéndole todos la cosa más natural del mundo. Como lo era detener á _Esteban_, que todavía vive, pedirle la hora, y responder el detenido, con esa cara de frío que le caracteriza: «_las tres_», aunque fueran las diez de la mañana. Como lo era también decir á _Juan_, el aguador «_alabado sea Dios_», para tener el gusto de verle hincar la rodilla y santiguarse, aunque llevara sobre la cabeza la _herrada_ llena de agua, y contestar: «_Para siempre sea alabado su santísimo nombre_», con otra retahila de que ya no me acuerdo. Como lo era, asimismo, convidar al _tío Cayetano_ á beber en un café, y darle una purga por _sangría_, ó tinta de escribir por vino de Rioja. Como lo era, en fin, prender fuego al horno de la tía _Cuca_, cuando roncaba _Mingo_ dentro de él.
Todo esto y mucho más que no cito, se consideraba entonces como _natural_, porque todo ello era en alto grado popular, penetrando la fama de esos tipos y la de su martirio hasta los más severos gabinetes de la culta sociedad.
No trato de discurrir aquí sobre si un pueblo que con tales pequeñeces se preocupa, es preferible ó no al que, como el de hoy, peca por el extremo contrario, de despreocupado y desdeñoso; sobre si las _crueldades_ cometidas entonces por la juventud llamada á encargarse de los futuros destinos de su país, revelaban mejor ó peor corazón que el que hoy debemos _suponer_ bajo la precoz formalidad que caracteriza á nuestros intonsos legisladores é imberbes periodistas. Dejo esta tarea al buen juicio del lector, y me limito á decirle que _in illo témpore_ aún no se conocían en Santander las diligencias por la carretera, y creo que ni los vapores por la bahía.
Cuando la superficie de este dormido lago comenzó á agitarse á impulso de los _nuevos aires_, la clase acomodada fué reparando poco á poco en la estrechez del círculo en que hasta entonces había vivido, y á bordo de un vapor por la boca del puerto, ó en el mullido _interior_ de las _diligencias peninsulares_, por la carretera de Becedo, salió á descubrir más anchos horizontes. Desde aquel momento, las costumbres populares de Santander sufrieron una transformación casi radical, y sólo quedaron en escena la clase del pueblo, que viene dando hasta hoy grandes pruebas de que sobre ella pasan en vano años y civilizaciones, más algunos pocos recalcitrantes de la otra clase, apegados con exceso á los viejos hábitos, que se limitaban á escaramuzas aisladas y completamente independientes de las feroces campañas del populacho.
Á esa época pertenecen los brevísimos episodios que voy á referir, no por lo que en sí tengan de interesantes, que nada tienen, sino por el contraste que forman, atendida su reciente fecha, con la despreocupación y la tolerancia que caracterizan en la materia á Santander de hoy, y también por si encuentro un lector de allende estas montañas que, al conocerlos, exclame:
--¡Lo mismo sucedía en mi pueblo!
II
Muy pocos años después de la desaparición de _Caparrota_ y de _Cobertera_ de la escena del mundo, y cuando el martirio de _Mingo_ y de _Jerónimo_ corría de cuenta exclusiva de la gente menuda, é ingresaban en la Casa de Caridad _don Lorenzo_ y _Tumbanavíos_, entraba en España la primera locomotora, y yo en plena pubertad... y á cursar tercero de filosofía.
Robustote y fuerte por naturaleza, y hasta gordinflón (_¡quantum mutatus ab illo!_), á pesar de mis catorce años representaba diez y nueve, circunstancia que no dejaba de darme alguna preponderancia entre mis condiscípulos, sobre todo, entre los que eran más débiles que yo. Pues, señor, en aquel tiempo tuvo un pariente mío la desdichada ocurrencia de regalarme un sombrero de copa. ¡Me parece que le estoy viendo! Era de finísimo castor aplomado, largo de pelo y apañadito de cilindro. Aunque no tan bajo, en el conjunto de su arquitectura se daba bastante aire á los que usan en este país los curas de aldea.
Habrán observado ustedes que las familias clásicas han tenido siempre la obstinada manía de que sus muchachos se revistan, cuanto antes, de la mayor formalidad posible, y truequen, por el de los hombres circunspectos, el carácter y hasta los hábitos propios de la edad del trompo y de la cometa. La mía (es decir, mi familia, no mi cometa) fué en este punto una notabilidad, y puedo asegurar que desde el instante en que llegó á mis manos el condenado regalo, se trocaron para mí en amargura los antes dulcísimos placeres de los días festivos. No bien en uno de éstos asomaba el alba y empezaba yo á respirar con íntima satisfacción, recordando que por aquel día no me aguardaban disertaciones metafísicas ni traducciones de Horacio, cuando me hacía estremecer el arrastrado sombrero, colocado sigilosamente durante la noche sobre el equipaje dominguero que debía vestirme al levantarme.
--¡Hoy no te escapas sin ponerle!--me decían por todo consuelo.--Y yo, no atreviéndome nunca á responder abiertamente que no, pero resuelto á ejecutarlo, aguardaba un momento oportuno para encasquetarme la gorra y echar por la escalera abajo como perro goloso. Pero ¿creen ustedes que yo gozaba después entre mis camaradas? ¡Ni por asomos! El recuerdo de lo que me esperaba al volver al hogar por mi desobediencia, calificada ya de rebeldía; la idea de que por la tarde necesitaba jugar la vuelta otra vez á la gente de mi casa para salir á la calle sin la afrentosa _colmena_, y la consideración de que estos sudores tendrían que repetirse en adelante cada día de fiesta, aplanaban mi espíritu y envenenaban mi sangre.
La razón que tenía mi familia para empeñarse tan tenazmente en que me pusiera el sombrero, era que yo _parecía ya un hombre_, y que, por lo tanto, me sentaba muy mal la gorra. Los motivos que yo tenía para no ponérmele eran de muchísima consideración para mí; pero, desgraciadamente, de ninguna para mi familia, porque no creía en ellos, por más que yo se los expusiera hasta con lágrimas en los ojos.
Y lo cierto es, acá para _inter nos_, que á veces se me iban los susodichos por el maldito sombrero, y que hubiera dado hasta una caja de pinturas, que yo apreciaba en mucho, por haber podido sacarle á la calle impunemente. Tenía una fragata, á toda vela, pintada en el forro interior de su cúpula, que me enamoraba, y parecía estampada allí para enseñársela á unos cuantos de mis condiscípulos que se daban humos de pintores, porque sabían _iluminar_ barcos con el amarillento jugo que sueltan en primavera los capullos de los chopos de la Alameda Segunda.
En esto llegó el día del _Corpus_, y yo iba á estrenar en la procesión un traje que tenía que ver. Se componía de pantalón de grandes cuadros, con trabillas _de botín_, _tuina_ de mezclilla verdosa con cuello de terciopelo, chaleco de merino perla con botones jaspeados, y corbata azul y roja con ancho lazo de mariposa.
Cuando, con este atavío, me miré al espejo, confieso que me pareció muy mal la gorra que, por vía de prueba, me puse en la cabeza: me encontraba con ella un si es no es _descaracterizado_, y más que un elegante en toda regla, parecía un mozo de mostrador cortejante dominguero de doncellas de labor. En cambio, con el sombrero puesto, me hallaba en riguroso carácter de _persona decente_, y hasta disculpaba en mis adentros la incesante pretensión de mi familia.
Pero ¿cómo me arriesgaba yo á lanzarme al público con la velluda cúspide sobre mi cabeza? La gorra no era elegante, en verdad; pero, en cambio, me permitía asociarme á mis amigos, correr, observar, divertirme y gozar sin tasa de los atractivos de la procesión. Pero con el sombrero... ¡Oh! Los inconvenientes del sombrero eran capaces de hacer sudar al muchacho de más agallas.
Mi familia debió enterarse de mis vacilaciones, porque hallándome en lo más comprometido de ellas, supo explotarlas tan bien, tanto me aduló, tanto ponderó mi garbo y mi estatura, que, vencido al cabo, arrojé la gorra debajo de la cama, como si quisiera huir de todo peligro de tentación; me calé el sombrero, cerré los ojos, y me lancé á la escalera, zumbándome los oídos y viendo las estrellitas sobre celajes del rojo más subido, entre relámpagos verdes y amarillos, y otras muchas cosas que sólo se ven en circunstancias como aquéllas y cuando aprietan mucho unas botas nuevas.
Á media escalera se me pasó la fiebre; vi clara y despejada la situación, y retrocedí. Pero al llegar á la puerta de mi casa, temí los anatemas de mi familia; pasé un breve rato comparando los dos peligros; elegí el peor, como sucede siempre á los hijos de Adán cuando les importa mucho lo que meditan, y me planté en el portal.
En el que me entraron nuevos y más copiosos sudores, porque nunca había contemplado tan de cerca lo arriesgado de mi empresa. Pero estaba ya resuelto á no retroceder por nada ni por nadie. Reconcentré en un solo esfuerzo todos mis vacilantes bríos; y como bañista perezoso que teme el primer remojón, contuve el aliento, hinché los carrillos, cerré los ojos y me eché á la calle, sin que pueda describir el efecto que ésta me hizo, porque yo no veía más que el ondulante pelambre del plomizo alero que asombraba mis ojos extraviados.
No obstante, al doblar la primera esquina, lograron grabarse con toda claridad en mis pupilas las estampas diabólicas de dos pilluelos que departían amistosamente en un portal. Al verme uno de ellos, respingó como si le hubiera electrizado súbita alegría; llamó hacia mí la atención de su camarada, y exclamó con un acento que me atravesó desde la copa del sombrero hasta las trabillas de mi estirado pantalón:
--¡Agua! ¡Qué _pirulera_!
--¡Me la parten!--dije entonces para mi chaleco perla.
Y, acto continuo, dos tronchos de repollo pasaron zumbando junto á mis orejas, y fueron á estrellarse en la pared de enfrente.
Comenzaban á realizarse mis temores.
Híceme el desentendido á esta primera insinuación; apreté el paso, y pronto me encontré de patitas en la carrera de la procesión, que estaba cuajadita de gente. Culebreando un rato entre ella me creía ya inadvertido para todo el mundo, merced al barullo, cuando di de hocicos con un grupo de calaverillas domingueros, con gorritas de terciopelo, chaquetillas de paño negro, pantalón muy estirado de perneras y muy ceñido á la cintura, nada de tirantes ni chaleco, y mucha punta de corbata; traje que en aquellos tiempos privaba mucho entre la gente joven y de _buen tono_. Al verlos, traté de hacerme á la izquierda, convencido de lo que me esperaba si me veían; y ya creía logrado mi propósito, cuando oí decir á uno de ellos con un retintín que me heló la sangre:
--Siempre me han hecho á mí mucha gracia las bombas de castor.
--Eso va conmigo,--pensé yo, echando ambas manos á las alas del sombrero para asegurarle bien, y lanzándome resuelto á naufragar en aquel mar de gente. Media braza habría penetrado en sus profundidades, cuando un golpe despiadado sobre la cúpula velluda, me hundió el ignominioso bombo hasta la punta de la nariz. Saquéle como pude, jadeando de angustia; esforcé aún más mi empuje; pisé á muchas personas que, por desgracia, todas tenían callos; bramaron de ira y de dolor, fijáronse en mí: y al ver el sombrero, como si fuera la cosa más justa y natural, le saludaron con una descarga cerrada de _cales_ á la media vuelta, tan nutrida y constante, que á mí mismo me daba lástima de él.