Esbozos y rasguños

Part 6

Chapter 63,851 wordsPublic domain

Porque creo que se necesita mucho menos que sentido común, para condenar el baile bajo el aspecto puramente estético, y no hay necesidad de que yo gaste tinta ni paciencia en ello.

Un hombre de frac y chistera, máxime si peina canas, y una mujer bonita, muy prendida y remilgada, dando brincos como dos salvajes de Mozambique, sudando el quilo y sacando la lengua de cansancio, solamente los puede uno soportar delante sin echarse á reir, cuando considera... que el fin justifica los medios.

* * * * *

Ahora bien: ¿por qué escribo yo esto? ¿Aspiro á la austeridad del anacoreta?

No tengo, desgraciadamente, tanta virtud: me gusta la carne más que las raíces.

Si en el baile encuentro un filón de verdaderas _gangas_, ¿por qué, en vez de procurar su destrucción, no le exploto callandito?

Veamos si mis lectoras, cuyos pies beso á pesar de lo dicho, hallan la respuesta en la siguiente

MORAL DEL CUENTO

Yo he bailado también; pero preguntándome con horror á cada vuelta:

¿Me casaré yo algún día?

Y si me caso, ¿habrá _bailado_ mi mujer?

¿Llegaré á tener hijas?

Y si las tengo, ¿dejaré que me las _bailen_?

Temiendo ser tan padre y tan marido como todos los demás, he escrito estos renglones: quiero tenerlos delante de los ojos cada vez que mi ceguera de marido y de padre vaya á hacerme merecedor del castigo á que condeno á todos los _mansos_ del gran rebaño de la sociedad danzante.

1853.

[Ilustración]

[Ilustración]

LOS BUENOS MUCHACHOS

I

Lector, cualquiera que tú seas, con tal que procedas de uno de ésos que llamamos _centros civilizados_, me atrevo á asegurar que estás cansado de codearte con los personajes de mi cuento.

Así y todo, pudiera suceder que no bastase el rótulo antecedente para que desde luego sepas de qué gente se trata; pues aunque ciertas cosas son en el fondo idénticas en todas partes, varían en el nombre y en algunos accidentes exteriores, según las exigencias de la localidad en que existen.

Teniendo esto en cuenta, voy á presentarte esos _chicos_ definidos por sí mismos.

--«Yo soy un hombre muy tolerante: dejo á todo el mundo vivir á su gusto; respeto los de cada uno; no tengo pretensiones de ninguna clase; me amoldo á todos los caracteres; hago al prójimo el bien que puedo, y me consagro al desempeño de mis obligaciones».

Esta definición ya es algo; pero como quiera que la inmodestia es un detalle bastante común en la humanidad, pudiera aquélla, por demasiado genérica, no precisar bien el asunto á que me dirijo.

Declaro, aun á riesgo de perder la fama de buen muchacho, si es que, por desgracia, la tengo entre algunos de los que me leen, que soy un tanto aprensivo y malicioso en cuanto se trata de gentes que alardean de virtuosas.

Esta suspicacia que, de escarmentado, á más de montañés, poseo, es la causa de que los llamados _por ahí_ «buenos muchachos» hayan sido repetidas veces, para mí, objeto de un detenido estudio. Por consiguiente, me encuentro en aptitud de ser, en datos y definiciones, tan pródigo como sea necesario hasta que aparezca con todos sus pelos y señales lo que tratamos de definir.

Pero como no ha de ser interminable esta tarea, he de reducir la infinita procesión de ejemplares que veo desfilar ante mis ojos, á tres grandes modelos, en cada uno de los cuales se hallan reunidas las condiciones típicas que andan repartidas entre todos sus _congéneres_.

_Primer modelo._--Buen muchacho que ya cumplió los cuarenta años.--Señas particulares, indefectibles: es gordo, colorado, nada garboso, muy escotado de cuello y de chaleco, recio de barba y escaso de pelo. Habla mucho y se escucha.

_Segundo modelo._--Buen muchacho que no ha cumplido los treinta y cinco.--Señas particulares: enjuto, macilento, cargado de entrecejo y de espaldas, vestido de obscuro, muy abrochado, largo de faldones y pasado de moda. Este ejemplar tiene, necesariamente, á la vista y como si fuera marca de ganadería, una señal indeleble: verbigracia, un lobanillo junto á la oreja, un lunar blanco en el pelo, una verruga entre cejas y la nuez muy prominente, ó toda la cara hecha una criba de marcas de viruelas. Habla bastante y con timbre desagradable, casi siempre en estilo sentencioso, y á menudo con humos de gracioso.

_Tercer modelo._--Buen muchacho que raya en los veinticinco.--Señas infalibles: rollizo, frescote como un flamenco, y miope. Rompe mucha ropa, y procura llevarla muy desahogada; es hombre de poco pelo y de no mucha barba; habla más que una cotorra, muy recio y con los términos más escogidos del diccionario.--Detalle peculiarísimo: antes de adquirir en público el título de «buen muchacho», ha gozado, durante seis años, entre las diversas tribus de su familia, la opinión de _hombre precoz_.

En vista de todos estos datos, podemos sentar la siguiente regla general:

La edad de los «buenos muchachos» varía entre veinticinco y cincuenta años.

Como detalles comunes á los tres modelos, pueden apuntarse los siguientes:

Son mesurados en el andar; saludan muchísimo, descubriendo toda la cabeza; en sus paseos buscan la compañía de los señores mayores, y en tales casos, miran con aire de lástima á los jóvenes que á su lado pasan, si van muy alegres ó muy elegantes; usan á todas horas sombrero de copa, y se calzan con mucho desahogo; temen de lumbre los tacones altos, y por eso los gastan anchos y muy bajos; sacan chanclos y paraguas al menor asomo de nube en el horizonte, y en cuanto estornudan tres veces seguidas, _guardan cama_ por dos días y se lo cuentan después á todo el mundo; no fuman, ó fuman muy poco, pero chupan caramelos de limón y saben dónde se venden un vinillo especial _de pasto_ y garbanzos de _buen cocer_; conservan con gran esmero las amistades tradicionales de familia, y al hacer las visitas de pascuas ó cumpleaños, llaman á la visitada «_mi_ señora doña Fulana»; la preguntan minuciosamente por todo el catálogo de sus achaques físicos, y siempre tienen algún remedio casero que recomendarla; se dedican á negocios lucrativos, mejor dicho, están asociados, y en segunda fila, á personas que saben manejarlos bien; y, por último, se perecen por echar un párrafo en público y familiarmente con las primeras autoridades de la población, y se rechupan por formar parte de cualquiera corporación oficial ú oficiosa, con tal que ella transcienda á influyente y á respetable.

Hasta aquí, algo de lo que el menos curioso debe haber visto en esos personajes; desde aquí, lo que todo el mundo puede ver en los mismos si se toma la molestia de levantar los pliegues de la capa con que la señora fama parece haberse empeñado en protegerlos contra críticas y murmuraciones.

II

Hallábame yo, no ha mucho, cerca de un pequeño círculo de murmuradores de mayor edad, con quienes ningún lazo de amistad íntima, ni siquiera de simpatía personal, me ligaba; y dicho está que yo oía, veía y callaba. Hablábase á la sazón de un suceso ocurrido recientemente en el pueblo, con sus vislumbres de escandaloso, cuando entró en escena un personaje muy conocido mío, y muy amigo, al parecer, de aquellos murmuradores. Parecía el tal fundido en uno de los tres modelos que dejo registrados; y no digo en cuál, porque no es necesario.

--Aquí llega... Fulano, que podrá darnos algunos pormenores más del suceso,--dijo un murmurador.

--Voy muy de prisa, señores--respondió el aludido,--y sólo me he acercado á ustedes con el objeto de saludarlos... Pero, en fin, ¿de qué se trata?

--Pues, hombre, de la novedad del día... de cierta joven que ha desobedecido la paterna autoridad.

--Efectivamente: tengo entendido algo que suena á eso mismo; pero como no me gusta meterme en la hacienda del vecino, y dejo á cada uno vivir á su antojo, _no he querido_ enterarme muy á fondo.

--Pero es lo cierto que usted sabe algo...

--De manera que algo, algo, por muy sordo que uno se haga...

--Vamos, que ya sabrá usted más que nosotros.

--Les aseguro á ustedes que no. Soy de lo menos dado á chismes y murmuraciones, como es bien notorio... Pero entendámonos: ¿se refieren ustedes á la _chica_ mayor de don Geroncio?

--Cabales.

--¿De la cual se dice que dos horas antes de ir á la iglesia á casarse con el _chico_ menor de don Atanasio, se plantó y dijo: «no me caso ya», por lo que su padre la amenazó iracundo, de lo cual no hizo ella caso maldito, y resultó un escándalo, y se deshizo la boda?...

--¡Justamente... eso es!... ¡Ven ustedes cómo... Fulano sabía los pormenores del lance?

--Repito que no sé una palabra más de lo que _de público_ se dice. Hay asuntos, como éste, que, sin saber por qué, me repugnan... Pero observo que ustedes me miran con recelo, como si me callara cosas muy graves.

--¡Hombre, no!

--Pues á mí se me antoja que sí; y, señores, yo soy muy delicado en ciertas materias: está por medio la reputación de una joven que puede lastimarse con una sola suposición injuriosa, y esto es bastante á mis ojos para que, en descargo de mi conciencia, me apresure á contar la verdad del caso, es decir, lo que á mí se me ha referido:--Saben ustedes que hace quince días tuve _un golpe_ de sangre á la cabeza, por lo cual, ya repuesto, me ordenó el médico que paseara de madrugada cuando la temperatura lo permitiera. Salía yo esta mañana á cumplir este precepto, con el cual, por cierto, me va muy bien, cuando ¡plaf! tropiezo, al volver la esquina de la plaza, con doña Severa, que, como no ignoran ustedes, por parte de su difunto marido don Estanislao es prima política de la señora (que esté en gloria) de don Geroncio, y, por consiguiente, tiene motivos poderosos para estar al tanto de los asuntos particulares de esta familia, aparte de que á doña Severa siempre se la ha considerado mucho en aquella casa, por su capacidad y don de gobierno. Pues, señor, como daba la casualidad de que no veía yo á esta señora lo menos hacía... sí, ¡vaya! ¡yo lo creo!... lo menos... lo menos... quince días... ¿qué digo! aguárdense ustedes y perdonen: el día de San Lorenzo fué cuando la vi; estamos hoy á... veintitrés días justos hace que la saludé á la puerta de su casa... cabalmente tenía yo que preguntarla dónde había comprado una pasta para matar ratones, que ella usaba con gran éxito, y allí mismo me dió la receta de memoria, porque resultó que la tal pasta era invención suya, digo, de un choricero extremeño que se la confió en secreto por no sé qué favores que la debía... Pues á lo que iba: encuentro esta mañana á doña Severa, y--«¿Cómo está usted, señora mía?--la pregunto.--Bien; ¿y usted, don Fulano?--Pues para servir á usted.--¿Y la familia?--Tan buena, gracias... ¡Caramba, cuántos días hace que no la veo á usted!--Pues no he perdido una misa desde que no nos vemos. Precisamente es hoy el día en que debí haberme quedado en cama, siquiera hasta las diez.--Efectivamente: la encuentro á usted algo pálida y desmejorada.--Le aseguro á usted que no sé cómo me tengo de pie.--¿Se encuentra usted mal?--Mal, precisamente, no; pero ayer tuve un disgusto con la cocinera, y estoy sufriendo hoy las consecuencias. Figúrese usted que á mí me gusta mucho la merluza: pues, señor, la condenada (Dios me perdone) de la chica, dale con que había de traerme siempre abadejo. Chocándome, como era natural, tanta obstinación, pues yo sabía muy bien que no faltaba merluza en la plaza, indago por aquí, pregunto por allá, y averiguo ayer que la muy pícara daba todos los días las sobras del principio á un soldado, su novio, que se pela por el abadejo. ¡Imagínese usted cómo yo me pondría al saberlo!... Por supuesto que lo primero que hice fué plantarla de patitas en la calle, y tan de prisa, que la dije que volviera más tarde por el baúl y la cuenta. ¡En mal hora á mí se me ocurrió semejante idea! ¿Creerá usted, _Fulanito_, que, la muy sinvergüenza, se me presentó á las dos horas acompañada del soldadote para que éste repasara la suma, y que entre los dos me pusieron como hoja de perejil sobre si faltaban ó dejaban de faltar seis maravedís?--Nada me choca, doña Severa, de cuanto usted me dice, que algo parecido podía añadir yo de lo ocurrido en mi casa: el ramo de sirvientas está perdido.--¡Ay, Fulano, lo peor es que el de amas no está mucho más ganado!--También es cierto.--Vea usted á mi pobre primo Geroncio: ¡qué horas está pasando por causa de esa hija á quien ha mimado tanto!--En efecto, he oído anoche que esa chica ha roto, por un capricho, su proyectado casamiento.--¿Capricho, eh? ¡buen capricho me dé Dios!--Así se dice al menos.--Así se dice, porque de alguna manera decente ha de tapar la familia el pastel descubierto.--¿Luego ha pasado algo grave?--¡Gravísimo... Fulano!... y ya ve usted si yo lo sabré cuando he sido y estoy siendo el paño de lágrimas del desdichado Geroncio.--No lo dudo... Pero ahora caigo en que, siendo secretos de familia esos sucesos, estoy pecando de indiscreto al hacer ciertas preguntas.--De ningún modo, Fulano; usted es una persona muy decente, y hasta debe conocer esa clase de líos para ejemplo y escarmiento en el día de mañana, si se resolviera á casarse.--Usted me favorece demasiado, doña Severa.--Le hago á usted justicia, Fulano.--Gracias, señora.--Repito que no hay por qué darlas; y sepa usted (por supuesto, con la debida reserva) que si la boda de mi sobrina no se ha llevado á cabo, es porque el novio descubrió á última hora que la muy taimada había tenido un año antes relaciones íntimas, _muy íntimas_, entiéndalo usted bien, con un joven andaluz que estuvo aquí veraneando.--Pero ¿tan íntimas fueron, señora?--Tan íntimas, que faltando horas nada más para ir á la iglesia, se plantó el novio al conocerlas, y dijo que nones.--¿Luego no fué ella quien se opuso?--¡Qué había de ser, hombre!... eso se ha dicho para tapar»... Y etcétera, señores--añadió el narrador, con una sonrisita que apenas tenía malicia;--por ahí fué hablándome doña Severa, y lo que acabo de referir es lo _único_ que, en substancia, hay de cierto sobre el particular.

--¡Que no es poco!--objetó un chismoso, con diabólica expresión.--¡Cuando yo decía que usted sabía grandes cosas!

--Hombre, si bien se mira, no es tanto como parece--continuó el _suavísimo_ Fulano.--Y de todas maneras, señores, conste que lo he referido aquí en el seno de la confianza y teniendo en cuenta, además de lo que dije al empezar, que una cosa leve callada con misterio, autoriza á suponer otra muy grave: que la mayor parte de ustedes son padres de familia que no echarán el ejemplo en saco roto.

--¡Bravo!--exclamaron algunos oyentes casi enternecidos con este rasgo.

--Conque, señores, vuelvo á recomendar la reserva, y me voy á mis quehaceres,--saltó casi ruborizado el amiguito de doña Severa.

Y se marchó.

--¡Qué discreta observación!--dijo uno de los que se quedaron.

--¡Qué juicio tan aplomado!--añadió otro.

--¡Es _un gran muchacho_!--exclamaron todos

--¡Valiente infame!--dije yo, y era lo menos que podía decir, con esta franqueza que Dios me ha dado, largándome también, y sin despedirme, por más señas.

Nada se me contestó en el acto; pero me consta que, refiriéndose á mí, se dijeron luego en el corrillo primores como los siguientes:

--¡Qué víbora!

--¡Qué lengua de acero!

--Con veneno semejante es imposible que haya en la sociedad una sola virtud incólume.

* * * * *

Todos estos pormenores forman un detalle que no es de los menos típicos en los «buenos muchachos».

Veamos otros.

Detestan cordialmente todo cuanto no pertenece al gremio del cual son, según dicen, humildísimos miembros; y hablan con afectada lástima, pero con sincera indignación, de los hombres aficionados á los trabajos del ingenio; se jactan de apreciar la prensa periódica, sea del matiz político, científico ó literario que se quiera, en mucho menos que el papel de _empaque_, y son para ellos novelistas y poetas sinónimos de _gente perdida_. Esto, en general; pero cuando son sus convecinos, sus antiguos condiscípulos, tal vez sus amigos, los que escriben, los que peroran, los que pintan, ¡de Dios les venga el remedio á estos desdichados!

--Hoy todo el mundo escribe, todo el mundo charla, todo el mundo emborrona un lienzo y garrapatea el pentágrama--gritan escandalizados los «buenos muchachos».--¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¿Adónde vamos á parar? Señores, el que más y el que menos de los que _en nada figuramos_ conocemos algo de esas materias, y pudiéramos echar en ellas nuestro cuarto á espadas _practicando_ un poco; pero ¿sería esto suficiente? ¿nos autorizaría para erigirnos en maestros ni en directores de la opinión pública? ¡No faltaba más!... ¡Pues no son pocas las pretensiones de _la gente del día_!

Así se explican; veamos cómo se conducen.

Estarán ustedes cansados de hallar en los periódicos de _su pueblo_ centenares de remitidos, al tenor del siguiente:

Señor Director de _El Vigilante_.

«Muy señor mío y de mi mayor consideración: Aunque ajeno por carácter y por mis habituales ocupaciones á las lides periodísticas, me tomo la libertad de remitir á usted las adjuntas mal perjeñadas líneas, por si tiene á bien insertarlas en su apreciable periódico. La cuestión que las motiva es, _en mi humilde sentir_, de _gran_ interés para toda la población, y en ello confío para que usted, etc., etc., etc.».

El asunto que se desenvuelve en el remitido y que, según el _humilde sentir_ del comunicante, encierra gran interés para toda la población, es un guardacantón que sobresale media pulgada más de lo que previenen las ordenanzas, ó un árbol que se seca en el paseo... ó si debe andar cubierto ó en pelo por los claustros, durante la celebración de la misa, el perrero de la catedral.

Otros tres detalles esencialísimos distinguen siempre á estas _producciones_, á saber: lo poco que figuran en ellas los artículos determinados, y lo demasiado que juega la _rosa de vientos_, lo cual da motivo á cada paso á frases del siguiente jaez: «entrando _en mencionado_ paseo por el lado del _Sudeste_; tomando la alineación por la _fachada vendaval_ de _repetida casa_»... Por último, la firma. Ésta tiene que ser necesariamente _Un curioso_, _Un contribuyente_, _Un vecino_, ó _Un amante de su país_.

Pues bien, lector: cualquiera de estos _motes_ es el _modesto_ velo con que tapa el rubor de su vera efigies, para dirigirse al público, un «buen muchacho», es decir, uno de esos hombres sensatos, aplomados y «sin pretensiones», que detestan la prensa porque no sabe tratar cuestiones que enseñen algo, porque no es capaz de exponer teorías de _transcendencia_ ó de _universal interés_; uno de esos hombres, en fin, que no hallan jamás otro bastante autorizado para erigirse en intérprete, ya que no en director de la opinión pública.

Y no puede quedar la menor duda de que _citados_ artículos pertenecen á _referidos_ autores, porque éstos, en el mismo día del _alumbramiento_, ó en el siguiente, á más tardar, teniendo la bondad de interesarse mucho por la salud de uno, le abordan en la calle para enredarle en un diálogo como el siguiente:

--¿Cómo va, amigo mío?

--Pues, hombre, vamos viviendo.

--¡Cuánto me alegro!

--Muchísimas gracias... ¿Usted tan gordo y tan guapo?

--Gracias á Dios... Pero retírese usted un poquito á la derecha.

--¿Qué ocurre?

--Que está usted colocado junto á una losa quebrada, y un pie se disloca con la mayor facilidad.

--No veo yo la quebradura...

--En efecto, era una ilusión mía... Como en este pueblo anda el ramo de empedrados peor que en Marruecos... Y, á propósito, ¿ha visto usted un comunicado que publica ayer _El Vigilante_?

--¿Sobre Marruecos?

--No, señor: sobre el guardacantón de la calle X...

--Sí que le he visto.

--¿Y qué le ha parecido á usted?

--Pues, hombre... bien.

--Lo celebro infinito, pues como está hecho _al correr de la pluma_, no hubiera sido difícil que algún descuidillo...

--Según eso, ¿es de usted?

--Ya que usted lo ha conocido, no lo quiero negar.

--Es usted muy modesto.

--Hombre, no; pero _no tengo pretensiones_ de escritor. Así es que cuando _quiero llamar la atención del público_ hacia un asunto de interés tan general como el que ayer saco á relucir en mi escrito, firmo con un nombre cualquiera... Yo he escrito mucho sobre policía, ¡muchísimo! sólo que no me gusta darme importancia; porque, vamos, no tengo pretensiones de ninguna clase.

--¡Oh! ya se conoce bien.

--Por lo demás, el artículo de ayer creo que abraza cuanto se puede decir sobre el particular.

--¡Vaya si abraza!

--Pues me alegro mucho; que eso me ha de animar á concluir otro que traigo entre manos acerca de la maldita costumbre que hay aquí de colgar la ropa blanca en los balcones... Por supuesto que es un trabajillo sin pretensiones de ninguna clase.

--Naturalmente; pero eso no impedirá que yo le lea con gusto.

--Muchas gracias.

--No hay por qué».

También me consta que esos _remitidos_ se leen, por su autor, en familia, con grande aplauso del severo papá que, rebosando en satisfacción por todos los poros de su cuerpo, se vuelve hacia su conjunta para decirle, muy bajo, pero de modo que lo oiga el elogiado: «Estos muchachos son el mismo demonio. ¡Mira que está bien hilado el tal impreso!».

Vamos ahora á otro terreno.

Hay una junta de acreedores, de contribuyentes, de vecinos _formales_, ó de arraigo; una junta, en fin, en la que se trate del vil ochavo ó de _salvar los intereses de la plaza_. Toman la palabra los más expertos y autorizados; llénanse recíprocamente de piropos, abordan la cuestión por cien lados diferentes; llégase, tras de muchos sudores y fatigas, á vislumbrar un acuerdo definitivo; va á darse por concluida la sesión, y he aquí que se oye una voz perezosa y afectadamente tímida que pide la palabra. Concédesela el presidente, y se levanta una persona que comienza á hablar en estos términos:

--«Señores: como desconozco completamente la ciencia del derecho, y soy en materia de negocios la más incompetente de todas las personas que componen esta respetable reunión; y como tampoco tengo pretensiones de orador, quizá vaya á decir un disparate al hacer uso de la facultad que me ha concedido el digno señor presidente; pero, _así y todo_, me parece á mí que teniendo en cuenta esto y lo otro (resume desastrosamente cuanto han dicho los que han hablado antes, y añade cincuenta desatinos de su cosecha), la dificultad está vencida. Repito, señores, que tal es el punto desde el cual debe mirarse la cuestión, según _mi humilde entender_. He dicho».

«Bravos» por acá y «bravos» por allá. Rumores en todos los rincones.--¿Quién es ése?--Pues el hijo de don Zutano.--¡Excelente chico!--Nómbrase la indispensable comisión, y entra en ella, el primerito, el _orador_. Al día siguiente no se le puede sufrir.--Como yo dije, como yo propuse... bien que ya usted me oiría... ¡y eso que no está uno hecho á esos lances, ni tiene pretensiones de orador!... ¡Ah! pues si no me tira de la levita don Práxedes, que estaba á mi derecha, ¡qué cosas salen á relucir! Pero es uno condescendiente y poco amigo de llamar la atención, ¡que si no!...

Aunque no necesito decir quién es este _orador_, bueno es que se tenga presente que pertenece, por su tipo, al tercer modelo.

Veámosle ahora en el teatro. Se acaba de representar un drama moderno que ha alcanzado un triunfo. Á él no le ha merecido un solo aplauso. Lejos de ello, se vuelve á su vecino y le dice:

--Amigo, yo no sé si diré un disparate, porque no soy competente en literatura; pero esta obra, según _mi humilde entender_, no merece el ruido que está metiendo. Valerse de una aldeana para el principal papel, y no haber en toda la comedia más que dos personajes de buena sociedad, me da muy pobre idea del talento del autor. De ese modo también yo hago comedias.

El vecino le mira estupefacto, y el censor, creyendo que le apoya, continúa: