Part 5
--¡Cerradas todas las puertas para mí!--exclamaba el desdichado desde la lobreguez de su pobre buhardilla...--Unos porque me tienen en poco, otros porque me consideran demasiado, todos me rechazan. La sociedad, ese fantasma á quien dedico mis desvelos, á quien sacrifico mi reposo, á quien tengo siempre delante como el juez de mis debilidades, no acepta al pobre atribulado porque _no le conoce_... ¡Y, entre tanto, soy honrado, soy bueno en obsequio á esa misma sociedad que me perseguiría inexorable por la menor de las faltas!... Y ¿qué partido tomo á la altura en que me encuentro? Estoy asediado, aherrojado por la miseria. No puedo dedicarme ni aun á vender fósforos, porque para comprarlos antes se necesita dinero, y yo no tengo un maravedí ni quien me le preste. Pero ¿he de morirme de hambre? ¿he de robar? ¡Oh, eso jamás!... Si mi delicadeza me permitiera _aceptar_ un enlace _ventajoso_... porque esto es hoy lo más fácil del mundo. El hombre, sólo por ser honrado, representa en las actuales circunstancias un capital enorme; y cuando, además de honrado, _sabe_, la cifra á que asciende su valor es incalculable. En cuanto á las mujeres, están bien penetradas de esta verdad. Todas prefieren hoy el hombre que _vale_ al hombre que _tiene_, porque la experiencia les ha enseñado que no se compra con todos los tesoros del segundo el menor de los santos goces que le proporciona la inteligencia del primero. Éste les da amor puro, sublime, gloria tal vez, acaso títulos y consideraciones; el otro, lujo y ostentación en el mundo, desvío, aridez, lágrimas en el hogar. Esto es un hecho. Pero ¿debo yo lanzarme á _adoptar_ este partido? Teresa, mi tierna amiga en mis buenos tiempos de estudiante, es rica, y muchas veces me juró que me amaba con toda la sublimidad del alma juvenil de una doncella _fuerte_; su familia me acogía con cariño... Yo podría, pues, reanudar estas amistades interrumpidas por mis vicisitudes, y salir de apuros para siempre... Mas ¿qué diría de mí la sociedad? De fijo que me vendía por una _posición_; que era poco delicado... ¡Oh, no, no me caso! Pero, entre tanto, ¿qué debo yo á esa sociedad? ¿Por qué he de temerla? Además, ¿no está _demostrado_ que represento por hombre, y por hombre _ilustrado_, un capital mucho mayor que el que pueda tener en dinero mi mujer, por grande que él sea? Luego si me caso con Teresa, no me vendo: será que yo la _elijo_, no que ella me compra... Me caso decididamente.
Y Juan, tras este razonamiento, se arregló la corbata, se cepilló las manchas de la levita, se afeitó, se acicaló, en fin, cuanto pudo; y sin reparar mucho en el chocante deterioro de su vestido, pues profesaba, como se deja comprender, el principio de que _el hábito no hace al monje_, salió de su buhardilla, bajó de cuatro en cuatro los escalones, y se dirigió rápidamente á casa de su antigua novia, negándose á escuchar sus propios recelos por si antes de llegar al término de su viaje se arrepentía de aquella _debilidad_ á que las _circunstancias_ le obligaban á ceder...
Lector: tú que, de fijo, serás menos filósofo que Juan, menos _científico_, más escarmentado, en una palabra, ¿necesitarás que yo te cuente el éxito que tuvo su postrera resolución? Seguramente que no. ¡Atreverse un hombre con la levita raída á ofrecer su mano á una mujer _de posición_! ¡Horror!
Juan no salió de cabeza por el balcón de Teresa, porque ésta, después de oir de pie las pretensiones de su antiguo novio, y de quien se hizo la desconocida al recibirle, tuvo la _magnanimidad_ de no dar parte á su padre de tan inaudita desvergüenza.
Pero lo que en aquel caso hubieran hecho las losas de la calle, estuvo á pique, el desventurado optimista, de encomendárselo á los peldaños de la escalera de su adorada; pues tantos desengaños y tan juntos, y tanta miseria entre ellos, eran más que suficiente causa para que cualquier mortal de las _creencias_ de Juan se rompiese el cráneo contra una esquina.
Por fortuna suya, la excitación que le dominaba era tan febril, que no dándole tiempo ni para detenerse á arrojarse de coronilla sobre la escalera, le hizo bajarla volando, y volando pasar la calle, y volando atravesar la población, y como un huracán recorrer la campiña, y volver de ella, y vagar por calles y plazas y paseos, hasta que el cansancio le detuvo y le obligó á caer rendido en una banqueta de un café.
Cuando pudo darse cuenta de su situación, uno de sus pocos amigos, pero tan desdichado como él, estaba á su lado.
Juan, al conocerle, le abrazó estrechamente y lloró de desesperación. Después le contó sus cuitas sin omitir un solo detalle, y acabó diciendo con desconsuelo:--He vivido engañado: nuestras teorías son una farsa; la sociedad no es lo que nosotros soñamos; es tan egoísta, tan injusta como siempre, porque la humanidad, aunque se instruye, no varía. El hombre será siempre explotado por el hombre y jamás su hermano. No hay, pues, sociedad, no hay filantropía, no hay igualdad: no hay más que ricos y pobres, tiranos y víctimas, felices y desgraciados, cuerdas y pescuezos.
--El dolor te hace cruel,--le replicó su amigo.
--¿Serás capaz de demostrarme que yo no tengo hambre, que no me he humillado hasta el polvo para ganar un poco de pan que se me ha negado?...
--No intentaré tamaño absurdo. Además, opino contigo en cuanto al desequilibrio social de que te lamentas. Lo que te niego es que nuestras teorías sean quiméricas. Dí que, por hoy, son ineficaces, y estarás en lo justo; pero la razón triunfará al cabo.
--Y ¿por qué no triunfa ya?
--Porque está comprimida por los altos poderes que aún estriban en viejos, funestos privilegios. Mientras el actual _orden de cosas_ no sufra una transformación radical en el sentido de nuestras ideas, la fuerza, el capricho, la inmoralidad, seguirán aniquilando á la patria.
--No veo bien clara la relación que pueda haber entre los altos poderes del Estado y el tabernero que me negó una plaza detrás de su mostrador.
--¡Oh ceguedad! ¿Olvidas que ese tabernero, porque es hombre de _arraigo_, tiene derechos civiles, aunque es un estúpido, que á ti se te niegan porque eres pobre? ¿Quiénes son los hombres que están hoy al frente de la cosa pública? ¿Merece alguno de ellos el puesto que ocupa, por sus virtudes cívicas ó por su talento? No. ¿Cómo han llegado á tan alto? Por la fuerza de sus _influencias_, por el voto, tal vez _subastado_, de los hombres que _tienen_, nunca por el de los que _saben_; que á éstos les niega la ley el criterio que concede á los primeros. Supón, por un instante, en manos de hombres virtuosos é ilustrados los primeros cargos de la nación...
--Pero es una quimera suponer eso...
--Eso será una realidad el día en que prevalezcan entre nosotros el saber y el talento; el día en que se prescinda para siempre de ese fantasma de la rutina, y luzca claro y sin una sola nube el sol de la libertad.
--Me parece que no te falta en este momento en que te despachas tan á tu gusto.
--Me falta; porque se me prohibiría predicar en medio de la calle... á Mahoma, si se me antojaba; porque no puedo hacer públicos cargos á esos mismos poderes que en nombre de la patria la aniquilan; porque no se tolera que yo me reúna, donde y cuando me acomode, con mis amigos, para conspirar con ellos contra quien me dé la gana; porque no podemos acercarnos al calor, á la ebullición de la vida política donde los hombres de nuestro temple deben vivir, porque ellos son la luz, el sustento, la razón; porque sólo así no estaremos á merced de estúpidos aceiteros, como el tuyo, que nos tasen el pan...
¡Oh sublime poder de la razón! ¿Creerá el lector que Juan, con párrafos como el antecedente y otros, no menos peregrinos, que su amigo le fué enjaretando á continuación, olvidó al cabo hasta el hambre que le aniquilaba, y juró solemnemente asociarse á su consejero en la empresa de _regeneración_ que éste le propuso como el único medio para que acabaran sus desgracias y se convirtiese la patria en una verdadera Jauja?
Y con tanta fe se adhirió á la empresa, y con tanto ahinco trabajó por la destrucción de ciertos _privilegios sagrados_, que á los pocos días del encuentro con su amigo, estaban entrambos... errando de bosque en bosque, huyendo de las leyes de la patria que habían atropellado, aunque con la mejor de las intenciones.
Una vez fuera del alcance de ellas, acogiéronse al amparo de un país regido por los mismos principios que ellos adoraban: Juan con algunos recelillos propios de sus desengaños, y su amigo con la fe de un mártir.
Pasó un día, y otro, y otro, y pasaron muchos más después, y Juan esperó en vano á que la libertad de aquel país le sentara á su mesa... Y llegó á tener hambre como en su patria; pues como el derecho que en ésta le negaban de conspirar y de predicar donde y como se le antojase, le tenía allí cada ciudadano, y cada ciudadano pensaba de distinta manera, no bien abría la boca para decir _blanco_, cuando ya tenía un contrincante al lado que le sostenía que _negro_, no logrando jamás avenirse con nadie, pues que nadie se avenía con él. Oyó, lo mismo que en su tierra, lamentarse á todo el mundo de que el poder no era de los rectos, sino de los fuertes; que el talento estaba postergado, y que la _idea_ se inmolaba en aras del interés privado; vió también ricos egoístas, y, sobre todo, pobres mucho más ignorantes, mucho más soberbios y mucho más temibles que los de su patria; presenció un motín cada día, un cisma cada semana; y notó tal afán por santificar todo género de opiniones, que acabó por no creer en nada de tejas abajo, y por mirar lo de tejas arriba con más cuidado que en los albores de su _sabiduría_.
Con esto, con el hambre que no le abandonaba un solo instante, y con lo que en su cuerpo y en su espíritu habían labrado sus primeras tribulaciones, está, en mi concepto, sobradamente justificada la horrible hipocondría que al cabo postró á Juan en un mísero lecho de un hospital, que le acogió, no por caridad, sino por evitar á un pueblo culto el espectáculo de un cadáver en medio de la calle.
Momentos antes de espirar el infeliz, llamó á su amigo que le velaba fiel, y con la voz empañada por el frío de la muerte, le dijo estas palabras, reconcentrando en sus cristalizados ojos toda la intención de su alma:
--El mayor remordimiento de cuantos en este instante me martirizan, es el de morir _de inocencia_, después de haber vivido idólatra de la razón.
La razón es la mayor farsa de este siglo. Con ella se _demuestran_ todas las teorías, y la verdad no parece nunca.
Hoy, lo mismo que ayer, el reino del mundo es de los fuertes, de los atrevidos y de los afortunados, á despecho de las decantadas _conquistas_ de la humana inteligencia.
La _sociedad_, es otra farsa: no hay más que _hombres_ que por opuestos caminos van cada cual en pos de su particular interés.
El amor, la belleza y los _honores_, son del que más los paga.
Fuera de la familia no hay abnegación, no hay caridad: sólo hay _negocios_, pues, desde el polvo hasta la patria, todo se vende. Entre un ochavo y _una fortuna_ está el precio de estas mercancías. El talento es de las pocas monedas que no pasan en este mercado. Por eso tantos hombres que le tienen se mueren de hambre. Si eres, pues, ambicioso, ya que eres honrado, deja el culto que das á la Razón y conviértele á la Fortuna, que de vez en cuando, incitada por la Divina Providencia, tiene la humorada de socorrer á los hombres de bien.
Si, cuando sus dones te sonrían, deseas ser feliz, limítate al recinto de tu familia; enséñala á practicar la virtud; pero descuartízala antes que se haga idólatra de las _bellas teorías_. Semejante muerte será una caricia comparada con la que me está cerrando los ojos.
En fin, teme al hombre como á tu mayor enemigo; duda de todas sus lucubraciones; hazle todo el bien que puedas, y cree en Dios á puño cerrado, que Él es, al cabo, la única verdad que hay sobre la tierra»...
Tras esta última palabra, volvió los ojos al cielo, estiró sus miembros yertos, y espiró.
Lo que de infalibles puedan tener las máximas postreras de Juan, no quiero yo decirlo; pero sí me atrevo á asegurar, en vista de que fueron dictadas por una triste experiencia, que por mucho que disten de la verdad, están más cerca de ella que los _sueños_ que las engendraron. Y seamos francos:
¿Quién no ha conocido en el mundo algún Juan atribulado?
¿Quién está sin algún rasgo de semejanza con él?
¡Dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, aquél de mis lectores que no conozca al héroe de mi cuento!
1863.
[Ilustración]
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FISIOLOGÍA DEL BAILE
«El baile es un círculo cuyo centro es el diablo».
Esto lo dijo un teólogo que no era rana.
Mas para los moralistas de ogaño esta definición no es admisible, porque, prescindiendo de que el tiempo de los _sábados_ y de las metamorfosis ha pasado, el círculo no es la figura simbólica de nuestros bailes. Demasiado saben ustedes que cada pareja se va por donde se le antoja, pierde el compás cuando le acomoda y vuelve cuando le da la gana: luego si no hay círculo, no hay centro; _ergo_ si no hay centro, mal puede el diablo hallarse en él.
Sin embargo, la opinión del teólogo tiene su fundamento. «Las mujeres son el mismo diablo», se dice vulgarmente; y admitiendo la denominación de _círculo_ que suele darse á las reuniones danzantes, y teniendo en cuenta que «el bello sexo» es el núcleo ó centro de estas reuniones, «el baile es un círculo cuyo centro es la mujer».
Sustituyendo ahora en lugar de este término su equivalente «el mismo diablo», viene á quedar probada la exactitud de la máxima del teólogo.
Pero de este modo se infiere un gravísimo cargo á las mujeres; pues no es lo mismo decir que «son el diablo», que «el diablo es la mujer»; y apelo en testimonio á la gramática.
Buscando un término medio á estas combinaciones diabólicas, he llegado yo á creer que el teólogo citó al diablo, por dar alguna forma decente á las _tentaciones_.
Por lo que hace á éstas, los mismos que no creen en brujas y se ríen del diablo, no se atreverán á negar que tienen en el baile la mejor parte.--Yo las he _visto_, y no soy escrupuloso ni aprensivo.
Pero sean las tentaciones ó el diablo el centro abominable del baile, según el consabido teólogo, conste que he querido comprobar su máxima para que no se me diga que la acepto por sistema; porque yo la acepto... _Ergo_, detesto el baile.
Y ya que la solté, voy á justificar á mis propios ojos esta opinión, que á los de la flamante _filosofía_ no pasa de ser una ridícula debilidad.
--«La mujer baila como toca el piano, hace _puntillas_ ó va _de tiendas_».
Tal es la opinión general, aun entre los padres más _celosos_ y los maridos más avisados.
Yo opinaría como ellos, si la mujer bailara sola, ó con otra mujer y ante un círculo de mujeres: entonces, á todo tirar, podría el más malicioso atribuirle un poquillo de afán por lucir su garbo, su ligereza ó sus formas; pero la mujer no baila sola ni con otra mujer, sino con un hombre y ante un concurso de hombres.
Si la mujer bailara sólo por el gusto de dar brincos, no sería el baile su placer favorito: tendría igual afición que á él á jugar al marro, ó á la pelota, ó á saltar la cuerda; placeres que, en cuanto á ejercicio muscular, nada tienen que pedir á ningún otro; y no sucede así.
La historia de la mujer civilizada dice bien claro que sólo se descompone en público, sólo marchita sin duelo sus adornos, y sólo es insensible á la acción de la intemperie y de los pisotones y porrazos, en el baile... pero en brazos de un hombre (_conditio sine qua non_).
De lo cual deducirá cualquiera que una mujer, en teniendo un hombre con quien bailar, ha colmado sus ambiciones en el baile; es decir, que sólo se ocupa entonces, en espíritu y materia, en dar vueltas por el salón.
Pues no, señor: si así fuera, las simpatías de una mujer en un baile estarían en favor del hombre más ligero y mejor bailarín; pero allí, como siempre y en todas partes, le es más simpático el que es más hermoso y más travieso.
Reparad cada vez que calla la orquesta y las mujeres se retiran á las orillas del salón en torpe desorden, como la espuma á la playa cuando va cesando la tormenta. Oid lo que dicen á sus amigas cuando se han sentado á su lado; y desafío al más sagaz á que me cite una muchacha que, al sentarse á descansar, se dé por satisfecha si sale de los brazos de un hombre vulgar y adocenado, por más que en el baile sea una peonza, y la prudencia misma en su comportamiento.
De lo que se deduce que la mujer, para bailar, no solamente necesita un hombre que la estreche, quiero decir, que la acompañe; sino también que este hombre sea _intencionado_, travieso y de estampa más que regular, importando muy poco que baile como una avutarda.
Explanemos una idea que apunté más atrás.
La mujer, ordinariamente, es meticulosa y pulcra: la vista de una araña la hace temblar; al contacto de un hombre en un paseo se ruboriza; la menor humedad la obliga á caminar de puntillas; el humo de un cigarro la hace estornudar, y en un carruaje público se marea.
Puesta esta misma mujer en un baile campestre, aguanta el relente de la noche sin constiparse; gira como una peonza en brazos de un hombre horas enteras, y no se marea; sufre un pisotón que le aplasta un par de dedos, y no se queja; encuéntrase en su rápida marcha con una docena de parejas, crujen hasta sus pulmones con la violencia del choque, y no se da por entendida del suceso; rozan su terso cutis las patillas de su adjunto, y no se ruboriza; respira casi en la boca de éste su aliento tabacoso, y no estornuda; rómpese el leve zapato entre los chinarros del salón, y su pie delicado no da señales de sentir la aspereza del suelo; cae, en fin, un chaparrón de agosto, y si no le dicen «párate», sigue bailando con el agua á las rodillas.
¿Qué significa todo esto? ¿Que tiene la mujer dos naturalezas, una débil para la vida ordinaria, y otra insensible é impermeable para los salones de baile? Esto es imposible. ¿Que son estudiados artificios siempre en ella el rubor y la sensibilidad? No quiero creerlo, aunque atrevidos autores lo aseguren. ¿Que hay en el baile alguna cosa que la preocupa tanto que la hace superior á sus propias _debilidades_? No hay más remedio que creerlo.
Y ¿cuál es esta cosa? _Hæc est quæstio_.
¿Qué pensamiento será capaz de dominar á una mujer hasta el extremo de que no se duela al contemplar desgarrado su vestido, desgreñada su cabellera, sudosa su piel, desencajadas sus facciones, ni se caiga desmayada viéndose abrazar y resobar por un hombre, ante un público numerosísimo, bullanguero y bromista?
Respóndame el Adán más bonachón.--Por mi parte, aseguro que el tal pensamiento no es sólo el dar brincos.--Esta sola causa haría muy poco honor al chirumen de la mujer civilizada, que será... lo que ustedes quieran, pero no tonta.
¡Qué diablo! entremos en un baile, en el de más _campanillas_, y echemos un vistazo en derredor; y aun cuando uno quiera figurarse á la mujer desprovista de toda tentación, ella nos demuestra lo contrario.
Como el estilo es el hombre, el baile es la mujer.
Reparad en esa esbelta morena, con la frente inclinada sobre el hombro de su pareja; mirad sus ojos de fuego velados por sus lánguidos párpados, sus labios entreabiertos, encendidas sus mejillas, palpitante el seno, flexible como un junco la cintura, y pisando el suelo apenas con las puntas de sus menudos pies;
La otra, rubia, de mirada tierna y hechicera boca, que se repliega nerviosa y con picante sonrisa cada vez que otra pareja la toca al pasar y la oprime contra su caballero;
Esa pálida de yerta fisonomía, que cierra los ojos en éxtasis siempre que la precipitan en el torrente impetuoso de algunos compases de wals;
Aquella pequeñita y ligera de chispeante mirada, que busca á hurtadillas la de su acompañante cuando la mece, casi sobre su rodilla, en los bamboleos de una _schotisch_... y tantos, y tantísimos otros _ejemplares_ que pasan ante vuestros ojos entre las confusas turbas de un salón de baile, ¿no os dicen en sus especiales actitudes que en todo piensan entonces menos en que van saltando?
Si no me llamaran cruel, haría una pregunta al marido _tolerante_.
¿No has notado alguna vez, al retirarte de un baile, que tu hermosa costilla está taciturna, áspera y desabrida contigo?
Como me vas á contestar que sí, me tomo la libertad de explicarte ese fenómeno, aunque me llames entremetido.--Todo ese despego significa que has perdido mucho en la comparación que de ti ha hecho con los que en el baile la han acompañado; significa que le pareces feo, tonto y ridículo, aunque seas bello, discreto y elegante; porque... está probado que en las comparaciones que hacen las mujeres salen perdiendo siempre los maridos, y en el baile se compara como en ninguna otra parte.
Pero ¿á qué cansarnos en traducir el pensamiento de la mujer en el baile, con deducciones más ó menos lógicas? ¿Hay más que consultarnos á nosotros mismos?--La proximidad del hombre á la mujer, cuando con ella baila, hace casi idénticas las _situaciones_ de entrambos: si el primero se quema, no debe estar muy lejos del fuego la segunda.
Pues bien: el hombre busca siempre, para su pareja, la mujer de mejores formas, más amable y menos _escrupulosa_.
Lo que esto quiere decir, me excusa de lo que callo por respeto á vosotras, que, dicho sea de paso, me arañaríais de buena gana si me tuviérais á mano.
Pero sospecho que, por lo crudo de esta aseveración, sois capaces de recusarme por _apasionado_. Lo cierto es que pocos se han atrevido á hablar tan claro en tan revuelto asunto. Veamos si hallo una razón que no tenga vuelta.
El baile es una sociedad como otra cualquiera, regida por leyes especiales y con sus costumbres propias.
Tratemos de formar con ellas un cuadro exacto y compendiado, de modo que de una sola mirada se aprecie el asunto en su verdadero valor; y con este objeto, examinemos el salón, reparemos lo que los concurrentes hacen, y escribamos el resumen de nuestras impresiones.
Hele aquí:
--«El baile es una república en que no tienen autoridad ni derechos los padres y los maridos sobre sus hijas y mujeres respectivas. Éstas pertenecen al público, que puede necesitarlas para bailar, al tenor de los siguientes dos preceptos:
_Deberes de la mujer_: Ésta, sin faltar á la _buena educación_, no puede negarse al que primero la solicite.
_Derechos del hombre_: El hombre es dueño de elegir la mujer que más le guste, y, ya en la _arena_, puede estrecharla entre sus brazos; poner en íntimo contacto con ella, por lo menos, todo el costado derecho, desde la coronilla á los talones; pisarle los pies, romperle el vestido y limpiarle el sudor de la cara con las patillas, si no con el bigote, sin faltar á las leyes de la decencia; pues contando con la agitación y la bulla de la fiesta, no es posible establecer un límite á los puntos de contacto, ni amojonar el cuerpo para decir al hombre: «aquí no se toca».
_Nota._--Las anteriores prescripciones se observan rigorosamente, desde el hombre más feo y antipático, hasta la mujer más linda y exigente».
Repárese que en la tal república, donde el hombre tiene _derechos_ tan peregrinos, la mujer no tiene más que _deberes_.
Creo que esta fidelísima fotografía que acabo de hacer del baile, completa sobradamente mi propósito.
Una observación en honor del hombre culto.--No hay padre ni marido que repare en enviar sus hijas y su mujer al baile; pero la sociedad se escandaliza el día en que una soltera atraviesa sola, de acera á acera, la calle en que vive.
Fundándome en mejor lógica, establecería yo la siguiente
«_Jurisprudencia_: Los padres y los maridos que proveen los bailes con sus hijas y sus mujeres, no tendrán derecho á ampararse á las leyes de la justicia ni del honor, en los casos de agravio... de _mayor cuantía_; se les negará la sal y el fuego, y, con un cencerro al cuello, expiarán su estupidez... de baile en baile».
Consignado así mi voto, no debo insistir en nuevas deducciones, y doy por acabada mi corta tarea.