Esbozos y rasguños

Part 4

Chapter 43,765 wordsPublic domain

--Que haya habido gente _á pique_ de perecer. La vía (fíjese usted mucho en esto), en el sitio que nos han señalado, está completamente bañada por el mar, por ambos lados, y la marea está alta en este momento. Y una de dos: ó hubo gente ó no la hubo al llegar el tren. Si la hubo, y mucha, en lo cual convienen todas las noticias adquiridas, ¿en dónde se refugió cuando apareció de sorpresa la máquina?... porque hubo sorpresa, y la prueba está en que Mr. Juanny no tuvo tiempo para ponerse fuera del peligro... ¡como que pereció en él! Yo quiero suponer que las personas que le rodeaban, que eran muchísimas, atendiendo cada una á su propia salvación, se olvidasen del desgraciado, que tal vez cayó enredado entre las cuerdas del globo, ó se inutilizó al caer y no pudo moverse; al huir cada cual del tren que se aproximaba rápido, ¿se refugió en las orillas de la vía? Imposible, porque son muy estrechas... ó perecieron los de la primera fila indefectiblemente. ¿Se atropellaron unos á otros, y se salieron de la vía? En este caso cayeron al agua; y como no es probable que todos supiesen nadar, y se sabe que, en semejantes conflictos, el mejor nadador se ahoga arrollado por la multitud, el resultado es más horroroso aún que el de la primera suposición... En fin, don Crisanto, no me cabe duda alguna de que la escena debe haber sido espantosa. Y esto parece providencial después de lo que le dije á usted en la Atalaya sobre las consecuencias de semejantes espectáculos.

--Me deja usted aturdido--exclamó don Crisanto, que no había perdido una sola de las palabras de su amigo:--los argumentos son irrebatibles... Pero si tantas víctimas hubo, ¿cómo no se sabe nada de cierto?

--Muy sencillo, amigo mío: el juzgado estará instruyendo las diligencias de cajón; habrá detenido á los que salieron ilesos para tomarles declaración, y á los de fuera no se nos ha permido acercarnos allá: ¿por dónde, pues, se ha de haber sabido la verdad? Desengáñese usted, que se van á descubrir horrores.

Y penetrados ambos, pero con toda convicción, de esta trágica idea, continuaron Muelle adelante.

--¿Vienen ustedes de la estación?--les preguntó un conocido que hallaron al paso.

--Sí, señor.

--¿Y en dónde cayó?

--En mitad de la vía.

--¿Al pasar el tren?

--Desgraciadamente... y le ha partido por la mitad.

--¡Horror! ¿Es posible?

--Como usted lo oye... y no es eso lo peor, sino que entre la gente que se agolpó á verle, entre ahogados y aplastados pasan... tal vez de veinte.

--¡Santo Dios de misericordia!... ¿Pero ustedes lo han visto?

--Casi, casi. Las autoridades están allá, y el juez instruye las diligencias: por eso no se nos ha permitido ver á las víctimas, pero hemos oído los gritos y la bulla.

--Estremece pensarlo, señores... Corro á ver si logro adquirir más pormenores.

El buen señor partió, azorado, hacia la estación, mientras los noticieros, conmovidos, no de pesar por las víctimas que suponían, ni de remordimiento por la ligereza con que habían propalado una noticia tan grave y tan dudosa, sino de entusiasmo por el caudal de horrores que llevaban en la mollera, continuaron caminando á largos pasos, rojo el semblante, chispeante la mirada y diciendo con la fisonomía á todo el mundo:--«Pregúntenos usted, ó se lo contamos».

De esta suerte llegaron al café Suizo.

Media hora haría que estaban aterrando á un numeroso auditorio que se habían formado con sus trágicos relatos, cuando entró en el salón don Pedro Truchuela, acompañado de su hijo, el mismo que, _según noticias_, había fallecido aquella tarde.

Verlos entrar los dos amigos y atascárseles en la garganta las palabras que iban á dirigir al concurso, fué todo uno.

Repuestos algún tanto de la sorpresa, partieron ambos hacia don Pedro, y tomando la palabra don Plácido, le dijo, dándole la mano:

--Pero, señor... ¡cómo se miente en este pueblo! Si se nos había dicho...

--¿Qué?--le interrumpió don Pedro.

--Que estaba peor su chico de usted--añadió don Crisanto;--y ya vemos que, á Dios gracias, es mentira. Sea, pues, mil veces enhorabuena; y ojalá sirva esto de lección á los que con tanta ligereza se entretienen en propalar malas noticias.

--Mucho que sí,--murmuró don Plácido, un si es no es corrido y abochornado con la lección.

--Gracias, señores,--les contestó don Pedro, que lo que menos se imaginaba era el cisco que sus dos conocidos habían revuelto desde que los saludó por la mañana.--Afortunadamente este chico es fuerte, y cuando volví á casa me le encontré levantado y empeñado en que había de salir á la calle, lo cual no le consentí, porque en su estado no lo juzgué prudente; pero esta tarde, después de notar las buenas disposiciones con que comió, no he tenido inconveniente en que me acompañara á dar un paseo y á ver al mismo tiempo elevarse el globo.

--¿Desde dónde le han visto ustedes?--preguntaron anhelosos los dos embusteros.

--Desde los prados del Cementerio,--contestó don Pedro.

La ansiedad de los viajeros crecía por momentos.

--Según eso--exclamó don Crisanto,--¿estará usted al corriente de todo lo que ha sucedido?

--Como que lo he visto.

--Ya lo oye usted, don Crisanto, ¡lo ha visto!

--¿Y qué tiene de particular, señores?--exclamó don Pedro, á quien ya chocaban los gestos y el afán de sus amigos.--Nada más sencillo: cuando noté que el globo descendía, nos bajamos á lo largo de las tapias del Cementerio, hasta cerca de la vía; allí nos sentamos y le seguimos en todos sus accidentes, hasta que cayó.

--¿En dónde?

--En la cortadura del muelle de Maliaño, en el agua, pero á pocas varas de la escollera; así es que el aeronauta, con muy leves esfuerzos, salió á tierra firme inmediatamente... Lo hemos visto con los gemelos.

Los dos amigos se miraron estupefactos.

--¿Pero no cayó en la vía?--preguntó asombrado don Plácido.

--¿Pues no lo está usted oyendo?--contestó don Pedro.

--Luego no le ha cogido el tren, ni han perecido ahogadas y aplastadas otras personas...

--¡Ave María Purísima!--exclamó, santiguándose, don Pedro:--¿quién les ha engañado á ustedes?

--¡Conque es mentira!... Pero ve usted, don Crisanto, ¡_cómo se miente_ en este pueblo!

Y don Plácido miró á su amigo con una expresión indefinible. Éste le contestó en idéntico lenguaje, y recordando entrambos sus recientes trágicos relatos, y notando que en algunas mesas vecinas se hablaba, con referencia á ellos, de la _terrible catástrofe_, despidiéronse de don Pedro y de su hijo como mejor en su aturdimiento supieron, y se echaron á la calle renegando, con la mayor sinceridad, del arte que se da el público siempre para desfigurar la verdad y sorprender la buena fe de los hombres de bien, como ellos dos, y exclamando, _escandalizados_, á cada instante:

--Pero, señor, _¡cómo se miente!_

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LAS BELLAS TEORÍAS

¡Dichosa edad, dichoso siglo XIX! ¡Tú, con tu ciencia, arrancaste á los pueblos de la barbarie de sus antecesores; tú, con la razón por bandera, redimiste á la humanidad del pecado de la estúpida ignorancia de nuestros abuelos! Ya no hay privilegios, ya no hay distancias, ya no hay razas, ya no hay fuertes ni débiles, víctimas ni verdugos. Las diversas naciones del mundo _culto_ forman un solo pueblo; los hombres una sola familia; todos somos hermanos con una sola religión, la ciencia; con un solo gobierno, la virtud; con una misma riqueza, el trabajo. La antorcha de la razón, disipando las densas tinieblas de las viejas preocupaciones, ha transformado la naturaleza _pensante_. La razón es la luz, la razón es el pan, la razón es la Providencia, la razón es la famosa palanca que soñó el sabio. Yo digo que _blanco_, mi vecino que _negro_: he aquí la palanca. Demuestro yo mi _teoría_, sostiene el otro la suya: he aquí el punto de apoyo. Se la combato, me la protesta, se formaliza el debate, la _discusión_, que llamamos; he aquí que el mundo se tambalea, y que al fin acaba por dar la voltereta.

Resumen.--El talento es el árbitro soberano de la tierra.

Corolario.--Sólo los necios tendrán hambre, sed y frío.

Vamos á verlo.

Juan era todo un mozo modelado _á la última_ (no quiero decirlo en francés). Admiraba la ciencia, adoraba la idea y respetaba el talento. Tenía fe ciega en el progreso moderno, soñaba con la _perfectibilidad_ hasta el extremo de vislumbrar lo _perfecto_; creía en todo, de tejas abajo, porque todo cabía dentro de la razón; dudaba de todo cuanto debía dudar un hombre que creía como él creía, cuanto debía dudar un verdadero _espíritu fuerte_; dudaba, en fin, de tejas arriba, de todo.

Juan había mamado en sus libros favoritos la esencia pura de la flamante filosofía; y no llegó á ser un sabio completo, porque á la mitad del camino se halló huérfano y sin recursos.

Juan, en una palabra, era _ilustrado_ y pobre, y tenía talento.

Cuando se vió solo en el mundo y abandonado á sus propias fuerzas, después de llorar las prendas queridas de su corazón, tuvo miedo á lo porvenir y decayó su ánimo; mas luego apeló á su razón, descubrió su ciencia, abrazóse á ella, y con el mayor entusiasmo exclamó: «El dolor me hizo ingrato contigo, mi noble compañera; juzgábame solo, y te encuentro á mi lado cicatrizando la herida que han hecho en mi corazón los santos efectos de la naturaleza. Bajo tu amparo no temo lo porvenir: tú me haces _necesario_. La sociedad es una cadena cuyos eslabones somos los hombres _útiles_ y virtuosos. Para nosotros no hay _favores_; la sociedad nos debe su protección, porque la sociedad somos nosotros: la justicia es su ley, y la justicia ha destronado á la fortuna, que era, en épocas ominosas, el amparo de los necios, de los atrevidos y de los tiranos».

Pasáronse algunos días tras este arranque de entusiasmo. Juan consumió durante ellos los poquísimos restos de su miserable herencia, y la equitativa sociedad no se presentó á sus puertas pidiéndole ciencia á cambio de protección. Siguió el tiempo pasando; y como aquella señora no iba á buscarle aún, se resolvió Juan á salir á buscarla á ella. Indagó, encontróla al fin y se metió entre sus laberintos, pliegues y sinuosidades. Hízose el interesante, miró de frente, de reojo, al sol, al polvo, atrás, adelante... y nada: ni una sonrisa para él, ni una palabra cariñosa, ni una mano que estrechara la suya.

--¡Es natural!--pensó el iluso:--no me ha visto; no es hora aún. Esperemos.

Entre tanto, como su estómago no se nutría, como su razón, de teorías, sino de pan, y el pan costaba dinero, y él no lo tenía, sintió los amagos del hambre y trató de conjurarla.

--Mientras _esto_ cambia--se dijo,--busquemos algún recurso.

Y salió á pedírsele á la patria, creyendo de buena fe que esta señora los tenía de sobra siempre para sus hijos virtuosos, inteligentes y necesitados, como la razón aconsejaba.

--¿Quién es usted?--le preguntó la patria por boca de uno de sus representantes (ministro, director, ó lo que ustedes quieran).

--Juan Portal,--respondió tímidamente el interpelado.

--Y ¿qué es lo que usted quiere?

--Pan--(léase _destino_).

--Y ¿quién le recomienda á usted?

--Mi necesidad, mi honradez y mi aptitud.

--Y ¿_nadie_ más?

--Nadie más.

--¿Y tiene usted descaro para acercarse á mí de esa manera?

--Me parece que un hombre honrado, con amor al trabajo...

--Le digo á usted que todo eso es hojarasca, música celestial.

--No comprendo...

--¿Ve usted esa montaña de papel que está sobre la mesa? Pues son recomendaciones de _hombres influyentes_ en pro de necesitados como usted.

--Luego quiere decir que...

--Que está usted aquí de más.

--Tiene razón--dijo Juan para sí, retirándose:--las necesidades de esos hombres serán más antiguas y más grandes tal vez que la mía. ¡Cuando los recomiendan las personas _influyentes_!...

Acosado más de cerca por el hambre, buscó en más bajas regiones lo que en las altas se le negaba.

--¿Para qué sirve usted?--le preguntó un banquero.

--Para todo,--contestó Juan.

--¿Conoce usted alguno de los misterios de la máquina bursátil?

--No, señor; pero lo aprenderé.

--¡Bah! Yo necesito una persona que los conozca hoy, ahora mismo. No me conviene usted.

Y Juan siguió buscando.

--¿Sabría usted administrar mi hacienda?--le dijo un propietario.

--Sin duda alguna.

--Y ¿quién le garantiza á usted?

--Mi honradez, mi aptitud...

--Y ¿cómo me las acredita usted?

--Con mis obras.

--Pero ¿quién me responde hoy?...

--Mi palabra.

--¿Nadie más?

--¿Duda usted de ella?

--Como no le conozco á usted...

--Me llamo Juan Portal.

--Muy señor mío... pero nunca he oído ese nombre. Si usted me diera el de alguna persona de arraigo, yo me informaría.

--Soy muy joven aún, y ésta es la primera vez que busco el amparo de un extraño... Sin embargo, en la universidad...

--No trato á esa señora.

--Allí soy bien conocido.

--¿Como estudiante?

--Como _buen_ estudiante.

--Pero como lo que yo necesito es _un buen administrador_... Beso á usted la mano.

Juan sufrió con resignación este nuevo desengaño, y siguió recorriendo, con el heroísmo del que no tiene que comer, todas las categorías del comercio y de la industria, buscando un pedazo de pan al precio de su trabajo. ¡Inútiles pesquisas! Cuando Juan no conocía el ramo á que se le destinaba, se le desechaba por inútil; cuando le conocía, no se le aceptaba por falta de _responsabilidad_; y ¡cosa rara! por todo se le preguntaba menos por aquello que constituía su orgullo: su talento.

Entre tanto, el hambre avanzaba á pasos de gigante; y el pobre teorista se vió tan apurado, que se decidió á pedir un puesto detrás del roñoso mostrador de un aceitero.

--Aquí--se dijo,--no se escrupulizará tanto en la cuestión de garantías; tampoco me rechazarán por incompetente; y pues sólo se trata de paciencia y humillaciones, yo procuraré ser un héroe de este género. De paso estaré más á la vista de la sociedad, que, al cabo, tomará en cuenta tan grande sacrificio.

Y salió resuelto á ejecutar su plan.

--¡Qué _casta_ de hombre es usted--le dijo, al oirle, el grosero mercader, mirándole receloso,--que con ese traje y esa elocuencia se atreve á servir en mi casa?

--Un hombre acosado por la necesidad--respondió Juan,--que busca trabajo y no le encuentra; que tiene hambre y no quiere robar para comer; que tiene títulos universitarios y los vende por un pedazo de pan.

--Pues, amigo, usted sabe demasiado para vender jabón y aceite. Para luchar con mi parroquia necesito hombres de grasa, no de ciencia... Lo siento, pero no me conviene usted.

Este último golpe anonadó á Juan. Encerróse en su obscura buhardilla, renegó de la fatal _casualidad_, que le había conducido ante los _poquísimos ejemplares_ del grosero positivismo que aún quedaba en medio de la llama civilizadora de la época; y así por entretener el hambre como para consolarse algún tanto de los reveses sufridos, se puso á escribir sobre el tema que le ofrecía su propia situación. Y con tanta fe escribió, con tanto ahinco, que en poco tiempo se halló con un volumen considerable.

--He aquí las ventajas de la ciencia--exclamó Juan con entusiasmo, después de leer y corregir su manuscrito.--Yo _demuestro_ con argumentos irrebatibles que el hombre civilizado no debe, _no puede_ tener hambre viviendo en sociedad, conocidas las bases sobre que ésta descansa hoy; bases que expongo con toda minuciosidad, y cuya exactitud nadie podrá negarme en el terreno de la razón... ¡Si yo publicara este libro! Y ¿por qué no? El buen éxito es seguro: mi teoría está en la mente del público; y si parezco algo atrevido, el triunfo será mayor: me argüirán, haré ruido, se hablará de mí... Me alegro ya de mis recientes contrariedades; sin ellas no hubiera emprendido esta obra, que tal vez está llamada á ser mi providencia. ¡Bendita sea la chispa civilizadora que inflamó la mente del hombre, para que brotara de ella el genio de nuestro siglo! Yo iba á ceder al peso de una _aparente_ adversidad, y quizá seré mañana el ejemplo vivo de que el espíritu moderno se nutre de fuerza hasta en el egoísmo, en la ignorancia que aún viven entre nosotros; de que el fuego de la civilización purifica, como el de la naturaleza al oro, al hombre de las malas pasiones que le rodean y le manchan con su contacto.

Y ocultando cariñosamente el manuscrito en el seno, salió, radiante de entusiasmo, en busca de un editor, tributando de paso fervientes alabanzas á estos modernos _industriales literarios_, con cuyo auxilio popularizan sus creaciones los ingenios desheredados de la fortuna.

--Quisiera publicar un libro,--dijo al primer editor que halló al paso, después de saludarle afectuosísimo.

--No habrá inconveniente en ello--respondió el industrial,--si nos ponemos de acuerdo en los términos del negocio.

--Así lo espero.

--Veamos. ¿Quiere usted imprimir la obra por su cuenta?

--Carezco de recursos para ello. Desearía que usted me la comprara.

--Corriente. Y ¿cuál es el nombre?...

--_Conquistas y derechos de la razón._

--No me ha dejado usted concluir. Preguntaba por el nombre de usted.

--¡Ah! por el mío... Me llamo Juan Portal.

--Juan Portal, Juan Portal... Portal... Portal. No quiero publicar su libro de usted.

--No comprendo...

--Es harto claro. Juan Portal es un nombre desconocido en el comercio de libros.

--Y eso ¿qué?

--Que no le conoce á usted el público.

--Pero vea usted el libro y juzgue. Si es bueno, ¿qué le importará al público el nombre de su autor?

--Es que no le verá aunque inundemos el mundo de ejemplares.

--¿Por qué no?

--Porque no le conoce á usted.

--¡Dale! ¿Qué tiene que ver la obra con mi apellido?

--¡Friolera!... ¿Usted ignora que el público de España no compra un libro cuyo autor no sea conocido... ó extranjero?

--Ése es un cargo gravísimo que ofende al buen criterio de la sociedad moderna.

--Será lo que usted guste, pero es la verdad.

--El entusiasmo de la juventud...

--No hay tal entusiasmo: no hay más que curiosidad, y ésta sólo la despierta un nombre popular.

--¿Y cómo se populariza un nombre?

--Zarandeándole unos cuantos años en la prensa periódica de la corte. Pero ¿de dónde viene usted, santo varón? ¿No sabe usted que hay una sociedad de elogios mutuos entre los literatos, que se encarga de labrar reputaciones?

--¡Cómo ha de ser eso posible?

--Muy sencillamente. Usted escribe en el periódico A, y publica un trabajo literario, supongamos que con presunciones de jocoso. Yo escribo en el periódico B, y le reproduzco en él con el siguiente preámbulo: «Tomamos del periódico A la siguiente bellísima producción que nos ha hecho tendernos de risa, etc., etc., debida á la pluma del festivo é ilustrado escritor Fulano de Tal». Mañana, viceversa, escribo yo en el periódico B unas malas seguidillas con dejos sentimentales, y usted, reproduciéndolas en el A, asegura á sus lectores que le han hecho llorar, y que encierran más ternura que un puchero de lágrimas. Pasado mañana se pone usted á escribir del Chimborazo, y, pegue ó no pegue, encaja de vez en cuando un «como dice muy oportunamente el _sensible_ escritor Zutano de Cual», etc., etc. Hablo yo de las Batuecas otro día, y cito una frase de usted, ó que la supongo de usted, anteponiéndola el adjetivo _chispeante_, _feliz_... Y de este modo una semana, y un mes, y un año, llega el público á hacerse tanto á nuestros nombres, que cuando le faltan en los periódicos, está inconsolable. Calcule usted qué hará este público el día en que aparece un libro nuestro, máxime después de haber dicho de él la prensa entera: «De un momento á otro debe ponerse á la venta la obra que acaba de imprimir el señor don Fulano de Tal. El nombre del autor es la mayor recomendación que podemos hacer del libro, á todas luces digno de tan privilegiado talento y de la protección del público, que tan familiarizado está con las producciones de la delicada pluma del señor Tal»...

--Pero, señor mío, si la obra es buena, no hallo del todo injustos esos elogios, ni los que usted ha dicho que se tributan mutuamente de periódico á periódico. Si la obra es mala, ¿no bastará ella á castigar la desvergüenza de su autor?

--No, señor, porque el público, en general, se paga mucho de lo que lee en la prensa periódica; y antes que asegurar que ésta no tiene razón, confiesa que él no lo entiende.

--Pero ¿dejará la verdad de brillar al fin y al cabo?

--Ésa es otra cuestión. Por de pronto, antes de que llegue ese caso, el bombo ha hecho efecto, los libros malos se han despachado como pan bendito, y el escritor de pega es _popular_, es decir, una _reputación_.

--Cualquiera que le oiga á usted creerá que no hay en España verdaderas glorias literarias.

--¡Dios me libre de negarlas! Lo que sí le aseguro á usted es que estas reputaciones que han rechazado, al nacer, la _Sociedad de elogios_, han sudado el quilo para formarse, y sólo á fuerza de años y de méritos han conseguido la consideración en que se las tiene. Cierto es que sus nombres no morirán jamás, y que los de artificio acabarán muy jóvenes; pero ésa no es cuenta para nosotros, los editores, que sacamos más jugo de las obras de relumbrón que de las de verdadero mérito. Por eso, al recibir un manuscrito, no leemos de él más que la portada.

--¿Luego usted está resuelto á no leer el mío?

--Resueltísimo.

--¿Y de qué medios me valdré para publicarle?

--Ingrese usted antes, si le admiten, en la _Sociedad de elogios mutuos_.

--¡Oh! eso no lo haré jamás; y, por otra parte, yo necesito dinero hoy mismo para comer.

--¿De qué género es el libro de usted?

--Filosófico-social-económico...

--Basta, basta... No sirve.

--¿Qué pretendía usted?

--Si fuera una novela _patibularia_, _incendiaria_, _frígida_, _parricida_ ó _adulterina_, poniéndole algunas láminas _al cromo_ y portadas alegóricas á diez tintas, tal pudiera haber en ella de horrores, que se la compraran á usted, á pesar de su poco nombre.

--¿Cómo?

--Porque éste es el género que hoy priva; y tantos pedidos tengo de él, que acaso nos arreglásemos. ¿No podría usted dialogar su libro, introduciendo en él siquiera un par de frailes cínicos, una ramera _virtuosa_, un bandido filantrópico, un banquero ex-presidiario, una marquesa adúltera... cualquier _cosa_ así? Porque con un título _ad hoc_, verbigracia: _El cráneo del monje_, _La caverna del crimen_, _Cien generaciones de adúlteras_, _El puñal y el hisopo_, le daríamos á luz con éxito seguro.

--Usted se está burlando de mi situación, é insultando de paso el buen sentido de ese público que le da de comer.

--Por eso le conozco tanto, y por eso le vuelvo á asegurar á usted que, de algún tiempo á esta parte, salvas honrosísimas pero cortas excepciones, repara, no sólo en el nombre de los autores, sino hasta en el color de las portadas.

--Usted le está injuriando.

--Es usted un inocente.

--Beso á usted la mano.

--Vaya usted con Dios.

Juan salió á la calle persuadido de que el editor se había querido burlar de él; mas cuando trató con otros inmediatamente y vió que todos ellos convenían en que el señor público se pagaba mucho del ruido, y que por esta razón no hallaba él quién publicase su libro ni de balde, el desdichado filósofo acabó por perder los estribos, confundido con tanto desengaño y, sobre todo, abrumado por el hambre que no podía acallar.