Part 9
Además de los pormenores apuntados, que son los más característicos, diariamente, de la Guantería, deben consignarse también, como entremeses variables hasta lo infinito, algunos otros, verbigracia: el corredor que pide un fósforo y toma asiento durante dos minutos para respirar; el forastero que desea saber dónde se venden buenas langostas de mar ó ron puro de Jamaica; el pollo desatentado ó la doncella pizpireta que preguntan cuándo es, ó por qué se ha suspendido el baile, el baile de campo, de cuya sociedad es el guantero administrador, más que administrador, el alma y la inteligencia, la varita mágica que allana las dificultades, reclutando socios, extendiendo circulares, invitando á forasteros, procurando orquesta y servidores, y transformando en un edén en breves días el ya, de suyo, bello jardín de la calle de Vargas; la oficiosa señora que indaga por quién tocan _á paso_, ó de quién es el bautizo, ó á quién han dado el Viático; el cartero mismo que quiere averiguar en qué calle y en qué casa vive la persona cuyo nombre, sin más señas, contiene el sobre de una carta recién llegada, ¡y qué sé yo cuánto más! porque la Guantería es una agencia universal, y su dueño una guía de viajeros, un libro de empadronamientos, un registro de policía, en punto á datos y curiosidades locales.
Consideremos ahora el mentidero en día de fiesta, y ejemplo al canto.
Son las doce de la mañana: la concurrencia, no cabiendo en la tienda, invade el portal inmediato y parte de la calle. La sesión está fraccionada en grupos que apenas logran oirse, en fuerza de lo mucho que gritan. En uno, la joven América, vestida á la europea, se afana porque le comprenda su teoría sobre la _comenencia_ de la _infusión_ de razas, un jurisconsulto de gran volumen, que, olvidando la severidad del Digesto, y sin negar al indiano la oportunidad de su _descurso_, acaba por hacerle creer que Bezana se llamó _Bucefalonia_ en tiempo de los romanos; la ciencia de Hipócrates, dejando sus rancios aforismos, predica higiene moderna, y haciendo aplicaciones al bello sexo, vacila entre el zapato de charol con moña y las _botinas_ de _marrón_; un procurador le arguye contra los escotes de los trajes de baile, y aun de paseo en verano, y un mayorazgo, dueño de una gran huerta, sostiene lo contrario, porque piensa explotar las hojas de sus higueras, en día no lejano, si los vestidos no dan en subir al paso que van bajando; el matrimonio anda en un rincón á merced de un meritorio con cinco hijos, que le defiende, y de un mal humorado que le acribilla; la hacienda pública se arregla más allá con los cálculos de un desarreglado que jamás pudo establecer en su casa el orden y la economía; el arte dramático moderno perece bajo las iras de un erudito que no distingue la prosa del verso más que por el tamaño de los renglones; la religión, la política, el baile, tienen allí también su grupo de competentes, sin que le falten, por supuesto, al comercio, cuyo _grano_ merece la preferencia de ciertos hombres de chapa, siempre y en todas partes.
Entre tanto, tú, mi buen amigo, detrás del mostrador, pides, ya que no parroquianos, cuya entrada es imposible, un poco de luz para clasificar los guantes que en horas anteriores has desparramado por servir á algún precavido consumidor; pero ni luz ni parroquia te conceden los que, en el egoísmo de su deleite, se curan muy poco del daño que te hacen.
De pronto se revuelven las masas, ábrese un angosto sendero, y, á toda fuerza de puños y caderas, avanza hasta el mostrador una robusta pasiega. La imprudente ama de cría desenvuelve ante el concurso una tira informe y deshilada, y pide un par igual, pero «que alargue y encoja».
--¿Para quién son?--pregunta un curioso, rollizo y alegrote, movido de no sé qué sentimiento.
--Para la señorita,--contesta la montaraz nodriza, sin sospechar el cúmulo de deducciones que pudieran desprenderse de este solo dato. Ignora la desdichada que, como al naturalista le basta un diente hallado en un basurero para saber el género, la especie, la edad, la estatura y otra porción de circunstancias del animal á que perteneció, á un ocioso de la Guantería le sobra una liga vieja para... ¡bah, yo lo creo!
La animación de la concurrencia crece con este motivo (no el de la liga, sino el de los empellones de la pasiega); ésta se amosca, lanzando por su bendita boca más rayos y centellas que una tempestad; y tú, que necesitas ya muy poco para estallar, empiezas á tratar de «usted» á la reunión, detalle terrible que suele preceder á tu tardío, pero imponente enojo, concluyendo... por largarte á la calle por la puerta falsa, cerrando la principal, en la imposibilidad de arrojar á los demás fuera de la tienda. ¡Ejemplo sublime! Dos minutos después no queda un ocioso en la Guantería. Vuelves entonces á entrar en ella, abres la puerta de la calle, respiras con ansia, vas á lanzar una exclamación de sorpresa al encontrar el local libre y despejado, y antes que despliegues los labios, te ves envuelto en la misma muchedumbre de marras. Pero tu fisonomía se halla ya serena, tu voz firme y segura, y en tu pecho no queda el más leve enojo hacia los invasores. Y ¿cómo tan repentino cambio? ¿Consiste en que la frecuencia de esas escenas te ha acostumbrado á mirarlas con indiferencia, ó en que, en la imposibilidad de corregir á tanto incorregible, te resignas á sus vandálicos atropellos? No, seguramente: es que los breves momentos en que te ves solo detrás del mostrador, te hacen extranjero en tu propia casa, te entristecen y te afectan hasta el extremo de que ofrezcas, en tus adentros, la mejor caja de guantes por el peor de tus amigos. Porque no puedes vivir sin su presencia; tú me lo has confesado más de una vez: te son tan necesarios como á nosotros la Guantería.
No la cierres nunca, Juan, aun cuando la fortuna te persiga más allá de tus ambiciones, ó no te respondo de los resultados. ¿Qué sería de nosotros si al salir un día de casa nos hallásemos esa puerta cerrada? Mediten un poco sobre este punto mis contertulios. La Guantería, como la salud, no se sabe lo que vale hasta que se ha perdido.
En una ocasión, y por un motivo que no quiero recordarte por no afligir tu corazón de padre, hallé cerrada la puerta ¡caso inaudito! en un día de trabajo. Nunca, hasta entonces, había reparado yo en el aspecto de los sillares de aquella puerta, desnudos de las charoladas hojas que de ordinario los revisten; jamás me pareció la calle de la Blanca más larga, más silenciosa, más triste. Llegaron varios contertulios; pasmáronse, como yo, ante tal espectáculo, y mustios y cabizbajos dímonos á vagar por la población. Sobronos el tiempo, aburrímonos en todas partes, y tornamos á casa en el mayor desaliento. Tres días sin Guantería, y comprendo en Santander hasta la revolución.
Así, pues, Juan incomparable, explota, estruja tu establecimiento famoso mientras lo necesites para provecho de tus hijos y sostén de tu familia; pero si, como he dicho ya, llegaran sus productos á colmar tus modestas ambiciones, antes de cerrarle considera que es indispensable para tu gloria y deleite de tus infinitos amigos; y ya que, á pesar de su utilidad patente y preclara historia, no le declare el Gobierno _monumento nacional_, ilustre Senado montañés, quede siempre abierto para que los futuros santanderienses aprendan allí, como nosotros, á ser excelentes ciudadanos y tan buenos amigos como lo es tuyo el que, en prueba de ello, te dedica estos renglones.
1869.
[Ilustración]
NOTAS:
[2] Este artículo, que se reproduce á instancias de varias personas que le conocían, se publicó muchos años hace en un periódico de esta capital. Tiempo después se rehizo con objeto de incluirle en uno de los libros del autor, propósito que no llegó á realizarse por causas que no importan un rábano á los lectores; pero sírvales á éstos de gobierno que hoy se publica tal cual entonces quedó _restaurado_, y tengan en cuenta los años que van corridos cuando su excesiva malicia ó nimia escrupulosidad les lleve á investigar el _por qué_ de ciertos _casos_ y _cosas_ que en el ESBOZO aparecen, y acaso no se ven ya en el original.--(N. de la ed. de 1876).
[Ilustración]
EL PEOR BICHO
Si cambiándose un día las tornas, ó trastrocándose los poderes, fueros y obligaciones entre los seres condenados á purgar sobre la pícara tierra el delito de haber nacido, se tomara residencia por los que hoy son sus esclavos al tiranuelo implume, al bípedo soberbio que habla y legisla de todo y sobre todo de tejas abajo, y aun, á las veces, osa levantar sus ojos profanos más arriba del campanario de su lugar, como si todo le perteneciera en absoluta indisputable propiedad, ¡magnífica lotería le iba á caer!
Y cuenta que no hablo del hombre encallecido en el crimen; ni del á quien la altura de su poderío hizo desvanecerse y desconocer la índole y naturaleza de sus gobernados; ni del guerrero indomable á quien embriaga la sed de una funesta gloria, y han hecho creer que ésta puede fundarse alguna vez sobre montones de cadáveres mutilados y de ruinas humeantes: refiérome al hombre vulgar, al hombre _de la familia_, y, por tanto, no excluyo á las mujeres ni á los niños; tomo, en fin, por tipo para mis observaciones, al _hombre de bien_, á la mujer _de su casa_, al niño _cándido_; y empiezo por asegurar que ninguna de estas criaturas se acuesta una sola noche sin un delito que, en justas represalias, no le costara una mano de leña, cuando no el pellejo, si se suspendieran las garantías que hoy nos mantienen en despótico dominio sobre los irracionales, y tocara á éstos empuñar el látigo.
No pretendo ser el descubridor de esta verdad manoseada en fábulas y alegorías hasta el infinito; pero _nihil est novum sub sole_; y si la forma de mi breve tarea lo parece, en ello doy cuanto puede exigírseme.
Hemos de convenir de antemano en que todo bicho viviente tiene su sensibilidad física como el hombre, y, á falta de razón, un instinto que le hace amar la vida y aterrarse enfrente de todo peligro de perderla; y hay que conceder forzosamente que el frío, el hambre, la sed, la fatiga, la persecución, los palos y las heridas atormentan á los irracionales, en lo físico, lo mismo que á nosotros.
Esto entendido, recordemos algunos de los actos de _ferocidad_ más comunes en la vida del hombre, ejercidos sobre las demás especies.
¿Han visto ustedes matar un cabritillo? Yo sí, tentado del demonio de la curiosidad. La tímida bestezuela lamía, con su lengüecita, roja y brillante como una cinta de raso, la mano del pedazo de bárbaro que la sujetaba; y cuando éste hundió en su cuello, blanco como la nieve, medio palmo de navaja, el pobre animal gimió con la angustia de un niño delante de un objeto horrible; lanzó después algunos quejidos débiles, suspiró trémulo y cerró los ojos con que poco antes parecía implorar el perdón del carnicero.
Siempre que veo, _diariamente_, conducir centenares de estas reses al matadero, recuerdo con verdadero disgusto aquella escena, que me he guardado muy bien de volver á presenciar.
Nada más corriente y acreditado entre nosotros que el caldo de gallina, ese líquido que se administra cincuenta veces al día á los enfermos, y se recomienda, por substancioso, á todas horas, y se usa á cada veinticuatro en la cocina de la gente que sabe y puede cuidarse. Y ¿se han fijado ustedes con atención en los preliminares que exige _la costumbre_ para obtener el susodicho caldo? Pues no tienen malicia, que digamos. Se coge la gallina, la coloca una fregona incivil entre sus rodillas, le pliega el pico sobre el cuello; y con un cuchillo, de ordinario roñoso y desportillado, le sierra el cráneo por la mitad. No cabe suplicio más feroz... ni más frecuente.
El que se emplea en los mataderos con el ganado vacuno, es más breve; pero en cambio, es tal la cantidad de reses sacrificadas en ellos diariamente que se engulle la humanidad, que debiera, siglos hace, haber puesto en alarma á la especie, no obstante lo bestia que es.
Y ¿qué diremos del señor de la cerda, del apreciable individuo «de la vista baja», en sus postrimerías? ¡Cuánta iniquidad se comete con él! Tan mimado, tan cebadito durante el año, ¿para qué? Para dar con una muerte ignominiosa ocasión á una fiesta de vecindad; para ofrecer su agonía por blanco á la burla, á la sátira y al escarnio de un barrio entero... y no es exageración. En los pueblos rurales que yo conozco, entran por docenas las personas que rodean á la cerdosa bestia en su último trance: unas para atesar las cuerdas que la impiden moverse y hasta gruñir; otras para tener por las cerdas del lomo; varias con ellas para cargarse sobre la mole y sujetar su cabeza contra el apoyo en que yace todo el cuerpo; quién para revolver la sangre cuando fluya; quién, en fin, para los preparativos de cada operación de las subsiguientes al sacrificio.
En medio del grupo descuella el matarife, que comienza su tarea lavando la garganta del _reo_, y raspando en seguida la parte lavada con un cuchillo que no mide menos de dos pies de hoja; fija después la afilada punta en un hoyuelo que forma el tocino cerca del pecho, y ¡chiff! le sopla dentro media vara de hierro, saliendo por la herida, acto continuo, un torrente de sangre que se precipita en una caldera por el mango del cuchillo y sobre la mano que no le suelta. Ni las ligaduras, ni el peso que le oprime en tan crítico instante, impiden al herido animal darse un par de revolcones sobre el poyo y lanzar un gruñido que dura medio minuto. Cuando la sangre fluye en menor cantidad, el matador revuelve bonitamente el arma buscando á tientas el corazón, y ¡figúrense ustedes lo que pasará allá dentro! Á la cuarta ó quinta _calicata_ de esta clase, espira la víctima entre la rechifla, los puñetazos y los improperios de sus matadores, que le hacen esta despedida por todo consuelo. Vienen después la chamusquina, y las fricciones de teja, y la apertura en canal, y el desbandullamiento, y el disputarse el rabo y la vejiga los chicos de la casa; y en éstas y otras operaciones se pasa todo un día. Al siguiente se _destocina_, ó descuartiza, y se salan los pedazos, y se hacen los chorizos, y dura aún la broma y el buen humor, en torno á los sangrientos despojos, media semana.
Aunque la forma de éstos y otros _delitos_, que no quiero citar por no hacer de este artículo una carnicería, lleva en sí todas las condiciones de alevosía, ensañamiento y premeditación que tan duramente castiga el Código cuando la víctima es un hombre, éste se ha ido acostumbrando á ellos, cediendo á las exigencias de una supuesta _necesidad_ que le obliga á cometerlos.
Pero si admitimos como razón atenuante esta salvedad, hay que convenir en que otros mil que diariamente consuma el mismo tirano son penables á todas luces.
Por ejemplo: don Serafín Rosicler es un rentista modelo de hombres pacíficos y morigerados; ni se enfada, ni juega, ni fuma, ni murmura. Vive perpetuamente con su mujer y sus hijos, y para sus hijos y su mujer. Por única diversión, extraña al régimen doméstico, se permite salir todas las mañanas muy temprano á tirar cuatro perdigonadas á los pajaritos de su huerta. Y estos pajaritos son, según las estaciones, la tórtola, el jilguero, la golondrina ó la calandria; es decir, lo más bello, lo más inofensivo y tímido de la volatería. Pero don Serafín, como todos los cazadores, hiere con más frecuencia que mata; y cuando hace el recuento de sus víctimas para volverse á almorzar, entre los seis ú ocho pájaros que contiene su morral, halla tres ó cuatro que están vivos, aunque con un ala rota ó el pecho atravesado.--«Éstos, para los niños», exclama lleno de satisfacción el _seráfico_ rentista. Y al llegar á casa, entrega gozoso á sus inocentes retoños los inválidos animalitos. Los cuales, aletargados por el dolor de sus heridas, apenas se mueven al variar de poseedor; y como esta circunstancia no divierte á los rapaces, cada uno examina el que le pertenece, pluma á pluma y hueso á hueso. Así consigue tropezar con el ala rota ó con la patita hecha astillas, á cuyo brusco contacto el pobre animalito se estremece y abre el pico y quiere extender las alas. ¡Felicísimo descubrimiento! El angelito ya sabe cómo poner en actividad aquel cuerpo inerte. Y tira que tira de la pata ó del ala, ó pincha que pincha la herida, se pasa medio día, hasta que, no hallando chiste en la tarea, comienza á aporrear los muebles de la sala con la cabeza del pájaro, ó le echa, vivo aún, á la lumbre, ó le ata al extremo de un cordel para que el gato le vaya destrozando poco á poco.
Don Cleofás es un sabio, y estudia incesantemente las funciones del estómago, la circulación de la sangre y la actividad de los venenos; y como gusta de ver las cosas con sus ojos y no con los de la ciencia, tiene la casa llena de animales que le _ayudan_ en sus experimentos. Quiere estudiar, por ejemplo, la _virtud_ de un tósigo que ha extraído de la planta _a_ ó _b_: va al corral, atrapa un conejo, le lleva á su gabinete, le aplica á los ojos, ó á la lengua, ó á una herida que al efecto le hace, una pluma mojada en el veneno; y si éste es fino, el animal cae como herido del rayo; pero si es lento, allí le tienen ustedes un día ó una semana sufriendo horrores y presentando á cada instante _síntomas_ que el sabio devora con ansiedad febril. Para estudiar la circulación, diseca á un pollo, ó á un perro, ó á otro conejo, una arteria, le pasa una lámina de cristal por debajo, y al microscopio en seguida. Si ve entonces lo que deseaba, yo no lo sé; pero es evidente que el suplicio del animal que le sirve en la experiencia debe ser morrocotudo. ¿Y cuando le lleva su fanatismo hasta el extremo de querer estudiar los fenómenos de la digestión _sobre el terreno_, y, para conseguirlo, abre al perro ó al gato un boquerón en el pecho hasta dejar descubierto el estómago, ó taladra quizá esta víscera y le encaja dentro un aparato de su invención, capaz de ver, palpar y analizar los jugos... y qué sé yo cuántas cosas más?
Cierto es que, con tamañas atrocidades, dicen que ha ganado y gana todos los días mucho la ciencia; pero también es verdad que la vida humana sigue tan achacosa y breve como antes, y á esto me atengo. Juzgo, pues, punto menos ocioso que el delito del cazador de pajaritos, el de los sabios que sacrifican centenares de víctimas al afán de sorprender á la naturaleza animal un secreto que, aun después de descubierto, no había de hacer más feliz á la humanidad.
Juan es un jornalero que se gana el sustento con el trabajo de un par de bueyes que le pertenecen. Parece natural que Juan tuviera los cinco sentidos puestos en aquellas mansas bestias que son su pan y su abrigo, y que las mimase como á las niñas de sus ojos. Pues no, señor: todos los días les pega dos docenas de palizas, una cada vez que, por arrastrar más carga que la que pueden sufrir, resbalan en el repecho de una calle adoquinada, y besan repetidas veces el duro suelo hasta sangrar por los hocicos.
Lo que hace Juan con los bueyes, hace Pedro con un caballejo que también le sostiene con su trabajo. Palo para que ande, y más palo si se para ó si tropieza.
Cuando los bueyes se caen de viejos, Juan los engorda un poco y los envía al _matadero_.
La recompensa que da Pedro á las fatigas de su caballo, que le ha servido diez ó quince años, es aún más digna de la ingratitud de la raza humana: se le vende por un puñado de pesetas á un contratista de la plaza de toros; y dicho está con esto que Pedro es español, y que, por ende, acude solícito á la corrida en que sale á la arena su caballo con los ojos vendados, para que no vea el peligro á que le expone el picador que le monta, al acercar su pecho indefenso á las astas de la fiera, que á la primera embestida le arroja al suelo y le desgarra el vientre. Pedro no pierde ripio de esta escena; y al ver á su caballo levantarse aún, merced á los palos que se le administran, y al contemplar cómo el noble bruto, sin exhalar un quejido, pisa y desgarra sus propias entrañas, patea frenético, y grita pidiendo «¡más caballos!» y llama, porque tarda un instante en aparecer otro de refresco, _ladrón_ al empresario, _pillos_ á los picadores, _tunantes_ á los chulos y _estúpido_ al presidente; pero no vomita estos improperios porque hayan desbandullado á su caballo, no, señor, sino porque el toro, que tal hizo en tan breves instantes, promete hacer mucho más, y es un dolor que no se le ofrezca prontamente abundancia de víctimas. Y la prensa _ilustrada_, al siguiente día, cuando reseña la función, al llegar á este toro que destrozó siete caballos é hirió á tres lidiadores, le llama _bueno_ y _voluntarioso_, y al pobre jaco de Pedro, _sardina_, _aleluya_, _oblea_ y otras _transparencias_ por el estilo; del picador que lastimó con el hierro, _indebidamente_, el cuello de la fiera, y á lo cual debió el pobre hombre salir vivo de la _suerte_, dice que es un _tumbón_, y que el presidente debió enviarle á la cárcel.
Si los caballos supieran leer, no podrían menos de simpatizar con los periodistas que, en su empresa de difundir la luz de la civilización por todos los rincones del globo, consagran diariamente largas columnas _ad majorem gloriam_ de la celebérrima _fiesta nacional_.--«En los circos taurinos, dirían, se nos trata inicuamente; pero también es verdad que allí es donde vemos al hombre medir á su semejante con la misma vara que á nosotros, animado contra él de mayor ferocidad que el toro, que no embistiera si no se le hostigara».
Donde no se lidian toros, hay carreras de caballos; y para estas bestias quizá no sea preferible, á morir de una cornada, espirar con los pulmones entre los dientes, por haber corrido dos leguas en diez minutos buscando el oro de la apuesta... de sus amos.
Y si no hay carreras, hay batallas abundantes, gracias á Dios, y _cuadros_ en ellas, cuyas bayonetas mechan en un instante un escuadrón que acude á desordenarlos, porque los hombres no han podido conseguirlo.
Todos éstos y otros muchos _favores_ por el estilo, tienen que agradecernos los animales que más nos sirven y acompañan, incluso el fidelísimo can, cuya raza medio extermina todos los años la estricnina, con el filantrópico objeto de acabar con la media docena de excepciones rabiosas, que son, precisamente, los únicos perros que no comen la morcilla traidora.
Pero no se contenta el hombre con esto sólo; no ejerce su tiranía exclusivamente sobre aquellos irracionales que encuentra en su terreno y pueden ayudarle ó estorbarle. Surca también los mares, y de su seno roba el esquivo pez, y le fríe, á veces vivo, ó le reduce á la triste condición de cautivo en una mezquina vasija, ó, cuando más, en una tinaja, donde le enseña, por dos cuartos, al son de un organillo saboyano. ¡Digno destino de un ser que tuvo por cuna y por barreras de su libertad el seno y la inmensidad del Océano!
Armado hasta los dientes, penetra asimismo en las montañas y en los bosques, y destroza cuanto pasa al alcance de su plomo mortífero: lo mismo cae entonces la tímida cierva que el valiente jabalí; lo mismo persigue sañudo y feroz al oso forzudo que al débil gazapo, y lo mismo le deleita la agonía del primero que la del segundo. Su único afán es matar, sin otro objeto que la gloria de la matanza.