Part 18
--Mire usted, hombre: en primer lugar, la mayor parte de lo que usted me cuenta se lo he contado yo á usted en cuatro palabras; en segundo lugar, le sucedió á un condiscípulo mío en Oviedo, y no á un amigo de usted en Zaragoza; en tercer lugar, no pasó como usted lo refiere, sino del modo contrario: mi condiscípulo no adquirió una capa aquella noche, sino que perdió la que llevaba, y, además, el juicio, con costas, á los pocos días...
--Pues lo mismo da...
--Justo: media vuelta á la derecha es lo mismo que media vuelta á la izquierda, sólo que es todo lo contrario.
--¡Caramba, es usted _lo más intolerante_!... No se puede hablar con usted...
¡Todavía le parece poco, al ángel de Dios, la tolerancia que se ha tenido con él!
Media docena de mujeres, ó menos, si á usted le parecen muchas seis, se pasan una tarde entera desollando con la lengua al lucero del alba. ¡Eso sí, con las mejores formas y la intención más santa! De una dirán que es _un dolor_ que, siendo tan bonita, sea tan charra en el vestir, tan tosca en el hablar, tan inconsecuente en sus amistades, tan desleal en sus amores; de otra, que es mordaz y maldiciente, en lo cual se perjudica mucho, porque teniendo esta falta, y la otra, y la de más allá, da pie para que cualquiera que se estime en tan poco como ella, se las saque á relucir; de otra, que es una desgraciada, porque el marido la ha puesto á ración, así en el vestir como en el bailar, á causa de que fué algo despilfarrada siempre en estos dos ramos de _buena sociedad_; de otra, que ya no halla modista que la haga un traje si no paga adelantadas las hechuras, y que no le venden nada en las tiendas, sino con el dinero en la mano, etc., etc., etc... En esto, entra usted (es un suponer) y, continuando el desuello, llegan á preguntarle si conoce á cierta señora de éstas ó las otras señas; y como la tal es mujer de historia, y usted la sabe de corrido, repítela allí con comentarios, creyendo hacer á su auditorio un señalado servicio. Yo creo también que usted se le hace, pues no fué á humo de pajas la preguntita; pero es lo cierto que todas aquellas señoras, después de oirle á usted, exclaman, con el más sincero de los asombros:
--¡Jesús!... Con razón dicen que es usted temible.
--¡Yo temible, señoras mías?--responde usted.--¿Y por qué?
--¡Porque es usted lo más _intolerante_ y lo más!...
¡Vaya usted á convencer á aquellas damas de que viven constantemente encenagadas en el pecado que á usted le cuelgan!
No hay inconveniente en que, abandonando estos tiquis-miquis que ocurren en el ordinario trato social, dirijamos el anteojo unos grados más arriba.
Todos los días halla usted en periódicos, en folletos y en libros, sátiras, burlas y disertaciones en serio contra ideas, sentimientos y hasta personas muy de la devoción de usted. Ocúrresele mirar al campo de donde parten tantos proyectiles, y le ve usted sembrado de ridiculeces, farsas y toda clase de miserias; saca usted al palo media docena de ellas, por vía de muestra, en un papel, en un folleto ó en un libro; y ¡Virgen María, cómo le ponen á usted de _intolerante_ y de _mordaz_, los mismos que tienen la mordacidad y la intolerancia por oficio!
Así andan, amigo, las cosas de justicia en el ordinario comercio de las gentes; así se _ataja_ al más inofensivo en el trayecto social en que pasea su nombre, y así se pretende conducirle al extremo á que no llegan en el mundo más que las bestias... y los que tienen la manía de la tolerancia (siendo lógicos en ella): á ver, oir y callar... es decir, á matar la sed con petróleo, allí donde haya un extravagante que tal haga delante de usted.
Usted es hombre de sencillas y ordenadas costumbres (es también un suponer): ni el mundo le tira, ni sus pompas y algaradas le seducen. Éstos son gustos lícitos y racionales. Ajustándose á ellos, en paz y en gracia de Dios, se da usted con un baile en los ojos: tuerce usted el camino; tropieza usted más allá con una mascarada de _calaveras del gran mundo_: echa usted por otro lado; allí topa usted con la misma gente haciendo cuadros plásticos y animados acertijos: cambia usted de rumbo; aquí _asaltos_, en el otro lado conciertos... pues á la otra acera. Ni usted apedrea á los que bailan, ni apostrofa á los que _jiran_, ni se ríe de los que se descoyuntan para remedar á Cristo en la agonía, ni silba á los que reciben una _sorpresa_, anunciada quince días antes, ni influye con el Gobernador para que meta en la cárcel á toda esa gente: limítase á huir de lo que le aburre, y á hacer lo que más le divierte ó menos le incomoda. No haría otra cosa un santo.
Pero es el caso que los señores tolerantes no se conforman con esto, y quieren que les diga usted por qué no concurre á los bailes, y á las _jiras_, y á los cuadros vivos, y á los asaltos... y aquí está el intríngulis precisamente; y si estos RASGUÑOS que trazo no fueran, como he dicho, un inocente desahogo entre nosotros dos, y en reserva, me atrevería á llamar la atención del lector hacia el aparente fenómeno, cuya explicación es sencillísima, por lo cual, no es fenómeno, aunque por tal le toman algunos.
Cuando á usted se le pregunta por qué no piensa como su vecino sobre determinados puntos de transcendencia, á buen seguro que se le ocurra á nadie que oiga la respuesta, agarrarse á ella para llamarle á usted _intolerante_; pero que se le pregunte por qué no baila, por qué no _jira_, etc., etc... y no bien ha contestado usted, ya tiene encima el _Inri_ de la _intolerancia_. Y ¿por qué en este caso y en el otro no? Porque no está el intríngulis en la persona, ni en sus razones, ni en el modo de exponerlas, sino en la cosa de que se trata, que, muy á menudo, es, de por sí, ridícula, ó impertinente, ó pueril cuando menos, y no resiste, sin deshacerse entre las manos, el análisis de un hombre de seso; al cual hombre, no pudiendo replicársele en buena justicia, en venganza se le pone un mote.
Por eso llevan el de _intolerantes_ tantos caracteres dóciles, y creen poner una pica en Flandes, y hasta se llaman _guapos chicos_ y excelentes sujetos en la sociedad, los que en ella _entran con todas_, como la romana del diablo, menos con el sentido común. _Quod erat demonstrandum._
Á pesar de ello, y aun de la mucha saliva, que al propio asunto hemos consagrado en nuestras conversaciones _verbales_, júzgole apenas desflorado. ¡Cuánto me queda todavía que oir de los inofensivos labios de usted!
Entre tanto, y dicho lo dicho, despidámonos por hoy, con la íntima satisfacción, bien añeja en nosotros, de haber pasado juntos, en espíritu, un agradable rato, sin murmurar de nadie ni ofender al prójimo con hechos, con dichos ni con deseos.
1880.
[Ilustración]
EL CERVANTISMO
El Diccionario de la Academia no contiene este vocablo; pero es uno de los propuestos por el último de los individuos del insigne cuerpo literario para la edición que está imprimiéndose. Por si la Academia no le acepta, conste que entiendo yo por
CERVANTISMO: La manía de los CERVANTISTAS; y por
CERVANTISTA: El admirador de Cervantes, y el que se dedica á ilustrar y comentar sus obras.
En rigor, pues, estos párrafos debieran haberse incluido entre los que, bajo el rótulo de _Manías_, quedan algunas páginas atrás; pero son tantos, y de tal índole la enfermedad á que se refieren, que bien merecen vivir de cuenta propia y establecerse capítulo aparte.
Dice Chateaubriand, hablando de los españoles como soldados, que _nuestro_ empuje en el campo de batalla es irresistible; pero que nos conformamos con arrojar al enemigo de sus posiciones, en las cuales nos tendemos, con el cigarrillo en la boca y la guitarra en las manos, á celebrar la victoria.
Si despojamos á esta pintura del colorido francés que la califica, nos queda en ella un exactísimo retrato del carácter español, no sólo en la guerra, sino en todas las imaginables situaciones de la vida.
Ya que no la guitarra, la pereza nacional nos absorbe los cinco sentidos, y sólo cuando el hambre aprieta, ó la bambolla empuja, ó la curiosidad nos mueve, sacudimos la modorra. Entonces embestimos con el lucero del alba para estar donde él estuvo, medrar de lo que medró y hacer todo cuanto él hizo. Pero de allí no pasamos. Nuestra política, nuestra industria y nuestra literatura contemporáneas lo declaran bien alto. Todo el mundo nos lleva la delantera, y siempre estamos imitando á todo el mundo, menos en andar solos y por delante; vivimos de sus desechos, y cada trapo que le cogemos nos vuelve locos de entusiasmo, como si se hubiera cortado para nosotros. Así estamos llenos de _conquistas_ y de «_títulos_ á la admiración de las naciones extranjeras»; todos somos _ilustres_ estadistas, _invictos_ guerreros, _sabios_ hacendistas, _insignes_ literatos, _laboriosos_ industriales y _honrados_ obreros; hemos tenido códigos á la francesa, códigos á la inglesa, códigos á la americana; _revoluciones_ de todos los matices, _reacciones_ de todas castas, _triunfos_ de todos calibres, _progresos_ de todos tamaños; y á la presente fecha, el ciudadano que tiene camisa propia se cree muy rico; la escasa industria desaparece antes que la Hacienda la devore; los _bufos_ imperan en el teatro; el hijo de Paul de Kock en la novela; los _Panchampla_ en desfiladeros y caminos reales, y la navaja del _honrado_ menestral desbandulla en las plazas públicas, á la luz del mediodía, las víctimas á pares. De manera que quien nos comprara por lo que decimos y nos vendiera por lo que hacemos, buen pelo iba á echar con el negocio. Á hacer cosas nuevas y útiles nos ganará cualquiera; pero á ponderar lo que hacemos no hay quien nos eche la pata, ni á hacerlo mal y fuera de sazón, tampoco.
--Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el cervantismo?--preguntará el lector, oliéndole lo dicho á _artículo de oposición_ más que á otra cosa.
--No sé--respondo--por cuál de los lados encajará mejor en el asunto prometido; pero lo cierto es que á las mientes se me ha venido con él y como eslabón de la misma cadena de ideas. Acaso en el cervantismo vea yo algo de la intemperancia, que, entre nosotros, lleva en todo lo demás hasta el ridículo las cosas más serias y respetables; quizá esa manía me ha hecho recordar la tendencia española á perder en escarbar el huerto del vecino, el tiempo que necesitamos para cultivar el propio; quizá me asaltó las mientes el dicho de Chateaubriand pensando en los valientes que _conquistan_ el _Quijote_, y no pasan de allí, y allí se quedan, rebuscando hasta las polillas, como si ya no hubiera otra cosa que leer ni que estudiar en el mundo; acaso coinciden los dos asuntos por el lado de la facilidad con que pasamos de la apatía al asombro, de la indiferencia al entusiasmo, de la fiebre al delirio... ¡Quién sabe? Pero el hecho existe, y ya no borro lo escrito, aunque el lector me diga que soy uno de tantos como en España malgastan sin fruto la hacienda, echando siempre los garbanzos fuera de la olla... Y vamos al caso.
Y el caso es que ya estaba el mundo cansado de admirar á Cervantes y de reproducir las ediciones del _Quijote_ en todas las lenguas que se hablan sobre la haz de la tierra, y aún eran muy contadas en España las librerías en que se vendiera la obra inmortal del ilustre soldado, que vivió de las limosnas de los próceres y fué enterrado de caridad. Conocíanla los literatos, poseíanla los menos de ellos, y veíase de vez en cuando en los mezquinos estantes de algún _particular_, al lado de _Bertoldo_ cuyos _chistes_ saboreaba con preferencia la patriarcal familia. Los nombres de don Quijote y Sancho Panza eran populares; pero contadísimas las personas que conocían á estos personajes más que de oídas: teníanlos unas por históricos, las menos por novelescos; pero ni unas ni otras habían oído jamás el nombre del padre que los engendró en su fantasía.
De pronto, ayer, como quien dice, alguien, y no español ciertamente, nos aguija y nos apunta el _Quijote_ con el dedo; sacudimos la tradicional modorra, y allá vamos en tropel, y caemos como espeso granizo sobre la obra señalada; las prensas gimen vomitando ediciones _populares_ del libro insigne, entre los cuadernos de _Jaime el Barbudo_ y _Las cavernas del crimen_, y aunque las masas de levita siguen prefiriendo estas creaciones para solaz del espíritu, el nombre de Cervantes suena en todas partes y á todas horas, y las plumas y las lenguas ya no saben decir sino «_el Cautivo de Argel_» y «_el Manco de Lepanto_».
¡Qué baraúnda! ¡Qué vocerío! Hay hombre, ya con canas, que acaba de leer á saltos el _Quijote_, y se escandaliza de buena fe al saber que un mozo imberbe no le conoce _todavía_; otro no le ha visto ni por el forro, y mira con lástima á quien declara noblemente que no ha podido adquirir un ejemplar para leerle... ¡Y cómo abunda esta clase de _admiradores_!
--«Pero ¡qué hombre!... Pero ¡qué libro!... Pero ¡qué tiempos aquéllos en que se morían de hambre tan preclaros ingenios! Como esa obra no hay otra... El mundo la admira, y España no necesita más que ella para su gloria... ¡Ah, Cervantes! ¡Ah, el Manco de Lepanto!... ¡Ah, el Cautivo de Argel!».
Verdades como puños, enhorabuena; pero que tienen suma gracia dichas por una generación, ya vieja, que no ha reparado en ellas hasta que se las han metido por los ojos; y aun así no las ha visto bien.
Y sigue el estrépito, y llena los ámbitos de la patria, y se conmueven los poetas _de circunstancias_ y los periodistas de afición y hasta los _filántropos_ de la usura; y allá van odas Al Manco de Lepanto, y sonetos _Al Cautivo de Argel_, y llega á verse el nombre de _Cervantes_ en la popa de un falucho carbonero, y en el registro de una mina de _turba_, y en los membretes de una sociedad anónima, y hasta en la muestra de una zapatería; y hoy se celebra el aniversario de su muerte, y mañana el de su nacimiento, y al otro día el de su redención por los frailes trinitarios, y al otro, el de su casamiento; y aquí brota una _Academia cervantina_, y allí un _Semanario cervantino_ y un _Averiguador cervantesco_; y en los unos y en los otros, y acá y allá, no se trata sino de Cervantes y sus obras; y Cervantes aparece en discursos, en gacetillas, en charadas, en rompe-cabezas y en acertijos.
Lo que era de temer, sucede al cabo: la fiebre se propaga, hácese peste asoladora, y no se libran de ella ni los que tienen el juicio más aplomado; caen hasta los cervantistas de buena casta, y caen sobre el _Quijote_ y sobre la memoria de su autor, como antes cayera el _servum pecus_, y allí se están cual si hubieran jurado, en el paroxismo de su manía, gastar en la _empresa_ hasta el último soplo de la vida; porque cada cual cree encontrar en aquellas páginas inmortales lo que más se acomoda á sus deseos y aficiones.
Imagínomelos yo como aquellos _sabios resucitados_ de que nos habla Balmes, husmeando el amplísimo establecimiento, y tráenme á la memoria el caso de Mabillon despistojándose sobre un viejo pergamino para descubrir algún renglón medio borrado, cuando llega un naturalista y tira hacia sí del pergamino, para ver si halla en él huevos de polilla.
Merced á estas faenas sobrehumanas, sabemos hoy, por otros tantos señores cervantistas, cuyas plumas lo han afirmado en sendos escritos, á cual más serio y pespunteado, que de las obras de Cervantes resulta que fué éste sobresaliente
_Teólogo_, _Jurisperito_, _Cocinero_, _Marino_, _Geógrafo_, _Economista_, _Médico_, _Liberal_ (¡patriotero!) _Administrador militar_ (!!!!), _Protestante_ (¡¡¡!!!), _Viajero_, _etc._, _etc._, _etc._
Es decir, Cervantes _omniscio_, y sus obras la suma de los humanos conocimientos.
Pero ni con todo esto, ni con más de otro tanto por el estilo, que no hay para qué mentar, ni con el pintoresco catálogo de los cervantómanos que han contado las veces que dice _sí_ don Quijote, ó Sancho _vuesa merced_, y otros _admiradores_ de parecida ralea, hemos llegado al _delirium tremens_ de la enfermedad; puesto que hay un español que ha dicho, y dice sin tregua ni descanso, porque sospecho yo que por eso y para eso alienta y ha nacido:
--Caballeros, nada de lo que el mundo ha leído en el _Quijote_ es la obra de Cervantes.
Asombró el aserto, y preguntósele:
--Pues ¿qué otra cosa puede ser?
--Quiero decir--repuso el crítico,--que hasta ahora nadie ha sabido leer el _Quijote_. No hay tal Dulcinea, ni tal Sancho Panza, ni tales molinos, ni tales yangüeses, ni tal Ínsula Barataria, ni nada de lo que allí aparece tal como suena. El _Quijote_, en suma, es una alegoría.
--¡Canastos! Y ¿quién se lo ha dicho á usted?
--Me lo han dicho treinta años de estudio incesante de esa obra maravillosa, y lo demuestro en catorce volúmenes de comentarios, que he escrito y tengo en casa esperando un editor que se atreva con ellos.
--¡Tendrán que leer! Y diga usted, señor sabio, ¿qué especie de alegoría es ésa que usted ha visto en el famoso libro?
--Es, como si dijéramos, el siglo XIX hablando en profecía en el siglo XVII; la luz de nuestras libertades columbrada por un ojo sutil, á tan larga distancia; la protesta de un alma generosa contra la cadena de la tiranía y las mazmorras de la Inquisición.
--¡Cáspita! Luego Cervantes...
--Cervantes fué un libre-pensador; un demócrata que nos precedió cosa de tres siglos.
--Pero, hombre, aquellas declaraciones terminantes de neto y fervoroso católico, que á cada instante hace; aquél su _único_ propósito, que jamás oculta, de escribir el _Quijote_ para matar los libros de caballerías...
--No hagan ustedes caso de ello. También dice (no lo niega al menos) que lo de cabalgar Sancho en el Rucio después de habérsele robado Ginés de Pasamonte, fué un _lapsus_ de su memoria, si no descuido del impresor, y, sin embargo, _se le ha demostrado_ todo lo contrario... Á Cervantes hay que saber leerle, desengáñense ustedes.
--Corriente; pero ¿cómo teniendo ese hombre tanto talento no logró hacerse entender de sus lectores?
--Porque temía á la Inquisición y al tirano.
--Callárase entonces, y ahorrárase el riesgo y la fatiga.
--No debía callar, porque había nacido para escribir.
--Pero no alegorías; pues, por las trazas, no le daba el naipe para ellas.
--¡Cómo que no?
--Hombre, me parece á mí que una alegoría que no halla en cerca de tres siglos más que un sabio que la desentrañe, no es cosa mayor que digamos.
--¿Y qué son tres siglos en la vida de la humanidad?
--Trescientos años nada más; y aunque á usted le parezcan pocos, pienso yo que, para desentrañar un libro, sobran de ellos casi todos, aunque el libro esté en vascuence, cuanto más en neto castellano...
No se eche á broma el precedente diálogo, porque es la quinta esencia de las polémicas sostenidas en la prensa, todos los días, por el desenredador _único_ de la supuesta maraña del _Quijote_, contra los defensores del _servum pecus_, que no ha visto ni verá jamás en las páginas del áureo libro otra cosa ¡y no es poco, en gracia de Dios! que lo que en ellas _se dice_ y se enseña.
¡Ah! y si al pasar _esto_--porque ha de pasar como pasan las epidemias y las tempestades--nos viéramos libres de las extravagancias del cervantismo, pudiéramos darnos con un canto en los pechos; pero, no obstante lo impresionables que somos y lo propensos, por ende, á olvidar mañana lo que hoy nos alborota, como el mal deja semillas, éstas germinarán andando los años, y, cuando menos menos, ha de nacer de ellas una raza que, empezando por ver zurcidos en el _Quijote_, acabe por negar la existencia de su autor.
Todos los grandes hombres van teniendo, en la posteridad, su fama roída por este género de gusanos. Yo no sé qué demonios anda por la mollera de ciertos sabios cuando examinan las obras que admira el mundo, que, no bien las contemplan, cuando ya exclaman: «esto nació _ello solo_». ¡Como si no fueran más maravillosas estas producciones _espontáneas_ que la existencia de un padre que las engendrara! Á Homero le niega ya el último zarramplín de la crítica, y hay una _Escuela antihomérica_, á la cual se van arrimando todos los catasalsas del helenismo; se está negando también á Hesiodo, y hasta á Gutenberg y á Dante, y luego se negará la luz del mediodía. Y ¿por qué no? ¿No hay historiador que niega toda autoridad á los cinco siglos de Roma? Y la maña es vieja: cien años hace aseguró el P. Harduino, y hasta intentó probarlo, que todos los libros griegos y latinos, excepción hecha de unos pocos de Cicerón, Plinio, Horacio y Virgilio, habían sido forjados en el siglo XII por una comunidad de frailes.
¡Y qué luz derraman estos sabios _negativos_ en las obscuridades con que van topando en sus investigaciones! ¡Con qué primor reconstruyen lo que derriban de un voleo! Paréceles mucha obra la _Ilíada_ para un hombre solo, de tan remotos siglos; niegan la existencia de Homero fundándose en aquella potísima razón: pregúntaseles entonces cómo se formó ese admirable poema, y responde uno de ellos, Dissen, por ejemplo:
--De la manera más fácil: se reunió una especie de academia de _cantores_ que se propusieron hacer una epopeya; encargóse cada cual de un canto, y el resultado de esta asociación fué la _Ilíada_.
De modo que nos salen, por esta cuenta, veintiséis Homeros, por lo menos. ¡Y al sabio que los presenta le asombraba, por su grandeza, un Homero solo!
Dos cuartos de lo mismo ocurre con los sabios de otra catadura, cuando nos hablan del Universo. Le niegan un Autor, porque no les cabe en la cabeza la idea de tanto poder, y se le adjudican al _átomo_, y sudan y se retuercen entre los laberintos de una tecnología convencional y de unos procedimientos fantasmagóricos, para venir á demostrar... que no saben lo que traen entre manos, y que, á pesar de sus humos de gigantes, no pasan de gusanillos de la tierra, como el más indocto de los que en ella moramos.
Por eso creo yo que á los sabios de la crítica les pasa algo grave en la mollera, cada vez que se las han con otras de gran calibre. No diré que este algo, y aun algos, sean tufillos de la envidia; pero tampoco aseguro que lo sean de la caridad.
Volviendo al asunto, digo que nacerá quien niegue la existencia de Cervantes, apoyando el aserto en la autoridad, por supuesto, de otro sabio, necesariamente francés. Este tal habrá descubierto que en el siglo XVII no sabían leer ni escribir en España sino los frailes, á los cuales se debió la traducción, _del francés_ al castellano, de aquel teatro admirable que ha estado pasando tantísimos años por español de pura raza; que los nombres de Lope, Moreto, Tirso, Calderón, etc., etc., no son otra cosa que seudónimos con que se disfrazaban los traductores temiendo á la Inquisición, que prohibía el culto de las bellas letras á la gente de cogulla.--En cuanto al _Quijote_ (seguirá diciendo el sabio de mañana), basta examinarle una vez para convencerse de que no pudo ser la obra de un hombre solo. La novela de Crisóstomo, la de Dorotea y Luscinda, la del _Curioso impertinente_, la del _Cautivo_, la del _Mozo de mulas_, etc., intercaladas violentamente en la primera parte, y desenlazadas, con otros varios sucesos, en la Venta de Juan Palomeque el Zurdo, en una sola noche, lo prueban hasta la evidencia. Esas historias las narrarían los ciegos por las calles al ronco son de la guitarra, ó las recitarían los inquisidores en las tertulias de los señores _de horca y cuchillo_, mientras las _segnoritas_ y las monjas bailaban el _zapateado_ y el _Jaleo de Jerez_. Algún fraile ingenioso las recogió, engarzólas en las _populares_ aventuras de un loco legendario, llamado, según doctas pesquisiciones de un bibliómano cochinchino, don Fidalgo de la Manga, y lo publicó todo bajo el rótulo con que se conoce la obra del supuesto Cervantes. Por lo que toca á la segunda parte de la misma, ¿quién ignora que se debe á los frailes Agustinos, que la escribieron en odio al autor de otro _Quijote_ falsificado, al P. Abellaneda, Prior de los Jerónimos del Escorial?