Esbozos y rasguños

Part 19

Chapter 191,696 wordsPublic domain

Cosa parecida se dirá de las _Novelas ejemplares_, del _Persiles_ y la _Galatea_: tradiciones popularísimas en España, aunque de procedencia francesa, recogidas y dadas á luz por frailes codiciosos que explotaban el prestigio del imaginario Cervantes, hecho célebre desde la aparición de la primera parte del _Quijote_.

--Pero--seguirá diciendo el futuro bibliófilo francés--¿qué mayor prueba de la no existencia de Cervantes que la que nos dan los cervantistas españoles del siglo XIX, en el que ya comenzaba á leer y escribir la clase media, porque se había secularizado la enseñanza? En el último tercio de aquel siglo no trataron los escritores de España más que de Cervantes, y, sin embargo, no pudieron hallar un solo rastro de su persona. Quién le supuso soldado en Lepanto; quién cautivo en Argel; quién teólogo; quién marino; quién abogado; quién cocinero; quién médico; quién ardiente propagandista de la Reforma; quién afirmó que había nacido en Madrid; quién que en Alcalá; quién que estuvo preso en Argamasilla; quién que en Valladolid; y nada se prueba en limpio, ni nadie supo jamás en qué punto de la tierra descansan sus cenizas. La misma confusión de pareceres se observa en lo relativo al texto primitivo y á la intención generadora de la novela. Cada edición de ella en aquel siglo salía ilustrada por un nuevo comentarista, que quitaba y añadía, á su antojo, frases y períodos, so pretexto de enmendar así los errores tipográficos del impresor Juan de la Cuesta. Esto nos hace creer que el _Quijote_ que salió del siglo XIX no se parece en nada al que, por primera vez, publicaron los frailes del XVII, de cuyas ediciones no ha llegado un solo ejemplar á nuestros días. Afortunadamente, se conservan catorce volúmenes de un literato andaluz de aquella centuria, en cuya obra se pone de manifiesto la verdadera importancia del libro del supuesto Cervantes. El tal libro es una ingeniosísima alegoría, según afirma el intérprete feliz de los catorce volúmenes; y á su parecer nos adherimos, no sin declarar que si el perspicuo andaluz sudó tinta para dar con la clave del enigma, nosotros hemos sudado pez para acomodar nuestro criterio á las angosturas, nebulosidades y retortijones de sus ingeniosos razonamientos. Pero á gimnasias más abstrusas y complicadas nos tiene avezados el intelecto la filosofía alemana; y al influjo de esa ciencia, madre de la actual sabiduría, debemos este descubrimiento portentoso. De modo que bien podemos decir, con otro ingeniosísimo comentarista, contemporáneo del de los catorce volúmenes (el cual comentarista se jactaba de poseer el autógrafo del famoso libro): «_Ni Cervantes es Cervantes, ni el Quijote es el Quijote_».

Éstos y otros tales dichos del sabio francés de los futuros siglos, llegarán á formar escuela; y esta escuela se acreditará en España; y habrá españoles que se pasarán la vida cotejando el fárrago cervantista del siglo XIX con los asertos de la _escuela_; y al fin perderán el juicio, y quizás den origen á una nueva orden de _cervantistas andantes_, que saldrán por el mundo á buscar las aventuras, deshaciendo escolios y enderezando notas al _Quijote_ y á la dudosa vida de su autor, que es cuanto queda ya que ver.

Entre tanto, cosa es que abruma el espíritu la contemplación del cervantismo de nuestros días, malgastando lo mejor de la vida en resobar, sin pizca de respeto, al más ilustre de los nombres y á la más hermosa de las creaciones del humano ingenio; apesta y empalaga ese fervor monomaníaco con que todo el mundo se da hoy á buscar _misterios_ en el fondo del libro, y _habilidades_ en el autor. Debémosle admiración, y es justo que se la tributemos; pero no con cascabeles ni vestidos de payasos. Popularícese el _Quijote_, y, si es necesario, declárese de texto en las escuelas; pero no el que nos ofrezca, arreglado á su caletre, el cervantismo al uso.

Si las investigaciones hechas por doctos y respetables literatos, desde Navarrete hasta Hartzenbusch, no bastan á poner en claro cuáles son, en las primeras ediciones de Juan de la Cuesta, errores del impresor, y cuáles descuidos de Cervantes, inténtese esa empresa; pero _una sola vez_ y por gentes erigidas en autoridad literaria; y lo que resulte del expurgo, sin más notas que las precisas para aclarar la significación de palabras poco conocidas hoy del vulgo, ó para mostrar los pasajes en que Cervantes parodia escenas y trozos de los libros de caballerías, _algo_, en suma, de lo que hizo Clemencín (y no digo _todo_, porque este comentarista cayó también en la impertinente tentación de meterse en pespuntes y reparos gramaticales, como si quisiera enmendar la plana á Cervantes), guárdese como oro en paño y sea el modelo á que se ajusten cuantas ediciones del _Quijote_ se hagan en lo sucesivo; pues el mal no está en que un literato de autoridad y de juicio meta su escalpelo en las páginas del áureo libro, sino el precedente que de ese modo se sienta para que todos nos demos á expurgadores de _faltas_ y á zurcidores de conceptos. Y aun sin este riesgo, ¿qué se saca en limpio de las enmiendas de los doctos, si cada uno de estos señores está tan discorde con las de los demás, como lo están todos ellos con el asendereado Juan de la Cuesta? Y si ya entran _por miles_ las confesadas alteraciones hechas en el texto de las primeras ediciones por esos respetables literatos, ¿qué lector, al poner el dedo sobre una palabra del _Quijote_, se atreve hoy á asegurar que esta palabra sea de Cervantes y no de alguno de sus _correctores_? Y ¿quién se atreverá mañana si á la _afición_ reinante no se le ponen trabas?

Volviendo al cervantismo inconsciente é intemperante, digo que no mezcle berzas con capachos, ni confunda tan lastimosamente lo serio con lo _bufo_. Elévese una estatua en cada plaza pública española al príncipe de nuestros novelistas, y sea cada edición de sus obras un monumento tipográfico; pero, por el amor de Dios, no pidamos _fiestas nacionales_ para cada uno de sus aniversarios, ni nos demos todos á _académicos cervantinos_, ni estampemos el egregio nombre en desvencijadas _diligencias_, ni en sociedades de bailes públicos, ni salgamos á la calle con cara de parientes del ilustre difunto, ni asociemos su memoria á todas nuestras debilidades y sandeces. Léase y estúdiese la inmortal obra, que deleite y enseñanzas contiene para doctos é indoctos en todas las edades de la vida; pero no pretenda cada lector imponerse á los demás con el fruto de la tarea; pues cada hombre es un carácter, y, como dijo un insigne escritor, disputando sobre reparos hechos, y no del todo mal, á unas enmiendas suyas al _Quijote_,

«Cada uno tiene, don Zacarías, Sus aprensiones y sus manías».

¡Y adónde iríamos á parar si se diera, como se va dando, en la gracia de remendar é interpretar el libro, al tenor de esa suma de _aprensiones_, y conforme al parecer de cada aprensivo?

Dudo mucho que el Gobierno de la nación permitiera á los _aficionados_ á la arquitectura poner sus manos en determinados detalles artísticos de un monumento público, so pretexto de que _así lo quiso_ el arquitecto, á quien no deben achacarse los errores de los canteros. ¿Ha habido pincel que se atreva á borrar el _tercer_ brazo con que aparece en el Museo uno de los mejores caballos de Velázquez? Antes al contrario, ¿no se lleva el respeto al gran pintor al extremo de hacerse las copias de tal cuadro hasta con ese glorioso _arrepentimiento_?

¿Por qué no ha de merecernos iguales deferencias y consideraciones el blasón de nuestra nobleza literaria?

Por lo que á mí toca, desde luego aseguro que, si tuviera poder para ello, declaraba el _Quijote monumento nacional_, y no consentiría, bajo las penas más severas, que se alterara en una sola tilde el texto de la edición que, por los medios indicados, ó por otros análogos que se juzgasen mejores, se hubiera declarado _oficial_, con todas las solemnidades y garantías apetecibles.

¿Que tiene erratas?... Que las tenga. ¿Que lo del Rucio?... Mejor que mejor. ¿Habrá trastrueque de párrafos, ni razonamientos que valgan lo que dice del caso el mismo Cervantes en la segunda parte de la novela? ¿No son estos descuidos y aquellos arrepentimientos y los otros deslices gramaticales, el mejor testimonio de la frescura y espontaneidad de la obra? ¿O creen los _químicos_ del cervantismo que un libro como el _Quijote_ puede hacerse con regla, compás y tiralíneas?

Si Cervantes hubiera tenido que estar atento á cuantos tiquis-miquis le quieren sujetar sus _admiradores_; si lo que dijo de _herir de soslayo_ los rayos del sol á su personaje al lanzarse al mundo de las aventuras, lo dijo para que la posteridad no dudara que salía de Argamasilla de Alba y no de otro lugar manchego; si no fueron donaires de su pluma y primores de lengua otros mil pasajes de su libro, sino estudiados disfraces de otros tantos propósitos _transcendentales_; si cada frase es un jeroglífico y cada nombre un anagrama; si, amén de esto y mucho más, necesitó trabajar con el _calendario_ á la vista, y encarrilar á su caballero por cualquiera de los _itinerarios_ que le han trazado sus comentaristas de hogaño, y conocer á palmos los senderos para no dar con una aventura en martes, cuando, por el cómputo del mapa y del almanaque, podía demostrársele que la fazaña debió tener lugar en miércoles, día de vigilia además, con otros muy curiosos pormenores que el lector habrá visto, tan bien como yo, en escolios, notas y folletos; si á todo esto, y á lo de la cocina, la teología, la jurisprudencia, el protestantismo (!!!), la economía política, etc., etc., etc... y otro tanto más, tuvo que estar atento, repito, el glorioso novelista, más le valiera no haber salido nunca del cautiverio de Argel; que entre escribir un libro con tales trabas, ó arrastrar las de hierro bajo la penca de un moro argelino, aun con el ingenio de Cervantes optara yo por el cautiverio, y saldría mejorado en tercio y quinto.

¡Dichoso día aquél en que el cervantismo pase y vuelva á reinar el _Quijote_ en la patria literatura sin enmiendas, reparos ni aditamentos, y su autor perínclito sin _habilidades_ ni misterios! Venga, pues, la inmortal obra sin teologías, náutica ni jurisprudencia, y, sobre todo, sin _claves_ ni itinerarios ni almanaques; venga, en fin, como la hemos conocido los que peinamos ya canas, cuando en ella aprendimos á leer, á pensar y á sentir; que así, al pie de la letra y hasta con las erratas y garrafales descuidos de los primeros impresores, ha sido admirada de todos los hombres y traducida á todas las lenguas, y servido de pedestal á la fama de Cervantes, que ya no cabe en el mundo.

1880.

[Ilustración]