Esbozos y rasguños

Part 17

Chapter 173,955 wordsPublic domain

¿Y los que se pasan lo mejor de la vida rascando las cuerdas de un violín, hinchando las del pescuezo para hacer sonar un clarinete, ó recortando figuritas de papel, persuadidos de que _han nacido para ello_, aunque la vecindad se amotine contra la música, y hallen en los basureros los primores que de las tijeras pasan, por paquetes, á los _álbum_ de sus amigas?

Y entre estos mismos seres, al parecer exentos de toda deformidad maniática, ¿no hay cada manía que canta el credo? ¿No es un filón de ellas cada estación del año, amén de otras que no cito por respecto á la debilidad del sexo? ¿Qué son, sino manías, los estatutos de la vida elegante y las exigencias de la moda?

¿Y la manía del matrimonio, y la de la paternidad, y la de la propaganda con tan santos fines, y la de hacer versos, y la de ser chistoso... y la de _culotar_ pipas?

Pues todo esto, con ser tanto y tan frecuente, es un grano de anís comparado con la manía _coleccionista_, que va invadiendo el mundo con toda su redondez. Se coleccionan sellos, se coleccionan cajas de fósforos, se coleccionan botones, y tachuelas, y sombreros, y tirantes, y todo género de inmundicias, y se pagan precios fabulosos por cosas que los traperos abandonan con desdén en las barreduras. Un plato de Talavera vale ya tanto como una vajilla de la Cartuja, y un _trapo_ da para una capa; y si tiene _auténtica_ y resulta por ella ser un pedazo del herreruelo de don Rodrigo Calderón, vale un tesoro; y no tendrá precio si se trata de un jirón de la casa de los Jirones, ó de un pañal de la camisa de un cortesano de Felipe II. Un _Vargueño_ herrumbroso, infestado por las chinches y taladrado por las polillas, vuelve tarumba al hombre _de gusto_ que topa con él en el desván de su vecino, ó en los montones del Rastro; y la espada mohosa, y la daga roída, y el morrión aplastado... ¿quién sabe lo que valen hoy si el vendedor lo entiende y el comprador es _de casta_?

Y hétenos aquí, como traídos del brazo, de patitas entre los señores _bibliómanos_, la flor y nata, como si dijéramos, de las extravagancias y de los delirios.

Este loco (y perdóneme la franqueza) no busca libros, sino ediciones; ejemplares _raros_ por su escasez y por su fecha. Un _incunable_, ¡qué felicidad! Los de ciertos impresores, como los Aldos, los Estéfanos, Plantinos y Elzevirios; la letra _gótica_ ó _de tortis_; y si el ejemplar es _en gran papel_ y está _intonso_, ¡Virgen María!... ¡qué efervescencia en el gremio, qué ir y venir, qué mimos al poseedor, qué ofertas, qué debates, qué descripciones del ejemplar, qué historias de su procedencia y vicisitudes!... Y el asunto del libro es una chapucería escrita en bárbaro casi siempre, porque no puede ser otra cosa. Los libros buenos se reimprimen y abundan; los malos se imprimen una vez sola, y por eso escasean los ejemplares de los antiguos; y precisamente porque escasean, los pagan á peso de oro los bibliómanos, con tal que estén cabales sus folios, tengan íntegros los márgenes y no carezcan de _colofón_, aunque huelan á demonios, y la pringue no deje por donde agarrarlos: por eso, por ser tan raros y tan viejos, son los más inútiles para el literato. Comúnmente tratan de _esgrima_, de _jineta_, _caza_, _heráldica_, _cocina_, _genealogía_, _juegos de manos_, _caballerías_, ó de indecencias (_Celestinas_) semejantes en el fondo, no en la forma, á la famosa de Rodrigo de Cota.

He visto á un fanático ofrecer por una de éstas, á otro que tal, un cuadro de Goya, tres porcelanas del Retiro, no sé qué empuñadura de Benvenuto y _cuatro mil reales_ en dinero... ¡Y se escandalizaron los peritos circunstantes y el venturoso poseedor, de lo mezquino de la oferta! Conocía yo el ejemplar codiciado, y te aseguro, lector, á fe de hombre de bien, que sus hojas, atestadas de viñetas, no mejores que las de las coplas de ciego, arranciadas y pringosas, no pasaban de treinta, y que por todo forro tenían un retal de pergamino ampollado y lacerioso, con lamparones de sebo y otras porquerías; pero era _un gótico rarísimo_, y ¡ahí verá usted! Y yo dije para mí, contemplando al poseedor, al que quería serlo y á los testigos:--«Señor, ¿para cuándo son los manicomios!»...

Asombra oir narrar á estos hombres la historia de algunas adquisiciones _de mérito_. ¡Qué de viajes, de intrigas, de asechanzas, de astucia, de dispendios! ¡Cuántas enemistades, cuántos odios á muerte entre prójimos, antes hermanos en el corazón, por la conquista de unos papelejos hediondos, que ni siquiera se dejan leer, en lo cual nada se pierde, porque se ventila en ellos insípidamente un asunto ridículo, amén de trasnochado!

De la _lealtad_ con que muy á menudo se juega entre estos señores, no he de ser yo quien hable aquí, sino la gente del oficio. Recuérdese la pelea habida años ha en la prensa entre el famoso don Bartolomé Gallardo y otro bibliófilo, muy distinguido y docto, que se firmaba con el seudónimo de _Lupián Zapata_.

Aplicaba éste al primero (cuya rapacidad en materia de libros es proverbial en la _casta_), después de haberle dicho de propia cuenta más de otro tanto en variedad de metros y de prosas, las siguientes frioleras, obra, si no recuerdo mal, del famoso _Solitario_, padre grave de la Orden:

«Caco, cuco, faquín, bibliopirata, Tenaza de los libros, chuzo, púa, De papeles, aparte lo ganzúa, Hurón, carcoma, polilleja, rata. Uñilargo, garduña, garrapata, Para sacar los libros, cabría, grúa; Argel de Bibliotecas, gran falúa Armada en corso, haciendo cala y cata. Te pones por corbata una maleta, Un Simancas te cabe en el bolsillo, Empapas un archivo en la bragueta; Juegas del dos, del cinco y por tresillo, Y al fin te sorberás, como una sopa, De libros llenas África y Europa».

Por cierto que esta _moral_ debe de ser muy antigua y corriente entre la gente del rebusco, porque recuerdo haber leído, con referencia á Barthélemy, que habiéndosele preguntado una vez cómo había podido reunir la rica colección de medallas que poseía, respondió con el candor de un niño:

--Me han regalado algunas; he comprado otras, y las demás _las he robado_.

Dicho esto, lector (que, cuando menos, tendrás la _manía_ de ser buen mozo, por ruin y encanijado que seas), hago punto aquí, apostándote las dos orejas á que siendo, como te juzgo, hombre de bien, después de meter la mano en tu pecho no te atreves á tirar una chinita á mi pecado.

1880.

[Ilustración]

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LA INTOLERANCIA

(AL SEÑOR DON SINFOROSO QUINTANILLA)

Bien saben los que á usted y á mí nos conocen, que de este pecado no tenemos, gracias á Dios, que arrepentirnos.

No van, pues, conmigo ni con usted los presentes RASGUÑOS, aunque mi pluma los trace y á usted se los dedique; ni van tampoco con los que tengan, en el particular, la conciencia menos tranquila que la nuestra, porque los pecadores de este jaez ni se arrepienten ni se enmiendan; además de que á mí no me da el naipe para convertir infieles. Son, por tanto, las presentes líneas, un inofensivo desahogo entre usted y yo, en el seno de la intimidad y bajo la mayor reserva. Vamos, como quien dice, á _echar un párrafo_, en confianza, en este rinconcito del libro, como pudiéramos echarle dando un paseo por las soledades de Puerto Chico á las altas horas de la noche. El asunto no es de transcendencia; pero sí de perenne _actualidad_, como ahora se dice, y se presta, como ningún otro, á la salsa de una murmuración _lícita_, sin ofensa para nadie, como las que á usted le gustan, y de cuya raya no pasa aunque le desuellen vivo.

Ya sabe usted, por lo que nos cuentan los que de allá vienen, lo que se llama en la Isla de Cuba un _¡ataja!_ Un quídam _toma_ de una tienda un pañuelo... ó una oblea; le sorprende el tendero, huye el delincuente, sale aquél tras éste, plántase en la acera, y grita _¡ataja!_ y de la tienda inmediata, y de todas las demás, por cuyos frentes va pasando á escape el fugitivo, le salen al encuentro banquetas, palos, pesas, ladrillos y cuanto Dios ó el arte formaron de más duro y contundente. El _atajado_ así, según su estrella, muere, unas veces en el acto, y otras al día siguiente, ó sale con vida del apuro; pero, por bien que le vaya en él, no se libra de una tunda que le balda.

Como se deja comprender, para que al hombre más honrado del mundo le toque allí la lotería, basta la casualidad de que al correr por una calle, porque sus negocios así lo requieran, le dé á un chusco la gana de gritar _¡ataja!_ Porque allí no se pregunta jamás _por qué_, después que se oye el grito: se ve quién corre, y, sin otras averiguaciones, se le tira con lo primero que se halla á mano.

Pues bien: á un procedimiento semejante se ajusta, por lo común, entre los hombres _cultos_ de ambos hemisferios, la _formación_ de los caracteres. No diré que sea la fama quien _los hace_; pero sí quien los califica, los define... y los _ataja_.

Me explicaré mejor con algunos ejemplos.

Un hombre, porque tiene la cara así y el talle del otro modo, es cordialmente antipático á cuantos no le conocen sino de vista, que son los más.

--¡Qué cara! ¡qué talle! ¡qué levita! ¡qué _aire_!--dice con ira cada uno de ellos, al verle pasar. Y si averiguan que se ha descalabrado, por resbalarse en la acera,

--¡Me alegro!--exclaman con fruición,--porque ¡cuidado si es _cargante_ ese mozo!

Y si se habla de un ahogado en el baño, ó de un infeliz cosido á puñaladas en una callejuela, ó de un desgraciado mordido por un perro rabioso, dícense, con cierta delectación, pensando en el antipático:

--¡Él es!

Pero llega un día en que se le ve del brazo de quien más le despellejaba; pregúntase á éste cómo puede soportar la compañía de un hombre tan _insufrible_, y responde con el corazón en la mano:

--Amigo, estábamos en un grandísimo error: ese sujeto es lo más fino, lo más discreto, lo más bondadoso... lo más _simpático_ que darse puede.

Así es, en efecto, el fondo de aquel carácter que en el concepto público, según _la fama_, es todo lo contrario, por lo cual se le niega la sal y el fuego.

Ilustraré este caso con otro dato, que si no es enteramente irrecusable, es, cuando menos, de una ingenuidad meritoria. No sé, ni me importa saber, la opinión de que goza mi propio carácter _entre la gente_; pero es lo cierto que hombres que hoy son íntimos y bien probados amigos míos, me han dicho alguna vez:

--¡Caray, qué _insoportable_ me eras cuando no te conocía tan á fondo como ahora!

Jamás me he cansado en preguntarles el _por qué_ de su antipatía. Cabalmente la sentía yo hacia ellos en igual grado de fuerza.

--¡Qué hombre tan _célebre_ es Diego!--dice la fama.--Es un costal de gracias y donaires.

Y es porque Diego hace reir á cuantas personas le escuchan, y sus burlas son celebradas en todas partes, y sus _bromazos_ corren de boca en boca y de tertulia en tertulia, y hasta las anécdotas más antiguas y resobadas se le atribuyen á él por sus admiradores.

Ocúrresele á usted un día estudiar un poco á fondo al _célebre_ Diego, y hállale hombre vulgarísimo, ignorante y sin pizca de ingenio ni de cultura; capaz de desollar la honra de su madre, á trueque de hacerse aplaudir de aquellos mismos que le han colocado con sus palmoteos en la imprescindible necesidad de ser _gracioso_.

Al revés de Diego, Juan es ingenioso y prudente, seco y punzante en sus sátiras, oportuno y justo al servirse de ellas; y, sin embargo, Juan, _según dicen_, es _una vulgaridad antipática_.

Una dama espléndida y de buen humor, reúne en su casa, muy á menudo, una _escogida sociedad_. La tal señora no tiene, en buena justicia, prenda que digna de notar sea en su persona. En terreno _neutral_, sería una completa vulgaridad. Pero hay lujo en sus salones y gabinetes, variedad en sus fiestas, abundancia en sus _buffets_, novedad en sus trajes, y siempre una sonrisa en su cara. Los asiduos tertulianos se saturan de este conjunto; siéntense repletitos de estómago en el elegante comedor, bien divertidos en el estrado suntuoso, hartos de música y de danza, y todo de balde y cada día. ¿Cómo, á la luz de tantas satisfacciones, no ha de parecerles encantadora, ó por lo menos _distinguidísima_, la persona que se las procura, con celo y desinterés verdaderamente maternales?

Así nace la fama de esa _distinción_: pregónanla las bocas de los tertulianos donde quiera que se baila y se cena de balde, y luego en corrillos y cafés, y cátala proverbial en todo el pueblo, y á la dama, autorizada para enmendar la plana á la moda reinante y acreditar caprichosos aditamentos de su invención, como prendas de gusto superfino.

Enséñansela en la calle á usted, que no baila, y dícenle los que la saludan:

--¡Qué señora tan elegante, tan _chic_... y qué talento tiene!

Ni usted la halla elegante, ni eso que los elegantes llaman _chic_, no sé por qué; ni ha visto usted una muestra del ensalzado talento; pero tanto se lo aseguran, que antes duda usted de la claridad de su vista y de la solidez de su juicio, que de la razón de la fama.

Al mismo tiempo pasa otra señora, bella á todas luces, elegante sin trapos raros, y discreta á carta cabal; y usted, que es sincero, dice al punto _á los otros_:

--¡Esto es lo que se llama un tipo elegante y distinguido!...

--Cierto que no es _enteramente vulgo_--le contestan con desdén;--no es fea, no es tonta... _pero_ le falta, le falta... vamos, le falta...

--¡Qué canario!--digo yo:--lo que le falta es dar un baile cada tres días y una cena en cada baile, como la otra; pues la mayor parte de los juicios que hacemos de las cosas, dependen, según afirmó muy cuerdamente el poeta,

del cristal con que se miran.

Demuestran los casos citados, y otros parecidos que no apunto por innecesarios, que la señora fama no juega siempre limpio en sus pregones, y que al inocente que se descuida le vende gato por liebre, ó, siguiendo el símil habanero, _ataja_ sin caridad ni justicia al primer transeúnte que corre delante de ella, mientras el verdadero delincuente fuma tranquilo el robado _veguero_ dos puertas más abajo.

Pero, al fin, estos ejemplares no mueren en el trance, y, aunque heridos y maltrechos, llegan á curarse; y, en ocasiones, hasta parece el ratero y lleva su merecido en la cárcel de la opinión pública.

Donde el _ataja_ es de muerte, y completa la perversión del buen sentido, es en lo referente al pecado social de la «_intolerancia_», contra el que bufan y trinan los hombres y las mujeres que tienen la manía de creerse _muy tolerantes_, y, lo que es peor, la de contárselo á todo el mundo. Aquí sí que puede decirse que van los proyectiles á la cabeza de los _atajados_, cuando debieran estrellarse en las de los _atajadores_.

Esto es lo que vamos á ver, con clarísimos ejemplos y no con estiradas metafísicas, que marean más que convencen, y además no caben en la paciencia angelical de usted ni en la mía.

Como punto de partida, y para los efectos legítimos de esta conversación, hemos de fijar el verdadero alcance que tienen la _intolerancia_ y la _tolerancia_ á que me refiero.

Llámase, en el ordinario trato social, _intolerante_, al hombre que, de cuanto ve á su lado, solamente aplaude lo que le agrada, ó le parece ajustado á las leyes del buen sentido; y se llama _tolerante_ al que lo aplaude todo, racional y absurdo, serio y ridículo, cómodo y molesto; al que á todo se amolda en la _sociedad_, menos á tolerar con calma que otros censuren algo de ello.

Y dice usted, como deducción lógica de estas dos definiciones:

--Luego viene á quedar reducido _el caso_, si no es cuestión de _más_ ó de _menos franqueza_, á tener ó no tener _paladar_ en los sesos. De cualquier modo, pierden el pleito los señores tolerantes.

Es la pura verdad; y para remacharla, vayan ahora los prometidos ejemplos, pues, como decía el soldado de la comedia que tanta gracia nos hizo en cierta ocasión, «_con los deos se hacen los fideos_».

Concurre usted ordinariamente, para esparcir las nieblas de mal humor, á un punto (llamémosle H), donde halla conversación, siquiera tolerable, lectura deleitosa, espacio para revolverse y muelles sillones en que tender, en un apuro, el cuerpo quebrantado. Allí no choca que usted permanezca mudo y silencioso, si el hablar le incomoda; ni lo que se hable le molesta, porque si no es instructivo ni risueño, tampoco es sandio. Aunque el tal esparcimiento no es cosa del otro jueves, para quien, como usted, no los cuenta por docenas, vale más de lo que parece. Pero un día se ve invadido el local por una turba de _gomosos_, que tararean trozos de ópera, y hablan á gritos, y se tumban sobre los muebles, y aporrean las mesas con los bastones, y se tirotean con _chistes_ de rincón á rincón, y se descubren sus _calaveradas_ del _gran mundo_... y lo demás de rúbrica en tales casos y entre tales gentes. Sufre usted con paciencia esta primera irrupción, y casi, casi, la segunda; pero al ver en la tercera que el mal se hace crónico, renuncia usted generosamente á sus adquiridos derechos, y no vuelve á poner los pies en aquel centro de racionales entretenimientos.

Uno de los _tolerantes_ que con usted concurría á él, le encuentra en la calle andando los días.

--¿Cómo no va usted ya por allá?--le dice, abrazándole.

--Pues, hombre,--responde usted con entera ingenuidad,--porque no se puede sufrir _aquello_.

--¿Lo dice usted por esos _chicos_?...

--Cabal.

--¡Bah!... se ahoga usted en poca agua.

--Por lo visto, ¿á usted le divierten?

--Hombre, tanto como eso, no; pero no me incomodan.

--Pues á mí, sí.

--Porque, con franqueza, amigo: es usted _¡muy intolerante!_

¡Vea usted qué jurisprudencia tan peregrina! Le echan á usted de casa; ni mata usted ni encarcela á los invasores; se larga usted á la calle sin despegar los labios, y distrae usted su fastidio brujuleando por donde mejor le parece, probablemente en paz y en gracia de Dios; hay quien halla tolerables las causas de este cambio forzoso de vida, ¡que ya es tolerar! y, al propio tiempo, no tolera que usted diga que huye de ellas porque no las puede resistir. ¡Y, sin embargo, usted es el _intolerante_, y no los que con cuatro majaderías quieren imponerse á cuarenta personas serias, ni las que se escandalizan de que alguien halle insoportable la imposición!

Otro caso análogo: frecuenta usted una tertulia de su gusto; concurren á ella las pocas personas que le han quedado á uno en limpio, del expurgo que viene haciendo durante el curso de la vida, en el montón de _amigos_ que le tocó en suerte á la edad de color de rosa. Está usted allí como en su propio hogar; sabe usted de qué pie cojea cada uno, como cada uno lo sabe de usted, y se habla y se discurre con entera libertad y á gusto de todos, sin producir otras desazones que las puramente indispensables en toda reunión de amigos que, por lo mismo que lo son á prueba, rara vez están de acuerdo unos con otros. En estas reuniones semi-públicas, nunca faltan allegados que, aunque en segunda fila, toman parte, siquiera con la atención, en los debates de la primera. Habrá seguramente entre los allegados un señor muy fino y muy risueño, con bastón y gafas. No se moverá de la silla, no pedirá un fósforo, no hará una pregunta, sin despepitarse en excusas y cumplidos. «Usted dispense», «¿me hace usted el obsequio?» «con permiso de usted», etc., etc... y no habrá dicho en todo el año cosa más substanciosa. Pero, en una ocasión, trajo usted á la porfía (y note que no digo conversación), un apellido que hasta entonces no había sonado allí. Óyelo el de las gafas, y, clavándolas en usted, le pregunta, con una voz muy dulce y una cara muy risueña:

--¿Verduguillos ha dicho usted, caballero?

--Verduguillos, sí señor,--responde usted parándose en firme.

--¿Sabe usted--insiste el otro,--(y usted perdone si le interrumpo _un momento_), si ese señor de Verduguillos tiene parientes en Cuzcurrita de Río Tirón?

--¿Por qué he de saber yo eso, si jamás allá estuve, ni conozco á ese señor más que de vista?--replica usted con el sosiego y la amabilidad que eran de esperarse.

--Perdone usted, caballero--dice el intruso hecho unas mieles,--y verá por qué me he tomado la libertad de interrumpirle.

Y en esto, deja la silla, sale al centro, encárase con el grupo principal, afirma las gafas en el entrecejo, carraspea, sonríese y dice:

--Pues, señor, verán ustedes por qué me ha interesado tanto el oir á este caballero nombrar á ese señor de Verduguillos. Por el mes de septiembre del año treinta y ocho, salí yo de Zamora (donde nací y me crié y radican los pocos ó muchos bienes que heredé á la muerte de mis padres, y los que he podido adquirir después acá con el fruto de mis especulaciones modestas), con el propósito de hacer un largo viaje, por exigirlo así los asuntos de la familia, y también, si he de ser franco, el estado de mi salud...

Así comienza este señor la relación de un viaje por media España, con largas detenciones en todos los puertos y plazas del tránsito, y minuciosas observaciones estadísticas y climatéricas, sin pizca de interés, ni método, ni estilo, ni substancia, hasta venir á parar, al cabo de tres mortales cuartos de hora, á Logroño, en la cual ciudad conocía al comerciante don Fulano de Tal; y decirnos que, yendo á visitarle á su escritorio, hallóse allí con un caballero, muy amigo también del don Fulano, el cual don Fulano le dijo á él al despedirse el otro:

--Este señor que acaba de salir, es don Pacomio Verduguillos, natural y vecino de Cuzcurrita de Río Tirón.

Al llegar aquí con el cuento el de las gafas, espera usted el _toque de efecto_, el desenlace sorprendente, _la gracia_ del suceso; porque es de saberse que el narrador se ha quedado en silencio y mirando de hito en hito á los resignados oyentes. Pero el silencio sigue y la sorpresa no asoma. Alguien se aventura, y pregunta al del bastón:

--Pero ¿por qué le chocó á usted tanto el oir nombrar á este Verduguillos?

--Hombre--responde el interpelado, con candidez angelical,--porque podía muy bien ser pariente del otro Verduguillos que yo conocí en Logroño.

¡Y para eso interrumpió un animado y sabrosísimo debate; y estuvo, durante cerca de una hora, ensartando insulsez tras de insulsez, simpleza tras de simpleza, adormeciendo á unos, quemando la sangre á otros y aburriéndolos á todos! Y usted llevó la cruz con paciencia, y yo también; y lo mismo al día siguiente, porque el bueno del zamorano, desde que pierde la cortedad con el primer relato, ya no cierra boca en la tertulia, y siempre tan ameno, divertido y oportuno. Pero nos permitimos los dos un desahoguillo en un aparte.

--Amigo--dije, ó me dijo usted,--¡este hombre es insufrible: estando él no se puede venir aquí! Y se oyó el rumor del desahogo, y ¡qué caras nos pusieron los señores _tolerantes_, que estaban tan aburridos como nosotros!

Al día siguiente asoma usted la cabeza á la puerta, ve al de las gafas en el uso de la palabra, retrocede y no vuelve; ni yo tampoco. Y porque no volvemos, y además decimos lo que mejor nos parece del motivo, ¡qué ponernos de _intolerantes_ y hasta de inciviles!...

¡Caramba, protesto contra la enormidad de esta injusticia! En este caso no hay más _intolerantes_ que el señor de Zamora, que interrumpe toda conversación racional y obliga á hombres de buen sentido á que oigan las interminables boberías que él enjareta sin punto de reposo, y los forzados tolerantes que le escuchan con paciencia, y no la tienen para oir que otros carecen de ella.

Trátase ahora de un embustero, que un día y otro día le abruma á usted con narraciones autobiográficas, sin principio ni fin, como la eternidad de Dios; pero muy punteadas, muy comeadas y con más espacios que un libro de malos versos. Oye usted una historia, y dos, y tres, ya con mala cara; pero, al fin, se acaba la paciencia, y un día interrumpe usted al sujeto de los á propósitos, y le dice: