Part 16
Pues éstos--dije para mí--son otros niños felices, y no se diferencian de Pedrín y sus camaradas sino en que visten de otro modo y juegan al amor, al talento y á otras cosas serias, mientras los primeros juegan al marro ó á las aleluyas. Por lo demás, créense hermosos y opuestos, y son ridículos; admíranse de sus propios talentos, y son tontos de capirote; júzganse amados, y nadie los puede ver. Su vida es una constante equivocación. ¡Envidiable felicidad!
Un rayo de sol bañaba entonces el sitio que yo ocupaba, y el miedo de que me calentara los cascos con exceso, llevóme al otro extremo del banco. En el instante en que me acomodaba en el sombrío rincón, llegaba á ocupar el que dejé vacío un anciano octogenario, arrastrando los pies sobre la arena, y con el cuerpo vacilante encorvado sobre una cachaba. Eligió el punto en que más copiosamente se desparramaba el manojo de sol, y sentóse allí poco á poco y agarrándose, como si temiera romper en una brusca sacudida el hilo desgastado y tenue de su existencia. Saludóme con una penosa inflexión de su pescuezo y una mirada yerta, y devolvíle el saludo con respeto.
--Usted huye del calor--me dijo con voz desentonada y trémula, cuando se hubo sentado:--yo le busco con ansia. ¡Ineludible ley del equilibrio!... Á su edad de usted yo hacía otro tanto... Me sobraba el calor. Desde entonces, ¡cuántos inviernos han pasado sobre mí!... ¡Cuánto calor me han robado sus hielos!...
Sin dejarme decir algunas palabras de pura cortesía, continuó así el buen señor:
--Se reirá usted de mí, porque apenas despliego los labios, comienzan á asomar la oreja mis _manías de viejo_... Así llaman los jóvenes á nuestra afición á evocar recuerdos de otras edades... Hay mucha injusticia en eso. Quien, como yo, no tiene por delante más que una tumba y una mortaja, cuadro en verdad poco risueño y deleitable, necesita volver los ojos á lo pasado para no morirse de tristeza; y cuanto más lejos, mejor... Por eso me gustan tanto los niños. Ellos vienen, yo me voy; nos encontramos á la puerta del mundo, unos entrando y otros saliendo. Viajeros con opuesto rumbo, que hacemos una parada en una misma estación y comemos en la misma mesa. Ellos me hablan de lo que vienen á buscar; yo les hablo de lo que por acá dejo... Esto divierte y consuela. El resto de la humanidad ya no me pertenece, como no me pertenece lo que conduce el tren que se cruza con el que á mí me lleva á la eternidad. Alargar todo lo posible los momentos de parada, á fin de que dure un poco más la compañía de la mesa, es ya mi único negocio. Á él me consagro tiempo ha, y aquí me vengo todos los días, como un niño, á jugar con estos niños... ¿Por dónde andan esos diablejos?... Helos allí... ¡Qué monísimos son!... Verá usted lo que tardan en asaltarme... y en desvalijarme... Afortunadamente vengo hoy bien pertrechado de metralla para defenderme. Caramelos... rosquillas... estampas; y en este otro bolsillo, medio quintal de _paciencias_... ¡Cuánta necesito á veces para armonizar tantas cabecitas sin tornillo, y para no enfadarme!... ¡Sí, señor, para no enfadarme!... ¡Ahí anda un Gabrielón, travieso y mal intencionado!... Ayer me tiró con una aceituna desde su balcón... Pues mire usted, sentí aquel golpe como si hubiera sido un balazo... porque ni yo le había dado motivos para ello... ni está bien que así se trate á los _mayores_, bajo ningún pretexto... ¿No lo dije? ¡Ya está la nube encima!...
En efecto, la misma que poco antes había caído sobre mí, pero lenta y apacible, envolvió al octogenario, tormentosa y rugiente. Entre gritos de «¡papá Moisés, señor don Moisés!» y alguno de «¡Señor Matusalén!» que yo jurara que procedía de los pulmones de Gabrielón, aquella muchedumbre estrujó al anciano, asaltándole por piernas, brazos y cabeza. Quién le besaba, quién le sacudía, quién le interpelaba, quién, más osado, le registraba los bolsillos... hasta que, falto ya de respiración, arrojó por encima de las cabezas de todos un paquete de almendras, que se desparramaron en el suelo; cebo estimulante sobre el cual se echó en el acto aquella bandada de pájaros golosos. Empezó luego el reparto de lo que quedaba en los bolsillos, y no faltaron entonces reclamaciones, protestas y refunfuños de una y otra parte, y aun llegó á riña formal, entre el anciano y Gabriel, lo que empezó por quejas del primero sobre el incidente de la aceituna, al ofrecer su ración, un tanto mermada, al segundo. Intervine poniendo paz, cuando vi que las sequedades del muchacho iban á hacer llorar de pena al pobre viejo; dióle un beso cada cual, como firma de amor y de alianza; y, ya _todos unos_, como dijo don Moisés hecho unas pascuas, pusiéronse á jugar los rapazuelos delante del anciano, haciéndole juez árbitro de sus contiendas, lo cual le deleitaba y entretenía.
Pues éste es otro niño--dije para mí, contemplándole;--y con él son ya tres los ejemplares. Es decir, que de tres no bajan las _necesarias_ infancias del hombre, las que son inseparables condiciones de otras tantas edades de la vida... porque si á sumar vamos las que son el fruto de las mundanas flaquezas, casi son tantas como los años que vivimos.
Niño es, en efecto, el hombre que de vanidades se nutre y al huero relumbrón endereza todas sus aspiraciones; niño cuando se pavonea con un cintajo en la solapa, como si fuera señal de sus virtudes y no de la amistad de un prócer dadivoso; niño cuando se desvela por adquirir un diploma que le autorice para estampar en coches y tarjetas dos calderos y una escoba, ó cualquier otro emblema heráldico no menos expresivo y linajudo; niño cuando, ya con canas, se prenda de su apostura, y despilfarra ante el espejo las horas que niega á más honrosos y transcendentales afanes; niño cuando... cuando se parece á tantos y tantos nietos de Adán por el estilo; y niño, en fin, soy yo, que con frecuencia me enredo en tales filosofías.
Pero volviendo á los niños ochentones, ¡cuántos hay en uno y otro sexo que han tomado la ciencia, las letras, las artes ó la caridad por _juguetes_, y dejan el sendero de su vida lleno de luz y de beneficios, en bien de sus semejantes!... Preciso es convenir en que estos niños tienen mucho de ángeles... Y conviniendo en ello, forzoso es declarar que la raza de Caín no es tan mala como su fama la pinta.
Pensando así, levantéme con rumbo á mi casa; pero nuevos aires me soplaron, y á otras regiones más intranquilas me condujeron las ideas. Y extendí la mente por los campos de la historia; y al ver la haz de la tierra cubierta de ruinas y de cadáveres; á las razas luchando contra las razas; á las ideas contra las ideas; al ver la fuerza convertida en derecho y á los pícaros en la cumbre de los honores, y á los buenos en el abismo de todas las desventuras; á la mujer holgada y consentida, arrojando á los pies de su amante el honor de su marido; al marido, mancillando en torpes mancebías la fe jurada en los altares; al ver al poderoso explotar al necesitado, y al necesitado escupir la mano que le da la hogaza; al ver aquí el látigo, allí la tea, acá el atropello, allá la asechanza, y en todas partes y en todos tiempos y á todas horas, el orgullo, la soberbia, la envidia, la venganza, imponiéndose al mundo como una calamidad incontrarrestable--¡ay! exclamé en mis adentros,--niño es el hombre, y aun con frecuencia es ángel; pero también es tigre carnicero en cuanto arroja á Dios de su conciencia.
Dicho está que este hallazgo no me satisfizo tanto como el anterior; pero consoléme mucho al caer en la cuenta de que si Dios entregó el mundo á las ambiciones y á las disputas de los hombres, también infundió en los buenos el sublime sentimiento de la caridad para ejemplo de verdugos y consuelo de perseguidos y desheredados.
Y andando, andando, con la mente abismada en tan santas cavilaciones, mi capa no parecía.
Y las horas corrieron, y los días pasaron, y la inspiración no vino, y llegó el trance fatal, y trajéronme al banquillo de los reos... desde el cual me atrevo á suplicaros, después de llamar á las puertas de vuestro corazón con las narradas dificultades, como testimonio fiel de una heroica voluntad, que la toméis en cuenta para absolverme de las confesadas culpas de mi torpe ingenio.
1878.
[Ilustración]
NOTAS:
[7] Este artículo fué leído por su autor en una velada literario-musical, dispuesta por el Alcalde de Santander, don Tomás C. de Agüero, á beneficio de los pobres.
[Ilustración]
MANÍAS
Afirmo que no existe, ni ha existido, un nieto de Adán sin ellas. Por lo que á mí toca, desde luego declaro que tengo una. Por ser lo que es y de quien es, no quiero aburrir al lector diciéndole en qué consiste; pero, en cambio, voy á hablarle de las suyas y de las de sus amigos y allegados, con la previa advertencia de que la palabra _manía_ no ha de tener aquí la única significación de _locura_ que le da la ciencia; yo la uso, además, en su acepción vulgar de extravagancia, resabio, etc. Así las cosas, repito que la humanidad entera es una pura manía. Me he convencido de ello desde que al conocer la mía, y por el deseo de consolarme de ella, di en la de observar las del prójimo.
Yo era de los cándidos que ven á los hombres privilegiados sólo á la luz de su fama ó de sus relumbrones, y á los colaterales, con las cataratas que da la costumbre de mirarlos sin reparar en ellos.
Un escritor ilustre, un pensador profundo, era á mis ojos el hombre que veía en sus libros. Representábamele, escribiéndolos, lo mismo que se retratan los poetas cursis: vestidos de etiqueta, arrimados al pupitre, graves y solemnes, y observando aquella regularidad matemática que encarga Torío que haya _entre la mesa y el asiento_; rodeados de libros en pasta, unos cerrados, otros abiertos; la cabeza alta, los ojos casi en blanco, y las ideas pasando de la mente á la pluma con la facilidad con que bajan las cristalinas murmurantes aguas del monte á la llanura. De una inocentada por el estilo debe de haber nacido la admitida creencia de que Buffon escribió su _Historia Natural_ con guantes blancos.
Si la celebridad era del género cáustico, veíala yo igualmente sentada á la mesa, ataviada _en carácter_, con cierto desaliño artístico, la melena revuelta y ondulante, por pluma una saeta con cascabeles, la boca sonriente y los ojos chispeantes; y éste y el otro, y todos los hombres de su talla, escribían á todas horas y siempre que se les antojaba. Los chistes de los unos y las profundidades de los otros, eran tan necesarios en ellos, como la facultad de ver en cuanto se abren los ojos. Sus cerebros estaban en constante elaboración, sin fatigas, sin violencias, sin la menor dificultad, y derramaban las ideas digeridas y á borbotones sobre el papel, tan pronto como la voluntad alzaba las compuertas con la pluma.
Á los guerreros famosos representábamelos siempre como se ven en el teatro, con la mirada napoleónica, cargados de cruces y alamares, y andando á paso trágico; á los diplomáticos, con la casaca bordada, la diestra en el pecho, sentados en áureo sillón, muchos protocolos encima de la mesa, y la izquierda mano sobre uno de ellos; á los músicos, á los pintores, abismados en las profundidades de su inspiración. En unos y en otros casos, nada de prosa doméstica, nada de dolores del cuerpo, nada de extravagancias, ni de resabios, ni de vulgar...
¡Qué candor el mío! Precisamente en esta aristocracia de la humanidad es donde andan el desorden, las miserias, las pasiones y las manías como Pedro por su casa; y no habría libro más curioso... ni más triste, que el que tratara de las preocupaciones, ridiculeces, vicios y extravagancias de los grandes hombres, y de los que levantan una pulgada más que el vulgo de las gentes.
Desde luego puede asegurarse que no hay, ni ha habido sabio, ni escritor de nota, que haya tenido ni tenga método, ni orden, ni gobierno en el estudio, ni en la comida, ni para escribir; y rara es la obra que leemos y contemplamos con admiración, que no necesitara, como auxiliar poderoso en su nacimiento, alguna manía prosaica y hasta grotesca.
Os dirán de un poeta célebre sus amigos, que escribe de pie y sobre un montón de libros colocados en una silla.
Mezerai, el historiador, trabajaba con luz artificial de día, y despedía á las personas que iban á verle acompañándolas, con la bujía en la mano, hasta la puerta de la calle.
Á Corneille le daba por lo contrario: buscaba la obscuridad para componer sus obras.
¿Quién no ha visto á Walter Scott retratado con un perro á su lado? La fama dice que manoseando la cabeza de este animal, era como mejor pensaba y escribía el célebre novelista escocés.
Malherbe era muy friático, y se ponía varios pares de medias á la vez; por lo cual, y temiendo ponerse en una pierna más que en la otra, las marcaba con letras. Él mismo confiesa que hubo día en que llegó á calzarse hasta la L.
De un literato español, de reciente fecha, Zea, dice uno de sus amigos que, mientras meditaba, se golpeaba la cabeza con una reglilla.
Gretry, el músico, para inspirarse ayunaba rigorosamente y tomaba café á pasto, y enardecía su musa tocando el piano sin cesar, hasta arrojar sangre por la boca. Sólo entonces descansaba y trataba de contener la hemorragia. Refiérelo el doctor Reveille-Parise, famoso higienista.
Paer, mientras componía, gritaba con todas sus fuerzas y mandaba á su mujer, á sus amigos y á sus criados que gritasen también.
Paisiello componía en la cama, y Zingarelli leyendo los clásicos latinos y los Padres de la Iglesia.
Á Byron le envanecía más su renombre de nadador que de poeta; y el haber pasado seis veces el Helesponto por realizar la fábula de _Leandro_, le halagaba más el orgullo que el haberse vendido en un solo día 18.000 ejemplares de su _Don Juan_. Tenía pasión por andar en mangas de camisa por parques y alamedas; y antojándosele que los transeúntes reparaban demasiado en su cojera, muy á menudo se enredaba á sopapos con ellos. En Inglaterra fué su vida un perpetuo escándalo que jamás le perdonó aquella encopetada aristocracia. Teniendo miedo á la obesidad, que él llamaba _hidropesía de aceite_, cuando fué á Grecia sólo se alimentó de manteca y vegetales; y como este alimento no bastaba á su naturaleza poderosa, entretenía el hambre, que sin cesar le asaltaba, con una oblea empapada en aguardiente. Todas las mañanas se medía la cintura y las muñecas. (Véanse sus _Memorias_).
Edgard Poe buscaba la luz fatídica y misteriosa con que alumbra sus portentosas investigaciones por los abismos del espíritu humano, en el alcohol. Era un borracho contumaz: matóle el _delirium tremens_, y se halló su cadáver en medio de la vía pública.
La vida de Swift, el inmortal autor de los _Viajes de Gulliver_, fué una cadena de deslealtades y prevaricaciones, terminada con la locura.
Al célebre J. Jacobo le atormentaba sin cesar la duda de su final destino. Refiérese que en sus frecuentes paseos solitarios, lo mismo que en su habitación, solía elegir un blanco en los árboles ó en la pared, al cual lanzaba su bastón desde cierta distancia.--«Si doy en él, pensaba, mi alma será salva; si no le toca, se condenará».
Lichtemberg dice textualmente: «Nadie es capaz de saber lo que yo padezco al considerar que, desde veinte años hace, _no he podido estornudar tres veces seguidas_... ¡Ah! si yo consiguiera _persuadirme de que estoy bueno_, ¡qué feliz, sería!».
Carlos Nodier no admitía en su biblioteca más que libros en 8.°, y Joubert arrancaba de los que adquiría todas las hojas que no le agradaban; y como era hombre de gusto, quedábase con poco más que la encuadernación de cada libro.
El pintor Rembrandt se moría de hambre teniendo tesoros amontonados en los sótanos de su miserable vivienda.
Balzac sentía verdadera fiebre especuladora, y se pasó la vida tanteando negocios, siempre de baja estofa y desatinados, porque tenía poco dinero y no sabía más que escribir novelas...
Y ¿á qué seguir, cándido lector, si no cabría en libros la lista de las _especies_ de rarezas, vicios y debilidades que tienen y han tenido los hombres cuyas obras admira el mundo y vencerán al tiempo?
¿Qué te diré yo ahora si de esa encumbrada región descendemos al mísero polvo de la tierra, á la masa vulgar de los mortales? Mira en tu casa, mira en tu calle, mira en la plaza, en la tertulia, en el paseo, y verás que cada hombre es una manía cuando no un vivero de ellas.
Tu mujer no se cortará las uñas en menguante, ni dormirá con sosiego después de haber derramado la sal sobre la mesa; ni tú te pondrás á comer con otros doce, ni emprenderás viaje en martes, ni permitirás que en tal día se case ninguno de tus hijos.
Fíjate en el primer corrillo que encuentres al salir de casa, y observa: un prójimo no halla palabras en su boca si no echa una mano á la corbata, á las solapas, á la cadena del reló ó á las patillas de su interlocutor. Otro se ve en igual apuro si no tira el sombrero hacia la coronilla, y no agarra por el brazo al mártir que le escucha. Otro necesita girar sobre sus talones para perjeñar una frase. Otro será derrotado en una porfía, aunque defienda el Evangelio, si no se rasca un muslo en cada premisa, y no deduce la consecuencia sonándose las narices; y, de fijo, no faltará uno, á quien le apeste la boca, que deje de arrimarla mucho á la tuya para darte el más breve recado.
No digamos nada de las muletillas, hincapiés ó apoyaturas del diálogo. Los «_¿está usted?_» «_¿me entiende usted?_««_¿me explico?_» «_pues_»; «_¿eh?_» hasta el inescribible carraspeo de los que peroran, y los «_sí, señor_»; «_mucho que sí_»; «_comprendo, comprendo_»; «_justo, justo_»; «_claro_»; «_¡pues digo!_» «_tiene usted razón_»; «_¡ajajá!_» de los que escuchan, aunque no entiendan lo que se les dice, son el alma de la retórica de corrillos y cafés.
La manía de los números es de las más corrientes. Hay hombre que la toma con el número _tres_, por ejemplo, y se lava de tres chapuces, bebe de tres sorbos, se pone la corbata en tres tiempos, come á las tres tres cosas en tres platos, da tres vueltas en el paseo y las tres últimas chupadas al cigarro. Si el número tres no alcanza á satisfacer sus deseos, como le sucede en la mesa, le _triplica_.
Las ramas de esta familia son innumerables, y á ella pertenecen por un costado las personas que fían el éxito de sus negocios al resultado de una apuesta que se hace _in mente_, por el estilo de la que, según queda dicho, se hacía Rousseau á cada instante. Verbigracia: un señor, á quien yo conozco, no da un paso en la calle sin contar un día de la semana, y al salir de casa se propone él en que ha de llegar al fin de su jornada; advirtiendo á ustedes que al éxito de este propósito une la suerte del negocio que va á emprender, ó del asunto que á la sazón le preocupe. Supongamos que compra un billete de la lotería. Al salir de la administración se dice: «Si llego á mi casa en _jueves_, me toca»; y hala que te vas, comienza á contar: lunes, martes, miércoles... á razón de paso por día. Ganará la apuesta si, al poner el pie en el umbral de la puerta de su casa, le toca decir _jueves_. Estos monomaniacos son un tantico tramposos; pues ya la experiencia les hace conocer desde lejos si han de faltarles ó sobrarles días, por lo cual cambian el paso en el sentido de sus conveniencias. Pero la duda de si es ó no lícita la trampa, les hunde en nuevas preocupaciones, de lo cual les resulta una manía-remedio tan molesta como la manía-enfermedad.
Sigue inmediatamente á ésta la de ir siempre por el mismo camino para llegar al mismo punto; ó, al contrario, buscar una nueva senda cada vez que se emprende el mismo viaje; la de no volver á hacer, á comer ni á vestir, lo que hizo, comió y vistió el aprensivo el día en que le descalabraron en la calle ó perdió el pleito; la de no pisar jamás la raya mientras se anda por la acera; la de no embarcarse en días de _r_; la de no acostarse sobre el lado izquierdo después de beber agua... y _tutti quanti_.
Pues entremos con las carreras, oficios y empleos... ¿Han conocido ustedes algún marino que no use en los negocios _terrestres_ el lenguaje náutico? Para el hombre de mar, si de mujeres se trata, la jamona es una _urca_; la joven esbelta, una _piragua_; fijarse en ella, _ponerle la proa_; hablarla, _atracar al costado_; casarse, _zozobrar, irse á pique_. El amante es un _corsario_: si tiene mucha nariz, de gran _tajamar_; si es alto, _mucha guinda_.
Como el marino en tierra, hay médicos, y abogados, y curiales de toda especie, y militares... y zapateros, que usan el lenguaje técnico de la profesión ó del oficio, siempre que pueden, que es siempre que les da la gana, lo cual sucede cada vez que se ponen á hablar.
¿Y los aficionados á ciertos juegos? Para un sujeto á quien yo conozco, que veinte años hace juega diariamente á la _báciga_, tres muchachas bonitas juntas son un _bacigote de ases_; si tiene un pleito ganado en primera instancia, dice que _salió á buenas_; si es amigo del juez, que tiene _comodín_, y si busca recomendación para un magistrado, es porque quiere hacer _las cuatro cosas_.
Es seguro que el lector conoce á más de una docena de caballeros, de cuyos labios no se caen jamás el _albur_, el _elijan_, los _párolis_ y otros análogos donaires del _caló_ de los garitos; pintoresca y culta _manía_ que anda ya retozando en la literatura _humorística_ al menudeo, y hasta en la comedia de costumbres españolas.
Y ¿qué diremos de la manía política, si la mitad del género humano adolece de esa enfermedad? ¡Qué horas, Dios eterno, las de los unos devorando periódicos, tragándose sesiones de Cortes, preámbulos de decretos y _movimientos del personal_! ¡Qué disputas en plazas y en cafés! ¡Qué jurar en la autoridad de ciertos nombres, y qué renegar de otros! ¡Qué cavilaciones, qué presentimientos, qué sudar el quilo corriendo de esquina en esquina, y qué alargar el pescuezo, ponerse de puntillas y encandilar los ojos para leer _partes oficiales_ recién pegados, y hasta bandos de buen gobierno! ¡Y éstos son hombres de arraigo, libres, independientes, que pagan sin cesar para que vivan y engorden esos mismos personajes que caen, y se levantan y alternan en la política imperante, y se ríen de los cándidos babiecas que toman esas cosas por lo serio!
¡Qué vida la de los otros! El taller, el escritorio, las cajas de la imprenta, la buhardilla angosta, el andamio... doce horas de trabajo penoso, poco jornal, ocho _de familia_, deudas indispensables, privaciones dolorosas... Y por todo consuelo, hablar muy bajito de _la que se está armando_; acudir á sitios peligrosos para oir una noticia absurda, ó entregar el roñoso ochavo del ahorro para pagar los gastos de un viaje fantástico al falso emisario que tiene estas estafas por oficio; ver al _tirano_ siempre sobre sus cabezas y en su sombra y en todas partes; dejar la herramienta, ó saltar del lecho al menor ruido, creyéndole anuncio de _la gorda_; soñar con pronunciamientos y barricadas; desechar honrosos acomodos por amor á _la idea_ que ni sienten ni penetran; triunfar al cabo _los suyos_; echar la gorra al aire; enronquecerse victoreándolos, y quedarse tan tejedores, tan escribientes, tan cajistas, tan zapateros, tan pobres y tan ignorantes y tan _paganos_ como antes... ¡y locos de contentos!... ¡Oh manía de las manías! ¡Oh candor de los candores!
He dicho que la mitad del género humano está tocada de esas locuras. Pues la mitad de la otra mitad tiene, cuando menos, la manía de meterse en todo lo que no le importa: lo que tiene su vecino, lo que come, lo que viste, lo que gasta, lo que ahorra, lo que debe; qué empresas acomete: si son atinadas, si son locuras, si se arruinará: si lo merece, si no lo merece, si listo, si tonto, si terco, si cándido. La casa que se construye á la plaza: por qué es tan grande, por qué tan chica; si alta, si baja, si huelgan los peones, si hay muchos, si hay pocos; si avanza la obra, que «así irá ello»; si va lentamente, que «por qué no se acaba ya?» Estas cosas quitan el sueño á muchísimos hombres, y por ellas sudan y porfían, y no tienen paz ni sosiego.