Part 15
Á mi modo de ver, era un pobre hombre poseído de un demonio: el demonio del fanatismo, el fanatismo de la enseñanza. Si castigaba á un discípulo con un día de calabozo, dejaba de comer para ir á tomarle la lección de la tarde en el calabozo mismo. Iba á clase hasta con calentura á cumplir con su deber, y su deber era enseñar latín, porque creía haber nacido para eso. Si una consulta sobre la traducción pendiente le robaba el sueño, tanto mejor: ningún hecho más digno, en su concepto, de consignarse en la hoja de servicios de sus alumnos. Presentaba los buenos en un examen con el orgullo y el amor de un general que ve desfilar, en ostentosa parada, á sus valientes veteranos cargados de cruces; y hablaba de ellos en todas partes, y los seguía con la atención á la Universidad, y aunque allí claudicasen, jamás los apartaba ya de su memoria. Llena de esos nombres la tuvo hasta la hora de su muerte. Muchas veces me los citó conmovido y entusiasmado, y por el menos brillante de aquellos «chicos» hubiera dado él, sin titubear, á ser preciso, la diestra con que tantas veces le deslomó á varazos.
En una ocasión, después de haber oído la razón que le dió un discípulo de haber faltado á la clase el día antes, le oí decir:
--Candonga, ¿y por eso no vino? ¿Sabe cómo vengo yo todos los días y cómo vivo? Pues óigalo, calabaza. Hace veinte años que estoy enseñando latín, y quince que la mujer no sale de la cama; me consume cuanto gano, y no tengo más que lo puesto; los únicos ahorros que había hecho se los presté á un compañero que no me los ha de pagar en los días de su vida, y lo mejor de cada noche me lo paso en claro velando á la enferma. ¿Les parece poco? ¡Ah, candonga! ¡Si os cogieran los tiempos que á mí me cogieron para aprender latín, ya os darían confites en estos lances, y os guardarían los miramientos que yo os guardo! Enfermo, y con la nieve á la rodilla, fuí yo una noche á casa de un compañero que tenía _Calepino_; para sacar un significado de la traducción del día siguiente... Y ¡pobre de mí, candonga, si llego á ir al aula sin sacarle!... Y sepan, calabaza, que para entonces ya había servido yo al rey seis años en una compañía de fusileros: dos de soldado raso, uno de furriel y tres de sargento.
He aquí algo á que se agarrarían los fisiólogos llamados á explicar las crueldades _profesionales_ de un hombre tan manso y apacible. Don Bernabé enseñaba como le habían enseñado á él: á estacazos. La costumbre fué haciéndose naturaleza poco á poco. La escasez de entendimiento, lo extremado del amor al _oficio_, los resabios del cuartel y las tradiciones del _sistema_, hicieron lo demás. No era á sus ojos mayor delito que _echar malè_ en una lección, faltar con palabras un soldado raso á un triste cabo segundo; y, sin embargo, la Ordenanza militar castiga estas faltas con el presidio, si no con la muerte, ¡y él se conformaba con apalear á los delincuentes de su cátedra!
Hasta dónde llegaban su sencillez y su puntillo de hombre de _cuenta y razón_, muéstralo el hecho siguiente, que no fué el único en su género:
Llegóse una vez á cobrar la paga del mes á secretaría, y diéronsela con la merma de cierta cantidad que le correspondía pagar por no sé qué gastos hechos por todo el Claustro de profesores.
--Venga mi paga entera,--dijo don Bernabé negándose á recoger lo que le entregaban.
--Pues ahí la tiene usted--le replicaron.--Tanto que usted debe, y tanto que le entrego, hacen lo que le corresponde.
--¡Venga mi paga entera, candonga!--insistió.
Diéronle lo que le faltaba.
--¿Cuánto debo yo?--preguntó al tener todo el dinero en la mano.
--Tanto.
--Pues ahí va,--dijo entregándolo y guardándose el resto después de contarlo.
--¿Cuánto le queda á usted ahora?
--Tanto.
--Lo mismo que yo entregaba á usted antes.
--Nunca lo negué, candonga; pero yo soy hombre de cuenta y razón, y para tan cortos caudales no necesito mayordomos; y como pago de lo mío, quiero pagar con mi mano, ¡calabaza!
El nuevo plan de estudios le transformó radicalmente. Continuó siendo en la cátedra una fiera, pero con bozal y sin uñas. Perdió así lo mejor de sus bríos, y se entibió su entusiasmo por la enseñanza. No la comprendía sin palos y sin sangre. Andaba triste y desperdigado; y como ya era viudo y sin hijos, se casó con la criada.
Le dieron una cencerrada espantosa: tres noches duró; y no duró más, porque habiéndole insultado groseramente los _actores_, los dispersó á tiros desde el balcón, en lo cual obró como un sabio y en justicia.
Murió el año de 1865, víctima del cólera que diezmó la población de Santander; y es de advertir que ni este espantoso azote pudo doblar aquel rígido carácter antes de romperle, puesto que don Bernabé fué á cátedra invadido ya por la enfermedad, salió á la hora reglamentaria, y sólo se metió en el lecho para rendir cristianamente el alma á Dios.
En resumen, lector: en mi sentir, las crueldades del dómine, aunque lamentables, é hijas, más que del corazón, del tiempo, de las costumbres y de las leyes que las toleraban y hasta las aplaudían, no hacen al íntegro y virtuosísimo personaje indigno de la estimación de las gentes hidalgas. Me complazco en declararlo así, en honra del hombre que más me ha hecho padecer en menos tiempo. Pero no me arrepiento de haber pintado á Filipo por los dos lados; pues si el vivir bajo el imperio de su barbarie me acongojaba entonces, hoy, que tengo hijos, me espanta el pensar que puede quedar todavía algo de ella en los centros de enseñanza...
Obra es, pues, de caridad sacar esa barbarie al rollo, para lección de incautos y castigo de verdugos.
1878.
[Ilustración]
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LAS TRES INFANCIAS[7]
AL SEÑOR DON TOMÁS C. DE AGÜERO
He de decirlo, aunque el atrevimiento me cueste una multa municipal: para un hombre de mi temperamento, por no decir idiosincrasia, tiene gravísimos inconvenientes la amistad de un señor alcalde, á cuya persona se profesa un arraigado y (por desgracia mutua) ya _viejo_ cariño, afianzado con el doble remache de sus raros talentos y no comunes virtudes. Cuando un amigo semejante se nos acerca, y, otorgando á nuestro ingenio una alcurnia que no tiene, nos pide una chispa de su luz para convertirla en pan para los menesterosos, no hay medio de resistirle, ni de negarle un esfuerzo heroico en pro de su noble intento. Y entonces se llama á las puertas del ingenio, holgado y desprevenido; pero el ingenio, que parece fundido en corazón de avaro, echa todos los cerrojos de su mazmorra, y más se esconde cuanto más se le invoca.
Y aquí las perplejidades y las angustias; porque la súplica es mandato, y el tiempo avanza, y el término fatal se acerca, y lo que era crepúsculo en la mente, llega á hacerse noche tenebrosa.
Expongo estos hechos ante el insigne jurisconsulto, para que en aprecio los tome el magistrado, como razones atenuantes, si mi franqueza llega á parecerle merecedora del papel en que se saldan con la autoridad las cuentas por desacato á ciertos preceptos de sus Ordenanzas; ó no la halla bastante castigada con haberme sacado al palo, que no otra cosa es, en substancia, poner á un hombre avezado á la obscuridad de todos los aislamientos, en estas alturas por tantos soles alumbradas y expuestas al rigor de los huracanes de la crítica.
Siguiendo en mis propósitos, digo que es fama que el aire libre, sin los ruidos ni el vaivén de la civilización, es un gran inspirador de ideas y un desinteresado y docto consejero.--Yo no lo dudo, aunque tengo para mí que con esta receta se han cogido más catarros que pensamientos. Pero es innegable que hay un instinto que le arrastra á uno lejos del rumor de las gentes cuando tiene necesidad de reconcentrar las fuerzas del espíritu; y que ese instinto me sacó de mi guarida en la ocasión citada, y me condujo, si no al campo, porque estaba éste lejos y yo perezoso, á cosa que en algo se le parecía, bien que no en colores, en aromas ni en frescura. Sentéme al pie de _añoso tronco_, como dicen los bucólicos; y no en mullida y olorosa alfombra, sino en duro y empedernido banco, á la sombra del escueto y desgarbado ramaje, porque las tiernas hojas aún dormían arrebujadas en los pliegues entreabiertos de sus yemas.
La condición humana tiene tendencias inexplicables. En los conflictos más graves del espíritu, suelen los hombres preocuparse con los sucesos más triviales. El reo que aguarda la sentencia del tribunal que puede enviarle al patíbulo, acaso se entretiene en contar los clavos de la puerta tras de la cual deliberan sus jueces, ó en traer á su memoria el día y el precio en que compró los zapatos que lleva puestos.--No hay ejemplo de persona que al resbalar en la calle y caer al suelo y quedar en él descalabrada y quizá sin sentido, no trate de indagar, antes que la gravedad de su herida, la causa del resbalón, ni que deje de disputar acaloradamente sobre si la cáscara que pisó es de limón ó de naranja, como haya quien sostenga lo contrario.
Solicitado yo de la propia inexplicable tendencia, al sentarme aquel día en demanda de una idea adecuada á mis intentos, comencé por hacer rayitas caprichosas en la arena del suelo con mi bastón; después puse todo mi conato en demostrar prácticamente, sobre el propio terreno y con la misma herramienta, la exactitud del teorema geométrico que dice que la superficie de un rectángulo es igual al producto de la base por la altura, cosa que siempre me tuvo sin cuidado, como ustedes pueden comprender, sin que yo lo afirme; después tracé caprichosas cifras, y dibujé barcos, y hasta retraté de perfil á mis amigos.
Cuando me cansé de dibujar, di en el ansia de reparar en los transeúntes: si eran rubios ó trigueños, si altos ó bajos, si pobres ó ricos; en qué iría pensando el de la cara hosca y encorvada cerviz; de dónde vendría la que á tales horas tan menudito pisaba, y con empeño recataba la faz; adónde iría á comer, qué comería, qué habría cenado, en qué lecho dormiría aquel infeliz de rostro macilento, mal calzado y peor vestido, en cuya mirada triste y angustiosa parecía reflejarse el deseo de trocar la memoria de pasadas abundancias por un mendrugo de pan y una camisa; cómo y de qué viviría el exótico chulo de ceñidos pantalones, charolada bota, rizada pechera, relumbrante leontina y exagerado chambergo; por qué funesta preocupación juzgaría un mozuelo sin chaqueta y desaseado, que el ser descortés y blasfemo, al pasar por delante de mí, le daba gran importancia y respetabilidad; por qué no hay leyes que castiguen á los blasfemos como á los ladrones, mientras llega á ser un hecho que la cultura no es enemigo mortal de la taberna, como aseguran los que dicen entender mucho de achaques de moralizar sin Decálogo ni carceleros...; por qué el mísero jumento que por más allá pasaba zarandeando las orejas, con una carga que le doblaba el espinazo, no recibía de su ingrata conductora, en recompensa de sus fatigas, más que una lluvia continua de varazos; si, bien pesados el entendimiento de la una y el instinto bestial del otro, no tendría la balanza el capricho de inclinarse hacia el platillo del cuadrúpedo; qué papel le estaría destinado en el sublime escenario de la creación, donde nada huelga, al diminuto insecto que se retorcía, esforzándose por apartar un grano de arena que le obstruía su camino... Preocupéme, en fin, con todo menos con lo que debía preocuparme en aquellos momentos, cuando acertó á pasar por delante de mí un verdadero enjambre de niños, corriendo como liebres perseguidas por un galgo. Habíalos rubios, morenos, rollizos, cenceños, y el más talludo no pasaba de esa edad encantadora de la sinceridad y de la inocencia; niños, verdaderos niños, libres, sueltos, revoltosos y bullangueros, que gritaban saltando, y, corriendo sin cesar, sudaban más por los gritos que por lo que corrían.--No podía ofrecérseme tentación que más lejos de mis intentos me arrastrara.
Mi vista se fué tras ellos, y con la vista el último recuerdo de mi compromiso.--Jugaban al marro, y me interesé en el juego lo mismo que si en él tomara yo parte.
De pronto observé que los gritos crecían, que los dispersos se agrupaban, y que del grupo salía uno como disparado hacia mí, con la hermosa faz desencajada y los ojos anhelantes, perseguido por un camarada, que, según apretaba los dientes y la carrera, debía de tener gran empeño en alcanzarle. Al ver la expresión angustiosa de aquella linda criatura, y temiendo lo que al cabo le sucedió, levantéme para salir á su encuentro. Pero ya era tarde. El pobrecillo dió un paso en falso, y cayó al suelo; y únicamente pude evitar que se lastimara la cabeza con los guijarros. El otro niño retrocedió como una exhalación, en cuanto vió caer al fugitivo.
Apresuréme á levantar á éste, y procuré consolarle, esperando que tan pronto como se incorporara empezaría á poner el grito en el cielo. No bien estuvo de pie, fijó en mí sus grandes ojos azules, de los que se escapaban dos enormes lágrimas, y lanzó de lo más hondo del pecho un suspiro trémulo é interminable.
--Ahora empieza--dije para mí.--Pero me llevé chasco. El atribulado niño sorbió sus lágrimas en cuanto llegaron á perderse entre los húmedos corales de sus labios, y devoró otro suspiro que aún se le escapaba.
--¡Bravo!--exclamé dándole un beso.--Así se portan los valientes. ¿Te has hecho daño?
Y el chico, sin contestar á mi pregunta, se sacudió el traje precioso de terciopelo que vestía, con el gorrito escocés que se quitó de la cabeza, y se limpió el sudor de su linda cara con un pañuelito que á duras penas, y después de meter el brazo hasta el codo, sacó del bolsillo de su pantalón bombacho. Limpiábale yo también y le arreglaba los desordenados rizos de su caballera rubia, cuando, después de lanzar el tercer suspiro, me dijo, poniéndose muy cuadrado:
--¿Ve usté qué taidoría?
--Pero ¿qué te ha pasado, hijo mío?--le pregunté.
--¡Ese Gabielón!...--me respondió con ira,--que estábamos juegando al marro, y salí yo, y dipés toqué; y como él me pillaba, ya no me podía pillar, porque yo toqué... y dipés saqué un poquitín el pie... así, así no más; y porque le saqué, dice que no toco, y me pilla, y dice que _¡apillao!_; dipés digo yo que eso no vale... y me escapé... y va él y me quiere pillar otra vez; y como me tiene tirria... me caí.
--¡Picardía como ella!--¿Y por qué te tiene tirria?
--Porque esta mañana sabí el _Feuri_ mejor que él, y á mí me dieron _vale_, y él echó tes borrones en la plana... Por eso.
--¡Dígole á usted con Gabielón!... ¡Habráse visto envidioso y desaseado!... ¡Tres borrones en una plana!... ¿Y qué le dijo el maestro?
--Le pegó tes coquetazos.
--¡Bien hecho!
--Y dipés le volvió á palotes.
--¡Chúpate ésa!... ¿Y de qué escribes tú?
--De _Zaramagullón_.
--¡Hombre!... ¿Y qué es eso?
--De _pimera_ con ese _letero_.
--¡Ya! Y ¿cómo te llamas?
--Pelín Benabé de lo Zantos.
--¡Cáspita! me parece mucho.
--¿Po qué?
--Porque eres tan chiquitín...
--¿Y qué?
--¡Y son tantos los nombres!... no podrás con ellos.
--Ya queceré yo más.
--Cierto es. Y cuando crezcas ¿qué vas á hacer?
--Cuando yo sea gandón, gandón, voy á ser general.
--¡Hola!
--¡Á mí me gusta mucho ser general!
--¿Por qué?
--Porque los generales tienen pumero en el ticornio, y banda, y sable de oro, y muchas cuces en la casaca; y cuando pasan, todos los soldados les hacen la venia; y van á caballo... y comen con el rey.
--Bien está eso; pero los generales, amigo Pedrín, van á la guerra, y allí...
--Dice papá que no.
--Muchos hay de ésos, según cuentan; pero algunos van á ella y salen heridos.
--¿Y se mueren?
--Á veces... Pero vamos á ver: si tú fueras general ahora mismo, ¿qué harías?
--Lo pimero, llamar á los civiles y pender á Gabielón.
--Lo sospechaba.
--Poque Gabielón me hace mucho de rabiar.
Mientras así, y por el estilo, departía yo con Pedrín, el llamado Gabielón había llegado junto á sus camaradas, un tanto sobresaltados al ver caer al fugitivo, y no poco recelosos al contemplarle luego bajo mi protección. El causante, más valiente ó más curioso, después de enterarse de todo y de meditar un momento, salió del grupo; y arrimándose á los árboles, y haciendo una paradita en cada uno de ellos, durante las cuales se roía la yema del índice, sin dejar de mirarme de reojo, llegó hasta el banco inmediato al que yo ocupaba. Pronto imitaron el ejemplo sus camaradas, acercándoseme poco á poco, con las caras compungidas y dando á sus respectivos continentes el aire más inofensivo y bonachón.
Era el enemigo de Pedrín trigueño, de ojos de terciopelo, tan negros como centellantes, de blanca y apretada dentadura, labios finos y un tanto desdeñosos, muy rollizo y bastante desaliñado en el vestir.
--¡Ven acá, buena pieza!--díjele cuando estuvo á pocos pasos de mí.--¿Por qué tienes tirria á Pedrín?
Decir yo esto y rodearme la infantil muchedumbre, fué una misma cosa. Saeteábanme sus ojuelos con verdadera avidez; y aquel racimo de angelicales cabezas y de cuerpos entrelazados, traíame á la memoria el famoso capricho de la _Fecundidad_, que eternizó el pincel del Tiziano.
Callóse Gabrielón á mi pregunta, y respondióle un camarada desdentado, por estar en la mudanza de los incisivos:
--¡No le tiene tirria!
--Pues ¿qué le tiene, sino?--repliqué fingiéndome muy serio.
--No sé yo qué le tendrá,--repuso, muy grave, el entremetido.
Otras voces salieron también del grupo; y aunque negando todos los supuestos rencores de Gabriel, acusáronle, unánimes, de ser muy dado á pintar sabandijas en los márgenes de las planas, y hacer pajaritas con las hojas del Catecismo; cargos que escuchaba el acusado balanceando el cuerpo, recostado contra el árbol, y arrancando media suela descosida de uno de sus zapatos con el otro pie.
Toméle yo de todo esto para entrar en animado diálogo con todos ellos; y tras larga y bulliciosa sesión, á duras penas los puse en orden y en silencio, contándoles, entre otros, el cuento de _Alí-Baba_, ó sea el de _Los cuarenta ladrones exterminados por una esclava_. Cuando los vi más hechizados con los recuerdos del tesoro, que yo les había descrito á mi manera, de la caverna misteriosa que franqueaba sus puertas á la mágica frase de _¡Sésamo, ábrete!_ propuse la paz entre los dos enemistados camaradas.
--¡Es un cascarruña... y muy acusón!--dijo Gabriel.
--¡Mecachis!--respondió Pedrín con cierta sonrisa irónica.
--¡Y sí!--añadió el otro:--siempre está poniéndome en mal con don Moisés.
--¿Quién es don Moisés?
--Un señor muy viejo que juba aquí con nosotros.
--Pues es preciso que hagáis las paces, ¡caramba!
--¿Yo con ése?...
--¡Para él estaba!...
--Ahora lo veremos.
Dije, y saqué la cartera. Al verla, el enjambre se echó sobre mí. Teníala bien repleta de estampitas y otras puerilidades análogas; porque es de saberse que, aun sin las eventualidades de la calle, no me faltan ocasiones de desocuparla muy á menudo. Ofrecí las mejores á los dos enemigos rapaces, á condición de que se abrazaran; y sin quitar los ojos de la cartera, estrujáronse heroicamente. Cumplí mi palabra en el acto; y mientras les entregaba las estampas, los ojos de los demás no cesaban de ir de los míos á la cartera, y de la cartera á los míos, á la vez que sus manos tanteaban las inmediaciones de las estampas, con una inquietud nerviosa. Comprendí la mímica y repartí una figurita á cada uno.
--¡Contra, qué lápiz!--exclamó el más talludo. Y tuve que dársele. Así me arramblaron cuanto en la cartera flotaba ó relucía.
Noté que, según me iban desvalijando, se mostraban menos pegajosos; y cuando nada tuve que darles, bastó media palabra para que desaparecieran de mi vista como bandada de gorriones al ruido de una palmada.
Entonces advertí que en el banco de enfrente se habían sentado hasta media docena de incipientes galanes; mozos de semillero, metidos de cuajo en la edad más antipática de la vida humana; conjunto desgarbado de brazos, zancas y pescuezo, en la cual edad todo en el hombre es transitorio y pegadizo, y nada completo ni armonioso; pájaros en tiempo de muda, como ellos son escalofriados y angulosos; huyen de los niños porque se juzgan hombres, y los hombres los rechazan porque los toman por niños. Para remate de desentono, hasta los sastres se complacen en extremar sobre ellos los caprichos de la moda con tajos y recortes atrevidos, que sólo conducen á poner en evidencia el armazón que falta en el tronco, ó el esqueleto que sobra en las extremidades. En mis tiempos se los conocía con el adecuado nombre de _pollos_; hoy se les llama, si no estoy mal informado, _sietemesinos_ y _gomosos_. Llegaban perceptibles hasta mí sus declamaciones, altisonancias y discreteos; pues hablando ellos para ser oídos de sedentarios y transeúntes, buscaban de propio intento lo más sonoro y atractivo del habla castellana. Quien de los seis mostrábase mal ferido de punta de amor, y lloraba y gemía contrariedades y discordancias; quien, más feliz en sus empresas, dábale amparo y consejo, y afanábase por pintarle como artificios y disimulaciones lo que el atribulado tomaba por desdenes ciertos y coqueterías probadas; quien, pellizcándose el musgo mal nacido de su labio, y frunciendo los dos con menosprecio, burlábase del candor de los amantes que aún creen en el amor y en las mujeres, porque él, á los diez y ocho años que á la sazón contaba, tenía petrificado el corazón á fuerza de desengaños y mentiras.
Otro, nacido para amar, no hallaba ocasión propicia para mostrar su corazón abierto á tantas mujeres que parecían venidas al mundo para corresponderle.
Otro estaba por las glorias de la inteligencia, y no aceptaba el amor sino como resorte para mover á los personajes de sus creaciones en proyecto. Tenía un drama comenzado y tres novelas en embrión, y estudiaba el carácter y la situación de aquéllos sus amigos para reproducirlos en la escena y en el libro. El último, lacio, encanijado y escrofuloso, no hablaba sino para echar por aquella boca estocadas y pistoletazos, los cuales _medios_, según la experiencia se lo demostraba cada día, eran los únicos que todo hombre de corazón, como él, debía aceptar para desembarazar de dificultades el sempiterno drama de la vida.
Á lo mejor del cacareo, venían á enardecerle el sastre y el zapatero, como accesorios del asunto principal; pues no faltó quien achacase parte de un fracaso galante, á la influencia de un levitín con dos centímetros de más en la longitud de las haldillas, ó á la de un punto menos en la altura de los tacones. De aquí se pasó á ponderar la fortuna de los elegantes que hallan, en las grandes capitales, _artistas_ de talento que comprenden la filosofía del corte y la estética de la moda, haciendo así que las clases no se confundan, y brillen en todo su esplendor de cuna los jóvenes distinguidos y elegantes.
En éstas y otras, comenzó á poblarse el sitio de paseantes, y noté que algunas parejas femeninas, sólo con pasar por delante de los gomosos, dejáronlos como petrificados en el banco. Callaron todos de repente, y el tierno y el desdeñoso, el poeta y el espadachín, el más tímido y el más osado, pusieron los ojos tiernos, y en exhibición el atractivo que en más estima tenían: quién la cabellera, quién la curva del pecho, quién la rectitud de la pierna, quién los dientes, quién el pie, y todos, unánimemente, los puños de la camisa. Después se dividieron en parejas, y cada una de ellas se fué detrás de la femenil de sus preferencias, cuál suspirando, cuál hablando recio y escogido, cuál alardeando de agudo y de chistoso, pero todos en busca de un corazón y una mirada. Entonces noté con gusto que las damas de ahora, como las de mi tiempo, en cuanto se visten de largo, ya no gustan de muñecos. Pero los seis de marras creían lo contrario, y así se divertían.