Part 12
Otra vez se trata de un mozo notoriamente inútil por defecto físico, cuyo padre tiene en dinero ó en especie algo que explotar. Aunque declarado libre y sin protesta en el ayuntamiento, el secretario le advierte que en la capital le van á dar un disgusto si no se agarra bien. El mozo tiembla, y su padre se resigna á hacer un sacrificio. Una carta para cierto médico célebre, que _todo lo arregla_ en la ciudad, y la promesa de que con menos de quinientos reales quedará el pobre hombre libre de todo recelo, le hacen encaminarse con su hijo en busca de aquella providencia, después de haber malvendido una vaca ó hipotecado el huerto, para llenarse de duros el bolsillo. El médico no es otro que el agente consabido. Enterado de la carta de su socio, manda desnudarse al mozo, que tiene una joroba enorme y una pierna más corta que la otra; le palpa, le soba, le exprime, le estira y le sacude, y acaba por decirle que _aquello_ está grave y que, si no anda listo, le van á declarar útil. Felizmente influye él en el Consejo y sobre los facultativos, y puede arreglarlo todo si el interesado hace un sacrificio para tapar la boca á _aquella gente hambrienta_. Se calcula en veinte duros el esfuerzo, los afloja la víctima; y con la promesa del filántropo médico de que si el chico no se libra se compromete él á ponerle sustituto á sus expensas, vuélvense á su casa padre é hijo, maldiciendo de las leyes del reino y de la conciencia de sus intérpretes jurados, porque sin hombres entendidos como el secretario, y benéficos como el _médico_ influyente, ni los pobres jorobados estarían seguros en su pueblo.
Lo mismo discurre otro infeliz que, merced á un procedimiento análogo, ha conseguido que sólo le cueste doscientos reales el testimonio de un expediente de quintas archivado en la Diputación, de donde no podía sacarse, según dictamen del secretario, en menos de quince duros, sin la influencia de un amigo suyo que _todo lo arregla_ en la ciudad. Como el señorón sólo hace aquellas cosas por servir á los amigos, el buen hombre le ha dado además tres pesetas para el portero, que, por lo visto, se ocupó en esas pequeñeces oficinescas, á la sombra de la influencia poderosa de aquél; y cree que se ha ahorrado cinco duros, sin sospechar que le han robado diez y medio.
Y no quiero citar más ejemplos de este género de infamias, por lo mismo que es inagotable el catálogo.
Con la idea que se tiene en los pueblos del saber, de la travesura y de la omnipotencia de un secretario, nada más fácil sería para éste, si le diera por honrado como le da por bribón, que conseguir la concordia completa entre las más enconadas rencillas de sus convecinos. Lejos de esto, las irrita, y procura que se lleven todas á la _justicia_, para explotarlas á su gusto; y donde no las hay, las enciende con el mismo fin.
Un día se ve citado un pobre hombre ante la autoridad.
--Se te acusa--dice el secretario mientras el juez eructa despatarrado en su banco,--en parte que pasa el montanero, de haber traído tu hija una carga de quimas.
--¡Eran ramas secas, señor!
--¡Quimas dice la autoridad!... Ésta sabe también que la susodicha hija tuya saltó la huerta de Juan Bardales, al venir del monte; robó las manzanas y rompió el seto. Ítem, que apedreó las gallinas del mismo vecino en su propio corral. Ítem, que enturbió la fuente pública un poco después, y le rompió el silabario á una niña del mismo sujeto, que iba de la escuela y se encontró con ella.
--Señor, la muchacha dice que no cogió una mala manzana; que el seto que se cayó, al entrar ella, volvió á levantarle; que al ver que la acometía el perro, le tiró con una piedra que fué á parar al corral y espantó las gallinas; que por sacar un pendiente que se le cayó en la fuente bebiendo en ella, enturbió el agua, y que si rompió la cartilla á la hija de ese sujeto, fué porque la muchacha la tiró del moño.
--Pamema y todo pamema. Pruebas cantan, y aquí están contra ti. Con la menor de ellas se te puede echar á presidio, porque este montón de papeles, que son leyes y decretos, se te va encima. Todo te condena: la _Ley de aprovechamiento de aguas_, por lo de la fuente; la de _orden público_, por lo de las pedradas tumultuosas á las gallinas en propio corral ajeno, y el _Código penal_, título tantos, artículos tales ó cuales, por lo de la huerta, supuesto que ha habido robo con fractura, y fractura también en lo de la cartilla. ¿Y qué fué lo de las quimas más que un robo á mano armada y en despoblado? ¿No fué en el monte? ¿No llevaba tu hija un machete? ¿Pues sabes tú lo que rezan las leyes en tales casos?... ¡Hasta la horca, si á mano viene! Pero la justicia no es rencorosa... y todo puede arreglarse. ¿Quieres transigir antes de que se escriba el juicio y haya que enviarle al juzgado de primera instancia para que se forme causa criminal?
El pobre hombre tiembla y cree, ante tanto papelón oficial como se le enseña, y, sobre todo, ante la idea que tiene de que, si no merece su delito tanta pena, puede la habilidad del secretario conseguir que se la apliquen.
--Transijo--dice,--aunque casi ignora por qué se le persigue.
Se tasa en seis duros la multa por la leña y los _desperfectos_ de la fuente; págalos el paciente, así como los derechos del juicio, aunque no se ha celebrado, y paga también la convidada en la taberna, de la cual sale á media noche y á medios pelos, admirándose de que el secretario no le haya pedido también las asaduras, pues, lo mismo que las multas, se las hubiera dado sin replicar.
En algunas ocasiones estos infelices se arman de valor, y hasta se atreven á consultar sus cuitas con alguna persona más ilustrada y pudiente que ellos. Entonces oyen un consejo sano, que de algo les valdría si le pusieran en práctica; pero antes de volver á su casa, ya les pesa como un remordimiento porque temen las iras del déspota si lo descubre, y no descansan hasta dar con él y hacerle beber en su mismo vaso.
Porque se han dado casos, muy pocos en verdad, de apelar, en un juicio de faltas, para ante el juez de primera instancia, y ¡qué cola ha traído el _atrevimiento_! Por lo pronto, una sola vez se ha revocado la sentencia del secretario, porque aquel señor que le guarda las espaldas, puede hasta torcer la vara de la justicia. Para eso es influyente en elecciones; y como el secretario le sirve á él en iguales lances, tiene él que servir al secretario á toda costa. La vez que se revocó la sentencia, aunque era inicua, le costó al juez el destino. ¡Conque figúrense ustedes!
El hecho es que los perdidosos y el ganancioso sufrieron las mismas consecuencias con respecto á los furores del tirano; porque lo que éste castiga es el atrevimiento de alzarse contra él, no el resultado de la apelación.
Al tenor del caso pintado más atrás, calcúlese cuántos puede urdir el bribón para castigar á sus víctimas y sacarles los cuartos. Aun sin estos motivos, no se conoce un ejemplar de que haya sentenciado un juicio conforme á justicia: según el ojo con que mira á cada uno de los litigantes, así sentencia.
Por eso la frase sacramental de los desdichados, al verse perseguidos y robados, es ésta siempre:
--¿Y qué voy á hacer yo contra ese hombre? ¡Gracias que se ha conformado con eso!
Y «esto» es, quizá, el haberse quedado el pobre sin pan y sin camisa.
Cuando se muere alguien que deja cosa que valga la pena, y se propone sacar una parte de ello, bien en concepto de _manda_ especial, ó de _mejora_ en favor de tal cual pariente, con quien ya se ha puesto de acuerdo, acude á la cabecera del moribundo, papel en mano y pluma en ristre, «porque los abintestatos acaban con las familias».
--Lego para misas por mi alma...--dice el que va á morir.
--¡Qué alma ni qué calabaza, hombre! Las buenas obras son las que te han de salvar, no los pícaros curas.
--Es que San Gregorio...
--Los santos no comen.
--Es que Dios...
--Dios no se mete en estas pequeñeces...
Si el testador se convence, se estampa en el papel la voluntad del secretario; y si no... también. Apuradamente aquél casi nunca sabe, ó ya no puede, leer ni firmar. Hecho el documento, llama el secretario á siete borregos que ya estaban avisados y reunidos en la taberna inmediata; firman á ciegas, y se acaba la operación.
Muerto el testador, cobra el secretario seis duros por sus _derechos_ y el papel; y después que éste se formaliza ante escribano, llámase á la parte y recibe la manda, ó lo ofrecido en la mejora que él supo arrancar.
Si el secretario necesita madera, va al monte, señala los árboles que le convienen, y dice al guarda:
--Túmbalos.
Á los pocos días se rematan en concejo tantos robles _viejos_ que han aparecido _caídos_ en el suelo, según parte del guarda. Están en lo más inaccesible del monte, y apenas valdrán para quemar. Con estas noticias, nadie los _puja_. Un solo vecino ofrece cinco reales por cada uno, y eso porque no son para él.
De este modo adquiere el secretario media docena de hermosas vigas por treinta reales... Porque el acarreo se le hacen los vecinos por una convidada de aguardiente.
Como tiene todas las voluntades en su mano, y éstas pueden volverse contra el médico titular, contra el maestro ó contra el cura, cuando á él se le antoje, al primero le ha impuesto la obligación de darle dos mil reales de los diez que le paga el pueblo; al segundo, parte del maíz que recauda, ó el equivalente en dinero; y al último, como nada le puede chupar, le tiene prevenido que á la menor alusión que oiga en sus sermones, á su mozona, á sus manejos ó á cosa que le pertenezca, le forma un expediente de conspirador que le balda.
Cuanto se mueve, cuanto respira, cuanto vive en el pueblo, está sujeto, amarrado, á la voluntad del tirano. Todas las épocas, todos los acontecimientos le sirven para sus fines y le producen dinero; y este dinero es el sudor, la agonía de unos cuantos pobres labriegos, que, sin una cruz como aquélla, quizá fueran felices... hasta donde se puede serlo en este pícaro mundo.
Por eso todos le maldicen, todos le execran; todos, pero muy bajito, le piden á Dios que se le quite de en medio, como la mayor de las calamidades; mas como todos le temen, todos, entre tanto, marchan sumisos á su voz, como rebaño de esclavos delante del sangriento azote; todos tiemblan en su presencia, y todos le dan de buena gana la camisa, considerando que pudo haberles robado hasta el pellejo...
Y ahora caigo en que, entretenido en pintar á este tipo por el lado de sus hechos, no le he dado á conocer por el de su estilo.
Sirva, pues, de muestra el siguiente párrafo tomado de un informe suyo acerca de unos terrenos comunales que trató de apropiarse, so pretexto de que había en ellos una charca, la cual se comprometía á cegar si se la cedían á este precio... con el terreno en que _radicaba_:
«Asimismo, el vecindario colindante á cuatro vientos acaece de continuo de terciana pestífera y otras insalaciones, porque, según dictamen facultativo, las aguas contingentes en un solo punto, arrojan de sí corrompiciones y putrimentos que insurreccionan toda robustez por opípara que sea. Y tocante á esta laguna, Excmo. Señor, es de las más eminentes y perseverantes; como que ocupa una extensión de diez carros de tierra, y no se ve seca de sus líquidos ni en la fogosidad del verano, por lo cual abundan en ella las ranas cuadrúpedas y los peces acuáticos de ambos sexos, quiero decir, de varias dimensiones».
De manera, lector, que no puede darse un pillo más redomado, que sea, al mismo tiempo, mayor pedazo de bruto.
IV
Ahora bien, señores gobiernos (y perdonen ustedes la franqueza): son ustedes muy escrupulosos en averiguar á cada instante cómo piensan en política este ayuntamiento y el de más allá; y si hay informes de que no son _adictos_ sin condiciones á los hombres de la _situación_, se les sustituye ignominiosamente con otros que inspiren á ustedes mayor confianza. ¡Como si estos pobres baldragas supieran lo que son matices políticos, ni adhesiones, ni partidos! ¡Como si les interesara otra cosa que la lozanía de sus mieses y la seguridad de sus ahorros!
Si se tomaran ustedes el mismo afán por preguntar á sus delegados:--¿Qué tal por esos pueblos? ¿Se roba, se veja mucho á los pobres campesinos? ¿Queda todavía algún mal secretario sin grillete?
Y con esto, y con enviar á presidio á los ladrones _oficiales_ que aún quedasen rezagados en los ayuntamientos... y también á los señorones que los encubren, amparan y protegen, los pueblos se irían en tropel detrás del inverosímil gobierno que tal hiciera, le defenderían hasta el heroísmo, y no despegarían sus labios sino para bendecirle.
Pues á fe que si los gobiernos no toman de buena gana mi consejo, no será por lo _comprometido_ del trance, ni por lo _costoso_ del procedimiento, terribles fantasmas que, en estos tiempos de la diplomacia, de los cabildeos, de las mutuas contemplaciones... y de los empréstitos _ventajosos_, son la obligada disculpa para dejar de hacer tantas cosas buenas como se van echando de menos en España.
1876.
[Ilustración]
NOTAS:
[3] Para evitar _susceptibilidades_ como las que sacaron de quicio á los secretarios rurales de media España al aparecer este esbozo en un _Lunes_ de _El Imparcial_, quiero declarar aquí, por lo mismo que nadie me lo exige, que no me he propuesto retratar á la clase entera, ni tampoco á un individuo determinado de ella, sino hacer, con los rasgos de muchos, una _fisonomía_ que encaje bien en la memoria del lector un tantico aficionado á la vida campestre, y, á ser posible, en el corazón de los gobernantes del Estado, para... «los efectos consiguientes». De manera que, como dijo el fabulista,
Á _todos_ y á _ninguno_ Mis advertencias tocan: Quien haga aplicaciones Con su pan se lo coma.
(N. de la ed. de 1881).
[4] Tercio de contribución próximo á vencer.
[5] Véase _Simón Verde_.
[Ilustración]
REMINISCENCIAS
Esto de comparar tiempos con tiempos, no es siempre una manía propia de la vejez, como la fama asegura y muchos ejemplos lo acreditan.
Manía es, en los que se van, creerse de mejor madera que los que vienen, porque la raza humana, desde Caín acá, ha variado muy poco en el fondo; pero ¿quién podrá negar que en el siglo que corre, como en ningún otro, los usos y las costumbres y el aspecto exterior de los hombres, ofrecen notabilísimas diferencias, de generación en generación, de año en año, de día en día?
Tales y parecidas cavilaciones me asaltan la mente cada vez que, obligado á ello por una irresistible exigencia de carácter, me detengo á contemplar con infantil curiosidad esos enjambres de niños que á las horas de paseo invaden las alamedas, y corren, y saltan, y gritan, y dan vida, gracia y armonías, como los pájaros al bosque, con sus regocijos y colores, á aquel monótono bamboleo de señores graves y de jovenzuelas presumidas, que recorren, arriba y abajo, el recto y empolvado arrecife, como tropa disciplinada en revista de comisario.
¡Qué asombrosa variedad de formas, de matices, de adornos, de calidades, la de aquellos arreos infantiles! No se ven dos vestidos iguales, ni rapaz que no varíe el suyo tres veces á la semana; y cada traje es lo que aparenta, es decir, que no es pana lo que parece terciopelo, ni talco lo que por oro toma la vista.
Lo mismo que los trajes son los juguetes. El sable es de hierro bruñido; la empuñadura, dorada; sus tirantes, de charol; y al ser arrastrado con marcial donaire por el microscópico guerrero, vestido rigorosamente de húsar ó de dragón, suena como los sables de veras; la pistola es de hierro, y tiene articulaciones; y ya con un corcho, haciendo el vacío, ó ya con un fulminante colocado en su chimenea, produce tiros verdaderos; con el fusil sucede lo propio, y además tiene bayoneta que encaja en la extremidad del brillante cañón, con todas las reglas militares; las _canicas_ son primores de vidrio colorado; los coches remedan, en forma y calidad, resistencia y comodidades, á los que ruedan en las calles, tirados por fogosos brutos... Y así todo lo demás, porque la industria moderna, explotando á maravilla estas debilidades humanas, tiene fábricas colosales que no producen otra cosa.
Pues bien: yo me traslado con la memoria á los años de mi infancia, y á los mismos sitios en iguales horas y circunstancias, y no puedo menos de asombrarme de la diferencia que hallo entre el enjambre que bulle entre mis recuerdos y el que tengo delante de los ojos.
Véome allí, entre mis contemporáneos, jugando á la gallina ciega, al marro ó á las cuatro esquinas, tirando de vez en cuando un pellizco al mendrugo de pan que se guardaba en el bolsillo para merendar, ó formando parte del grupo que devoraba con los ojos un lorito de cartón, tamaño como un huevo de gallina, que no soltaba de la mano un camarada feliz á quien se le había traído su padre, no sé de qué parte del mundo ni con qué fausto motivo; ó armando en apartado rincón la media docena escasa de fementidos soldados de plomo; véome, repito, con mi traje _de todos los días_, ó sea el desechado _de los domingos_ del año anterior, corto, descolorido y opresor, amén de repasado y añadido. Y ¡qué traje!
Seguro estoy de que mis coetáneos no necesitan que yo se le describa, pues no habiendo más que un modelo para todos, y tirando con él hasta que nos vestían _de muchachos_, acordaránse de él como si aún le tuvieran encima. Pero he de describirle, siquiera para demostrar parte de mi tesis á los ojos de cuantos, más acá y á la edad aquélla, han arrastrado por los suelos ricas lanas y deslumbrantes sedas:
Un calzón, ceñido á la rodilla, con muchos _frunces_ en la cintura, de lo cual resultaba una _culera_ (déjese el lector moderno de remilgos, y acepte la palabra corriente entonces) monstruosa y exuberante, que se bamboleaba á diestro y siniestro, según que las piernas se movían; uníase á la cintura por innúmeros botones, otra en que terminaba, sobre el vientre, una especie de blusa con mangas, también fruncidas, y puños ajustados; sobre los hombros se tendía, cayendo por detrás hasta media espalda, un cuello blanco llamado _vuelillo_, en la cual prenda agotaban nuestras madres su paciencia, su gusto, sus larguezas y su ingenio; por lo que los tales vuelecillos eran ora calados, _aliquando_ con encajes (de imitación, se entiende), á veces bordados, y muy á menudo tenían una borlita en cada pico delantero; medias blancas el que quería gastarlas, pues no era mal visto ir en pernetas, y borceguíes de becerro hediondo, ni más finos ni más relucientes que los que gastan hoy los peones del Muelle. Sobre este conjunto, y faltando á todas las reglas arquitectónicas y de buen gusto, una gorra de pana morada, muy ancha de plato y muy estirado éste, como piel de pandero, por la virtud de un aro de palo que tenía dentro, y de uno de cuyos bordes, creo que el derecho, colgaban hasta los hombros dos borlas de canutillo, descomunales.
Mientras todo esto era nuevo ó poco usado, llamábase _vestido de los domingos_; cuando á los calzones se le habían soltado todas las _lorzas_, y á la blusa los frunces, y además tenía ésta medias mangas, y los otros refuerzos en las rodillas y en el trasero; y á la gorra, ya sin borlas ó con los cordones solos, se le salía la punta del aro roto por un lado, y cuando los borceguíes, con tapas, bigoteras y medias suelas, sin lustre, orejillas ni correas, más servían de grilletes que de amparo á los pies, llamábase, y pasaba á ser, _vestido de todos los días_.
Y lo era tan al pie de la letra, que así se casara el rey ó se tomara á Gibraltar, y el mundo se hundiera con música y cohetes, el traje _de los domingos_ no salía á luz más que en éstos ó en las fiestas _de guardar_, bien especificadas en el calendario.
Á lo sumo, se nos permitía la media gala; es decir, poner con el vestido viejo la gorra nueva ó los borceguíes flamantes.
En tal guisa íbamos á la escuela, y después al paseo, con el ya citado mendrugo de pan en el bolsillo, comiéndole á retortijones mientras corríamos, saltábamos ó nos contaban ó contábamos cuentos de ladrones y encantados.
¿Quién de mis coetáneos podrá jactarse de haberse divertido en estos lances sin que los calzones ó los zapatos se le reventaran por alguna parte, y sin que asomara por ella medio palmo de camisa ó el dedo gordo del pie, libre, desde mucho antes, de la prisión de la media correspondiente?
Y yo pregunto ahora: ¿hay hijo de remendón de portal, que se presente hoy en un paseo con el traje más raído que el de la flor y nata de los rapazuelos de entonces? ¿Hay cuero que más dure, colgado de una percha, que lo que duraba sobre nosotros un vestido de...? yo no sé de qué demonios eran aquellas telas, y voy á decir algo á este propósito.
Iba uno muy ufano con su madre á _ver_ cómo ésta _sacaba_ género para un vestido que nos iban á hacer, después de estar dos meses hablándonos de ello en casa, y prometiendo nosotros «ser buenos, obedientes y aplicados».
--Saque usted tela de estas señas y de las otras,--decía la buena señora, después de saludar á doña Sebastiana ó á otra apreciable tendera por el estilo, y de haber preguntado ésta por todos y por cada uno de los de nuestra casa, y de acusarnos _in facie materna_ de cualquier travesurilla que nos hubiera visto hacer delante de la tienda, al salir de la escuela, con lo cual nos poníamos rojos de vergüenza y de ira. Inmediatamente echaba sobre el mostrador una pieza de lo pedido; y como la tienda había de ser obscura por necesidad, nuestra madre salía hasta la calle con el género entre brazos, siguiéndola nosotros y alzándonos sobre las puntas de los pies para ver la codiciada tela, que desde luego nos enamoraba.
--Me parece demasiado fino esto,--decía nuestra madre cuando ya había tentado, resobado y olido el género á la luz del sol, con lo cual se nos caía el alma á los pies, y la ilusión con el alma.
--¿Para qué lo quería usted?--preguntaba la tendera.
--Para hacer un vestido á éste,--respondía la interpelada, señalándonos á nosotros.
--¡Ah, es para el chico!--exclamaba la otra.--_Entonces_, tengo aquí una cosa más á propósito.
Y del último rincón de la tienda, debajo de todos los recortes y sobrantes del año, sacaba un retal infame, del color de todo lo marchito y resobado, diciendo al propio tiempo:
--De esto mismo se han hecho un traje los niños de don Pedro de Tal y de don Antonio de Cual.--Y como, para desgracia nuestra, aquellos chicos, por ser hijos de _pudientes notorios_, daban el tono á las modas, por el retal se decidía nuestra madre, después de la indispensable porfía de media hora sobre el cuarto de más ó de menos en vara.
--¿Y cuánto necesita usted?
--Lo de costumbre... La costurera dice...
--No se fíe usted mucho de ella.
--Como es quien ha de hacer el vestido... ¿Cuánto cree usted que necesito?
--Pues tanto.
--Córtelo usted entonces... Pero aguarde usted... Necesito otra vara más para cuchillos y medias mangas _el año que viene_, ¡porque este chico crece tanto... y rompe!...
--Déjele usted lorzas.
--Siempre se las dejo; pero no le alcanzan ya las de las perneras cuando se las suelto, y tengo que añadirles una tira. Mire usted que este vestido que trae puesto, no tiene más que un año de uso.
--Aquí le compró usted, bien me acuerdo.
--Pues ya tiene dos refuerzos atrás, rodilleras y tres pares de medias mangas... ¡Le digo á usted que son cuerpos de hierro los de estos chicos de hoy!...
Juzgue ahora el lector _de qué_ serían esos trajes cuando los echábamos _á todos los días_, y _cómo_ estarían cuando ni para diario podíamos aprovecharlos ya.