Part 13
Pero lo chusco era cuando, pasado este período de nuestra existencia, salíamos de la primera enseñanza para entrar en la segunda; es decir, cuando nos vestían de _muchacho_, lo cual era nuestra gran ilusión, con chaquetilla _pulga_, pantalón de _patencur_, chaleco de _cabra_, gorra de felpa atigrada, zapatos de tirante y _camisolín_ de _crea_. Como todo traje nuevo, este primero era para los domingos; de manera que hasta que pasara á la categoría de viejo, teníamos que andar todos los días con el ya especificado de niño, sin lorzas y con _pegas_, si no había un padre ó un hermano que nos socorriera con algún desecho.
No quiero decir nada de aquella primera levita que, andando el tiempo, nos hacían, de _cúbica_ ó de _manfor_, con una tira de tafetán, de cuatro dedos por abajo y acabando en punta por arriba, que se llamaba vuelta, ó embozo de los largos faldones; porque esa época está fuera del alcance de estas reminiscencias, aunque sería otra prueba más de que, en aquellos tiempos, las modas se eternizaban sobre nosotros, y costaba un muchacho á su padre, en cuatro años, la vigésima parte de lo que hoy le cuesta un niño en ocho meses.
Diré únicamente, por si no volvemos á hablar de esto y para regodeo de los imberbes elegantes de ogaño, que estas levitas y otras prendas anteriores y contemporáneas, eran hechas en casa por la costurera; y que todavía, años andando, no nos medían las espaldas Vázquez, Nieto ó Valentín, sin haber pasado antes por los célebres Nerín y _Pulpillo_.
Apuntadas estas diferencias de aspecto entre aquellas generaciones y la actual, digamos algo sobre los avíos de nuestros juegos.
Para nosotros no producía la industria más que las canicas y los botones; y digo «para nosotros», porque si bien es cierto que en los Alemanes de la calle de San Francisco se vendían ermitaños, zapateros y pocas chucherías más, de cartón pintado, nadie las compraba. Allí se estaban en la vidriera, y allí se deshacían bajo el peso de los años y del polvo.
Cuán raros eran estos juguetes en manos de los chicos de entonces, pruébalo el ansia con que acudían á mi casa todos mis camaradas á contemplar un carpintero que me había regalado un pariente, el cual carpintero, al compás del _glan-glen_ de su cigüeña de alambre, movía los brazos, y con ellos una garlopa sobre un banco; pruébalo asimismo la veneración que yo sentía por aquel juguete, y los años que me duró.
En rigor de verdad, también había custodias, carritos y soldados de plomo, en una tienda de la esquina del Puente.
_Las canicas._--Las había de piedra barnizada, como hoy; de _jaspe_, que escaseaban mucho; de cristal, que eran la octava maravilla, y, por último, de betún, plebe de las canicas.
Las de piedra, que eran las más usuales, costaban á cuarto en la tienda de Bohigas; pero sacadas á la calle, aun sin estrenar, no valían más que tres maravedís; el otro se echaba á cara ó cruz. De este modo se adquiría la primera canica, con la cual un buen jugador ganaba una docena, que podía valerle doce cuartos, si al venderlas tenía un poco de suerte jugando los maravedís del pico. Advierto que como el género escaseaba y los muchachos no pensaban en cosas más arduas, los compradores llovían en derredor del afortunado.
La canica de jaspe valía dos cuartos en la tienda, seis maravedís en la calle, ó canica y media de las negras. En cuanto á las de cristal, no se cotizaban en la plaza. Poseíanlas siempre los _pinturines_ ó _señoritos_, ciertos niños mimosos que iban á clase y á paseo con rodrigón, y jamás se manchaban los pantalones, ni se arrimaban á la muchedumbre, ni bebían en las fuentes públicas. Jugaban aparte con aquéllas, y, ó bien se les _ufaban_ los otros, ó se las estrellaban contra un banco de la Alameda, después de habérselas pedido traidoramente para contemplarlas.
Las de betún se hacían con el de la azotea de las casas de Botín, ó de los _Bolados_, único asfalto que existía en el pueblo. Cómo se adquiría esa materia prima, yo no lo sé; pero es un hecho que nunca faltaba betún para canicas. Éstas valían poco: tres por una de piedra.
_Los plomos._--Los buenos eran hechos de balas aplastadas. Se adquirían á precios más varios que el de las canicas, que siempre fué invariable. Se jugaban al bote y se negociaban del mismo modo que aquéllas.
_Los botones._--Eran preferidos los del _Provincial de Laredo_. Tampoco me explico cómo sucedía que hubiera siempre botones nuevos en el juego, no existiendo el batallón desde muchos años atrás.--Se jugaban al bote, como los plomos, y, como éstos, se cotizaban con variedad de precios.
El cobre de esta moneda eran las _hormillas_, que también se jugaban al bote y se vendían siempre al desbarate.
Éstos, es decir, las canicas, los plomos y los botones, eran los únicos objetos de diversión que podíamos adquirir _hechos_. Los demás, como la espada, el fusil, el arco, la pistola, el látigo, la pelota, el taco, etc., etc... teníamos que hacerlos á mano, ó pagar muy caro el antojo al afortunado que ya poseyera el que nos faltaba; siendo muy de advertir que, por única herramienta, teníamos un cortaplumas viejo, con la hoja muy caída hacia atrás.
_La espada_ era un pedazo de vara hendida ó arco barrilero, con otro más corto, cruzado y amarrado convenientemente para formar la empuñadura. Sujetábase el arma á la cintura por medio de un tirante hecho ceñidor, ó descosiendo un pedazo de la del pantalón y metiendo la hoja por la abertura resultante. El resto del equipo militar, es decir, las charreteras, el tricornio, banda y condecoraciones, era de papel.
_El fusil_ era una astilla grande de cabretón, pulida, con ímprobos trabajos, con el cortaplumas, ayudado á veces por el cuchillo de la cocina, que si no cortaba más que él, estaba, en cambio, mucho más sucio.
Pues habéis de saber, motilones que alborotáis hoy los paseos vestidos de generales casi de verdad, que con aquellos arreos de palo y de papel se dieron encarnizadas batallas en los Cuatro Caminos y en el paseo del Alta.
Y esto me trae á las mientes el recuerdo de que yo fuí cabo primero de la compañía mandada por el capitán _Curtis_, á las órdenes del general _Saba_. No diré si entre los varios _ejércitos_ que por el mismo campo pululaban le había más bizarro; pero sí aseguro que no tuvo rival el nuestro en táctica ni en disciplina.
Y no es extraño: aquel capitán de juguete que nos hacía conquistar castillos imaginarios, trepar cerros y despeñarnos por derrumbaderos, escalar los árboles, atravesar bardales por lo más espeso y saltar las tapias sin tocar las piedras más que con las manos, todo por vía de instrucción y ensayo, es hoy uno de los coroneles más organizadores, más bizarros, más sufridos y más fogueados del ejército español[6]. Por cierto que fué él el único soldado de veras que dió aquella tropa de soldados de afición: todos, incluso el general, trocamos las armas por las letras (las de cambio inclusive).
Doy por hecho que este recuerdo evocado será con exceso pueril, y quizá impertinente, si no de mal gusto, para los lectores que no alcanzaron los Mártires en la Puntida, ni á Caral en el Instituto, y que hicieron en ferrocarril su primer viaje á la Universidad; pero, salvo el respeto que estos señores me merecen, no borro este detalle de _mis tiempos_, en gracia siquiera del ansia con que han de devorarle los soldados de _mi compañía_ que aún anden, por su ventura ó su desgracia, entre los vivos de este valle de lágrimas, y acierten á pasar la vista por estos renglones que escribo á vuela pluma... no sé por qué; quizá movido de esa necesidad del espíritu que obliga á vivir de los recuerdos cuando comienzan á escasear las ilusiones, porque el sendero recorrido es más largo que el que nos queda por andar. Quien tenga _á menos_ pagarse _todavía_ de estas pequeñeces, que vuelva la hoja y pase á otro capítulo; quien sienta agitársele el alma en el pecho al contacto de estas reminiscencias de la mejor edad de la vida, óigame lo poco que me falta decir entre lo mucho que me hormiguea en la memoria y tengo que apartar de ella por no caber en el propósito que he formado ahora.
_La pistola._--Componíase de una culata de pino, hecha á navaja, y de un cañón de hoja de lata, arrollado á mano y reforzado con alambre. Eran muy estimados para este objeto los tubos de los paraguas antiguos, que no tenían abertura al costado para dar paso al resorte que mantenía plegadas las varillas. De cualquier modo, tapábase uno de sus extremos con un corcho ó con un taco de madera, bien ajustado y sujeto por medio de otro alambre al tubo que se colocaba luego en la ranura de la culata, á la cual se amarraba con cabos de zapatero. En seguida se abría el oído con la punta del cortaplumas, si el tubo era de caña, ó con un clavo, si era de latón; y al Prado de Viñas, ó á la _Maruca_, á hacer salvas. Generalmente uno construía el arma y otro adquiría la pólvora: ambas adquisiciones eran superiores á las fuerzas de un muchacho solo. Por eso las salvas eran también á medias, si, como era muy frecuente, después de estar cinco minutos chisporroteando el _figón_, ó cucurucho de pólvora amasada con agua, sobre el oído, no salía el primer tiro por éste ó por la culata, llevándose el tapón que, por un milagro, no se llevaba á su vez, al pasar, la tapa de los sesos del que sostenía la pistola en su mano, ó del asociado que se colocaba junto á él después de haber encendido el _figón_ con un fósforo de los cuarenta que contenía cada tira de cartón, comprada al efecto por dos cuartos.
Conocí algunos afortunados que poseían cañoncitos de bronce. Eran éstos los Krupps de aquella artillería, y como á tales se les respetaba y se les temía.
_El arco._--Aunque los había de madera, asequibles á todos los muchachos, juzgábase sin él quien no le tuviera de ballena de paraguas con cuerda de guitarra.
Y aquí debo advertir, para lo que queda dicho y lo que siga, que aunque no siempre poseíamos el material necesario para construir un juguete, le adquiríamos en la plaza por medio del cambio. Había, por ejemplo, quien estaba sobrado de astillas de pino, y no tenía una triste tachuela: se iba á buscar con paciencia al de las tachuelas, y se le proponían astillas en pago, ó botones, ó canicas, ó lo que tuviéramos ó pudiéramos adquirir complicando el procedimiento.
_La pelota._--Las de orillo solo no botaban: se necesitaba goma con él; pero la goma era muy rara en la plaza: no había otro remedio, por lo común, que acopiar tirantes viejos y sacar de ellos, y de los propios en uso, los hilos de goma que tuvieran, hacer una bola con éstos, mascarla después durante algunas horas, envolverla en cintos con mucho cuidado, y dar al envoltorio resultante unas puntadas que unieran todas las orillas sueltas. Así la pelota, había que forrarla. Primero se buscaba la badana por el método ya explicado, si no nos la proporcionaba algún sombrero viejo; después se cortaban las dos tiras, operación dificilísima que pocos muchachos sabían ejecutar sin patrón, y, por último, se cosían con _cabo_, pero poniendo sumo cuidado en no dejar pliegues ni costurones que pudieran ser causa de que, al probar la pelota, en vez de dar ésta el bote derecho, tomara la oblicua, lo cual era como no tener pelota.
_El látigo._--No conocí ninguno hecho de una sola cuerda nueva: todos eran de pedazos heterogéneos, rebañados aquí y allá; pero á dar estallido seco y penetrante, podían apostárselas con los más primorosos: para eso se untaba muy á menudo la tralla con pez ó con cera.
Y _el taco_.--Era de saúco, y saúco bueno no le había más que en Cajo ó en Pronillo; y no en bardales públicos, sino en cercados de huertas muy estimadas. Cuestión de medio día para cortarle, y capítulo, por ende, de correr la clase correspondiente.
Un chico que ya había cortado allí el suyo, nos acompañaba á los varios que le necesitábamos. El más fuerte y más ágil trepaba al arbusto con la navaja descoyuntada, ya descrita, mientras los otros vigilaban el terreno y le indicaban la mejor rama. Enredábase con ella el de arriba, echando maldiciones á la navaja, que tanto le pellizcaba el pellejo de la diestra entre la hoja y el muelle trasero, como penetraba en el saúco.
Al cabo de media hora, cuando la rama empezaba á ceder y la mano á sangrar á chorros, aparecía _el amo_ á lo lejos.--«¡Ah, pícaro!... ¡ah, tunante!... ¡yo te daré saúco en las costillas!» El de la rama hacía un esfuerzo supremo; arrancábala, más bien que la cortaba, y se arrojaba con ella al suelo, quedando en él medio despanzurrado. Alzábase en seguida por amor al pellejo; y corre que te corre con sus camaradas, no parábamos hasta los Cuatro Caminos.
Allí nos creíamos seguros y nos poníamos á examinar el botín de la campaña.
--¡Es _hembra_!--decía uno al instante.
--¡Hembra es!--exclamábamos luego los demás, tristes y desalentados.
Trabajo perdido. Llámase saúco hembra al que tiene mucho _pan_, ó médula; y el taco, para ser bueno, ha de ser de saúco _macho_, es decir, de poco _pan_.
Vuelta á empezar en Cajo, si el sobresalto fué en Pronillo, ó en Pronillo, si el susto le recibimos en Cajo.
Obtenido al cabo el buen saúco, á costa de trabajos como el citado, se cortaba en porciones adecuadas; se le sacaba el pan y se despellejaba. Esto se hacía por el camino volviendo á casa, cargada la conciencia con el peso de la clase corrida.
Ya teníamos taco; pero se necesitaban balas y baqueta.
Las primeras eran de estopa; y como no la había á la vista, recurríamos á las entretelas de la chaqueta, donde abundaba siempre, merced al rumbo de los sastres de entonces; ó al plato de la gorra, que también lo tenía por mullida. Áspera era y mala, y plegada de inmundicias estaba; pero, al cabo, era estopa, y llegaba á servirnos después de macerarla en la boca con paciencia y sin escrúpulos. La baqueta era de alambre gordo, con mango de palo; las cuales materias se adquirían como la necesidad nos daba á entender, y nunca tan pronto como deseábamos.
Este juguete era uno de los que más nos entretenían, no sé si por los sudores que nos costaba; y aunque con la boca del estómago dolorida de apoyar en ella el mango de la baqueta, y las palmas de las manos henchidas de recibir las balas al salir del taco con el estruendo apetecido, y las fauces secas por haber gastado la saliva en remojar las balas, siempre nos daba pena ver acabarse _el tiempo_ de los tacos y empezar el otro juego que, por sucesión inalterada, estaba llamado á reinar entre los muchachos.
He puesto con el taco fin á la lista de juguetes de mis tiempos, por no hacerla interminable, y porque bastan los descritos para dar una idea de los sudores que nos costaba adquirir el más insignificante de ellos, y, por tanto, del aprecio en que los tendríamos. Si algún día me encuentro con el humor necesario, hablaré de los restantes, y hasta de cierta corrida de toros _artificiales_ que dimos, siendo yo coempresario de ella, en un corralón de la calle de Cervantes, á la cual acudió tanta gente, que, siendo á dos cuartos la entrada, después de cubrir todos los gastos le quedaron horros á la empresa doce reales y pico.
Entre tanto, vea el lector desapasionado si de las estrecheces y apreturas de aquellos tiempos se deduce alguna ventaja transcendental. De mí, le diré que en víspera de estreno de vestido, nunca dormí sueño sosegado, y que jamás he olido perfume que me embriague como el hedor del betún de los borceguíes recién traídos de la zapatería, y, de propio intento, puestos por mí debajo de la cama el sábado por la noche... Digo mal: otro olor de aquellos tiempos me impresionó más todavía que el de los borceguíes: el olor del teatro la primera vez que me dió en las narices, un domingo por la tarde. Fuí solo; y cuando entré, comenzaba á bajar la araña por el agujero de la techumbre, encendidos sus mecheros de aceite; y según iba bajando, iba yo, á su luz, orientándome en aquél, poco antes y aún mucho después, misterio conmovedor. Vi el telón de boca, con las nueve Musas y Apolo pintados en él. De pronto creí que aquellas figuras eran toda la función, y casi me daba por satisfecho; ó que si algún personaje más se necesitaba, aparecería entre el telón y las candilejas, y entonces me sentía hasta reconocido, y aun hallaba muy holgado el terreno en que, á mi entender, habían de moverse. Después sonó la música: la polka _primitiva_ y el _himno de Vargas_. ¡Qué sorpresa, Dios mío! Por último, se alzó el telón: ¡qué maravillas en el escenario!... y empezó la representación de _El hombre de la Selva Negra_. Con decir que me faltó poco para ir al despacho de billetes á preguntar si se habían equivocado al llevarme tan poco dinero por tanta felicidad, digo lo que sentí en tan supremos instantes, y cuán por lo serio tomé lo que en el escenario sucedía.
Por eso no se escandalice nadie si me oye decir alguna vez que los actores que pone mi corazón sobre todos los del mundo conocido, son Fuentes, la Fenoquio y Perico García, galán, dama y gracioso, respectivamente, que trabajaron en aquella función memorable y en otras á que logré asistir después. Pues todos estos recuerdos y las subsiguientes emociones me asaltan y acometen siempre que á mi olfato llega el olor de teatro vacío como estaba, ó poco menos, el de Santander, cuando en él entré por vez primera.
Apuntados estos detalles, que fácilmente dan la medida de otros mil del propio tiempo, recuerden mis coetáneos qué idea se tenía, entre las gentes, de ciertos casos y de ciertas cosas. ¡Un ministro!... Boca abajo todo el mundo. ¡Un diputado!... ¡Uff! no cabía en la calle. ¡El _Jefe político_!... ¡María Santísima!... ¡Un particular que había estado en París!... ¡Qué admiración!
En cambio, quien tenga hoy un hijo rapazuelo, que le pregunte adónde ha ido á parar el primoroso juguete que se le compró tres días antes, y cómo era. Ya no se acuerda de lo uno ni de lo otro. ¡Le regalan tantos cada semana! ¡Hay tal abundancia y tal variedad de ellos en esas tiendas de Dios!... Pregúntele también qué siente cuando estrena un vestido ó va al teatro... Absolutamente nada. ¡Qué ha de sentir si cada día le ponen uno diferente, y concurre al teatro todos los domingos desde que aún no sabía hablar?
Ofrézcale llevarle á Madrid dentro de un año, si saca buena nota en los exámenes de la escuela. ¡Qué efecto ha de causarle la promesa, si ya ha estado tres veces con su mamá en París, una para arreglarse los dientes, otra para que le redujeran una hernia, y otra de paso para Alemania á curarse las lombrices?
Pues salgan ustedes á la calle y pronuncien muy recio las palabras «ministro», «diputado» y «gobernador:» las cuatro quintas partes de los transeúntes vuelven la cabeza, porque los unos le han sido ya, y los otros aspiran á serlo.
Ahora bien: si es preferible esta aridez del espíritu, esta dureza precoz del sentimiento, como producto necesario del torbellino de ideas, de sucesos y de aspiraciones en que, lustros ha, nos agitamos, á aquellos apacibles tiempos en los cuales se dormían en nosotros los deseos, y era la memoria virgen tabla en que todo se esculpía para no borrarse nunca, dígalo quien entienda un poco de achaques de la vida.
Pero conste, en apoyo de mi tesis, que hubo un día, que yo recuerdo (y cuenta que aún no soy viejo) en que la familia española, impulsada por el reflujo de vecinas tempestades, pasó _de un salto_ desde la patriarcal parsimonia de que dan una idea los pormenores apuntados, á este _otro mundo_ en que la existencia parece un viaje en ferrocarril, durante el cual todo se recorre y nada se graba en la mente ni en el corazón; viaje sin tregua ni respiro, como si aún nos pareciera largo el breve sendero que nos conduce al término fatal, donde han de confundirse en un solo puñado de tierra todos los afanes de los _viajeros_, todas las ambiciones y todas las pompas y vanidades humanas.
1877.
[Ilustración]
NOTAS:
[6] N. del A. en diciembre de 1880: D. José Sáenz de Miera, milagrosamente salvado de la catástrofe del Ebro, al atravesarle en Logroño, el 1.° de septiembre de este año, parte del regimiento de Valencia, cuyo coronel era á la sazón.
N. del A. en octubre de 1898: Es general de división tiempo hace; y aunque llegue á capitán general, no creeré yo que ha ascendido todo lo que merece.
[Ilustración]
MÁS REMINISCENCIAS
I
Creo que fué Mad. de Sévigné quien dijo que sucede con los recuerdos lo que con las cerezas en canastilla: se tira de una y salen muchas enredadas. Los evocados en el cuadro anterior traen á mi memoria otros mil, íntima y necesariamente encadenados á ellos.
El primero que me asalta es el de mi ingreso en el Instituto Cántabro; suceso por todo extremo señalado en aquella edad y en aquellos tiempos, y muy especialmente para mí, y otros pocos más, por las singularísimas circunstancias que concurrieron en el _paso_, verdaderamente heroico y transcendental.
Comúnmente, pasar de la escuela de primeras letras al Instituto de segunda enseñanza, era, y es, cambiar de local, de maestro y de libros, y ascender un grado en categoría. El trabajo viene á ser el mismo en una y otra región, y aun menos engorroso y molesto en la segunda. Pero entrar en el Instituto el año en que yo entré, saliendo, como yo había salido, de la escuela de Rojí, donde le trataban á uno hasta con mimos, era como dejar el blando y regalado lecho en que se ha soñado con la gloria celestial, para ponerse delante de un toro del Jarama, ó meterse, desnudo é indefenso, en la jaula de un oso blanco en ayunas.
Fué aquel año el último en que rigió el antiguo plan de enseñanza, es decir, que la segunda se comenzaba por el latín solo, y que aún conservaba esta asignatura sus tradicionales categorías de _menores_, _medianos_ y _mayores_. Enseñaba á los minoristas el catedrático don Santiago de Córdoba, trasmerano inofensivo, tan laborioso y emprendedor como desgraciado en sus empresas hasta el fin de su vida. Este buen señor, á quien estimaban mucho sus discípulos por la sencillez bondadosa de su carácter, hallábase á la sazón viajando, creo que por motivos de salud, y estaba encomendada su cátedra, interinamente, al propietario de la de medianos y mayores, con el Ítem más de la Retórica y Poética, el campurriano archifamoso, perínclito é inolvidable don Bernabé Sáinz; ejemplo vivo de dómines sin entrañas, espanto y consternación de los incipientes humanistas santanderinos de entonces, y de muchos años antes y de algunos después.
Pasar de don Santiago á don Bernabé, no dejaba de ser duro y penoso; pero, al cabo, había cierta semejanza entre uno y otro territorio: los dos eran fronterizos en el edificio del Instituto, y los moradores del primero tenían ya hecho el oído y el corazón á los alaridos que á cada instante partían del segundo, entre el zumbar de la vara y el crujir de los bancos derrengados; el espíritu se empapaba en la idea de aquellos tormentos inevitables, y siquiera, siquiera, cuando era llegado el día de comenzar á padecerlos, se llevaban vencidos ya los riesgos de la aclimatación. Pero yo, Dios mío, que no conocía de aquellos horrores más que la fama, y, candoroso borrego, iba á pasar de un salto desde el apacible redil á la caverna del lobo, ¡qué no sentiría en mis carnes, vírgenes de todo verdascazo, y en mi corazón, formado en el amor de la familia y entre las insípidas emociones de la escuela que acababa de dejar?
Dígaseme ahora si exagero al decir que en aquel paso memorable había heroísmo y transcendencia.
Le di un día, ya comenzado el curso, acompañado de mi padre. Después de haber estado en la secretaría á pagar la matrícula y arreglar el indispensable expedienteo, me entregaron un papelejo, especie de filiación, y con él en la mano, y temblándome las piernas, por orden del secretario bajamos á la cátedra de don Bernabé. La tal cátedra, como todas las de entonces, se reducía á un salón con una puerta y algunas ventanas; un largo banco de pino, bajo y angosto, arrimado á cada pared lateral; en la testera, y entre los dos bancos, una mesa con tapete verde y tintero de estaño, y enfrente la puerta.