Part 11
Sin embargo, antes de solemnizar este contrato, precisaría con toda claridad un punto interesantísimo, para evitar ulteriores disgustos: yo entiendo por deberes de esposa su atención constante hacia esos mil detalles domésticos que constituyen el fundamento de la vida íntima, desde el estrado hasta la cocina, desde los calcetines del niño hasta el ropero del marido... ¡Oh, el marido sobre todo! Sus derechos, su prestigio; nada antes que él. La tan ilustre por el talento como por la cuna, la condesa Dash, dice á este propósito: «tu único, tu urgente negocio (se dirige á la mujer casada) es agradar á tu marido, conservar su ternura y esparcir en torno vuestro un aura de poesía que le impida pensar en otra cosa... Vela _tú misma_ por lo que él tenga en más estima, _y no confíes á los criados el cuidado de su ropa y de su gabinete_: debe encontrarte en todo cuanto le rodee, y agradecer tus cuidados y tu amor».
Elijo de intento esta autoridad, porque su doble carácter de mujer y de mujer del _gran mundo_, presta al consejo mayor importancia. Las razones en que le funda esta célebre escritora, pueden servir á la vez como testimonio de mi sinceridad al proponer semejante _plan de conducta_; «No olvides, continúa, que el marido es el jefe, por Dios y por la ley, por la sociedad y por la naturaleza: tú eres débil, él es tu apoyo y tu protector... _¡y nada más dulce que ser protegida por aquél á quien se ama!_»
Conspirando á un fin tan dichoso, no cabe egoísmo en proponer los medios que yo he propuesto, ni aceptándolos es posible verlos por su lado prosaico.
De acuerdo sobre este punto _ella_ y yo, firmaría, con la fe de un bienaventurado, el convenio de más atrás... _et si non, non_; entonces, y sólo entonces, le diría sin el menor recelo: «haz lo que te dé la gana»; entonces, y sólo entonces, la vería, sin estremecerme, abarrotar su tocador, porque seguro estaría de que, al encerrarse en él, conforme al consejo de la misma ilustre señora, «para _asearse_, todo le parecería poco; para _pintarse_, todo le parecería mucho», fórmula cuya aparente trivialidad abarca entero el modelo de una mujer discreta.
Mientras á él se ajustan las de mi cuento (que no se ajustarán), _retournons à nos moutons_; es decir, vuelvo á mi tema.
--No comprendo cómo es la mujer casada la que _da el tono_ en paseos, salones y espectáculos, siendo tan notorios los riesgos que en la empresa corre el prestigio de su marido... He dicho mal: comprendo que la mujer casada aspire á esos triunfos de su vanidad, y que á ellos consagre todos sus afanes; lo que al sentido común se resiste es que lo tolere, y hasta lo aplauda (¡borrego!) su marido.
Por eso dije al principio, y lo he demostrado con un ejemplo más, que _el hombre se acostumbra á todo_.
Ahora, si ustedes me preguntan que cómo este supremo legislador de costumbres, egoísta y tiranuelo por naturaleza, arregló las cosas de tal manera; cómo promulgó esa ley cuya ejecución había de caer sobre su propia mollera á modo de infamante coroza; cómo, en fin, se colocó, pudiendo evitarlo, en la necesidad de mostrar tan inaudita mansedumbre; si ustedes, repito, me preguntan esto... tampoco sabré dar una respuesta satisfactoria, porque no soy fatalista. Y á fe que, si lo fuera, nunca podría citar con mayor oportunidad que ahora, el tan sabido apotegma pagano:
_Quos Júpiter vult perdere, dementat priús._
1870.
[Ilustración]
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EL TIRANO DE LA ALDEA[3]
I
Cándidos hay todavía que creen que existe sobre la tierra algún rinconcillo donde es posible la paz del espíritu, y, como consecuencia inmediata, el perfecto equilibrio de los humores.
Las grandes pasiones, los choques infinitos de los múltiples elementos y encontradas tendencias que constituyen la vida social en los grandes centros de población, aturden al hombre pacífico y sedentario.
--¡Dichoso el campesino--exclama á menudo,--que vive sin ruido, sin política, sin literatos, sin filosofía, sin periódicos, sin gas, sin talleres... y sin guantes! El sol refulgente, la pradera florida, el verde follaje, el río murmurando, la dulce brisa, las mieses fecundas, la sonora esquila y el santo trabajo á la luz del astro vivificante, para depositar en las entrañas de la madre tierra el leve grano que, bendecido por la mano de Dios, ha de producir la suculenta hogaza... Ésta es la vida. ¡Gloria á Dios en las alturas, y paz á los hombres de buena voluntad!
Concédanme ustedes que no hay versión más admitida entre los desengañados de la civilización. Pero ¿dónde está ese rincón bendecido?
Yo le buscara con más ahinco que el ilustre genovés el Nuevo Mundo entre los misterios del virgen Océano; yo trocara estos hábitos, refinados por la civilización, por el burdo ropaje del labriego, y la pluma con que trazo estos rasgos por el timón del arado, si bajo los duros pliegues del tosco vellón y revolviendo las costras de la tierra, callaran todos mis deseos, renacieran mis juveniles esperanzas, tornara á mi imaginación el color de las rosas, y rendido mi cuerpo por el trabajo de todo un día, hallara, aunque en pobre lecho, el perfecto reposo... Y eso, lector, que no soy, á Dios gracias, de los más infortunados mortales; que mato con repugnancia hasta el insecto que me destruye las flores del jardín, y no he robado al vecino ni á la Hacienda el pan que comen mis hijos. ¡Qué fuera, gran Dios, si me infundiera espanto la guardia civil! ¡Ah! Podrán variar hasta el infinito el peso y la calidad de la cruz, según las fuerzas y la condición de quien la lleve á cuestas; pero es innegable que allí donde existe un hombre, hay una cruz que le agobia.
Lo del aire puro, lo de la luz radiante, lo de la humilde choza ó del soberbio palacio, lo del paño burdo y del frac ridículo, aunque son la verdad pura, no pasan de ser meros detalles de paisaje, simples accidentes del inevitable Calvario social en que hemos de morir crucificados.
Cierto es que el sencillo aldeano no conoce el tufillo de las modernas industrias, ni el de los _artículos de fondo_, ni se ha inscrito en la _Internacional_, ni frecuenta el _Salón de Conferencias_, ni está al tanto de los motivos primordiales de ciertas _crisis_ ruidosas, ni da una higa por todos los derechos políticos, ni conoce las visitas de etiqueta; pero no es menos cierto que paga los desmanes, y las ambiciones, y las calaveradas de los periódicos y de la _Internacional_, y las intrigas de los pasillos del Congreso... y hasta las alfombras de los pasillos. Con sus hijos, porque la gente _ilustrada_ armó un cisco gordo, y se necesitan hombres para defender al Gobierno y á las _instituciones_ que se hallan en peligro; con sus pobres ahorros, porque los grandes ejércitos y los grandes destinos consumen mucho dinero, y con su hogar y su cosecha á veces, porque las vicisitudes de la guerra se la llevaron á las puertas de su casa, y se la destruyó una bomba por casualidad, ó se la arrasaron de intento, porque estorbaba á la visual de una batería inmediata.
Además, como pecado ingénito y cruz peculiar, tiene el campesino sus pasiones _non sanctas_, sus deudas de taberna, su _tercio para caer_[4], su res enferma, su vecino envidioso, su vecina deslenguada, su pleito muy á menudo; y, por último, la desdicha que no conocéis, la plaga que no adivináis, viciosos de la ciudad; la pesadilla que jamás os ha quitado el sueño, dormilones del _gran mundo_: tiene, en una palabra, al secretario de su ayuntamiento.
Ésta es la gran cruz, digo, la cruz grande de los pueblos rurales, el espantajo de su tranquilidad, el abismo de sus economías... _el tirano de la aldea_.
Y aquí debo yo hacer una salvedad muy importante, tanto en honra de los que desempeñan este respetable cargo dentro de las atribuciones que le son propias, como en aclaración del verdadero asunto de este ESBOZO.
En las grandes agrupaciones municipales, ó allí donde, junto á la riqueza rústica, tienen alguna representación otras industrias lucrativas, no hay que buscar al personaje aludido. El destino está bien remunerado, ha habido muchos aspirantes, y ha podido elegirse uno verdaderamente capaz, suficientemente ilustrado y honrado á carta cabal. Este secretario, lejos de ser una calamidad para el pueblo, es el mejor amigo del ignorante labriego, y el procurador más desinteresado en todos sus apuros con el municipio. Conozco muchos funcionarios así, y me honro con la amistad de algunos de ellos.
Al tirano de mi cuento se le encuentra en esos pequeños municipios que tanto abundan en las provincias del Norte y Occidente, compuestos de aldeanos de pura raza, sin excepción quizá de una levita _temporera_, apegados á sus yuntas y á sus tierras, como el marisco á la roca, sin más ciencia, sin más literatura, sin más necesidades intelectuales; en esos rinconcitos contribuyentes, de los que jamás se acuerda el Gobierno si no es para sacarles sus hijos y su dinero.
Mi personaje pertenece, en suma, al grupo de secretarios de ayuntamientos de los lugares, que son (al decir de Fernán Caballero) _los más malos, los más venales, los más tiranos y los más opresores de los hombres_[5].
La plaza está pobremente remunerada, y tuvo pocos golosos que la pretendieran. Sólo un indígena puede con ella, y un indígena la explota.
¿Cómo la consiguió? No es fácil decirlo, porque no se sigue en esto una tramitación determinada. Era el tal menos apegado que sus convecinos á los trabajos agrícolas, díscolo además y turbulento; no tenía mala letra y escribía con soltura; sabía en aritmética algo más que las cuatro reglas, y sustituía al maestro de escuela en ausencias y enfermedades; _pintaba en el aire_ unas cuentas municipales; escamoteaba como un prestidigitador la _riqueza imponible_ á las barbas de la misma administración de Hacienda... quizá sacó alguna vez al ayuntamiento de alguna maraña peligrosa, y libró con ello de un grillete á los inocentes concejales... ¡qué sé yo! Ello es lo cierto que de la noche á la mañana se hallaron sus convecinos amarrados á su omnipotencia, como pollino al árbol de la noria. Y no borro la comparación, porque como á pollinos entre varas los trata el tiranuelo.
El cual no tiene otras rentas ostensibles que los tres mil escasos reales que vale el destino; y no obstante, traga más vino que una cuba; cada sábado va de caracolada y cada lunes de callos con arroz: el resto de la semana, ferias y mercados, para cuyos viajes tiene un tordillo de buen andar; viste bien y tiene moza, amén de la familia, numerosa, eso sí, pero rollicita y bien trajeada. No se le conocen deudas.
II
Una administración municipal no se hace odiosa á un aldeano por el solo delito de ser algo más cara que otras que la antecedieron: suspira, murmura, pero no pierde el sueño porque le pidan el recargo, y el recargo del recargo, y el tanto por ciento más sobre todos estos recargos, y dos del anticipo, y tres del empréstito, y cinco de consumos, y tanto del puerto, y cuánto de los pastores, y esto para el médico, y lo otro para el señor cura. Todas éstas y otras exacciones llevan apariencia legal: el aldeano cuenta siempre con ellas ó con otras parecidas; y aunque alguien más sagaz pudiera, con mucha frecuencia, hallar no poco que tachar, así en la calidad como en la cantidad de lo exigido, él lo paga religiosamente y no se escandaliza, porque no le extrañan los motivos.
Pero es el caso que, después de descansar pagando, como, en señal de su ingénita honradez, dice el pobre hombre, logra éste, á fuerza de privaciones, esconder un roñoso ochavo en el _pico del arca_. Aquel ochavo es, con otros que irá juntando poco á poco, una chaqueta nueva para él, ó una saya para su hija, ó el _puchero limpio_ del primero de la familia que _caiga en cama_, ó el socorro para el chico si la suerte se le lleva al servicio de las armas, ó el calor del invierno, ó el pan de la primavera. Robarle aquel ochavo es robarle la paz, el sueño, el mayor pedazo de su alma.
Pues bien: este ochavo es, precisamente, el ochavo del secretario.
Cómo le huele, no siempre se sabe, ni nos importa. Cómo le saca, es lo que iremos viendo poco á poco.
Al efecto, extendamos más el lienzo y bosquejemos algunos accesorios esenciales á la figura principal.
La corporación municipal, como que en el pueblo no hay otra cosa, se compone de media docena de toscos, sencillos é ignorantes labriegos, para quienes es una carga insoportable la obligación de asistir á las sesiones. Generalmente, estos concejales ignoran por qué y para qué lo son; cuáles son sus atribuciones y hasta dónde alcanzan. El secretario preside, el secretario habla, el secretario resuelve, el secretario lo hace todo. El alcalde y los concejales firman como autómatas, y no pocas veces temblando, como soldado novel que corre á la brecha en pos de su jefe, y teme que aquel esfuerzo de disciplina le cueste la vida. Porque es de advertir que estos pobres hombres, recelosos por naturaleza, y que tantas cosas ignoran, no desconocen que están amarrados como bestias á la voluntad del secretario.
El juez de paz, ó municipal, es otro campesino de la misma madera que los concejales: deletrea mal el catecismo, apenas sabe firmar, y así entiende de códigos y de interpretar leyes, como de capar cigarras. Mal sentado en el tosco banco de la justicia, sabe decir tartamudeando:
--Hable Juan, ó conteste Pedro.--Y Juan y Pedro hablan y riñen, y aun quizá se cascan las liendres. Y nada más. Pero el juez tiene á su lado un secretario, y este secretario habla, discurre y sentencia por el juez, que no da señales de vida sino para firmar la sentencia.
El tal secretario es el mismo del ayuntamiento, porque el juzgado no produce bastante para permitirse el lujo de uno especial.
Y he aquí cómo viene á tener en sus manos la administración municipal y la de justicia, libre de toda responsabilidad.
Pero todavía tiene más.
El solemnizar un contrato de venta con un documento público, trae, según él, el compromiso y los derechos del registro; el registro una declaración oficial de la finca, y esta declaración la contribución subsiguiente. Es preferible un documento privado á lo más en un pliego del sello 9º extendido _ante él_, que, sin rúbricas ni garabatos, da tanta fe como el más guapo, y á mitad de precio que el escribano.
Y así se hace.
Por un procedimiento análogo recibe la última voluntad de sus convecinos _in artículo mortis_.
Se ve, pues, que también es depositario de la fe pública.
Es dueño del monte, porque el guarda es obra suya; y lo es también, en cierto modo, del médico, del maestro y hasta del párroco, por razones que iremos viendo.
Amén de otros recursos, que el lector deducirá fácilmente, tiene uno más, que puede considerarse como el mejor filón de su mina: un apoderado universal del ayuntamiento en la capital de la provincia. Este hombre es, por lo común, un bribón de siete suelas, capaz de pegársela al lucero del alba, concursado veinte veces y procesado criminalmente otras tantas.
Por último, tiene guardadas las espaldas por un señorón, que nunca falta en la ciudad, de ésos que en todo ven por disculpa la _razón de Estado_, y que á todo trance le ampara y sostiene, aunque le salten á las barbas rociadas del fango que no ha logrado tapar con su influencia omnipotente.
III
Conocidos ya sus principales instrumentos, hemos de ver ahora cómo maneja algunos de ellos; y no todos, porque fuera ofender la perspicacia del lector irle enumerando uno á uno cuantos recursos tiene un secretario de esta calaña para hacer un buen agosto en el campo de lo que pudiéramos llamar _trampas corrientes_ del oficio, después de haber dicho que el ayuntamiento que le paga es sordo, mudo y ciego, y que el pobre pueblo está amarrado á sus antojos como borrico á la noria.
Fijémonos, por ejemplo, en la época de quintas, que es, de todas las del año, la más _socorrida_ para el secretario.
Por de pronto, si éste tiene un hijo sorteado, le libra á todo trance, aunque sea más sano y robusto que una encina, le haya tocado el número 1.° y no esté comprendido en ninguna de las exenciones que marca el cuadro. En último caso, se forja un expediente declarándole hijo ó nieto único de padre ó abuelo sexagenario y pobre, aunque tenga otros hermanos, y el abuelo más nietos, y el padre no llegue á los cuarenta, y el padre y el abuelo vivan de sus rentas como unos caballeros.
Y es de notar que todo esto lo saben los infelices sacrificados; pero se les fascina con un fárrago de palabrotas estampadas en un papel sellado, á cuyo pie, para mayor escarnio, se les hace poner sus firmas, cerrando de este modo todo pretexto á ulteriores reclamaciones contra semejante felonía. Para conseguir tal resultado, basta, generalmente, el miedo que inspira el tiranuelo á los sencillos aldeanos; pero si éstos se resisten, se les hace creer que hay el proyecto de presentar ante el Consejo provincial á todos los mozos sorteados exentos del servicio, por medio de expedientes arreglados por el secretario, á condición de que todos los interesados se presten á formar á su gusto el de su hijo.
Lo que después de servido hace el pícaro con los incautos que le ayudaron, no lo saben éstos hasta que en la capital se verifica la declaración de soldados, y se examinan los fárragos, intencionalmente incomprensibles, que, como áncoras de salvación de sus hijos, llevaban los pobres hombres guardados cuidadosamente en el bolsillo más hondo de sus burdos chaquetones.
Pedro y Juan son dos mozos que han jugado la suerte juntos. Pedro fué declarado libre en el ayuntamiento, y Juan, soldado; por lo cual Juan protestó á Pedro. Pero el secretario, que es hombre previsor y sabe que ni el padre de Juan ni el de Pedro dejan de apurar los recursos que estén á sus alcances por un puñado de duros, pues los tienen para tales casos, si no al pico del arca, en una res ó en unas tierras, echándosela de magnánimo y compasivo, le dice á Juan:
--Creo que puedes ganar este negocio si sabes trabajarle en la capital. No seas tonto: sacrifica una onza, y yo te diré quién te ha de sacar triunfante.
El inocente se deja seducir, y poco después recibe una cartita de recomendación, que le da el seductor para cierto caballero de la ciudad.
--Entrégasela mañana mismo--le dice,--porque me consta que Pedro piensa ver también al mismo sujeto.
Luego se avista con Pedro, le hace las mismas reflexiones que á Juan, y le añade:
--Sé que Juan va mañana á ver á don Fulano; pero sé también que no le podrá servir, porque es negocio perdido. Aguántate sin apurarte hasta el día de la entrega, y entonces te recomendaré yo á cierta persona que en un momento arregla los imposibles.
Entre tanto, presenta Juan la carta al _caballero_ de la ciudad, que no es otro que el apoderado de quien ya se hizo mención. Después de oir al mozo y de leer la credencial, se hace el pensativo, frunce las cejas, ráscase la barbilla, y dice, por último:
--Esto es muy grave... y muy caro. Cuando es cuestión de talla ó de exenciones físicas, con un par de duros para el tallador, ó media onza para el médico, estamos al cabo de la calle; pero estos señores del Consejo pican muy alto, amigo.
--Ya lo veo--observa tímidamente el mozo, ó su padre, ó quien lo represente;--pero quiere decirse que... vamos al decir, en el conceuto de que la cosa marche, probes semos, pero por una onza... ú dos...
Y el infeliz las hace sonar en la faltriquera para que no se dude de su palabra.
El agente oye el sonido como el tigre huele la presa, y se hace el desentendido; y después de meditar un rato, ó de fingir que medita, despide al recomendado citándole para dentro de una hora, tiempo que dice necesitar para tantear el terreno.
Cuando se vuelven á reunir, el agente está muy sofocado. Ha reñido con unos, ha tenido que empeñar grandes luchas con otros, y se ha visto muy mal para convencerlos á todos. El negocio es ya cuestión de dos onzas; pero á condición (y ésta la obtuvo el agente por un esfuerzo especialísimo que hizo en obsequio á una persona tan digna como el recomendante) de que si el mozo no se libra, se le devolverá el dinero.
¿Qué más celo, qué mayor desinterés puede exigirse á aquel protector?
Así pensando, afloja las dos peluconas el desdichado; y con la promesa de no hablar del asunto ni á su propia sombra, porque de descubrirse el ajo tanto sufriría el seductor como los seducidos, vuélvese Juan á su lugar lleno de risueñas esperanzas.
La misma escena se representa días después en casa del agente, cuando el secretario le presenta á Pedro para que haga algo por él en las pocas horas que faltan hasta la de la declaración de soldados.
Cuando ésta llega, Juan y Pedro admiran al protector, que no cesa de moverse del salón de sesiones á los pasillos, de los pasillos á las oficinas y de las oficinas al cuarto de los médicos. Es verdad que también notan que todos sus trabajos se reducen á dar una sombrerada á unos, á mirar intencionadamente á otros, á salir detrás de aquél y á entrar en pos de éste; pero como lo principal está hecho de víspera y en secreto, basta su presencia allí como recuerdo de lo convenido.
El Consejo, entre tanto, declara soldado á Juan.
Bien sabía el secretario que uno de los dos tenía que serlo irremisiblemente.
El activo protector, en cumplimiento de su palabra, devuelve, pocas horas después, las dos onzas de oro á la persona que representa á Juan.
--No se ha podido hacer más,--dice al entregar las monedas.
Y el que las recibe, al ver tanta honradez, tantos afanes malogrados ¿qué menos ha de hacer que obsequiar con unos cuantos duros á aquel caballero?
Despachado así Juan, le dice á Pedro:
--Amigo mío: la cosa ha estado en un tris; llegué á temer que aquellos señores no se conformaran con las dos onzas y se me volvieran atrás: así me lo anunciaron; pero les apreté de firme, y al cabo se conformaron. El presidente, sobre todo, estaba emperrado como un demonio en los sesenta duros. Conque te doy la enhorabuena.
Y Pedro, ó su padre, conmovido ante tanta adhesión, estrecha la mano de aquel señor generoso, y desliza en ella, por no ofenderle con la oferta, media onceja más, que el otro recibe muy ruboroso y porque no se tome á desaire.
De este modo, aun sin la propina, que es eventual, son infalibles las dos onzas, puesto que uno de los dos mozos tenía que ser soldado.
No necesito decir que éstas y otras _ganancias_ análogas se parten _religiosamente_ entre el secretario que prepara los negocios, y su asociado que los _remata_.
--¿Y es posible--preguntará el lector menos perspicaz,--que nada sospechen esos pobres hombres?
Así debe de ser, puesto que el único convencimiento seguro que llevan, de vuelta á su casa, es que los señores que componen el Consejo ó la Diputación, todos, sin excepción de uno solo, se venden por un puñado de dinero.