Part 9
El cual les dice: «Sin injusto ceño, Nobles jefes, oid nuestras razones; Ni por la edad juzgueis de nuestro empeño. Yacen los enemigos escuadrones Entorpecidos del licor y el sueño: Campo á nuestras astutas intenciones Propicio allí se ofrece, do la puerta Que mira al mar, dos sendas abre incierta.
L.
»Negro vapor al cielo enviando, humea Á largos trechos moribundo fuego. Si permitiereis que ensayado sea Por nuestras manos de fortuna el juego, Y á la ciudad vayamos Palantea A buscar nuestro jefe, luégo, luégo Terrible con la sangre y los despojos Le gozarán presente vuestros ojos.
LI.
»Y no temais que entre el silencio mudo Andando de la noche, un extravío Avenga: en estos sitios á menudo Hemos cazado, y desde valle umbrío Descubrir la ciudad la vista pudo, Y explorado tenemos todo el rio.» Calló Niso; y Alétes, noble viejo, Sabio varon de magistral consejo,
LII.
«Númenes, cuyo brazo patrocina A Troya!» exclama: «á fe que á los Troyanos No preparais una total rüina Cuando así en años suscitais tempranos Ímpetus tales de virtud divina!» Y á ambos ciñe los hombros, y las manos Estréchales, y en llanto de alegría El rostro humedeciendo, proseguia:
LIII.
«Premios á vuestros méritos iguales, Mancebos, ¿dó hallaré que os galardonen? Lo primero, los Dioses inmortales Y las propias conciencias os coronen! Apreciadores de servicios tales, Segunda recompensa á fe que os donen, Enéas hoy, y cuando llegue el dia Ascanio, que olvidaros mal podria.»
LIV.
«Más digo,» Ascanio interrumpiendo exclama; «Por los Lares de Asáraco, y el fuego De Vesta inextinguible, y cuantos ama Grandes Dioses mi casa, Niso, os ruego Volvais el padre al hijo que lo llama, Que se cuenta sin él perdido y ciego: Mis esperanzas y el destino mio Yo en vuestros pechos sin reserva fio.
LV.
»Venga él, y en gozos trocará lamentos, Y el hado amansará que nos maltrata. Dos vasos de abultados ornamentos, Que él ya ganó en Arisba, obra de plata, Dos trípodes tambien, y dos talentos Grandes de oro, os dará mi mano grata; Ni añadir una antigua taza olvido Que recibí de la sidonia Dido.
LVI.
»Que si el hado me otorga que conquiste El itálico suelo, y se sortea Espléndido botin, óyeme: ¿viste El caballo en que Turno gallardea Y las doradas armas que se viste? Tuyo el caballo con las armas sea, Exentos, Niso, del comun despojo; Tuyo el escudo y el penacho rojo.
LVII.
»Que añadirá mi padre á dones tales Doce hermosas esclavas, adivino; Luégo, doce cautivos, con marciales Arreos cada cual; y de Latino, En fin, los predios rústicos reales. En cuanto á tí, mancebo peregrino, A quien mi edad sigue el alcance, lazos Anudando de amor te doy mis brazos;
LVIII.
»Mi corazon te doy, y te recibo Desde aquí por perpetuo compañero: De hoy más, sin tí gozosas no concibo Glorias, que dividir contigo quiero. Ya el laurel me corone ó ya el olivo, En todas ocasiones tú el primero Amigo, á quien el alma nada esconde, Mio serás!» Euríalo responde:
LIX.
«Nunca, nunca será que yo desdiga De este animoso arranque; así la suerte Amiga se presente... ¡ó enemiga! Mas que ante todo premio pido, advierte: Tengo una madre, de la estirpe antiga De Príamo, á quien no razon tan fuerte, Ni patrio sol, ni regio hospicio, nada Hubo que de seguirme la disuada.
LX.
»Yo parto sin hablarla; ella, ¡ay! no sabe Cuántos riesgos el hijo desafía! Por la noche y tu diestra, que no cabe En mí á su llanto resistencia impía; Venciérame. Consuelo tú süave Sé, y arrimo, á la pobre madre mia! Si en tí fincar esta esperanza puedo, Iré al peligro con mayor denuedo.»
LXI.
Con lágrimas responden de ternura Los Troyanos presentes. Renovado El recuerdo del padre, Ascanio apura Su afecto en él; y el rostro hermoseado Con llanto, dice: «En esta ardua aventura, Euríalo, no temas resultado Que á tan glorioso acometer no cuadre; Sí, tu madre tambien será mi madre.
LXII.
»Llamárase Creusa, y madre fuera Mia del todo: en cambio es madre tuya, No pequeño renombre. Comoquiera Que esta empresa magnánima concluya. (Júrolo por mi vida, á la manera Que ántes mi padre), ó ya te restituya, Ó no, próspera suerte, honra no escasa Siempre daré á tu madre y á tu casa.»
LXIII.
Dice Ascanio llorando, y desanuda Del hombro al punto una dorada espada, No de su vaina de marfil desnuda, De Licaon cretense obra extremada: Una, de leon despojos, piel velluda Mnesteo á Niso da: con él celada Permuta Alétes. De metal cubiertos Marchan los dos, con hados ¡ay! inciertos.
LXIV.
Los siguen los caudillos principales Hasta las puertas, jóvenes y ancianos Con votos y plegarias. Bríos tales Ascanio ostenta y pensamientos canos No ya cual de su edad; y mil filiales Mensajes encomienda: ¡intentos vanos! Las fugaces palabras recogían Vientos que á sordas nubes las confían.
LXV.
Salen, pues, y los fosos ya salvados, Envueltos en la sombra, la carrera Encaminan á campos malhadados En que á muchos la muerte ántes espera: Ven rendidos á trechos los soldados Y los carros en alto en la ribera; Entre armas, ruedas, bridas, vino y todo Mudo yace el ejército beodo.
LXVI.
Habló el hijo de Hírtaco primero: «¡Euríalo! osar mucho importa ahora; Propicia es la ocasion, y éste el sendero. Tú, no se alce tal vez mano traidora A hacernos por la espalda un desafuero, Ten alerta la vista indagadora; Que yo dando la tala en torno mio Por ancha brecha conducirte fio.»
LXVII.
Dice, y hace silencio, y á Ramnete Que en su alta tienda y cama entapizada Daba roncos bufidos, arremete Con brazo firme y con desnuda espada. Rey á un tiempo y augur, á quien somete El rey Turno sus dudas, fué; mas nada Valieron artes al dormido mago Contra el poder de un invisible amago.
LXVIII.
Á tres pajes que entre armas, mezcla ciega, Yacen, y al escudero y al auriga De Remo, al pié de sus caballos, llega Y las flojas cabezas les desliga A hierro; al amo, en pos, el cuello siega, Y el tronco deja que abortando siga Raudales: de cadáveres sembrada En cálido cruor la tierra náda.
LXIX.
Y á Lamo oprime, á Lámiro, á Serrano, Mozo éste de gentil fisonomía Que hasta tarde despierto estuvo, en vano, Con el mucho jugar; ya en fin dormia Puesto en brazos de un sueño asaz temprano, Con el mucho beber. ¡Feliz si al dia Aguardase! si, hurtándose al sosiego, Igualara la noche con el juego!
LXX.
Como leon que, en el furor agudo De hambre voraz, entre el rebaño vaga Tierno de carnes y en su espanto mudo, Que hinche el aprisco, y ya le aferra y traga; Brama su boca ensangrentada: crudo Así Niso se ceba: irle á la zaga Euríalo no quiere, y muertes hace En la ignorada grey que en torno yace.
LXXI.
Él á Ábaris y á Fado asalto fiero Y á Herbeso y Reto dió: Reto, que en vela Todo viéndolo está; medroso empero Tras una jarra enorme el bulto cela: En su pecho, al erguirse, entra el acero Que, sacado, mortal caso revela: Vierte el triste la vida, y sangre y vino; Y el nocturno agresor se abre camino.
LXXII.
Ya al cuartel de Mesapo va, do espira Sin pábulo la lumbre: allí la hierba Paciendo atados los bridones mira. Niso en breves palabras (pues observa Cuán léjos va llevándolos la ira Que matando se enciende y exacerba) Dijo: «La odiosa luz próxima advierto: No más sangre; ancha senda hemos abierto.»
LXXIII.
Mucha arma allí, mucha maciza plata, Mucho vaso y riquísimo tapete Abandonan. Euríalo arrebata Para sí de Mesapo el justo almete, Que al viento plumas de color desata; Despues que los galones de Ramnete Y el cinto, que áureos clavos ornamentan, Alzó: en vano sus hombros los sustentan!
LXXIV.
(De Cédico opulento éstas un dia Galas fueron; el cual al tiburtino Rémulo como prenda las envía De alma hospitalidad y afecto fino: En legado, al morir, éste las fia Al nieto, y con su muerte, en guerra, vino A manos de los Rútulos la rica Herencia, y al más fuerte se adjudica).
LXXV.
Salen ambos del campo, y ya por via Segura echan á andar. En tal momento Respuestas para Turno conducia Parte de una legion: tres veces ciento Jinetes son;--atras la infantería A marchar se apercibe:--de Laurento Salieron adelante, y á su frente Va, con broquel cual los demas, Volcente.
LXXVI.
Llegan ya al campo y muro, cuando aquellos Bultos miran que á izquierda mano tienden. El yelmo de Mesapo da destellos Que entre el nocturno clarear ofenden La vista á quien observe: huyes, mas ellos, Desmemoriado Euríalo, te venden! «No equívoca vision mi mente inflama,» De en medio del tropel Volcente clama.
LXXVII.
Y «¡Alto!» intima: «¿quién sois? decid; ¿de dónde Ó á dónde os dirigís? ¿Á qué bandera Adscritos militais?» Nadie responde: Uno y otro á los bosques acelera El paso, y á la noche, que le esconde, Fiado huyendo va. Sin más espera Cierran al bosque entradas y retretes En alas desplegados los jinetes.
LXXVIII.
Selva de encinas negras y jarales Tendíase ancha allí, de agrios abrojos Ceñida, y de espesísimos breñales: Rara trillada senda ven los ojos En medio de sus calles naturales. Euríalo, á quien pesan sus despojos, Y los ramos asombran del recinto, Piérdese en el confuso laberinto.
LXXIX.
Niso huye, huye impróvido, y ya fuera Va del alcance de enemiga mano, El campo atras dejando en su carrera Que por Alba despues nombróse _Albano_: (Campo del rey Latino entónces era, Y en él grandes majadas). ¡Ay! en vano, Cuando hubo de parar, buscó al ausente Amigo, y dijo al fin con voz doliente:
LXXX.
«¡Euríalo infeliz! ¡yo te he dejado! ¿Por dónde, ¡ay triste! he de seguirte ahora? ¿Dónde hallarte?» Y con rumbo retrogrado Otra vez de la selva engañadora Intríncase en el seno enmarañado; Sus propias huellas afligido explora, Y entre las matas ásperas camina En que silencio funeral domina.
LXXXI.
Caballos siente, oye el tropel, escucha De horda perseguidora el alto aullido; Ni de tiempo medió distancia mucha Cuando nuevo clamor hiere su oido, Y á Euríalo distingue, que relucha En vano, de contrarios sorprendido: Turbóle senda ambigua y sombra ingrata; Y fuerza superior ya le arrebata.
LXXXII.
¿Cómo será que al mísero liberte? ¿Con qué armas defender podrá al amigo? ¿Entre heridas buscando honrosa muerte, Arrojaráse en medio al enemigo? ¿Qué hará? Blande un astil con brazo fuerte, Y á la Luna tomando por testigo, Que alto su carro á la sazon regía, En voz sumisa esta plegaria envía:
LXXXIII.
«¡Honor de los celestes luminares, Custodia de los bosques, sacra Luna! Si á Hírtaco, mi padre, en tus altares Poner viste en mi nombre ofrenda alguna; Si, cazador en selvas seculares, Tu gloria acrecenté con mi fortuna Tus bóvedas colgando de despojos, Compasiva á mi afan vuelve los ojos!
LXXXIV.
»¡Oh! dame que ese grupo desordene, Y á este dardo en el aire abre sendero!» Orando así, con cuantas fuerzas tiene Arroja el arma. En ímpetu ligero El asta parte despedida, y viene, Hendiendo sombras, á Sulmon frontero, Y rómpese en su espalda, y la madera Hecha astillas las vísceras lacera.
LXXXV.
Agobiado Sulmon rueda al instante, Y con hondo estertor, trémulo, frio, Las entrañas fatiga, agonizante, Y de encendida sangre vierte un rio. No hay quien no torne á ver, quien no se espante Niso, entretanto, renovando el brío, Puesto el brazo á la altura de la oreja, A asestar otro tiro se apareja.
LXXXVI.
Temblando están del invisible amago Todos, cuando otra vez dardo estridente Llega, que ambas las sienes pasa á Tago Y en su hendido cerebro híncase ardiente. El causador no indaga del estrago Llevado de la cólera Volcente, Ni en quién le cumpla desfogarse mira; Ciego salta, y bramando estalla en ira:
LXXXVII.
«Tu sangre ha de correr, quienquier que él sea; Y en tí de entrambos tomaré venganza!» Así diciendo, el hierro ya menea Desnudo, y sobre Euríalo se lanza. Lleno, á par, de terror, Niso vocea; Fuera, tambien, de sí, Niso se avanza: Más tiempo oculto estar no lo tolera El duro trance, ni él callar pudiera.
LXXXVIII.
«¡Acá, acá, revolved! ¡yo soy!» les dice; «¡Contra mi pecho encaminad la espada! ¡Oh Rútulos! mirad que ese infelice Nada osó hacer, ni hacer pudiera nada. Todo yo lo tracé, todo lo hice. Por los astros lo juro y la morada Celeste. Fué su culpa, demasiado Á un sin ventura amigo haber amado.»
LXXXIX.
Miéntras en vano así Niso clamaba, Ya la amenazadora punta llega, Y al costado de Euríalo se clava Y el tierno pecho le destroza ciega. Cae el triste, y la vida se le acaba: Roja sangre sus blancos miembros riega, Y, doblándose lánguida, reposa Sobre los hombros la cerviz hermosa.
XC.
Tál flor purpúrea á quien tronchó el arado Desfallece á morir; tál la amapola Sobre su débil vástago doblado Inclina mustia la gentil corola Que la lluvia agobió. Desesperado Niso penetra el escuadron, y á sola La persona, entre todos, de Volcente Solicita su cólera impaciente.
XCI.
Acá y allá, ya aquel, ya este guerrero, Le resisten y estorban: él no cia, Antes á todos lados el acero Fulmíneo revolviendo ábrese via; Hasta que al fin al Rútulo, que fiero Gritando á la sazon la boca abria, Por ella adentro le escondió la lanza: Próximo así á morir tomó venganza;
XCII.
Y encima se desploma herido, inerme, Del muerto amigo á quien unió su historia, Y en paz allí su último sueño duerme. ¡Oh, felices los dos! si alguna gloria Puedo yo de mis versos prometerme, Siglos no eclipsarán vuestra memoria Miéntras sustente inmoble el Capitolio El prez de Enéas y de Jove el solio!
XCIII.
Vencedores los Rútulos en tanto Recogido el botin, al campamento Exánime á Volcente van con llanto Conduciendo. Menor no es el lamento Que en los reales cunde, y el espanto, Cuando á Ramnete ven sin movimiento, Y tanto noble jefe á quien abruma Comun calamidad: Serrano, Numa...
XCIV.
Cerca á los que ó difuntos ó mortales Están, acude multitud ingente: Ven de espumosa sangre los raudales Y tibio aún de mortandad reciente El campo. Reconocen los marciales Despojos: de Mesapo allí el luciente Casco; allí el cinto, recobrado á un muerto, El rico cinto, de sudor cubierto.
XCV.
El áureo lecho de Titon la Aurora Tímida deja, entre celajes raya, Y ya su lumbre que horizontes dora Secretos descubriendo, el sol explaya Por el mundo. Con voz animadora Turno, no sin que él mismo armado vaya, Cual suele, de los piés á la cabeza, Al arma á todos á llamar empieza.
XCVI.
Á su voz cada jefe sus legiones Ferradas, en batalla ordena: ceban La rabia vomitando maldiciones; ¿Qué más? en astas que en el aire elevan, De los dos degollados campeones Los rostros clavan, y, á doquier los muevan, ¡Oh espectáculo! ¡oh bárbaro trofeo! Síguelos de la plebe el clamoreo.
XCVII.
De sus muros, en tanto, á la siniestra Los sufridos Troyanos aparecen; Protegidos del rio, á mano diestra, Sus anchas fosas á la par guarnecen. ¡Ah! de sus altas torres pasan muestra Al campo, ¡y cuán de véras se entristecen Viendo (ni cabe engaño) aquellos vultos Horribles con la sangre y blanco á insultos!
XCVIII.
Alada en la ciudad la fama rueda, Y á la madre de Euríalo al oido Tristes cosas murmura. Ella se queda Pálida, sin calor y sin sentido: Va la aguja á los piés, se desenreda Cayendo de las manos el tejido. Mesando luégo la melena blanca Altos gemidos de su pecho arranca;
XCIX.
Y al muro, á la falange delantera Frenética ella corre, ella no cuida Que entre armas y varones acelera El paso, ni el peligro la intimida; Y de quejas despues hinche la esfera: «¡Que así te miro, ay hijo de mi vida! Tú, arrimo á mi vejez mísera y triste, ¡Cruel! ¿dejarme en soledad pudiste?
C.
»Pues riesgos ibas á correr tan graves, ¿Cómo no me avisaste la ardua empresa, Ni oí palabras de tu amor süaves? ¡No que hora en tierra ignota yaces, presa A los latinos perros y á las aves! Ni honrar me es dado, Euríalo, tu huesa; Que recoger no pude tus despojos, Tus heridas lavar, cerrar tus ojos.
CI.
»Ni la ropa vestirte que de dia Yo y de noche labraba, mis pesares Consolando en la edad caduca mia. ¡Ay! ¿á dónde seguirte? ¿en qué lugares Tu destrozado cuerpo quedaria? ¿Y para esto por tierras y por mares Anduve acompañándote? ¿y es esta Vision cruel cuanto de tí me resta?
CII.
»¡Rútulos! si teneis piedad alguna, Todos aquí asestad; yo la primera Caiga; ¡matadme!... Ó tú de mi fortuna Duélete, ¡Padre de los Dioses! Hiera, Hiérame un rayo tuyo: esta importuna Memoria acabe: el Tártaro me espera; Precipítame allá, pues de otra suerte No es dado á esta infeliz que halle la muerte!»
CIII.
Lloran todos con ella; y ya al deseo De combatir, con el comun quebranto Las fuerzas van faltando. Actor é Ideo A la triste, que enciende duelo tanto, Acuden, por mandato de Ilioneo, Y de Yulo, que vierte largo llanto; Sustentándola en brazos se encaminan A su hogar, y en el lecho la reclinan.
CIV.
Óyese del clarin el són agudo; El canoro metal de alarma llena Los campos, y ya el aire, en ántes mudo, Con los ecos terríficos resuena. Formada ya la militar testudo De Volscos el ejército se ordena, Y á cubrir apercíbese en batalla El ancho foso y á arrancar la valla.
CV.
Buscan unos entrada, y por escalas Á trepar se dirigen á la parte Do las haces parece estar más ralas Que coronan el muro y baluarte. Se arman los Teucros á su vez; tan malas Armas no habrá que no utilice el arte, En que ya los formó la patria tierra, De guardar plaza fuerte en larga guerra.
CVI.
Picas vibran, y áun vuelcan ya pedrones Cuyo peso del Rútulo consiga Romper los defendidos batallones. ¿Y qué? ¿será que conllevando él siga Tan rudos golpes sin sufrir lesiones Bajo la densa concha que lo abriga? No; ni el número basta. ¿Veis do ileso Marchando viene el peloton más grueso?
CVII.
Pues ya á esa parte misma risco horrendo Los Troyanos arriman, ruedan: postra Anchamente á los Rútulos cayendo Y desbarata su ferrada costra. La muchedumbre audaz, retrocediendo, Tal lluvia en ciego asalto más no arrostra, Y á los sitiados á ofender aspira Sólo con flechas que de léjos tira.
CVIII.
Ostentando á su vez Mezencio insano Su catadura amenazante y fea, Viene por otra parte, y en su mano Etrusco pino tenebroso humea. Mesapo, prole de Neptuno, ufano Porque indómitos potros señorea, El vallado tambien romper decide Y escalas ya para los muros pide.
CIX.
¡Oh Calíope! ¡oh Musas celestiales! ¡Inspirad al cantor! Cuántos encierra Estragos ese campo funerales, Decid; á quiénes Turno echó por tierra, Y otros á otros tambien, cuáles á cuáles; Desenrollad el libro de la guerra, Y mi vista contemple aquellos hombres: ¡Vosotros los sabeis, decid sus nombres!
CX.
Con arduos puentes á asombrosa altura, En oportuno sitio al aire vano Erguíase una torre. Se conjura A embestirla el ejército italiano Con extremado alarde de bravura. En agolpados grupos el Troyano Defiéndela con piedras, y á porfía Por troneras abajo armas envía:
CXI.
Turno osado, primero en los primeros, Tira una hacha encendida, que se pega A un lado de la torre: á los maderos, Acrecentada por el viento, llega La llama devorante. Los guerreros Que adentro ven el gran peligro, en ciega Confusion á salvar corren la vida, Buscando en vano y de tropel salida.
CXII.
Y en tanto que se agolpan, en su anhelo, Á un punto ajeno al fuego, se derrumba Súbito por su peso el fuerte: el cielo Con fragoroso estrépito retumba: Y vienen, medio exánimes, al suelo, No sin que la alta mole en pos sucumba, Transfijos por sus armas los soldados Y de duras astillas lastimados.
CXIII.
Á todos el tremendo golpe acaba, Salvo á Helénor y á Lico. En años era Tierno aquél: en secreto, de la esclava Licimnia al rey Meonio le naciera; A la guerra de Troya, aunque le estaba Vedada, ella envióle. De ligera Armado, iba inglorioso, con desnudo Acero, y sin divisa el limpio escudo.
CXIV.
El cual mirando acá, y allá, y doquiera, Mil haces que le estorban la salida, Determina morir. Como la fiera Que de perseguidores circuida En densa red, contra la opuesta hilera Se embravece en furiosa arremetida, Y de un salto sin miedo ni esperanza, Por cima de los dardos se abalanza;
CXV.
Así Helénor se arroja, y donde advierte Más densa la erizada tropa, fiero Entrando por allí corre á la muerte. Lico miéntras, más que él de piés ligero, A una fuga veloz fia su suerte Entre tanto enemigo hórrido acero; Trepa al muro, cubierto de Troyanos, Y alto asidero busca, amigas manos.
CXVI.
Á la carrera Turno y con la lanza Habiéndole seguido, ya cercano Le mira, ya sobre él victoria alcanza. «¡Qué! ¿de librarte de mi fuerte mano Concebiste, demente, la esperanza?» Dice, y cogiendo al que trepaba en vano, No sin parte del muro á que se aferra A sí le trae y le derriba en tierra.
CXVII.
Con uñas corvas por el vago viento Á blanco cisne, así, ó á liebrezuela, La armígera de Jove al firmamento Arrebata feroz, y encima vuela; Y al corderillo así, que anduvo á tiento, Por quien la baladora madre anhela, Roba el fiero animal que sirve á Marte. Ya clama el sitiador por toda parte;
CXVIII.
Corre y los fosos terraplena, y pega Antorchas á los muros, con desprecio Del peligro de muerte á que se entrega. A las puertas terrífico Lucecio Llamas vibrando amenazante llega. Venir le mira, y un peñasco recio, Como roca de monte desprendida, Lanzó Ilioneo, y él rindió la vida.
CXIX.
Ligro en Ematio, Asila en Corineo (Hábil uno en lanzar venablo fuerte, Otro, falaz saeta) atroz deseo Sacian. Ceneo á Ortigio da la muerte; Turno derriba al vencedor Ceneo, Y á Itis, á Dioxipo deja inerte, Y á Prómolo, y á Clonio, y á Sagares, Y á Ida, que guardaba altos lugares.
CXX.
A Priverno quitó Capis la vida. Habíale primero rasguñado Temílas con su lanza. Él, que á la herida Fué la mano á llevar, desacordado Tira el escudo. En alas conducida Vino una flecha, y al izquierdo lado Clava su mano, entra, la entraña hiere Que aire recibe y da, y el triste muere.
CXXI.
Arcencio, el de figura señalada, Allí, de ibera púrpura luciente, Su rico arnes y clámide bordada Mostraba. (Le envió su padre Arcente De la selva á la madre consagrada, Do le criara, á par de la corriente Del Simeto, que ve en ofrendas rico El altar propiciable de Palico.)
CXXII.