Part 10
Así como tan bellas galas mira, Dardos suelta Mezencio, honda estridente Toma, y tres veces la sacude y gira En torno á su cabeza, y al de Arcente Encaminando la amenaza, tira Eala, forjada ya de plomo ardiente, Y ambas sienes le pasa, y de la almena Le hace caer á la tendida arena.
CXXIII.
Entónces dicen que por vez primera Arco y flechas el príncipe troyano, Temidas ya de fugitiva fiera, Usó en guerra homicida; y por su mano Mató á un fuerte guerrero, de quien era Rémulo sobrenombre al de Numano, Y por mujer, de Turno, poco hacía, A la hermana menor tomado habia.
CXXIV.
El cual amenazando horrenda tala Va delantero, y del reciente enlace Haciendo y de sus fuerzas muestra y gala; Y clama audaz cuanto decir le place: «¡Oh pobres Frigios, los de suerte mala! ¿Tercer asedio enrojecer no os hace? ¿Y pensais que os serán reparo fuerte Frágiles tablas contra instante muerte?
CXXV.
»¡Y tal linaje en actitud guerrera Nuestras esposas pide, ó nuestras vidas! ¿Qué Dios os trajo, ¡míseros! qué fiera Demencia á Italia? Aquí no hallais Atridas Ni enlabiador Ulíses os espera; Antes lo habreis con gentes aguerridas Que su prole, al nacer, al rio llevan, Y de agua y hielo en el rigor la prueban.
CXXVI.
»Juventud es la nuestra que se emplea, Fatigando los montes, en la caza; Que en manejar el arco se recrea, Que en domeñar caballos se solaza. No hay duro empeño á que inferior se vea: Sobria, sufrida, inquebrantable raza, Ó con rastro tenaz doma la tierra Ó bate muros en abierta guerra.
CXXVII.
»Hierro es en todo tiempo nuestra usanza: Si movemos la tierra, al buey tardío Con el cuento aguijamos de la lanza: Ni gustos muda ni el nativo brío Edad provecta á quebrantar alcanza; Yelmos dan á las canas atavío: Mozo y viejo á la par conquistas hacen, Y en vivir de despojos se complacen.
CXXVIII.
»Vosotros, los de ropas en que arde Con el zafran el múrice de Oriente, Teneis por dentro un corazon cobarde: Es vuestra ocupacion ocio indolente, Voluptuosa danza es vuestro alarde: Con el frigio tocado ornais la frente, De cintas rodeándola y de lazos, Y en blandos pliegues enredais los brazos.
CXXIX.
»¡Oh Frigias, más que Frigios! ¡Id! Guarida Alta el Díndimo os abre: á sus parciales La flauta berecintia allá convida Con la usual melodía; ¿y los timbales No ois de la Deidad que reina en Ida? Id al báquico estruendo, y las marciales Luchas dejad á varoniles pechos; A llevar armas no alegueis derechos!»
CXXX.
Á vueltas de sus fieros y blasones No en calma Ascanio á tolerar se avino Del jayan los dicterios y baldones: Tiende el arco y atrae el nervio equino, Los brazos en contrarias direcciones Esforzando; mas, ántes que camino Dé su mano á la flecha voladora, Los ojos alza y reverente ora.
CXXXI.
«¡Oh Jove omnipotente! así me ampares Y premies con el éxito que imploro Mi empeño audaz; y ofrezco á tus altares En sacrificio un jóven y albo toro Que ya á las astas de su madre, pares Yerga las suyas, retocadas de oro, Que muestre corneando su ardimiento Y polvo con los piés esparza al viento!»
CXXXII.
Oyóle el Padre complacido, y truena Á izquierda mano, despejado el cielo. Descargándose al punto el arco suena, Y disparado el homicida telo De la cuerda tirante se enajena, El aire rasga en estridente vuelo, Llega, y traspasa con el hierro insano Las sienes cavernosas á Numano.
CXXXIII.
«¡Anda, soberbio, y al valor regala Con burlas que el castigo desafían! Los pobres Frigios, los de suerte mala, Esta respuesta á tu arrogancia envían.» Conciso Ascanio así su furia exhala. Los Teucros, que admirados le veían, En aplauso triunfal su nombre elevan Y al cielo la esperanza en alas llevan.
CXXXIV.
Desde un punto sereno de la esfera En una nube, sobre el aura pura, Apolo, el de la hermosa cabellera, Miraba en ese instante por ventura El fiero asalto y la defensa fiera, Y á Yulo vencedor así conjura: «¡Bien hayas, jóven de inmortal destino!, ¡Sigue! ¡ése es de los astros el camino!
CXXXV.
»¡Bien hayas, nieto ya, y futuro abuelo De Dioses! Cuanta guerra el hombre enciende, Trocarse en paz verá dichoso el suelo Reinando tu familia. A tí no extiende Troya su hado cruel.» Dice, y del cielo, Rasgando el aire vibrador, desciende A Ascanio, y de sus formas se desnuda, Y el rostro en el del viejo Bútes muda.
CXXXVI.
El cual del noble Anquíses escudero Y su fiel guardapuertas fuera un dia; Tiempos despues lo dió por compañero A Ascanio Enéas, y por útil guia. En la blanca cabeza y ceño austero Apolo, andando, á Bútes contrahacia, Y en la voz y el color y la apostura, Y en el bronco sonar de la armadura.
CXXXVII.
Y á Yulo enardecido, «¡Hijo de Enéas! ¡Basta!» dícele el Dios, «basta á tu gloria Que así á Numano castigado veas Bajo tu brazo. Esta primer victoria Apolo te concede, y, que le seas Émulo ya en el arma venatoria, No mira, no, con voluntad aviesa. Mas tú ya en el combate, ¡oh niño! cesa.»
CXXXVIII.
Trunco el discurso, y la mortal figura Deponiendo, á los ojos se evapora El Dios, raudo cruzando el aura pura. Descubrióse en la fuga voladora: Leve han visto los jefes su armadura, Y áun su aljaba alejarse oyen sonora;-- Y obedécenle ya: de la pelea Apartan al garzon, que la desea;
CXXXIX.
Y al peligro otra vez sus corazones Presentan. Por los muros va en aumento El bélico clamor. Fuertes varones Tienden el arco, ó del revuelto amiento Tiran sus jabalinas y lanzones. Todo de armas se cubre el campamento. Huecos yelmos doquier suenan y escudo: Con choques leves y con golpes rudos.
CXL.
Arrecia por momentos la batalla. Naciendo las Cabrillas, de Occidente Así tambien azotadora estalla La lluvia; con granizo así estridente Fiero turbion el piélago avasalla Cuando el Eter, con austros inminente, Empuja acuosa tempestad, y el trueno A las cóncavas nubes rompe el seno.
CXLI.
Pándaro y Bícias, de Alcanor de Ida Hijos, criados por la agreste Hiera En la selva de Jove (en tal guarida Ni arduo abeto ni cumbre hubo altanera Que á aquellos mozos superior se mida), La puerta que á guardar el Rey les diera Abren; y en su gran fuerza ambos seguros, Retan al enemigo á entrar los muros.
CXLII.
Á un lado y á otro armados aparecen Adentro, á fuer de torres, con cimera En que altivos plumajes resplandecen. Tal orillas del Po, ó á la ribera Del Atesis ameno, iguales crecen Dos encinas de intonsa cabellera, Y, el pié afirmando en el bañado suelo, Mueven la vana cresta allá en el cielo.
CXLIII.
Los Rútulos, la entrada al ver patente, Se lanzan. Cada cual con su cohorte, Sin más tardar avanzan ya: Quercente, Y Aquícolo, en las armas y en el porte Hermoso, y Tmaro, de ánimo vehemente, Y Hemon, alumno del feroz Mavorte: Estréllanse en su arrojo, y los primeros Dejan en el umbral vidas y aceros.
CXLIV.
Y, siguiendo á sus jefes los soldados, Ya espaldas vuelven los que atras venían; Mas cobra la ira hostil mayores grados, Y otra vez atacar tal vez porfían. Por su parte los Teucros, agolpados Hácia aquel punto, más y más confían; Y salen, y alejados de la puerta, Persiguen al contrario en liza abierta.
CXLV.
El rey Turno que, en otra parte, insano El espanto y la muerte á muchos lleva, Oye que encarnizándose el Troyano A abrir sus puertas orgulloso prueba; Del asalto emprendido alzando mano, Con ira que sus ímpetus renueva Acude, acorre á la patente entrada Por gemelos gigantes custodiada.
CXLVI.
Y á Antífate ante todos, que gallardo Ante todos tambien la planta mueve (Del alto Sarpedon hijo bastardo Que le nació de una mujer de Tebe), De itálico cerezo arroja un dardo Que en su garganta, hendiendo el aura leve, Va á hundirse: ancha la herida brota un rio, Y arde, hincado al pulmon, el hierro impío.
CXLVII.
A Afidno luégo, á Mérope, á Erimante Rinde, y á Bícias, que amenazas pára Rugiente, con mirada centellante; Contra venablos el arnes le ampara. Ni azagaya lanzó Turno al gigante; Con zumbadoras cuerdas le dispara Falárica mortal cual rayo fiero: A su empuje el taurino doble cuero,
CXLVIII.
Y áun con dobles escamas de oro fino La fiel loriga resistir no pudo: Desmayado el gran cuerpo al suelo vino, Tembló la tierra y retumbó el escudo. Con golpe así y estruendo repentino Yerto pilar que giganteo y mudo En ántes dominara el mar de Bayas, Cae tal vez en las soberbias playas,
CXLIX.
Y rueda así con ímpetu y rüina Y en el fondo del piélago se ensena: Toda se turba la extension marina Al impulso, y resurte negra arena; Y estremécese Prócida vecina Desde su asiento, y con espanto truena; Truena el áspero lecho de Inarime, Donde á Tifeo Júpiter oprime.
CL.
Entónces Marte armipotente asiste Y enérgicos estímulos añade A los Latinos, y de ardor los viste (A los Troyanos á la vez invade Con Pavor tenebroso y Fuga triste); Y ya, porque en sus almas se persuade El Dios guerrero y á la lid los guia, Invasores acuden á porfía.
CLI.
Como, postrado el cuerpo y la faz muerta, Al hermano infeliz Pándaro mira Y el mal suceso ve, cierra la puerta; Ella al empuje vigoroso gira: Con sus hombros anchísimos cubierta Él la tiene por dentro, y en su ira A muchos de su gente allende el muro Mezclados deja en el combate duro.
CLII.
Á otros, empero, de tropel, consigo Adentro recibió. ¡Ciego y demente! Que no ha echado de ver cómo al abrigo De aquella confusion, entre la gente El jefe del ejército enemigo Siguiendo impetüoso la corriente Penetra, como tigre despiadado En medio de pacífico ganado.
CLIII.
Entran, pues. Mas de súbito á sus ojos Brilla extraña vision: altos se mecen Sobre yelmo gentil crestones rojos; Crujen hórridas armas que estremecen, Y luz fiero broquel vibra á manojos... Al punto aquel semblante que aborrecen, Y aquel brazo feroz que temen tanto, Los Teucros reconocen con espanto.
CLIV.
Pándaro, en el furor á que la muerte De su mísero hermano le arrebata, Alzase entónces corpulento y fuerte, Y «El palacio dotal no ves de Amata,» Exclama, «ni Árdea es ésta que á tenerte Abre el recinto de sus muros, grata A un hijo vencedor. ¡Turno! has entrado En campo hostil, y ya salir no es dado!»
CLV.
Y Turno, con sonrisa de bonanza: «Mide, pues, esa diestra con la mia, Y á Príamo dirás que en mi pujanza Otro Aquíles topó tu cortesía!» Con nudos y corteza áspera lanza Pándaro desembraza; la desvía Juno en su vuelo: á herir el hierro acierta Los aires sólo, y se clavó en la puerta.
CLVI.
«No será cual la tuya inobediente Arma de esta mi diestra manejada, Ni ella sus golpes eludir consiente,» Dice Turno; y se empina, alta la espada. Y en la mitad descarga de la frente A Pándaro tan recia cuchillada, Que no paró sin que con ancha herida Las impubes quijadas le divida.
CLVII.
Cae el jayan; y el suelo en són profundo Treme, no acostumbrado á golpes tales. Con sangre y sesos el arnes inmundo Tiende en tierra, y á par descomunales Sus miembros, el coloso moribundo; A hierro en partes dividida iguales Cuélgale la cabeza á entrambos lados; Y cuantos miran esto huyen turbados.
CLVIII.
Si al vencedor al punto se ocurriera A sus parciales franquear la entrada Rompiendo con su mano la barrera. Fuera aquella ocasion postrer jornada A la emprendida lid, y luz postrera A la raza de Príamo cuitada;-- Mas de sangre la sed, que sangre huele, De los que huyen en pos loco le impele.
CLIX.
Y á Fáleris, y á Gíges, un jarrete Habiéndole en la fuga herido, alcanza: Con picas de éstos á otros acomete; Juno el fuego le da de su venganza. Clavó á Fégeo en su escudo, y arremete Tras de Hális, y hácia aquellos ya se lanza Que están desde los muros braveando: Prítanis, y Halio, y Noemon, y Alcrando...
CLX.
¡Tristes! no le aguardaban. Se le aboca Linceo, empero, entre ellos avisado, Y contra él, aunque tarde, los convoca: Turno se le adelanta, en un vallado Se apoya, el hierro esgrime, y le derroca De un tajo, con el yelmo destroncado La segada cabeza. Y luégo á Amico Postra, en despojos de la selva rico,
CLXI.
Cazador que cual nadie el arte y dolo De enherbolar saetas conocia. Mató despues á Clicio, hijo de Eolo; Y á Creteo, á quien fué la compañía Fiel de las Musas su deleite solo, Su ejercicio el laud, la poesía Su amor. Carros marciales, lides bravas Siempre, ¡vate infeliz! cantando estabas.
CLXII.
Oyen los jefes que el peligro llama: Mnesteo y el intrépido Seresto Allá acuden, y al ver que se derrama Medrosa turba ante invasor enhiesto Que aterra la ciudad, Mnesteo exclama: «¿A dó huis, insensatos? Más repuesto ¿Qué otro sitio hallareis ni más seguro? ¿Ó qué muro buscais allende el muro?
CLXIII.
»¿Un hombre triunfará de mil Troyanos Áun en medio de vallas y de aceros? ¿Y él solo entre vosotros, ciudadanos, Correrá haciendo impune estragos fieros? ¿Y para el Orco segarán sus manos La flor de nuestros jóvenes guerreros? ¡Qué! ¿Dioses, Patria, Rey nada os merecen, Ni os inspiran piedad ni os enrojecen?»
CLXIV.
Encorajados con palabras tales Rehácense, y en densa infantería Avanzan ya. Con armas desiguales Pausadamente del combate cia Turno, y hácia la parte en que fluviales Ondas besan el muro, se desvía, Miéntras con nuevo ardor y altos clamores Auméntanse sobre él los ofensores.
CLXV.
Cual leon de monteros acosado, Que los venablos contrapuestos mira Receloso, y á paso retrogrado Con miradas sañudas se retira: El valor en su raza vinculado Huir no le permite, ni la ira; Mas por medio de la áspera barrera Romper no puede, aunque romper quisiera;
CLXVI.
Así Turno tambien dudoso y lento Retrocediendo va; mas no desmaya, Y arde en vivo furor su pensamiento. Embestir una vez y áun otra ensaya, Y una vez y otra su ímpetu violento Pone á muchos en fuga, á otros á raya; Pero al fin en su daño se congregan Cuantos hay en el campo y juntos llegan.
CLXVII.
Ni ya la hija de Saturno osa Confortar al ahijado en su porfía Con nuevo aliento; que á Íris vaporosa Júpiter mismo desde el cielo envía, Y, encaminados á su régia esposa, Mensajes no süaves le confía, Que abandonar á Turno ordenan, caso Que de los muros él no arredre el paso.
CLXVIII.
Nada el mancebo, pues, con el escudo, Nada ya con la armada diestra puede; ¡Tanto el asalto arrecia áspero y rudo! Hace que en torno de sus sienes ruede Ruido asordante, el incesante, agudo Repiquete del yelmo: ábrese, y cede La armadura de bronce á las pedradas; Las rojas plumas vuelan arrancadas.
CLXIX.
Contra nube de dardos enemiga ¿Qué hará la copa de un broquel? Circunda A Turno ya la multitud; le hostiga Mnesteo con su lanza furibunda: Mana el sudor copioso en su fatiga; Raudal como de pez su cuerpo inunda: Fáltale aire vital; convulso aliento Al moribundo pecho da tormento.
CLXX.
¡Ved! con todas sus armas de repente, Como último arranque de su brío, Arrójase á las aguas. Blandamente En su rojo regazo el sacro rio Recíbele, y sumido en su corriente, Sangre, polvo y sudor le lava pio, Y devuélvele en ondas sosegadas Hermoso de su gente á las miradas.
LIBRO DÉCIMO.
I.
El palacio de Olimpo omnipotente Se abre entretanto. El Padre de inmortales Y Rey supremo de la humana gente A concilio en las salas siderales Convoca. Él desde allá ve el continente, Y las huestes del Lacio, y los reales Troyanos. Altos Númenes asoman, Y en el ámplio conclave sillas toman.
II.
«¡Celícolas ilustres!» Jove empieza; «¿Por qué mudais de acuerdo? ¿Por qué insanos Os dais á pelear con tal crueza? Yo vedara que Italia á los Troyanos Resistiese; ¿en qué cóleras tropieza Mi voluntad? ¿Por qué terrores vanos Acá el uno, allá el otro á lid se lanza Y va el hierro á empuñar de la venganza?
III.
»Ya la hora sonará de las batallas (No el tiempo acelereis), cuando Cartago Rompa el Alpe, y de Roma á las murallas Descargue por la brecha horrendo estrago. Podreis entónces desbordar sin vallas Hasta rapaces triunfos vuestro amago: Hora enfrenadle, y con semblante amigo Benditas paces afianzad conmigo.»
IV.
Conciso Jove habló. Ménos somera Fué la espléndida Vénus, que en su duelo Vuelta al Padre razona en tal manera: «¡Rey y eterno Señor de tierra y cielo, Divina Majestad! ¿ni en quién pudiera, Sino en tí, mi dolor hallar consuelo? Los Rútulos me insultan: ¡mira, mira Cómo entre ellos soberbio Turno gira!
V.
»Ya con propicio Marte hinchado llega Al cerco; audaz le invade: mal seguros Traban los Teucros áspera refriega Puertas adentro y en sus propios muros; Su misma sangre ya los fosos ciega. Enéas, ¡ay! sus míseros apuros Ausente ignora. ¿Y contra el duro asedio Nunca tú, nunca ya darás remedio?
VI.
»Renace Troya, mas con ella nace Otro ejército hostil como el aqueo; Ni se alza en pié, sin que, saliendo audace De Arpos etolia, el hijo de Tideo Otra vez á sus muros amenace. No han de cerrarse ya mis llagas, creo; Armas que á esta hija tuya ántes hirieran, Mortales armas, hoy tambien me esperan!
VII.
»Si á hurto ya de tí, ó á tu despecho, Fueron á Italia los Troyanos, lleven La justa pena del culpado fecho; ¡No tus furores, tu justicia prueben! Mas si camino solamente han hecho A do Dioses y Manes á ir los mueven Una vez y otra vez, ¿quién tus mandados Torcer intenta y reformar los hados?
VIII.
»¿Quién? ¿Ya no has visto en sicilianos mares Nuestras naves arder?... ¿No desencierra Éolo sus alados auxiliares?... ¿Íris no baja con mision de guerra?... Y hoy, porque áun parte tomen los hogares Independientes de Pluton, á tierra Sale Alecto, de allá abortada, y cruza A Italia, y cual bacante iras azuza!...
IX.
»Del prometido imperio nada alego; ¡Pude esperarle en hora más dichosa!... ¡Venza hoy quien quieras! Mas si en su odio ciego Á mis Teucros negar juró tu esposa Todo terreno hospicio, esto te ruego Por Troya hundida y su reliquia humosa. ¡Sálvese Ascanio del feral combate; Al nieto, ¡oh Padre! tu favor rescate!
X.
»Torne Enéas al mar, y rumbos déle Voltaria Suerte en ondas ignoradas. Mas este niño... verle me conduele; Yo le quiero librar de las espadas: Yo á Citera ó á Páfos llevaréle, O á Idalia y sus pacíficas moradas, Donde robado al militar rüido Consuma el tiempo en inglorioso olvido.
XI.
»Y reinen, si te place, hijas de Tiro; Cartago á Ausonia oprima en férreo mando; Y de este infante y su feliz retiro Nada teman... ¡Mas oh remate infando! ¿A los Teucros para eso en largo giro, El hierro y fuego asolador burlando, Que venciesen dejaste mil azares Por tantas tierras y por tantos mares?
XII.
»¿Y hoy que á Troya restauren en el Lacio Consientes, porque caiga en nueva guerra? ¡Valiera más que en el yermado espacio Que de sus padres la ceniza encierra A alzar tornasen imperial palacio! Su Janto y Símois, su nativa tierra Vuélveles, ¡ay! Si á muerte los destinas, Perezcan de la patria en las rüinas!»
XIII.
Habló á su vez con ímpetu iracundo La reina Juno: «La ocasion me obliga Un silencio á romper largo y profundo, Y el gran dolor á divulgar que abriga Secreto el corazon. ¿Quién ya en el mundo, Dí, mortal ó inmortal, es el que instiga A Enéas á la ofensa? ¿Quién le mueve A que al buen rey Latino guerras lleve?
XIV.
»¿Hados á Italia le impelieron? Cierto: ¡Casandra en su furor le abrió la via! Mas si hoy deja su campo, ¿el desacierto Que en dejarle comete, es culpa mia? ¿Eslo, si da su vida á un soplo incierto, Y el mando militar á un niño fia? ¿Que así la fe tirrena solicite, Y quietos pueblos sedicioso agite?
XV.
»Pues si él de propio acuerdo torpe yerra, ¿Hay decir que á su mal Juno le acosa, Y que Íris baja con mision de guerra? ¡Oh! ¡en el ítalo pueblo indigna cosa Es llevar llamas con que á Troya encierra Naciente; indigna en Turno (á quien la Diosa Venilia madre fué, Pilumno abuelo) Que en paz ocupe su nativo suelo!
XVI.
»¡Y cosa no ha de ser indigna y fea En el Troyano, si una tierra extraña Invadiendo feroz con negra tea Tala y subyuga en torno la campaña! No, si el suegro se apropia que desea Y ajena esposa en el hogar apaña; Ni ha de ser vergonzoso en frigias tropas Mentir sus manos paz y armar sus popas!
XVII.
»Tú sí que á Enéas en peligros graves Áun de las manos de los Griegos puedes Redimirle, y al cuerpo echarle sabes De aire y niebla sutil propicias redes; Tú en Ninfas de la mar truecas sus naves: ¡Y á fuero haciendo estás tantas mercedes, Y yo á tuerto he de obrar si en lado opuesto Un corto auxilio á mis parciales presto!
XVIII.
»Ignore Enéas lo que ausente ignora, Y tú olvídale en Páfos ó en Citera, O en tus grutas de Idalia. No que ahora En daño suyo, á una nacion guerrera Provocas, y á una raza vencedora! ¿Quién de frigias reliquias acelera El fin: yo, ó el que á los Griegos dando paso, Causó de Troya misma el gran fracaso?
XIX.
»¿Rompiendo antigua paz con rapto insano, Yo á Europa y Asia en militar porfía Comprometí? ¿Yo al forzador troyano, Cuando á Esparta asaltó, serví de guia? ¿Armas y amores ministró mi mano Al grande incendio? ¡Entónces te cumplia Por los tuyos mirar! ¡Al aire entregas Injustas quejas hoy, hoy tarde llegas!»
XX.
Tal Juno declamaba. Asentimiento Mostraban las Deidades sordo y vario Murmurando entre sí; cual suele el viento, Cuyos soplos el bosque centenario Erizan en templado movimiento, Y rondando el hojoso santüario Crecen luégo en rumores murmurantes, Nuncios de tempestad á navegantes.
XXI.
Habló entónces el Padre omnipotente, El que todo lo rige y lo compasa Con cetro universal. Profundamente Enmudece á su voz el alta casa De los Dioses; el éter eminente Calla; tiembla la tierra en su ancha basa; Encogidos los Zéfiros no alientan; Los mares su encrespada pompa asientan.
XXII.
«Atentos escuchadme, y lo que os diga Tened presente. Pues traer no es dado Teucros y Ausonios á amistosa liga, Ni tregua admite vuestro encono airado; Ya bogue el uno en esperanza amiga, Ya fie el otro en su presente estado, O Rútulo adalid ó Teucro sea, No ha de ser, no, que yo parcial los vea.
XXIII.
»Ora arribado hubiere á extraño suelo Por suerte adversa al Ítalo, ó por vano Error de patria y seductor señuelo, A resistir embates el Troyano, Ni á él redimo ni al otro. Ó gloria ó duelo Lábrele á cada cual su propia mano: El cetro universal yo á nadie inclino; Por sí los hados se abrirán camino.»
XXIV.