Eneida; v. 2 de 2

Part 11

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Por las riberas del Estigio hermano, Vorágines de negro ardiente lodo, Juró lo dicho el Númen soberano: La frente inclina, y al moverla, todo Tiembla el Olimpo. A aquel debate vano Término dando en tan solemne modo, Se alzó del áureo solio: á los umbrales Condúcenle entre sí los inmortales.

XXV.

El asedio estrechando á la muralla Instan á la sazon por toda parte Los Rútulos, cuidosos de tomalla Con llamas vivas y sangriento Marte. El troyano gentío entre su valla Vese acosado, y de salir no hay arte: ¡Ay tristes de sus nobles campeones Que las torres defienden y bastiones!

XXVI.

En ya ralo cordon cubren guerreros El muro. Ambos Asáracos en vano Se ofrecen, peleando en los primeros; Timete Hicetaonio, Timbre anciano, Y Asio, y Castor. Les fueron compañeros De Sarpedon el uno y otro hermano, Claro á par y Temon, á aquella guerra Venidos desde Licia, noble tierra.

XXVII.

Veis al lirnesio Acmon, que arrastra inerte Mole, parte de monte no pequeña, Y, cual su hermano Menesteo, fuerte, Y cual Clicio su padre, la despeña, Todo el cuerpo tendiendo. De esta suerte El agredido en arrojar se empeña Ya volador astil, ya piedra grande; Y hachas el agresor y dardos blande.

XXVIII.

Como perla de fúlgido destello En rojo oro engarzada, cuyo oficio Es dar adorno ya á la sien, ya al cuello; Ó bien como con clásico artificio Embutido marfil esplende bello En terso boj ó terebinto oricio, Tal Ascanio entre todos resplandece; Tal descubierta la cabeza ofrece

XXIX.

El digno barragan que Vénus ama, Y hermoso así por su cerviz de nieve El tendido cabello se derrama, Que á su frente hilo de oro ciñe leve. Mnesteo allí tambien (á quien la fama, Porque á él de Turno la expulsion se debe, Ha engrandecido) á la defensa asoma, Y Cápis, de quien Capua nombre toma.

XXX.

Tambien allí lidiando, los arpones Lanzaste que homicidas enherbolas A vista de magnánimas legiones, Tú, que tu nombre, ¡oh Ismaro! arrebolas, De ilustre orígen lidio con blasones, Hijo de aquel país donde con olas Doradas el Pactolo se desliza Y cultivados campos fertiliza.

XXXI.

Así unos y otros, sin ganar terreno, Recia lid pelearon todo el dia. Y en tanto Enéas á la mar el seno, Bogando en medio de la noche, hendia. Pues él, dejado á Evandro, y al tirreno Campamento venido, hablado habia Al jefe: nombre y patria le revela; Lo que ofrece le dice, y lo que anhela;

XXXII.

Y los recursos le describe luégo Que ha asociado Mezencio á su venganza; Píntale á Turno en sus enojos ciego; Pondérale cuán poca confianza Merece humano cálculo; y el ruego Añade á la razon. A la alïanza Tarcon se inclina, y, sin que instantes pierda, Sus fuerzas une y ya la marcha acuerda.

XXXIII.

A un extranjero príncipe obediente, Librada así del veto de los hados, Entrégase á la mar la etrusca gente, En los buques subiendo aderezados. La real nave de Enéas en la frente Muestra frigios leones sojuzgados, En tanto que en su popa se alza el Ida, Imágen á expatriados tan querida.

XXXIV.

Allí, en la popa, el ánimo constante Con pensamientos bélicos fatiga El grande Enéas. Muévele Palante, A su izquierda sentado, á que le diga Ya los astros que rumbo al nauta errante En noche opaca dan con lumbre amiga, Ya de su propia vida los azares, Cuantos corrió por tierras y por mares.

XXXV.

¡Hora, Musas, abridme el Helicona! ¡Inspirad al cantor! Decidme, cuáles Nobles salieron de la etrusca zona En auxilio de Enéas; qué navales Fuerzas ganosas de triunfal corona Corrieron á los líquidos cristales. Abrió Másico el rumbo: nao ferrada, Ante todas su _Tigre_ sobrenada.

XXXVI.

Mil jóvenes reune su bandera Que de Clusio vinieron y de Cosas, Y con aljaba al hombro andan ligera, Con arco audaz y flechas sanguinosas. Lanza su nave á par de esta primera, Con lucido escuadron de armas vistosas Abante adusto, y un Apolo de oro Presta á su popa tutelar decoro.

XXXVII.

Populonia, su patria, con seiscientos Mancebos le acudió para la guerra, No de experiencia militar exentos; Elba, que hierro inagotable encierra, Isla famosa, le envió trescientos. Adivino del cielo y de la tierra A quien tierra ni cielo nada oculta, Tercer caudillo, Asila, al mar insulta.

XXXVIII.

Él interpreta lo que parla un ave, Ve lo que abierta entraña significa, Y de los astros los secretos sabe, Y presagos relámpagos explica. En masa hórrida y densa, tras su nave, Arrastra mozos mil que calan pica: Ciudad los reclutó que de Elis viene, Nueva Pisa, y toscano asiento tiene.

XXXIX.

Sígueles de hermosura y de esplendores Vestido Astur; Astur, que va fiado En su potro y sus armas de colores: Con voluntad unánime, de grado Le acompañan trescientos guerreadores Que su nativa Cérete han dejado, Y á Gravisca insalubre, y la campaña Que Pirgo ilustra y la que Minio baña.

XL.

Tambien, Cínira, á tí nombrarte cuido, ¡Oh de Ligures capitan valiente! Ni á tí, Cupavo, dejaré en olvido, Que llevas por insignia de tu frente Un plumaje de cisne, envanecido Penacho tuyo y de tu electa gente: Amor fué vuestra culpa; vuestra gloria Eternizar del padre la memoria.

XLI.

Pues Cisne amó á Faeton, le honró con llanto; Y entre álamos frondosos, en su duelo, De las hermanas á la sombra, en tanto Que daba, dicen, al pesar consuelo Con la música dulce de su canto, Vistió de ancianidad el cano hielo, Blandas plumas tomó, y alzóse en ellas, Tendiendo en su clamor á las estrellas.

XLII.

El hijo á sus paisanos sigue ahora Con pequeño cortejo: monta el grande _Centauro_, y de los remos avigora El movimiento, porque el monstruo ande: El cual representado está en la prora; Un asido peñon la arma es que blande, Sobre el agua amagando lo suspende, Y ya con larga quilla el ponto hiende.

XLIII.

Ocno tambien de su natal ribera Una legion levó para la armada: Del tusco rio y Manto la agorera Hijo famoso: aquel que á tu morada Muros y nombre (el de su madre) diera, ¡Oh ciudad en abuelos bien dotada Que no de una, de triple estirpe vienes, Y tribus cuatro en cada raza tienes!

XLIV.

Centro es comun á tan diversas gentes Mantua; mas de su fuerza y poderío En la sangre toscana están las fuentes. Rencores granjeó Mezencio impío Allí tambien: quinientos combatientes Mincio conduce en vengador navío Dende el padre Benaco al mar salado, De verdes espadañas coronado.

XLV.

Marchando va majestuoso y lento Auléstes: con cien árboles azota El mar en levantado movimiento, Y la masa de mármol hierve rota: Es su nave un Triton, que corpulento Con su concha los senos alborota Del piélago cerúleo, y el semblante Cerdoso imita de un jayan nadante.

XLVI.

Tiene el monstruo los miembros desiguales, Busto viril y vientre de ballena; Y, hendiendo con el pecho los cristales, Medio hombre, medio pez, la espuma suena. En treinta buques con caudillos tales Así, en fin, el ejército se ordena Que en pro de Troya por los mares vino Con piés de bronce en líquido camino.

XLVII.

Desamparó los cielos aquel dia; Ya en alto la alma Febe el hemisferio En su carro noctívago impelia. Enéas desvelado, al ministerio De las velas atiende él mismo, y guia Firme el timon. En esto, en coro aerio, Ninfas, que fueron ya sus compañeras, Mira venir festivas y ligeras.

XLVIII.

Ninfas, de húmidos reinos moradoras Por superior mandato de Cibéles, Que de la mar transfiguró en señoras Tablas que fueron en la mar bajeles. Juntas bullen, y tantas como proras Férreas orlaron la ribera: fieles Reconocen de léjos á su dueño, Y le cortejan en tropel risueño.

XLIX.

Llegó jovial la que entre todas sabe Las gracias del decir, Cimodocea; Con la diestra la popa ase á la nave Cuyo dorso ella misma señorea, La izquierda boga en mudo afan süave, Y nuevas dando á aquel que las desea, «¿Velas,» le dice, «hijo de Dioses? Vela! Y sús! con alas desplegadas vuela!

L.

»Troncos fuimos nosotras ya en el Ida, Naves tuyas despues, del Oceano Ninfas hoy. Como aleve á nuestra vida El Rútulo atentó con fuego insano, Nuestra divina Madre condolida Mudónos: cables que anudó tu mano, Mal de grado rompimos; y ella Diosas Nos hizo de las mares espumosas.

LI.

»De tí, Enéas, venimos en demanda. Entre muros y fosos, y en aceros Envuelto Ascanio, arrostra con su banda Del Latino los ímpetus guerreros. Ya el sitio ocupan que tu voz les manda Arcades y toscanos caballeros; Mas no sin que abocar Turno se apreste Entre ellos y el real su armada hueste.

LII.

»Animo, pues; y al despuntar temprano De la próxima luz llama tu gente Al arma; y el escudo que Vulcano, Invicto dón de diestra ignipotente, Te dió, con cercos de oro, embraza ufano. Si tú confías que mi voz no miente, De Rútulos atroz carnicería Verá en pilas alzada el nuevo dia.»

LIII.

Dice; y como quien sabe el modo, y tasa La fuerza, da á la popa, al irse, un tiento, Y la despide, como astil que pasa, Por hábil mano disparado, al viento: Todas la imitan; la onda apénas rasa Alígera la flota. El gran portento Al punto Enéas vió con mente absorta; Fausto agüero le juzga, y se conhorta.

LIV.

Y á la celeste bóveda serena Vuelto, «¡Oh del Ida alma Deidad!» exclama; «Madre que honras el Díndimo, y almena Triunfal te ciñes, y al leon que brama Trajiste á la coyunda que le enfrena! Vén, vén propicia al pueblo que te llama!» No dijo más. La Noche en tanto huia; Y ya de lleno resplandece el dia.

LV.

Manda á su gente el adalid que apronte Los aceros, que á bélicas señales Preste el sentido, y al peligro afronte Fuerzas cobrando á la ocasion iguales. En pié él mismo en la popa, el horizonte Domina, y á su vista los reales Troyanos tiene. Con la izquierda luégo En alto embraza su broquel de fuego.

LVI.

Lo vió el pueblo sitiado, y de los muros Unánime clamor el aire envía; Lanzan todas las manos dardos duros, Creciendo la esperanza en osadía: Tal grullas de Estrimon nublos oscuros Cruzan con ruido en la region vacía, De los Austros huyendo, y libres de ellos Gritan gozosas con acordes cuellos.

LVII.

Oyó la voz que el entusiasmo exhala Pasmado el sitiador, que tal no espera; Hasta que, á ver tornando, mira en ala Las popas arrimarse á la ribera Y que en velas envuelto el mar resbala. Ardele al héroe la gentil cimera, Ígnea lengua en el aire es su garzota, Y el escudo de oro incendios brota.

LVIII.

Así tal vez en noche vaga y pura A los mortales pechos amedrenta Fúnebre desatando allá en la altura Cometa asolador su crin sangrienta; Y así tambien terrífico fulgura Fogoso Sirio en estacion sedienta, Y de hambre y peste amenazando al suelo Con su présaga luz contrista el cielo.

LIX.

Turno audaz áun por eso no desmaya; A los que llegan repeler emprende Antecogiendo la interpuesta playa, Y así en su ardor los ánimos enciende: «¡Mancebos! de las manos no se os vaya La ocasion codiciada que os atiende: En campo abierto, igual á cada parte, Ya, ya podemos reducir á Marte.

LX.

»Recuerde cada cual lo que á su esposa Y á su familia debe amenazadas, Y á ejemplo tome tanta accion famosa Que honró de sus mayores las espadas. ¡Sús! al agua corramos miéntras posa Inciertas en la arena las pisadas El invasor: atrevimiento pido; Asiste la fortuna al atrevido!»

LXI.

Tal dice; y vacilante considera Á quiénes dejará los bloqueados Muros, con quiénes él á la ribera Correrá. Por escalas sus soldados Desde las altas popas echa fuera Enéas á su vez. Cuál á los vados A saltar se aventura, donde mira Que el piélago desmaya y se retira;

LXII.

Cuál por los remos á bajar se afana. Tarcon la playa explora, y do serena Entrada observa, que ni espuma cana Quebrantada murmura, ni el arena Rehierve allí, mas en creciente plana Se desliza la mar calmosa y llena, Súbito á ese lugar proas convierte, Y exhorta á sus guerreros de esta suerte:

LXIII.

«¡Selecta juventud! sobre esa orilla Lanzad, lanzad con ímpetu de guerra El robusto espolon á dividilla! Batid el remo: en enemiga tierra Abrase surco nuestra misma quilla! ¡Oh! si el suelo una vez mi mano aferra, Nada me importa que en el punto mismo Rompido mi bajel vaya al abismo.»

LXIV.

Dijo; y aquellos que con él navegan Mueven el remo, y con acordes bríos Por hender los latinos campos bregan Impeliendo espumosos los navíos, Hasta que á descansar las proras llegan, Sin contraste de escollos ni bajíos, En lo enjuto. No así, Tarcon, tu popa, Que en un banco de arena áspero topa.

LXV.

Y allí en el agrio dorso, entre los vados, Pende, y despues de vacilar instantes, Fatigando las ondas sus costados, Abierta enajenó los navegantes Sobre las aguas. Remos destrozados Les impiden, y escaños fluctuantes, De los brazos la accion, y retrogradas Los enredan de piés las oleadas.

LXVI.

Ni á Turno embarazó torpe tardanza; Toda su hueste arrebatando fiero, Sobre los Teucros retador se lanza. Sonó el clarin. Enéas el primero Contra la agreste muchedumbre avanza, Y á hijos vence del Lacio (¡fausto agüero!) A su encuentro, de todos adelante, Vino Teon, descomunal gigante.

LXVII.

Al cual, del acerado coselete, Y túnica con oro retesada, Enéas las junturas rompe, y mete Por el costado adentro honda la espada. Con ella luégo á Lícas acomete, Quien, ya en el claustro maternal salvada, Infante, ¡oh Febo! te ofrendó su vida; Fuéle piadoso el hierro, hoy homicida!

LXVIII.

Mató despues á Gias corpulento Y al fornido Ciseo, cuyas clavas Peones derribaban ciento á ciento; Ni altos brazos ni hercúleas armas bravas Les valieron, ni haberte el grande aliento Heredado, ¡oh Melampo! á tí que andabas Un tiempo al lado del invicto Alcídes, Partícipe en sus suertes y en sus lides.

LXIX.

Veis á Faro, que voces da impotente; Enéas crudo acero hunde en su boca. Y tú, Cidon, que el blanco más reciente Sigues de tu pasion de mozos loca Siguiendo á Clicio, á quien la faz riente Temprana edad de blando bello toca, Tambien á golpes de dardania mano Allí yacieras con tu ardor vesano;--

LXX.

Mas no; que cuando herirte se promete Aquella mano, en ala en torno densa Los siete hijos de Forco dardos siete Lanzan, cada uno el suyo, en tu defensa: En el divino escudo y el almete Parte rebotan sin causar ofensa; Parte van á la piel, y entrado habria El hierro, cuando Vénus lo desvía.

LXXI.

Y al fiel Acátes vuelto dijo Enéas: «¡Oh! dame, dame el arma que solia Los cuerpos erizar de las aqueas Postradas huestes en mi patria un dia, Y á fe que contra Rútulos no veas Golpe con ella errar la diestra mia!» Dice, y á la venganza lisonjero, Fornida lanza toma al escudero.

LXXII.

Voló el hierro que el héroe desembraza, Y el escudo á Meon y la loriga Atraviesa, y su pecho despedaza. Acudiendo Alcanor con diestra amiga, Al hermano al caer sostiene, abraza. Mas su ímpetu furioso no mitiga El asta, y sanguinosa en su carrera Pasa el brazo á Alcanor, y áun sale afuera.

LXXIII.

Quedóle al infeliz pendiente y flaca, Mal atada á los músculos, la mano. Acude entónces Numitor, y saca Del lacerado cuerpo del hermano El venablo de Enéas, con que ataca A Enéas mismo. Fué su arrojo en vano; Que sólo á rasguñar un muslo alcanza Al grande Acátes la sesgada lanza.

LXXIV.

De Cúres con los suyos Clauso vino Presumido en su edad y lozanía. Rígida lanza este adalid sabino Desde léjos á Dríopes envía: Bajo la barba abriendo hondo camino Entra ella, y vida y voz róbale impía: Su rostro enmudecido el suelo besa, Y sangre de su boca mana espesa.

LXXV.

Sigue Clauso, y en modo vário atierra Tres Tracios, de la estirpe enaltecida De Bóreas; y otros tantos que á la guerra Enviaron el padre de ellos, Ida, E Ísmara su patria. Haleso cierra, Y cierran los Auruncos en seguida, Y Mesapo, aquel hijo de Neptuno, En caballos insigne cual ninguno.

LXXVI.

Cada uno á su adversario al mar cercano Lanzar intenta con ardiente brío: Confin de Ausonia aquel humilde llano Fué cerrado palenque al desafío, Donde latino ejército y troyano Disputan de la tierra el señorío: Ya en pugna cada vez más densa y brava, Brazo con brazo, pié con pié se traba.

LXXVII.

No de otra suerte en la region vacía En desapoderado afan los vientos Alzan tal vez descomunal porfía Con fuerza igual de opuestos movimientos; Y ni los nublos ni la mar bravía, Ni entre sí los contrarios elementos Ceden: larga es la lid, y en fiel persiste; Todo, en conflicto universal, resiste.

LXXVIII.

Entre tanto los árcades soldados Han venido á un lugar donde el terreno Dejó un crecido arroyo de arrancados Arboles, y rodadas piedras, lleno: Soltando los trotones, mal hallados En tan fragoso sitio á usar del freno, Si supiesen, á pié combatirian; Mas principiaron mal, y pronto cian.

LXXIX.

Palante dar les ve la espalda, y luégo Mira al Latino que les va al alcance, Y con voces ya amargas, ya de ruego (Postrer recurso en tan difícil trance), «¡Compañeros!» les dice, «¿un pavor ciego Será que á fuga ignominiosa os lance? Por tanto paso en que adquirísteis gloria, Por tanta conquistada alta victoria,

LXXX.

»Por nuestro rey Evandro, y la esperanza Que en vosotros cifró la ambicion mia, Émula de mi padre á la alabanza, ¡Oh! ¡volved caras! Hay que abrirnos via Entre enemigos á poder de lanza; Y donde grupo hostil nos desafía Más denso, por allí la Patria manda Que atraviese Palante con su banda!

LXXXI.

»¡No hay Dioses en la lid! somos mortales, Y es mortal el contrario que os aterra; Brazos tenemos y ánimos iguales. O á Troya ó á la mar: la mar nos cierra El paso con sus moles colosales; Troya nos llama; efugio no hay por tierra; Amigos, elegid sin más tardanza!» Dice, y entre el tumulto se abalanza.

LXXXII.

El primero en ponérsele delante (A quien mala ventura su rüina Aconseja) fué Lago: en el instante Que un gran guijarro á desraigar se inclina. Venablo duro voleó Palante, E híncaselo allí donde la espina Por medio las costillas demarcaba; Ya adherido á los huesos, lo desclava.

LXXXIII.

Miéntras él á cobrar el arma atiende, En venganza se arroja y en relevo Del muerto amigo, Hisbon, y airado emprende Sobrecoger el árcade mancebo. Inútil fué su arrojo; le sorprende, Mal prevenido contra golpe nuevo, Palante, revolviendo de contado, Y húndele el hierro en el pulmon hinchado.

LXXXIV.

Y á Estenio, y á Anquemolo, de la gente De Reto antigua originario, embiste, El cual de la madrastra osó impudente Manchar el lecho, y hoy á Turno asiste. Al filo de su acero juntamente Caiste tú, Laride, y tú caiste, Mísero Timbro, en los rutulios llanos: Hijos de Dauco, idénticos hermanos.

LXXXV.

¡Cuán dulce el confundir los dos gemelos Fué á sus padres! Con arma hora los pide Que el suyo le ciñó, Palante; ¡y hélos, Qué atroz desemejanza los divide! Pues rodó tu cabeza por los suelos, ¡Oh Timbro! y dueño busca en tí, Laride, Semiviva tu diestra cercenada, Y áun los dedos crispando, ase la espada.

LXXXVI.

Sigue Palante, y penetrando el viento Con un fiero lanzon que á Ilo dispara, Clava á Reteo, que á la fuga atento Su carro de dos potros alanzara En medio á éste y aquél. Por un momento Ilo así, sin pensarlo, el golpe pára; Cayó el otro, y asurcan sus talones El campo de las rútulas legiones.

LXXXVII.

Y fué así que Reteo en ese instante De tí, gran Teutra, y de tu digno hermano Tíres, dábase á huir; que de Palante Ya entónces el ejemplo no era en vano: No; que á su voz, á su ímpetu arrogante El dolor y el pudor se dan la mano A armar las de los Arcades, que anhelan Venganza, y de él en torno densos vuelan.

LXXXVIII.

Tal, por diversos puntos, en verano Pastor cuidoso un bosque incendia, y tales Con el viento las haces de Vulcano Vencen los interpuestos matorrales Y unidas corren sobre el ancho llano: Él, en alto sentado, los triunfales Esfuerzos de las llamas y su ira Con victoriosa complacencia mira.

LXXXIX.

Haleso, de otro lado, en armas fuerte, Embebido en las suyas se adelanta, Y á Féres, á Demódoco da muerte, Y á Ladon. A Estrimonio, que levanta El brazo, un tajo asesta, y cae inerte La mano que amagaba á su garganta. Con piedra hunde á Toante el cráneo, y huesos Mezclados esparció de sangre y sesos.

XC.

Cuidó en las selvas ocultar temprano Á Haleso, de desgracias agorero Su padre; mas no bien cerró, ya anciano, Los blancos ojos al sopor postrero, Las Parcas, salteando al hijo arcano, De Evandro le consagran al acero. Contra él Palante, ántes que el dardo libre, En sumisa oracion invoca al Tibre:

XCI.

«¡Padre Tibre!» murmura, «porque hiera Al duro Haleso el corazon, envío Esta arma voladora: en su carrera Tú concede fortuna al hierro mio, Y colgaré á una encina en tu ribera El despojo marcial.» Oyóle el rio; Y Haleso, á punto en que á Imaon guarnece, El pecho al golpe arcadio inerme ofrece.

XCII.

Al gran fracaso del sin par guerrero Temiendo que se arredre y desbarate El ejército, avánzase ligero Lauso, en la guerra alto poder: su embate De frente Abante recibió el primero, Que era el nudo y firmeza del combate; Y sucumben tras él árcades gentes, Y sucumben tirrenos combatientes,

XCIII.

Y áun vos, reliquias del rebato griego, ¡Oh Teucros! Ya ambas huestes férreos lazos Con caudillos iguales, igual fuego Traban, y abrevian de la lid los plazos: Apremian los de atras; el tropel ciego Menear no permite armas ni brazos; Y á un punto acorren con vigor pujante Contrarios entre sí Lauso y Palante.

XCIV.

En edad uno y otro floreciente, Ambos son en belleza singulares, Emulos en fortuna, ¡ay! que inclemente Tornar les veda á los nativos lares; Mas el Rey del Olimpo no consiente Que lleguen á medir sus fuerzas pares: A mayor enemigo reservados Marchan los dos bajo terribles hados.

XCV.

A Turno su divina hermana exhorta A que salte, y auxilio á Lauso preste; Y él, á su voz arrebatado, corta En carro volador la armada hueste, Y, á los suyos mirando, dice: «Importa Que treguas deis: yo lidiaré; sea éste Combate singular; Palante es mio. ¡Así viese su padre el desafío!»

XCVI.

Dijo, y campo la turba le franquea Pasmado oyendo aquel audaz mandato, Y viendo el pronto obedecer, rodea Palante á Turno con la vista un rato; Por su cuerpo gigántico pasea Los ojos: rabia muda en ceño ingrato Muestra á distancia: al fin, sin más respeto, Sale, y contesta del tirano el reto:

XCVII.