Part 12
«Despojo opimo arrancará mi espada, Ó, con gloria tambien, daré la vida. A un caso y á otro apercibido, nada Del padre ausente el ánimo intimida. Modera tu soberbia desbocada!» Dice, y avanza á do sus fuerzas mida: El árcade escuadron tiembla y recela: En los pechos la sangre el pavor hiela.
XCVIII.
De su carro á la vez Turno se apea, De dos brutos tirado; y marcha al duelo En silencio y á pié. Cual leon, que otea En lontananza á un toro audaz que el suelo Escarbando se apresta á la pelea, Y á él de su alta guarida acude á vuelo, Tal fué del adalid la semejanza En el momento en que á lidiar se avanza.
XCIX.
Ya que Palante á Turno estar advierte A tiro de asta, él desde luégo embiste, Por si, premiando al más audaz, la suerte Al ménos esforzado fausta asiste; Y ántes al aire inmenso de esta suerte Oró: «Tú, Alcídes, si de Evandro fuiste Huésped, y amigo te sentó á su mesa, ¡Oh! dame ayuda en mi arriesgada empresa!
C.
»Haz que Turno me mire á él moribundo Arrancarle las armas en despojos, Sangrientas; y al cerrarlos hoy al mundo Haz que me sufran vencedor sus ojos!» Oyó Alcídes su voz, y en lo profundo Del pecho comprimió tristes enojos Haciendo inútil llanto. Jove al hijo Estas palabras de consuelo dijo:
CI.
«A cada cual fijado está su dia; De la vida los términos estrechos Mortal ninguno traspasar podria; Mas la fama extender con grandes hechos Es dado á la virtud. ¿Hora sombría A cuántos no abatió, gloriosos pechos De sangre diva, al pié de la alta Troya? Aun mi hijo Sarpedon se hundió en la hoya.
CII.
»Turno mismo á la meta señalada Ya llega: el hado inevitable gira Sobre su frente.» Dice, y la mirada Del campo de los Rútulos retira. Palante á esta sazon su lanza osada Con grande esfuerzo á su adversario tira, Y arranca de la vaina incontinente La espada, que en su mano arde luciente.
CIII.
Allí el asta fué á dar donde eminente La armadura protege al hombro, y pudo Rasguño leve, al fin, al cuerpo ingente De Turno hacer, despues que de su escudo Las orlas penetró. Calmosamente Fornido azcon que acaba en hierro agudo Blandiendo Turno estuvo rato largo, Y estas voces lanzaba en tono amargo:
CIV.
«Tú ahora probarás si es más certero Mi dardo, y más que el tuyo penetrante.» Dijo; y aunque de láminas de acero Cubierto, y férreas planchas, de Palante El broquel, y aforrado en recio cuero, Por medio hendió la punta con vibrante Empuje, y dividiendo la trabada Loriga, el ancho pecho al triste horada.
CV.
El cual, en vano, arráncase caliente El hierro de la llaga; sangre y vida Huyen por una senda juntamente. Agobiado cayó sobre la herida; Aquel suelo enemigo con la frente Ensangrentada hirió, y en su caida Las armas resonaron. En voz alta Así clamando Turno encima salta:
CVI.
«Id, Árcades; y á Evandro en nombre mio Direis que al hijo, en la manera aciaga Que por su culpa granjeó, le envío. Que los honores últimos le haga Permítole, consuelo, ¡ay de él! tardío, Pues caro siempre el hospedaje paga De Enéas.» Calla, y con la planta izquierda Hace al yerto adalid que el polvo muerda.
CVII.
Del rico talabarte le despoja Al mismo tiempo, el cual ostenta impresos Cincuenta infaustos tálamos que moja Sangre de esposos míseros, opresos Por viles fembras, en mortal congoja Vuelto el gozo nupcial: fieros sucesos Que en chapas de oro ayer Clonio esculpiera; Hoy de ello Turno ufano se apodera!
CVIII.
Mas ¡ay! alucinada fantasía Del hombre, que la suerte venidera No conoce jamás; jamás, el dia De la dicha, sus ímpetus modera! Tiempo será en que Turno compraria La vida de Palante si pudiera, Nunca manos pusiera en él, y á enojos Este triunfo tendrá y estos despojos!
CIX.
Los Árcades, con gran gemido y llanto, A Palante sacaron de la arena Puesto sobre un escudo. ¡Ay triste! ¡cuánto De gloria al genitor, cuánto de pena Llevas! Róbate envuelto en alto espanto El dia mismo que en la lid te estrena; Mas no sin que ántes dejes de hombres muertos Los campos de los Rútulos cubiertos!
CX.
En tanto á Enéas, no el susurro llega, Sí mensajero cierto del fracaso; Que es perdida, le dice, la refriega, Si él no acude. A su voz se lanza, y paso Se abre á filo de espada; en torno siega Cabezas, ancho campo deja raso, Y á Turno, que en su triunfo se encarniza, Ardiente busca en la revuelta liza.
CXI.
No se apartan un punto de su mente Palante, Evandro: aquellos fraternales Banquetes á que huésped fué presente, Aquellas diestras que estrechó leales. Cuatro hijos de Sulmon, cuatro que Ufente Nutriera, coge vivos, á los cuales La amada sombra honrando él mismo hiera, Y su cautiva sangre dé á la hoguera.
CXII.
De léjos lanza airada arroja luégo A Mago, que mañoso el golpe esquiva Y á sus rodillas con lloroso apego (Por encima la lanza fugitiva Pasó vibrando) exhala humilde ruego: «Deja que á un padre yo, que á un hijo viva; Hazlo en amor de ese hijo en quien esperas, Por la sombra del padre á quien veneras!
CXIII.
»Rescate ofrezco: tengo una alta casa, Y allí de plata, en sótano profundo, Cincelados talentos, y sin tasa De oro labrado y sin labrar abundo. ¿O piensas que á tu campo el triunfo pasa Porque esta alma mezquina huya del mundo? ¿Qué gaje para tí, qué gloria es ésta?» Enéas irritado le contesta:
CXIV.
«Libre herede tu prole, de oro y plata Ese caudal que tu palacio encierra; Turno, muerto Palante, el fuero mata De los pactos y trueques de la guerra. Esta es al padre, ésta es al hijo grata Sentencia.» Dice; con la izquierda aferra El yelmo, y hasta el puño en la doblada Cerviz del suplicante hunde la espada.
CXV.
Ved al hijo de Hemon que se avecina, Sacerdote de Febo y de Dïana: Honra sus sienes la ínfula divina, Y todo él resplandece, de galana Ropa cubierto y de armadura fina. Cierra Enéas con él, con furia insana Le echa á tierra, y sobre él se regocija, Y con sombra de muerte le cobija.
CXVI.
Recoge en hombros el soberbio arreo Seresto: á tí, que el campo en sangre bañas, Alzarle ha, rey Gradivo, por trofeo. Ya en contra veo á Umbron (que las montañas De los Marsos dejó), con él ya veo Restablecer la lid con sus hazañas A Céculo, hijo ardiente de Vulcano. A ellos se lanza el adalid troyano.
CXVII.
El cual de un tajo derribado habia A Anxur la izquierda mano y del escudo El cerco ponderoso (Anxur, que fia En cierta frase mágica, y desnudo Por ella de temor, ya al cielo erguia El pensamiento, y prometerse pudo Edad prolija y venerables canas: ¡Todo error grande y esperanzas vanas!);
CXVIII.
Cuando, con armadura refulgente, De Fauno que en las selvas habitaba Y la ninfa Driope procedente, Tarquito arrostra audaz su furia brava: A éste la cota y el paves ingente Con su asta misma él de traves entraba, Y la cabeza al que, rogando, áun iba Mil cosas á decir, hiere y derriba.
CXIX.
Y el caliente cadáver impeliendo, Con pecho rencoroso dice encima: «Madre aquí no vendrá, ¡jayan tremendo! Que tu cuerpo con blanda tierra oprima, Ni habrás patrio sepulcro. Te encomiendo A las aves de presa, ó á la sima Te lleven de la mar sus ondas vagas Y peces gusten tus sangrientas llagas.»
CXX.
Luégo á Anteo y á Luca se convierte, Avanguardia de Turno, al bravo Numa; Y al hijo de Volcente, aquel Camerte De faz bermeja, á quien riqueza suma De tierras entre Ausonios cupo en suerte, Y reinó en la callada Amicla, abruma;-- Caliente ya su acero, en la campaña Desborda el héroe inatajable saña.
CXXI.
No de otra suerte contra el cielo un dia Cien brazos Egeon y manos ciento Ejercitaba en dura rebeldía, Y de sus pechos inflamado aliento Por las cincuenta bocas despedia, Y de Jove á los rayos igual cuento Contrapuso de escudos y de puntas, Todos crujiendo, y amagando juntas.
CXXII.
Ya á los cuatro caballos se encamina, Que briosos avanzan, de Nifeo; Ven que los dientes con furor rechina, Venle acercarse á paso giganteo, Y temieron, y en fuga repentina Dan al carro hácia atras brusco rodeo: Quedó en tierra tirado el triste auriga, Y vuela al mar la alígera cuadriga.
CXXIII.
Al campo en esto, rebosando en ira, En carro llegan Líger y Lucago Que alba pareja de caballos tira: Las riendas rige aquél; haciendo estrago Este la espada fulminante gira. No sufrió Enéas el soberbio amago; Y ya á los dos hermanos firme avanza, Gigantesco de verse, alta la lanza,
CXXIV.
«Caballos de Diomédes frigia tierra Aquí no ves hollar, ni aquesta brida De Aquíles rige el carro: aquí la guerra Acabará, y acabará tu vida!» Esto Líger diciendo, ¡cuánto yerra! Léjos voló su necio hablar. Ni cuida Enéas con razones contestalle; Con arma, sí, que de terror le acalle.
CXXV.
A aguijar los trotones se doblega Lucago, y en sazon que echa adelante El pié siniestro, á lid dispuesto, llega Y la orla baja del broquel brillante, Y la ingle izquierda luégo, el asta ciega Taládrale. Rodando en el instante Moribundo se arrastra el infelice; Y en tono amargo el vencedor le dice:
CXXVI.
«No de enemiga fila espectro vano, Ni ya de tus bridones tardo el vuelo, Lucago, te entregó. Saltaste al llano Sobre las ruedas por tu propio anhelo.» Dice, y ase del tiro. El triste hermano Del carro mismo se escurriera al suelo Y las inermes palmas extendia, Y esta plegaria balbuciente envía:
CXXVII.
«Por tí, y aquellos á quien es debido Tu sér, ¡que con piedad, señor, me veas, Y esta vida me dejes que te pido!» Rogando sigue; y replicóle Enéas: «No así hablabas en ántes, fementido; Vé, y fiel hermano con tu hermano seas!» Y con la espada el pecho vengadora, Santuario del alma, hondo le explora.
CXXVIII.
Por el campo con ímpetu creciente El dardanio adalid destrozos tales Hacía, cual horrísono torrente Ó cual negra legion de vendavales Enfurecido. Y ved que de repente Salen, desamparándolos rëales, El infantil caudillo y sus soldados Con dicha á dura extremidad llegados.
CXXIX.
«Amadísima esposa y dulce hermana!» Así Jove entre tanto dice á Juno, A ella vuelto de grado: «no fué vana Tu prevision; auxilio da oportuno Vénus sin duda á la nacion troyana: Ni ánimo ellos viril ni ardor alguno Tienen para la guerra (bien dijiste); Ni fuerza ni constancia les asiste!»
CXXX.
Sumisa contestó la excelsa Diosa: «Hermosísimo esposo de mi vida! ¿Por qué haces en esta ánima, medrosa De tus duros mandatos, nueva herida? Si áun dieses, cual debieras, á tu esposa De aquel antiguo amor llena medida, No me negaras, soberano dueño, Sacar á Turno del sangriento empeño.
CXXXI.
»Y yo á Dauno su padre le tornara Incólume... ¡Pues no! ¡ruede en el suelo, Y en su sangre inocente enmienda cara Tomen los Teucros! Por tercero abuelo Cuente en vano á Pilumno; su preclara Estirpe en vano se remonte al cielo, ¿Qué te importa? y de ofrendas mil en vano Haya ornado tus pórticos su mano.»
CXXXII.
Así entónces le dió respuesta breve El Señor del etéreo alcázar: «¿Plazo Quieres mayor para el doncel que debe Caer al fin bajo enemigo brazo? Si eso te basta, no será que pruebe Tu justo anhelo en mí duro rechazo: Prófugo á Turno saca del combate, Y que el golpe inminente se dilate.
CXXXIII.
»Y nada más: si á vueltas de tu ruego Halagas encubierta confianza De reprimir de la discordia el fuego Y en los hados hacer total mudanza, Hasta ese punto en mi poder no llego, Y alimentas inútil esperanza.» Tornó Juno, los ojos hechos fuente, A hablar, y dijo así con voz doliente:
CXXXIV.
«¡Si lo mismo, Señor, que áun no deparas En voz expresa, el corazon queriendo Lo acordase, y la vida aseguraras Que hoy á Turno perdonas! ¡No que horrendo Fin le espera inculpable! ¿Ó á las claras Yo, de asustada, la verdad no entiendo? ¡Ojalá que me engañe, y dé tu Alteza Rumbo mejor á lo que á ser empieza!»
CXXXV.
Dijo, y de lo alto se lanzó del cielo Moviendo tempestoso torbellino, Cubierta en torno de nimboso velo: A las haces troyanas y al latino Campamento encamina recto el vuelo; Luégo, á imágen de Enéas (¡oh divino Prodigio!), de sutil vapor su mano Un espectro fabrica hueco y vano.
CXXXVI.
Y de imitado arnes y falso escudo Reviste á aquel fantasma; de la hadada Cabeza del Troyano el penachudo Morrion le finge, y la dardania espada; Voz vana, acento de intencion desnudo Le da, y remedo de viril pisada; Cual soñada vision, ó aparecida, Que se alza, dicen, al faltar la vida.
CXXXVII.
Ya el fingido guerrero sale á plaza, Y acicalado á vista gallardea De las primeras filas, y amenaza Al contrario, y le llama á la pelea. Encárasele Turno, y desembraza Desde léjos la lanza que blandea, Silbante: la fantástica figura Vuelve la espalda y huye con presura.
CXXXVIII.
Cayó Turno en la red; y á la esperanza De acabar con Enéas, aire toda, El alma, lisonjero á la venganza, Abrió sedienta, de placer beoda. Y «¿A dónde, Enéas, vas?» grita, y se lanza; «No, no abandones la ajustada boda! Tierra que, hendiendo el mar, buscando vienes, Te la dará mi diestra; aquí la tienes!»
CXXXIX.
Tales clamores, insensato, exhalas Vibrando el hierro vengador, que envía Centellas; ¡y no ves que el viento en alas Tu deseo se lleva y tu alegría! Echado el puente y puestas las escalas, Pegada á un alto escollo estar se via La nao en que de Clusio el rey Osinio Llegara allí con militar dominio.
CXL.
A ella la sombra, tímida y ligera, Corre á ocultarse. No se desconhorta Turno, demoras vence, de carrera Los altos puentes salta, al barco aporta. Mas no bien de la proa se apodera, Juno invisible ya la amarra corta, Al lance atenta, y de la orilla suelto El casco arrastra sobre el mar revuelto.
CXLI.
Ni ya el fantasma de ocultarse trata, Mas alzándose en forma inconsistente Oscura nube al aire se dilata. Y miéntras busca á su rival ausente En medio Enéas de la liza, y mata A cuantos por do pasa le hacen frente, Envuelto en impensado torbellino Ya Turno de alta mar lleva camino.
CXLII.
Ingrato á un beneficio que no entiende Tornó á mirar, y con doliente grito Entrambas manos hácia el cielo extiende: «¡Omnipotente padre! ¿Qué delito Cometí, que tu saña así se enciende Y mal tan grande sobre mí concito? ¿Qué es de mí? ¿dónde estoy? ¿Qué fuerza nueva A dónde, en fuga, y como quién me lleva?
CXLIII.
»¿Acaso hácia Laurento rumbo sigo? ¿Ó volveré por suerte á mis reales? ¿Y qué dirán aquellos que conmigo Vinieron á la guerra, y á los cuales (¿Es verdad? ¡oh vergüenza!) al enemigo Abandoné y á horrores funerales? Ya, ya los veo que dispersos mueren; ¡Ay! ¡sus lamentos mis oidos hieren!
CXLIV.
»¡Abriese, á devorarme, una honda boca La tierra! Ó vos, más bien, al ruego mio Venid, ¡oh vientos! contra dura roca Arrebatad piadosos mi navío; Esperanzado en vos Turno os invoca! ¡Allá estrelladme en áspero bajío, Do Rútulos no lleguen, ni importuna Fama me siga ni memoria alguna!»
CXLV.
Dice, y en zozobrante afan no sabe Entre intentos dudosos qué decida: O si ya, enloquecido por tan grave Afrenta, el pecho sin piedad divida Con frenético acero; ó de la nave Se arroje, y á poder de brazos pida En su bélico ardor la orilla corva Venciendo el ponto que lidiar le estorba.
CXLVI.
Tres veces uno y otro pensamiento Traer á ejecucion el triste ensaya, Y tres veces tambien su osado intento La Diosa que le asiste puso á raya, Condolida; y en blando movimiento Hace que en brazos resbalando vaya De hirviente espuma á términos seguros: Del padre Dauno á los antiguos muros.
CXLVII.
Mezencio á esta sazon, por sugestiones De Jove, suple del que huyó la falta, Y con valor sereno las legiones Teucras invade, á quien el triunfo exalta; Embisten los tirrenos escuadrones Al odiado adalid que al campo salta; Contra él, todos contra él vuelven sus miras Con densas armas y comunes iras.
CXLVIII.
Mas él, como alto escollo, inmoble, osado, Que reina sobre el mar, y combatido Por las ondas y vientos, sin cuidado Oye de hondas y vientos el bramido, Así resiste á un lado y á otro lado. A Hebro Dolicaonio, sin sentido Echa á tierra, y á Látago derriba, Y á Palmo en su carrera fugitiva.
CXLIX.
No á estos dos de una suerte; que de roca Con un pedazo enorme se adelanta A Látago, y le aplasta rostro y boca; Mas á Palmo una corva le quebranta, Y déjale arrastrar, miéntras coloca La ganada armadura, que levanta, En los hombros á Lauso, y en la frente El creston del rendido combatiente.
CL.
Mató luégo Mezencio al frigio Evante: Y á Mimante, que á Páris compañía Hizo, en edad y en gustos semejante: Hécuba el hacha que soñado habia Dió á luz la noche misma en que Mimante A Amico de Teana le nacia: Aquel reposa bajo el patrio cielo; Cae éste oscuro en peregrino suelo.
CLI.
Cual jabalí que en años se aposenta Allá en Vésulo, entre alto y alto pino, O de selvosas cañas se apacienta Oculto en el pantano Laurentino; El cual feroz se pára, y nadie intenta De cerca herirle, si á las redes vino A colmilladas de uno y otro perro; Los dientes cruje, eriza frente y cerro,
CLII.
Y á todo lado impávido amenaza; Y á distancia dan voces y se airan Los monteros en torno, y él rechaza En sus lomos los chuzos que le tiran: Contra Mezencio en semejante traza Los que con justa indignacion le miran, Muestran, no cuerpo á cuerpo, sus furores, Sino á trechos, con dardos y clamores.
CLIII.
Vino ganoso de marcial trofeo De la antigua Corito Acron, de griega Raza, que por su fuga, su himeneo Dejó sin consumar. En la refriega Con ricas plumas y purpúreo arreo Que su novia le dió, luciente llega. Mezencio en un tropel aquella roja Vislumbre vió, y alegre allá se arroja.
CLIV.
Tal, cuando altas majadas importuno Ha rondado un leon con rabia hambrienta, Si alguna cabra huyente ó ciervo alguno Divisó de engreida cornamenta, Salta á su presa, y, largo tiempo ayuno, Abre ancha boca, crespa crin avienta, Y á las entrañas con ardor se clava, Y en negra sangre el rostro horrendo lava.
CLV.
Cayó el mísero Acron, y semivivo, Batiendo con los piés la odiosa tierra, Roto dardo ensangrienta. Fugitivo Iba Oródes; pero hecho á franca guerra Más que él, y ménos que él á plan furtivo, No quiso herirle á salva mano, y cierra Mezencio pecho á pecho, y le derriba, Y con el pié y la lanza en él estriba.
CLVI.
Y dice: «¿Á Oródes el de insigne fama Visteis, amigos, en la lid? ¡Pues hélo Bajo mis piés!» Con él la turba clama, Y el grito de victoria sube al cielo. «Quienquier seas, tambien, tambien te llama,» Repuso el moribundo, «aqueste suelo No harás impune de mi muerte alarde, Ni será, no, que la venganza tarde!»
CLVII.
Mezencio, con sonrisa que señales De ira disfraza, replicó: «¡Tú muere! El Señor de mortales é inmortales Disponga allá de mí como quisiere.» Pronunciando feroz palabras tales La lanza arranca, sin que á más espere: A eterna noche al mísero destierra El férreo sueño que sus ojos cierra.
CLVIII.
Sacrator sin piedad á Hidaspe trata; Triunfante á Alcato Cédico acomete; Rapo á Partenio y á Orses, que recata Gran fuerza, humilla; á Cronio y á Ericete, Hijo de Licaon, Mesapo mata: A aquél tendido en tierra, audaz jinete Por su bridon indómito arrojado; A éste pugnando á pié, de á pié soldado.
CLIX.
Ágis de Licia á estos combates vino, Tambien como peon: con él Valero Cierra, y le vence, insigne paladino De prístinas virtudes heredero. Salio á Tronio; Neálces, que camino A flechas alevosas da certero, A Salio hirió á su vez. Tal iba Marte Mezclando el campo, igual á cada parte.
CLX.
Todo era estrago y confusion: caian Vencidos á la par y vencedores, Y ni los unos ni los otros cian. De Jove en los altivos miradores Pensar duele á los Dioses cuál porfían Los hombres tan sin fruto en sus furores: Vénus acá, allá Juno ven la riza; Pálida Furia en medio se encarniza.
CLXI.
Viene Mezencio amenazante y feo Gran lanza sacudiendo, como esguaza, Orion á pié los golfos de Nereo Con mole descollante, cual de caza Tornando de los montes giganteo Añoso fresno empuña á fuer de maza, Corren sus piés sobre la humilde broza Y allá entre nubes la cabeza emboza.
CLXII.
Tal va con grandes armas el tirreno; Y Enéas, que veloz llegar quisiera, Con los ojos le busca, de ardor lleno, Allá á lo largo de enemiga hilera: Firme el otro en su basa ve sereno Al osado adversario á quien espera; Mide el tiro á la lanza con la vista, Y «¡Así esta diestra, que es mi Dios, me asista,
CLXIII.
»Y aqueste hierro que vibrante á Enéas,» Dice, «en castigo á su insolencia arrojo! ¡Y á fe, Lauso, y á fe que con preseas Que á ese bandido arrancaré en despojo, Trofeo vivo de mi triunfo seas!» Calla, y tira de léjos en su enojo La silbadora lanza. Ella el escudo Troyano hiere, mas entrar no pudo;
CLXIV.
Y á distancia en su vuelo rechazada, Va de allí al noble Antor, y hondo camino Le abre entre las costillas y la ijada. Compañero de Alcídes, de Argos vino Antor, y á Evandro unido, hizo morada En ítala ciudad. Hoy ¡triste síno! Cae de extraviado golpe: al cielo mira, Y su Argos dulce recordando, espira.
CLXV.
Tocó á Enéas su vez: su lanza vuela, Y lienzos, bronce triple y triple cuero Traspasa á la ancha y cóncava rodela De Mezencio; va á la ingle; pierde empero Su fuerza allí: brota la sangre: vela Gozoso el agresor; tira ligero De la espada, pendiente al muslo, y salta Sobre el herido, á quien la fuerza falta.
CLXVI.
De dolor y de amor lanzó un gemido Y dejó por su faz correr el llanto Lauso, en viendo á su padre mal herido. ¡Mancebo memorable! no en mi canto Callaré tu alabanza; ni en olvido Caerán (si á una virtud de precio tanto Crédito ha de prestar la edad futura) Tus nobles hechos y tu muerte dura.
CLXVII.
Perdido ya el vigor, la accion perdida, Pasos Mezencio daba atras doliente, Trayendo en el broquel la asta homicida. Interpúsose entónces impaciente El mancebo, y haciendo que divida La atencion el troyano combatiente, Entretiene la furia de la daga Con que éste, alta la diestra, ávido amaga.
CLXVIII.
Así del vencedor el movimiento Lauso embarga; y con alta gritería Apóyanle los suyos, miéntras lento El padre resguardado se desvía Por la pelta del hijo. Armas sin cuento Sobre Enéas la turba en tanto envía De léjos; y él, ardiendo en furia nueva, Firme y guarnido el choque sobrelleva.
CLXIX.