Part 13
¿Quién vió tal vez en recio pedrisquero Romper las nubes y azotar la tierra? Huyen los labradores; y el viajero, Como en alcázar natural, se encierra En cava umbrosa ó sólido agujero Que algun rio le ofrece ó agria sierra; Y aguarda allí para seguir su via, Que calme la tormenta y abra el dia:
CLXX.
Así de todas partes asaltado Eneas se recoge y acoraza Miéntras escampa el áspero nublado; Y á solo Lauso increpa, á él amenaza, Diciéndole: «¿Dó vas, dó vas, cuitado? ¿Qué audaz resolucion incauta abraza Tu voluntad? A tanto no eres fuerte; Tu atolondrado amor corre á la muerte!»
CLXXI.
No por eso el mancebo se modera; ¡Y cuál sube de punto y se derrama Del Troyano el furor! Parca severa A Lauso no perdona: de su trama Vital recoge ya la hebra postrera. ¡Demente! él mismo el golpe adverso llama: Vibrando Enéas el brioso acero Por medio al infeliz lo esconde entero.
CLXXII.
Pasó el hierro la pelta (asaz ligera Arma á tanta arrogancia) y la loriga Que de hilos de oro tierna madre hiciera; Llenóla en sangre; y triste se desliga El alma, y á otro mundo huye ligera. Ni pudo Enéas ya como á enemiga Aquella faz mirar, faz moribunda Que extraña palidez baña y circunda.
CLXXIII.
Tan bello ejemplo de filial ternura Movióle á compasion, tiende la diestra Y dice á Lauso: «¡Ay jóven sin ventura! ¿Ya el pio Enéas qué ha de darte en muestra De homenaje á virtud tan noble y pura? Al ménos tu ceniza él no secuestra; ¡Oh! si algo valen fúnebres honores Al lado dormirás de tus mayores!
CLXXIV.
»Lleva esas armas, tu delicia enántes, Y este consuelo en tu forzosa muerte, Que caiste, no á manos infamantes, Del grande Enéas bajo el brazo fuerte!» Dijo, y á los parciales vacilantes De tardos riñe, y alza á Lauso inerte. ¡Mísero Lauso! en sangre mancha aquellos Que á la usanza aliñó pulcros cabellos.
CLXXV.
Entretanto á la márgen tiberina Fuerzas cobrando el genitor doliente, Con la linfa restaña cristalina De la herida cruel la abierta fuente, Y de un árbol al tronco el cuerpo inclina. De un ramo más allá se ve pendiente El yelmo duro, y el arnes pesado Ocioso está sobre el tapiz del prado.
CLXXVI.
Flor de mozos guerreros le rodea: Él anhelante, sin vigor que rija Sus acciones, el cuello que flaquea Apoya; y cubre el pecho con prolija Rizada barba. Oir nuevas desea De Lauso, en Lauso está su mente fija; Y mensajeros de su afan cuitado Envía, que le vuelvan á su lado.
CLXXVII.
Mas ya sobre sus armas extendido, Ingente él mismo y con ingente llaga, Traen á Lauso, haciendo gran plañido, Sus soldados. De tanto mal presaga El alma léjos entendió el gemido; Y sus canas manchando en polvo, halaga Mezencio su dolor; las palmas tiende Al cielo; el hijo entre sus brazos prende.
CLXXVIII.
«¿Tanto el halago de existir convida,» Dice, «y tanto obró en mí, que al enemigo Te entregué en mi lugar, prenda querida? ¡Y yo (¡padre infeliz!) viviendo sigo! ¡El hijo que engendré me da esta vida, Yo la muerte le doy! Siento y maldigo El peso horrendo de mi suerte ingrata; ¡Esta sí es honda herida, esto sí mata!
CLXXIX.
»¡Y tu nombre tambien con mi pecado. Hijo del alma, yo manché, del trono De mis padres, por odios arrojado! ¡Así de mis vasallos al encono Con muertos mil hubiese allá pagado Mi crímen! ¡No que en mísero abandono Sobrevivo! ¿Y no dejo todavía Los hombres y la odiosa luz del dia?...
CLXXX.
»¡Dejaréla!» Y diciendo se levanta Sobre el enfermo muslo: aunque le impide Fiero dolor mover la torpe planta, Animo cobra, y su caballo pide Que con bien le sacó de guerra tanta: En él su gloria y su aficion reside, Noble consolador, fiel compañero. Al afligido bruto habló el guerrero:
CLXXXI.
«Hemos vivido á fe tiempo sobrado, Rebo, yo y tú, si mucho tiempo dura Cosa alguna mortal. Ó ensangrentado Hoy el vulto traerás y la armadura De Enéas, y á mi Lauso harás vengado; O si todo camino cierra dura La desgracia al valor, caerás! Te digo Que has de vencer ó de morir conmigo.
CLXXXII.
»Que tú, digno bridon, nunca á villanos Yugos el cuello inclinarás; ¿ni cómo Habrias de admitir amos troyanos?» Dice, y monta el corcel, que humilla el lomo A recibirle; se llenó las manos De agudos dardos, y asentóse á plomo: Guarnecida de bronce centellea Su frente; áspera crin encima ondea.
CLXXXIII.
Rápido á los contrarios se abalanza; En el pecho le hierven á porfía Impetus de vergüenza y de venganza, Y del herido amor la frenesía Y el probado valor de su pujanza. Llama á Enéas, y á lid le desafía Con grande voz tres veces. El Troyano Reconocióle, pues, y exclama ufano:
CLXXXIV.
«¡De los Dioses el Padre así lo quiera! ¡Quiéralo el alto Apolo!--Ya contigo Soy en batalla.» Hablando en tal manera Con fatídica lanza á su enemigo Ocurre. El cual replica: «¡Cruda fiera! Lo acertó tu crueldad; la luz maldigo; Mátasme un hijo y la esperanza, ¿y quieres Despues de eso asustarme? ¡Necio eres!
CLXXXV.
»Amenaza no habrá con que me espantes: No hay Dios á quien respete: no me inspira Miedo el morir; vengo á morir; mas ántes Estos dones te traigo.» Dice, y tira Un dardo, y otro, y otros: incesantes Lanzándolos, en vasto cerco gira Volando en torno al campeon, que al rudo Asalto opone firme el áureo escudo.
CLXXXVI.
Tres veces dió la vuelta el caballero Sobre la izquierda, armas lanzando á mano; Y tres cubierto todo en fino acero, Movió consigo el adalid troyano Aquel de hincadas puntas bosque entero: Desclavar tanta flecha, empeño es vano; Y Enéas lleva á mal que se dilate, Urgente ya, tan desigual combate.
CLXXXVII.
Medita: al fin en presto movimiento, A do las huecas sienes le divida, Dispara al bruto de guerrero aliento Su lanza. El cual, no bien sintió la herida, Estribando en los piés azota el viento Con las manos, y sigue en su caida Al enredado caballero, y rueda De bruces, y él bajo sus lomos queda.
CLXXXVIII.
Ambos campos el cielo á grito herido Encienden. Vuela Enéas, y el acero Desnudando sobre él, «¿A dónde es ido Aquel Mezencio,» dice, «ántes tan fiero? ¿Qué se ha hecho ese arrojo tan temido?» Apénas el exánime guerrero Cobró, volviendo al cielo la mirada, La luz perdida y la razon turbada,
CLXXXIX.
Y responde: «¡Acerbísimo enemigo! ¿A qué suspendes sobre mí la muerte? ¿Qué me increpas si á nada yo te obligo? Libre eres de matarme; ni á moverte Con ruegos vine aquí, ni ya contigo Pactos hizo mi Lauso de esa suerte. Mas si áun queda piedad para el vencido, Una sola merced muriendo pido:
CXC.
»¡Da que sea mi cuerpo sepultado! Vengativas escucho en torno mio Rugir las olas de mi pueblo airado; ¡Sálvame tú de ese furor impío! Pueda de un hijo reposar al lado!» Esto dijo no más, y sin desvío Entregó la garganta á la honda herida. Y en sangre envuelta derramó la vida.
LIBRO UNDÉCIMO.
I.
En este medio alzándose la Aurora Del Oceano las regiones deja. Enéas, aunque el ánsia le devora, Con que á dar sepultura se apareja A sus aliados, y consigo llora, Y el dolor de las pérdidas le aqueja; Sus votos, vencedor, cumple primero, Con el albor del matinal lucero.
II.
Cúmplelos; y en la cima de un collado Hace hincar luégo una robusta encina, Habiéndola de ramas desnudado; En ella la armadura diamantina De Mezencio pondrá: trofeo alzado Al Dios que en guerras triunfador domina. Ya le acomoda el yelmo, ya la cota, Por doce partes perforada y rota.
III.
Truncos vuelve sus dardos al guerrero En efigie, y su cresta ensangrentada, Préndele á izquierda el gran broquel de acero, A su hombro cuelga de marfil la espada. Y él, entre los aliados el primero, A hablarles se alza luégo: en apiñada Y silenciosa turba su persona Los jefes cercan ya; y así razona:
IV.
«Ya lo difícil acabasteis: llano, Soldados, lo que falta os adivino. Ved los despojos del cruel tirano; Ricas primicias son: ¡en esto vino Mezencio á dar por obra de mi mano! Sabed que á la ciudad del rey Latino Marchar nos cumple. En el marcial intento Ocupad desde ahora el pensamiento.
V.
»Prevenidos estad, porque llegada La hora que darán á mi ventura Los Dioses, de mover el campo, nada Los ánimos sorprenda, ni á pavura Ó á dañosa demora los persuada. A los muertos en tanto sepultura Demos: único honor que á ellos alcanza Del Aqueronte en la profunda estanza.
VI.
»Sí, á egregias almas que este patrio nido Con su sangre nos dan generadora, Que últimas honras tributeis os pido. Palante al patrio pueblo que le llora Sea en fúnebre pompa conducido: Virtud no le faltó: funesta un hora Robóle á nuestro amor, robóle al suelo, ¡Ay! para hundirle en sempiterno duelo!»
VII.
Y llora, y al umbral los pasos guia Donde Acétes, anciano y fiel guerrero, De Palante infeliz custodia hacía Al tendido cadáver. Escudero El del parrasio Evandro fuera un dia, Y vino en esta vez por compañero De aquel amado alumno, con auspicios, Cual ántes no lo fueron, impropicios.
VIII.
En torno ostentan en comun su duelo Turba troyana y mustia servidumbre, Y damas, suelto al aire el rico pelo En señal de dolor, cual fué costumbre. Entró Enéas al pórtico, y al cielo Alza inmenso clamor la muchedumbre, En gran lamentacion hiérense el pecho, Y suena con el llanto el regio techo.
IX.
Él, viendo de Palante sostenida La frente, y blanco el rostro á par de muerte Y en aquel pecho hermoso la ancha herida Que ausonia lanza abriera, y sin que acierte El llanto á contener, «¿Tú aquí sin vida,» Clama, «amigo infeliz? Cuando la suerte Más propicia á mis armas sonreia, ¡Ay! de mi lado te arrebata impía!
X.
»No quiso la cruel que el triunfo mio Vieses, y vencedor entre marciales Pompas volvieses al solar natío! No hice á tu padre, no, promesas tales Cuando, enviándome á excelso poderío. Al darme en tierno abrazo tristes vales Me advirtió receloso que lo habria Con gentes bravas en tenaz porfía.
XI.
»¡Y él hora por ventura se complace En trocar á esperanzas sus temores, Y ofrendas en el ara y votos hace, Miéntras damos estériles honores Al jóven que, pues ya sin vida yace, Nada debe á los Dioses superiores! ¡Por tí, padre infeliz, cuánto me aflijo! ¡Tú el cruel funeral verás de un hijo!
XII.
»¿Y éste es el triunfo ansiado? ¿éste el festivo Regreso? ¿ésta mi fe tan engreida? Mas no le viste, Evandro, fugitivo Ni echado de la lid con torpe herida; Ni por qué preferir tendrás, él vivo, Acerbo trance, ¡oh padre! á infame vida. ¡Cuánto pierdes en él, Ausonia, y cuánto Tú, hijo mio!» Así habló vertiendo llanto.
XIII.
Que el mísero cadáver se levante Ordena; y eligiendo mil guerreros Entre toda la hueste, de Palante La fúnebre custodia y postrimeros Honores les encarga: que delante Lleguen de Evandro, y tristes mensajeros, Consuelo den, pequeño á duelo tanto, Mas á un padre debido en tal quebranto.
XIV.
Otros, en este medio, con presteza De encina y de madroño acopian rama Con que féretro blando se adereza Hecho de zarzos en flexible trama: Verde toldo de rústica maleza Forman despues á la funérea cama, Y los miembros del jóven delicado Tienden en fin sobre el hojoso estrado,
XV.
Cual flor, por dedo virginal cogida, De muelle viola ó de jacinto tierno, Que áun formas guarda y esplendor de vida Falta de jugo y del favor materno. Dos túnicas Enéas en seguida Saca, que en leda ostentacion de interno Afecto dió, labradas de su mano, La excelsa Dido al capitan troyano.
XVI.
Triste él con una y otra (de ambas era Grana el fondo, que fino oro recama) Cubrió el cuerpo, y la hermosa cabellera Veló, que pronto abrasará la llama. Cautivas armaduras aglomera Que de Palante son conquista y fama, Y en larga serie desfilar ordena Cuantos ganó despojos en la arena.
XVII.
Allí arneses, caballos. Sordo al ruego Ya las manos atras ligado habia A los mancebos cuya sangre al fuego Dará, en obsequio que al finado envía. Manda á los mismos capitanes luégo Arboles lleven que á la luz del dia El nombre ostente del que fué vencido Por trofeo, y sus armas por vestido.
XVIII.
Bajo la carga de la edad maltrecho Acétes miserable en pos se lleva, Y ora á golpes ofende el flaco pecho, Ora uñas fieras en su rostro ceba, Ó de la tierra sobre el duro lecho Largo se extiende, y su dolor renueva. El carro de Palante ya aparece Que con rútula sangre se enrojece.
XIX.
Y Eton, su buen corcel, á su mesnada Se avanza, del marcial jaez desnudo, La faz en gruesas lágrimas bañada, ¡Que tanto en él el sentimiento pudo! Otros su asta y morrion (cinto y espada Turno se reservó) llevan, y mudo El ejército á pié la marcha cierra, El cuento de las lanzas vuelto á tierra.
XX.
Paróse Enéas, cuando en larga hilera La pompa funeral pasó adelante, Y dió en alto gemido su postrera Despedida al cadáver ya distante: «La misma de la guerra ley severa A otros llantos, ¡oh máximo Palante! Y á nuevo afan nos llama. ¡Salve, amigo, Por siempre, y para siempre adios te digo!»
XXI.
Calló, y á sus reales se encamina Tendiendo al alto muro. Allí, entretanto, Llegados son de la ciudad latina Embajadores, que de olivo santo Con la rama adornados peregrina Piden tregua, en la cual los que sin llanto Honroso á fil de espada yacen muertos, Sean de tierra por piedad cubiertos.
XXII.
Tregua piden y paz con los finados, Y que armisticio Enéas á varones Conceda, á quienes diera ya dictados De huéspedes y suegros. Las razones El Troyano aprobó de los legados, Y añade, al otorgar tan justos dones: «¡Latinos! ¿qué fortuna indigna os cierra En estos lazos de forzada guerra?
XXIII.
»¿Por qué á nuestra amistad fuisteis esquivos? Paz para aquellos me pedis que muertos Han sido en el combate;--¡áun á los vivos Quisiera yo otorgarla! A vuestros puertos No vine con intentos ofensivos, Mas sumiso al mandato de hados ciertos Mansion perpétua á establecer. Tampoco A guerra yo vuestra nacion provoco.
XXIV.
»De la hospitalidad faltando al fuero El rey Latino en Turno armado fia. Que Turno á estrago tal, solo y señero Se expusiese, ¿más justo no sería? Pues quiere echarnos, y á poder de acero La guerra terminar, aquí debia Reñir conmigo; de los dos viviera A quien Dios ó su brazo se la diera!
XXV.
»Hora los compañeros malhadados Id á imponer en la funérea pira.» Dijo. Atónitos callan los legados; Cada uno, vuelto el rostro, al otro mira. Dránces, que lustros ya cuenta avanzados, Que contra el jóven Turno odios respira Y en daño suyo acusaciones vierte, Responde, al fin, por todos de esta suerte:
XXVI.
«¡Oh tú, máximo en lid, rico en blasones! ¿Cómo sabré á los cielos ensalzarte? ¿Cuál te honra más, lo justo en las acciones, O lo sufrido en el rigor de Marte? Gratos, príncipe, á tí, de tus razones A la patria ciudad daremos parte; Y si á ello la Fortuna abre camino, Te enlazaremos con el rey Latino.
XXVII.
»Turno otro auxilio busque entónces: juro Que á cuestas hemos de llevar de grado Para cimiento del troyano muro Piedras que cumplan lo que manda el Hado!» A estas palabras con murmullo oscuro Asienten los demas. Quedó pactado Que dure, de los muertos en servicio, Seis dias y otros seis el armisticio.
XXVIII.
Viéronse en él mezclarse los soldados; Y vagando á la par teucro y latino, Con hachas abatir por los collados Fresno que herido cruje ó yerto pino, Y los cedros rajar de olor cargados, Con cuñas, y los robles, de contino, Y quejigos de agreste cabellera En plaustros gemebundos sacar fuera.
XXIX.
Entretanto la Fama voladora, Que ya á Palante vencedor mentia, De lúgubres alarmas nuncia ahora En torno á Evandro va, llenando impía Muros y techos donde Evandro mora. Los Arcades acorren á porfía Hácia las puertas, y segun costumbre Antorchas asen de funérea lumbre.
XXX.
Brilla de luces prolongada hilera Despartiendo los campos que ilumina. La frigia turba, en tanto, plañidera A los muros sus pasos encamina. Reúnense ambos pueblos; ya la entera Procesion á los techos se avecina: Las matronas la ven, y altos lamentos Por la triste ciudad dan á los vientos
XXXI.
A moderar á Evandro no es bastante Fuerza humana. Allá vuela, allá se arroja, Y deteniendo el féretro, á Palante Postrado abraza, en lágrimas le moja, Contra el seno le estrecha sollozante. Cuando hubo apénas la mortal congoja Dado paso á la voz, gimiendo dice: «¡Ay hijo de mi alma! ¡ay infelice!
XXXII.
»En vano me ofreciste cautelarte Del peligro fatal. Yo bien sabía Cuánto en la guerra á seducir es parte De la gloria el sabor; con qué energía En el primer conflicto arrastra Marte La juvenil ardiente fantasía! ¡Tristes primicias de tu edad lozana! ¡Dura preparacion de lid cercana!
XXXIII.
»¡Ay! que mis votos y mis preces nada Me valieron. Y tú, bendita esposa, No á tan fieros dolores reservada, ¡Cuánto fuiste, muriendo, venturosa! Por modo opuesto, yo de mi jornada He vencido la senda trabajosa, De las pruebas triunfé del hado esquivo, Y ya ¡padre infeliz! me sobrevivo.
XXXIV.
»¡Hubiera yo seguido los reales Troyanos, y los Rútulos me hubiesen A dardos abrumado, y pompas tales A mí, no á mi Palante, aquí trajesen! Mas aquellos banquetes fraternales, ¡Oh Teucros! no temais que hora me pesen, En que la diestra os di como alïado;-- ¡Golpe era aquéste á mi vejez guardado!
XXXV.
»Que si fué tu destino en tan tempranos Años caer, cayeras á los ménos --Muertos ántes mil Volscos á tus manos-- Guiando al Lacio el paso de tan buenos Compañeros! Piadoso el Rey troyano, Nobles Frigios y en masa los Tirrenos Te han hecho, sí, muníficos honores; Yo mismo no te hiciera otros mayores.
XXXVI.
»Traer les miro en árboles triunfales Armados cuerpos que humilló tu acero. Las fuerzas de la edad fuesen iguales, Y gran tronco llegaras tú el primero, Turno! --Mas ¡ay de mí! ¿por qué, mis males Llorando, os privo del laurel guerrero? Id ya, y á vuestro Rey en nombre mio Llevad estas palabras que le envío:
XXXVII.
»_Causa eres tú que yo viviendo siga,_ _Muerto Palante, en este odioso suelo;_ _Pues nos debes de Turno la enemiga_ _Cabeza á mí y á él. De tí en mi duelo_ _Y de Fortuna esta esperanza abriga_ _Mi pecho. Para mí ya no hay consuelo_ _Humano; mas á un hijo en su honda estanza_ _Nuevas quiero llevar de su venganza!_»
XXXVIII.
Despierta con sus rayos celestiales El nuevo dia, que en oriente raya, Al usado ejercicio á los mortales. Ya el padre Enéas, ya en la corva playa Tarcon ha alzado piras, en las cuales Vaya el Troyano y el Tirreno vaya A colocar los muertos de su bando, Los patrios ritos cada cual guardando.
XXXIX.
Arde la lumbre lúgubre, y oscura Nube envuelve del cielo las regiones. Revestidos de espléndida armadura Tres veces han marchado los peones En derredor del fuego que fulgura; Y tres los de á caballo en sus bridones Lustran la triste funeral hoguera, Y lanzan de dolor voz lastimera.
XL.
Plañendo de consuno, el largo lloro Riega el suelo y al par las armas riega: De las trompetas el clangor sonoro Y el clamor de la gente al cielo llega. Quién á las llamas el marcial tesoro A los Latinos arrancado, entrega: Finos yelmos, magníficas espadas; Frenos y ruedas, á encenderse usadas.
XLI.
Otro tal vez á la funérea pira, Prendas notorias de los que ella abrasa, Los escudos y aquellas armas tira Que ántes ciñeron con fortuna escasa. Mucho novillo en cerco arder se mira, Híspidos cerdos, víctimas sin tasa Traidas de los campos: hierro fuerte Las rinde al fuego y las consagra á Muerte.
XLII.
Caros cuerpos por toda la ribera Vense humear; y nadie se retira De la que guarda medio extinta hoguera, En tanto que en silencio húmeda gira Tachonada de luces la alta esfera. Y allá tambien innumerable pira (Que allá gimen tambien tristes destinos) Han alzado en su campo los Latinos.
XLIII.
Y á sus muertos, en parte, acogimiento Bajo la tierra con piadosas manos Mullen; otros envían á Laurento, Llevan otros á predios comarcanos; Y los demas sin distincion ni cuento Hacinados consumen. Ya los llanos En su vasta extension lucen doquiera Con el émulo ardor de tanta hoguera.
XLIV.
Así como ahuyentó con luz serena Gélidas sombras el tercero dia, Ruedan la alta ceniza, y tibia arena A los revueltos huesos que envolvia Encima acopian... Mas oid cuál suena, En esta de dolor larga porfía, La ciudad y su alcázar opulento Con mayor alarido y movimiento.
XLV.
Madres allí, ternísimas hermanas, Y huérfanos y viudas la homicida Guerra maldicen en querellas vanas, Y la boda de Turno prometida: Que las armas él solo empuñe insanas, Que él solo, exclaman, con las armas pida El imperio de Italia y la corona, Y los sumos honores que ambiciona!
XLVI.
De las hembras dolientes el dictámen Fiero apoyando Dránces, acredita Que á Turno emplaza á singular certámen El Troyano, y á solo Turno cita. Parciales hay tambien que á Turno aclaman, Ya abogando por él, ya en ronca grita: Con cien trofeos triunfador le nombra Voz popular; le da la Reina sombra.
XLVII.
En medio á tan ardientes altercados, De vuelta de Argiripa floreciente Veis aquí se presentan los legados Que allá marcharon; y, con triste frente, Que tan grandes trabajos empleados Empeño fueron, dicen, impotente: Nada han valido con el jefe griego Dádivas, oro, ni apremiante ruego.
XLVIII.
Ó á otra alianza, pues, tentar camino Ó proponer las paces al Troyano Será forzoso. El mismo rey Latino En profunda afliccion cayó. No en vano Las claras muestras del furor divino, Y los alzados túmulos del llano Que recientes se ofrecen á la vista, Incontrastable anuncian la conquista.
XLIX.
Y así el Rey de su corte á los primeros Varones, en sus altos penetrales Cita á solemne junta. Ellos ligeros Van, llenando avenidas y portales. Venerable entre tantos consejeros Por sus canas é insignias imperiales, Grave en medio de todos él se asienta; Ni es ledo aspecto el que su faz ostenta.
L.
Y luégo á los legados que, cumplido El cargo, han vuelto del etolio estado, Manda que de tan grave cometido Cuenten punto por punto el resultado. Cesa ya de las lenguas el rüido, Y obediente del príncipe al mandado, «Vimos, conciudadanos, á Diomédes,» Vénulo dice, «y sus argivas sedes.
LI.