Part 14
»Asperezas vencimos del camino, Y á término llegando, aquella mano Tan temida tocámos por quien vino A tierra un dia el gran poder troyano. Triunfante el Rey, con próspero destino, En los campos del yápigo Gargano Echaba de Argiripa el fundamento, Ciudad que así nombró del patrio asiento.
LII.
»Así que entrado hubimos, y licencia Se otorgó á las palabras, nuestros dones Ofrecimos, y nombre y procedencia Declarámos al Griego: las razones Expusimos despues, que á su presencia Nos llevaron; la guerra que varones Extranjeros nos mueven. Manso oyónos, Y habló á su turno en apacibles tonos:
LIII.
«Antigua raza, Ausonios fortunados, »Que en paz gozais de la saturnia tierra, »¿Qué os instiga, viviendo sosegados, »A provocar desconocida guerra »Y en demanda á correr de nuevos hados? »¡Oh! quien eso pretende, ¡cuánto yerra! »Nosotros profanámos con el hierro »A Troya; y ved nuestro ejemplar destierro!
LIV.
»No en las pérdidas sólo que nos cuesta »El largo sitio, mi escarmiento fundo; »Ni sólo el frigio Símois me amonesta »De cadáveres lleno. Andando el mundo »¿Qué atroz suplicio por sufrir nos resta? »Doliera al mismo Príamo. Iracundo »El astro de Minerva, y Cafereo »Cruel lo sabe, y el peñon Eubeo.
LV.
»A otra zona lanzados, Troya hundida, »Llegó hasta las Columnas de Proteo »Peregrinando Menelao Atrida; »Llegó Ulíses al antro Ciclopeo. »¿Recordaré de Pirro la caida, »Derribado el altar de Idomeneo, »Y la locrina juventud, ahora »De las líbicas costas pobladora?
LVI.
»El mismo miceneo Rey, que un dia »De los grandes Aquivos tuvo el mando, »Fué, entre su mismo penetral, de impía »Consorte muerto bajo el brazo infando; »Venció así á quien vencido á Troya habia, »Villano burlador. Y yo, tornando »Al patrio hogar, la deseada esposa »No hube de ver ni á Calidonia hermosa.
LVII.
»¡Iras del cielo! Y áun aquí sombríos »Me siguen y fatídicos portentos: »Mudados ya los compañeros mios »En aves, cruzan los delgados vientos, »Siguen el curso á los desiertos rios »(¡Inaudita expiacion! ¡fieros tormentos!) »Y con fúnebres ecos de gemidos »Hinchen ¡ay! los escollos maldecidos.
LVIII.
»Temer debí tan espantosos males »Desde que en liza desigual, insano »Pude atentar á cuerpos celestiales, »Y á Vénus ofendí la diestra mano »Con sacrílega herida. Horrores tales »Finaron ya: con el poder troyano »Guerra no tengo; ni mi antigua gloria »Renuevo con placer en la memoria.
LIX.
»Yo, pues, en vuestro intento no conspiro: »Antes bien, que volvais á Enéas cabe »Esos presentes que traer os miro »De la patria. Ya golpe á golpe, en grave »Conflicto ya, de léjos, tiro á tiro, »Probé yo mismo el arte con que sabe »Empinar el broquel; la gran pujanza »Con que él menea la fulmínea lanza.
LX.
»Fiad por tanto en la experiencia mia. »Si el suelo ideo producido hubiera »Dos héroes más como él, llegado habria »A inaquios reinos el Dardanio, y viera »Grecia en duelo trocada su alegría. »¿Quién, sino Héctor y Enéas, de guerrera »Inmensa muchedumbre opuso terco »Antemural al estrechante cerco?
LXI.
»Ambos hicieron con su fuerte diestra »Que un año, y otro, y diez, dia tras dia, »Retrocediese la victoria nuestra: »Iguales en esfuerzo y bizarría, »Éste en virtudes superior se muestra. »¡Oh! paz haced con él, donde ella os ria; »Y huid toda ocasion que en lid acabe »Y con sus armas vuestras armas trabe.»
LXII.
»Esto, ¡oh máximo Rey! en la ardua empresa Falla el Griego y responde.» Habló; y creciente Rumor, pasada la primer sorpresa, Corre de boca en boca entre la gente, Como raudal, en natural represa De rocas detenido, que impaciente Murmullo forma, y la ribera brama Con el agua que bulle y se derrama.
LXIII.
Cuando cesó la agitacion primera El anciano monarca abrió su boca, Y habló de su alto solio en tal manera, Despues que á las Deidades pio invoca: «Quise yo que en sazon se definiera Esta causa, ¡oh Latinos! Hoy que toca Armado el enemigo á nuestras puertas, Tarde á civil consejo están abiertas.
LXIV.
»En guerra nos hallamos importuna Con recia, diva gente, que fatiga No recibió jamás de lucha alguna, Ni las armas depone, aunque enemiga Redoble adversos golpes la Fortuna. Nadie en extraños esperando siga; Faltónos la alïanza del Etolo: Cada cual en sí mismo espere sólo.
LXV.
»Dicho está, ciudadanos, cuánto sea Esta esperanza individual mezquina; ¿Mas quién hay que no palpe luégo y vea Que amenazado de fatal rüina El público edificio tambalea? A nadie vuestro príncipe acrimina: Ha hecho el valor cuanto al valor es dado; Todas sus fuerzas concentró el Estado.
LXVI.
»Qué ocurre ahora á mi indecisa mente Atended; breve soy; aquesto creo: Un territorio á par de la corriente Tusca, de antiguo, cual sabeis, poseo, Que hasta el confin sicano hácia occidente Se dilata. A labranza y pastoreo Dan Rútulos y Auruncos sus collados. Parte bravíos, parte cultivados.
LXVII.
»Cedamos por la paz á los Troyanos Esa áspera region, cuan larga yace, Con los montes piníferos cercanos. Iguales leyes de concorde enlace Les daremos, y parte como á hermanos En el reino. Pues tanto les aplace Aqueste suelo, de temor seguros En él se arraiguen y establezcan muros.
LXVIII.
»Mas si han de ir, y el destino lo tolera, A otras playas, es bien que les labremos Veinte cascos de itálica madera, O más que alcancen á ocupar: tenemos Sobrado material en la ribera. Brazos daré, espolones, jarcias, remos, Y de las naves el equipo todo; Fijen ellos el número y el modo.
LXIX.
»Además, á su campo cien varones Vayan, eximios en la gente nuestra, Que les lleven de paz proposiciones --El sacro olivo en la inocente diestra-- Y por mí sellen pactos. Ricos dones De oro y marfil conducirán, en muestra De mi amistad, y silla y trábea, emblema De esta que ejerzo autoridad suprema.
LXX.
»¡Ea! el remedio decretad que implora La afligida nacion que en vos espera!» Dránces entónces se alza, á quien devora Por la gloria de Turno, torticera Emulacion y envidia roedora. Fuerte en recursos y en palabras era, No en armas: en consejos, de prudente Fama gozaba, agitador potente:
LXXI.
Bien que de padre incógnito, debia Nobleza ilustre á la materna rama. Alzóse entónces, pues, y así á porfía Cargos amontonando iras inflama: «¡Benigno Rey! propones, á fe mia, Cuestion que, á nadie oscura, no reclama Mi voz. La causa del comun fracaso Todos la saben; mas la dicen paso.
LXXII.
»¡Dé libertad de hablar, y enfrene el vuelo A su orgullo, el fatal ductor que hace Con funestos auspicios--sí, dirélo, Y siquiera de muerte me amenace!-- Tanto prócer caer, y sume en duelo A la ciudad, miéntras con pié fugace Del enemigo campo se desvía Y al asordado cielo desafía!
LXXIII.
»¡Ojalá que esa espléndida embajada, ¡Oh el mejor de los reyes! y esos dones Muchos y grandes que enviar te agrada, Con uno solo y principal corones! No del justo dictámen te disuada Rebelde encono de émulas pasiones: Da tu hija en digna boda á egregio yerno, Y afirma así esta paz con lazo eterno!
LXXIV.
»Vamos á él mismo á suplicarle, empero, Si tanto miedo embarga á los Latinos, Que ceda, y deje al Príncipe su fuero Natural ejercer, y los destinos Contemple con piedad de un pueblo entero. --Tú, sola causa á nuestros males, dínos, ¿Los tristes ciudadanos de esa suerte Arrastrarás de nuevo á horrenda muerte?
LXXV.
»La guerra de salud no da esperanza: Todos pedimos paz, dánosla luégo Con la prenda inviolable que la afianza! Soy el primero que á pedirla llego, Yo, á quien émulo finges; ni hay tardanza En mí--vesme á tus plantas--para el ruego: ¡Ten piedad de los tuyos, pon la ira, Y léjos derrotado, te retira!
LXXVI.
»¡Cuánta muerte hemos visto! ¡cuánto estrago! ¿Qué tala en vastos campos no hemos hecho?... Mas si es que ejerce irresistible halago La fama en tí, si escondes en el pecho Tanto valor, y de tu afan en pago Esperas como dote regio techo Que no has de renunciar, entónces, ¡ea! Afronta á tu enemigo en la pelea.
LXXVII.
»Para que el regio enlace Turno ufano Goce, ¿sólo á nosotros por ventura, Sin lágrimas ni honores, en el llano Nos toca sucumbir, caterva oscura? Tú tambien, tú tambien, si no es en vano Fama heredera de marcial bravura, Sál luégo al campo, y con la frente erguida Contempla al que á batalla te apellida!»
LXXVIII.
Turno, impaciente ya, lanzó un gemido, Y voces tales de lo más profundo Del pecho arranca, en cólera encendido: «Tú el primero en llegar, tú el más facundo En los consejos, Dránces, siempre has sido. Brazos pida la patria, ardor fecundo,-- Jamás el labio vocinglero sellas. ¡Palabras! ¿y á qué el aula henchir con ellas?
LXXIX.
»Pomposas á volar las das seguro Miéntras sangre los fosos áun no llena Y áun pára al agresor trabado muro. Por tanto en tu oracion, cual sueles, truena, Trátame, oh Dránces, de guerrero oscuro, Ya que tú de cadáveres la arena Cubrir supiste, y por tu diestra veo Alzado acá y allá tanto trofeo!
LXXX.
»Gala hacer de valor te es dado en guerra, Ni habrás por enemigos de afanarte Yendo á buscarlos en remota tierra; Cercándonos están por toda parte. ¡A ellos, pues, á ellos! ¡cierra, cierra! ¿Qué aguardas?... ¿O los ímpetus de Marte Tú jamás de otra suerte los conoces Que en tu gárrula lengua y piés veloces?
LXXXI.
»¡_Yo derrotado_! ¿Quién de derrotado Me acusará, vil monstruo, cuando vea Que el Tibre por mi diestra acrecentado Con la troyana sangre rojo ondea; Que Evandro con su casa y con su estado Sacudido de asiento bambolea, Y que en fuga los árcades guerreros Arrojan en el campo los aceros?
LXXXII.
»No, no tal me probaron en su dia Pándaro y Bícias, con su gran pujanza, Y otros mil cuyas almas á porfía Hundió mi diestra en la tartárea estanza Cuando ejército hostil me circuia!-- ¡_La guerra de salud no da esperanza_! Al régulo dardanio, á tus parciales Vé, agorero, á cantar presagios tales!
LXXXIII.
»¡Alienta en tu alarmante clamoreo A gente no una vez vencida, y pisa Las esperanzas de la nuestra!... Veo Que huyendo ya con azorada prisa Los Mirmidones van, y el de Tideo (¡Tanto alcanzas!) y Aquíles de Larisa, Y vuelve su corriente espavorido De las ondas adriáticas Anfido!
LXXXIV.
»Luégo, que amenazante le intimido Simula, y es el miedo de la muerte De que astuto se ostenta poseido, Nueva ponzoña que en sus tiros vierte. Jamás esta mi diestra, fementido, --Escucha en paz; no has, no, por qué moverte-- Esa alma vil te arrancará del pecho Donde su nido y su morada ha hecho!
LXXXV.
»A tí y á las consultas que propones, Ahora, oh Padre, la atencion convierto. Si nada de tus fieles campeones Aguardas ya, si la esperanza ha muerto, Si nunca la Fortuna á dar sus dones Volvió, cuando en la guerra el desconcierto Pudo una vez señorear las almas, Tendamos luégo las inertes palmas,
LXXXVI.
»É imploremos la paz;--aunque ¡ah! si hubiera Algun resto en nosotros todavía De la virtud antigua!... ¡yo dijera Entre todos egregio en bizarría, Y en la coronacion de su carrera Feliz, al que dejó la luz del dia De una vez, por no ver tamaña afrenta, Mordiendo el polvo de la lid sangrienta!
LXXXVII.
»Mas si hay recursos, si hay á lid dispuesta Intacta juventud; si pueblo tanto, Tanta ciudad itálica nos presta Oportuno favor; si sangre y llanto A los Troyanos su victoria cuesta, Y asolacion igual, igual espanto Allá domina, ¿ante el umbral primero Rendiremos cobardes el acero?
LXXXVIII.
»¡Temblar de miembros, cuando áun no ha sonado La retadora trompa! En su porfía Vuelve las cosas á mejor estado El tiempo, huyendo un dia y otro dia. ¿Fortuna qué de veces no ha sentado En firme basa al que burlara impía? Ni á extremo caso hemos llegado; sólo El auxilio nos falta del Etolo:
LXXXIX.
»Nobles jefes diputan los vecinos: Ved al fausto Tolumnio en los primeros, Ved á Mesapo. Triunfos no mezquinos Ganará, sí, la flor de los guerreros Del Lacio y de los campos laurentinos! Acaudilla tambien sus caballeros, Honor, Camila, de la volsca gente, Acorazados de metal luciente.
XC.
»Mas ya que á lid me citan decisiva Los Teucros, si esto agrada, y tanto impido La pública salud, no así huye esquiva La victoria de mí, que tal partido No abrace ante tan grata perspectiva. Sí; con Enéas sin temor me mido: Cual otro Aquíles venga si le place, Y armas como hechas por Vulcano, embrace!
XCI.
»Ya lo he jurado, y con placer me inmolo (Que á mis mayores en virtud no cedo) Á vos y al Rey mi suegro.--_¿Á Turno solo_ _Emplaza Enéas?_ Pues admito ledo El singular combate. ¿Permitiólo El Cielo por castigo? No haya miedo Que Dránces lo padezca;--¿en nuestra gloria? Coger no espere el lauro de victoria!»
XCII.
De esta suerte en recíproca porfía Altercan sobre el arduo tema, cuando Ved que Enéas su ejército movia. Corre el palacio, y va terror sembrando Por la ciudad con alta vocería Un mensajero: Que el troyano bando Ha dejado la márgen tiberina; Que la tirrena hueste al par camina;
XCIII.
Que vienen en concorde movimiento Cubriendo las campiñas dilatadas. Los ánimos se turban al momento: Renuevan, con imperio estimuladas, Las populares iras su ardimiento; Frenéticos bramando, á las espadas Los jóvenes se arrojan; los ancianos Quejas murmuran entre lloros vanos.
XCIV.
La grita de la gente hiere al cielo Creciendo acá y allá vária y confusa, Como en los bosques al posar el vuelo Clamar el coro de las aves usa Entre el hojoso y apiñado velo; O como en el pecífero Padusa Miles de cisnes que le habitan, suenan En roncas voces, y el canal atruenan.
XCV.
De la ocasion asiendo que los hados Le dan, «¡Bien, ciudadanos!» Turno grita: «Consejo celebrad, y haced sentados Las alabanzas de la paz bendita, Miéntras sobre nosotros descuidados El taimado invasor se precipita!» Puertas afuera de la régia estanza, Sin esperar á más, raudo se lanza.
XCVI.
«Ház que el volsco escuadron se ordene ufano De sus señas en pos, Voluso, y guía Tú á los Rútulos,» dice;--«y en el llano Desplegad la veloz caballería, Oh Mesapo, y tú, Córas, con tu hermano. Avenidas y torres á porfía Defiendan otros; y conmigo ande Armado el resto á do mi voz lo mande.»
XCVII.
Correr se ve la poblacion entera A la muralla. Al mismo Rey anciano Obliga el triste lance á que difiera Aquel consejo, comenzado en vano, Y sus grandes debates. Que no hubiera Llamado en tiempo al adalid troyano Al reino, acreditándole por yerno, Mucho se culpa con lenguaje interno.
XCVIII.
Quiénes ante las puertas cavan fosas, Quiénes mueven estacas, y acarrean Piedras á empuje. A lides sanguinosas Instrumentos horrísonos vocean. Y ya, en vario cordon, madres y esposas, Y niños de tropel, largo rodean El muro. A todos en aqueste dia Llama el último trance y agonía.
XCIX.
Hácia el templo de Pálas, entretanto, Que entre sacros alcázares descuella, Se encamina la Reina: haciendo llanto Numerosas matronas van con ella Sus dones á ofrecer al Númen santo: Marcha á su lado la real doncella, Que inocente causó tantos enojos, Y no levanta los hermosos ojos.
C.
Inciensan, en subiendo á los umbrales, El templo, y el dolor que el pecho encierra Exhalan, de allí mismo en voces tales: «¡Arbitra omnipotente de la guerra! ¡Mira, oh vírgen Tritonia, á nuestros males! Al Frigio salteador derriba en tierra, Quiebra en su mano tú la arma homicida, Y ante esas puertas él la arena mida!»
CI.
Turno airado á su vez se arma á batalla: Con escamas de bronce á maravilla Cubierta, viste la rutulia malla; De áureas grevas ornó la pantorrilla (La sien áun no ha cuidado resguardalla); Ciñóse espada, y todo es oro, y brilla Rajando airoso del alcázar alto A anticiparse al enemigo asalto;
CII.
Cual, rotos los ronzales, sin que nada Se oponga en campo abierto á su albedrío, Vuela el corcel al pasto y la yeguada Huyendo del pesebre; ó hácia el rio En que los miembros refrescar le agrada, Erguida la cerviz, con ágil brío, Bufando va, y en ondas sobre el cuello Le juega, y por los brazos, el cabello.
CIII.
Acompañada de la volsca gente Camila al paladino se atraviesa Al paso, y ya en las puertas, reverente A tierra salta la gentil princesa: Dóciles á su ejemplo, incontinente Se apean los demas con fácil priesa; Y á hablar ella principia de esta suerte: «Turno, si un pecho que se siente fuerte,
CIV.
»Si un ánimo resuelto confianza Poner puede en sus fuerzas, yo de lleno Contrastar del Troyano la pujanza Prometo, y sola arrostraré al Tirreno. Deja que vaya á ejecutar venganza Mi diestra, y de peligros fausto estreno Haga esta vez en el combate duro; Y tú con los de á pié guarnece el muro.»
CV.
«¡Ornamento de Italia! ¡denodada Vírgen!» Turno á su vez exclama, puesta En la fiera doncella la mirada: «¿Qué gracias dignas, qué cortés respuesta Podré dar, á tu mérito adecuada? Mas ya que á todo riesgo estás dispuesta, Obremos de consuno. Enéas--sélo Por espías, y es voz que toma vuelo--
CVI.
»Ese Enéas malvado, en la llanura Gente á caballo, armada á la ligera, Mandó á escaramuzar; mas él la altura Solitaria del monte en tanto espera Vencer, y á la ciudad llegar procura. Yo en los senos del bosque una certera Emboscada pondréle, con soldados El sendero asediando á entrambos lados.
CVII.
»Tú al Tirreno, reuniendo tus pendones, Vé, y el fuerte Mesapo allá te siga, Te sigan los latinos escuadrones Y las bandas del Tíbur: la fatiga Partiremos del mando.» Con razones Tales como éstas á Mesapo instiga Tambien, y á sus aliados capitanes; Y marcha él mismo á coronar sus planes.
CVIII.
Hay del bosque en las vueltas, y al que tienda Celada allí, promete buen suceso, Un valle á quien con sombra apremia horrenda De un lado y otro matorral espeso: Conduce al valle una delgada senda, Angosta boca y peligroso acceso, Y le domina incógnita y secreta En la cima del monte una meseta.
CIX.
De alcázar sirve aquésta y de guarida Para bélico asalto, ó darlo quieras A derecha y á izquierda una salida Inopinada haciendo, ó ya prefieras Rodar guijarros de la cumbre erguida. Turno á aquellas regiones traicioneras Por caminos que él sabe, vuela, y presto Metiéndose en la selva toma puesto.
CX.
En tanto con la faz bañada en lloro, Allá en la altura la hija de Latona A Opis veloce, ninfa de su coro, Interesa en su afan, y así razona: «¡Doncella! de mis armas el tesoro Ciñe en vano Camila, y se abandona A una guerra cruel--Camila, aquella Que amo ante todas en mi corte bella!
CXI.
»Ni afecto es nuevo el que Dïana abriga Y así á dulzura singular la mueve. A su hija tierna de Priverno antiga Sacó, huyendo el furor de airada plebe, El tirano Metabo: amor le obliga A que por medio del tropel la lleve Consigo; y alterando de Casmila, Su madre, el nombre, la llamó Camila.
CXII.
»El destronado Rey por compañera En su destierro la llevó consigo: Conduciéndola en brazos va doquiera; Con ella de agrios montes sin abrigo Las yertas cimas prófugo supera. Le estrecha en torno armado el enemigo: Recorriendo los Volscos la campaña Por víctima le buscan de su saña.
CXIII.
»Hé aquí que en medio de su fuga un dia A la márgen llegó del Amaseno: El agua rebosaba; tanta habia Caido en recia lluvia. El turbio seno Quiso á nado pasar; mas, ¡ay! temia Por su carga preciosa: de afan lleno Todo á un tiempo lo piensa, y de repente Osado arbitrio avasalló su mente.
CXIV.
»Iba empuñando, á la guerrera usanza, Con nudos, y de sólida firmeza Que el humo examinó, disforme lanza: De silvestre alcornoque en la corteza Metió á la niña, al medio la afianza Del asta, y para el vuelo la adereza: Blande en mano robusta el arma al viento, Y esta plegaria eleva al firmamento:
CXV.
«¡Oh de los bosques, tú, frecuentadora, »Alma vírgen Latonia! esta hija mia »Consagro á tu servicio desde ahora: »Ella á dudosas auras hoy se fia »Perseguida y volando huye y te implora: »Tuya es, lleva tus armas; tú la guía, »Sálvala tú!» Y aquí con gran pujanza Doblando el brazo despidió la lanza.
CXVI.
»Suenan las ondas, y la pobre infante Pasa sobre la rápida corriente No en vano asida al asta rechinante. Metabo, que ya encima el tropel siente, Arrójase á las aguas, y triunfante, A un césped que vistió grama riente (¡Gran merced de la Diosa, alta fortuna!) Arranca el dardo con la intacta cuna.
CXVII.
»Vaga, y ni aldea ni ciudad le asila; Ni sufriera favor su índole brava: Al modo rudo que el pastor estila, Solitario en los montes habitaba; Y con feral sustento á su Camila En madrigueras hórridas criaba: Allí en sus tiernos labios, de bravía Yegua las ubres exprimir solia.
CXVIII.
»Y áun los pasos primeros no ha ensayado Con vacilante pié la tierna niña, Sin que á sus palmas él dardo aguzado Dé, y al hombro carcaj y arco le ciña; No, sin que en vez del manto y del tocado De oro que el lujo cortesano aliña, Desde la coronilla le suspenda Sobre la espalda, piel de tigre horrenda.
CXIX.
»¡Y qué era ver la bella cazadora Venablos impeler con breve mano, Ó en torno de las sienes zumbadora El honda sacudir, y al cisne cano Ó ya la grulla derribar que mora Orillas de Estrimon! En vano, en vano Cien tirrenas matronas para nuera Quisieron detenerla en su carrera.
CXX.
»Contenta con el culto de Dïana, Ni de las armas la atencion desvía, Ni la virginidad jamás profana A cuyo eterno amor su gloria fia. Oh! ¡quién me diera que en contienda insana No hubiese ella de entrar en este dia Con los Troyanos, y, á mi pecho cara, Con vosotras aquí me acompañara!
CXXI.
»Mas pues su acerba suerte se acelera, ¡Ea! cruzando la region vacía Tú al latino país baja ligera, Vé al campo donde lid se enciende impía Bajo auspicios infaustos, y quienquiera Sea el que ofenda de la ninfa mia Las carnes sacras, Ítalo ó Troyano, Pague el hecho á mis armas y á tu mano.
CXXII.
»Recíbelas al punto, y de esta aljaba Saca la flecha vengadora. A vuelo Yo el cuerpo de la triste en nube cava, Antes que le despojen, volverélo A la tierra que de hija tal se alaba, Y tumba le daré.» Dijo; y del cielo Opis se lanza en negro torbellino Y estruendosa en el aire abre camino.
CXXIII.