Part 15
Hé aquí á los muros el unido bando De etruscos y troyanos caballeros En ordenadas haces va marchando: Huellan el campo indómitos y fieros Sacudiendo las bridas y bufando Los sofrenados brutos. ¡Cuál de aceros Erizados los llanos se estremecen, Y en puntas mil y mil arder parecen!
CXXIV.
Mesapo, en esto, enfrente á los Troyanos Asoma con los rápidos Latinos, Y el ala de Camila, y los hermanos Que mandan la legion de Tiburtinos: Van apretando en recogidas manos Largas lanzas, y blanden dardos finos: Acércanse, el furor que espiran crece, Y el bramar de los potros se enardece.
CXXV.
Cuando uno y otro ejército venido Hubo á tiro de dardo, ambos se paran: De ambas partes en súbito alarido Prorumpen, y al encuentro se preparan: Cada uno á su corcel de ardor henchido Anima con la voz; todos disparan Arrojadizas armas á porfía Cual densa nieve, y se oscurece el dia.
CXXVI.
Ante todos, Tirreno y el ardido Acónteo uno para otro van derecho, Lanza en ristre, y en hórrido estampido Estréllanse los dos. Pecho con pecho Este y aquel caballo en choque herido Se despedazan. Rueda á largo trecho Acónteo, de violenta sacudida, Y exhala al viento la infelice vida.
CXXVII.
Tál piedra que arrojó mural tormento Cae, así el rayo que estallando asuela. Turbáronse las haces al momento: Echa cada Latino su rodela A la espalda, y, cambiando el movimiento, El bando urbano hácia sus muros vuela: Como caudillo principal, Asílas En pos impele las troyanas filas.
CXXVIII.
Y ya llegaban á las puertas, cuando Veis que á la carga los Latinos gritan, De los brutos volviendo el cuello blando: A su turno los otros ejercitan La fuga, y vuelan rienda suelta dando. Dos veces los Toscanos precipitan Contra el muro á los rútulos guerreros, Dos, cubriendo la espalda, huyen ligeros.
CXXIX.
Lo mismo en el vaivén de la marea El ponto, ora se avanza á la campaña, Altos escollos espumoso albea, Apartadas arenas crespo baña; Ora retrocediendo raudo ondea, Y riscos que rodó su hirviente saña Torna á sorber bajando, y se repliega, Y las húmedas playas desanega.
CXXX.
Mas así que principian el tercero Encuentro, cada cual toma adversario, Y entra en calcada pugna el campo entero: Entónces fué el gemir, confuso y vario, Los que mueren; y arnes y caballero Nadar entre el estrago sanguinario Confundidos; y á par de los varones Semiánimes sucumben los bridones.
CXXXI.
Arrecia el batallar duro y ardiente. Orsíloco del miedo se aconseja De combatir con Rémulo de frente, Y tirando al troton, bajo la oreja Híncale un dardo. Empínase impaciente Con el acerbo hierro que le aqueja, Y de uno y otro brazo el aire azota Furioso el animal, y al dueño bota.
CXXXII.
Mata á Yólas Catilo; á Herminio mata, Alma grande, armas graves, cuerpo ingente: Desnudos cuello y hombros, se desata Undoso encima el oro de su frente: Golpes su cuerpo de esquivar no trata: ¡Tanto á la ofensa espacio da patente! Temblando en su ancha espalda el asta hundida Doblóle, de dolor, la larga herida.
CXXXIII.
Sangre acá y acullá negra se vierte, Nada el acero talador perdona, Y todos entre golpes van la muerte Buscando, que gloriosa los corona. En medio á tanto horror, activa y fuerte Ufánase Camila, de Amazona, La de aljaba gentil, la que desnudo Presenta un pecho en el combate rudo.
CXXXIV.
Y ya esparza la vírgen animosa Tantos astiles con que el aire llena, Ya el hacha de dos filos poderosa Esgrima, siempre á su hombro el arco suena, El arco de oro y armas de la Diosa. Ella, áun huyendo en la tendida arena, Vuelto el arco descárgale á deshora, Hiriendo atras con flecha voladora.
CXXXV.
Dan á la semidiosa compañía, Flor de Italia y su corte, la doncella Larina, y Tula, y la que en liza impía La ferrada segur, hiriendo, amella, Tarpeya audaz; á quienes ella habia Para formar su comitiva bella Elegido por damas auxiliares, Fuese en paz, fuese en bélicos azares.
CXXXVI.
Tal se ostenta, ya bata el Termodonte Helado, ya el peligro en la pelea Con armas vistosísimas afronte, La tracia hueste de Amazonas; sea Que á Hipólita circunden, ó que monte En su carro triunfal Pentesilea; La tropa femenil saltando agita Lunadas peltas, y en tumulto grita.
CXXXVII.
¿A quién, oh vírgen de marcial talante, Primero acometiste, á quién postrero? ¿Cuántos tu diestra derribó triunfante?-- Fué Euneo, hijo de Clicio, á quien, primero, Largo abeto en el pecho por delante Ella hundió. Cae el mísero guerrero, Muerde el polvo, y muriendo, en sangre propia Revuélcase, vertida en larga copia.
CXXXVIII.
Luégo á Líris embiste y á Pagaso Aquél, miéntras la brida asir pretende, Con su troton cayendo; estotro, al paso Que acude, y al caido amigo tiende La inerme diestra, en súbito fracaso Ruedan: sobre ambos á la par desciende Golpe mortal. Camila con su lanza A Amastro, hijo de Hipota, en pos alcanza.
CXXXIX.
Tendiendo todo el cuerpo, amaga, estrecha A Harpálico en seguida y á Tereo, Y á Cromo y Demofonte. Cuanta flecha Ella envía, obediente á su deseo Mata un Frigio, ya á izquierda, ya á derecha. Allá léjos en tanto á Órnito veo En su caballo yápigo de caza Moverse, armado en desusada traza.
CXL.
Cubre sus anchos hombros recio cuero De novillo: encajadas las ingentes Fauces de un lobo, nuevo aspecto y fiero Con las quijadas y albicantes dientes, Dan á su rostro. Un esparon grosero Menea. Entre los otros combatientes Revuélvese, y á todos su cabeza Sobra, abultada de animal fiereza.
CXLI.
Cogió ella al cazador, ni afan le cuesta En hueste desbandada. «¡Y qué, Tirreno! ¿Piensas,» dice, «que aquí cazar te es fiesta Monstruos, cual de las selvas en el seno? Tiempo es que de armas de mujer respuesta Lleven tus voces. Ni de gloria ajeno Vas á la sombra de tu padre: díla Que á manos sucumbiste de Camila.»
CXLII.
Habló así, mal contenta su venganza Con traspasarle el pecho. Y luégo humilla, Troyanos ambos de feroz pujanza, A Orsíloco y á Bútes. Donde brilla La tez del cuello, que á cubrir no alcanza Pendiente á izquierda del broquel la orilla, Entre el yelmo y loriga del jinete, Allí á Bute, en su fuga, el hierro mete.
CXLIII.
Busca ambicioso en circular corrida Orsíloco, á su vez, á la guerrera: Sigue ella al mismo de quien es seguida, En órbita menor huyendo artera; Y descarga sobre él, volviendo erguida, Hacha tremenda: ruegos él reitera; Golpes ella, y las armas párte y huesos; Cubren la hendida faz calientes sesos.
CXLIV.
A parar cerca de ella entónces vino, Y espantado suspéndese, el guerrero Hijo de Auno, habitante de Apenino, Que entre Ligures ya no fué el postrero Miéntras sus fraudes protegió el destino. Ve que huir no le es dado el trance fiero, Y ve tambien que de apartar no hay traza A la Reina cruel que le amenaza.
CXLV.
Arbitrios á idear comienza astuto, Y dice: «Quien te aplaude, ¡oh cuánto yerra! No tú, mujer, mas tu arrogante bruto Autor es de tu gloria. Vén; mas cierra El camino á la fuga: á pié disputo Con las armas el campo: ambos á tierra Saltemos, y veamos, frente á frente, Si esa gárrula fama triunfa ó miente!»
CXLVI.
Sintió del pundonor punzada aguda Camila; da el caballo á una escudera, E igualando las armas, con desnuda Espada, y parma sin divisa, espera. El mancebo del éxito no duda De su artificio, y huye: de ligera Riendas ha vuelto, y con la espuela dura Al veloz alazan volando apura.
CXLVII.
«¡Falso ligur! en vano el triunfo cantas De las perfidias que aprendiste! en vano Soberbio esperas que artimañas tantas A tu padre falaz te vuelvan sano!» Dijo la vírgen; con aladas plantas Pasa, cual rayo, al fugitivo, y mano, Delante del caballo que volaba, Al freno pone, y del jinete traba.
CXLVIII.
Y allí en la sangre de él venganza toma, Con la facilidad con que en el cielo, Desde alto pico abalanzado, asoma, Ave sagrada, el gavilan, y á vuelo Alcance da á la tímida paloma Sobre las nubes: cae la sangre al suelo, Miéntras él las rapantes uñas ceba, Y las plumas que arranca, el viento lleva.
CXLIX.
No con ojos en tanto indiferentes, Sentado en alto en el Olimpo, mira Trabados en la lid los combatientes El Padre universal; y á nueva ira Mueve á Tarcon, que en ímpetus furentes Arde, á caballo entre el estrago gira, Y viéndolas cejar, habla á sus bandas En voces ora fieras y ora blandas.
CL.
Por sus nombres ya á aquél, ya á éste apellida, Y el desigual combate restablece. «¡Tirrenos sin pudor! ¿qué os intimida? ¿Nunca será que á demostrarse empiece Nuestro viejo furor? Que de vencida Os lleve una mujer ¿no os enrojece? Si para huir vinisteis, compañeros, ¿A qué empuñar inútiles aceros?
CLI.
»No así de Vénus combatir os cuesta En la nocturna lid. ¡Cuán de otro modo Saltais de Baco en la ruidosa fiesta Al són de corva flauta! ¡Id--si ese es todo Vuestro placer, si vuestra gloria es ésta-- Rondad las mesas del festin beodo, Miéntras bien el augur os pronostica, Y os llama al alto bosque la hostia rica!»
CLII.
Dijo así, y á morir con gloria atento, Pica el caballo, en el tropel se lanza, Y á Vénulo arremete turbulento: Con poderosa diestra le afianza, Y, arrancando al jinete de su asiento, Abrázale ante sí con gran pujanza. Vuela. Gritos de asombro el aire hienden, Y allá, todos allá la vista tienden.
CLIII.
Vuela, armado llevándose un guerrero, Flamígero Tarcon por la llanura; Y tróncale la lanza, y va ligero Resquicios requiriendo á la armadura Por do llegue de muerte al prisionero. Mas éste rebelándose procura Apartar de su cuello la amenaza, Fuerza opone y la fuerza hostil rechaza.
CLIV.
Como al dragon que se arrastraba en tierra Fiera arrebata un águila rojiza, Y vuela en alto, y con los piés le aferra, Y las sangrientas garras encarniza; Llagado el monstruo se retuerce, y cierra Las nudíferas roscas, y se eriza Con rígidas escamas, y su boca Silba, y erguido á su opresor provoca;
CLV.
El ave en tanto de afligir no cesa Con corvo pico á la hidra reluchante, Y el aire con las alas bate ilesa: Arrancando con ímpetu triunfante Del tiburtino campo, así su presa El tirreno Tarcon lleva delante. Movidos de su ejemplo y suerte buena Tornan los Lidios á la ardiente arena.
CLVI.
Arrunte, á quien por suyo el hado sella, Ganándola de mano, hábil espía Con dardo á punto á la veloz doncella, Y busca al golpe fiero fácil via. Si furiosa enemigos atropella En medio de la bélica porfía, Él vuelve allá solícitas miradas Y le sigue callando las pisadas;
CLVII.
Y si es que ella á su campo victoriosa Torna el paso, tras recias embestidas, Él entónces allá con insidiosa Mano convierte las ligeras bridas. En su mañera ronda no reposa, Las entradas tentando y las salidas En largo giro, y con secreto gozo Blande el asta certera el cauto mozo.
CLVIII.
En tal sazon en medio á los tropeles Con frigias armas luce rico y fiero Cloreo, consagrado ya á Cibéles, En bridon espumoso caballero: En oro entretejidas cubren pieles, Emplumadas de láminas de acero, Su caballo; y él mismo se engalana Con los esmaltes de extranjera grana.
CLIX.
Cretenses flechas lanza cuando tiende El arco licio: al hombro el arco de oro Tiémblale al vate, y de oro el casco esplende Su clámide amarilla, y el sonoro Undívago ropaje anuda y prende En áurea joya; bárbaro tesoro Muslo y pierna guarnece, y de la aguja La arte sutil su túnica dibuja.
CLX.
Tras éste corre, pues, la vírgen, ora Colgar quiera sus armas por trofeo Al templo, ó ya vestir, de cazadora, Cautivo el oro del vistoso arreo. Mujeril impaciencia la devora, Y en manos, ¡infeliz! de su deseo, En la confusa lid con alma y ojos Tras esa presa va y esos despojos.
CLXI.
Arrunte, la ocasion llegada al dolo, El dardo aparejado, oró ferviente: «¡Oh tú, á quien los Hirpinos como á solo Dios del Soracte protector, la frente Humildes inclinamos, almo Apolo! Tú en cuyo honor cien pinos luz viviente En piras dan; y á cuya sombra santa Ascuas hollamos con segura planta!
CLXII.
»¡Númen de alto poder! préstame oido: Matar á esa mujer, que es nuestra afrenta, Concede á nuestras armas. Nada pido Del triunfo para mí: ni tengo cuenta Con los despojos, ni del prez me cuido; Mi nombre de otros hechos se alimenta. ¡Ella caiga, ella muera! más no anhelo; Y vuelva yo inglorioso al patrio suelo!»
CLXIII.
Parte oyó, y á la alada ventolina Parte de la plegaria Febo entrega: Que con muerte el mancebo repentina Postre á la vírgen arrojada y ciega, A eso la oreja y voluntad inclina: Que á su alta patria torne, eso le niega Al suplicante, y este dulce voto La borrasca le alzó, robóle el Noto.
CLXIV.
Silba el dardo en el viento. En ese instante Todos los Volscos con espanto mudo Fijan de su señora en el semblante Ojos y mente. Ella saber no pudo De viento, silbo, ni asta amenazante, ¡Ay! hasta que llegó bajo el desnudo Izquierdo pecho á hincarse el hierro aleve, Y la virgínea sangre entrando bebe.
CLXV.
A recibir acuden á porfía A la Reina temblando sus doncellas. Con mezcla de terror y de alegría Se hurta, ante todos, á la vista de ellas Arrunte desalado: ya no ansía Astuto perseguir ajenas huellas; Sin que de más que de escapar se acuerde, En medio del tumulto huye y se pierde.
CLXVI.
Así aquel lobo que en el campo deja A un gran novillo, ó al pastor, sin vida, Cobarde al punto del lugar se aleja, El alcance temiendo, en presta huida; La conciencia del hecho audaz le aqueja; Medrosa bajo el vientre recogida Vuelve la cola, y sin mirar por dónde En marañada selva entra y se esconde.
CLXVII.
Entre tanto la vírgen moribunda Arranca con la diestra el dardo hundido; ¡En vano! entre los huesos con profunda Llaga se ceba el hierro encrudecido. Sombra de muerte su mirada inunda, Fáltale ya la sangre y el sentido, Y la color que tuvo purpurina Desaparece de su faz divina.
CLXVIII.
Ser llegada sintió su hora postrera, Y á Acca se vuelve, de su corte dama, En leales afectos la primera, En cuya fe su corazon derrama. «¡Acca!» dice, «¡mi dulce compañera! Ya se acabó de mi vivir la llama, A esta llaga no esperes que resista; ¡Toda es en torno oscuridad mi vista!
CLXIX.
»Vé, y dí á Turno mi anhelo postrimero: Que ocupe mi lugar, y á los Troyanos De la ciudad repela.--¡Adios! ¡yo muero!» Calla, y huyen las riendas de sus manos; Fria ya, desmayado el cuerpo entero, Sucumbe renunciando á esfuerzos vanos, Y el blando cuello y la sagrada frente Reposa al fin la vírgen falleciente.
CLXX.
Al reino de las sombras con gemido Huyó el alma indignada. En tal momento Se alza del campo unísono alarido Las estrellas á herir del firmamento. Al caer la heroína, más reñido Empéñase el combate. Ciento á ciento Embisten á una vez con altas voces Teucros, Tirrenos, Arcades veloces.
CLXXI.
De la Diosa ministra vigilante, Impávida testigo de la liza Sentada en alto monte allá distante Ópis mirando está la horrenda riza. Mas viendo en el tropel vociferante La sentenciada Ninfa que agoniza, Su conmovido pecho no consiente Moderacion, y clama en voz doliente:
CLXXII.
«¡Pobrecita de tí! porque contraste Hacer quisiste á la nacion troyana, ¡Oh, en qué modo cruel tu error pagaste! ¡Cuán cara te costó la guerra insana! ¡En vano desde niña fiel honraste En solitarias grutas á Dïana! ¡En vano por las selvas dando asombro Nuestro arco y flechas suspendiste al hombro!
CLXXIII.
»Consuélate; no á muerte desastrosa A tí tu Reina abandonar pudiera; De gente en gente sonarás famosa, Y la mancha de inulta no te espera: Gloria y venganza te dará la Diosa, Gloria y pronta venganza; ¡oh, sí! quienquiera Que haya sido el autor de tu desgracia, Yo vengo al campo á castigar su audacia!»
CLXXIV.
La tumba de Derceno, de Laurento Antiguo rey, del monte al pié se empina En que Ópis vigilaba, monumento De amontonada tierra, que una encina Con sombra amiga cubre. En un momento Su vuelo gentilísimo declina Agil la Diosa allá, y en lo alto puesta A Arrunte busca con mirada presta.
CLXXV.
Con su marcial espléndido atavío Marchar le ha visto, en vanagloria hinchado; Y «¿A dónde, á dónde vas con tal desvío? Revuelve,» dice; «¡aquí te llama el hado! Matador de Camila, yo te fio Que llevarás el galardon ganado; A tí, tambien á tí se ha dado en suerte De armas divinas recibir la muerte!»
CLXXVI.
Y habiendo del carcaj, que de oro es hecho, Sacado una saeta alada, apunta No sin ira la Ninfa, á largo trecho Tendiendo el arco, hasta que comba y junta Entre sí los extremos ante el pecho, Y, ambas manos en línea igual, la punta Tocando está del hierro con la izquierda, Y el seno con la diestra y con la cuerda.
CLXXVII.
El disparado arpon que rasga el viento Sintió Arrunte, y á par del estallido, En sus carnes el hierro entrar violento. No alcanzó de los suyos sino olvido, Que en medio de revuelto campamento Lanzar le dejan el postrer gemido Sobre el polvo ignorado. Alzando el vuelo Ópis veloz restituyóse al cielo.
CLXXVIII.
De Camila la banda á triste huida Se entrega: ya los Rútulos turbados, Ya Atina, el valeroso, ha vuelto brida. Sin jefes, sin enseñas los soldados Al muro corren á buscar guarida, A escape, por los Teucros acosados, De muerte perseguidos. No hay quien mueva Armas en contra ni á esperar se atreva.
CLXXIX.
Aliento, sólo para echar, les queda, Al hombro el arco laxo: el suelo duro Baten los cascos voladores: rueda Del campo á la ciudad turbion oscuro. Las matronas la infausta polvareda Ven, rompiéndose el pecho, desde el muro: Agudo sube el femenil lamento Las estrellas á herir del firmamento.
CLXXX.
Aquellos mismos que patente entrada Hallan, yendo adelante, no por eso Evitan de la turba encarnizada Que envuelta en el tropel los sigue, el peso. Tal hubo á quien alcance dió la espada Ya en el umbral, á do llegaba ileso, Y en la patria ciudad, recien llagado, Va á morir de su hogar en el sagrado.
CLXXXI.
Mas de la plaza al ver los guardadores Que amigos y enemigos junto llegan, Puertas danse á cerrar, y á los clamores No osan ceder de los que ansiosos ruegan. Nacieron del terror ciegos furores: Estos, armas en mano, el paso niegan; Con las suyas abrirlo aquéllos quieren, Y en choque horrendo asaz matan y mueren.
CLXXXII.
Los exclusos, que en vano buscan senda (Espectáculo fiero á los llorosos Padres), ó urgidos de presion tremenda Caen despeñados en los hondos fosos, O contra la muralla á toda rienda Arrójanse á estrellarse impetüosos, Y los ferrados postes acomete La ciega masa con furor de ariete.
CLXXXIII.
Desde el muro matronas y doncellas Negras púas y recios leños tiran, Si aceros faltan, y á seguir las huellas De la Amazona intrépidas aspiran. Puro amor de la Patria tanto en ellas Hace, que sólo á defenderla miran Tendiendo el cuerpo, y cada cual espera Morir en el empeño la primera.
CLXXXIV.
En este medio allá en los escondidos Senos del bosque á Turno desconcierta Nueva cruel que lleva á sus oidos Acca en gran turbacion:--Camila, muerta: Los Volscos, destrozados, destruidos: Del enemigo la victoria, cierta; Suyo el abandonado campamento: El terror á las puertas de Laurento.
CLXXXV.
El mancebo al instante ardiendo en ira (No sin que á ello en su daño le persuada La voluntad de Jove) se retira Del agrio bosque y pérfida celada. A tiempo que él de nuevo á sus piés mira Dilatarse los llanos, la evacuada Montaña Enéas penetró, la altura Supera, y sale de la selva oscura.
CLXXXVI.
Raudo uno y otro á la ciudad camina; No muchos pasos entre sí distantes Y en órden van. La hueste laurentina Y de polvo los campos humeantes Delante Enéas ve: que él se avecina Turno advierte á su vez; de los infantes Ha sentido el concorde movimiento Y de los potros el fogoso aliento.
CLXXXVII.
Y al combate principio allí se diera, Si, á par que el hemisferio desampara, No ya el rosado Febo en la onda ibera Sus cansados cabellos recreara. Abriendo de la noche la carrera Fallece el dia, y sin su lumbre clara Deja á entrambos ejércitos, los cuales Cercando el muro asientan sus rëales.
LIBRO DUODÉCIMO.
I.
Turno, como á las haces de Laurento Bajo impropicio Marte debeladas Perder contemple el primitivo aliento, Y que en torno solícitas miradas De su palabra audaz al cumplimiento Le empeñan, mudamente en él clavadas. Implacable de suyo se enardece Y con sus iras su arrogancia crece.
II.
Como leon que en la africana arena, Si le han herido cazadores, arde En rabia, que su roto pecho llena Por grados; y ya, en fin, con fiero alarde Armas mueve; sacude la melena Sobre el fornido cuello, y el cobarde Dardo rompiendo que llevó prendido, Da con labio sangriento un gran rugido:
III.
No de otra suerte el fuego de venganza En el alma de Turno se acrecienta. Va luégo á hablar al Rey, sin que templanza Sufra en el tono su pasion violenta: «¡Señor!» dícele, «en Turno no hay tardanza, Ni hay por qué de lo dicho se arrepienta El vil Dardanio ó lo pactado altere; Soy con él en batalla, si esto quiere.
IV.
»Tú en la forma ritual el desafío Propon con esta ley, augusto anciano: O ha de lanzar al Tártaro sombrío A ese prófugo de Asia aquesta mano, Y sentado contemple el campo mio Que por la honra comun mi ardor no es vano; Ó él á todos en mí vencidos vea, Suya Lavinia con el triunfo sea.»
V.
Latino respondió palabras tales Con grave y reposado continente: «Lo mismo que entre todos sobresales, Mancebo audaz de corazon valiente, Por tus feroces ímpetus marciales, Más que todos me cumple ser prudente, Y es bien que todo yo lo pese y mida, Consejos oiga y en sazon decida.
VI.
»Villas ganadas por tu esfuerzo tienes, Y tienes de tu padre el real palacio; Latino, como Dauno, abunda en bienes Y en liberal afecto. Hay en el Lacio Otras beldades de virgíneas sienes, Nobles tambien. Perdona si me espacio En ideas amargas: lo que siento Te diré sin disfraz; estáme atento:
VII.
»A antiguos pretendientes la hija mia No he debido otorgar; á tal partido Hombres y Dioses oponerse vía. Vencido de mi amor á tí, vencido Fuí del deudo, y del llanto y frenesía De la régia consorte: al recibido Yerno quito su bien, todos los lazos Rompo, y de impía guerra échome en brazos!
VIII.