Part 16
»De entónces cuántas bélicas faenas Me envuelven, sabes, Turno; ¿y qué no hallas, Tú mismo, tú el que más, de ímprobas penas? Perdimos en el campo dos batallas; Las esperanzas de la Patria apénas Guarecemos ahora entre murallas: Aun cálido con sangre el Tibre ondea, Aun de osamentas la llanura albea.
IX.
»¡Ay! ¿á qué instable acuerdos tomo y mudo? ¿Qué demencia me impele y me desvía? ¿Por qué la guerra á suspender no acudo De una vez, vivo tú, si, muerto, habria De atar con ellos amistoso nudo? ¡Ser no puede mi suerte tan impía Que, porque mi hija y sociedad me pides, A exponerte me fuerce á horrendas lides!
X.
»Los consanguíneos Rútulos ¿qué hubieran De decir? ¿qué la Italia toda?... ¡Mira Los altibajos que al que lidia esperan!... ¿Piedad tu viejo padre no te inspira Si pesares su término aceleran? ¡En Ardea, ausente tú, por ti suspira!» Habló. Turno á razones no se inclina; Es estímulo al mal la medicina.
XI.
Insiste en sus propósitos; y luégo Que pudo desatar la voz, turbado De aquel furor inexorable y ciego, «¡Monarca venerable! ese cuidado Que tomas,» dice, «por mi bien, te ruego Te dignes por mi bien echarle á un lado; ¡Permite que áun á costa de mi vida Conquiste yo la gloria apetecida!
XII.
»Sí, que no es tan inválido mi acero, Ni golpes da mi diestra tan en vago: ¡Tambien hienden mis armas cuando hiero, Y allí brota la sangre donde llago! No acudirá esta vez tan de ligero Diva madre á librarle del amago; Seránle contra mí defensa flaca Femíneos velos entre nube opaca!»
XIII.
La Reina, en tanto, á quien temblar hacía Aquel nuevo combate, á Turno ardiente, Su electo yerno, detener porfía; Y ya entre sí mortal despecho siente: «¡Óyeme!» dice, «¡tú, esperanza mia, Consuelo solo á mi vejez doliente! Columna del Estado glorïosa; Mi casa entera en tu favor reposa.
XIV.
»¡Oh Turno! por mi bien y mi decoro, Si algun respeto y atencion me debes, Te ruego, y por las lágrimas que lloro, Que con los Teucros tu valor no pruebes; ¡Es la única merced de tí que imploro! Mio será cualquiera fin que lleves; Pues yerno á Enéas no veré cautiva: ¡No pienses ¡ah! que yo te sobreviva!»
XV.
Oye á su madre, y lágrimas derrama Lavinia, y harto dice su mejilla; Vivo rubor la baña de la llama Que en los huesos empieza á consumilla: Marfil semeja el rostro de la dama Que en múrice sangriento tinto brilla, Ó albo lirio á quien da profusa rosa, Con él mezclada, su color fogosa.
XVI.
Turbado, en la beldad que le enamora Ha fijado los ojos el guerrero, Y arde más por lidiar. «¿Y á qué, señora,» Conciso dice á Amata, «el triste agüero Me ofreces de tus lágrimas, ahora Que de Marte me arrojo al lance fiero? ¡Cesa, te ruego! A Turno, madre pia, Parar no es dado de su muerte el dia.
XVII.
»Y tú al frigio tirano, Idmon, vé y lleva, Mal que le suene, este mensaje: «Luégo Que haya asomado al mundo Aurora nueva Sobre sus ruedas de matiz de fuego, Contra el mio su ejército él no mueva, Guarden Teucros y Rútulos sosiego: Sea con nuestra sangre disputada Lavinia, en ese campo, espada á espada!»
XVIII.
Dice, y va á su mansion. ¡Con qué alegría, Pidiendo sus caballos, ve que atentos Bufan ante él con noble bizarría! Blancos cual nieve, rápidos cual vientos A Pilumno ofrendólos Oritía. Aurigas les cortejan: los contentos Pechos la palma en hueco són golpea, Y el crin les peina que revuelto ondea.
XIX.
Ensáyase á los hombros la coraza, Toda de oro erizada y de blanquizo Oricalco; el escudo fino embraza; Prende la espada y el creston rojizo: Espada aquella de divina traza Que el Dios del fuego por sus manos hizo, Candente la templó en la estigia ola, Y al padre Dauno él mismo reservóla.
XX.
En medio al edificio puesto habia La recta lanza contra gran coluna: Arrebátala airado--arma que un dia Ganó al aurunco Actor su alta fortuna-- Y en furibunda voz: «¡Vén, lanza mia, Nunca sorda á mis votos! Oportuna Ocasion es llegada: Actor el grande Ya te supo blandir; Turno hoy te blande!
XXI.
»¡Ven! (dice, y fulminante la menea) «¡Oh! dáme que á ese Frigio afeminado Bajo tus botes confundido vea; Que la tersa loriga, mal su grado, Rota, arrancada, destrozada sea, Y el cabello gentil todo empolvado Que unge, en mirra y con hierro ardiente riza!» Turno así delirando se encarniza.
XXII.
Y ya al rostro el incendio que le agita Brota, y siniestro en su mirar chispea. Así tambien sus armas ejercita El toro que se ensaya á la pelea; Terríficos mugidos da, se irrita Contra el tronco de un árbol, y en idea, Hiriendo al aire, á su contrario llama, Y el escarbado polvo desparrama.
XXIII.
No ménos fiero Enéas por su lado Anímase á la lid, la lid anhela, De las maternas armas rodeado. Admite el reto, apláudele. Revela A sus amigos el querer del hado, Y al afligido Ascanio así consuela. Nobles envía que á Latino lleven Leal respuesta y el concierto aprueben.
XXIV.
Apénas con el rayo rubicundo Las crestas de los montes se teñian (A la hora en que, del piélago profundo Los caballos del Sol saliendo, envían Por las altas narices luz al mundo), Y Rútulos y Teucros ya acudian Campo á medir, ante la gran muralla, Donde se dé la singular batalla.
XXV.
Unos, de grama, en medio del arena, A los Dioses comunes ponen aras; Otro, el limo vestido, y de verbena Orlado, fuego trae y linfas claras. El ejército ausonio á puerta plena Sale, con picas uniforme; y raras Y varias armas á su vez mostrando, Viene el troyano y el tirreno bando.
XXVI.
¿Quién lid recia y de muertos altas pilas No augurara de aquel marcial arreo? Pasar volando en medio de las filas A los insignes capitanes veo Radiantes de oro y grana: el fuerte Asílas, Nieto ilustre de Asáraco Mnesteo, Y Mesapo, aquel hijo de Neptuno, Domador de caballos cual ninguno.
XXVII.
Cada cual á su sitio vuelve, y mudos, A una seña obedientes, en el suelo Hincan lanzas y arriman los escudos. Las madres ya, con zozobrante anhelo, Y los ancianos, de vigor desnudos, Y plebe inerme, á presenciar el duelo Agólpanse á los techos y á las yertas Torres, ú ocupan las altivas puertas.
XXVIII.
Juno en tanto, de vivo afan llevada, Se ha posado en la cima del Albano-- Monte sin nombre á la sazon, pues nada Al sitio daba gloria;--y sobre el llano Solícita dirige la mirada, Registra el horizonte, y el troyano Ejército á la vez y el laurentino Contempla, y la ciudad del rey Latino.
XXIX.
Tornóse á hablar la Diosa de repente A la hermana de Turno: semidea Que, puesta de aguas dulces á la frente Tal vez en limpio estanque se recrea, Tal en sonora despeñada fuente: El alto Rey que el éter señorea Su virginal honor robado habia, Y premióla con esta primacía.
XXX.
«¡Ninfa, honor de las ondas cristalinas, Carísima ante todas á mi pecho!» (Juno la dice) «á tí entre las Latinas Que Júpiter infiel subió á mi lecho Sola amé y elegí, y en las divinas Mansiones á ocupar te dí derecho Glorioso asiento. Oye tu mal ahora, Yuturna, en el afan que me devora.
XXXI.
»¡Oh! ¡no me inculpes! Por do ví camino De la Suerte y las Parcas mal cerrado A la esperanza del poder latino, Por allí á Turno y tu ciudad de grado Siempre auxilié. Con inferior destino Hoy al caro adalid miro abocado A horrendo lance, y acercarse siento ¡Ay! de las Parcas el fatal momento!
XXXII.
»No sufren, no, mis ojos esa lucha Ni esa paz. Tú el favor que darse pueda (Caso es urgente, y pide audacia mucha) Corre á dársele á Turno: acaso ceda La adversa suerte.» Atónita la escucha Yuturna, y llanto por su rostro rueda; Tres, cuatro veces en herir se agrada El seno hermoso con la diestra airada.
XXXIII.
«No es tiempo» (insiste la saturnia Diosa) «De llorar. A tu hermano vé y liberta, Si hay medio, de la muerte que le acosa;-- Ó provoca un conflicto, y desconcierta El pacto celebrado: ¡elige y osa! Te doy mi autoridad.» Fuése, é incierta Ha dejado á la Ninfa y confundida, Con aquella en el alma triste herida.
XXXIV.
Salen los Reyes ya. Con mole ingente Viene Latino de su campo; tiran Cuatro brutos su carro, y de su frente Doce áureos rayos en redor se miran, Del Sol su abuelo emblema refulgente. Turno va en ruedas que arrastradas giran De dos caballos blancos, y su diestra Dos dardos de ancha hoja en alto muestra.
XXXV.
De acá, orígen de Roma, el Rey troyano Marcha, y con armas célicas fulgura Y con sidéreo escudo. Al par galano Avanza Ascanio, en quien feliz se augura Otra esperanza del poder romano. El sacerdote en alba vestidura Un lechon y una intonsa corderilla Conduce al ara donde el fuego brilla.
XXXVI.
Vuelven los ojos hácia el sol naciente: La mola esparcen, con el hierro siegan En la testa á la víctima presente Breves mechones que á la llama entregan, Y las tazas alzando juntamente Con el sacro licor las aras riegan. Empuña Enéas el desnudo acero, Y así sus preces pronunció el primero:
XXXVII.
«¡Sol! ¡de mi juramento sé testigo! ¡Y tú, á do el hado al fin me da que aporte Despues de afanes tantos, suelo amigo! ¡Y oh Rey omnipotente y real consorte, Alma hija de Saturno, ya conmigo Ménos severa, oidme! ¡Y tú, Mavorte, Que sobre el haz de la anchurosa tierra Haces rodar el carro de la guerra!
XXXVIII.
»¡Tambien las sacras fuentes y los rios, Y cuanto númen sobre el aire impere Y en la cerúlea mar, me escuchen pios! Marcharán, si de Turno el triunfo fuere, De Evandro á la ciudad Yulo y los mios; El vencedor del campo se apodere, Ni tema que á este reino los Troyanos Vuelvan infieles con armadas manos.
XXXIX.
»Mas si á mí el triunfo Marte da--lo espero, Y ¡oh! confirmen los Dioses mi esperanza!-- No haré que humille, mísero pechero, El ítalo al Troyano su pujanza, Ni optaré el cetro soberano. Quiero Que, invictos ambos pueblos, de alïanza Nudos estrechen que perpetuos duren, E iguales leyes como hermanos juren.
XL.
»Yo los ritos daré, daré el divino Culto; su alto poder conserve entero Y el derecho de guerra el rey Latino; Muro á mí los Troyanos duradero, Que por Lavinia se dirá Lavino, Alzarán.» Así Enéas el primero Habló; luégo Latino, la mirada Vuelta al cielo, y la diestra levantada:
XLI.
«Tambien, ¡oh Enéas! por el Éter puro, Y por la Tierra y líquido Oceano, Y por los hijos de Latona juro; A ambos invoco, y al bifronte Jano: Por las Deidades del Averno oscuro Y el santuario de Pluton tirano; Y oiga mi voz el Padre omnipotente Que pactos sella con su rayo ardiente!
XLII.
»Toco el ara, y el almo fuego alzado En medio de los dos, testigo sea: ¡Oh! cualquiera que fuere nuestro estado, No llegue dia en que romper se vea Esta paz en Italia, este tratado! Que anegue el orbe fuerza gigantea Y al Tártaro derribe el firmamento;-- ¡No hará volver atras mi juramento!
XLIII.
»Como este cetro la palabra mia: Falto del jugo vegetal materno, Segado en brazos y melena umbría, Ya verdor no dará frondoso y tierno: Hierro al bosque arrancóle, árbol un dia; El arte en bronce le embutió, y eterno Emblema de los reyes de mi casa, De mano en mano incorruptible pasa.»
XLIV.
Tal dice, y muestra al par en las reales Manos el cetro venerado. Sellan Ambos sus votos con razones tales En medio de los próceres. Degüellan Ante el fuego despues los animales Sagrados, palpitantes los desuellan, Y encima de las aras las calientes Entrañas ponen en colmadas fuentes.
XLV.
Tiempo há ya que las rútulas legiones Del iniciado pacto auguran males; Un secreto pavor sus corazones Ocupa, y más cuando á los dos rivales Próximos ven, y de ambos campeones Consideran las fuerzas desiguales. El modo infausto como Turno avanza Crece la popular desconfianza.
XLVI.
Mudo y á lento paso comparece A doblar ante el ara la rodilla; Su juvenil figura palidece, Baja la vista, mustia la mejilla. Ve la Ninfa al hermano, y ve cuál crece En sordas voces la naciente hablilla, Turbados pechos vacilar advierte; Y entre ellos, disfrazada de Camerte--
XLVII.
Era éste un lidiador que gala hacía De su antigua nobleza, y cuya espada De su padre á la clara nombradía En el ardor de bélica jornada Correspondió con noble bizarría-- Entre ellos, de Camerte disfrazada, Yuturna, pues, astuta el pié desliza, Y rumores sembrando el fuego atiza:
XLVIII.
«¿Que al invasor se oponga, no es vergüenza, Rútulos, sola un alma? ¿Ó de él, insanos, Temblais que en fuerza ó multitud nos venza? Ved: Arcades, y Teucros y Toscanos, Hueste á Turno fatal: allí comienza, Y allí acaba; están todos: si á las manos Con dos nuestros solo uno de ellos viene, No temo que su número se llene.
XLIX.
»Subirá de los Númenes al lado Él, que ahora á sus aras reverente Se ofrenda; en alas de la fama alzado Cobrará vida en boca de la gente; Miéntras nosotros, pueblo vil, sentado A mirarle con ojo indiferente, Quedaremos sin patria: el tiempo acerba Y justa servidumbre nos reserva!»
L.
Así exalta las almas. Por instantes Se agrandan, vueltas dando, los rumores. No son los Laurentinos cual en ántes; Aun los mismos Latinos, que de horrores El término esperaban anhelantes, Abren súbito el pecho á los furores, De Turno el caso indigno les conduele, Y arden ya porque el pacto se cancele.
LI.
Atenta á la ocasion que la convida, Yuturna entónces da en el alto cielo Gran señal que los ánimos decida Y engañe de los Ítalos el celo. Esforzaba en la atmósfera encendida Tras ribereños pájaros el vuelo La roja ave de Júpiter, y puso En triste fuga al escuadron confuso.
LII.
A las olas de súbito se cala, De un cisne hermoso aferra, y por el viento Con ímpetu feroz remonta el ala. Los Ítalos la observan; y ¡oh portento! Clamor acorde el bando aéreo exhala, Y en densa nube é inverso movimiento Persigue á la cruel de quien huia; Bajo sus plumas se oscurece el dia.
LIII.
Tanto la han acosado, y tal le pesa Su nueva mole al águila, que al rio Floja la garra al fin suelta la presa, Y piérdese en el ámbito vacío. En júbilo trocando la sorpresa Los Ítalos, y en alto vocerío Rompiendo, la simbólica apariencia Saludan, y á las manos dan licencia.
LIV.
Tolumnio el adivino habló el primero: «¡Oh! lo que tanto ansié cúmplese ahora: Me dan los Dioses favorable agüero. A mi ejemplo, á mi voz, sin más demora Requerid, desgraciados, el acero Contra ese advenedizo que os azora, Que con tímidas aves os iguala Y vuestras costas ominoso tala!
LV.
»A salvar nuestro Rey de uñas feroces Venid, las filas estrechad: yo os fio Que fugitivo el robador, veloces Las alas soltará de su navío A perderse en los mares.» Tales voces Lanza el augur, y con resuelto brío Corre adelante, y una lanza tira A los contrarios que á su alcance mira.
LVI.
Inevitable el asta huye y rechina; Suena inmenso clamor; tumultuosa Agitacion los órdenes domina De bancos, y en los ánimos rebosa. Nueve hijos, de belleza peregrina, Que al árcade Gilipo etrusca esposa Dió, fiel cuanto fecunda, hizo el Destino Que estuviesen enfrente al adivino.
LVII.
A uno de ellos, gallardo á maravilla, Y vestido de fúlgida armadura, Por medio al vientre, donde usado brilla Tahalí cuyos cabos asegura En la parte central dentada hebilla, Por allí á traspasarle se apresura El crudo hierro, y sus costillas hienden, Y en el rojo arenal yerto le tiende.
LVIII.
Enciéndese mortal resentimiento En los hermanos: arma arrojadiza Uno toma, otro espada empuña; á tiento La animosa legion corre á la liza. Vuela en contra la hueste de Laurento; Va en pro, con armas que el blason matiza, El Arcade, y con él, ardiendo en saña, Teucro y Etrusco inundan la campaña.
LIX.
Así á todos aguija un mismo anhelo, El de reñir: á despojar se atreven Las aras: se oscurece todo el cielo Con los dardos innúmeros que llueven. En tanto los ministros, en su duelo, Vasos, sacros hogares léjos mueven; Huye, en viendo deshechos los tratados, Latino con sus Dioses ultrajados.
LX.
Aquél engancha un tiro, miéntras éste Monta de un salto en su bridon guerrero, No sin que el hierro centellante apreste. Romper ansiando el pacto, á caballero Mesapo va contra el tirreno Auleste, Rey él mismo y de insignias régias fiero, Quien en las aras, al ciar, tropieza, Y hunde entre ellas, rodando, hombro y cabeza.
LXI.
Encima el agresor se precipita, Y enhiesto, en su corcel, lanzon horrendo Sobre el postrado príncipe ejercita; Rogaba en vano el infeliz gimiendo. «¡Cayó, y ante el altar!» Mesapo grita; «Gran víctima á los Númenes ofrendo!» Caliente aún, los Ítalos en torno Quitan al cuerpo noble el rico adorno.
LXII.
Corineo un tizon tomó del ara, Y como Ebuso herirle amenazase, Fulminóle las llamas en la cara: Arde y luce la luenga barba, y dase Ingrata á oler. Mas él aquí no pára, Y al que ofuscó, por los cabellos ase, Y, poniéndole encima la rodilla, Su flanco hiere con atroz cuchilla.
LXIII.
A Also, el pastor, por entre armada gente En las primeras filas daba caza Podalirio; mas vuélvese el huyente Súbito, y al que al hombro le amenaza, Con su hacha frente y barba de un fendiente Párte, y riégale en sangre la coraza. A eterna noche al mísero destierra El férreo sueño que sus ojos cierra.
LXIV.
Enéas, la cabeza descubierta, Tendiendo inerme está la diestra pia, Y «¿A dónde, á dónde vais? ¿qué os desconcierta?» Exclama en voces que á su gente envía. «¡Oh, enfrenad esas iras! Firme y cierta Está mi voluntad: la lid es mia, Nada romper podrá las condiciones: No, no al temor rindais los corazones!
LXV.
»Dejadme, y esta mano valedero Hará el sellado pacto. Sacros ritos A Turno deben á mi solo acero.» En medio á estas razones y altos gritos, Hé aquí silbando en ímpetu ligero, En la nube de hierros infinitos Que al impasible paladin respeta, A herirle vino alígera saeta.
LXVI.
¿Qué fuerza la condujo? ¿de cuál mano Partió? ¿Qué acaso, ó númen escondido Dió tal gloria á los Rútulos? Arcano Hondo fué. No se holgó de haber herido Mortal ninguno al capitan troyano. Mas cuando á Enéas alejarse vido Y advirtió de sus nobles la mudanza, Turno abre el pecho á férvida esperanza,
LXVII.
Y los trotones pide y las tremendas Armas; de un salto sobre el carro, altivo Monta, impaciente por regir las riendas. Vuela: ya á éste, ya á esotro, semivivo Vuelca, á la Muerte acumulando ofrendas; O arroja sobre el bando fugitivo Lanzones que arrebata, ó atropella Filas, y en curso abrumador las huella.
LXVIII.
Cual cerca al Hebro helado, con sangriento Ardor bate su escudo en són de guerra Marte, sus potros de encendido aliento Lanzando al llano desde la alta sierra; Delante corren del alado viento, Gime bajo sus piés la tracia tierra, Cien formas de Terror, de Insidia y Saña Cortejo son que en torno le acompaña:
LXIX.
Así el Rútulo impele sus caballos Todos cubiertos de sudor que humea; Y á hombres sin fin, despues de derriballos, Con ímpetu furial en la pelea, Concúlcalos cruel: los duros callos Sangre desparcen que la crin gotea, Y en ruidoso tropel, por donde pasan, Con sangre el polvo de la lid amasan.
LXX.
Rindió de cerca á Folo y á Tamiro, A Esténelo dió muerte, aunque lejano; Tambien á Glauco de distante tiro Mata, y á Lade al par, de Glauco hermano: Formó á estos dos para la lid, ya en giro De carro volador, ya mano á mano En el palenque, con igual pericia, Su padre Imbraso en la materna Licia.
LXXI.
Mézclase en otra parte en la porfía Eumédes, prole de Dolon, preclara En guerra: el nombre del abuelo habia Tomado; en alma y brazos se equipara Al padre--aquél que ya, como de espía Al campo griego á entrar se aventurara, Los caballos del hijo de Peleo Pidió en premio; otro dióle el de Tideo!
LXXII.
Seguia, al aire libre, en campo abierto, Turno á Eumédes, con leve dardo: enfrena Su carro, salta, llega; semimuerto Al fugitivo halló sobre la arena: El pié al cuello le pone; al puño yerto Le arranca hoja luciente, y se la ensena, Tiñéndola hasta el pomo, en la garganta, Y fiero así sobre él victoria canta:
LXXIII.
«¡Troyano! el suelo hesperio que sangrienta Tu planta holló, mejor ya mides, creo: Esta es mi paga al que á lidiar me tienta; Estos los muros que te alzó el deseo.» Sus dardos luégo á Asbute, á Daré avienta, A Tersíloco, Síbaris, Cloreo, Y á Timete, á quien potro asombradizo Cerviz abajo descender le hizo.
LXXIV.
Cual bate ronco Bóreas el Egeo, Y la mar, á sus soplos paralela Rueda á la playa en levantado ondeo; Alta nube en el aire huyendo vuela: Tal densas haces arrolladas veo Doquier que sus bridones Turno impela; Envuélvele su propio movimiento, Y sus plumas agita hendido el viento.
LXXV.
Tanto alarde de bárbara pujanza Fegeo no sufrió: con mano loca Los fieros brutos á atajar se avanza Del freno asiendo en la espumante boca. Arrástranle indomables; ancha lanza Su cuerpo, aunque sedienta, apénas toca Bajo la triple malla, por do hiende A salvo, miéntras él del yugo pende.
LXXVI.
Mirando á su adversario, en vano embraza Su escudo, en vano por socorro grita Esgrimiendo la daga; le amenaza El eje y rueda que veloz se agita. Cayó. Por entre el yelmo y la coraza Turno, que ya sobre él se precipita, De un tajo la cabeza le cercena, Y tronco informe déjale en la arena.
LXXVII.
En tanto que con ímpetus furiales Corriendo la campaña Turno hacía En carro vencedor destrozos tales, Bañado de la sangre que vertía Van á Enéas llevando á sus rëales Fiel Acate y Mnesteo; compañía Le da Ascanio, y él mismo en su asta larga Cada segundo paso el cuerpo carga.
LXXVIII.
Roto el cabo, la punta que le hiere El héroe trata de arrancar; se irrita Su impaciencia; algun medio, aquel que fuere Brevísimo entre todos, solicita: Que abra los bordes de la llaga quiere Ancha espada, y los senos que visita Hondo el hierro, descubra; tal su ruego, Y que á lidiar le restituyan luégo.
LXXIX.
Hé aquí venido habia á su presencia Yápix, hijo de Yaso, aquel que Febo Señaló con gloriosa preferencia: Sí, que á él, estando aún tierno mancebo, Comunicó sus dones y alta ciencia El Dios, llevado de amoroso cebo; De los agüeros enseñóle el arte, Y en su cítara y arco dióle parte.
LXXX.
Mas él, que al caro padre desahuciado Sólo pensaba en prolongar la vida, De sanitarias plantas el callado Estudio cultivó por escondida Senda. En su lanza Enéas apoyado Está, y á sordas brama, y de crecida Juventud que le cerca, el vago espanto Contempla inmóvil y del hijo el llanto.
LXXXI.